Viajeros en el metro de París (foto del autor)
Francia: zona cero
Mas cuando tanto atractivo/a tu placer contemplares,/guárdate bien, no te ciegues/y sin remedio te abrases.

29 de Septiembre.- Francia es un país que deja siempre sensaciones agridulces. Como si alguien atractivo y sonriente te diera un bombón y, al chuparlo, descubrieses que está relleno de cristales rotos.
La superficie oficial de Francia es inmaculada pero, cuando rascas un poco, descubres que quizá los franceses han inventado la Grandeur y el protocolo para huir de cierto fondo sangriento que les ha llevado a escabecharse los unos a los otros con cierta periodicidad.
Actualmente, Francia da la sensación de ser un país convulso. París, como espejo de todo el país, no acaba de recuperarse de los disturbios raciales de 2005 y en la calle hay miedo.
La ciudad que ilumina al mundo es una megápolis presa de sus contradicciones.
Por una parte, es el corazón cultural de Europa. La sacerdotisa guardiana de un culto que garantiza la supervivencia de la manera de entender la vida que nos ha hecho como somos. Por otro lado, París es un espacio humano que ha reventado cualquier costura. Una especie de inflorescencia gigantesca que ha empezado a implosionar con la victoria de Nicolas Sarkozy, un pequeño Napoleón que se propone hacer saltar por los aires toda la divina retórica de Mayo del 68. París es la probeta de experimentación de todas las actitudes posibles ante la inmigración, el rompeolas de todas las ideologías. La burguesía francesa, esa ancha clase media que come baguettes con mantequilla y jamón cocido y lee Le Monde, está noqueada por el retroceso de la pistola colonial y el fracaso de unos ideales que pregonaban que, debajo de los adoquines de De Gaulle había arena de playa. París es un espacio en el que conviven todos los tonos de piel. Junto a las chicas vestidas de actriz de cine de Chabrol, las gordas señoras centroafricanas que arrastran los pies cansados hasta sus puestos de la hostelería o la limpieza.
Francia es Audrey Tatou, esa chica cuyo acierto ha sido recuperar la imagen de la francesa pizpireta de falda de tubo, twin set y zapatitos de Minie Mouse. Pero esa chica ya no es la ingenua flapper de los años veinte, ni es la dinámica mujer de la posguerra mundial que empezaba a reconocer los límites de su libertad. Francia es hoy un país que tiene miedo de que los antiguos sojuzgados por el imperio colonial, que llenan las banlieus de París, vayan a estrangular a la blanca mayoría más o menos bienpensante. La clase media francesa vive encastillada en un enorme miedo a la piel oscura, a lo diferente.
Mi amiga I., que vive en París desde hace un año, en un cómodo barrio residencial de las afueras de la ciudad, me contaba que los franceses son enormemente circunspectos y que levantan ante ti instantaneamente un muro erizado con los cristales rotos de una cortesía exquisita. París es hermosa, pero no es una ciudad para vivir.
Fe de excesos

29 de Septiembre.- Ya estoy de vuelta. Sólo quería rectificar. Llevado sin duda por un exceso de frenesí purificador y una sobredosis de minué, escribí en mi penúltima entrada una tontería a propósito de la proverbial cortesía francesa y de la manera en que los gab...digo, los galos, tienen de referirse al que hoy les dirige. Efectivamente, como un lector anónimo me ha recordado sin ahondar en la herida (cosa que le agradezco) los franceses llaman a Nicolas Sarkozy por su apellido y estos ojitos aún le han visto llamar cosas peores durante mi estancia en Francia. Aún así, debo decir que también mis oidos han escuchado llamar de usted a niños que aún no se afeitaban (extremo absurdo de la cortesía) lo cual también habla de que al tradicional lema de liberté, egalité et fraternité, habría que añadirle el de formalité. Que la tienen esas criaturas de Francia por arrobas.
Pronto, más crónicas francesas.

París

24 de Septiembre.- Queridos lectores: me voy a París hasta el sábado, por lo que no es probable que escriba hasta el lunes que viene. Eso sí: cuando lo haga, prometo traer anécdotas apasionantes, fotos que levantarán la tapa del sentío y noticias de cómo es el mundo mundial en paguí la fgans.

No he podido encontrar el famoso hit "Ganz Paris träumt von der liebe" de Caterina Valente, pero aquí dejo la versión original "I love Paris in the springtime" de Cole Porter, cantada por Doris Day. A disfrutar y hasta la vuelta.

Sed buenos.

Eligo
Cuando un nombre no nombra, y se vacía, /desvanece también, destruye, mata /la realidad que intenta su designio.


24 de Septiembre.- El sábado por la mañana, aprovechando ese momento tonto en el que la balleta asusta al polvo y la aspiradora devuelve la pulcritud a las alfombras, llamé a mi hermano para preguntarle cómo iban mi cuñada y mi sobrina. Después de contarme que la niña ponía gramos a buen ritmo y que era más buena que el pan, me explicó que estaba intentando bajarse un programa para convertir un archivo .pdf en uno .doc.
Quería hacer modificaciones en un texto que le había mandado la constructora de su casa. Por un cambio de la normativa sobre calderas, le tienen que hacer no sé qué arreglos y, como paso previo, tenía que dar su autorización mandándoles por fax, firmado, el documento en cuestión.
Siendo el papelito un modelo estándar le pregunté por qué quería hacer modificaciones, y entonces me explicó que había en el documento una falta de ortografía de esas que hacen que necesites ponerte una pastilla de nitroglicerina debajo de la lengua. Se trataba de un Eligo que se había colado en una frase como esta: “Eligo esta opción”. El muy ágrafo del que había escrito el documento había pensado que Eligo, así escrito, se prounciaba Elijo y, por lo tanto, era la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo elegir. Todo podría haberse quedado ahí, pero es que el tipo había escrito Eligo varias veces (tantas como lo consideró conveniente para sus fines) lo cual demostraba que no se había tratado de un triste desliz digital de esos a los que todos estamos expuestos, sino que había sido, pura y simplemente, un acto de bestialidad.
Mi hermano y yo nos reíamos (por no llorar) al pensar en ese hombre que había escrito el documento usando, seguro, un procesador de textos de los que chivatean las faltas y, al ver la línea roja (¿O roga?) debajo de Eligo, había pensado:
-Este Bill Gates ¡A mí querrá enseñarme a escribir en español! - Y había elegido (¿O eleguido?) la opción “Rechazar todos” y había mandado el documento como le había salido de la entrepierna.
Tras esto, mi hermano y yo “miramos los muros de la patria nuestra” en lo que a esta cuestión se refiere, y nos dieron ganas de llorar.
Y hasta que mi hermano me dijo “Te dego” estuvimos recordando aquellos tiempos en los que Don Luis –un maestro nuestro cuyo recuerdo guardamos como oro en paño- nos ponía la cara colorada por un quítame allá esas pajas ortográficas.
Y salió, por supuesto, el tema de los cuatro suspensos con los que los chavales de ahora –mastuerzos en potencia que, si nadie lo remedia, serán mastuerzos en acto- podrán pasar de curso. Y nos preguntamos qué pasará con el país cuando el frenesí ladrillero se acabe y nuestros gobernantes se vean en la necesidad de “eleguir” un nuevo sector que le alegre las pajarillas al PIB ¿Cual nos hará entonces ser más “competitibos”? No quiero ni pensarlo.
Una de las cosas que he aprendido en Austria es que las reglas son necesarias. Las primeras, las de la educación y las de la urbanidad. Escribir bien, o intentarlo por lo menos, entra también en el paquete.
Ciertos hábitos civiles hacen que nuestras relaciones con los demás se vuelvan mucho más agradables. Pero es que, además, manifiestan una actitud determinada y aclaran el concepto que los otros nos merecen, así como el que queremos merecer a los otros. En Austria, por ejemplo, alguien que le apea a un desconocido el “Usted” (Sie, Ihnen) o que no dice “Gracias” ni “Por favor”, inmediatamente se denuncia a sí mismo como un gañán. Nadie trataría aquí a un camarero de tú (salvo, por supuesto, que lo conozca de toda la vida). Primero, porque el camarero se molestaría y, segundo, porque rompería ese marco que el usted define de respeto por el trabajo ajeno. Y, en Austria, si hay algo sagrado, es el trabajo de los otros.
En España el usted se bate en retirada y, quien lo usa todavía, queda encuadrado instantaneamente en ese estrato rancio ajeno a los vaivenes de la planta de Moda Joven de El Corte Inglés. Es la tontería esa de “Ay, de usted no; trátame de tú que me haces mayor”.
Otro ejemplo: en Francia ningún periódico hablaría del presidente del gobierno como “Sarkozy” y, por supuesto, ninguno mencionaría su nombre de pila ni sus iniciales. Tampoco hablaría de “Segoléne”, ni por descontado, diría esa horterada de “Sarko” que convierte al político francés en un mafioso albanés de película de Chuck Norris (lo cual, quizá, no esté muy lejos de ser en realidad, pero eso es otra cosa).
Entre nuestros vecinos, el presidente del gobierno es siempre M. Sarkozy (la M es de Monsieur, señor).
En cualquier información escrita se hablaría de que “El señor Sarzoky sostiene que el perímetro del territorio francés debería ser protegido con vallas electrificadas y alambre de espino” o se diría que “el señor Sarkozy volverá a establecer la semana de cuarenta y cinco horas y el trabajo infantil al objeto de hacer más competitiva la economía francesa”. Incluso cuando estas informaciones estuvieran en las páginas de periódicos a los que esa bestia parda les cae antipática.
Por supuesto, un periodista que en Francia, o en Austria, escribiese una palabra mal acentuada (y en francés es muchísimo más fácil deslizarse por el lado salvaje de la vida que en español) o con una falta de ortografía, sería despedido fulminantemente o, con suerte, se le pondría a redactar la sección de horóscopos, que es lo que se le da siempre al más tonto del periódico. Exactamente igual que uno despediría a un fontanero que no supiera arreglar un grifo. Si el idioma es tu herramienta de trabajo lo mínimo que se te pide es que domines suficientemente el material que te llena el plato de lentejas.
Y si no, pues nada: a “eleguir” otra profesión. Que las hay a cientos.
Minutos musicales

