
Tengo tres cojones (grandes) –Especial Nochevieja-
2 de Enero.- Prosit neu Jahr. Largo fin de semana durante el cual hemos doblado la esquina del año con la grata presencia de mi amiga G.
La noche del domingo al lunes, cenamos en casa. M.,G., A. y S. (pareja de Austriaco y Finlandesa) y un amigo de ellos que, como A., le da a la escalada. G. venía preparada para el menú tradicional español: o sea, tutiplén de calorías, y en vez de eso cenamos al estilo austríaco, esto es: salmoncete ahumado cortado en finas lonchas sobre lecho de hojas de lechuga y diversas salsas, acompañadas con crujientes cebolletas y ensaladas varias. A mi G. este menú que parecía pensado para Elsa Anka, la verdad es que le hizo mucha gracia. Empezamos a cenar al abrigo luminoso del árbol de navidad –que aquí no hace mutis hasta el dos de febrero, festividad de Maria Licht- y, tras la cena, G. y yo intentamos animar un poco a la (algo alicaída) concurrencia aborígen a base de ponerles la música que ellos asocian con España (esto es, pachanga) y a traducirles las letras. Tuvo especial éxito aquella de “Por debajo de tu cintura”. Esta que dice: “Si me dan a elegir, en el mapa de tu piel, ten seguro que yo me quedaré...”. Ahí mismo. G. lo tradujo en su perfect english:
-The girl is saying that, if she has to choose, she will choose the sexual parts of the man.
Ni así los austríacos (ni la finlandesa) movieron un músculo. A la media hora de estar bailando sin que aquel pequeño grupo de muertos vivientes hiciera ademán de mover las caderas –luego descubrimos que son como los muñecos del subbuteo, o sea, que carecen- G. sin dejar de bailar, se me acercó y me dijo:
-A lo mejor habría que ponerles algo más cercano a ellos.
Ante la perspectiva de escuchar algo de austropop, yo me puse pálido, pero ella me aclaró:
-Yo qué sé, Abba o algo.
Así que atacamos Dancing Queen y nada. Igual.
Y ya eran las diez.
G. y yo decidimos pues que había que seguir bebiendo y seguirles dando de beber. M. sacó un digestivo que hace su padre –aquí es que el aborígen es enormemente industrioso para sus cosas- y nos pusimos a pimplar de la botellita de licor que, dicho sea de paso, hubiera servido perfectamente para encender cualquier calefacción debido a su graduación alcohólica. Después de un par de copas del elixir, el alpinista se arrancó por las primeras rumbas –demostrando de paso su carencia de caderámen- y G. y yo respiramos alviados pensando que, lo que Rosario no levante, no lo levanta nada.
Tras la llamada a la familia, el vecino llamó a la puerta, y nos invitó a una copichuela de algo con Coca-cola –no estaba la noche para preguntar- G. y yo ya nos reíamos de cualquier cosa (excepto de lo que estaban poniendo por la tele en ese momento que ahora explicaré) aunque los austríacos continuaban en un estado aparentemente catatónico. Debo aclarar que el vecino no llega a las tres décadas y que el apartamento estaba lleno de gente que andaba por los veinticinco. G. y yo, mientras sorbíamos sendos vasos de algo con coca-cola, nos afanamos en ver qué estaba poniendo la tele para celebrar la nochevieja. La ORF estaba deleitando a sus espectadores con el capítulo de “Ein echter Wiener gehts nicht unter” (algo así como “Un vienés de verdad nunca se viene abajo”, espero haber acertado con la ortografía) protagonizado por un señor que se llama Mundl y cuya gracia consiste en hablar como un proletario de Simmering. Esto se repite todos los años y es la manera de la ORF de aunar el placer de sus televidentes (una repetición anual se tolera) con el ahorro presupuestario (en Austria son todos del sindicato del puño). De ahí que el tal Mundl y sus frases (“Mein bier ist nicht tepperd”, mi cerveza no es estúpida) hayan pasado a ser parte del acervo cultural austríaco para estas fechas. Asimismo, en la tele de Baviera –otro must para esta noche- ponían “Diner for one” una comedia que, si mis oídos no me engañan, era emitida en inglés. Grabación original NTSC años sesenta. Los austríacos se despepitaban de risa.
Y G. y yo, también, aunque sólo de pensar en lo surrealista de la situación.
