Para morir nacemos

7 de Noviembre.- Es curioso el grado de civilización que hemos alcanzado. Ayer, despidieron a mi jefe después de la vuelta de su viaje de novios (sé, por otros cauces que tal viaje no existió o que existió en una versión económica). Nadie, salvo él, dijo nada. Y al decirlo, la única señal de que le habían hecho lo que le habían hecho era que le ardían las orejas, como si la culpa fuese suya.
Uno ya lleva mucho mundo corrido y cuanto más mundo ve, peor. Porque la fe se le acaba. O sea, que el optimismo que anima a P. y a otros como P. para seguir luchando por unos amaneceres dorados de postal, a uno, la verdad, le abandonó hace muchísimo tiempo.
Si tuviera que identificarme con algún personaje literario, lo haría sin duda con el burro de Rebelión en la Granja. Ese burro que no cree en el progreso, ni en las bondades de la revolución animal. Un burro que no cree ya en los vendedores de sueños, porque todos los sueños, más tarde o más temprano, terminan en trampa, en letra pequeña, en esto no te lo dije pero también era importante, en ampolla de cianuro escondida dentro del merengue del pastel.
He presenciado la caida (dolorosa, larga) de la empresa en que he trabajado. Durante aquellos casi dos años tuve ocasión de comprobar hasta qué punto es rastrera la condición humana. El clima de enfermedad moral que se extiende en época de despido. La secreta alegría (que yo he sentido) cuando le toca a un compañero y no a ti mismo dirigirse cabizbajo hacia la cola del paro. Los absurdos rituales para atraer la suerte y que tú no seas el próximo, la absurda creencia del “yo hago mi trabajo bien, a mí no me pueden despedir”. La constante certeza de que uno es un trabajador imprescindible para el funcionamiento de la empresa. Una certeza que se quiebra con la misma consstancia cuando suena ese teléfono de tu mesa que te conecta con el proveedor que odiaste, pero que se convierte en un teléfono amado porque te ata a la seguridad de tu puesto de trabajo.
Primero fuimos cien, luego setenta, luego cincuenta. Cuando llegamos a los cuarenta, el director general nos reunió y nos dijo que había que ponerse a trabajar, que los despidos se habían terminado, que la empresa había alcanzado su dimensionamiento óptimo. Cuando éramos doce, fue la última cena de navidad. Me acuerdo que, uno al que despidieron antes que a mí, me pidió que cantara “El novio de la muerte” y que, como yo ya llevaba un par de copas (imprescindibles para cenar con el tío que te va a echar el día menos pensado) accedí. Y que se rieron mucho cuando entoné aquello de “Nadie en el tercio sabía, quién era aquel legionario/ tan audaz y temerario, que se alistó en la legión...”
Ayer, cuando mi jefe nos contó, mientras le ardían las orejas, que le echaban por Dios sabe qué motivos (siempre piensas que “algo habrá hecho” intentando encontrarle una lógica a la cosa, pero es mentira, no hace falta hacer nada) algo se revolvió dentro de mí. Aquellos casi dos años de agonía lenta resucitaron en un sólo instante. Pero también me di cuenta del nuevo paradigma que ha acercado el trabajo a la vida misma: en el momento de nacer a todos nos regalan otra fecha más oscura, en el momento de contratarnos, a todos nos dicen también: no te aferres demasiado, no cojas demasiado cariño a tu silla, a tu sueldo y las posibilidades que representa, porque algún día, lo perderás todo.
Para morir nacemos. Amén.

1 comentario:

Paco Bernal dijo...

jajaja! Yo la tengo de fondo de escritorio. La he encontrado en flickr.com, ¿A que mola? De todas maneras, seguro que tú en la piscina te pareces más a la sirenita... ;-)
Muchos besos