

28 de Febrero.- Durante los cinco días que fui huesped del Hotel París mi vida se tiñó de la irrealidad que preside toda la ciudad de Las Vegas. Recuerdo que, en el lobby (la foto de abajo) siempre había señoras mayores con unos cartuchos llenos de monedas pequeñas de cobre, jugando a las tragaperras, cualquiera que fuera la hora, y que en los ascensores, sonaba una perpetua psicofonía de Maurice Chevallier cantandole a una Francia que sólo existía en la mente del creador de aquel reducto ultrakitsch y supercamp.
Recuerdo que, mi amiga A. y yo nos sorteábamos cada noche la habitación en que íbamos a comernos el kit-kat de antes de dormir (que nadie sospeche intencionalidad erótica por parte de ninguno de los dos: es perfectamente literal que los dos nos tumbábamos cada uno en una cama King Size -las habitaciones eran dobles- y nos poníamos a mirar lo que echaran en la tele americana que, por cierto, es espantosa, mientras comíamos chocolate). Recuerdo aquellas veladas en pijama, con el jet lag pegado a los párpados, como uno de esos cuartelillos que a veces la vida nos da y que llamamos felicidad. Ella, con sus zapatillas de Lina Morgan -esas zapatillas gigantes con forma de mariquita que tienen algunas chicas- y yo, directamente, descalzo, o con unos calcetines gordos.
Y recuerdo el primer día en la piscina, durante un atardecer metálico, frente a esa gigantesca reproducción de la Torre Eiffel en fibra de vidrio que no engaña a nadie. Las tumbonas vacías, un ligero viento rizando apenas el agua de la piscina, un rotundo cielo azul sobre nuestras cabezas. Recuerdo haberle leído la palma de la mano y haber jugado un poco a recomponer un futuro que ninguno de los dos veía demasiado claro.
Y recuerdo aquel coctel de lujo, después de un largo día de trabajo viendo cachivaches en una feria. Aquel coctel de barra libre de chivas de diez años y de canapés de fuá y aquella mesa al otro lado de la piscina, y mi voz diciéndole:
-A. despacito, que no se note que nos morimos de hambre -no habíamos tenido tiempo de comer en todo el día - pero si aquí dan de beber Chivas, lo de la mesa debe de ser la leche.
Y recuerdo acercarnos los dos para mearnos de risa al encontrar que la presunta exquisitez consistía en un bol de espaghetis demasiado hervidos con un tomate fosforito que parecía fabricado en la planta nuclear de los Simpson.
Y recuerdo la primera vez que probé el sushi, en un restaurante que nos costó un ojo de la cara (cien dólares por cabeza) mientras de fondo sonaba Frank Sinatra y, al impulso de su voz, se elevaban hacia la noche de aquel verano terminal los chorros de agua de las fuentes del Hotel Bellaggio.
Lugares a los que volver. Lugares a los que he vuelto













Plaza de la catedral ayer a medio día. El edifico moderno que se ve a la izquierda, hoy por hoy es un hotel, pero en su día albergó un gran restaurante español. Hoy, las primeras tres plantas son también un poco españolas. En ellas está el ZARA más céntrico de Viena. 







Y ahora, los equivalentes para aquellos profesores que vengan a enseñar a Austria:











