domingo

Maratón de Viena


29 de Abril.- Hoy domingo, vienadirecto ha madrugado para llevarle a sus lectores las imágenes del vigésimo cuarto maratón de la ciudad. Helas aquí:


Estos chicos llevaban un cinco porque eran parte de una campaña publicitaria de Telering, digamos el Amena (ahora Orange) de aquí.

Un aguerrido corredor enfilando la recta del Museums Quartier en Maria Hilferstrasse (no se ve, pero mis lectores saben que yo nunca digo mentiras).

Ya en el Hoffburg, una niña que no ha podido resistir el espectáculo de tanta actividad física sin caerse de sueño.

Los chicos de la ORF retransmitiendo el evento para toda Austria desde la puerta del Hoffburg que da al Ring.

El edificio que se ve al fondo es el palacio del Presidente de Austria (justo debajo de la torre de la iglesia que se ve). Esta plaza, en donde estaba instalada la meta de la Media Maratón, es el "Manifestódromo" de Viena. O sea, donde se realizán todas las cosas que implican participación ciudadana. Desde el día anual de puerta abiertas del ejército (de tanques abiertos) hasta la maratón.


Otra imagen del público asistente.




No ha podido faltar, por supuesto, la representación española. Ahora bien, yo, al único español que he visto en la carrera ataviado como tal, iba andando. El caso es criar fama a nivel internacional...



Hay que acostumbrar a los niños a que hagan deporte desde chicos. Prácticamente, antes de que puedan ni siquiera andar.

viernes

Austropop


27 de Abril.- Mientras toda España se prepara para el primero de los puentes de Mayo, un servidor se dedica a investigar sobre el proceloso mundo del Austropop, a petición de un amable corresponsal –Luisru- que me lo pidió el otro día. En primer lugar, decir que, en mi opinión, el Austropop es un poco como el “Hispapop”, aunque, gracias a Dios, aquí no existe nada equivalente a La Oreja de Van Gogh, que me amenizaba a mí las tardes cuando trabajaba en el Mundo Perdido, gracias a una compañera vasca a la que La Oreja le encantaba.
Tengo que decir que, actualmente, tengo la sensación de que el Austropop está en un periodo de decadencia, debido, principalmente, a la colonización masiva de cantantes alemanes –triunfitos- procedentes de Deutschland sucht eine Superstar. De este bonito pograma, que ha hecho la fortuna de los miembros supervivientes de La Trinca –propietarios de Gestmusic/Endemol y, por lo tanto del formato- ha surgido la buena de Christina Stürmer, que obedece al modelo de cantante al uso que, más allá de vender discos –si los vende- presta su imagen más o menos “modelna” para anunciar todo tipo de cosas cuyo target comercial son los jóvenes y las jóvenas.
(Por cierto, y saliéndome un poco por la tangente: qué machacona manía de políticos –particularmente abertzales y por ahí- de decir “nosotros y nosotras”, “los ciudadanos y las ciudadanas”, “los vascos y las vascas”- también ha calado la incorrección en los presentadores, particularmente los que van de modelnos, y uno tiene que taparse los oídos si no quiere escuchar una tontería de estas cada dos minutos).
Sigo: otras figuras germanas de las que ya hablé en un post dedicado a Operación Triunfo –esta vez, versión austríaca- son los Tokio Hotel, que son el típico vehículo para aumentar la humedad ambiental en las concentraciones de jovencitas. O sea: fenómeno de fans, puro y duro. Los TH tienen su página güés propia, como no podía ser de otra forma, y se trabajan un look ambiguo/siniestro/satánico que por estas tierras tan dadas a lo que podríamos llamar La Escuela del Elfo, hace furor.


El cantante de Tokio Hotel (Dios mío, qué estilismo); foto: Kurier


Pero ya digo que estos grupos que menciono son de nuestra hermana mayor, la gran Germania. Aquí, la figura del Austropop por excelencia, ha sido, es y será Falco ¿Por qué? Porque basicamente, puso una pica en Flandes: esto es: consiguió que una de sus canciones entrase en las listas de éxitos de los Estados Unidos. Esto de ir a la Palestra Musical Imperial y medio triunfar, tiene sus ventajas en el país autóctono, que te recibe como si fueses El Juli. Puedes dormirte en los laureles que, aunque hagas un truño después, la gente te seguirá recordando como a Sarita Montiel que, a pesar de haber hecho tres pelis en Estados Unidos en las cuales hacía de india sordomuda –más que nada por falta de dominio de la lengua oficial de esa nación- se la sigue recordando como “nuestra manchega más internacional” (aunque ahora, se añade, “con permiso de Pedro Almodóvar”).
Falco era un típico producto de su tiempo. Mi amigo Perequé dice que era como esta samba que a él le gusta tanto “el cantante de una nota so”, o sea, que todas las canciones de Falco son iguales. Pero esto yo creo que es una insinuación pérfida de Perequé. Como digo, el bueno de Falco era un producto de su tiempo: o sea, era el típico cantante de los ochenta con su pelo engominao, su carita lavada y recién peinao, sus blazers de corte recto robados del armario de un pariente difunto y de mayor tamaño, su pinta de chulopilinguis, y su rebeldía un punto Mad Max, y un tanto atontolinada. Las canciones de Falco se siguen pudiendo escuchar –máxime si tienes cierta nostalgia de La Bola de Cristal y el sintetizador en estado salvaje- y aquí hacen furor en los guateques de la gente que no ha abandonado aún la juventud. Yo creo que parte de la buena salud de Falco reside en que tuvo la inteligencia de estampanarse contra un árbol en Miami y morirse a tiempo. Nada como la muerte prematura para conservar los mitos frescos (véase, salvando las distancias, el caso de nuestro Nino Bravo). Es cierto que pagas con tu vida, pero tu familia sigue cobrando derechos de autor perennes; los nuevos artistas hacen discos homenajes con tus canciones y, gracias a la tecnología digital, hasta pueden hacer duetos utilizando tu voz enlatada, que suena mejor de lo que tú nunca pudiste soñar.
Para otro post, que este ya está quedando largo, dejo a algunas figuras menores como Reinhart Feindrich y Maria Bill, sobre los cuales (también es verdad) tengo que investigar un poco.

Tumba de Falco (supersencilla) en el Zentralfriedhoff

miércoles

Diversos ejemplos del uso de la bandera austríaca en la vida cotidiana
Publicidad de manzanas en un anuncio del Billa, en donde la bandera austríaca anuncia orgullosamente la procedencia de la fruta
Logotipo de Telekom Austria -telefónica de aquí- en una cabina

Logotipo de la cámara de comercio austríaca en la Wiedner haupstrasse

Logotipo de una tienda Anker -panadería- cerca de mi casa

Bolardos en la calle

Banderita tú eres roja, banderita tú eres blanca
25 de Abril.- Una de las cosas que más te cantan cuando llegas aquí es que la bandera austríaca es omnipresente. O por mejor decir, su presencia es mucho más evidente y orgullosa que la de la bandera española (analizar las razones de esta diferencia, desgraciadamente, es meterse en política y salirse de los objetivos de este blog).
Lo cierto es que la bandera austríaca aparece por todas partes. Está formada por tres franjas: dos rojas y una blanca central y es, junto con la bandera danesa, una de las enseñas más antiguas del mundo. Su origen legendario la sitúa después de la batalla de Acre, en 1191, durante las cruzadas. Se dice, se cuenta y se comenta, que la bandera austríaca le vino a la mente al Duque Leopoldo V de Austria porque al terminar la batalla su ropaje blanco nuclear quedó absolutamente cubierto de sangre sarracena menos la parte que tapaba su cinturón. Esta historia, como suele suceder, es más falsa que los noviazgos cíclicos de Ana Obregón. La realidad es que la bandera austríaca fue diseñada por Federico II de Austria, el último de la dinastía Babemberg y su representación más antigua, que data del 30 de Noviembre de 1230, está en un escudo que se guarda en el monasterio de Lilienfeld. Acudo a la wikipedia para confirmar que, desde 1804 hasta la formación de la república, el conglomerado de naciones que formaba el imperio austríaco estuvo bajo una bandera formada por los colores de la casa de Habsburgo (amarillo y negro) y que no fue hasta el advenimiento de la República (la primera y esta en que nos hallamos, la segunda) cuando los austríacos decidieron recuperar la antigua enseña nacional.
Quizá también convenga señalar que los austríacos, en su conciencia de ser un estado chiquito pero matón en mitad del centro de Europa, o quizá por la necesidad de afirmar su identidad nacional después de los desastres de la última guerra mundial, acuñaron una serie de fórmulas mediante las cuales expresan el orgullo que sienten por su “austrianidad”, entre ellas, la utilización del prefijo Austro. Según el utilísimo libro “Das Österreichische Deutsch” de Robert Sedlaczek, los habitantes de este pequeño país utilizan el prefijo “Austro” para designar aquellas cosas Made in Austria como el “Austromarxismo” el “Austrofascismo” (que también lo hubo) y, mucho más corrientemente el “Austropop” que es, digamos, la versión austríaca de lo que en España se publica en esos discos que se llaman “Ñ”.
En fin, un día más: vienadirecto te enseña, vienadirecto entretiene, y vienadirecto te dice, hasta el mensaje que viene.