Mas no todo ha de ser ruina y vacío/no todo desescombro y deshielo/encima de este hombro llevo el cielo/ y encima de este otro, un ancho río de entusiasmo
21 de Septiembre.- Como no todo van a ser profundidades y denuncias y cosas, aquí van algunos fragmentos del programa que la ORF echó el sábado pasado por la nuit, para alegría y disfrute de los muchos seguidores de la Volksmusik.
Que levante la mano quien después de ver estos tutubos sea capaz de afirmar que la música austríaca no es una divinidá, o que las bailarinas no son delicadas y femeninas o que los presentadores (Florian Silberreisen entrevista a Engelbert Humperdink, un cantante al que Bertín Ousborn imita como los propios ángeles) no van vestidos como para que las admiradoras fallezcan de súbitas crisis cardíacas.


O que las hermanas Hoffmann no merecen figurar para la historia, por derecho (como la Jurado), como ejemplos de dulzura y gracia femenina. Helas:



¿A qué espera Jose Luis Moreno para convertir a Semino Rossi en la próxima estrella en el firmamento catódico? ¿Dónde están Monchito, Macario y Rockefeller? Ya sé que, con material como este, no costará pero, por favor, hay que aguantar hasta la versión que Semino hace de Candle in the wind. Es im-pa-ga-ble. De verdad.

Taza de café (fuente: web de Eduscho)

El mundo de costumbre
Mas no podrá mi lengua /sus males referir, ni comprehendellos, /ni sin quedar sin mengua/ la mayor parte dellos, /aunque se vuelven lenguas mis cabellos.

21 de Septiembre.- A los vieneses les encanta el café. Como todo el mundo sabe, tienen multitud de variantes, a cual más sabrosa. En Austria, el café es una religión. En primer lugar, desde la presentación. Cuando uno pide un café en Austria –por lo menos en Viena- le ofrecen siempre una bandejita oval con la taza (limpísima), un vasito con agua fría para que se enjuague la boca, y una servilleta para que se enjugue los morretes. En Austria, tirarían el café a la cara del camarero si este, por ejemplo, le ofreciese a sus clientes una taza como la tradicional en los bares de España. Esa mediana con el churretón de café espeso cayendo por un lateral y, en casos extremos, inundando el platillo.
No hay que ser muy listo para suponer que los austríacos odian la cadena Starbucks. Porque les parece (y con razón) una estafa. Porque para cutrez (natural, no esa cutrez de decorador que lucen los americanos) ya tienen ellos una pila de sillas cojas en el café Havelka. Y para café, café, lo que se dice café...En fin.
Porque lo que venden en Starbucks, lectores que me leeis y sabéis que yo antes muerto que mentir, es aguachirri. Un liquidurrio flojucho que, por no poner, no pone ni nervioso.
Fruto de este amor por el café, tienen mucho éxito aquí dos cadenas pertenecientes a la misma empresa que son Tchibo y Eduscho. Dichos establecimientos combinan el placer de tomarse un buen café, con el de hacer unas comprillas.
Y es que en Austria, josmíos, son pijos hasta para poner tiendas de veinte duros. Porque Tchibo y Eduscho es lo que son, al fin y al cabo. Una vez a la semana, el surtido de Tchibo y de Eduscho cambia (de ahí su eslogan que viene a ser “un nuevo mundo cada semana”). Tienen una marca blanca que se llama TCM bajo la cual fabrican desde estupendos albornoces de rizo, hasta una ropa deportiva duradera y práctica.
Tiro de Wikipedia para averiguar que Tchibo nació en Hamburgo,en 1949, fruto de la inventiva de dos señores que atendían por Max Herz y Carl Tchilling-Hiryan. Formaron el nombre de la empresa uniendo las cuatro letras del apellido de Carl –suponemos que el socio capitalista- y las dos primeras de la palabra bohnen (así se llaman en alemán los granos del café). Su idea original era vender café por correo. Pero claro, antes de comprarlo, el cliente querría probarlo. Y así nacieron las cafeterías Tchibo (en Hamburgo, en 1955, nació la primera filial). Durante los setenta se produjo la expansión internacional de la empresa, y leo con sorpresa que hoy pertenecen al Holding Tchibo cosas que tienen tan poco que ver con la idea original como una marca de cigarros e, incluso, un banco, en colaboración con el cual Tchibo está metido en el negocio crediticio.
Eduscho fue fundada en 1924 en Bremen, por el señor Eduard Schopf y refundada poco después de la segunda guerra mundial. A partir de 1969 se instaló en Austria para gran contento de sus nacionales. Durante los ochenta y los noventa, Eduscho colaboró con diferentes panaderías pequeñas y, según la wikipedia que todo lo sabe, consiguió que se creara para su marca un espacio propio, siendo los pioneros de un concepto (primera noticia) que se llama shop-in-shop (la tienda dentro de la tienda). Pero la cosa no debió de ir tan bien, porque en 1997 la empresa Eduscho fue fagocitada, como queda dicho ya, por la marca Tchibo. Y ahora son un águila bicéfala (muy austríaco, como puede verse, aunque el origen de la cosa sea alemán).
Recién llegado yo aquí, hubo un gran escándalo relacionado con estas dos empresas y es que la ORF, en su afán desfacedor de entuertos, emitió un reportaje en el que se mostraba a niños de corta edad y obviamente en condiciones muy precarias de vida, fabricando los productos que los orondos consumidores del primer mundo compraban cada semana a troche y moche. Creo recordar que la fábrica infernal estaba en Bangladesh, que es uno de los países más pobres de la Tierra.
Como siempre sucede en estos casos, salieron a la palestra los seriecísimos representantes de las marcas en la picota para explicar que ellos no tenían ni idea de que se estuviera utilizando mano de obra infantil para esos menesteres. También acudieron a ese argumento tan cínico de que, en cualquier caso, ellos cumplían con las condiciones laborales vigentes en el país (no te jiba, de ahí los precios de risa) y que, en cualquier caso, ellos funcionaban siempre utilizando capataces de esclavos (digo, empresas, qué tonto estoy) subcontratadas. Aunque, por fortuna, cuando la opinión pública se les echó encima, decidieron que iban a aplicar unos estándares más duros y tratar a los obreros con estándares occidentales (por lo menos en lo referente a la edad).
Con lo cual quedó demostrado que lo de “Un nuevo mundo todas las semanas” no era verdad. En realidad era el mismo mundo de siempre. Todos los días.
Asesinato de Kennedy (Richard Avedon)

