29 de Noviembre.- Si dice el refrán que donde hay pelo hay alegría, también es verdad que allí donde algo es gratis la gente (aquí y allí) se dan de tortas. Ayer estuve con mi amigo O. Tomándonos unos ponches en un local hipermegaultraglamuroso que se llama Kunsthalle. Es un paralelepípedo de cristal que sirve a la vez como café (a medio camino entre el mundo ikea y el chic nórdico) y como sala de exposiciones. Pues bien: el dueño de la Kunsthalle, que aspira, por lo que yo he oido, a monopolizar los cafeses modernos, daba Punsch gratis (una especie de mezcla tumbadora de alcohol y zumo de naranja con terrones de azúcar flambeados) y castañas asadas y aquello era un hervidero de jóvenes y jóvenas en flor universitaria y de alcohólicos que se relamían ante la perspectiva de la droga gratis. Mediado el reparto de líquidos inflamables, el dueño de la Kunsthalle sacó un atril bien mono y se acodó en él, con la misma pinta que un alcaldable de Nueva York a la hora de hacer un speech. Habló del arte y de la comunicación que se establecía entre la caja de cristal de su propiedad y el proceloso mundo exterior. Nada nuevo. Nada del otro mundo. Pero a él le apetecía, y para asegurarse un público agradecido y poco exigente, no dudó en proporcionar alcohol gratis.
Hoy por la mañana, he venido en el tranvía con un grupo de párvulos que iban de excursión acompañados por una maestra que tenía pinta de estar en pleno proceso de divorcio. Una mujer muy triste. Pero a eso no quiero ir: como mi infancia no son precisamente recuerdos de un patio de Sevilla en donde madura un limonero, tengo especial cariño por los niños. Me gusta observarlos y como mi abuela, que tenía una compasión muy honda por los militares (vaya usted a saber por qué) yo no puedo ver un niño sin que se me haga cierto nudo en la garganta. Quizá recordando el niño que fui. Me he fijado, como siempre hago, en que los niños son maquetas de las personas mayores que serán. Como no han aprendido aún la ciencia adulta del disimulo, se muestran tal y como son. Y los hay líderes, simpáticos, tocados por una luz especial. Y los hay oscuros y serios. Hay niños que te miran y se abre en ti un abismo. Hay niños que están predestinados a la felicidad, y niños que no la conocerán nunca. Los psicólogos hablan de que todos tenemos una especie de estilo personal, incluso hablan de la capacidad de disfrutar de la vida cuya diferente graduación, dependiendo de las personas, es el auténtico factor que nos separa de los otros. Todo eso está ya presente, con escalofriante crudeza, en los niños. En el grupo. En los que miran y en los que aman ser mirados. En los que ríen y en los que observan cómo otros se ríen como si estuvieran en el zoo delante de la jaula de algún animal exótico e inaccesible.
Quisiera terminar con una anécdota.
Uno de los niños: brillante, gracioso, que poseía el arte de entretener a sus compañeros, ha visto algo atractivo por las ventanas del tranvía y ha empezado a llamar a los otros para compartir con ellos su descubrimiento.
La profesora le ha llamado la atención y el niño ha contestado, muy sorprendido, que había visto algo interesante y se había alegrado. Tras una pequeña pausa, la profesora le ha mirado desde el fondo de sus gafas y le ha dicho:
-También puede uno alegrarse más bajo.
Esa es la filosofía de este país.
Foto flickr.com

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