martes


Un viaje a Itaca (y 5)
MARIA SALVADOR TARDÓ TODAVÍA UN RATO EN RELAJARSE, y sólo consiguió hacerlo plenamente cuando Zurano puso a su disposición un móvil que usó para contactar con Clemencia Mercado. Una vez obtenida patente de respetabilidad por boca tan poco sospechosa, María Salvador accedió a conducirle hasta José Fisac.
La mujer y el sacerdote ocupaban un cuarto reluciente, aunque no muy salubre, en una corrala que mantenía una guerra perdida de antemano contra la carcoma, el olvido y la humedad. Al ver a Zurano, Fisac actuó como si hiciese algún tiempo que le esperara. El detective se encontró con un hombre sin duda muy inteligente, de pelo blanco peinado hacia atrás. Vestía un jersey de pico color gris perla; y una camisa blanca que, a pesar de estar pulcramente planchada, apenas podía ocultar su decorosa vejez. Fisac se abrigaba con una americana gris, cuyos hombros, según advirtió el detective, estaban coquetamente reforzados para que se notase menos la incipiente carga de la edad sobre la espalda del hombre.
-Siéntese –el detective lo hizo sobre una silla que expresó sus más profundas condolencias por el hecho. Fisac se volvió hacia la chica, que le miraba como si estuviese haciendo un juicio cruel sobre sí misma: María, hija, déjanos solos por favor –la mujer dijo algo sobre unas sobras que había en el frigorífico y les dejó. Fisac suspiró: la pobre está muerta de miedo. No tiene papeles – se detuvo en seco como si dudara, luego, disparó: me voy a casar con ella, ¿Qué le parece? –esperó una reacción visible del detective. No la obtuvo –no le importa. Usted piensa que soy un indeseable por haberme ido sin haberles dicho nada.
-No suelo hacer juicios morales sobre los casos que investigo.
El sacerdote juntó las puntas de los dedos de las manos.
-Miente usted. Todos hacemos juicios. Diga que no los comparte, o que los usa para sentirse más seguro. Pero usted ya me ha juzgado. Desde el momento en que comprobó que lo que le habían contado era cierto...¿Es usted creyente? –los ojos de Fisac se achicaron- ya veo. No se moja. Pues le diré que yo creo firmemente. En Dios. Creo que hay una voluntad por encima de la nuestra, y que esa voluntad nos pone problemas para que aprendamos. Para que veamos lo pequeños que somos y cuán inútil es ponerle barreras a la vida. No sirve de nada encerrarse en casa, tapiar puertas y ventanas, porque Dios y la vida nos encuentran siempre.
“Entre mis defectos, señor Zurano, estuvo muchos años el pensar que no tenía ninguno. Pensaba que la oración todo lo podía. Me permitía incluso dar consejos. Como si yo estuviese fuera del mundo. Como si fuese infalible. Inmortal. Incluso organicé una comunidad que aspiraba a la perfección ¡Qué atrocidad! La perfección fuera del mundo. Fuera de los afectos. Fuera del amor. Fracasé, claro. Dios me enseñó que mis tímidas barreras de humano eran inútiles. Yo mismo había decidido que María viniese por las mañanas, cuando todos estábamos trabajando, para evitar cualquier tentación. Pero me acatarré. Sí, señor Zurano. Nuestro padre Dios, allá arriba, decidió que el virus del catarro entrase en el cuerpo de José Fisac. Un catarro tremendo, que me hizo guardar cama. Una mañana, María llegó y empezó a limpiar. Yo me asusté mucho, la había visto una vez. Estaba tiritando por la fiebre. Ella abrió la puerta de la habitación y se sentó en la cama. No dijo nada. Sólo me acercó los labios a la frente para tomarme la temperatura. Señor Zurano, le digo sin vergüenza que me eché a llorar como un niño. Ella se quedó allí, sentada a mi lado, tal como la ha visto hoy –Fisac pareció buscar palabras para expresar una verdad muy honda, recién descubierta, que latía dentro de él; por fin, dijo: no hay nada más triste que ser viejo, estar solo y tener fiebre. Señor, me dije, por qué...Por qué...Y me imaginé en aquella habitación, dentro de diez, veinte, treinta años, muriéndome solo, en medio de una tribu de cincuentones miedosos que se iban a llevar un susto de muerte –el sacerdote se puso serio y miró al detective a los ojos, en un extraño equilibrio entre la sensatez y la fiebre- Zurano, el Señor no quiere cobardes. No, no quiere cobardes...

EL DETECTIVE ENTREGÓ A ALEJANDRO un sobre con un informe detallado y una factura por valor de varios miles de paquetes de fideos. Después, le resumió su conversación con el sacerdote. Alejandro luchaba por no llorar y las manos del detective sintieron el impulso adolescente de iniciar su viaje hacia sus manos, pero se contuvieron, permaneciendo inertes sobre la mesa.
Los ojos húmedos del catecúmeno, convertido súbitamente en huérfano, repasaron el papel impecablemente impreso con tecnología láser. El bullicio del VIP´s pareció no querer tocarle. Una niña de quince años, a dos mesas, hilvanó tres tacos en la misma frase y luego le contó a su amiga que el miembro de su novio era tan grande que le hacía daño durante la penetración Tras una pausa, Alejandro dijo:
-No va a volver,¿Verdad?
El detective negó con la cabeza y Alenjandro volvió al informe como se vuelve a visitar la tumba de un familiar querido.
Daniel Zurano tosió. Subitamente, sus ojos se encontraron con los de Alejandro. Hubo una larga pausa. La mano del discípulo de Fisac se posó sobre el antebrazo del detective, que luchó por no retirarla. Conmovido, el joven dijo:
-¿Sabes, Daniel? A pesar de que seamos tan diferentes...Me caes muy bien.
El detective abrió la boca para decir algo, pero justo entonces, su lenguaraz vecina de mesa abordó el interesante tema: “sexo oral con brackets”.
Daniel Zurano la miró agradecido para ocultar sus lágrimas.

lunes

Donau Insel o, mejor dicho, uno de los brazos del Danubio cruzado por el puente que une la ciudad con la Isla del Danubio. Foto flickr. Usuario: weisserstier
El calendario y Dolores

