28 de Diciembre.- Y parecía una inocentada propia del día, pero se confirma: Fernándo Sánchez Dragó presentará el Telediario de la Noche que abandonó nuestro amigo Yanke. Bien considerado, no deja de ser una decisión lógica e, incluso, con su poco de morbo. Aunque FSD presentando el telediario va a ser como cuando Almodóvar sacaba a su señora madre presentando las noticias y contando que Madrid estaba trufadita de terroristas chiitas. Pasará al catálogo de esas imágenes que valen el precio que uno paga por el satélite ese ver a FSD renunciando al teleprompter y leyendo las noticias sobre las negociaciones entre sindicatos y patronal directamente de su atrilillo de madera, como en el siglo XII. Uno se pregunta si el señor Dragó –escritor cultísimo, aunque de ideario un tanto distraido- se ha dado cuenta de lo que significa ser la cara de un telediario y más en Telemadrid.
Ayer, cenaba yo viendo el informativo de esa santa casa cuando casi me atraganto al escuchar al presentador, que puso boquita de cierre de bolso de señora de las de antes, comentando la siguiente noticia: los menores delinquen a edad cada vez más temprana. Tras leer el campanudo titular en el que se incluían combinaciones silábicas como “respeto a ninguna autoridad” y otras del estilo, el presentador añadió, con la boquita que yo mencionaba antes, y tras una pausa teatral acompañada de un achicamiento de ojos expresivo, que los pérfidos infantes, conocedores de que su tierna edad hacía imposible su imputación penal “no pagaban sus delitos del modo en que deberían”. Juro que la frase es textual y que me produjo cierto sobresalto al pensar en el presentador persiguiendo menores por la calle Alcalá armado de una red cazamariposas y un saco. Tengo que confesar que era el primer informativo de Telemadrid que veía yo en mucho tiempo, porque la navidad aumenta el uso de la sal de fruta y del Almax y Telemadrid puede conducirte fácilmente a través de los penosos paisajes de la indigestión.
Por supuesto, constituía un titular de primer orden el hecho de que Esperanza Aguirre hubiera visitado un asilo de ancianos –noticia sin la cual la mayor parte de los madrileños hubieran sido incapaces de sobrevivir hasta el día de hoy- así como las delicias gastronómicas que, según el presentador y una espídica redactora, eran uno de los ganchos más importantes para la atracción del turismo hacia la capital del reino.
Por cierto, que M. me recriminó como suele que yo, en vez de estar viendo el Zeit Im Bild (o sea, las noticias de la ORF) me estuviera entreteniendo en unas noticias de Madrid que deberían traerme al fresh. Pero es que ¿A quién le interesan las noticias de este país en el que nunca pasa nada? (gracias a Dios). Además, yo ya había leido Die Presse y estaba informadísimo de la actualidad austríaca.
El amigo que me escribió ayer, y que, por lo que veo, desea permanecer en el economato, me reprochaba que hablara yo del frío en son de queja. No me quejo, querido amigo. Lo del año pasado fue inhumano (excepto para los aborígenes, que ya están acostumbrados). El Danubio no se helaba desde 1954 –ya parezco yo también de Telemadrid-; este año, hasta la fecha, está resultando mucho más llevadero. Aunque hoy haya caído también una buena helada que ha llenado de escarcha los árbolitos raquíticos de mi calle.
Espero que mi amiga G. –que viene hoy- venga preparada de la suficiente ropa de abrigo. G. es una mujer Leo con todas las de la ley –o sea, que ama el sol y el calor- que dejó Londres entre otras cosas porque, el día que no está nublado, va, se pone, y hace niebla. Siguiendo con el comentario de las ciudades europeas, a mí Londres me pareció bonito, pero para vivir, como que no. Primeramente porque es grande -demasiado-, y segundamente porque es sucio –tanto la ciudad, como sus habitantes, que no se lavan, digámoslo claramente-. Aún así, conservo algunos buenos recuerdos de Londres. Por ejemplo que, como fui en plena ola de calor sahariano, había gente bañándose en todas las fuentes públicas –baño que yo también hice con gran alivio de mis pies cansados de tanto trajinar- y que dichas fuentes, a falta de piscinas públicas, están todas enlosadas para que la gente pueda bañarse sin ningún peligro –aunque también sin ninguna higiente, porque las fuentes no tienen depuradoras, hasta donde se puede ver-. Esto aportaba un agradable punto de algarabía pública que me retrotrajo.
Recuerdo la National Gallery como un museo anticuado y canijo –tienen sólo un par de Velazquez, puag- y que me hizo ilusión pasar por la Academy de Saint Martin in the Fields porque he disfrutado muchas veces de las grabaciones de Vivaldi de sir Neville Marrimer. Y también recuerdo que me hizo mucha ilusión en el Victoria and Albert Museum la división dedicada al traje (ese museo es fenomenal, es el trastero de la humanidad). También vi los mármoles que mangó Lord Elguin del Partenón y me sorprendió mucho la belleza de las mujeres indias que veía por la calle. También recuerdo que en Londres se come de puta pena y carísimo, además. Por un sandwich de cebolla y mahonesa te cobran un dineral en paunds...No pude comprar muchas cosas –y las que compré se han ido perdiendo en los traslados- aunque compré un libro de fotos sobre el pop inglés que se llama “The end of the innocence” que, si Dios quiere, algún día me traeré.