Mi lengua va por do el dolor la guía; /ya yo con mi dolor sin guía camino;/ entrambos hemos de ir, con puro tino;/ cada uno a parar do no querría;


El ex-campeón de Fórmula 1 Niki Lauda

!Schwächling! (Ay, lo que le ha llamaoooo...)

Rumor de voces siento,/y al aire miro deslumbrar espadas

20 de Septiembre.- Niki Lauda es un personaje querido en Austria. Una especie de versión mejorada de esos campeones de esquí que, una vez terminada su carrera deportiva, hacen carrera en el mundo del espectáculo (Hansi Mittelseer, o Armin Asinger).
Después de retirarse de los circuitos, el bueno de Lauda se ha dedicado a sus negocios y, a base de invertir el capitalito que tenía ahorrado en eso de los coches, ha montado una exitosa línea aérea de bajo coste que publicita insistentemente, cual madre de folklórica, a base de llevar unas gorras rojas con el logo de la compañía así esté en la Oktoberfest –que, curiosamente, se organiza en septiembre- o en una recepción de embajada.
Lo traigo aquí porque el bueno de Niki, el de flyniki –la compañía de la mosca voladora que lleva germanos a Mallorca y los trae de vuelta convenientemente cocidos-, se ha metido con Fernando Alonso, que es, simplemente, un ser.
Así, sin paliativos.
Y le ha llamado Schwächling (podríamos traducirlo por blandorro) y Sauhund (combinación de sau –cerdo, gorrino, cochino americano- y hund-perro-, que los periódicos hispanos han traducido muy libremente como “bastardo”).
Tengo que aclarar que lo ignoro todo de la vida de Fernando Alonso (a muchísima honra y de manera completamente intencionada), que sus carreras me traen al mismísimo fresco, y su vida personal y la de sus millones me la refanfinfla mucho.
Pero, a pesar de esta ignorancia mía y quizá, lo reconozco, de modo algo contradictorio, no le puedo soportar. Como no podía soportar a Arantxa Sánchez Vicario, me ponía enfermo Emilio Butragueño nada más abría la boca (cuando la abría), y sentía arcadas cada vez que la lenguaza pastosa de un locutor deportivo decía “Nuestra Conchita”. O se dedicaba a ponderar cómo sentía los colores nacionales cualquier nadadorucho de madre estadounidense que apenas chapurreaba el idioma del país por el que decía –en spanglish- dejarse la epidermis.
El Universo Periodismo Deportivo, quizá por alguna insuficiencia genética que padezco y que no está aún explorada por la ciencia, me enferma. Y ya entro en catatonia cuando escucho a los periodistas del ramo hablar de “Luis” cuando se refieren al seleccionador nacional de fútbol o anteponer al nombre de cualquier jornalero de la bicicleta un adjetivo posesivo o, peor aún, un aumentativo (caso de Miguel Indurain: ese señor que, sin quitarle valor a su enorme fuerza de voluntad, tenía una expresión estólida y el único mérito conocido de tener el corazón como una vaca ). Escucho aquello de “El futbol es así” y me salen ronchas, que pueden ascender a auténticas llagas purulentas cuando esta frase socorrida va acompañada de las combinaciones alfabéticas “Míster” o de la expresión “Hemos salido a ganar”.
Durante una corta temporada de mi vida, y para favorecer la convivencia con un compañero de trabajo especialmente aficionado a las glorias deportivas que campean por España, me vi obligado a escuchar todos los días un programa deportivo de radio que duraba la friolera de tres horas (en días de diario).
Mientras mi compañero se cortaba las uñas (de los pies) al arruyo de locutores con “ejqueismo” crónico, yo le planteaba la siguiente reflexión:
-Pero vamos a ver. Si alguien cambiara la cinta del programa de hoy, por la de hace una semana o el de hace un año, ¿Tú crees que alguien se daría cuenta?
Y él, suspendiendo en el aire la acción de su cortauñas, me miraba con expresión reconcentrada desde detrás de las gafas de cristales de ojo de pez como si de pronto mi piel se hubiera teñido de verde y me hubieran salido antenas.
El deporte visto (contra el practicado no tengo nada, lógicamente, porque soy un corredor habitual) me sugiere un páramo lleno de atentados contra la gramática y el sentido cómun. Qué le voy a hacer.
A pesar de eso, he trabajado con mucho agrado en una empresa cuya actividad principal eran las apuestas deportivas. Disfruté muchísimo creando eslóganes y textos publicitarios relativos a los más variados acontecimientos deportivos en compañía de mi amigo Perequé. Con lo que no pude, eso sí, fue con el esquí. Y es que, a cada país, su deporte. Los austríacos son auténticos locos del esquí en sus diferentes modalidades. Ya sea saltos (ese deporte sólo apto para días de año nuevo) o el esquí alpino con sus vueltas y sus revueltas y sus banderitas. Para un español resulta un espectáculo de lo más abracadabrante verles, las caras apiñaditas delante del televisor, animando a sus esquiadores favoritos con la misma pasión que, por el sur, se dedica a Ronaldinho (ese hombre que es el vivo retrato de María Jiménez).
Misterios del alma humana que nunca penetraré.
Triunfando en Austria con VD (y 2)