Ante la presión horaria –nos acercábamos a las doce- G., M., A., S. y el alpinista, decidimos regresar a nuestros cuarteles de invierno. Tras el reparto de los preceptivos cartuchos llenos de uvas, nos apostamos frente a la tele dispuestos a ver las campanadas –mi amigo N. no llegaba, por cierto, que también estaba invitado-; tras un breve debate –Telemadrid sí, Telemadrid no- le hicimos un corte de mangas a la cadena nacional y nos pasamos a la tele de importación. Vimos la Pommering -la campana de la catedral- repicar y nos comimos las uvas como bien se pudo. Empezaron a estallar los fuegos artificiales y a atronar los valses clásicos. Cada oveja se puso con su pareja (aunque ya nadie tenía muy claro quién era la pareja de quién). A mitad del vals del emperador, mi móvil empezó a sonar. N. se había comido las uvas con su novia, y un par de amigas en el portal. Bajé a buscarles y nos fuimos a casa del vecino. La gente había empezado a desperezarse (el vals ayuda a calentar) y tenían puestos ya algunos bailes regionales (el primer hit del año fue “I don´t feel like Dancing” de los Scissors Sisters). Nuestros anfitriones decidieron hacernos los honores –bueno, hay que decir que, dada la proporción hombres-mujeres, a quién querían hacerle más los honores era a mi amiga G.- así pues, decidieron obsequiarnos con todos sus conocimientos de español.
Un tirolés grandote dijo muy serio:
-Vamos a la casa de la putas que allí todo incredibile.
Y G. le sonrió no sabiendo bién qué contestarle. Otro rompió el silencio preguntando a los germanohablantes si sabían cómo se decía en español quiero tres cervezas grandes. Ufano ante la negativa dijo aquello de:
-Tengo tres cojones (grandes).
G. le miró con cara de no querer comprobar si la malformación era cierta. Y, tras indicarle al DJ que atacase un disco de emepetreses que llevábamos, empezaron a sonar Los Manolos (“Amigos para siempre”) y, ante la rumba catalana, los austríacos decidieron por fin terminar de demostrar que Dios no les había dado caderas y que, a pesar de que podían bailar vals como los mismos ángeles, carecían de cualquier capacidad para agitar mínimamente sus miembros al ritmo de la música. G. y yo saboreamos nuestro éxito de personas criadas a los pechos de Peret –esa rumbita, esa rumbita- Y N., su novia B. y las otras dos amigas (una española y una rumana) se integraron en la fiesta sin ningún problema. Por cierto: cantamos en el balcón, a las tres de la mañana “vivir así es morir de amor” (hay que respetar la idiosincrasia) y, para terminar la noche, lo que nunca puede faltar: “Te estoy amando locamente”.
Vivan Las Grecas.
2 comentarios:
Divertido, Sr.Bernal, muy divertido. Quisiera destacar el arrojo y temeridad que has demostrado al comerte las uvas al ritmo del tañido de la Pummerin: ¡Increíble! Me imagino la escena y le veo a usted recibiendo a un Miura a portagayola. ¡Pa’haberse matao,maestro!
Tierna, sin duda alguna, fue proposición del tirolés a su amiga G: « Vamos a la casa de putas que allí todo incredibile». ¡Ah!, qué delicados momentos nos proporcionan estos encuentros tan internacionales. Aunque me temo que G. pecó de pereza o soberbia al callar, ya que la respuesta debería haber restallado como un látigo: «Si invitas tú…»
Hicieron una buena selección musical: rumba catalana;¡qué maravilla! Ya que el otro día le mencionabas, te diré que el padre o inventor de ese género fue…¡EL PESCAÍLLA! Antonio González Batista, el Pescaílla, nació en Barcelona. Creó un particular ritmo que otros muchos imitaron después: Gato Pérez, Los Manolos, Peret, etc. Fue el primero en hacer una nueva versión de «Strangers in the night». Con su maestría para las percusiones y su talento innato como guitarrista, logró mostrar nuevas dimensiones de piezas ya conocidas.