Esos días en Londres...La ciudad en que, cuando en Nueva York son las nueve, ellos están en 1938.
(La frase no es mía, que ya quisiera yo, es de Dolly Parton)
Por supuesto, constituía un titular de primer orden el hecho de que Esperanza Aguirre hubiera visitado un asilo de ancianos –noticia sin la cual la mayor parte de los madrileños hubieran sido incapaces de sobrevivir hasta el día de hoy- así como las delicias gastronómicas que, según el presentador y una espídica redactora, eran uno de los ganchos más importantes para la atracción del turismo hacia la capital del reino.
Por cierto, que M. me recriminó como suele que yo, en vez de estar viendo el Zeit Im Bild (o sea, las noticias de la ORF) me estuviera entreteniendo en unas noticias de Madrid que deberían traerme al fresh. Pero es que ¿A quién le interesan las noticias de este país en el que nunca pasa nada? (gracias a Dios). Además, yo ya había leido Die Presse y estaba informadísimo de la actualidad austríaca.
El amigo que me escribió ayer, y que, por lo que veo, desea permanecer en el economato, me reprochaba que hablara yo del frío en son de queja. No me quejo, querido amigo. Lo del año pasado fue inhumano (excepto para los aborígenes, que ya están acostumbrados). El Danubio no se helaba desde 1954 –ya parezco yo también de Telemadrid-; este año, hasta la fecha, está resultando mucho más llevadero. Aunque hoy haya caído también una buena helada que ha llenado de escarcha los árbolitos raquíticos de mi calle.
Espero que mi amiga G. –que viene hoy- venga preparada de la suficiente ropa de abrigo. G. es una mujer Leo con todas las de la ley –o sea, que ama el sol y el calor- que dejó Londres entre otras cosas porque, el día que no está nublado, va, se pone, y hace niebla. Siguiendo con el comentario de las ciudades europeas, a mí Londres me pareció bonito, pero para vivir, como que no. Primeramente porque es grande -demasiado-, y segundamente porque es sucio –tanto la ciudad, como sus habitantes, que no se lavan, digámoslo claramente-. Aún así, conservo algunos buenos recuerdos de Londres. Por ejemplo que, como fui en plena ola de calor sahariano, había gente bañándose en todas las fuentes públicas –baño que yo también hice con gran alivio de mis pies cansados de tanto trajinar- y que dichas fuentes, a falta de piscinas públicas, están todas enlosadas para que la gente pueda bañarse sin ningún peligro –aunque también sin ninguna higiente, porque las fuentes no tienen depuradoras, hasta donde se puede ver-. Esto aportaba un agradable punto de algarabía pública que me retrotrajo.
Recuerdo la National Gallery como un museo anticuado y canijo –tienen sólo un par de Velazquez, puag- y que me hizo ilusión pasar por la Academy de Saint Martin in the Fields porque he disfrutado muchas veces de las grabaciones de Vivaldi de sir Neville Marrimer. Y también recuerdo que me hizo mucha ilusión en el Victoria and Albert Museum la división dedicada al traje (ese museo es fenomenal, es el trastero de la humanidad). También vi los mármoles que mangó Lord Elguin del Partenón y me sorprendió mucho la belleza de las mujeres indias que veía por la calle. También recuerdo que en Londres se come de puta pena y carísimo, además. Por un sandwich de cebolla y mahonesa te cobran un dineral en paunds...No pude comprar muchas cosas –y las que compré se han ido perdiendo en los traslados- aunque compré un libro de fotos sobre el pop inglés que se llama “The end of the innocence” que, si Dios quiere, algún día me traeré.
Esos días en Londres...La ciudad en que, cuando en Nueva York son las nueve, ellos están en 1938.
(La frase no es mía, que ya quisiera yo, es de Dolly Parton)

3 comentarios:
como se nota que te gusta la comida de mami cielo un beso
Efectivamente, querido amigo, permanezco en el economato: los productos son baratos y de buena calidad. ¿En qué estarías pensando para cometer semejante lapsus calami? Interesante tu escrito de hoy; como suele ser habitual. Cuando leí la noticia, yo pensé que se trataba de esa nefasta y casposa costumbre de la prensa española de colocar la inocentada de rigor; pero no, es cierta. Jocosa imagen es la que tú propones: FSD con su atril y sus gafas, sosias del funámbulo sobre la punta de su nariz, para explicar las noticias. Espero que nos mantengas informados al respecto. Lo más divertido que recuerdo de FSD es la tertulia en la que Arrabal nos demostró la actitud de un mamarracho con poca solvencia con el alcohol. ¡Qué espectáculo!