Al hilo de la pasarela Cibeles y retomando el hilo en donde lo habíamos dejado...¿Dónde era? !Ah! Las americanas:
-Hablando de ellas: en tu fondo de armario austríaco te sugerimos que figure por lo menos una. Si puede ser gris marengo mejor (porque va con todo); pero si dispones de una de raya diplomática y, si puede ser, un poquito entallada (cuidado de no pasarte en esto para no dar pie a cábalas sobre tu orientación sexual), estarás a la última moda austríaca en el vestir masculino y no te ganarán en elegancia ni Emidio Tucci ni Ramón García con su capa. La gris marengo constituye el complemento ideal para lo que Martirio llamaba ir “arreglao pero informal”. El kit ApI se completa con unos vaqueros –a ser posible, en varones de menos de cuarenta años, de cadera un poco baja y un tanto acampanados por el sur- camisa blanco nuclear de cuello generoso (la camisa puede ser de rayas, siempre verticales) y zapatos oscuros. El vaquero que sea de marca y la camisa buenecita. Así vestido, irás perfectamente camuflado de austríaco total y serás la alegría de tu suegra en todas las nochebuenas.
Qué coqueto voy de caza con mi sakko, mi Hemd y mis pantalones de cuero. Anda que no fardo nada de los pequeños detalles que hacen que mi vestuario sea lo más de lo más. Nada me falta: botones de hueso, escopeto, mano en el bolsillete...Un figurín.
-Por último, si tienes arrestos o perteneces a esa raza montaraz de personas que se camuflan con el entorno a cualquier precio, no deberás hacerle ascos al traje típico. Y deberás adquirir al precio más razonable que puedas un trachten sakko, o chaqueta oficial homologada de viejo austríaco. Yo lo he hecho. Resulta ideal combinada con vaqueros, a la par que ligera y adaptada a las condiciones climatológicas del otoño centroeuropeo. El fieltro corta el aire y abriga. Si eres una persona amante de la naturaleza y no estás dispuesto a que un ciervo done su hueso para hacerte los botones del sakko, puedes adquirirlas con bonitos botones de baquelita, que dan el pego total sin necesidad de sacrificar a ningún bambi. También queda bien con corbata, como una americana normal.
En casos extremos de audacia indumentaria, también puedes comprarte unos estupendos lederhosen (ver ilustración).

Acompañados por sus correspondientes medias hasta las corvas y su camisa de florecitas (acianos o edelweiss) te servirán para cualquier ocasión de mucho vestir, a la par que pondrás color local. Por ejemplo, ayer por la tarde, un señor de Graz concursó en “¿Quiere ser millonario?” vestido de esa guisa. Un consejo en bien de tu salud mental: no intentes pensar en qué pasaría si alguien fuera a “¿Sabes más que un niño de primaria?” vestido de corto como Ortega Cano cuando se casó con LMG (La Mah Grandeh), o de baturro en fiestas de la Pilarica. Para lo del traje típico España y Austria son mundos distintos.

Nada como unos lederhosen para segar los campos por el día y acudir a una heuriger a departir con las mozas a la caida de la nuit

Desde Salzburgo hasta Baden, vengo por toda la orilla, con la media remangada luciendo la pantorrilla.


Joven en graciosa actitud de abrir el picaporte de la puerta de su casa de campo, ataviado con una chaqueta homologada de viejo austríaco y unos pantalones largos de cuerete para luchar contra las inclemencias del invienno.

PS: Todas estas notas sufren muchas variaciones si perteneces a una minoría étnica o eres parte de esa loca juventud que frecuenta la noche y se labra a brazo partido un futuro en la academia, la panadería ANKER o, directamente, en el agro ;en el caso de los jóvenes en edad de buscarse un porvenir sexual, resultan imperativos:

a)Peinado Yonatan de cresta mohicana
b) Camiseta negra con letras doradas marca “DE PUTA MADRE” (en español en el original) –esta marca existe, para chicas existe la variante “PUTA DE NOCHE”-; también valen todas las variedades top manta de Dolce y Gabanna, o cualquier cosa que pueda asustar a un posible atacante nocturno en un amenazante polígono industrial, como aquellas en las que esté escrito “MAFIA” o así .
c)Cinturón de hebilla MEGAULTRAHIPERgrande, si es de marca, mejor (el otro día, en el metro, vi la variedad total de este cinturón: juro por mis ancestros que esto es verdad: era un cinturón con letras electrónicas que iban pasando)
d) vaqueros de Armani Jeans –falsos también, qué caray, que hay mucho hambre en el mundo-.
e) Joyerío canalla al gusto –anillos, pendientes, piercings...-

PS2: Dicen las malas lenguas (y yo ni lo confirmo ni lo desmiento, como Terelu) que muchos austríacos sufren de incómodas rozaduras en las axilas debido a su costumbre ancestral de llevar los pantalones más subidos de lo que medicamente es aconsejable para mantener una tasa razonable de fertilidad.
PS2: Todas las fotos proceden de www.trachtenstore.com



Asistentes a la inauguración de una tienda de Don Gil, una de las boutiques más exclusivas de Viena

Triunfando en Austria con VD (Primera Parte)


18 de Septiembre.- Desocupado lector: sin duda, a lo largo de tu vida, te han surgido alguna vez estas preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué me pongo?
A las tres primeras, no podemos responderte. Sorry que te sorry. Pero, para la última (tan importante en esta realidad modelna) trataremos de darte algunos consejos.
Porque tenemos espíritu de servicio público, triunfa en Austria con Viena Directo.
Allá vamos:
A pesar de que los austríacos se visten básicamente como los hispanos de la Península Ibérica hay algunas notas que los diferencian.
Por ejemplo:

-Si alguna vez pensaste que antes muerto que combinar una prenda azul con una prenda marrón, si eres de esos tan atrasados como Mario Conde, que piensa que esos colores son tan inmiscibles como el naranja y el azul, olvidate y pega la vuelta. Porque esta combinación de colores es lo más chic entre lo chic en Austria. Inclusive, los austríacos autóctonos la conciben como el rien ne va plus del estilo aristocrático.

-Hablando de aristocracia. Si no quieres pasar por miembro del Tercer Estado (también conocido como plebe o, citando a mi cuñada, como calaña) deberás desterrar el chandal de tu guardarropa y mandarlo al ostracismo en el que descansan en paz los chinitos de la suerte y los calcetines blancos de tenis. Se hace deporte con la salada indumentaria de fibras tecnológicas comercializada al efecto y en los espacios acondicionados para ello. El chandal, y más en días de diario o asueto dominical, sólo es apropiado si quieres pasar por un golfo apandador proveniente de alguno de los países de la desmembrada Yugoslavia.
Especialmente contraindicados están aquellos de colores lisos con el logotipo de Nike estampado a medio muslo (y el que avisa no traiciona).

-Item más: en algún momento de tu vida te harán otra pregunta que a un Español de clase media se le antoja propia de una serie de la BBC que transcurra en una mansión campestre llena de mayordomos satisfechos. Dicha pregunta será:¿Tienes esmóking? No temas: una contestación afirmativa no te pondrá a la altura de Jaime de Marichalar, pero el esmóking es prenda obligada para los bailes invernales. Nadie puede decir que ha vivido en este país sin haberse echado unos valses y unos foxtrots en un parket suavemente encerado. Normalmente, la contestación de un español será negativa. Los nacionales te echarán una mirada que significará: pues ah, se siente. Lo alquilas, majo.

-Si el célebre refrán del estilismo rezaba que “menos es más”, para Austria debe adaptarse y ser sustituido por “A lo mejor con eso no llegas”. Nunca tengas miedo de ir demasiado vestido para las ocasiones según el estándar español, porque es probable que, en Austria, te quedes corto. Aunque vayas a la sala alternativa más cochambrosa y te vayas a sentar en un taburete de baño rescatado de un contenedor, un austríaco lo considerará “ir al teatro”. Por lo tanto, será imperativa la americana.