A mí me tocó celebrar el cruce de la frontera del tiempo con familia italiana al uso: padre, madre y dos hijas. La mamma perfetta, ma il pappa se empeñó en hablar todo el rato de literatura…cómo decirlo…de arte y ensayo. Ante el suplicio al que me enfrentaba, me dediqué a escanciar vino y champán en cantidades generosas, lo cual provocó que, al no ser bebedor habitual il papa, la conversación regresara a temas banales, más ligeros y soportables; pero de pastosa pronunciación. Sin embargo, querido P., fui testigo del sufrimiento de una bella ragazza de 23 años que se mostró acongojada durante gran parte de la velada porque el novio — muchacho de cultura y civilización diferentes — había decido pasar el fin de año en Ámsterdam con un amigo. La beldad italiana permaneció colgada del cellulare, como el alpinista que se agarra al último cinch antes de precipitarse al vacío, durante su particular ascensión al Gólgota de los cornudos. Un servidor, ávido espectador de las flaquezas humanas, se imaginaba al muchacho en un lupanar del barrio rojo mientras el telefonino sonaba insistentemente en el bolsillo trasero de su pantalón. Huelga decir que el putañero mancebo no atendió a las llamadas; es normal: en primera línea de fuego y con la escopeta cargada…
La pobre, poseída por la indignación, no entendía el porqué su amado prefería pasar con un amigo la celebración. Mientras tanto, su padre establecía comparaciones entre la obra de Cervantes y la de Calderón de la Barca. Yo me sentí como Cristo crucificado entre Dimas y Gestas; deseaba que algún romano me clavase la lanza en el costado para terminar con mis sufrimientos. Al final, y en un arranque de sinceridad, se lo dije: « E., bella, irse a Ámsterdam con la novia en fin de año es como el que viaja a Islandia y se lleva el bacalao». Por fortuna, 20 minutos antes de que la Pummerin comenzase su tañido, il capofamiglia decidió que lo mejor era disfrutar de la famosa campana en el mismo Stefansdom. Yo, afligido por el yerno que le había tocado en gracia, intenté persuadirle de que aquello era una convención de borrachos, gamberros, garrulos (en versión Sonrisas y lágrimas; pero garrulos en definitiva), gañanes y parias varios. Cuando les vi coger el hatillo, yo, gato viejo en estas lides, imaginé a Amundsen y Scott partiendo hacia el Polo Sur con gesto contrito y el rictus que otorga la incertidumbre y el riesgo: marchaban a lo desconocido. Minutos después, entré en el nuevo año junto a mi amada. No dudes, querido P., que si yo soy el Pescaílla ella es mi Faraona. Más tarde, y cansado por un trabajo de siete horas en la cocina, despaché un magnífico Fonseca— edición especial 2001— y un coñac. Quizá sean las primeras horas de un nuevo año cuando notas la soledad del individuo: tú y tus pensamientos. Aproveché para recordar a los que nos han dejado, a los que han querido dejarnos (tú ya me entiendes), a los que están y a los que han de venir. Yo no soy Scott ni Amundsen, es evidente; pero me sentí como ellos.
Saludos, amigo; estamos en deuda.
APOSTILLA: Al día siguiente también disfruté de la famiglia. Mi primera pregunta fue si había podido hablar con el muchacho. Aunque tarde, el chico cogió el teléfono. A él no puedo juzgarle, no le conozco; pero entendí el sufrimiento de ella: nada es tan intenso como la aflicción de la juventud. Por cierto, no he comentado nada de la hija menor. Nada nuevo, ya sabes: tan exigente y cínica como son los hijos segundos.
Es verdad, querido amigo: nada tan intenso como el sufrimiento en la juventud. Nada tan intenso como casi todo en la juventud. Yo, después del champán de la medianoche, paré de beber -pensé que ya tenía combustible para rato- y, aunque me lo pasé muy bien, desde hace algunos años no puedo dejar de sentir cierto poso de melancolía que, supongo, se aviva con el alcohol. Se trataba de que G. se lo pasara lo mejor posible y, en cualquier caso, la misión se cumplió satisfactoriamente.
Por cierto,el amigo italiano parece ser de esa clase de pelmas a los que sólo les interesa demostrar que saben muchísimo de Calderón, de Cervantes o del sursum corda. Lo mejor con esa gente es atacarles por donde no se lo esperan. Yo topé en Valencia con un tipo así que, después de repasar la lista de todos los escritores gafapastas que habían publicado en los últimos treinta años -él incluido- me preguntó:
-Y vosotros, los jóvenes, ¿Qué leéis?
Y yo, largo y activo, o sea, ni corto ni perezoso, le dije:
-Pues mira, el Hola y el Pronto. Más el Pronto, porque el Hola me sale carísimo y al Pronto le tengo cariño porque en él aprendí a leer -esto último, por cierto, enteramente verdad.
Desvié la conversación hacia las aventuras de Toni Herández y Sara Montiel -que era lo que todo el mundo, en el fondo, estaba deseando escuchar- y le hice un completo estudio sociológico de la fauna del corazón (como dicen los periodistas tontos, "en clave de humor"). Le senté de culo y le callé y no volvió a despegar los labios (se dedicó a emborracharse con ahínco).
En cuanto a la deuda, me remito a lo que me dijiste un día: entre los amigos, no hay deudas. Y, Pescaílla, tienes mucha razón en tener a tu lado a tu faraona. Se hizo la mujer un peregrinaje que no veas buscando lo que encontró en mi casa. Eso es amor del bueno :-)
(übrigens, recuerdos a tu santa)
Feliz año, y seguimos en la brecha.
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