Filarmónico

(Nota previa: este título me recuerda al de un disco de Manolo Escobar que se llamaba Contemporáneo y en el que se le podía escuchar haciendo una versión im-pa-ga-ble de “La culpa fue del chachachá” en fin: un poltergeist)

18 de Octubre.- Perdón porque ayer estuve muy atareado y no pude continuar el cuento de mis aventuras.

Ayer G. Me invitó a un concierto en la sala de la Filarmónica (para que nos entendamos, el lugar desde donde se retransmite el concierto de año nuevo). Siete y media de la tarde, Viena, butacas de patio. Los dorados del salón reflejaban la luz de las arañas con suave opulencia, y en los asientos sobre todo personas mayores (con los consiguientes problemas de movilidad). De vez en cuando jóvenes vestidos con descuidada elegancia (curiosa la manera de llevar la ropa usada que tienen los más ricos). La consabida y esperable presencia del par de japoneses venidos de oriente en busca de lo exótico. La tropa de los amantes de la música que disfrutan de pie de las melodías (uno nunca ha sabido si la presencia de esta gente obedece a un puro interés por la música, a la tacañería más absoluta, a una necesidad económica o a las tres cosas).

Disfruté de las cinco sonatas para violín y piano de Mozart como quien se sabe miembro de una fraternidad. A ratos, miraba de reojo a G. Estaba absorto en la música. Uno nunca deja de descubrir facetas en los demás que ni siquiera sospecha. Por ejemplo cómo la situación en la que nos encontramos hace que gesticulemos de otra forma, que mantengamos una seriedad o que nos relajemos. En ese sentido las personas somos como el chorro de una fuente: siempre iguales, pero siempre sutilmente diferentes.

Conversaciones con P. a propósito del marxismo, su historia y su aplicación práctica. P., con argumenos loables y energía digna de mejor causa, intenta convencerme. Pero me temo que ya no tengo arreglo. Hace algunos años que mi fe en las posibilidades de la raza humana en su conjunto se quebró para siempre. Creo en un grupo de seres enormemente reducido y pienso que hay que conservar una cierta ingenuidad para creer que existe algún futuro para los bípedos implumes en el momento actual, justo a un cuarto de hora escaso del fin del mundo.
Foto: www.vienna.at

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