4 de Diciembre.- Mi amigo P. estará contento, espero, de que el compañero Chávez haya sido reelegido presidente de Venezuela. Para mi desgracia, supongo, el compañero en cuestión no me cae nada bien. Soy consciente de que hablo con toda la frivolidad posible cuando digo que, para fenómeno exótico, sólo Fidel Castro me resulta simpático porque, por más de una razón, me recuerda a mi abuela (q.e.p.d.) de la que ya hablábamos en días anteriores. Me horroriza Chávez con sus alocuciones en Aló presidente (ya hay que ser hortera para hacer un programa que empiece por Aló), me horroriza su boina roja, su merchandaising machacón e incluso me da dolor de estómago escucharle. Y ni siquiera por razones políticas (que a ratos, también) sino por mera antipatía personal. Qué vamos a hacerle. Me parece demasiado poder concentrado en una sola persona. Demasiado poco control. Todo tan burdo, todo tan basto, todo tan poco sutil, que me produce urticaria.
Soy consciente de que soy arbitrario, pero uno, en esto como en todo, también tiene derecho a tener sus filias y sus fobias.
Me entero con cierto regocijo de que el mundo se va a ver libre dentro de poco de una persona que ha hecho mucho y muy malo para hacer infelices a sus habitantes, en particular a los que estuvieron bajo su bota: parece ser que Pinochet (ese señor al que no hubo manera de juzgar porque a los lores ingleses no les salió de la peluca) ha tenido un infarto y un edema pulmonar. Esperemos que su tránsito a donde se merezca (preferentemente al olvido más ominoso) se produzca de manera que los chilenos puedan por fin disfrutar de una verdadera democracia. Porque no ha debido de ser fácil durante todos estos años. Como si, mientras el rey y Suárez abordaban la ley para la reforma política, Franco hubiera estado sentado tapado con una mantita polvera en el porche de un chalet de pongamos, La Moraleja.
Otra fobia: Juan Manuel de Prada. No puedo con él. Es otra persona a la que, es escucharle, y se me revuelve el estómago. Ni leyéndole le soporto. Qué vamos a hacer. El ser humano es frágil, y Francisco Umbral creyó ver en Prada el hijo que se le murió. Ese hijo que Umbral busca cada cierto tiempo, porque en el hombre resulta natural el instinto de continuarse en otros. Recuerdo que, más o menos a la altura de mis primeros años universitarios, un De Prada aún bisoño y principiante, era cantado con auténticos ditirambos por un Umbral que había quedado absolutamente fascinado por su libro “Coños”. Y de Prada se convirtió entonces en ese escritor al que había que leer porque, según Umbral, esa vaca sagrada de la literatura madrileña, de Prada era el regalo perfecto para cualquier navidad que quisiera presumir de culta. Llegaron “Las máscaras del héroe” y otras novelas a las que uno, por puro sentido del deber, ha intentado hincar el diente con no poca frustración. Hoy, que me siento negativo, le saco a colación por una frase que le he leido en el ABC. Cito: “El matrimonio, como muy certeramente señala monseñor Sebastián, ha dejado de ser una institución protegida jurídicamente. Las leyes han dejado de velar por su continuidad y sostenimiento, para conspirar contra su destrucción”. Sospecho que De Prada quería decir, en las últimas cinco palabras, exactamente lo contrario de lo que ha escrito, y me alegro de que se haya equivocado porque a uno le alegra que los escritores a los que les tiene tirria se equivoquen.
En fin, por acabar con un sentimiento positivo diré que he tenido noticias hoy de Juan Retana, que me ganó en el Max Aub y que sigue en forma: tan majo como siempre.
Foto flickr

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