En cuanto a Londres suscribo tu opinión. Yo, no sé si por suerte o desgracia, he viajado en muchas ocasiones a la antigua Londinium. A los neófitos que acuden a la otrora metrópoli imperial siempre les hago una recomendación: viajar en el metro en hora punta. Para que la experiencia resulte más atractiva, creo que el viaje por el subsuelo londinense debe hacerse de la siguiente manera: Nikon preparada para disfrutar de esos convoyes abarrotados que me recuerdan la línea férrea que cubría el trayecto Colombo-Candi; un amigo, por aquello del comentario, ya que la variada fauna que se mostrará a nuestros ojos supera con creces varios documentales del National Geographic; y la lectura de El Perfume, la magnífica novela de Patrick Suskind. El motivo es obvio: las pituitarias quedarán saturadas del tufo de rancia humanidad — por no decir roña pura— que destilan los ingleses. Después de los gatos y de mi abuela, que sólo bebía vino y Marie Brizard (por un problema de hipotensión, eso decía), nunca he conocido a nadie que demuestre tanta malquerencia al agua. Creo, además, que es el único punto donde la vertical social inglesa se iguala: la guarrería no hace distingos sociales y desde el palafrenero hasta el ministro escatiman a su piel una buena ducha. Te explicaré una anécdota: Una buena amiga, E. por todas señas, decidió, en un arranque de temeridad y para vencer un desengaño amoroso en el que nada tuve que ver, trasladar su residencia a Londres durante una temporada y trabajar de au-pair. La agencia de negreros la colocó en una de esas familias que tanto les gusta mostrar a los ingleses y en la que cada uno de sus miembros luce un color diferente en su dermis, aunque el mismo en su inteligencia: gris. La desdichada ingenua continuó aplicando las costumbres higiénicas que mantenía en España: ducha diaria, cosméticos varios, secado de pelo, etc. Ella, por eso, comenzó a sospechar de las aviesas miradas que le lanzaban los nativos con los cuales convivía. Después del tercer día — siempre es el tercer día— el patriarca de la cofradía del moho le hizo saber que no podía ducharse diariamente. Ellos sólo se bañaban el sábado y consideraban un despilfarro, tanto de agua como de electricidad, hacerlo tan a menudo. E. sabía que la imitación y la comparación son las primarias formas de aprendizaje en el ser humano, por lo que se juramentó para actuar de la misma y tan gorrina forma. Llegado el día de autos, el coloreado sujeto le anunció que la bañera estaba lista; pero que se diera prisa ya que el agua se enfriaría. La sospecha de la infausta manceba se cumplió: todos — matrimonio y tres hijos— se bañaban en el mismo agua, y pretendían que la bárbara extranjera imitara tan poco recomendable proceder. ¡How to be British! En cuanto a la cocina inglesa, suponiendo que algo así existiera, es un conjunto de comistrajos, que ha provocado que el hacer huelga de hambre en Gran Bretaña no tenga ningún mérito. Acertadamente, y supongo que para quitarnos el mal sabor de boca de la bazofia inglesa, después nos hablas de Vivaldi. ¡Ah!, uno de mis músicos preferidos. Te supongo enterado de que murió en Viena en 1741. En el lugar donde está situado el Hotel Sacher vivió durante varios años junto a dos gemelas que valoraban mucho la forma de tocar el órgano que tenía el prette rosso; pero no el instrumento musical, no, sino el de las gemelas. Es lógico: no sólo de pentagramas, corcheas y fusas, vive el hombre.
APOSTILLA: E. (escribo E. para que nadie sepa que se llama Elena) regresó a España a la semana siguiente. Ahora atiende por el alias de El garbanzo, ya que, según explican las malas lenguas, estuvo una semana en remojo antes de incorporarse a sus quehaceres.
No sabía yo lo de Vivaldi. Y en el hotel Sacher (donde también vivió Nijinsky hasta el final de la guerra mundial). Mira, you will never go to bed...
A la glosa de la roña londinense, añado algo: mi amiga G. se las vio y se las deseó para encontrar una casa que no tuviera moqueta en aquellas habitaciones en las que la higiene más elemental lo desaconseja (la cocina y el baño, un poner). Y yo, personalmente, me tuve que cambiar de acera porque un ciudadano londoní casi me tira al suelo del pestazo (y esto no es coña). Por no hablar de que, como en Viena hasta hace poco, no hay aire acondicionado en ningún sitio. Los metros se ventilan con el movimiento. Afortunadamente, los vieneses en particular y los austriacos en general, son muy requetelímpios (da gusto).
Lo del economato, no es un lapsus. Lo dicen los gomaespuma. Entre otras ocurrencias. Al móvil lo llaman mancuentro (Por lo de "Hola, mancuentro en..."). A ver si me acuerdo y te mando el gavilán pollero (de Pedro Infante y su mariachi) que también lo ponían mucho. O la versión de Aquarius, de Raphael -que seguro que has oído ya y que merece pasar, junto con la del Príncipe Gitano de In the Ghetto a la más delirante de las antologías-; espero que no te moleste que haya usado tu nombre, que es legión, para el siguiente post. Mi hermano suscribe las mismas opiniones que yo te atribuyo :-)
(las suscribe menos en el caso de "Volver" que, increiblemente, también le gusta; mi hermano no puede con Cármen Maura ni con Victoria Abril)¿Te pasa a ti igual?
Abrazos
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