Asimismo, también honraron a Viena con su asistencia los Scissors Sisters y los diseñadores (por llamarles algo) Richie Rich y Traver Rains, que se encargaron de poner el color que cualquier acto Orgulloso –y este lo era- exige. Ellos fueron los primeros que pusieron la nota surreal en una retransmisión que resultó bastante surreal la mayor parte del tiempo. Alfons Haider, icono del gay vienés obligado a salir del armario a torta límpia, les entrevistó en su papel de maestro de baile –cumple el pobre con todos los eventos, y le da igual que le echen a Paris Hilton o a estos dos-; pues bien, los pavos estos, el Richie Rich y el otro, se presentaron al Photocall más pasados de pastis que Chimo Bayo después de haber atracado una farmacia, y empezaron a contestar a las preguntas de Haider, pretendidamente serias, de la manera más imbécil que se les ocurrió.

Asistente al baile vistiendo uno de los diseños de Richie Rich ¿Qué decir? Fresco, desenfadado...
Ayudando en la tarea de pastorear a semejante tribu de ansiosos de objetivo, estaba una barbie –me aseguran que alemana- que atiende por Miriam Weichselbraum. La fulanita en cuestión es del tipo de las tíatíatía tengo un pavo que quitamelo, tía. Le tocó entrevistar a la ganadora o ganatriz de la última Operación Triunfo (recuérdese, la Rosa de Austria, la niña aquella a la que le llevaron una logopeda cruel al programa, porque no había un dios que la entendiera). Pues entre las dos, afirmo, hicieron una de las entrevistas más tontas –de contenido y de forma- de la historia de la tele. Que fue casi casi casi superada por una entrevista que la Weichselbraum le hizo acto seguido a una actriz porno invitada para la ocasión –lo de "acto seguido" no iba con segundas esta vez - o el bueno de Alfons Haider a una fulana esquelética que decía ser supermodelo.
Pero en esto, señoras y señores, llegó ella. Weichselbraum estaba entrevistando a una fulana (sin ánimo de ofender) acompañada de un forzudo de sonrisa profidén. El coche de Dagmar Koller se paró detrás de ellos, ella bajó del coche, vestida de lentejuelas y con zapatos negros de tacón (es difícil encontrar un calzado cómodo que pegue con los trajes de lentejuelas). Vio a la barbie con el micro en la mano y dudó, se acercó al micro, pero la barbie parecía no haber notado su presencia. Koller miró a la cámara con su mejor sonrisa de jovencita burbujeante, dio dos pasos atrás, y uno adelante, como dándole tiempo a la rubia, pero Weichselbraum que nones. Y Koller ¿Me voy o no me voy? Soy Dagmar Koller, la Ikone, la Legende. Vamos, que juro por mi prótesis de cadera que yo no me voy aquí sin que esta advenediza me entreviste. Pero la barbie pasaba de ella, interesadísima como estaba, en los pectorales de su entrevistado. Y Dagmar que se cansa y se va a buscar al director de la ORF (sin perder la sonrisa, eso no, que ella es una dama). Y diez minutos después, la entrevista Alfons Haider con el que coquetea como si en vez de ser casi una octogenaria y él el gay más gay de Viena, ella fuera Britney Spears (antes de meterse a los marines) y él un trasunto o clon de Justin Timberlake. Hasta que Haider, cubierta su cuotaparte de suplicio, la despide con un “Bis später, schatzchen” (o sea, “hasta más tarde, tesorito”) cuyo vitriolo está a punto de derretir los circuitos del micrófono.
Pero la cosa no acaba ahí, los presuntos diseñadores arriba mencionados, organizan un desfile, y Dagmar, cómo no, desfila. Pero mientras las starlettes, las famosillas, los campeones de natación (Marcus Rogan con un escueto vestuario) desfilan bisoños, intimidados por la numerosa concurrencia, Koller bota por la pasarela como una pastorcilla pasada de tripis, moviendo los volantes de su vestido de manera sincopada, porque ella es una ikone, una legende, y las ikones y las legendes, en cuanto tienen la oportunidad, demuestran la pasta de la que están hechas.
Aunque reconozco que tiene una patá en la boca, tengo que reconocer también que tengo debilidad por Dagmar Koller, por esa manera que tiene de aferrarse a la vida, por esa voluntad de hierro para no dejar escapar el último tranvía que sale cada día para alguien; por esa forma que tiene de sonreir artificialmente, para que no se le caiga la dentadura postiza. Tengo debilidad por Dagmar Koller como la tengo por todas las Blanche Dubois, por todas las personas que, cada día, se echan sus penas a la espalda y salen a la calle a darle a los demás lo mejor que tienen, para no naufragar, aún cuando tienen la constancia de que nadie se lo va a agradecer.
Ellos y ellas, juguetes rotos, son la sal de esta tierra.










































