
Nada de esto fue un error
6 de Octubre.- El domingo cumplo 31 años, y si bien dice el tango que veinte no son nada yo, después de la experiencia, puedo asegurar que este último año ha cambiado mi vida. Digamos que, durante los últimos 365 días (más o menos) las he pasado putas con cierta alegría. Ha habido muchos momentos duros y aún diría que oscuros (sobre todo alrededor de marzo) pero también ha habido muchos momentos que van a permanecer conmigo hasta que me vaya. Venecia, por ejemplo. Cuando llegué a Venecia no me podía creer que me estuviera pasando a mí, que fuera yo, el mismo que viste y calza, el que estuviera de pie en pleno centro de la Plaza de San Marcos, rodeado de japoneses. Tengo en todas las fotos una cara de idiota que no me puedo quitar de la cabeza, y aún, allá en el fondo de mis recuerdos, toda la experiencia está rodeada de una cierta sensación de irrealidad. Recuerdo especialmente un pescado comido en italia, a la plancha con ajo y perejil, que yo creo que es una de las cosas más deliciosas que he probado en esta vida (o, por lo menos, de las que mejor me han sabido).
También he conocido a mucha gente nueva. Seres humanos excepcionales que hacen la vista gorda sobre mis defectos y que me han acogido con enorme calidez. Y he olvidado esa sensación que tenía en España en los últimos tiempos de estar siendo rondado día y noche por una desgracia que no podía concretar, pero que me amenazaba. Esa molestísima sensación de vulnerabilidad (propia, no lo dudo, de las personas que tienen cierta enfermedad del ánimo) ha desaparecido aquí mientras me rompía la cabeza sobre cómo encontrar un trabajo o, al principio, sobre cómo coger un tranvía o un autobús que me llevasen al sitio que yo quería.
Y por supuesto, ha estado Martin. También para él ha sido duro el encontrarse de pronto con un hijo de treinta años al que tenía que acompañar a todas partes, al que tenía que enseñárselo todo, que no entendía las cosas cuando le hablaban, y que representaba un peligro constante para sí mismo y para los demás (esos accidentes que la falta de dominio del idioma crea sin querer). Para él sin duda va todo mi agradecimiento, además de otras cosas, porque sin Martin nada hubiera sido posible.
El título de esto es el de una canción de Coti y de Paulina Rubio que Luis y mi hermano cantaban (es hacerles un favor) durante mi fiesta de cumpleaños en Algete y la verdad es que estaría muy contento de poder decir que nada de lo que he hecho durante este año ha sido un error. Si lo dijera, además, sería falso. Porque hay cosas que he hecho de las que no me siento nada orgulloso. Demasiadas veces me he dejado llevar por el desaliento, demasiadas veces me he hundido y demasiadas veces he estado a punto de tirarlo todo por la borda. Me he dejado arrastrar por ciertas flaquezas del espíritu que no son buenas cuando uno aborda una tarea como la que yo he abordado durante estos meses. Estos momentos de debilidad significan que uno pierde de vista dos cosas: una, el objetivo, y dos, la recompensa que aguarda al final del camino.
Por esas dos cosas, por cómo me siento hoy, y porque sé que seguís ahí, sé que puedo decir que todo ha merecido la pena (hasta lo de tener más canas, que me han salido a mogollón; tengo la barba que parezco papá noel).
También he conocido a mucha gente nueva. Seres humanos excepcionales que hacen la vista gorda sobre mis defectos y que me han acogido con enorme calidez. Y he olvidado esa sensación que tenía en España en los últimos tiempos de estar siendo rondado día y noche por una desgracia que no podía concretar, pero que me amenazaba. Esa molestísima sensación de vulnerabilidad (propia, no lo dudo, de las personas que tienen cierta enfermedad del ánimo) ha desaparecido aquí mientras me rompía la cabeza sobre cómo encontrar un trabajo o, al principio, sobre cómo coger un tranvía o un autobús que me llevasen al sitio que yo quería.
Y por supuesto, ha estado Martin. También para él ha sido duro el encontrarse de pronto con un hijo de treinta años al que tenía que acompañar a todas partes, al que tenía que enseñárselo todo, que no entendía las cosas cuando le hablaban, y que representaba un peligro constante para sí mismo y para los demás (esos accidentes que la falta de dominio del idioma crea sin querer). Para él sin duda va todo mi agradecimiento, además de otras cosas, porque sin Martin nada hubiera sido posible.
El título de esto es el de una canción de Coti y de Paulina Rubio que Luis y mi hermano cantaban (es hacerles un favor) durante mi fiesta de cumpleaños en Algete y la verdad es que estaría muy contento de poder decir que nada de lo que he hecho durante este año ha sido un error. Si lo dijera, además, sería falso. Porque hay cosas que he hecho de las que no me siento nada orgulloso. Demasiadas veces me he dejado llevar por el desaliento, demasiadas veces me he hundido y demasiadas veces he estado a punto de tirarlo todo por la borda. Me he dejado arrastrar por ciertas flaquezas del espíritu que no son buenas cuando uno aborda una tarea como la que yo he abordado durante estos meses. Estos momentos de debilidad significan que uno pierde de vista dos cosas: una, el objetivo, y dos, la recompensa que aguarda al final del camino.
Por esas dos cosas, por cómo me siento hoy, y porque sé que seguís ahí, sé que puedo decir que todo ha merecido la pena (hasta lo de tener más canas, que me han salido a mogollón; tengo la barba que parezco papá noel).
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