El último canto de María la (ex)gordi

17 de Septiembre.- Ayer hizo treinta años que murió Maria Callas, la soprano griega que fue pionera en llevar la ópera a las masas, mediante el procedimiento de llevarse a sí misma a la prensa del corazón. Es un tópico decirlo pero a estas horas ya no se me ocurre mejor manera: la propia vida de Maria Callas dio, en sí misma, para el argumento de varias óperas.
La chica gordita y miope que sale, a empujones de su madre (la clásica madre de artista) de Grecia; una madre que, friamente, diagnostica la situación de su hija y saca cuentas de que, gordita, no se va a comer un colín. La obliga a adelgazar hasta rebanar su peso por la mitad, a base de hacerla pasar hambre como una madrastra de cuento. En un año, la joven Maria pasa de ser una becerrilla saludable de ojos algo idos y tobillos hinchadetes, al huso con cara de pescadilla sorprendida que todos conocemos. A partir de ahí, su ascenso es imparable. Otras tienen mejor voz que ella, pero nadie como la Callas transmite el sentimiento trágico, el weltschmertz que dicen los germanos; y que no es otra cosa que le dominio de la pausa. Aún en las antiguas grabaciones, llenas de carrasperas analógicas, por encima de la manera anticuada de interpretar de sus partenaires brilla, inconfundible, el talento de la Callas: la enorme capacidad de la Callas para transmitir verdad en un medio como la ópera que es, ante todo, artificio.
A decir verdad, el período dorado de María Callas apenas se extendió por una década gozosa para los amantes del Bellcantismo –período en el que Maria se especializó-. Una década de grabaciones inmensas y de alguna anécdota graciosa.
Aquí va una de ellas: como queda dicho más arriba, María Callas era una mujer rompetechosamente miope que, como todos los que llevamos gafas (y más antes de la aparición de las lentes de contacto) se veía obligada a salir al escenario sin prótesis que la ayudaran a ver mejor. Era famosa la rivalidad que la enfrentaba a otra soprano italiana (¿Renata Tebaldi? Escribo de memoria) cuyos celos de la Callas hacían que le entrara una mala leche capaz de agriar un yogur Bio de Danone. Cuentan que, una vez, la Tebaldi, dispuesta a aguarle un triunfo apoteósico a su contrincante, se compinchó con el regidor del teatro en el que actuaba para sustituir el ramo de rosas que la Callas recogía de la boca del escenario al final de la representación, por un manojo de crujientes apios. Entre los focos, los aplausos, los clamores, los bravos, la barahúnda, el aturullamiento, el telón se abrió, Callas se acercó al borde del escenario, hizo una reverencia de las que la habían hecho famosa en el mundo entero y, reclinándose graciosamente, recogió y acunó en sus brazos un espléndido manojo de verduras. En este punto la anécdota no es creible, pero dicen que no se dio cuenta de la sustitución hasta que el público prorrumpió en una sonora carcajada.
Ayer estuve disfrutando de la voz de la Callas –y de algunas otras- en el Santo Spirito, que es un local muy agradable en el que sólo ponen música clásica (cuando lo conoces por primera vez, sobre todo, si eres de Madrid, dices lo que Dorothy en “El mago de Oz”: Totó, me parece que ya no estamos en Kansas). Un sonido exquisito y un ambiente de taberna del siglo de oro (tabernero con coleta incluido). El mejor sitio para pasar una tarde-noche de domingo.
Y no llevo comisión.

Sombras del pasado

15 de Septiembre.- Conozco la cara. Cuando me acerco al montoncillo en donde pone diez céntimos por pieza, quien me acompaña, generalmente, me hace la misma pregunta: ¿Y para qué leches quieres fotos viejas de gente que ni siquiera conoces? Pero las fotos antiguas son mi pasión. Me gusta pasarlas, seleccionar las que son más bonitas, o las que tienen algún detalle inusual, y pago por gusto por esos trozos del pasado que, en algún momento, le pertenecieron a alguien. Tengo, en Viena y en Madrid, una buena colección. Las últimas, las que ilustran este post, las he comprado en el mega almacén que Caritas tiene en Mittersteig, cerca de mi casa.
En el prólogo de mi ejemplar de "A sangre fría" de Truman Capote, está escrita una frase que me viene a la memoria cada vez que miro estos trozos del pasado: "algún día todos seremos arrancados de las cosas que poseemos". Para mí, estas fotos son inagotables fuentes de preguntas. Igual que la evidencia de que, quién sabe, quizá a principios del siglo que viene, mis recuerdos, mis fotos, los cachivaches que hoy nos parecen última tecnología, serán vendidos por unas cuantas monedas (¿Habrá todavía monedas?) en quién sabe qué rastro y mirados, como yo miro los cachivaches del siglo pasado, con curisidad e indulgencia. Para disfrute de quién sabe quién.

Esta foto está hecha, según la anotación a tinta del dorso, en algún lugar de Francia durante la Segunda Guerra Mundial (Jeonette, creo que pone) ¿Quién es el fotógrafo? ¿Qué relación tiene con la mujer? ¿Qué fue de ellos después de la guerra? ¿Cuál de los cuatro hombres envió la foto a Austria? ¿Para quién?
Esta foto no tiene ningún tipo de anotación. Está claro que los adultos son los abuelos de la niña. Me gusta la mirada de los tres, de una compacta inocencia. Cada uno con un matiz distinto. La composición de la foto, el encuadre...

Otro abuelo, de enorme parecido con el emperador Franz Joseph. Es difícil datar las fotos en las que aparecen ancianos, porque conforme envejecemos nuestra manera de vestir se queda anclada en un limbo al que la moda no afecta. Los bigotes del hombre. Compré esta foto por los bigotes.
Esta sólo tiene una fecha, 1921. Inexplicablemente, esta imagen me produce una gran ternura. Supongo que es por las trenzas de la niña que está de pie. O por lo feillas que son (pobrecitas) las niñas que están sentadas. A lo mejor sus ojos orientales son producto del síndrome de Down ¿Quién eran? No me responden ¿Quién hizo esta foto de composición tan cuidada como la de un retrato de estudio? El perro posa a los pies de los niños como los perros mansos de los retratos de Velazquez. En la cara de la niña que está de pie, a la derecha, hay una insólita vitalidad que huye de la pose estatuaria de las otras.
Últimos años veine, principios de los treinta. Europa estaba aún ajena a los desastres de la guerra. Quizá alguno de estos chicos (es probable) cayó en algún frente. Pero en el momento de hacerse la foto, qué inocentes, qué ignorantes de que ya eran árboles marcados para ser cortados. Mirando estas caras -y otras que no se ven, porque al reproducirla, la he cortado- se ven todas las gamas del ingenio humano. Del pícaro, al inocente; del concentrado, al distraido. De la camaradería a la independencia. El dorso de la foto es una larga lista de nombres, escritos a plumín y organizados por filas con precisión germánica.
¿Quién conservó la foto hasta el final? ¿Cuántos de estos chicos sobreviven hoy?
¿Cómo se puede escapar de lo que significan estas miradas?


