
I love to love
13 de Diciembre.- Volviendo a Nabokov, que es este señor mayor que mira con cara de pocos amigos desde más abajo de esta columna, decir que tiene un libro maravilloso (que también sigue en Madrid junto con el de Alberto Manguel) que se llama “Habla, memoria”. En este libro, el bueno de Vladimir desmenuza con su habitual perspicacia sus recuerdos de infancia y consigue el milagro que debe ser el principal empeño del trabajo de cualquier buen escritor que se respete: que al abrir las páginas de sus libros los personajes permanezcan para siempre, tan frescos como plantas recién puestas a prensar.
Cuando una persona desaparece, desaparece su patrimonio más precioso: su memoria. Cada día somos testigos de una realidad móvil, que sólo nosotros podemos fijar. Cuando muere un hombre, es como si se quemara una biblioteca. Destruidas sus redes neuronales, no sólo se marchita lo que él fue, sino también todas las personas a las que conoció, a las que amó, con las que vivió y compartió momentos. Somos lo que recordamos.
En la fiesta de la que hablaba ayer, nos regalaron a todos una cucarachita electrónica de color naranja. El aparatico (aparejo, como dice mi compañero Perequé) resultó ser un reproductor de mp3. Anoche lo cargué con varias decenas de canciones. Y entre ellas, saltando de los sistemas analógicos en que fue grabada al sistema digital en que será preservada del tiempo (por lo menos durante unos años más), estaba la primera canción que yo recuerdo que debe de ser muy contemporánea de mi primera capacidad de tener memoria de las cosas. Estaba grabada en una cinta de casette color naranja, en sistema monoaural (aunque yo la tenga en stéreo) y formaba parte de una cinta grabada de la radio (probablemente de los cuarenta principales) en un radiocasette que mi tío Pepe se trajo de Ceuta y que fue uno de los juguetes preferidos de mi hermano y mío. Tiempo después. En el momento en que la memoria me devuelve la canción, fijada para mí con la excitante novedad que sólo se siente en la infancia y que perseguimos durante toda nuestra vida, el radiocasette era nuevo y ni mi hermano ni yo sabíamos manejar los controles que me resultan hoy de una encantadora rudimentariedad. Soy consciente de que mi madre grabó en esa cinta esas canciones con el mismo objeto con el que yo hoy hago muchos CDs: era música para limpiar. Recuerdo perfectamente que tras mi canción, estaba “You´re the one that I want” (incompleta, escuché la cinta muchas veces) pero la que a mi me gustaba era “I love to love” de Tina Charles. Una canción que salió en 1977, por lo cual, mi recuerdo debe de ser de principios de 1978. En esa fecha, abrí los ojos (y los oídos).
La cinta se perdió –cualquiera sabe a dónde van a parar tantos objetos que nos acompañan y que no volvemos a ver- pero la ingenua melodía siguió rondando por mi mente durante un par de décadas. Hace unos años, una discográfica (Arcade) sacó una recopilación de música Disco. La vi en la tienda de El Corte Inglés de Sol (la estatua de Carlos III, entonces, era nueva), localicé la canción, y “Blame it on boogie” de los Jackson 5 y no dudé en gastarme tresmil pesetazas en aquellos cuatro discos que concentraban mi primera niñez en aquellas dos canciones.
Mi amigo P. que volvió a dar señales de vida ayer (le impide hacerlo más a menudo su intensa actividad política) me reprochaba ayer que en el anterior post dijera que no me gustan las navidades por horteras y que hubiera dicho, días atrás, que me encanta Julio Iglesias (no todo, sólo aquella parte que está suficientementemente lejos en el tiempo como para resultar deliciosamente cómica). Con “I love to love” reivindico lo kitsch, la música que el tiempo ha alejado de sus fuentes y que ahora es, tan sólo, un fragmento del pasado que nos trae un perfume antiguo de un tiempo no necesariamente mejor, pero sí familiar.
Cambiando de tema: leo que Alejandro Sanz ha publicado un comunicado para aceptar que tiene un hijo secreto que se llama Alexander (a lo cual el mundo ha dicho que vale, que y qué, y se ha puesto a desmenuzar otros trozos de carnaza más jugosa) y asimismo, leo que Jose Luis Moreno, al que un día dedicaré un post completo, tras irse a Tele 5 se ha llevado al equipo completo de “Aquí no hay quien viva” y lo ha embarcado en un nuevo proyecto que se llama “La que se avecina” pero que probablemente podría haberse llamado también “Se van a hostiar”. Este nuevo proyecto confirma la tragedia de JLM: lo tiene todo menos prestigio (demasiados años haciendo Noches de Fiesta Entre Amigos) y lo compensa a golpe de talonario. Se habla de decorados monstruosos (cuando lo que a la gente le gustaba de Aquí No hay quien viva era que era más simple que el mecanismo de un cubo) pero dudo que quede nada de imaginación en el nuevo proyecto.
