23 de Octubre.- Como siempre que habla conmigo, las palabras de P. Me hacen pensar.
Me escribe que ha estado leyendo los textos de este blog y que algunos le gustan, pero que otros le parecen “cursis y pedantones”. La crítica, más que molestarme, me deja pensativo como digo. Es tradición en P. hablar de lo que escribo en parecidos términos. Cuando leyó mi primera obra de teatro, hay lenguas que atestiguan que le pareció “una mariconada”. Las mismas lenguas, con las amistades ya hechas y deseosas de convencerme de que P. era una mala persona, se aproximaron sinuosas y susurrantes a contarme el parecer que le había parecido a P. Aquel primer balbuceo mío. Obviamente se llevaron una sorpresa, porque lejos de estar en desacuerdo con P., ratifiqué su diagnóstico. Mucha gente se escandaliza de esta visión mía fría y distante de todo lo que escribo. No deben pensar, sin embargo, que no me importa. Todo lo contrario: me parece que me hago a mí mismo un favor siendo frío y exigente con estas cosas que me salen de la cabeza y que, si bien me ayudan a hacer terapia con mis frustraciones, no me autorizan para ser un coñazo.
Hace días, el mismo P., y yo sosteníamos una charla transeuropea a propósito del deber que el que escribe tiene para quienes le leen. Rozaba muy tangencialmente este tema. Volviendo a lo cursi, quisiera decir que he releido algunos de estos textos y me han parecido lo mismo que a Pablo, aunque quizá por distintas razones. Más que cursis me han parecido flojos. Y eso es una cosa que no se puede consentir. Reza un adagio literario que “Si tienes la más mínima duda, táchalo”. Quisiera tachar lo que yo llevo ya escrito, pero me gustaría pensar que, aún dentro de todas las cosas malas y deformes que yo haya podido decir, alguien puede encontrar alguna cosa aprovechable (aún sobreviviendo al tedio). Así pues, dejo lo que ya hay (aunque el blog permita modificar y borrar) aunque hago firme propósito de no volver a incurrir en el mismo error.
Urdaci dice que “Cada crisis es una oportunidad”. Metidos en esta, me he puesto a pensar: ¿Que es lo cursi aparte del peligro en que tú caes con más frecuencia? La pregunta no es fácil, sobre todo para alguien que, como yo, peca tantas veces de carecer de perspectiva sobre lo que se le denosta. Sin embargo quisiera aventurar algunas respuestas que, ahora que lo pienso, se resumen en una: lo cursi es preferir lo bonito a lo bello. Cursi es decir lo que se debe decir y no lo qu habría que decir. Cursi es utilizar palabras de segunda mano, hablar de cosas que no se conocen. Cursi es impostar la voz , perder la naturalidad en favor de algo artificioso que no sale espontáneamente de la muñeca. Todo eso es cursi.
Punto y aparte.
Hoy, en el Instituto Cervantes me ha venido una tentación curiosa que demuestra hasta qué punto la literatura española del último siglo se ha hecho en un salón con cincuenta personas. He cogido cuatro libros al azar (bueno, uno de ellos no tan al azar) y me he encontrado que por lo menos tres tienen un vínculo común: Carmen Balcells (la todopoderosa y anciana agente literaria, madre de tantas batallas intelectuales) y uno de ellos tiene un vínculo accesorio. He cogido cuatro libros: “Extraño en el paraíso” de Terenci Moix (uno de los casos más evidentes de autopromoción astuta después del Sumo Sacerdote de eso, que es Almodóvar), “Días contados” de Juan Madrid, “Pabellón de Reposo” de Cela y un tercer libro del que me reservo el título aunque no las iniciales del autor R.C. y ello es porque voy a hablar mal del autor.
R.C. aparece, absolutamente por azar, en la dedicatoria de “Días Contados” al igual que Juan José Millás, al que parece que le une una amistad de largo recorrido. Le traigo a colación aquí igual que traje más arriba a Sandra Barneda, porque a los dos los he visto de cerca. Conocí a R.C. como miembro de un jurado que me dio un premio y me pareció un ser bastante amargado y, por qué no decirlo, auténticamente paliza. Durante una cena (opípara) que compartimos con los otros miembros del jurado, no cesó de preguntarme con cierta displicencia “Qué leíamos los jóvenes” como quien desea corroborar que los jóvenes ni siquiera leen y que, si lo hacen, sólo se tragan porquerías. Como siempre que algún estúpido me pregunta algo semejante (considero que las lecturas de uno son cosa que no se comparte con cualquiera), me complací en hablar del Hola y de las gentes que salen en él con la misma primorosidad que un entomólogo emplea para clasificar mariposas de extraña belleza. R.C. torció el morro (los demás se rieron mucho, por cierto).
Asimismo, se emborrachó con gran ahínco (deformación profesional, supongo: trabaja escribiendo de vinos en una revista gastronómica) y, llegado un momento, dió un puñetazo a la mesa cuando alguien hizo una broma (evidentísima) a propósito de los catalanes. Ignoro completamente si R.C. lo es (no me costaría nada levantarme a comprobarlo leyendo la solapilla de su libro, pero no lo voy a hacer porque me da pereza) pero considero que no de los peores pecados del hombre es perder la sonrisa y, peor aún, dar puñetazos en las mesas. Por muy escritor que se sea, y por mucho que te reviente que Millás tenga el pan y la sal de Alfaguara y tú no seas más que un nombre oscuro en las antologías. No guardo buen recuerdo de este hombre porque en una mesa en la que también había gente que no había leido escritores existencialistas alemanes de los sesenta ni underground español de los setenta, sacó todos estos temas intentando mostrar su erudición y sin ninguna consideración por quienes le escuchaban bombardeó con nombres opacos toda la conversación (la gente se moría de ganas de volver al Hola que es lo que de verdad le interesa a todo el mundo).
En fin, leeré el libro de R.C. (aún no lo he hecho) y ya contaré lo que me parece. Lo que sí trataré de hacer es no caer de nuevo en publicar algo de lo que tenga dudas.













