
Mi pescado no está pocho
15 de Diciembre.- Las palabras son muy importantes. No sólo cuando se ponen una detrás de otra formando frases (con resultados a veces pavorosos, como aquella de “La caridad empieza por uno mismo” o “el trabajo os hará libres” o aquella otra de “Pinochet quizá cometió algunos excesos pero dejó un Chile mejor que el se encontró”) sino por sí mismas, como bombas de relojería que se sueltan solas, aisladas, sin ningún contexto. Palabras que irrumpen en la conciencia, que son repetidas sin ninguna consideración y que, como una canción de los cuarenta principales, se acaban imponiendo casi por cansancio.
Nos referimos por ejemplo a palabras como “Conspiración” o “Verdad”.
FJL, se locutor incendiario que otrora amenizaba mis mañanas camino del trabajo (ver posts anteriores) y la cadena de radio que utiliza como tribuna o desaguadero, han decidido escudarse tras la palabra “Verdad” y repetirla machaconamente con el indudable objetivo de que el gentío asuma que lo que ellos cuentan es la descripción más fiel de la realidad que se encuentra disponible en estos momentos. La ünica, la monolítica, la que todos debemos comprar. FJL y las personas que le secundan, en su mayoría trabajadores en el sector del transporte urbano de personas y otros gremios afectos a la carcundia más cafre, han decidido apropiarse del argumento que utilizó el PSOE para dar el último tirón que derribó a los chicos del PP: el gobierno nos miente. Se transforma así el mercado de la noticia en la competencia entre dos pescaderías que, aún reconociendo sin sonrojo que venden pescado pocho, intentan convencer al dubitativo comprador de que su pescado está menos pocho que el de la competencia. Asimismo, se crea otro efecto secundario: el comprador de un pescado pocho trabaja sin descanso para convencerse de que ha hecho la elección correcta. En el caso de los oyentes de determinado programa de radio o los compradores de un periódico (pongamos aquel fundado por Luis María Ansón) esto se concreta en que estos se sientan miembros de una fraternidad propicia, último vestigio de una atlántida perdida de buscadores de la verdad, o sea, de un pescado menos pocho que el que compran otros consumidores menos avisados. Esta estrategia juega con una de las características más acusadas del ser humano, y más del ser humano celtibérico, tan adicto a la información como a la maledicencia: ir en contra del poder establecido. Poner en duda la versión oficial, que es tanto como tachar de incompetentes a los gobernantes. Y le dio muy buenos resultados no sólo al gobierno presente en su lucha por el poder (aunque era más que evidente que los del equipo del bigote intentaron ocultar hasta el último momento que las bombas las habían puesto unos fulanos con turbante) sino, por ejemplo, a los informativos de Tele 5 cuando nos contaron sobre los famosos hilillos de alquitrán que, según nuestro amigo Mariano, eran lo único que salían de la barriga del Prestige. Los informativos de Tele 5 después de pasar casi por ser algo tan antisistema como el Movimiento Okupa, hoy van tan a la deriva como la barca de Remedios Amaya (la pobre) y del gobierno presente...Bastante tienen las criaturas con estar como están, tampoco es cosa de hacer leña del árbol caido.
Releyendo lo escrito, pienso en lo siguiente: a nadie se le escapa que este debate entre pescaderos avispados tiene otro efecto capcioso: el de transmitir a los compradores de periódicos o a los espectadores de televisión o a los oyentes de radio que los lugares en donde se deberían debatir determinadas cuestiones de gran importancia, no son ya válidos y que el debate güeno, el de verdad, el que no es de madera, ni falso, se realiza en otros lugares. O, lo que es lo mismo, perdido definitivamente el antiguo prestigio de los parlamentos, las personas dirán (ya dicen): ¿Para qué voy a darle dinero yo a estos señores para que debatan sin descanso ni objeto sobre la Ley de la Memoria Histórica si me puedo comprar el coleccionable de mi periódico “Crímenes que cometieron los otros durante la guerra civil” y enterarme de la verdad? Aunque esto también se puede ver de otra manera mucho más constructiva: si las cosas han cambiado tanto desde el siglo XIX (tenemos teléfono, ordenador, cultura de masas) ¿Por qué la política se sigue haciendo como en el siglo XIX?...
PS: Prometo que el siguiente post será más ligerito
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