El sonido de la música

21 de Noviembre.- Sigo disfrutando con “The Sound of music”(“Sonrisas y lágrimas” en español). Una película que grabé –lo recuerdo bien- de pura casualidad en un ciclo de la 2 en una hora intempestiva. El ciclo se llamaba “El musical americano” y debió ser como alrededor del año noventa. La VHS todavía está en mi casa, y está tan gastada que hubo que ponerle celo en las tapas de plástico porque se caían. Recuerdo especialmente aquel verano porque mi hermano y yo vimos la película tantas veces que nos sabemos las canciones de memoria y han pasado a ser parte de ese nivel profundo de coñas que los dos compartimos.
Pero es que, además, SyL puede llegar a ser también un placer adulto. Sólo cuando eres mayor y has visto mucho cine te das cuenta de la enorme calidad que hay en la película. De la cantidad enorme de pequeños detalles que el director, el guionista y los actores han incorporado a una trama absolutamente banal para darle cierta profundidad. Empezando por el gran mérito de la película, Julie Andrews. Una actriz muy completa e injustamente valorada que, años después, ha demostrado que es algo más que una soprano empalagosa. Ya en SyL le da a su personaje una profundidad que no está en los diálogos y un sentido muy ácido de autorionía que la arrancan de la virginidad blanca de todo el filme sin que los espectadores menos avisados se den cuenta.
Si volvéis a ver “The sound of music” fijaos con atención en un par de secuencias mudas en las que Julie Andrews brilla con luz propia. En las que se ve que, ante todo, Andrews es una actriz de teatro que es capaz de rellenar el subtexto de una escena con una mirada, con la actitud el cuerpo. Mantiene el personaje y le da una amplia gama de emociones. Por ejemplo, en la escena en la que nos damos cuenta de que está enamorada del capitán Von Trapp. Es una escena exquisita. La música entra desde lejos, traida desde un salón de baile cercano. Está rodada con una enorme economía de medios. En plano general. Sólo hay dos o tres momentos en que hay primeros planos de Julie Andrews. Unos primeros planos que culminan en una larga pausa en la que Andrews mira a los ojos de Plummer –en realidad, si uno se fija se ve que no le mira a los ojos sino a algún lugar en el puente de la nariz- y ya sabemos, tras esa larga pausa, que Julie Andrews está en el bote. Que se ha enamorado del capitán con todo el equipo. La película se desinfla un tanto a partir de que la tensión sexual se resuelve (pasa siemrpe) y no hay quien se crea a Julie Andrews señora de la casa, porque lo que movía el grueso de la película era el cuento de cenicienta, habilidosamente versionado en los dos tercios anteriores.
La película sigue transmitiendo la misma alegría de vivir que en los sesenta, la misma gracia sensata de antes. Y, si no fuera porque los niños son demasiado inocentes para lo que hoy se estila, podría decirse que la película se hizo antes de ayer por la tarde.
Los austríacos no le tienen especial aprecio a la película (porque alguien de fuera hizo la mejor película existente sobre Austria) pero un extranjero como yo sí que se da cuenta de que Austria está en esa película en muchos detalles. En todos, menos en el vestuario. Sólo de vez en cuando en los trajes de los niños se ve la manera auténtica de vestir de los austríacos: un pueblo pobre, en un clima inhóspito. Muy austeros.
Eso no se ve en la película. El capitán viste un traje gris de franela de Hollywood (nada de los elegantes lodens austriacos) y de Julie Andrews...Qué decir.
Hablando de niños y de inocencia. Copio de un titular de la web de Gran Hermano que, por motivos profesionales tengo que leer:

¿Ha masturbado Dani Rubio a Laura delante de sus compañeros?

Alucina. Vecina.

No copio el textillo siguiente en el que se explica la hazaña porque es absolutamente... Conmovedor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bueno, bueno, el Gran Hermano está entrando en unos tema un poco subiditos de tono.
Ayyy, donde vamos a llegar, esto es Sodoma y Gomera.