13 de Diciembre.- decía Alfred Hitchcock que, a la hora de elaborar las tramas de sus películas él perseguía el objetivo de reducir al mínimo lo que él llamaba los puntos oscuros del tapiz. Esto es: todas aquellas partes de las que el autor se vale para sujetar el edificio de la trama pero que al lector/espectador no le aportan nada. Lo ideal sería que todos estos elementos funcionales sirviesen para “dar contento” transformados en graciosas piruetas que informasen de elementos necesarios pero sin dar el coñazo al personal. No siempre se consigue y supongo que cosas como estas son las que distinguen a Corín Tellado de Vladimir Nabokov. El escritor es, en sí mismo, un instrumento que termina en la punta de su bolígrafo (o dedos, en el caso de este que esto escribe); una criatura integral a la que, citando a Capote, Dios le entregó un látigo junto con su don. Un látigo dulce (los hay peores) pero que obliga a estar constantemente intentando afinar, transferir más vida, más gracia, elegancia, más profundidad, más tensión, a las cosas que produce. Sin que por eso tenga que notarse el esfuerzo. Un escritor, utilizando una parábola más, debe ser un Nijinsky que salta en el aire intentando cada vez el más difícil todavía, pero sin que la sonrisa se le borre de la pluma.
En mi opinión, lo que distingue a un escritor de un artesano y a este, de un escritor cojonudo (también conocido como EDPM –Escritor de Puta Madre-) es que el escritor cuenta una historia, el artesano intenta hacer, dentro de una corrección, las florituras que su talento le permite –que no suelen ser muchas- y el EDPM cuenta una historia, hace florituras y encima se permite salir y entrar de la verosimilitud a base de mantenerse alerta todo el día, de estar mirando constantemente lo que sucede a su alrededor, a base de aprovechar para sus fines desde los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola hasta el Pronto. Todo debe de ser materia para que un escritor mire, y sepa, y vea, porque nada de lo humano le tiene que ser ajeno.
Dicho esto, voy al título de este post que me está quedando un poco oscuro: si de un ser humano se puede decir que es lo que come, un escritor debe de tener mucho cuidado: porque un escritor es, fundamentalmente, lo que lee. Y si quien come mal termina escuchimizado, con la piel apergaminada, anémico y hecho unos churrascos, un plumífero cuya dieta se base en bestsellers y traducciones acabará escribiendo con un traductor entre él y quien le lea. Un escritor debe seleccionar cuidadosamente dónde pone los ojos porque la mediocridad se contagia y, si no tiene cuidado, puede terminar diciendo aquello de “las antiguas pesetas” o “la ilegalizada batasuna” o “a punta de pistola” o “un billón –con b- de pesetas” o “sangrar profusamente” o “dijo fulanito con los dientes apretados” o “los efectivos” (cuando lo que quería decir era soldados) o “ciudadanos y ciudadanas” (lo cual, aunque igualitario, resulta incorrecto en español) y tantas y tantas atrocidades que alejan a quien es de ese ser que es tan bueno como él podría ser.
(Hago estas reflexiones mientras releo algunos párrafos –espantosos- que he escrito hace unos días y los comparo con otros párrafos de obras que me hubiera gustado escribir como "Un día volveré" de Juan Marsé)

1 comentario:
Autentico Paco Bernal. Se da caña pero a la vez aporta algo positivo. Ahí es donde marca la diferencia.
Publicar un comentario