
Problemas
22 de diciembre.- al hilo del correo de un amigo que no termina de encontrar su sitio, me encuentro con la siguiente reflexión: una de las cosas que nos caracteriza a los ex-jóvenes (personas que ya hemos rebasado la treintena) es que empezamos a tener problemas. Me refiero, naturalmente, a problemas de verdad. Adultos. Nos empiezan a suceder cosas que realmente te cambian la vida, o que te la destrozan. Nos sentimos desnudos como si el rayo del destino fuera más libre de fulminarnos ahora de lo que lo era en nuestra veintena, aquellos tiempos de gloria y sudor. Y tirando del hilo, me doy cuenta también de que una de las cosas que más define a las personas es su actitud ante estos incidentes que son inseparables de la vida. Los menos, se acogen a la frase de Churchill que creo que ya he usado aquí más de una vez (ante lo inevitable, entusiasmo). Los más, tratan de ignorar lo que les sucede y, cuando no tienen más remedio, lloran y se autocompadecen. Pero sin duda lo más curioso es que, cada vez más, me encuentro con personas que viven en un mundo propio en el que los problemas también son de fabricación casera. Me doy cuenta de que, con respecto a estos últimos, mi actitud ha cambiado. En aquellos verdores de mi última adolescencia, yo intentaba convencerles de que se estaban preocupando por gilipolleces. Después, y especialmente debido a mi relación personal con una persona que era toda ella un problema, decidí que no tenía derecho a bombardear a nadie con mi optimismo y que, si esta persona, como otras muchas, se quejaba, sería porque algo le dolía. Sin embargo, en estos últimos tiempos (particularmente desde que vivo aquí) he llegado al convencimiento de que, lo mejor con esta gente que tiene problemas de corcho y poriespán es, simplemente, desconectar. No te escuchan, querido lector que me lees. Tú tratas de darles consejos que les abran los ojos ante este espectáculo tan maravilloso como inquietante que es la realidad de todos los días. Pero no te hacen caso. Porque están sordos. Viven en su monólogo interior. Algo les dice que este monólogo no tiene ningún tipo de valor si no hay alguien que les escuche y que les dé palmaditas en la espalda. Y por eso no desperdician ninguna ocasión ni ninguna oreja abierta a la hora de dar la chapa. Porque el sentido de su vida es su problema artificial. Porque necesitan el cariño enfermizo que nace de cierto tipo de compasión de baja intensidad. Sé que decir esto es duro pero cada vez me encuentro con más gente que moriría de aburrimiento sin estos problemas que son tan intrascendentes como los incidentes de Gran Hermano pero que ellos airean con titulares tan dramáticos como los del MARCA anunciando la enésima crisis del Madrid.
Y lo peor de todo: este fenómeno no es exclusivo de los treintañeros sino que, como una epidemia oscura, afecta a individuos/as de todas las edades. Incluso a organizaciones enteras que ven en el victimismo su única baza (aunque esto sería hablar ya de política y no quiero en estas fechas).
Quizá la raíz del problema es que vivimos en un mundo en el que, cada vez más, las sensaciones que no son placenteras están cada vez más proscritas. Un mundo en el que no cabe la muerte, por ejemplo. El duelo tras la desaparición de un ser querido. Porque quien está doliente (de ahí y no de otro sitio viene el duelo) no realiza gasto, no contribuye a la maquinaria de la economía, al consumo conspícuo del que Perequé y yo hablamos de vez en cuando. Vivimos en un mundo en el que la gente sólo disfruta de la superficie de los días, que no trabaja en conocer y en conocerse. Un mundo en el que las personas viven con el terrible drama de no tener ni idea de quién son. En esas condiciones grandes masas de seres humanos flotan como el krill sobre el agua del océano, al capricho de cualquier corriente. Sólo con ocasión de la caida de un rayo del destino, alguien abre los ojos dolorosamente y se pregunta. Aunque la mayoría de las veces, los vuelve a cerrar a la misma velocidad.
Foto: Tete Calvache, flickr
4 comentarios:
guapo soy tu mami que parrafada mas largaun beso
jajajajaja! Queda demostrado que los escritores tenemos madres y que las críticas de madre son las más agudas. Luego hablamos!
jajajaja te ha gustado no? un beso vengo a las 930
Amen a todo. Hay que ver, con lo complicado que es vivir la vida real, sumarle una inventada es un número de equilibrismo.
Publicar un comentario