25 de Diciembre.- Vengo de una fiesta de post-navidad en la que he constatado varias cosas:
a) Que cada vez tengo más cara de señor en las fotos
b) Que las patatas fritas son una mercancía peligrosa cuando uno quiere pasar desapercibido (porque siempre se caen, o se rompen, o eligen el momento más intempestivo para desmigajarse sobre la alfombra del anfitrión)
c) Que el infierno debe de ser estar escuchando villancicos a un volumen superior al de la resistencia humana. A la media hora de estar escuchando que por fin es navidad y letras a propósito de renos que tienen complejos porque tienen la nariz demasiado roja, uno tiene ganas de liarse a martillazos con la cadena de música
d) Que no me gustan las casas museo ¿Y qué es una casa museo? Pues yo te lo explico en menos que canta un gallo: son esas casas –como en la que yo he estado hoy- en la que todo pega con todo. Que, más que casas, parecen el decorado de una telecomedia protagonizada por Emilio Aragón. El cojín pega con el color de la pared que, por supuesto es superfashion y hace referencia velada a la estantería curva que sirve para colocar los libros. En la que la vajilla tiene la misma gama de color que los calzoncillos del dueño de la casa y, si uno mira el dormitorio, resulta que puede seleccionar al azar cualquier elemento de cualquiera de las otras habitaciones y encontrar que, misteriosamente, pega. Uno, en esas condiciones –no olvidemos la presión psicológica que supone estar condenado, además, a escuchar villancicos sobre los temas más peregrinos- uno, decía, tiene ganas de hacerse satánico y de entregarse al culto luciferino más profundo.
e) He alcanzado el suficiente nivel de manejo del idioma para ser falso en alemán (te cagas). Que eso ya tiene mérito, creo yo. Ser falso en un idioma que uno apenas controla.
f) Que lo de los regalos es una ruleta rusa: o sea, que tú puedes estar rompiéndote la cornamenta buscando ese regalo caro pero no del todo, glamuroso pero no rebuscado, y resulta que lo que más ilusión le hace a la persona a la que le regalas es un cd de gasolinera que te ha costado tres euros. Es que hay que joderse, compañeros y compañeras.
Pero en fin, queda un consuelo: gracias a Dios navidad es sólo una vez al año. Quisiera terminar relatando una escena hermosa. La hermana de M. Ha tenido el detalle de invitarme a pasar las navidades en su casa (particularmente la entrega de regalos). Se desarrolló como sigue: los niños estaban en una habitación separada. Los adultos en el comedor. En él, se encontraba el árbol de navidad. A sus pies, los regalos. Cuando la música empezó a sonar, los niños corrieron en tropel hacia la habitación del árbol. El mayor, leyó entonces el trozo del evangelio que habla de la navidad y tras esto, la madre dijo unas palabras. Les dijo que, aunque pudiera parecerlo, la navidad no era algo que debía darse por supuesto. Que en el mundo hay personas que sufren y que hay que dar siempre gracias a Dios porque uno no está en esa nómina de sufrientes. Terminó diciéndoles algo a cada uno de sus hijos. Y uno, como es más tierno que el día de la madre, pues acabó como era previsible: enjugándose con el dorso de la mano unos lagrimones gordos como monedas de dos euros. Tras el momento emotivo, los chavales se lanzaron sobre los paquetes igual que en todas partes de esta Europa que nos cobija: o sea, como buitres leonados. En los adultos, quedó una ilusión que en cada uno era diferente pero que, en mi caso, no costará nada adivinar.
PS: No, no me he olvidado. Ahora explico el título: aquí, en Austria es tradición que durante la última semana del adviento, por la radio sólo suenen villancicos –entre ellos, y sorprendentemente, Hijo de la Luna, de Mecano, tócate los pies si no tienes nada mejor a mano- pues bien: uno supo ayer que el ciclón navidad se iba alejando porque, al poner la radio sonó una de las peores canciones de Elton John: Nikita. Y uno pensó: Gracias a Dios. Y como Carlos Jesús dijo: bendito seai, sir Elton.

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