23 de Abril.- Un blog como este, tan preocupado por el libro y su futuro, no podía dejar pasar una fecha como la de hoy sin felicitar a sus lectores por el día en que se celebra que a alguien, una vez, se le ocurrió juntar letras sobre un papel para dejar un recuerdo de su paso por el mundo.
Hoy se celebra el día del libro porque, según una falacia muy extendida, los dos mayores escritores del mundo occidental murieron tal día como hoy hace algunos cientos de años. Me estoy refiriendo, naturalmente, al bueno de Bill Shakespeare y a nuestro Cervantes. Ambos murieron un 23 de Abril de 1616 ¿Y en dónde radica la falacia? Pues queridos lectores: Cervantes y Shakespeare murieron, efectivamente, en la misma fecha, pero no en el mismo día. De hecho, uno sobrevivió diez días al otro. Porque 1616 fue un año importante para la historia de la humanidad. Se cambió el calendario Juliano por el Gregoriano, llamados así en recuerdo de los papas que los instituyeron. Para corregir los defectos encontrados en el primero, se tomaron dos medidas: una, corregir todas las fechas en diez días y dos, añadir un día más cada cuatro años al mes de febrero: había nacido el año bisiesto. Así, nuestro amigo Bill, que vivía en Inglaterra –en donde el cambio de calendario se realizó más tarde- vivió diez días más que nuestro buen maese Don Miguel, yendo a morir, por nuestro calendario, tal que el día 3 de Mayo de 1616.
Este jaleo con los calendarios también ha tenido otra consecuencia curiosa, muchísimo más tarde.
Para la historia ha quedado que la revolución rusa de 1917 ocurrió en el mes de octubre de ese año, cosa que se encargó de perpetuar, por ejemplo, la famosa película muda de Sergei Eisenstein. Sin embargo, en la Rusia zarista regía el calendario Juliano (no se habían unido aún a nuestro cómputo del tiempo), debido a lo cual los famosos acontecimientos de ese año, que culminaron con la caída de la monarquía y la subsiguiente guerra civil que terminó en la URSS, sucedieron, según el cómputo hoy más extendido en el hemisferio occidental, a primeros de noviembre de 1917. Esta diferencia también es responsable de que los ortodoxos celebren la navidad diez días despues que nosotros, o sea, cuando nuestros niños están recogiendo sus regalos de reyes.
Tras esto, que se proponía ser una pequeña aclaración y ha terminado como el libro gordo de petete (qué tiempos aquellos), diré que este fin de semana he estado disfrutando de unos maravillosos días de abril, durante los cuales he aprovechado para coger un poco de soltura con mi bici nueva. Mis amigos la han bautizado ya como “Dolores” debido a las varias piñas que me he dado mientras la probaba y que me han señalado las piernas con las pruebas de mi escasa pericia. No se me podía pedir más, me temo. Porque hacía quince años aproximadamente que no me subía en un trasto como mi bici, a la que ya me une la relación ambivalente de la gente que vive maltaratada por lo que más quiere. De resultas de la cantidad de kilómetros que he hecho tengo las asentaderas para los leones y las piernas, ya digo, como un Ecce Homo. Recuento: raspón en la rodilla izquierda, morado de un palmo en la cara interior del muslo de la misma pierna, que me hice al hacer un extraño con la barra de la bici (que nadie me pregunte cómo, que todavía no lo sé). Tengo doloridas todas las partes en contacto con el sillín (no entro en detalles) y el tobillo derecho también raspado debido a una maniobra sospechosa que hice con el pedal. En fin, que no sigo más.
De todas maneras, decir que Viena es el paraíso de la bici y que está tan bien señalizada que, en comparación, Madrid está en la edad de piedra (de hecho, lo está, porque nuestro alcalde está más preocupado de horadar túneles para los coches que en favorecer medios limpios y cómodos, aunque algo peligrosos al principio, como la bici). Los ciclistas son respetados y tienen semáforos propios y carriles diferentes en las calles. Rutas para bici, alejadas de los coches (o en contacto con ellos sólo en sitios necesarios) recorren toda la ciudad para uso de los ciudadanos. O sea, que en Viena se puede no tener coche y moverse fantasticamente. Además, y como no podía ser de otra forma en esta ciudad tan dada a la cuadrícula, las normas de convivencia entre el paisanaje y los ciclistas son rigurosas. Por ejemplo: en el metro no puede haber más de dos bicis por vagón y la bici, por cierto, paga billete: uno de niño.
Todas estas cosas las he ido aprendiendo a la vez que me daba piñas contra el suelo.
Me aseguran que esto sucede durante los primeros cien años. Espero que sea así, porque si no, me voy a tener que comprar el Trombocid por kilos.
(Mamá, no te preocupes que yo soy muy exagerao, tampoco es la cosa para tanto)

sábado

21 de Abril.- El festival de cine de Cannes cumple sus primeros sesenta años de existencia y ha decidido publicar este cartel tan divertido y con tanta energía para celebrar su envidiable juventud. Atención a las presencias destacadas de Pedro Almodóvar (enseñando chicha) y nuestra amiga Penélope Cruz, en una pose que recuerda que, allá en la prehistoria, en el siglo I antes de Nacho Cano, fue merecedora por sus méritos de una beca para estudiar en la Compañía Nacional de Danza.

viernes

Estiria, qué bella eres

20 de Abril..- Aprovechando mi recién adquirido vehículo de tracción animal (bicicleta) me desplazo hasta la Rathausplatz, más conocida como plaza del ayuntamiento de Viena, para ir a la feria que Estiria ha montado para promocionarse. Estiria es un bundesland (especie de comunidad autónoma) que se encuentra en el sur de Austria -ver mapa- y cuya capital es Graz. Es famosa por sus vinos, sus verduras y sus manzanas.


en la feria se consumen productos típicos de este bundesland (particularmente alcohólicos) lo cual explica la gran alegría reinante. El señor este canta en una de las carpas ritmos típicos del schlager para diversión, gozo y disfrute de estas señoras de la foto.



También hay exhibiciones de la artesanía local, por ejemplo este señor que es un herrero.



Asimismo, y como es normal en Austria en cuanto hay cuarto y mitad de festival o feria, hay música y gente que saca del armario sus trajes más típicos (sin faltar ni una pluma en los sombreros, ole con ole y olá)


jueves


Un viaje a Itaca (4a Parte)
19 de Abril.- EL DETECTIVE SE LEVANTÓ TARDE con una sensación de desarraigo en el centro de las entrañas que hacía mucho que no sentía.
La ciudad bullía al otro lado de las ventanas que daban a la calle San Bernardo y el cielo era una negación azul de la existencia de la lluvia.
El detective acercó la nariz a los cristales y oteó en busca de rastros de la felicidad ajena. Luego, puso la radio, buscando que el ruido le hiciese compañía. Sin embargo, el río negro que inundó el piso casi vacío hacía demasiado juego con su estado de ánimo. La voz de un locutor desganado desmenuzó la crueldad del colgado cotidiano que se había inmolado frente a la consabida comisaría irakí.
Descripciones pornográficas de muñones frescos y cuerpos apilados. Si uno cerraba los ojos, incluso podía ver las caras asustadas de los niños, y las endurecidas de las madres por la fuerza de la desgracia cotidiana.
El detective, incapaz de soportar aquella victoria por goleada de la muerte, apagó el aparato y se concentró en su dolor de cabeza.
Decididamente, beber le sentaba cada vez peor. Casi sentía como el alcohol ingerido la víspera se le estaba pudriendo dentro lentamente, como el corazón de un condenado a muerte. Sobre la única mesa del piso, una botella de licor de plátano que se había trajinado a medias con su amigo Manuel. La noche anterior había sido de evocación de tiempos pasados y renovación de los lazos de una amistad necesitada de cierto mantenimiento periódico, pero que en ningún momento había corrido peligro de romperse.
Zurano detectó, junto con otros síntomas de la resaca, las alarmantes ascuas de una peligrosa autocompasión.
Trabajosamente, acudió al sarcasmo; en mitad de la soledad de su piso, se dijo:
-Eres gilipoyas.
“De entre todos los heteros en cuyas manos Dios ha depositado la perpetuación de una especie que, últimamente, se ha especializado en producir tipos que se inmolan, tú, has ido a encapricharte de uno que se va a morir más virgen que la madre Teresa”.
Y a pesar de eso...
Meneó la cabeza.
Tenía que comprobar que la información que le había suministrado Clemencia era cierta.
Súbitamente, sintió una extraña sequedad interior. Se quedó mirando los números parpadeantes del equipo de música y echó de menos aquello que sostenía al discípulo de Fisac y que era lo que más le atraía de él: la capacidad de creer en algo con una fe ciega.
-Pero para eso –se dijo- hay que renunciar a hacerse preguntas.
Para eso hay que valer.
Se desnudó para ducharse y, mientras se enjabonaba debajo del chorro de agua caliente, sintió cierta necesidad de demostrarse una vez más que era un espécimen adulto que había alcanzado la madurez sexual. Le vinieron a la mente algunos recuerdos sueltos, y algunas imágenes mediante las cuales logró realizar su propósito. Una vez desahogados los instintos, se marchó a la calle en busca de una verdad definitiva con la que, sospechaba, iba a hacer pedazos el corazón de Alejandro.