En algún lugar de Semmering

El lobo feroz

13 de Septiembre.- Ayer detuvieron en Viena a una minicélula de terroristas islamistas. Según dice la policía, pertenecían a ella los fulanitos que colgaron un video en internet antes del verano, en el que aseguraban que, como Alemania y Austria no retirasen sus efectivos de Afganistán, la íbamos a tener (y gorda).
Parece ser que se trata de dos hombres y una mujer. Sorprenden en la escuetísima noticia (en el Heute, que son de montar pollos por un quítame allá ese caníbal alemán, le dedican un recuadrín solamente) sorprenden, digo, las edades de los detenidos, 20,22 y 26. Unos niños. Y sorprende que, al igual que los terroristas que pusieron las bombas en el metro de Londres, los tres son ciudadanos austríacos, nacidos y crecidos aquí, aunque sus padres sean del mundo árabe.
Esto me ha hecho acordarme instantaneamente de la conversación que yo conté aquí un día con mi ex compañero el turco (anteayer, por ausencia injustificada de su puesto, ha sido despedido de la empresa en la que trabajo).
Me decía él que, a pesar de haber nacido en Austria y chapurrear solamente unos rudimentos de turco, él se sentía más cercano de Anatolia que de Steiermark. Y yo alucinaba mucho, porque no lo entendía. De hecho, le he dado desde entonces muchas vueltas a esta afirmación suya intentando que me entrase en la cabeza, con la insistencia de un chimpancé que probase distintas formas de encajar una pieza de madera de un puzle. Y he llegado a la conclusión de que, en esta cultura en la que todos somos más o menos conscientes de ser iguales que el vecino (llevamos la misma ropa, vamos a los mismos sitios, bebemos las mismas cosas, leemos lo mismo) la gente ansía cualquier cosa que le haga sentirse especial, distinta y, en casos extremos, elegida por los dioses para una misión redentora (como si este mundo tuviera algún arreglo, ya ves tú).
Y así, hay jóvenes que le dan al coctel molotov y a la quema de contenedores en el País Vasco, exaltados que piden la independencia de Valdemorillo, tardoadolescentes que viajan a Afganistán a beber la sangre del viejo de la montaña y honrados auxiliares administrativos que se hacen testigos de Jehová, miembros de la Asociación de Amigos del tren de la Fresa, o skinheads.
La mayoría de las personas está necesitada de un marco estable que le proporcione un sentimiento de pertenencia a un grupo. Necesitamos sentir que no vamos por la vida como vaca sin cencerro. Esto, naturalmente, resulta muy difícil en una sociedad como la nuestra, en la que nadie se casa con nadie. Y, lo que en principio resultaba válido y hasta beneficioso para el avance de la sociedad (me estoy refiriendo al busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo) se ha revelado desastroso en las relaciones personales. Todos nos hemos convertido en seres facilmente batibles por la competencia. Las relaciones amorosas se empiezan ya desde el primer momento con la perspectiva calculadora de que, en cuanto tengamos la ocasión de cambiar a nuestro cónyuge por uno de gama más alta, no perderemos la oportunidad (la sociedad nos consideraría imbéciles si no lo hiciéramos).
Los vínculos para toda la vida (y, por lo tanto, excluyentes) han sido desestimados por el cuerpo social como una alternativa de progreso viable. Poco a poco, incluso, se cuestiona hasta el papel, hasta ahora incuestionable, de los lazos familiares. De ahí que el animal humano se esté convirtiendo cada vez más, en un ser de amistades. Los amigos estarán ahí cuando tu pareja decida cambiarte por uno más rico, más buenorro o, simplemente, más gracioso o más emocionante, o más nuevo. En una sociedad en la que se prima un estado histérico de emoción constante y bobalicona, de placer sin interrupción, es inevitable que también impere un estado cruel de cosas en el que, al rey muerto, siempre le sustituirá un rey puesto.
Y que los que practicamos el estilo antiguo, el del fuego lento y la paciencia, estemos mandados retirar.
Las relaciones humanas han dejado de ser verticales, profundas, y se han revestido de una nueva naturaleza horizontal. Todos valemos lo que vale nuestra red de contactos. En resumen, que cuando uno se siente solo, y andando sobre las arenas movedizas de un mundo cambiante sin la participación de su voluntad, no puede dejar de pensar que ahí fuera hace una temperatura gélida.
Y, quizá, quién sabe, sacrificarlo todo, incluso los principios, por un poco de abrigo. Por el afecto, aunque sea mentiroso y cicatero, que puede proporcionar una minicélula terrorista juramentada para despanzurrar cualquier medio de transporte público en nombre de quién sabe qué.
Y lo peor es darse cuenta de que, cada minuto, todos hacemos cosas que nos convierten en cómplices de este estado de cosas.
Y qué miedo da pensar en lo que podemos llegar a convertirnos.
Torre del Stephansdom (foto del autor)
Católica Austria

11 de septiembre.- Atendiendo a la sugerencia de Luisru, hablaré hoy de la católica Austria.
Antes de hacerlo debo decir que, debido a la huella que, en los cincuenta y primeros sesenta, dejaron las películas a propósito de la emperatriz Isabel, y de las experiencias de la propia población austríaca durante los años últimos de la dictadura española, los indígenas están convencidos de que nuestro país es catoliquísimo y la última reserva espiritual que le queda a Europa. De ahí que se hagan cruces, por ejemplo, al ver las leyes que el gobierno actual ha aprobado recientemente (aborto, divorcio, matrimonio homosexual) con el amable viento de las encuestas a favor.
Y se sorprenden mucho más cuando yo les cuento que, en España, las iglesias están vacías, los seminarios se cierran, y el culto se sostiene debido a las viejis (fuente que se va extinguiendo por ley de vida natural) y por la afluencia de ciudadanos sudamericanos. Cuando oyen esto, los austríacos alucinan mucho y me piden que les dé más detalles.
Yo pienso que el divorcio entre la iglesia católica y los españoles ha sido un proceso paulatino del que la iglesia ha tenido gran parte de la culpa. La iglesia católica empezó la transición muy bien colocada pero, simplemente, no supo adaptarse a la revolución copernicana que han experimentado las opiniones del gentío. Particularmente en lo que a la moral sexual y amorosa se refiere. Esto, unido al envejecimiento imparable de sus cargos y a la falta de cantera, ha hecho que la iglesia se encuentre en unas posiciones ideológicas definitivamente alejadas de lo que pensamos el común de las gentes que andamos por la calle.
No hace mucho, por ejemplo, me reía yo con un excompañero de trabajo (bueno, ya hace dos años) por unas declaraciones del cardenal Rouco Varela (año 2005) que parecían sacadas de otros tiempos. Decía el cardenal, suponemos que apoyado en evidencias fehacientes, que “Madrid es la ciudad de Europa en donde más se fornica”. Con gentes que dicen estas cosas, que utilizan el verbo “fornicar” –que la mayoría de los adolescentes de ESO no sabe ni qué significa ni menos de dónde viene- la iglesia lo lleva clarinete.
Pero me pierdo: hablemos de Austria.
Primeramente, algunas nociones. La iglesia católica es la confesión mayoritaria del país pero, como cualquier otra religión, debe adaptarse a lo que rige para todas.
La cosa funciona así: cuando tú vas a empadronarte por primera vez, el funcionario te pregunta: ¿De qué religión es usted? Y uno contesta lo que le parece.
Estos datos son pasados a las diferentes confesiones junto con el montante de tus ingresos, y tú tienes la obligación de darle a la religión de tu elección un uno por ciento de tus jEuros. Como mejor te venga. Bien de una vez, o bien en cuatro cómodos plazos. Muy razonable, como puede verse.
¿Y puede uno elegir no financiarle más papamóviles a Vienedicto? Puede. No hay más que decirle al funcionario: oiga, que es que yo soy agnóstico. Y entonces el funcionario te pondrá en la casilla correspondiente y aquí no habrá pasado nada.
Dicha confesión oficial de agnosticismo se puede hacer en cualquier momento. O sea, que uno que sea católico y le financie los papamóviles a Viene(dicto), puede ir ahora mismo al registro (oficina correspondiente del distrito donde vive) y decirle al funcionario: oiga, que me borre. Y el funcionario le borra, y esa persona humana deja de recibir enojosas cartas y llamadas (son más lestig que las moscas) para que afloje la guita.
Dicho sistema de financiación, a la par que razonable, hace que no haya peleas (caso de España con el famoso concordato con la Santa Sede que tantos dolores de casco le ha dado a la ministra Fernández de la Vega) y que nadie trate de chupar de la teta del Estado más de lo que su auténtica base social le aporta.
Naturalmente, este estado de cosas provoca situaciones que son curiosas desde el punto de vista de un español. Por ejemplo, la iglesia se ve obligada a comportarse como un sujeto más en el mercado y, como tal, a hacer campañas de marketing como si fuese la Coca-cola. Tiene su propia página web (www.stephanscom.at) y pone unas vallas curiosas en las calles animando a la gente a que suelte el óbolo (jEuro). U ofreciendo novedosos servicios, como los sermones del papa por SMS -esto es verídico de la verdad de la buena-.
Actualmente, la iglesia austríaca goza de una consideración pública razonable si tenemos en cuenta que es el segundo propietario inmobiliario de Austria después del Estado, pero hace unos años hubo varios escándalos seguidos que mermaron mucho su crédito. El más sonado fue el que involucró a todo un seminario, de Graz, creo recordar, en el que los educandos se dedicaron a hacer guarreridas sesuales entre ellos cámara de video por medio. Dichas imágenes trascendieron, claro, y los alegres seminarisas fueron el hazmerreir público y razón de gran cabreo para sus superiores.
De todas maneras sospecho que la consideración que la iglesia le merece a los austríacos está muy determinada por la propia distribución demográfica del país que, como he dicho ya en otras ocasiones, condiciona muy mucho la distribución del posicionamiento político de las gentes. En las ciudades grandes, mayoritariamente gobernadas por la izquierda, la iglesia católica es una fuerza más, respetada, por cierto (aquí no es raro ver a un cardenal haciendo entrevistas en la tele como si tal cosa) en tanto que en los pueblos pequeños, la situación podría acercarse más al tema Antiguo Régimen (no me refiero al del abuelito Paco, sino al de antes de la Revolución Francesa). Aunque de esas situaciones no puedo hablar por experiencia personal porque, como es lógico, voz conociendo más la sociedad vienesa.
En cualquier caso, hay algo en que la iglesia austriaca le gana a la española: en las ciudades de aquí siguen sonando las campanas. En Madrid, por ejemplo, hace ya mucho que no.



Que te quiero verde

10 de Septiembre.- Ayer estuve jugando a los hobbits en un lugar verde y frondoso que se llama Öd lo cual, según mi diccionario, quiere decir paraje baldío.
Antes de seguir quiero dejar claro que a mí me gusta el campo. Pero que, al mismo tiempo, no llego a la pasión por la clorofila que tienen estos austríacos, que es que ven algo verde y pierden el oremus.
Yo soy una persona que a mí un árbol me gusta; dos, me dan contento y ya los árboles en cantidades industriales me agradan cuando hace un tiempo sensato. Pero a las cuatro horas o cinco, yo me quiero ir a mi casa y entretenerme con cosas más estimulantes intelectualmente (un libro, un dvd, una conversación o un algo). Pero es que, desde que vivo en este país, los domingos todos –salvo rebelión mayor por mi parte- toca campo, senderismo o caza del lagarto ajoporrero. Y ya pues uno, en dos años que va a hacer por estas tierras, ha tenido verde para rato.
Porque, josmíos, lectores del universo mundo que me leeis: las personas humanas cuerpos que somos de una tradición mediterránea, somos gente de ciudad. Nos gusta ver gente, criticar, en suma. Y de ahí ha surgido toda la cultura que merece la pena en el mundo.
¿Qué hubiera sido de este planeta si los atenienses, con Aristóteles a la cabeza, en vez de pensar y conversar y tener intercambios, hubieran dejado la Acrópolis y se hubieran pirado a solazarse por los pinares de Atenas? (cuando quedaban, que ahora están carbonizados). Pues que la cultura occidental se hubiera ido a freir espárragos trigueros. Vaya, que se hubiera muerto antes de nacer.
Dicho esto: vuelvo a repetir que a mí andar por el campo, en dosis normales, me mola.
¿Me mola?
Me mola.
Pero es que estos austríacos no tienen corazón.
Ayer, por ejemplo, pensaba yo que me libraba de la caminata campestre dominical. Mira tú por dónde que, a las seis y media de la mañana, oigo entre sueños una furiosa lluvia que golpeaba contra los cristales. Y, bajo el calorcito de mi edredón, me dije: “Hala, Paquito, hijo, a dormir; que este finde ya está hecho: hoy te toca museíto, mira tú qué bien”.
Fue despertarme y, por supuesto, seguía lloviendo a cántaros.
¿Detuvo esto a mi amigo A. Para recogerme a la hora convenida?
Nanai. Y aún diría más: nanai, y moscas tres. Que allí estaban él y su novia la finlandesa (que ha debido de hacer la mili en los marines de Finlandia) con sus impermeables y sus mochilos, como si fueran a hacer rafting por el cañón del Colorado. Y mi compañía detrás de mí para cortarme la retirada, y yo pensando: “Otro domingo tirao en el puto campo de los güevos”.
Por supuesto, como soy un hombre muy bien adiestrado en la hipocresía con fines sociales, sonreí y traté de disfrutar. Tras una hora montaña arriba (pendientes del 80%) bajo la lluvia, a pesar del paisaje y del marco incomparable, yo tenía ganas de dar gritos como los locos y de hacerme satánico para quemar la parte del bosque que me tocaba. Porque ante mí había kilómetros y kilómetros y kilómetros y kilómetros de desierto verde. Movedizo, resbaladizo, y silencioso desierto verde. Qué paz, coño. Cagüentó.Aquello era un convento de clausura.
Otra cosa que a mí me pone muy nervioso de los bosques (y de mi amigo A. en su reencarnación Coronel Tapioca) es que, es poner el pie en un camino embarrao, y pierde el sentido de lo objetivo.
Yo soy un hombre de plazos. A mí me dicen: “Paco, te vamos a torturar media hora con unas tenazas al rojo vivo” y yo, pues me resigno, sufro sin protestar y cuando llega la media hora digo: “cese la tortura que me piro”. Sin embargo, ayer, en mitad de la montaña, lloviendo a cántaros, con garrafas de viento azotando los acantilados, yo preguntaba: “¿Y cuánto (leches) queda para la choza esa en donde nos van a dar de comer?” y A. no me sabía decir si quedaba un cuarto de hora o quedaba media, o quedaba hora y media. Y a mí, eso hace que se me lleven los demonios.
Llegados a la choza, eso sí, pues saboreamos un estupendo gulash de gamo, mientras nuestra ropa se secaba en una estufa de carbón y un señor con barba de apostol trataba de darnos conversación. Pero yo tenía la mente en el momento en que hubiera que volver a salir a aquella tempestad desatada.
En fin, que muy saludable, que los paisajes preciosos (ya se ve en las fotos) pero que el domingo que viene, yo no piso el campo así me maten.
Por estas.
Dejándonos la piel en el pellejo

9 de septiembre.- Imágenes del Danubio ayer por la tarde, a su paso por Viena. Para obtenerlas, hemos tenido que bajar hasta el corazón mismo de la noticia, ponernos de barro y cieno hasta los pabellones auditivos. Luchar por la instantánea.
Ese es el espíritu de Viena Directo.






