
Divino tesoro
5 de Octubre.- Leo en un periódico digital la noticia de un pobre niño que ha pasado la friolera de dos años, dos, sufriendo acoso de sus compañeros de un colegio situado en una urbanización carísima de las afuerzas de Madrid. La última que ha tenido que soportar el pobre chaval ha sido que le grabaran con una cámara de vídeo mientras estaba recibiendo todo tipo de humillaciones.
El director del colegio había explicado muchas veces a los padres del niño maltratado que “se trataba de cosas de niños” y que la causa era “que su hijo era diferente” y que “no tenía amigos”.
Como ex niño diferente (y adulto no muy normal, aceptémoslo) se me hiela la sangre al pensar el infierno por el que ha pasado esa persona que es más vulnerable porque carece de todos los mecanismos con que contamos los adultos para defendernos de las agresiones del mundo exterior .
Escojo hablar de esta noticia porque me parece que da idea de algo que se ha ido colando insensiblemente en nuestra percepción durante los últimos años. Un proceso que es especialmente típico de España (aunque las habas de los acosos morales se cuezan en todas partes del planeta) y que es la cosificación de las personas. La pérdida progresiva del valor que las personas nos merecen. La incorporación a la manera más popular de ver el mundo del concepto de personas como objetos recambiables. Cada vez más somos para los demás (y los demás son para nosotros) como los personajes de los SIMS. Muñequitos de dudosa sofisticación y a los que observamos en una pantalla (Gran Hemano y por ahí) o que nos cuentan sus alegrías y sus desgracias sin que nosotros nos sintamos en la obligación de mover una ceja (famoseo en general).
Hablamos de Belén Esteban como hablábamos de Carmina Ordóñez: como de seres virtuales producidos para nuestro entretenimiento, uso y disfrute, por una mente superior en horas bajas. Criaturas con un grado de existencia menor que el del resto de la gente. Seres de goma con la misma entidad que el pobre correcaminos sobre el que siempre caía el yunque.
Y si los adultos juegan así con estos personajes de carne y hueso, ¿Qué van a hacer los niños que crecen amamantados por “El Diario de Patricia” o el “Aquí hay tomate”? ¿Qué van a hacer unos seres en proceso de formación que escuchan todos los días eso de “se te ha visto en posición de hacerle una felación a fulanito”?
El ser humano es un primate más y aprende por imitación: a atarse los cordones de los zapatos o a maltratar a sus semejantes grabándolos con una cámara de vídeo: los torturadores de ese chico no son más que reflejos deformados (o no tanto) de los reporteros del “Aquí hay tomate”.
El director del colegio había explicado muchas veces a los padres del niño maltratado que “se trataba de cosas de niños” y que la causa era “que su hijo era diferente” y que “no tenía amigos”.
Como ex niño diferente (y adulto no muy normal, aceptémoslo) se me hiela la sangre al pensar el infierno por el que ha pasado esa persona que es más vulnerable porque carece de todos los mecanismos con que contamos los adultos para defendernos de las agresiones del mundo exterior .
Escojo hablar de esta noticia porque me parece que da idea de algo que se ha ido colando insensiblemente en nuestra percepción durante los últimos años. Un proceso que es especialmente típico de España (aunque las habas de los acosos morales se cuezan en todas partes del planeta) y que es la cosificación de las personas. La pérdida progresiva del valor que las personas nos merecen. La incorporación a la manera más popular de ver el mundo del concepto de personas como objetos recambiables. Cada vez más somos para los demás (y los demás son para nosotros) como los personajes de los SIMS. Muñequitos de dudosa sofisticación y a los que observamos en una pantalla (Gran Hemano y por ahí) o que nos cuentan sus alegrías y sus desgracias sin que nosotros nos sintamos en la obligación de mover una ceja (famoseo en general).
Hablamos de Belén Esteban como hablábamos de Carmina Ordóñez: como de seres virtuales producidos para nuestro entretenimiento, uso y disfrute, por una mente superior en horas bajas. Criaturas con un grado de existencia menor que el del resto de la gente. Seres de goma con la misma entidad que el pobre correcaminos sobre el que siempre caía el yunque.
Y si los adultos juegan así con estos personajes de carne y hueso, ¿Qué van a hacer los niños que crecen amamantados por “El Diario de Patricia” o el “Aquí hay tomate”? ¿Qué van a hacer unos seres en proceso de formación que escuchan todos los días eso de “se te ha visto en posición de hacerle una felación a fulanito”?
El ser humano es un primate más y aprende por imitación: a atarse los cordones de los zapatos o a maltratar a sus semejantes grabándolos con una cámara de vídeo: los torturadores de ese chico no son más que reflejos deformados (o no tanto) de los reporteros del “Aquí hay tomate”.
Foto: EL MUNDO
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