LA POPULOSIDAD DEL RASTRO le trajo recuerdos agridulces. Entró, como siempre, por la calle que une los cines Ideal, frente al Teatro Calderón, con la plaza de Tirso de Molina. Le vino a la memoria un concierto de jazz, semiclandestino, al que había acudido cuando aún tenía la inocencia intacta.
El detective pasó por entre los punkis de Tirso de Molina esquivando botellas vacías y latas de Red Bull. Se le ocurrió que el honrado ejecutivo municipal, que contaba entre sus filas con una dama amante de las formas sobre todas las cosas, quizá pagase a actores para que se disfrazasen de punkarras y no descafeinasen el atractivo de la plaza.
La misma impresión de reconstrucción forzada le provocaron los tenderetes de diversas facciones de anarquistas, desde los que varias decenas de imágenes del Ché miraban a un infinito vacío.
Contempló el trasiego de los vendedores, nostálgicos de un pasado que nunca existió, con la misma ternura de quien mira las ruinas de un pueblecito segundos antes de que sean sepultadas por las aguas de un embalse.
No tenía la mañana para muchas congojas, y la rasposa voz de Sabina desde un transistor acabó de hundirle en la miseria de los detectives melancólicos.
Conforme la ley de Murphy hubiera podido predecir sin gran esfuerzo, la radio emitía “Con la frente marchita”.
Apretó el paso el detective para encontrar el puesto que buscaba: un tenderete de artesanía centroamericana, cerca de la Plaza del General Vara de Rey. Estaba presidido por una mujer increíblemente gorda, plácida como un océano, que vestía a la usanza del altiplano. Zurano se entretuvo en rebuscar entre la mercancía hasta que quedaron solos. Una tercera persona, que los observaba desde lejos, comprobó que el detective sonreía, decía unas frases, asentía y luego, compraba un gorro de lana gris con una gran borla.
Daniel se dirigió, gorro en mano, hacia un segundo puesto, tras el cual se parapetaba una mujercita que no había terminado de cumplir los veinticinco. La chica le miró como arrastrando un cansancio sin alivio posible, y Zurano se esforzó en sonreír para tratar de difuminar la agotada suspicacia que notó en sus ojos. Luego, dijo:
-Hola, María.

No puedo con mi vida...Qué interesante es todo...
Entre las muchas maravillas que guarda este museo, está un alto horno, entero y verdadero

Aviones, helicópteros, coches, computadoras, hélices...
Technisches Museum
19 de Abril.- Hoy, después de un picnic en el zoo de Viena, me he acercado al TM, que es un museo impresionante destinado a albergar todos los trastos que nos han hecho la vida más fácil a lo largo de la historia. Diferentes inventos ordenados por secciones. Vida diaria, comunicaciones, industria...En la mejor tradición de los museos austríacos todo didáctico al máximo. En particular lo he flipado con la parte de las comunicaciones y el cine. Tienen, incluso, un miniestudio de televisión en el que uno puede experimentar lo que fue, a últimos de los setenta la invención del kroma key ¿Qué hubiera hecho Televisión Española sin él?
A los que ya empezamos a tener unas edades, nos impresiona de estos sitios que nuestros compañeros de infancia, aquellos primeros balbuceos del chip, ya sean carne (plástico) de museo.
PS: Mientras escribo esto, y especialmente para m. el señor Feurstein recibe un Romy -distinción de la industria audiovisual austríaca- por su entrevista a Natascha Kampusch.

miércoles

Sala de conferencias del Instituto Cervantes de Viena, ayer por la tarde

Actos Culturales

18 de Abril.- Ayer asistí a una conferencia de un escritor español en el Instituto Cervantes. La sala, blanca, grande, decorada con fotos pertenecientes a una exposición temporal de gusto un tanto tétrico, estaba ocupada solamente por unas diez personas. Seis de ellas mujeres en evidente estado de ociosidad que, obviamente, se conocían de asistir de público a un centenar de actos como aquel.
El director del instituto, un hombre delgado que habla un alemán con pretensiones, lee un texto en una voz demasiado baja y demasiado monótona, en el cual presenta a los dos ilustres conferenciantes: el escritor español y la escritora austríaca, que me es enteramente desconocida. Él, soporta los ditirámbicos elogios del director de la institución con una mal disimulada incomodidad, prestando atención constante a una jarra de porcelana blanca y a dos vasitos de agua preparados para la lectura. De vez en cuando, levanta la mirada hacia el auditorio y, con sonrisa Habsburgo (es un poco prognático) nos mira a todos como el mártir que intentase congraciarse con el grupo de leones que esperan a merendárselo.
Cuando el director termina de leer un texto escrito hace años que ha reciclado para la ocasión (aquí todo se aprovecha), el bueno del conferenciante, incapaz de lanzarse a capón a la lectura de su texto (hecho por el cual cobra una buena cantidad de euros) decide disculparse mediante un preámbulo en el cual , con una modestia demasiado radical para ser sincera, que él aterrizó en esto de juntar palabras por casualidad. Comete por el camino varios groseros errores, dequeísmos y laísmos incontables, y uno, la verdad, piensa lo que el pasodoble: Manolete, si no sabes torear, pa qué te metes.
Los textos que lee están, naturalmente, espurgados de todo este tipo de parafernalia que denuncia una dentición lingüística deficiente. Son bonitos, elegidos con cuidado. Sin duda, los mismos textos que leyó en Bratislava el día anterior (en Viena, todas las paredes tienen oídos, todo se sabe). El calor asfixiante reinante en la sala hace que me sienta un poco como un amante de segunda cama. A pesar de que los textos son curiosos –en la acepción límpios, aseados- no dejan de ser anécdotas más o menos elaboradas sacadas de una novela más grande y me impiden calibrar a su autor como escritor. Lamento decir que no he leído nada de él.
Tras la lectura bilíngüe de dos textos, llega el turno del coloquio. A pesar de que el escritor español ya ha explicado que su novela se desarrolla en los años cincuenta, la escritora austríaca (Sabine algo, se llama) le pregunta sobre los antecedentes de la guerra civil que se pueden observar en la acción (alucino: tía, ya que cobras, prepárate el tema, entérate por lo menos de las fechas en que fue la guerra civil). La mujer, elegantísima, chaqueta blanca, gafas de pasta negra, pinta de madurita interesante e interesada, escucha con seriedad las explicaciones de nuestro escritor que, a pesar de que ha estado comiendo con ella (qué menos) no ha tenido ningún tipo de impulso de preparar un poco la conversación guiada que van a mantener. La segunda pregunta versa sobre otro tema más o menos banal (creo recordar que el erotismo infantil) y, ya muy pasada una hora razonable, se da paso a un público algo aplatanao. Pregunta una mujer sudamericana por la afición del protagonista del acto a los cuentos infantiles y él se explaya sobre el concepto del candor necesario para elaborar cualquier ficción que, en su opinión, se parece bastante al doblepensar que exhibían los miembros del partido de Orwell en 1984. Luego, un hombre que no ha cesado de tomar notas (el que, en todos los coloquios presume de haberlo visto todo, leído todo, escuchado todo) le pregunta sobre la moraleja de las historias contadas por nuestro autor. Este se explaya en el papel creativo del lector (nada nuevo bajo el sol). Por último, casi se ruega a alguien más del público que intervenga. Nadie lo hace. Son las nueve de la noche.
Un empleado del Cervantes se despide de mí:
-Hala Paco, a casa. Vamos a ver si hacemos algo por el cuerpo que el espíritu ya lo hemos alimentado.
Amén.

martes


UN VIAJE A ITACA (3a Parte)
17 de Abril.- PASARON ALGUNOS DÍAS SIN QUE LA DESAPARICIÓN del sacerdote marchoso diera muestras de ir a aclararse espontáneamente.
Tampoco había muchos hilos de los que tirar, esa era la verdad.
Los siete enanitos llevaban una vida monacal absolutamente intachable, y ni siquiera un vistazo rápido al ordenador que compartían (un trasto jurásico con la memoria justa para cargar una cuenta gratuita de correo electrónico) arrojó resultados útiles. El historial del explorador de internet llevaba la cuenta de un rosario de visitas a los confidenciales digitales más conservadores, así como a páginas vinculadas a organizaciones antiabortistas y profoamilia. Tampoco faltaban webs relacionadas con la Santa Sede, cuyas ofertas espirituales el detective conocía bien y no había terminado de desestimar.
Todas estas averiguaciones no consiguieron que dejase de chocarle la extraña insistencia de unos seres célibes, sujetos a un modelo de convivencia tan atípico, en reivindicar las estructuras de la sagrada familia del pajarito. Pero al mismo tiempo, se decía que cosas más raras se habían visto en el mundo y que aquellos pobres hombres, lanzando plegarias al mar desconocido de la eternidad, tampoco hacían mayor daño. Entre todos los pasatiempos posibles, rezar era uno de los más inocuos que se le ocurrían, aunque no hubiera que desestimar nunca la fuerza prodigiosa de la mente.
Incluso, en momentos de desesperación, paladeó la idea de dejarlo todo y unirse a aquella extraña tribu de criaturas orantes. Y si no lo hizo, fue porque no se sentía con fuerzas para guardar una castidad que le hubiera alejado demasiado de lo que él consideraba uno de los mayores placeres de la vida.
Sin embargo, se acostumbró a visitarles un día sí y otro no, y a compartir con ellos unas cenas no mucho mejores que las de un comedor de la beneficencia.
De primero, sopa de fideos.
De segundo, filete de pollo.
Una manzana asada de postre y una infusión de poleo, previa al rezo, completaban la frugal pitanza. Luego, los siete hombres, con Zurano observándoles entre el respeto y la perplejidad más honda, se postraban ante una imagen de la virgen que ocupaba el lugar reservado a la televisión. Ante ella, rezaban todas las noches un par de rosarios, tras los cuales los candidatos a la perfección charlaban de sus cosas. Zurano asistía a aquellas conversaciones con la esperanza de que, en su transcurso, surgiese algún detalle que se le hubiese escapado en primera instancia. Sin embargo, salvo el aleteo intermitente del Espíritu Santo, que los más religiosos decían sentir, nada más pudo el detective sacar en claro.
Durante una de aquellas visitas, uno de los compañeros de Alejandro, quizá advirtiendo su desaliento, se sentó a su lado y permaneció largo rato así. En silencio. Después, con voz sosegada, le dijo:
-No se preocupe. Todo saldrá lo mejor posible. No se desespere y rece. Rece con nosotros.
Zurano le miró a los ojos. No había rastro de ironía ni de ansiedad en el rostro de aquella persona que, forzoso era reconocerlo, no se hubiera comido un colín en el bar de ambiente menos exigente.
Por toda respuesta, el detective sonrió, y el hombre se levantó uniéndose de nuevo al grupo de los que charlaban.
Entonces fue cuando, al mirar Zurano la imagen que presidía la habitación, advirtió un detalle incongruente: un rimero de recipientes herméticos de plástico, apilados ordenadamente. Fue entonces cuando el detective creyó haber topado al fin con lo que llevaba buscando tantas tardes.
Naturalmente, se lo agradeció a la virgen

ALEJANDRO SE HABÍA EXTRAÑADO UN POCO cuando le había pedido el teléfono de la mujer, pero se lo había dado sin hacer más preguntas.
Como tantas otras cosas en él, y por razones que no siempre se atrevía a confesarse, al detective le enternecían aquellas muestras de confianza ciega que exhibía el discípulo de Fisac.
El hombre parecía contemplar el quehacer de Zurano con el mismo respeto supersticioso que, en otras circunstancias, hubiera reservado al chamán de la tribu. Daniel era consciente de que Alejandro le veía como un ser en contacto con El Mundo, ese caos complejo (a veces cruel) al que los habitantes del piso de Príncipe de Vergara habían aprendido a ver como la sentina de todos los vicios y la madre de todas las batallas interiores.
Concertada la entrevista, el detective se sentó a esperar en un parquecillo municipal frente al cuartel del Conde-Duque.
Cuatro bancos, ocupados por ancianos varados en una mañana soleada, una costra de tierra seca en la que los perros depositaban los productos de su actividad intestinal, y unos cacharros dudosamente lúdicos que se balanceaban como niños autistas sometidos a demasiada presión. Tal iba a ser el decorado en el que iba a desarrollarse la entrevista.
Zurano sabía demasiado poco lo que estaba buscando. Quizá, aquella mujer fuese otra puerta falsa que condujese a otro remanso de paz y sosiego religioso. Su obligación, sin embargo, era probar.
Las señales horarias emitidas por un lejano transistor indicaron el paso de las once.
Como obedeciendo a su señal, apareció la mujer.
Tal y como el detective se había figurado al escuchar su voz, Clemencia Mercado ofrecía el aspecto de una madre luchadora.
De rasgos púdicamente indígenas, iba vestida con una falda gris, por debajo de la rodilla que, a buen seguro, había conocido dos o tres dueñas antes de ella. La parte superior de su cuerpo quedaba oculta por un plumas color granate. Portaba un capazo del que asomaban los tapones chillones de varios botes de productos de limpieza, y sujetaba firmemente un monedero marrón, a guisa de aviso para navegantes.
Le cayó bien al detective, porque sus ojos inteligentes se fijaron en él analizándole sistemáticamente, como quien está acostumbrado a tener que procesar información muy rápidamente.
Este detalle, junto con su estatura mínima pero matona, su castellano cantarín y dos pequeños pendientes de oro que se había traído de Quito, hicieron que, desde el principio, el detective la contemplase con respeto y, si no hubiera sido un exceso, hubiera podido decirse que hasta con cariño.
-Buenos días.
-Buenos días, qué hubo.
-Vengo de parte de Alejandro.
La mujer pareció repasar mentalmente la nómina de los Alejandros de su vida y después asintió.
-Me ha dicho que usted les cocina.
-Y también les limpio, sí señor.
-¿También les limpia usted?
-Antes tenían una chica ecuatoriana que les limpiaba nomás, pero después que ella se fue, yo se los hago todo.
-Me parece que Alejandro me dijo su nombre, pero no me acuerdo. Se llamaba...
-Se llama María –repuso la mujer rápidamente- María Salvador. Muy buena chica, pero tuvo que dejar de ir a la casa de los señores- y como advirtiese Clemencia que quizá había hablado de más, dijo: volvió al Ecuador. Su madre enfermó.
-Pobre mujer.
-Sí, pobre. Y usted, ¿Es amigo de los señores?
-Soy amigo de Alejandro. De Alejandro y del padre. Del Padre Fisac.
Clemencia levantó las cejas, y el detective creyó llegado el momento de hablar con honradez. Pensó que, con personas tan enteras como la que tenía enfrente, era la única táctica moralmente aceptable. Por eso, dijo:
-Clemencia, ¿Tiene tiempo para tomarse un café?

lunes

Be our guest
(Visitando una casa austriaca)

16 de Abril.- Como lo prometido es deuda, trataré hoy por fin el vertiginoso tema “Visitando una casa austríaca” (por favor, que mis lectores austríacos no se enfaden que, lo que viene a continuación, está escrito sin acritú, como dijo aquel).
Ejem, ejem.
En primer lugar, habría que decir que los austríacos tienen un lado hobbit que se manifiesta, básicamente, cuando te invitan a su casa. Un lado hobbit para lo bueno, pero también para lo malo. El lado bueno es que los austríacos son un pueblo generosísimo, que lo da todo cuando tiene a alguien en casa. El lado malo es que cuando te invitan a una vivienda, con más probabilidad que menos, suele manifestarse un lado quiero y no puedo que es lo que menos me gusta de este bello país que me acoge.
En la civilización austríaca la invitación suele representar un hito importante dentro de la amistad de dos personas que se quieren bien. Y además, se suele escenificar como todo un encuentro en la cumbre en el que el anfitrión está obligado a darlo todo por la causa (más le vale, por otra parte) porque se verá sometido a un cuidadoso examen por parte de su(s) invitado(s). El anfitrión pues, queda en una posición de lo más vulnerable con relación a su invitado, que pasará el dedo disimuladamente por todas las superficies susceptibles de acumular polvo y evaluará, como si se tratase del cliente de un hotel de cinco estrellas, la calidad de la comida, de la bebida y de la conversación. Así las cosas, hasta el anfitrión más bragado termina, más tarde o más temprano, por perder la poca espontaneidad que pueda quedarle ante el exámen. Aunque ante esta situación de tensión, las reacciones varían según las personas. También hay anfitriones que, como el toro, se crecen ante el castigo.
A los españoles, que estamos acostumbrados en general a que las relaciones sociales se desarrollen en un entorno más decontracté, esta situación nos parece surrealista en muchas ocasiones, y tendemos a no tomárnosla en serio. Craso error. Una equivocación en este terreno, sobre todo al principio, puede ser desastrosa para tu porvenir social.
He aquí algunos ejemplos sacados de la vida real:
-Anfitriones que me han mencionado lo caros que les han costado los platos de porcelana –en euros- (detalle que a un español normal, sobre todo en determinados grados de amistad, se la sopla, y corríjanme mis lectores si me equivoco).
-Anfitriones que han alardeado del rancio abolengo del mantel.
-Invitado a una fiesta que ha empalidecido al detectar que los tenedores no correspondían con el plato que se estaba sirviendo.
-Anfitrión que me ha reconvenidor severamente por no haber cogido la copa de vino por el lado correcto.
Und so weiter, que diría el castizo.
También podría decirse que los españoles somos criaturas de bar, y un fracaso en un bar es menos fracaso. Pero los austríacos te abren su vivienda (que es su castillo) y que te pongan la cara colorada en tu propia casa, pues no es plato de buen gusto para nadie. Sobre todo en un país, como lo es este, en el que las buenas maneras son un must.
Aquí abro una nota más: resulta de buen tono que el invitado, asimismo, alabe el servicio del anfitrión, y que, por ejemplo, si hay algún objeto de plata en la mesa, lo coja, y con aire de anticuario experto en detectar falsificaciones, busque el sello que da la ley de la plata; si el anfitrión, algo avergonzado, admite que el trasto es de vulgar peltre, o siemplemente está plateado, el invitado deberá hacerse lenguas de lo bien que da el pego el cachivache en cuestión, y preguntar dónde lo ha conseguido, y, sobre todo, cuánto –en euros- le ha costado al anfitrión la operación de ascender al objeto en cuestión desde el limbo de los objetos sin glamour, al cielo de los trastos plateados.
Y se preguntará el lector, ¿Y es que el tiranuelo en el que se convierte el invitado no tiene obligaciones?
Por supuesto que las tiene. Y también corre peligros que paso a enumerar.
En primer lugar, deberá presentarse a la cita con algo entre las manos, que actúa de peaje, presea, o precio de los deleites que está obligado a pensar que le ofrecerá la invitación. No importa que sea una tontería comprada en los chinos (aquí no hay, así que en los turcos) pero deberá compensar de alguna manera al anfitrión por todas las molestias que se ha tomado (sobre todo, cuando la ocasión es especial). Aclarar que esto es igual si te invitan a una petición de mano o a tomarte un café. Así pues, aquellos que, como el que esto escribe, se bloquean ante la necesidad de elegir un regalo, abstenerse.
A mí, personalmente, lo que más nervioso me pone es que, aunque fuera, en la calle, en la rue, auf die strasse, tengas la relación más cordial con determinada persona (o sea, y verbigracia, que haya habido noches de francachela en que la hayas recogido del suelo borracha hasta la inconsciencia) es entrar en su casa, y se transforma en un maitre de restaurant (no encuentro el acento circunflejo en el teclado de este ordenador, pero bueno). Personas de esas ha habido que me han sentado en su sofá y que, ante mi ademán de echarles una mano en alguna operación peligrosa de transporte de platos, me han echado una mirada que hubiese hecho caducar un yogur de Danone.
Quisiera terminar aclarando, en nombre de la justicia, que los austríacos no se sienten nada incómodos por este estado de cosas, y que hacen lo posible por perpetuar el protocolo (un tanto decimonónico) de la visita, como una de sus señas de identidad nacionales. También decir que, a pesar de todo, no hay anfitriones que puedan compararse con los austríacos en finura, elegancia, y gracia y que, quizá, todo lo que he escrito antes, no era más que una cosa: envidia cochina.

sábado

En bolingas y al solete


14 de Abril.-La ventaja de un escritor es que lleva su instrumento de trabajo encima. Hoy, me he traido Viena Directo a orillas del Danubio, y escribo este post con un boli del Kronen Zeitung que me regalaron en Graz, al sol, desnudo, y rodeado de ciudadan@s en pelotas que disfrutan de este día de abril tan republicano y primaveral.
Una de las cosas que no te crees nunca cuando llegas aquí es lo que te dicen los veteranos:
-Algún día necesitarás el sol.
Los españoles tenemos ante el astro rey la actitud ambivalente del que es rico y no aprecia realmente la necesidad que los demás tienen de lo que a él le sobra. Pero es que un día te despiertas y te das cuenta de que necesitas que el sol te dé en la mayor superficie posible de tu cuerpo, porque ya has agotado las reservas de luz. Y no sabes por qué, pero tu humor mejora y te sientes flex. Ese día pasan a la historia todos tus cachondeos a propósito de los guiris que, en cuanto el sol asoma, cubren los céspedes rancios de Hyde Park y otras praderas gratuitas en busca del rayo perdido.
En fin. A dos metros de mí, una pareja que se acaba de bañar en el Danubio, se hace carantoñas exponiendo a los elementos su desnudez nada perfecta. Cerca del río, un niño sacado de un cuadro de Sorolla juega con el reflejo del agua bajo la atenta mirada de un anciano musculoso de testículos colganderos y cadena de oro. Por la cinta de asfalto que nos separa del río, un par de mujeres orondas con sandalias doradas de taconazo y pechamen rendido a la evidencia de los años, pasea tranquilamente charlando en dialecto vienés.
Las libélulas sobrevuelan el verde como cazas art nouveau conducidos por un barón rojo diminuto y los patinadores recorren pausadamente la mañana dejando una estela fluorescente de sudor.
Fuera complejos.
Arriba el sol.


UN VIAJE A ITACA (2a Parte)
TRAS ESTA ENTREVISTA, DANIEL ZURANO sacó dos conclusiones: primera, que Alejandro era un bendito que, de momento, había sorteado con éxito la prueba de pasar por el mundo sin mancharse; y segunda, que cuando fuera un poco más mayor quería encontrar un bendito semejante –y a ser posible igual de guapo- para corromperle un poco.
“Sólo lo justo”.
Así mismo, el detective sintió, en algún lugar de su interior, una punzada que le indicó una ausencia: la de su capacidad de creer en algo o en alguien con el mismo fervor que el joven catecúmeno había exhibido con tanta naturalidad.
“Serán los años”, se dijo, pero ni siquiera este pensamiento tranquilizador hizo que la molesta sensación desapareciese.
En cuanto al caso, poca cosa. Recapitulando: José Fisac, sacerdote sesentón con complejo de Moisés, se había evaporado de su residencia habitual, sita en la calle Príncipe de Vergara, hacía una semana. La única pista, si es que podía llamársele así, era un versículo de la Biblia. La extraña comunidad pastoreada por Fisac tenía la costumbre de reflexionar cada noche sobre un pasaje bíblico. Para el día de su desaparición, el sacerdote había propuesto el siguiente versículo del Evangelio según San Mateo:
“Después de partir ellos, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te avise. Porque Herodes se pondrá a buscar al niño para matarlo”.
El versículo resultaba de lo más inquietante pero, desgraciadamente, no arrojaba ninguna luz sobre el paradero de Fisac.
Una visita al piso de Príncipe de Vergara bastó para que el detective se convenciera de que aquella comunidad religiosa necesitaba urgentemente los servicios de un estilista. Su alma de amante de las causas perdidas se enterneció más de lo que hubiera estado dispuesto a admitir al sentir sobre sí las miradas ansiosas de aquellos siete enanitos que habían perdido a su blancanieves con sotana. Tras una evaluación somera, convino consigo mismo en que al único que le apetecía corromper un poco era al que le había encargado el caso. El resto eran modelos descatalogados. Como sacados de un casting para la enésima parte de “La rebelión de los novatos”. Vaqueros abolsados en las rodillas, camisas baratas de los colores que se consideraban “varoniles” en época de Franco –blanco y azulito celeste- de vez en cuando, una concesión a la frivolidad en algún polo color granate, y por lo demás...Nada que mereciese un segundo visazo.
Una inspección a las cosas de Fisac y a su habitación (la única individual) le llevó a pensar que lo que valía para la ropa de los enanitos, era válido también para la decoración de la alcoba de Blancanieves, tan impersonal como la de todos los pisos de alquiler. Un clergyman impoluto sobre la cama y la fotografía de un papa muerto recortada de un suplemento dominical, eran las únicas notas personales de aquel cuarto.
El detective intentó captar en la cama monacal y en los muebles desvencijados algo de la magia que sus discípulos veían en Fisac.
No lo consiguió.
Las miradas ansiosas de los siete enanitos le persiguieron, como un solo par de ojos, a lo largo de todo el pasillo de la vivienda, y le acompañaron hasta la puerta de la calle. Al llegar, sólo la voz de Alejandro, convertido tácitamente en portavoz del grupo, se atrevió a concretar lo que todos pensaban:
-¿Cree que le encontrará?
El detective se las arregló para dibujar en su cara una sonrisa que no le comprometiese a nada, se encogió de hombros, se despidió, y llamó al ascensor.


CUANDO LLEGÓ A CASA, IGNORÓ EL MENSAJE QUE LE AGUARDABA en el contestador (al fin y al cabo, se dijo, bastante tenía con coquetear con la Santa Madre Iglesia) y decidió sumergir toda su frustración en un baño caliente que le desatascase las ideas. Mientras disfrutaba la sensación de ser una isla rodeada de calientes aguas tropicales, le vino a la cabeza que la situación no dejaba de tener su gracia.
¿Qué hubieran pensado el inocente corderito y sus seis amigos, si les hubiera hecho un resumen de lo que tenían en común? También Zurano se había dado cuenta una vez de que era distinto. También supo que su vida estaría marcada por un destino diferente. Tuvo la tentación también de revelarle a sus padres un secreto que había guardado durante largo tiempo. Sólo que Alejandro, el inocente guerrillero de Cristo, luchaba por la (más que dudosa) salvación de este mundo y la felicidad prometida para el siguiente, mientras que él...
La sensación de incomodidad volvió al espacio mental de Zurano, y esta vez ni siquiera pudo calmarle el calor que le rodeaba. Se enfadó consigo mismo, como el idiota que se sorprende de haber caído dos veces en una trampa demasiado evidente. Luego, sumergió la cabeza en el agua caliente aromatizada y no la sacó hasta que intuyó un principio de asfixia.

viernes

Foto flickr.com; usuario: egaldu

QUISIERA ESTAR SOLO EN EL SUR
de Luis Cernuda

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.


Niños jugando en algún lugar de Asia. Fuente: 20 minutos
Modestia Aparte
13 de Abril.- he empezado este día especial yendo al Instituto Cervantes, sito en el corazón de Viena, para devolver unos cuantos libros que tenía prestados desde hace la intemerata. Los he cambiado por un par de flines o pinículas (Almodóvar y Buñuel) y por un libro de Vázquez-Montalbán, de los pocos a los que aún no he hincado el diente. Conforme estaba realizando las operaciones prestatarias, Rafa -el bibliotecario, una institución entre la colonia hispánica y latinoamericana- me ha informado de que el libro que doné a esa institución el año pasado (apenas un pequeño volumen con un cuento) ya estaba catalogado y a disposición de todos los usuarios internautas. Y aunque el libro es canijo, pues la verdad: me ha hecho ilusión y por eso lo digo.
El año pasado quedé finalista del XX Premio Max Aub de Relato Corto con el ídem "Un viaje a Itaca".
Como mi vida es un valle de lágrimas, no gané un sólo jEuro, pero sí una edición coqueta a cargo de esta institución que combina el prestigio intelectual con un exquisito trato personal y una cabeza de bronce del famoso Max Aub, apta para todo tipo de labores de contrapeso.
Doné uno de estos libritos (así como uno de los del ganador del certámen) a la Biblioteca del Instituto Cervantes, porque me apetecía pagar, de alguna manera, los gratísimos momentos que sus fondos me habían dado en algunas horas bajas en esta ciudad.
No creo que cometa ninguna infracción publicando el relato por partes en este blog. El premio me hizo el doble de ilusión porque son los propios ciudadanos de Segorbe (ciudad cultísima) los que tienen la paciencia de leerse los 1200 cuentos que llegan un año con otro, y realizar la criba hasta dejarlos en diez. Todo el pueblo se vuelca con el concurso y es un placer para los escritores y para los lectores poder debatir tal o cual circunstancia de tu relato.
En fin, ahí va la primera parte de "Un viaje a Itaca".
Espero que os guste.

UN VIAJE A ITACA

SÓLO LOS MUCHOS AÑOS DE EXPERIENCIA evitaron que el detective demostrase el hondo placer que sintió al ver a su visitante.
Desde el principio, se dio cuenta de que se encontraba ante alguien excepcional. Y no sólo en el aspecto antropométrico (la belleza de su cliente resultaba de lo más obvia) sino por una extraña y delicada pureza, sin rastro de cursilería, que emanaba del joven sentado frente a él.
En otras circunstancias, Daniel Zurano hubiera iniciado el abordaje sin pensárselo dos veces, pero en esta ocasión su instinto le dijo que sus esfuerzos no iban a contar con una acogida propicia. Así pues, se dispuso a escuchar al llamado Alejandro con toda la pureza de intenciones que fue capaz de reunir. Una vez que este hubo expuesto la razón de su visita (la desaparición de una persona de su entorno) el joven se quedó callado, como dudando seriamente si levantarse y marcharse. El detective aprovechó su mutismo para seguir disfrutando de la belleza de las vistas, lo cual, a pesar de que fue hecho de manera muy discreta, hizo enrojecer al joven. Aún así, mantuvo el aplomo demostrando un dominio de sí mismo que sólo le hizo ganar puntos ante el detective.
Por fin, decidió Zurano intervenir para provocar la continuación del relato de su visitante:
-Me ayudaría mucho si me contase con cierto detalle la relación que le une al señor Fisac.
-José Fisac es mi padre...Mi padre espiritual.
El detective encajó su asombro enarcando las cejas visiblemente. El joven continuó como si no se hubiese dado cuenta:
-Conocí al padre Fisac en la universidad. En el año noventa y nueve. Coincidimos en un curso de Historia del Pensamiento Económico. Desde muy joven yo creí...Que tenía vocación religiosa. Por aquella época casi estaba decidido a comunicárselo a mis padres . Le pedí al padre Fisac su opinión de sacerdote. Le conté que me atormentaba la idea de disgustar a mi padre y que temía que mi vocación no fuese suficientemente sólida. Fisac me sugirió que me tomase tiempo pero, mientras tanto, me descubrió alternativas al sacerdocio que yo antes no había sospechado siquiera. Me enseñó que los cristianos de base podemos hacer cosas para cambiar el mundo con...Con nuestro ejemplo, ¿Me entiende usted?
Zurano estaba pensando en una abuela que, no contenta con toda su prole, decidía aumentar la tasa de natalidad, pero el entusiasmo del joven –tan sincero y tan antiguo al mismo tiempo- le impulsó a contestar con tacto:
-Confieso que todo esto me resulta un poco ajeno, pero creo que sí, que le sigo bastante.
El joven, al parecer reconfortado, continuó:
-Conocer a Fisac fue una experiencia que apenas puedo describir con palabras. Porque él ya había formado un grupo. Un pequeño grupo de gente como yo. Sin tardar mucho, formamos una asociación en la universidad –el detective no se atrevió ni a preguntar el nombre- nos dieron un pequeño cuarto, en un sótano. Nos reuníamos allí para rezar, para hablar. Estábamos convencidos de estar participando en algo que, si Dios quería, podía ser la semilla de un fenómeno que cambiase el mundo. Cuando había algún problema, rezábamos e, inmediatamente, sentíamos la presencia de Dios.
-Qué suerte –murmuró Zurano, pero el joven pareció no oírle.
-Cuando terminamos nuestros estudios nos planteamos formar una comunidad de vida perfecta bajo la dirección del Padre Fisac y, con el permiso eclesiástico, hicimos voto de obediencia, pobreza y castidad. Entregábamos todo lo que ganábamos a la comunidad...
-O sea, al padre Fisac.
-Sí, claro. Es que él administraba nuestros bienes y los repartía según nuestras necesidades.
-Ya veo.
-No piense usted mal. Después de su desaparición la caja estaba intacta. Todos tenemos llave. Podíamos comprobarlo en cualquier momento.
-Perdón por haber dudado, pero dadas las circunstancias...
El joven, muy serio, sólo dijo:
-El padre nunca...No hubiera sido capaz.

jueves

Caballé y la dueña del hotel Sacher haciéndole los honores a una idem Torte. Fuente: Diario El País

Dulce aniversario

12 de Abril.- Estas dos señoras -una superconocida para los españoles y otra no tanto- están celebrando el 175 aniversario de una de las tartas más famosas de Viena -y, además, de las más empalagosas, en mi opinión-; ningún turista puede irse de esta ciudad sin probar la Sacher Torte. La original (y carísima) se sirve en el hotel Sacher -situado frente a la ópera de Viena y que ha tenido huéspedes tan ilustres como Nijinsky, que vivió en él durante algunos años, hasta después de la segunda guerra mundial- pero como la receta es sencilla, otros establecimientos menos glamurosos se han apresurado a copiarla.
Consiste el tema, básicamente, en varias capas de bizcocho de chocolate separadas por generosas capas de mermelada de albaricoque. Los aborígenes, asimismo, la toman con schlagobers -o sea, nata- para poder pasarla mejor. Porque el conjunto, el sueño de cualquier goloso, resulta un pelín seco, las cosas como son.
La señora que posa junto a Caballé es la dueña, como queda dicho, del hotel Sacher pero, se da la circunstancia de que, a pesar de haber encarnado en sí misma las esencias de este pais (hotel y organización del Baile Anual de la Ópera hasta este año) no es austriaca, sino que es amerikanerin. Cosa que a los ciudadanos de este país les trae al pairo, por cierto. Parecen decir (qué más dará que sea de donde sea mientras lo haga bien o, mejor, que sea de donde quiera, pero que no sea una piefke -o Kraut, o alemana-).
Parece ser una mujer cuya elegancia evoca el glamuroso mundo del edificio ABC de Serrano, poblado de señoras llenas de perlas y caballeros con blazer azul marino de botones dorados. En cualquier caso, y eso siempre es importante: una mujer muy inteligente.

miércoles





Si ves a la tuna pasar...
11 de Abril.- ...Huye. En fin...Por increible que parezca, estos señores vestidos de jubón han amenizado la vida viení cantando en la plaza de la catedral (con voz no muy mala) los grandes éxitos de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) de "Clavelitos" para arriba. La chica de la gorra, que se ha prestado a servirles de musa, se llamaba Miriam (hacían rípios con su nombre). No se sabe si era nacional o de importación, pero yo me inclino por la segunda hipótesis, porque cuando ha visto que cinco tíos como cinco castillos se ponían a cantar canciones que contenían su nombre, ha puesto cara de que quería que se la tragase la tierra.
Y después de esto...!Aú-pa veterinaria!

martes

Foto flickr.com; usuario: nasten´ka
CANCION DE ANIVERSARIO
de Jaime Gil de Biedma
Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad —no demasiado hermosa—
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común—, estoy seguro
que no puede hacer daño.

Wall Drawings de Sol LeWitt; foto: 20 minutos


Retrato de Supermujer con Superlujo al fondo


10 de Abril.- En Austria, como en algunas partes de España, el lunes de pascua es festivo. Aprovechamos la ocasión, C. y yo, para acudir a la invitación de nuestra amiga S.
Vive en una casa algo alejada del centro, en un barrio tranquilo que, a las dos y media de la tarde, se despereza lentamente después de la comida, y parece habitado solamente por chavales que juegan desganadamente a la pelota y ancianas que avanzan como tortuguillas por las tiras de cemento que rodean cuadrados de lujuriante cesped verde.
Nos recibe S. en su casa luminosa situada en un bloque nuevo de viviendas, con la decoración hermosa, fragante y correcta que resulta de combinar los muebles del IKEA con las ideas de una persona sensible a la que, me da la sensación, le cuesta creer en su sensibilidad.
Al verla en la puerta, los ojos grandes, la amplia sonrisa, me viene a la mente el piso en el que la conocí, en Längenfeldgasse. Un piso que compartía con una china huraña (y de lo más cochina) y con una iraní de corazón de oro. Aquella cocina en la que ninguna silla era compañera de las otras, y en la que el frigorífico estaba pintado con manchas blancas y negras, como de vaca, para hacerlo todo más acogedor.
Siguiendo la costumbre que ya hemos adoptado, C. y yo, al pasar al piso, nos quitamos los zapatos. Por las ventanas abiertas entra el frufrú de un olmo grande que hay en el patio, y las risas de unos vecinos jóvenes que se toman unas cervezas soleadas dos terrazas más allá.
Alabo su casa y entonces, S. se pone seria para decirme:
-Paco, es que ahora vivo en el superlujo. Es que a veces, no me lo creo.
Me lo dice como si se sintiera culpable de vivir en una casa bonita, con un novio que la quiere y un trabajo que, aunque la hace madrugar a horas inhumanas, le gusta.
S. se desvive por atendernos bien, y nos ofrece de todo lo que tiene en la despensa. Se disculpa por no comer:
-Yo es que estoy a dieta.
C. y yo, le decimos que no tiene por qué, que coma, que se está quedando en los huesos. Y entonces ella se queja de su barriga y de sus piernas (perfectas, por otra parte) y nos comenta que, aprovechando que ha estado en Croacia con sus suegros haciendo una semana de meditación, se ha comprado un libro para moldear estas partes de su cuerpo que la tienen insatisfecha.
Picamos algo en la terraza y bebemos un chupito de licor de Hollunder.
-Paco, ¿Qué es el cardiotraining?
-Pues son todos los deportes que ponen a funcionar el corazón. Correr y nadar, básicamente.
-Es que en el libro este que me he comprado, si te quieres hacer un plan, ¿Sabes? Pues pone tal día esto y lo otro y, al día siguiente, cardiotraining.
Mientras picoteamos queso con mozarella y tomates cherry –todo sabrosamente regado de ese nectar de los dioses que es el buen aceite de oliva-, S. nos cuenta de su curso intensivo de meditación, de sus preguntas a la maestra del curso. Sus ojos azules y grandes tratan de devorar nuestros comentarios, quizá queriendo encontrar una respuesta a todas sus preguntas. Un poco desalentada, nos comenta que la maestra del curso le ha contado que en alcanzar lo que ella busca –la paz: lo que todos buscamos- se tarda toda la vida. Que es un proceso constante de aprendizaje.

Según ella la describe, puedo ver la imagen de una profesora de técnicas de meditación y respiración un tanto desorientada y una mujer de ojos azules y mirada vivaz pidiéndole respuestas. Puedo ver lo mal que la mujer de ojos azules acepta la negativa de la otra, las informaciones difusas. S. está deseando ponerse a aprender, y la profesora le habla de pájaros y flores.
Delante de una taza de café y de unos bombones Mercy la conversación se vuelve más fructífera y profunda. Hablamos de la necesidad de quererse a uno mismo con ese extraño equilibrio que supone el tenerse un afecto crítico. Hablamos de la necesidad de saber defenderse de los comentarios de los que nos acompañan en el viaje. Hablamos de la necesidad de simplificar, de examinar nuestros propios actos y los de los demás tratando de darles el peso y la importancia justa.
En un momento dado, llega M., el novio ausente, acompañado por su hermano, la conversación vuelve al alemán primigenio y a temas sujetos a la tierra.
En el alféizar de la ventana, cautiva en su mundo transparente, una planta de acuario se mueve dulcemente jugando con el sol.

lunes

Es una exclusiva de Viena Directo

9 de Abril.- La mujer de la foto que encabeza este post se llamó Imperio Argentina (Magdalena Nile del Río, era su nombre auténtico) y durante la preguerra civil fue la mayor estrella cinematográfica española. Había nacido en Argentina en algún punto impreciso de la primera década del siglo XX, hija de padre inglés y madre malagueña. Dio sus primeros pasos en el mundo del espectáculo de la mano de Pastora Imperio (que ni tiene ni quiere edad) que la bautizó como petite Imperio. Jacinto Benavente, posteriormente, le cambió el nombre por el de Imperio Argentina, como homenaje a dos de las mayores bailaoras de su tiempo: la gran Pastora Imperio, ya mencionada, y la Argentinita, que fue gran amiga y admiradora de García Lorca. El momento de su biografía que más nos interesa es el año 1938. Después de Morena Clara, película que pudo verse en los dos bandos que guerreaban en aquel momento, los estudios UFA de Berlín la reclaman a ella y a su descubridor para que hagan tres películas en Alemania, de las que sólo se llegaron a completar dos. Estas películas se llamaron Carmen la de Triana y La Canción de Aixa y, de la primera, una auténtica superproducción de los estudios