Noches tristes


8 de Noviembre.- Ayer, mientras yo estaba cenando un conocido decidió que era mejor para él dejar este mundo.
No puedo decir que fuera mi amigo porque, fuera de una invitación social (lo que hubiera podido ser una visita de buena vecindad) y alguna que otra coincidencia en cumpleaños de amigos comunes, no puedo decir que le traté mucho. Quizá lo que puedo tener hoy es una idea superficial de cómo era. Ese esbozo que todos nos hacemos de los otros, basándonos en experiencias anteriores, en otros especímenes estudiados de nuestra misma clase.
Sin embargo, la noticia, recibida en el frío de la mañana de manera imprevista, me ha afectado muchísimo. Aún estoy intentando sobreponerme a lo que me han contado. Y a los detalles terribles que siguen brotando del teléfono sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. Intento pensar en qué le ha podido pasar por la cabeza, utilizando lo que tengo más a mano: mi propia cabeza. Y no encuentro ninguna respuesta. Este hombre joven (no había cumplido los cuarenta) es el primer fragmento de mi vida aquí que se rompe, que falla, que desaparece. La primera tesela de un mosaico que ha dejado un hueco. Ante mi derrota, ante mi profunda tristeza por lo sucedido, M. Intenta consolarme diciéndome que yo no tengo nada que ver; que, en realidad, el asunto me afecta muy tangencialmente...

(Y yo no puedo evitar pensar, ¿De verdad no tengo nada que ver? ¿La muerte solitaria de un ser humano que conocimos puede dejar de afectarnos?)

...Y quizá, racionalmente, sea verdad. Pero sigue ahí, y no me puedo quitar de la cabeza la crueldad inconsciente de este mundo que se ha despertado con un pasajero menos y que ha seguido avanzando como si nada...
(en realidad se ha despertado con miles de pasajeros menos, lo sé, pero no puedo dejar de pensar en este en particular, con el que tuve cierto trato).

...La rareza de la naturaleza de los seres humanos –imprescindible para que la vida siga- que se apresura a cerrar la herida del ser que nos deja como las plaquetas se apresuran a taponar una hemorragia cuando nos cortamos un dedo pelando patatas.
Me asalta la idea de que quizá sea necesario este convenio social que condena a la muerte de los que conocemos a no invadir la vida de los vivos. Todos guardamos ese tigre en el armario. Me asalta la idea de que es injusta la idea de la muerte como mancha, como vergüenza. Sobre todo para los que se quedan. Me asalta la idea de todos los objetos que pertenecieron al que ya no está y que le miran, aunque él ya no pueda mirarlos.
Intento reconstruir el espacio de mi calma, convencerme de que cosas así tienen objeto en el orden del mundo. Por lo menos en ese orden del mundo imperfecto en el que yo necesito creer. Y la verdad es que no lo consigo.
Y vuelvo a reafirmarme en que nada, o casi nada de lo que nos preocupa, merece la pena. Pienso cada vez más que ante la eterna pregunta, ante la posibilidad de que, en un momento dado, dejemos este mundo, casi nada de lo demás tiene importancia. Que todo se convierte, ante esto, en toreo de salón para entretener el tiempo que pasa, las horas que, inevitablemente, se escurren.
Y me reafirmo en que hay que esforzarse cada día en querer no sólo a los que nos quieren (que no tiene ningún mérito) sino a aquellos seres anónimos con los que nos topamos todos los días o que, como esta persona, rozamos un instante que es como una chispa entre dos oscuridades. Aprender a quererlos como todos nos merecemos que nos quieran, atendiendo a nuestros detalles, a nuestras particularidades, observando los defectos y las pequeñas mezquindades con sentido del humor.
Quizá ese, después de todo, sea el fin de todas las cosas.

No hay comentarios.: