lunes

Caja de bombones


23 de Octubre.- Como siempre que habla conmigo, las palabras de P. Me hacen pensar.

Me escribe que ha estado leyendo los textos de este blog y que algunos le gustan, pero que otros le parecen “cursis y pedantones”. La crítica, más que molestarme, me deja pensativo como digo. Es tradición en P. hablar de lo que escribo en parecidos términos. Cuando leyó mi primera obra de teatro, hay lenguas que atestiguan que le pareció “una mariconada”. Las mismas lenguas, con las amistades ya hechas y deseosas de convencerme de que P. era una mala persona, se aproximaron sinuosas y susurrantes a contarme el parecer que le había parecido a P. Aquel primer balbuceo mío. Obviamente se llevaron una sorpresa, porque lejos de estar en desacuerdo con P., ratifiqué su diagnóstico. Mucha gente se escandaliza de esta visión mía fría y distante de todo lo que escribo. No deben pensar, sin embargo, que no me importa. Todo lo contrario: me parece que me hago a mí mismo un favor siendo frío y exigente con estas cosas que me salen de la cabeza y que, si bien me ayudan a hacer terapia con mis frustraciones, no me autorizan para ser un coñazo.

Hace días, el mismo P., y yo sosteníamos una charla transeuropea a propósito del deber que el que escribe tiene para quienes le leen. Rozaba muy tangencialmente este tema. Volviendo a lo cursi, quisiera decir que he releido algunos de estos textos y me han parecido lo mismo que a Pablo, aunque quizá por distintas razones. Más que cursis me han parecido flojos. Y eso es una cosa que no se puede consentir. Reza un adagio literario que “Si tienes la más mínima duda, táchalo”. Quisiera tachar lo que yo llevo ya escrito, pero me gustaría pensar que, aún dentro de todas las cosas malas y deformes que yo haya podido decir, alguien puede encontrar alguna cosa aprovechable (aún sobreviviendo al tedio). Así pues, dejo lo que ya hay (aunque el blog permita modificar y borrar) aunque hago firme propósito de no volver a incurrir en el mismo error.

Urdaci dice que “Cada crisis es una oportunidad”. Metidos en esta, me he puesto a pensar: ¿Que es lo cursi aparte del peligro en que tú caes con más frecuencia? La pregunta no es fácil, sobre todo para alguien que, como yo, peca tantas veces de carecer de perspectiva sobre lo que se le denosta. Sin embargo quisiera aventurar algunas respuestas que, ahora que lo pienso, se resumen en una: lo cursi es preferir lo bonito a lo bello. Cursi es decir lo que se debe decir y no lo qu habría que decir. Cursi es utilizar palabras de segunda mano, hablar de cosas que no se conocen. Cursi es impostar la voz , perder la naturalidad en favor de algo artificioso que no sale espontáneamente de la muñeca. Todo eso es cursi.

Punto y aparte.

Hoy, en el Instituto Cervantes me ha venido una tentación curiosa que demuestra hasta qué punto la literatura española del último siglo se ha hecho en un salón con cincuenta personas. He cogido cuatro libros al azar (bueno, uno de ellos no tan al azar) y me he encontrado que por lo menos tres tienen un vínculo común: Carmen Balcells (la todopoderosa y anciana agente literaria, madre de tantas batallas intelectuales) y uno de ellos tiene un vínculo accesorio. He cogido cuatro libros: “Extraño en el paraíso” de Terenci Moix (uno de los casos más evidentes de autopromoción astuta después del Sumo Sacerdote de eso, que es Almodóvar), “Días contados” de Juan Madrid, “Pabellón de Reposo” de Cela y un tercer libro del que me reservo el título aunque no las iniciales del autor R.C. y ello es porque voy a hablar mal del autor.

R.C. aparece, absolutamente por azar, en la dedicatoria de “Días Contados” al igual que Juan José Millás, al que parece que le une una amistad de largo recorrido. Le traigo a colación aquí igual que traje más arriba a Sandra Barneda, porque a los dos los he visto de cerca. Conocí a R.C. como miembro de un jurado que me dio un premio y me pareció un ser bastante amargado y, por qué no decirlo, auténticamente paliza. Durante una cena (opípara) que compartimos con los otros miembros del jurado, no cesó de preguntarme con cierta displicencia “Qué leíamos los jóvenes” como quien desea corroborar que los jóvenes ni siquiera leen y que, si lo hacen, sólo se tragan porquerías. Como siempre que algún estúpido me pregunta algo semejante (considero que las lecturas de uno son cosa que no se comparte con cualquiera), me complací en hablar del Hola y de las gentes que salen en él con la misma primorosidad que un entomólogo emplea para clasificar mariposas de extraña belleza. R.C. torció el morro (los demás se rieron mucho, por cierto).

Asimismo, se emborrachó con gran ahínco (deformación profesional, supongo: trabaja escribiendo de vinos en una revista gastronómica) y, llegado un momento, dió un puñetazo a la mesa cuando alguien hizo una broma (evidentísima) a propósito de los catalanes. Ignoro completamente si R.C. lo es (no me costaría nada levantarme a comprobarlo leyendo la solapilla de su libro, pero no lo voy a hacer porque me da pereza) pero considero que no de los peores pecados del hombre es perder la sonrisa y, peor aún, dar puñetazos en las mesas. Por muy escritor que se sea, y por mucho que te reviente que Millás tenga el pan y la sal de Alfaguara y tú no seas más que un nombre oscuro en las antologías. No guardo buen recuerdo de este hombre porque en una mesa en la que también había gente que no había leido escritores existencialistas alemanes de los sesenta ni underground español de los setenta, sacó todos estos temas intentando mostrar su erudición y sin ninguna consideración por quienes le escuchaban bombardeó con nombres opacos toda la conversación (la gente se moría de ganas de volver al Hola que es lo que de verdad le interesa a todo el mundo).

En fin, leeré el libro de R.C. (aún no lo he hecho) y ya contaré lo que me parece. Lo que sí trataré de hacer es no caer de nuevo en publicar algo de lo que tenga dudas.

miércoles


Filarmónico

(Nota previa: este título me recuerda al de un disco de Manolo Escobar que se llamaba Contemporáneo y en el que se le podía escuchar haciendo una versión im-pa-ga-ble de “La culpa fue del chachachá” en fin: un poltergeist)

18 de Octubre.- Perdón porque ayer estuve muy atareado y no pude continuar el cuento de mis aventuras.

Ayer G. Me invitó a un concierto en la sala de la Filarmónica (para que nos entendamos, el lugar desde donde se retransmite el concierto de año nuevo). Siete y media de la tarde, Viena, butacas de patio. Los dorados del salón reflejaban la luz de las arañas con suave opulencia, y en los asientos sobre todo personas mayores (con los consiguientes problemas de movilidad). De vez en cuando jóvenes vestidos con descuidada elegancia (curiosa la manera de llevar la ropa usada que tienen los más ricos). La consabida y esperable presencia del par de japoneses venidos de oriente en busca de lo exótico. La tropa de los amantes de la música que disfrutan de pie de las melodías (uno nunca ha sabido si la presencia de esta gente obedece a un puro interés por la música, a la tacañería más absoluta, a una necesidad económica o a las tres cosas).

Disfruté de las cinco sonatas para violín y piano de Mozart como quien se sabe miembro de una fraternidad. A ratos, miraba de reojo a G. Estaba absorto en la música. Uno nunca deja de descubrir facetas en los demás que ni siquiera sospecha. Por ejemplo cómo la situación en la que nos encontramos hace que gesticulemos de otra forma, que mantengamos una seriedad o que nos relajemos. En ese sentido las personas somos como el chorro de una fuente: siempre iguales, pero siempre sutilmente diferentes.

Conversaciones con P. a propósito del marxismo, su historia y su aplicación práctica. P., con argumenos loables y energía digna de mejor causa, intenta convencerme. Pero me temo que ya no tengo arreglo. Hace algunos años que mi fe en las posibilidades de la raza humana en su conjunto se quebró para siempre. Creo en un grupo de seres enormemente reducido y pienso que hay que conservar una cierta ingenuidad para creer que existe algún futuro para los bípedos implumes en el momento actual, justo a un cuarto de hora escaso del fin del mundo.
Foto: www.vienna.at

lunes

Envejecer

16 de Octubre.- Supongo que, ahora que he estoy empezando a dejar de ser un escritor joven (la juventud, por convenio, se termina a los treinta) he empezado también a ser consciente del fenómeno que supone envejecer y de las reacciones que mucha gente a mi alrededor tiene a propósito de esta realidad inevitable de la vida. Miedo. Mucho miedo a mi alrededor al paso de los años y a su labor clarificadora, como si envejecer fuera un delito. Además es un miedo muy irracional en tanto que no se puede hacer nada por evitar el proceso de oxidación que hace que nos vayamos desgastando. Lo único que nos queda es vivir lo más posible, estrujar y exprimir todos el tiempo de que disponemos, no negarse a ninguna posibilidad y esperar el futuro con paciencia y confianza. Mientras me digo esto, también pienso que mi situación es privilegiada: soy más o menos feliz y todos los que quiero están, en el peor de los casos, a la vuelta de un golpe de teléfono. De todas maneras, vivimos en una cultura que, por razones comerciales, ha levantado un altar a la juventud y a lo que la juventud significa en términos de excedente de dinero para gastar. Hasta puntos absurdos: ahora, si con veinticinco años no has triunfado en la vida eres un papanatas. Y Cervantes escribió el Quijote a los sesenta. Hay cosas de las que uno no se entera si no ha cruzado ciertas fronteras invisibles de la vida, si no ha pasado por ciertas experiencias. Los años son el peaje que uno tiene que pagar. Pero sobre todo, si hay que estar orientado hacia una meta: que esa meta sea el poder acostarse tranquilo todas las noches, el haber dicho lo que uno tenía que decir, el haber mimado la parcela de la realidad que uno tiene alrededor. Sólo así se envejece bien. Creo yo.

viernes






Kikos

13 de Octubre.- Viernes. Después de comprobar vía internet la buena salud de la que gozan los ejércitos patrios y que Letizia sigue delgada e incómoda pero entera, pasamos página de la fiesta nacional (que aquí, por cierto, no ha sido fiesta porque no estamos en España). Para el año que viene será la asistencia a la fiesta que organiza la embajada española. Otros compromisos me impidieron asistir a esa exaltación de la tierra que me parió. De todas maneras, según me comenta mi amigo C., la mencionada fiesta a)no es nada del otro mundo y b) debería ser utilizada como venganza para lo mal y lo lento que funcionan nuestros servicios diplomáticos. C., por cierto, dijo querer aprovechar la ocasión para chorimangar una botella de vino en nombre de los seis meses que tardaron en hacerle un papel (en Viena somos apenas unos cientos de españoles y no creo yo que el trabajo que dan –damos- dé para seis meses). Asimismo, creo que, dadas mis investigaciones en San Google, tengo localizada a una chica que puede ser prima segunda mía. Curioso, ¿Verdad? Ayer me puse en contacto con ella y ya me ha contestado.
Seguiremos informando.
Una recomendación para el fin de semana. El equivalente fotográfico de Youtube es http://www.flickr.com/; ayer me pasé toda la tarde viendo fotografías de gente de todo el mundo. Fue muy bonito, y muy refrescante.
Os cuelgo una(reproducida con permiso) que encontré en la web.
Por cierto, ¿A que no sabéis lo que he encontrado en Viena?
¡Kikos! Yupiiiiiii....

jueves




Recuerdos del Futuro


12 de Octubre.- Día tranquilo, supongo. Fiesta nacional.
Mi trabajo tiene muchos tiempos muertos, durante los cuales, a veces, me vienen a la cabeza imágenes de tiempos pasados.
Lo que podríamos calificar, utilizando el título de una película muy mala, como imágenes de “la antigua vida mía”. Y no sólo de mi vida, sino de las vidas de otros, como luego diré.
Me pasa mucho, desde que estoy aquí.
De pronto me asaltan recuerdos, imágenes sueltas del rompecabezas de mi pasado, y empiezo a jugar con ellas, a darles la vuelta y a mirarlas y remirarlas como si fueran trozos de la vida de otra persona. Hoy por ejemplo, me ha venido a la cabeza un restaurante en el que comí cuando una de las empresas en las que trabajé agonizaba. Se trataba de hacer el inventario de un almacén polvoriento que estaba situado en un polígono industrial perdido en ningún sitio. Un polígono con la misma vida que un cementerio nuclear.
Recuerdo aquel lugar poblado por trabajadores que arrastraban los pies y se emborrachaban. El vino malo, la bocanada de frío polvoriento entrando por la puerta del local –fui el último en llegar y me dieron la peor mesa- las ráfagas del telediario de la primera cadena mientras comía una lechuga que un grillo hubiera rechazado regada con aceite malo y vinagre del peor. Recuerdo la capa de polvo plateado que recubría todas las superficies visibles, el menú garabateado con una letra escolar. Y me recuerdo a mí, de traje, incongruente en todo aquel universo que se dirigía a la deriva hacia una noche que no acababa de llegar.
Recuerdo otro día en el que, mientras trabajaba en el hotel, una música empezó a sonar en mi cabeza. Y no me la pude despegar en una semana. Era la sintonía de las Mama Chicho. Una especie de código secreto del pasado llamando a mi puerta. Y una y otra vez, como un sinfín de supermercado, pasaba por mi cabeza.
También a veces me vienen a la cabeza recuerdos de otras vidas. Porque pienso que los que estamos aquí formamos parte de una cadena.
Por ejemplo de mi abuelo sordo, que aún así hizo dos guerras (la de Marruecos y la civil) o aquel bisabuelo que cruzó el mar para defender lo que quedaba de nuestro absurdo imperio colonial, y que contaba su experiencia sin la capacidad de ver lo que había pasado ni por qué, tan sólo como una manera de revivir el espanto y el sufrimiento.
A veces, me imagino conversaciones largas con estos y otros antepasados, durante las cuales les pregunto y ellos me preguntan a mí. Y resulta una experiencia curiosa, poblar el universo de uno de personas que fueron y ya no están. Personas que sólo son imágenes. Algunas, sobre todo las del siglo XIX, imágenes presas en cartones frágiles, recubiertos de un nitrato de plata que se oxida y se ennegrece poco a poco, llevándoles a la noche del tiempo...
Imagen: Plaza de la Iglesia de Fuente de Cantos (Badajoz)

miércoles



Dagmar y yo

11 de Octubre.- Hoy sí. Ayer recibí de Berto una sugerencia que me propongo aplicar (aunque quizá no hoy, quién sabe). Me decía nuestro amigo del norte (de España) que si quiero que este blog no aburra a las mismísimas ovejas debería hablar de sexo. Que el sexo vende mucho. Así: sin paños calientes. A calzón quitao (con perdón). Y lo tenía pensado, esto de hablar de sexo, pero es que hoy, la verdad me ha sucedido una cosa en el tranvía que sólo te puede suceder en Viena (y en algunas partes de Madrid). Y es que me he encontrado con una famosa.

Con una famosa de aquí, claro. ¿Y quién es? Os preguntaréis todos, con toda la razón del mundo.

Pues lo habéis adivinado: la señora que hace contorsiones en la foto de la derecha: Dagmar Koller. La entrañable Daggi, que es una especie de versión austríaca de Ana Obregón, sólo que con más años, sin tanta silicona y con un pasado sexual más acorde con este país Romano, Católico y Apostólico. No os digo más que la página oficial de ella misma está llenita de fotos con su madre y con toda clase de artistas de América y el Mundo Entero (Lizz Taylor y Frank Sinatra incluidos) con los que Daggi afirma haberse codeado y mantener una entrañable amistad (con los que no están aún difuntos o amojamados, claro).

Koller es hoy una señora septuagenaria que se niega a aceptar la edad y que a mí personalmente, me hace mogollón de gracia, porque desde que ella (bien niña) descubrió la existencia de unos aparejos que se llaman cámaras fotográficas, decidió bombardear al mundo con su sonrisa de escayola que no se quita ni para dormir, sospecho, y con una energía dulzona y cursi a prueba de bombas que la llevó a hacer el papel de Audrey Hepburn en My Fair Lady bien entrados los cincuenta.

¿Y por qué le tengo yo tanto cariño a esta dama a la que media Austria aborrece por falsa y la otra media adora porque representa las esencias de este país?

Pues porque durante mucho tiempo, para mí, Dagmar Koller era Austria. Y una grabación suya me despertaba en Madrid preguntándose (con bonita voz de soprano) qué pasaba que el tranvía 38 estaba lleno y adónde iba tanta gente, y era porque los ángeles estaban de vacaciones en Viena (ay, esa canción entrañable).

Dagmar está casada con el Doktor Helmut Zilk, ex alcalde de la ciudad regada por el Danubio Azul. Por las declaraciones últimas de este señor, se deduce que su última (y gravísima) afección cardíaca se produjo por el agotamiento que le causó el bombardeo insistente de alegría de vivir de su mujer Daggi. Dijo Zilk durante su convalecencia que “Nadie que viva con Dagmar puede estar triste” y todo el país se rió por lo bajini porque se imaginaban a la rubia (es rubia falsa como Rafaella Carrá) ordenando las flores de la UVI mientras cantaba vestida de rosa aquello de los ángeles que vienen a Viena y los pajaritos se le posaban en las manos.

En fin, que si en Viena hay un ángel de vacaciones, ese ángel es Dagmar...

Foto: web oficial de Dagmar Koller

martes

Sandra y Don Germán

10 de Octubre.- Leo que Germán Yanke se va de Telemadrid. Y leo, escandalizado, que Pablo Sebastián ganaba por lo que hacía –cinco minutos de reloj al día- 6000 euros mensuales. Respiro hondo.
La verdad es que me caía bien Germán Yanke, como, de alguna manera, me cae bien Alfredo Urdaci (a pesar de que con ninguno de los dos estaría de acuerdo ni me iría de cañas). Lo cierto es que me gustaba ver su informativo, porque no es que lo encontrase plural (en Madrid la pluralidad es como la hierba al paso del caballo de Atila) pero sí que estaba hecho con una cierta simpatía que es muy de agradecer. De todas maneras, debo decir que me pone MUY NERVIOSO la manía de todos los comentaristas de derechas de llamarse por el Don, aunque sean amigos. “Don Germán”, “Don Pablo”...Y por ahí.
Por cierto que en el informativo de GY estaba una vieja conocida mía de los tiempos de la tele (Sandra Barneda). Cuento su historia porque tiene algo de tema colateral. Barneda era una chica que, hace algunos años recibió el encargo de comentar la retransmisión de Televisión Española de cierto debate sobre el estado de la nación. Y dejó tan claro con quién iba (utilizó ciertos calificativos no muy diplomáticos hacia la cabeza del PSOE en ese momento) que Televisión Española tuvo que pedir disculpas y Antena 3 se apresuró a ficharla (en aquel momento Telefónica acababa de desembarcar).
Sandra Barneda presentó (si no recuerdo mal) algún que otro informativo sustituyendo a las primeras figuras, hasta que el primer Gran Hermano obligó a Antena 3 a situarse al contraataque y encontraron El Bus. Pusieron a la pobre chica a comentar las noticias que producía aquel grupo de seres absurdos presos en un buseto que recorría la piel de toro. Barneda estaba descolocada y se le notaba mucho porque, cada vez que especulaba (verbo feísimo) con la posible relación de edredoning de este con aquella, no podía evitar poner el tono que hubiera puesto al anunciar un acuerdo bilateral entre la patronal y los sindicatos.
El bus acabóse y el contrato de Barneda rescindióse. Pero como Sandra Barneda ha demostrado tener las siete vidas proverbiales, en su siguiente reencarnación profesional, trabajó de actriz en una obra de Chicho Ibáñez Serrador (una de las últimas que se pusieron en la cartelera madrileña). En el informativo de Yanke era la chica seria que ponía el tono judicial y severo a un informativo que parecía, Urdaci dixit, un tanto ingénuo para los tiempos que corren.
Dicen que Yanke se va (o le van) porque tuvo un rifirafe en directo con Esperanza Aguirre que no tolera que se diga en alto lo que todo el mundo sabe, y es que va a por la sucesión de Mariano Rajoy (que es esa persona que quiere tener contento a todo el mundo y no le acaba de salir).
Publico, por curiosa, la transcripción que se ha ofrecido del último encuentro en la cumbre Yanke/Aguirre y que cada cual saque sus propias conclusiones.

Yanke: "Madrid se le queda pequeño y usted a quien quiere tener enfrente es al presidente del Gobierno".
Aguirre: "No me gusta que uste compre el discurso del partido socialista porque es absolutamente falso".
Yanke: "Compro el que me parece mejor. (...) ¿Cree usted..?"
Aguirre: "Creo que compra usted el discurso de nuestros adversarios". (...)
Yanke: "Ahora voy a intentar comprar el discurso de todos".
Aguirre: "No, no. Compre el del adversario. A mí lo que me gusta es debatir".
Yanke: "Le aseguro que no he comprado nada. En todo caso me lo han regalado".
Aguirre: "Comprar entre comillas. No se pique, señor Yanke". (...)
Yanke: "¿Lo ha pasado bien?".
Aguirre: "Muy bien. Si a mí me encanta que compre el discurso del adversario".
Yanke: "Compro el discurso que en cada ocasión me parece más oportuno".
Aguirre: "Me parece fantástico".
Yanke: "Muchísimas gracias por haber estado aquí y hasta muy pronto".
Aguirre: "A usted. Hasta muy pronto".

World Trade Center

10 de Octubre .- Efectivamente, vivo con dos días de adelanto. Sería una premonición por lo que fui a ver ayer. World Trade Center. La verdad: buena gana de pagar por sufrir. Cinco euros y medio por pasarlo mal durante dos horas. Y lo peor es que lo sabía. Hay que agradecer, de todas maneras, que Oliver Stone no haya insistido demasiado en las escenas más escabrosas (por ejemplo, es una maravilla no del todo conseguida que todos sepamos lo que pasa, sin que se vea ningún avión estrellándose contra las torres). La cosa se acaba reduciendo a un diálogo entre dos personas semisepultadas bajo los escombros del pasadizo que había entre la Torre 1 y la Torre 2 (Nicolas Cage y un actor sudamericano). En cualquier caso, yo es que soy como la tía de Gila, que empezaba a llorar en los títulos de crédito de la película por si la cosa era una comedia. Y yo, ayer, me inflé. No llegó el tema a lo de “Dioses y Monstruos” (que eso ya fue un exceso) pero sí que lo pasé fatal. Y lo malo es que, conforme me hago viejo, el tema se va haciendo peor y peor. Así que, en diez años, creo que sólo seré apto para ver películas de Disney. En fin: una catástrofe.
En cuanto al tema técnico, hay que reconocer que, aunque la película no es buena (yo creo que la peripecia de estos dos bomberos semisepultados no daba para mucho en realidad) técnicamente es fenomenal. Por ejemplo, es casi perfecto cómo están recreadas las dos torres. Hasta el punto de que uno no puede distinguir el metraje real del digital. Yo sólo lo noté una vez: hay un plano general en el que se ve una de las dos torres humeando. El humo canta a sintético. No mucho, pero canta. De algo tenía que servir que George Lucas se tomara tanto trabajo en hacer la horterada esa de las tres películas nuevas de la guerra de las galaxias que, ni de lejos, tienen el encanto (y sobre todo la belleza) de las primeras y que sólo están para vender cacharritos en los Mc Donalds.
Como le peli era de sufrir, Martin se lo pasó bomba y yo, ya digo, con el clínex en la mano cuando no tenía los ojos tapados. En fin...
En Viena ya huele a calefacción de leña y hace frío (9 grados esta mañana cuando venía a trabajar)...

lunes






La larga noche

11 de Octubre.- Aquí os cuelgo las fotos de la larga noche de los museos.
Mañana más...

viernes


Nada de esto fue un error
6 de Octubre.- El domingo cumplo 31 años, y si bien dice el tango que veinte no son nada yo, después de la experiencia, puedo asegurar que este último año ha cambiado mi vida. Digamos que, durante los últimos 365 días (más o menos) las he pasado putas con cierta alegría. Ha habido muchos momentos duros y aún diría que oscuros (sobre todo alrededor de marzo) pero también ha habido muchos momentos que van a permanecer conmigo hasta que me vaya. Venecia, por ejemplo. Cuando llegué a Venecia no me podía creer que me estuviera pasando a mí, que fuera yo, el mismo que viste y calza, el que estuviera de pie en pleno centro de la Plaza de San Marcos, rodeado de japoneses. Tengo en todas las fotos una cara de idiota que no me puedo quitar de la cabeza, y aún, allá en el fondo de mis recuerdos, toda la experiencia está rodeada de una cierta sensación de irrealidad. Recuerdo especialmente un pescado comido en italia, a la plancha con ajo y perejil, que yo creo que es una de las cosas más deliciosas que he probado en esta vida (o, por lo menos, de las que mejor me han sabido).

También he conocido a mucha gente nueva. Seres humanos excepcionales que hacen la vista gorda sobre mis defectos y que me han acogido con enorme calidez. Y he olvidado esa sensación que tenía en España en los últimos tiempos de estar siendo rondado día y noche por una desgracia que no podía concretar, pero que me amenazaba. Esa molestísima sensación de vulnerabilidad (propia, no lo dudo, de las personas que tienen cierta enfermedad del ánimo) ha desaparecido aquí mientras me rompía la cabeza sobre cómo encontrar un trabajo o, al principio, sobre cómo coger un tranvía o un autobús que me llevasen al sitio que yo quería.

Y por supuesto, ha estado Martin. También para él ha sido duro el encontrarse de pronto con un hijo de treinta años al que tenía que acompañar a todas partes, al que tenía que enseñárselo todo, que no entendía las cosas cuando le hablaban, y que representaba un peligro constante para sí mismo y para los demás (esos accidentes que la falta de dominio del idioma crea sin querer). Para él sin duda va todo mi agradecimiento, además de otras cosas, porque sin Martin nada hubiera sido posible.

El título de esto es el de una canción de Coti y de Paulina Rubio que Luis y mi hermano cantaban (es hacerles un favor) durante mi fiesta de cumpleaños en Algete y la verdad es que estaría muy contento de poder decir que nada de lo que he hecho durante este año ha sido un error. Si lo dijera, además, sería falso. Porque hay cosas que he hecho de las que no me siento nada orgulloso. Demasiadas veces me he dejado llevar por el desaliento, demasiadas veces me he hundido y demasiadas veces he estado a punto de tirarlo todo por la borda. Me he dejado arrastrar por ciertas flaquezas del espíritu que no son buenas cuando uno aborda una tarea como la que yo he abordado durante estos meses. Estos momentos de debilidad significan que uno pierde de vista dos cosas: una, el objetivo, y dos, la recompensa que aguarda al final del camino.

Por esas dos cosas, por cómo me siento hoy, y porque sé que seguís ahí, sé que puedo decir que todo ha merecido la pena (hasta lo de tener más canas, que me han salido a mogollón; tengo la barba que parezco papá noel).

jueves


Divino tesoro

5 de Octubre.- Leo en un periódico digital la noticia de un pobre niño que ha pasado la friolera de dos años, dos, sufriendo acoso de sus compañeros de un colegio situado en una urbanización carísima de las afuerzas de Madrid. La última que ha tenido que soportar el pobre chaval ha sido que le grabaran con una cámara de vídeo mientras estaba recibiendo todo tipo de humillaciones.

El director del colegio había explicado muchas veces a los padres del niño maltratado que “se trataba de cosas de niños” y que la causa era “que su hijo era diferente” y que “no tenía amigos”.

Como ex niño diferente (y adulto no muy normal, aceptémoslo) se me hiela la sangre al pensar el infierno por el que ha pasado esa persona que es más vulnerable porque carece de todos los mecanismos con que contamos los adultos para defendernos de las agresiones del mundo exterior .

Escojo hablar de esta noticia porque me parece que da idea de algo que se ha ido colando insensiblemente en nuestra percepción durante los últimos años. Un proceso que es especialmente típico de España (aunque las habas de los acosos morales se cuezan en todas partes del planeta) y que es la cosificación de las personas. La pérdida progresiva del valor que las personas nos merecen. La incorporación a la manera más popular de ver el mundo del concepto de personas como objetos recambiables. Cada vez más somos para los demás (y los demás son para nosotros) como los personajes de los SIMS. Muñequitos de dudosa sofisticación y a los que observamos en una pantalla (Gran Hemano y por ahí) o que nos cuentan sus alegrías y sus desgracias sin que nosotros nos sintamos en la obligación de mover una ceja (famoseo en general).

Hablamos de Belén Esteban como hablábamos de Carmina Ordóñez: como de seres virtuales producidos para nuestro entretenimiento, uso y disfrute, por una mente superior en horas bajas. Criaturas con un grado de existencia menor que el del resto de la gente. Seres de goma con la misma entidad que el pobre correcaminos sobre el que siempre caía el yunque.

Y si los adultos juegan así con estos personajes de carne y hueso, ¿Qué van a hacer los niños que crecen amamantados por “El Diario de Patricia” o el “Aquí hay tomate”? ¿Qué van a hacer unos seres en proceso de formación que escuchan todos los días eso de “se te ha visto en posición de hacerle una felación a fulanito”?

El ser humano es un primate más y aprende por imitación: a atarse los cordones de los zapatos o a maltratar a sus semejantes grabándolos con una cámara de vídeo: los torturadores de ese chico no son más que reflejos deformados (o no tanto) de los reporteros del “Aquí hay tomate”.
Foto: EL MUNDO


Maneras de leer

4 de Octubre.- Le he dado muchas vueltas a lo que debía escribir en este blog.

¿Qué tono debe tener? ¿Cómo encontrar ese equilibrio que permita decir sin decir demasiado? No hay que olvidarse que, de alguna forma, un blog es un espacio semipúblico, como el habitáculo de un coche. Y todos hemos tenido la experiencia de ver a alguien en un semáforo buscandose petróleo en la nariz...

Entre pitos y flautas, también me viene a la cabeza el grupo de chavales ante los que hablé este verano en Segorbe. Se trataba, como siempre, de intentar que leyeran. Sin embargo, mientras mi compañero de fatigas lo intentó de la manera más habitual (hay una insistencia casi malsana en proponerles a los tiernos infantes que lean El Quijote) yo intenté convencerles de que ellos van a ser los protagonistas de una revolución. Nosotros, desengañémonos, somos los últimos ejemplares de una especie en extinción: los habitantes del Planeta Gutemberg.

Las personas que tenemos alrededor de los treinta años formamos la última generación educada en el prestigio del libro como elemento primordial transmisor de saber.
Los libros morirán con nosotros. Ya se ven los primeros indicios: vastos proyectos de digitalización de bibliotecas (leo que, desde hace poco, la Biblioteca de la Universidad Complutense se puede consultar on-line). Muchas veces recordamos mi hermano y yo nuestra tierna infancia y los arcaicos modos en que aprendíamos (el anciano Diccionario Enciclopédico Salvat encuadernado en falso cuero rojo, las largas tardes frente a una máquina de escribir Olivetti Lettera 46).

Por eso es inútil insistirle a los chavales en que lean como nosotros leíamos (dejando aparte de que el Quijote es un libro como la vida misma: viejo y cruel; un libro que hay que leer con una cierta edad); ya nadie leerá como nosotros leíamos.

Aunque, si Dios quiere, y la tecnología nos ayuda, seguirá produciéndose el milagro cotidiano de que las palabras de alguien que está lejos, o de alguien que murió hace siglos, sigan resonando en tu cabeza como las mías suenan , ahora mismo, con tu voz...

miércoles

Primera entrada

Aysss...Supongo que empezar es lo más difícil.

Este blog se llama Viena Directo y la idea es que toda la gente que estáis ahí, al sur, tengáis noticias de mí que estoy aquí, al norte (aunque haya gente que diga que Viena no es el norte, que es el centro).

Supongo que, dadas mis nuevas ocupaciones, podré actualizarlo con bastante asiduidad. Espero que lo visitéis muchas veces y que me dejéis comentarios, sugerencias y todo lo que se os ocurra.

En fin...¡¡¡ Alla vamos mis valientes!!!

¡¡¡ Bienvenidos a la Bloggosfera!!!