Queremos un hijo tuyo


10 de Noviembre .- Cantaba Blades que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Y no sólo la vida: uno mismo, también. Para muestra un botón: debido a cierto cortocircuito cerebral que tiene que ver con mi extraña percepción de lo kitsch, desde que estoy en Viena he desarrollado un gusto insano por Julio Iglesias. Es más, reivindico para Julio y su primera etapa (tan hermosa, tan alejada de la música para ascensores que hace ahora) un lugar en el parnaso de los ídolos. Y qué decir de la (absolutamente desconocida) etapa Iglesias en la que hizo las delicias de los melómanos germanoparlantes. ¿Eh? Qué decir. Sólo ahora, en el momento en que he aprendido un poco de la lengua de Goethe y de Schiller, soy capaz de calibrar el acento infame con el que perpetraba canciones como “Ich schicke dir eine weisse wolke” (Te envío una nube blanca) cuyos arreglos, he de decirlo, me enternecen al mismo tiempo que conmueven mi diafragma en francas carcajadas. Me encanta Julio y durante las largas noches del invierno, he deseado (y hasta he llegado a creerlo) que el mundo fuese tan profundo como la letra de “Me olvidé de vivir” y los amores tan intensos como los de “Gwendoline” (por cierto, Lola Flores tiene una versión impagable de esta canción en la que, en el verso final, y a ritmo de rumba desgarrada, llama a la muñeca de Julio guandalí, un nombre selvático que me parece un hallazgo, francamente).
Julio Iglesias, ese hombre que tiene la cara como un mapa físico de Europa a fuerza de darle al bisturí, que reconoce que no ha leido un libro en su vida (tampoco le hacía falta, las cosas como son) y que saca a pasear al parque a su hermano de un añito de edad.
Julio. Ese hombre.
Recuerdo todavía a mi abuela, que en paz descanse, cuando Julio Iglesias golpeó los tímpanos patrios con aquel hit de “Fuiste mía, sólo mía, mía, mía”, versionado después de manera no menos eficaz por el siempre jocundo Bertín Osborne. Mi abuela (enlutada, escandalizada por la separación del dúo Iglesias-Preysler) mientras Julio se ponía la mano en el pecho para cantar aquello de que, hasta que llegó él, el vientre de la Preysler había sido una colina cerrada, movía la cabeza y decía:
-No quiere decir ná la canción esta...
Qué elegancia, cantarle a la propia que ya no lo es, que le ha dejado a uno por un porvenir más suculento y más baños, y decir que su vientre era una colina cerrada...
En los países de habla extraña (o sea, este en que me encuentro, por ejemplo) Julio Iglesias es un ídolo y aún las señoras de cincuenta se estremecen cuando le escuchan entonar con voz melosa sus baladas y sus canciones que evocan noches de playa y la versión del easy listening del nunca suficientemente valorado trío lalalá.
Hoy, Julio vende sus casas, y pasea el principio de su ancianidad por costas tropicales en las que rumia que las compañías de discos se preocupen más de apoyar a su hijo Enrique (esa persona tan lúcida y tan inteligente, y no es coña) que a él, que tanto dinero les ha dado a ganar. De vez en cuando tiene algún que otro alegrón (el número uno del año pasado en Francia perpetrando en lengua gala) pero ya no es lo mismo...Ay, si Shakespeare viviera, que otro Rey Lear haría...Con este Julio.

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