7 de Diciembre.- Cuando era niño, leí en un libro del siglo XIX –no recuerdo en cual- un nombre: La revue des deux mondes. Con el poco francés que entonces sabía –y que hoy ya casi he olvidado- conseguí montar trabajosamente un concepto que me dejó perplejo y fascinado al mismo tiempo: “La revista de los dos mundos”. Aunque parezca mentira, no caí en la cuenta de a qué dos mundos podía referirse el título hasta muy entrada la veintena. Y aún entonces, el título quedó ahí, en el fondo de mi mente, como una de esas cosas que de tan sencillas nunca pierden su rigor y su equilibrio y, por lo tanto, su extraña belleza.
¿Por qué traigo esto a colación? Ayer, quedé, entre otras personas con T.G., escritor español que ha establecido aquí su solar y sus pucheros (es un cocinero empedernido) con el que sostuve cierta conversación relacionada con este blog.
Leyendo los posts, T. había sacado la conclusión de que yo me encontraba algo alicaido y no muy cómodo en esta ciudad de la que estoy enamorado (lo digo ya desde el principio). A T. le sorprendía que hablase mucho de España y muy poco de Viena, ciudad en la que vivo y que me ha adoptado. Le contesté que, principalmente, este blog tenía como lectores personas que viven en España y que, más secretamente, una parte de mi corazón sigue viviendo en el sitio que me ha visto nacer y que sólo echo de menos ya muy espaciadamente. Me indicó T.que la estrategia fundamental para no convertirse en estatua de sal es no mirar atrás y yo le dije que me parece que los que estamos aquí gozamos de la ventaja de la distancia que no tienen los que están allí y que creía (y creo por lo que diré) que podemos colaborar en la mejora de España desde esa distancia, aportando opiniones y puntos de vista que sólo da la perspectiva. A T.este negocio de la distancia le dejó un tanto sorprendido, y no veía la ventaja por ninguna parte. También hablamos de mi pesimismo (que a mucha gente que me conoce, siendo yo alegre como soy, le parece sorprendente).
El caso es que, cuando aquella concentración se disolvió, yo me fui andando a casa dando un paseito. Flotando como cubitos de hielo en la fresca noche vienesa, vinieron a mi mente las palabras de T. . Y pensé también que los que vivimos aquí tenemos una ventaja más que no tienen los que viven allí: nosotros podemos decidir qué es España para nosotros. Inconscientemente, los emigrantes creamos una versión apetecible de la Itaca a la que quisieramos volver. El mismo T. sin ir más lejos, me suministró ayer valiosísimas informaciones a propósito de lugares en donde localizar, por ejemplo, Callos (ese producto de primera necesidad cuando uno tiene resaca) o bacalao en salazón. Detalle a detalle vamos construyendo aquí un pequeño lugar mixto con la suficiente proporción de ingredientes conocidos como para sentirnos cómodos. Los residentes en el territorio nacional tienen que apechugar con todo lo que la realidad diaria les da. Bueno, malo, o regular. No cuentan con la ventaja de desconectar, como hacemos nosotros.
Asimismo, hablo de España, y también se lo explicaba a T. porque tengo muchísimo mono de actualidad . Y está claro que la actualidad española la entiendo mejor que la actualidad austriaca –que me es casi completamente ajena-; los grupos de poder, incluso las maneras peculiares de reaccionar de la sociedad española, me resultan cómodamente familiares; y de ellas extraigo enseñanzas que no puedo extraer de las de aquí.
Asimismo, me parece oscuramente apasionante el proceso de degradación que ha sufrido la vida pública del país desde el día 11 de Marzo. Este clima general que se ha instalado de “O follamos todos o la puta al río” y que ha degenerado en una antipatía de carácter personal entre los encargados de gobernarnos (ver noticias relacionadas con la recepción de ayer del día de la constitución).
Me parece extremadamente digna de análisis la política de comunicación de los entes políticos del país, el concienzudo proceso de borrado de cualquier atisbo de sentido común o de reflexión constructiva de los medios de comunicación de masas, la hondísima crisis en la que han caido unos políticos empantanados en la más honda de las mediocridades. En estos momentos, hay personajes haciendo política profesional que no hubieran tenido la más mínima oportunidad hace veinte años (aunque quizá el recuerdo, en esto como en todo, embellezca los tiempos pasados, también Solana dijo “catorceavo”).
Dependiendo de las simpatías de unos y de otros, uno puede encontrar en todas las filas a tipos que hacen que uno esté encantado de haber conocido a su perro. Se echa tierra sin cesar sobre temas que son de verdad importantes y de los que depende, auténticamente, el futuro del país. Por poner un ejemplo de esto: sería mucho más provechoso que los periódicos que, en este momento, cantan el devórame otra vez destripando los detalles del 11-M hasta el absurdo, pusiesen de relieve el desastroso nivel de la instrucción nacional. Hay un altísimo porcentaje de españoles que son incapaces de escribir en su propio idioma con un mínimo de corrección. Y eso incide directamente sobre la competitividad de un país. Si Europa –y España dentro de ella- quiere ser una isla de conocimiento y de I+D para hacer frente a la infinita capacidad de producción de los países orientales emergentes, y contrarrestar los efectos de una globalización inevitable, resulta importantísimo invertir en formar a los habitantes de España. Porque es lo único que va a darles de comer en el futuro.
La esterilidad de las páginas de opinión de los periódicos es tal, en lo tocante a este tema, que descorazona.
Siempre ha habido y habrá personas más y menos dotadas. Pero lo que no se puede tolerar es que, independiente de su grado de inteligencia o capacidades, las personas se enfrenten a un sistema educativo absolutamente obsoleto y entorpecedor como el nuestro. Que funciona (o funcionaba en mis tiempos) en los niveles primarios y secundarios de la escalera educativa, pero que fracasaba de la manera más sangrante al llegar a la universidad. A una universidad que incentiva y recompensa la repetición incesante de unos contenidos que no tienen nada que ver con el mundo real. Por poner un ejemplo: yo estudié ciencias empresariales en una Universidad Pública y nunca, nunca en toda la carrera, me enseñaron lo que era un TC –documento imprescindible para hacer las liquidaciones de la cuota empresarial de la Seguridad social-. Estudié una hoja de cálculo que, ya con el Excel plenamente implantado en todos los ordenadores que se respetaban un poco, tardaba dos minutos de reloj en sumar dos números. Por normativa universitaria tuve que presentarme a un examen de legislación laboral cuyos contenidos evaluables eran leyes que llevaban ya seis meses derogadas.
Por no hablar de que el clima intelectual de tomatización de la vida pública o, si se prefiere, de DiariodePatriciación, desincentiva completamente cualquier esfuerzo educativo mínimamente serio, ¿Para qué van a estudiar los adolescentes y los jóvenes si hay personas que, encerrándose en una casa y masturbando a otras enfrente de una cámara reciben no sólo recompensa económica, sino crédito social? ¿Qué clase de modelos estamos ofreciendo? Tampoco se trata de volver a “Corazón”, esa delicia de Edmundo de Amicis, pero sí de intentar darle una pensadita a lo que vamos a hacer con nuestra vida como sociedad.
Por eso, y por otras cosas más, escribo casi siempre sobre España.
Aunque, pesimista como soy, no tenga mucha fe en los resultados.
Foto: Portada de un número reciente de La Revue des Deux Mondes

1 comentario:
Si ya has encontrado callos, bacalao y kikos, creo que lo demás es coser y cantar.
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