Disfruta del silencio
20 de Noviembre.- Compruebo alarmado que los periodistas, como buenos hombres de letras, no saben contar (aunque deberían).
En una web que visito con cierta asiduidad (uno de esos periódicos digitales que tanto contribuyen al agit-prop reinante) dicen que desde la muerte de cierto personaje histórico que murió en 1975 han pasado ¡32 años! En fin...Uno, que fue contemporáneo, por poco, de este difunto, sólo ha cumplido 31. El lapsus ha sido lo único que ha llamado la atención de este aniversario particular. Esto y que haya sido la única noticia que se ha podido leer al respecto. Y es que el recuerdo del anciano general ya no suscita ninguna adhesión salvo en aquellos pocos que le conocieron (por ejemplo, el simpar Utrera Molina, ministro del único Movimiento que aspiraba a permanecer eternamente inmóvil y suegro de Ruíz Gallardón, si yo no me equivoco). Este señor resultaba bastante cómico en la serie La Transición de Victoria Prego porque cada vez que le sacaban retrataba a Franco como él estaba seguro que había sido: un centinela de occidente con un poco de voz de pito, pero centinela al fin y al cabo. Encarnación de todas las Esencias Patrias. Todas sus anécdotas empezaban igual. “Y entonces, el Caudillo, me llevó aparte y me dijo: Utrera...”, etcétera. Incluso cuando el pobre Caudillo estaba hecho unos zorros, con Parkinson, Flevitis y un largo etcétera médico, en la memoria de Molina improvisaba unos discursos en los que el temblor y las décadas no se le notaban nada. Igual igual que en la película de Mercero “Espérame en el cielo”. Pero el pobre Utrera ya no es más que un señor un poco apolillado que vive entre sus recuerdos de batallas de cartón piedra, imperios que tendían a Dios y al infinito y retórica florida para engañar al tedio. España, gracias a Dios, ya no recuerda al viejo que la tuvo sujeta durante cuarenta años en uno de los reinados más mediocres que se recuerdan en la historia. Un reinado en el que se hizo de la grisura y la mediocridad una bandera. “Tú, hijo mío, no te signifiques” era su lema.
Un espeso manto de silencio ha caido sobre el anciano y su memoria. Para bien, por supuesto, pero también para mal. Porque los pueblos que olvidan su historia (o no aprenden de ella) están condenados a que vuelva en el río del tiempo. Con otro nombre, con otros medios, pero más o menos igual...
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