En el cine existe la expresión “verdad a 24 fotogramas por segundo”, aunque, como la palabra no tiene esa cadencia, habría que decir que el blog de Serge es exactamente eso, pero por escrito. Es fresco, divertido, decente y con personalidad. Los textos trasudan una inmediatez que ya quisiera yo para los domingos. Aparecen personajes definidos de un plumazo y con una economía absolutamente sofisticada. Uno tiene el placer del voyeur porque se asoma a la vida de este hombre pero, al mismo tiempo, hay una pose ante la vida, el ingrediente último de cualquier escritor de raza: la mirada. Una mirada personal sobre el mundo que lo recrea. Una mirada que, en el caso de Serge, también es moral.
Leer a Serge supone para mí una lección. Las personas que escribimos desde hace años terminamos viciándonos. Yo mismo, a veces, tengo la sensación de que, entre la realidad y yo, se interpone un muro de palabras. A veces, caemos en la tentación de, como se dice en Andalucía, “gustarnos”; y “gustándonos” perdemos el contacto con el suelo, amamos la fórmula, lo convencional. Perdemos la urgencia de contar para sucumbir a la urgencia de recrearnos. Y haciéndolo, perdemos de vista lo que tiene que ser la literatura sobre todas las cosas: comunicación, calor. Lector.
Cuando un escritor escribe para sí mismo y no para los que le leen, malo. En cualquier escritor debe de estar el espíritu del primitivo contador de cuentos que hacía las noches más cortas contando historias junto al fuego.





