Creo que JLM llorará su triste destino en ese paraíso de pianos blancos y tapizados de piel de leopardo que es su mansión de La Moraleja.
Ays.
Cuando una persona desaparece, desaparece su patrimonio más precioso: su memoria. Cada día somos testigos de una realidad móvil, que sólo nosotros podemos fijar. Cuando muere un hombre, es como si se quemara una biblioteca. Destruidas sus redes neuronales, no sólo se marchita lo que él fue, sino también todas las personas a las que conoció, a las que amó, con las que vivió y compartió momentos. Somos lo que recordamos.
En la fiesta de la que hablaba ayer, nos regalaron a todos una cucarachita electrónica de color naranja. El aparatico (aparejo, como dice mi compañero Perequé) resultó ser un reproductor de mp3. Anoche lo cargué con varias decenas de canciones. Y entre ellas, saltando de los sistemas analógicos en que fue grabada al sistema digital en que será preservada del tiempo (por lo menos durante unos años más), estaba la primera canción que yo recuerdo que debe de ser muy contemporánea de mi primera capacidad de tener memoria de las cosas. Estaba grabada en una cinta de casette color naranja, en sistema monoaural (aunque yo la tenga en stéreo) y formaba parte de una cinta grabada de la radio (probablemente de los cuarenta principales) en un radiocasette que mi tío Pepe se trajo de Ceuta y que fue uno de los juguetes preferidos de mi hermano y mío. Tiempo después. En el momento en que la memoria me devuelve la canción, fijada para mí con la excitante novedad que sólo se siente en la infancia y que perseguimos durante toda nuestra vida, el radiocasette era nuevo y ni mi hermano ni yo sabíamos manejar los controles que me resultan hoy de una encantadora rudimentariedad. Soy consciente de que mi madre grabó en esa cinta esas canciones con el mismo objeto con el que yo hoy hago muchos CDs: era música para limpiar. Recuerdo perfectamente que tras mi canción, estaba “You´re the one that I want” (incompleta, escuché la cinta muchas veces) pero la que a mi me gustaba era “I love to love” de Tina Charles. Una canción que salió en 1977, por lo cual, mi recuerdo debe de ser de principios de 1978. En esa fecha, abrí los ojos (y los oídos).
La cinta se perdió –cualquiera sabe a dónde van a parar tantos objetos que nos acompañan y que no volvemos a ver- pero la ingenua melodía siguió rondando por mi mente durante un par de décadas. Hace unos años, una discográfica (Arcade) sacó una recopilación de música Disco. La vi en la tienda de El Corte Inglés de Sol (la estatua de Carlos III, entonces, era nueva), localicé la canción, y “Blame it on boogie” de los Jackson 5 y no dudé en gastarme tresmil pesetazas en aquellos cuatro discos que concentraban mi primera niñez en aquellas dos canciones.
Mi amigo P. que volvió a dar señales de vida ayer (le impide hacerlo más a menudo su intensa actividad política) me reprochaba ayer que en el anterior post dijera que no me gustan las navidades por horteras y que hubiera dicho, días atrás, que me encanta Julio Iglesias (no todo, sólo aquella parte que está suficientementemente lejos en el tiempo como para resultar deliciosamente cómica). Con “I love to love” reivindico lo kitsch, la música que el tiempo ha alejado de sus fuentes y que ahora es, tan sólo, un fragmento del pasado que nos trae un perfume antiguo de un tiempo no necesariamente mejor, pero sí familiar.
Cambiando de tema: leo que Alejandro Sanz ha publicado un comunicado para aceptar que tiene un hijo secreto que se llama Alexander (a lo cual el mundo ha dicho que vale, que y qué, y se ha puesto a desmenuzar otros trozos de carnaza más jugosa) y asimismo, leo que Jose Luis Moreno, al que un día dedicaré un post completo, tras irse a Tele 5 se ha llevado al equipo completo de “Aquí no hay quien viva” y lo ha embarcado en un nuevo proyecto que se llama “La que se avecina” pero que probablemente podría haberse llamado también “Se van a hostiar”. Este nuevo proyecto confirma la tragedia de JLM: lo tiene todo menos prestigio (demasiados años haciendo Noches de Fiesta Entre Amigos) y lo compensa a golpe de talonario. Se habla de decorados monstruosos (cuando lo que a la gente le gustaba de Aquí No hay quien viva era que era más simple que el mecanismo de un cubo) pero dudo que quede nada de imaginación en el nuevo proyecto.
Creo que JLM llorará su triste destino en ese paraíso de pianos blancos y tapizados de piel de leopardo que es su mansión de La Moraleja.
Ays.
Foto: Tina Charles en aquellos entonces
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