Inundaciones en Rumanía (foto: EL MUNDO)

Porom pompón(Manuela)

7 de Septiembre.- Cuando me he puesto a escribir, me ha rondado en la cabeza esta cancioncilla de Mecano –un poco panoli, como todas las suyas- aquella de “El siete de septiem-breee-é, es nueees-tro aniversáaaaario”.
Ays, qué tiempos, cuando Ana Torroja aún tenía cara de ser humano por debajo de la silicona labial.
En fin.
En primer lugar, quisiera dar las gracias por el premio que me han concedido.
Gracias
Gracias
Gracias
(Y otra vez gracias)
Pero, sobre todo, quisiera dar las gracias por las palabras que Tonicito ha escrito en su blog a propósito de este cuaderno en el que voy apuntando lo que se me pasa por la cabeza. Ha dicho que le hago reir y que le hago pensar. Y la verdad es que, si es verdad que lo consigo (con él y con otros pacientes lectores, incluida mi madre) me vais a perdonar, pero voy a llenarme un poco de orgullo. Un momento.
(Hale:ya)
Porque reir y pensar son las actividades más intensamente humanas que existen. Donde hay risa, hay vida inteligente.
Mañana, o en fecha viable, haré yo públicos mis premios. Una ocasión como otra para derrochar el glamour que también caracteriza a este blog.
Hoy, sin encambio, haré un post tuttifrutti.
Es primén lugás, diré que lleva cerca de tres días sin parar de llover. Para alegría de las plantas del campo, claro está, pero para disgusto de las pobres criaturas de Rumanía (ese país en donde se edifica en cualquier sitio y luego, pasa lo que pasa).
Todos los años en que el Danubio se crece, pasa lo mismo: en Alemania, bueno, en Austria, vaya, y en Rumanía (Catacrás) la catástrofe fluvial.
Aquí, las lluvias sólo tendrán la consecuencia de que la visita del papa Vienedicto se verá bastante deslucida.
(Con todos los respetos: total, pa lo que va a decir...).
Hablaba yo hace unos meses con una conocida que es tan asistentin de un alto cargo de esta república como aficionada a los buenos caldos (bueno, a los caldos, en general, porque pasado un punto le da igual su calidad).
Hablaba yo con esta doctora en políticas, más roja que el dobladillo del forro de la levita de Lenin, de esas instituciones ancestrales que uno ha conocido desde su más tierna infancia y que forman parte de su paisaje mental (a pesar de todo).
No puedo imaginarme lo que fue cuando se murió Franco, pero sí que puedo pensar qué pasará cuando muera el rey Juan Carlos, por ejemplo. No puede uno imaginarse los jEuros con otra cara –por cierto, ande andarán aquellas monedas de quinientas en donde salía la Reina con ese cardao capilar inmune a los cambios de la moda- -
Y el señor que salga de rey cuando este hecho luctuoso suceda, pues será para el inconsciente colectivo un señor disfrazado de rey, con sus medallitas y sus cosas (inclusive su corona) pero no será lo mismo.
Pues igual me sucedió a mí con el papa.
Para mí, Juan Pablo palito palito era El Papa. Porque cuando yo nací a esta conciencia y abrí los ojos, me estremecí cuando mi abuelo contaba a media voz (porque es vidente) las terribles profecías de Fátima que anunciaban el fin de los tiempos. Porque me acostumbré a ver a ese señor polaco tan marchoso pregonándoles a los hambrientos africanos que, para solucionar el tema del hambre, había que rezar mucho y abstenerse de darle alegrías al cuerpo (macarena), que el condón era malo y, a pesar de lo que decían los médicos y otros científicos al servicio de Luficer, no detenía el bichito del SIDA.
Me acostumbré a su ceremonia de besar el cemento de los aeropuertos, a que saliera en el guiñol del Plus confesando a Aznar y a Ana Botella y a Ana Palacio; como uno se acostumbra a las opiniones antediluvianas de sus abuelos.
Y cuando se murió...Pues no fue lo mismo, claro.
Porque ahora, este señor, Vienedicto, pues es un señor enfermo del hígado (que mea, no lo olvidemos) disfrazado de papa. Su sotanilla y eso, también. Pero no es el papa.
Por cierto, ¿Alguien se ha fijado en la manera que tiene Vienedicto de estar de pie? Con los piececillos calzados en alpargatillas negras (que pega fatal con la sotana blanca, übrigens) puestos en ángulo recto. Pobrecito mío, y pobre su asesor de imágen (si lo tiene).
A mí, tengo que confesar que este señor, siguiendo con el ejemplo, me da la misma lástima que el Príncipe Felipe. Porque ambos, cada cual en su campo, tienen que luchar contra unos precedentes que no son de este mundo. Viene(dicto), tiene que luchar contra el papa más simpático de la historia de la tele (sencillo, campechano él, que dicen las viejis) y el Príncipe, con un padre supermajo y castizo que lo mismo se toma un cubata con una folklórica que invita a salchichas a Helmut Kohl. El rey de una república, vaya.
Pero en fin: destinos peores se han visto.
Quiero terminar con una simpática anéldota de nuestro humorista favorito.
El presidente Bush (Junior) mientras daba una conferencia de las suyas en algún lugar ignoto, ha demostrado sobradamente que papá no le llevó a colegios güenos, ni a él ni a su hermano Jebb –el que dijo estar en felicísimas relaciones con la República de España-; porque ha confundido a los australianos con los austríacos (Total: de Austrians a Australians...).
Ya lo dice sabiamente la T-shirt que venden aquí, y el que avisa no es traidor:
NO KANGAROOS IN AUSTRIA.
(Ps: Por cierto, ayer, mientras trabajaba, me vino a la cabeza un poltergeist en versión canción de los Payasos de la Tele. Ahora me explico el rumor que corre de que la familia Aragón pertenece a la Obra por excelencia. Atención a la sutil carga doctrinal de esta cancioncilla que recordé ayer:
Si eres buena cocinera
Porom pompón
¡Manuela!
Yo te pongo el mejor piso
Porom pompón
¡Manuela!
Vaya, que Escrivá, allá donde esté, tiene que estar haciendo cabriolas de alegría).
PS2: Mi jefe, que es argentoide, mientras canturreaba semejante cosa pasillo arriba pasillo abajo, creo que ha dudado (sólo un poco) de mi salud mental. Suerte que yo en esta empresa paso por ser un chico supersimpático y tan excéntrico como para haber abandonado Spanien por este clima lluvioso.
Este hombre también hace de cuerpo

4 de Septiembre .- Austria se está volviendo loca debido a la visita oficial del Papa Vienedicto, que empezará el viernes y terminará el domingo. La adulación está llegando a momentos tan surrealistas como que, por ejemplo, hoy en el telediario de Niederösterreich le han dado cinco minutos a la empresa de retretes móviles que ha suministrado el que el papa usará para sus necesidades fisiológicas durante su estancia en territorio austríaco. La señora de los wáteres ha tenido un momento impagable: después de comentar que consideraba un honor suministrarle un urinario al papa (ha dado todo tipo de detalles a propósito del chorrito de agua tibia que puede refrescar los bajos fondos papales en el caso de que el interesado apriete cierto botón) y luego ha dicho, arrobada, "le hemos suministrado el modelo amarillo porque, entre otras cosas, es el color del Vaticano".
Yo no podía con la vida.
Un sufrido colegial (fuente www.zpc.at/volksschule)
Vuelta al cole

3 de Septiembre.- Hoy en Austria es el día de la vuelta al cole. Mientras venía a trabajar, me he reencontrado, yo también, con la pequeña república de los colegiales que se dirigían (ordenadamente, como aquí es tradición) a sus lugares de estudio.
A la puerta del gran colegio público del quinto distrito, en donde vivo, los niños esperaban en filas con las carteras relucientes, y los padres aguardaban muy serios que sus hijos empezaran un año más de su curriculum académico.
En Austria es tradición empezar el curso con un cucurucho de cartón (enorme y de brillantes colores) lleno de dulces y caramelos, que los niños acarrean ufanos junto con la cartera sin saber lo que se les viene encima. Los venden desde principios de agosto en el BILLA y otros establecimientos de la cuerda, como la cadena de papelerías LIBRO, pero son los padres quienes tienen que rellenarlo de su sabroso contenido.
Los periódicos que leo (porque son gratis) han venido estas últimas semanas dando la vara con el tema este de la educación –problema que preocupa mucho a los austriacos, con razón-; se lamentaban los redactores de que la ministra del ramo no pudiera cumplir con su promesa de menos de treinta alumnos por clase y también se polemizaba sobre el tema del kindergeld que uno, en su más profunda iñorancia, no sabe qué es, pero que se compromete desde ya a investigar para los infatigables lectores de este blog.
Los niños austríacos que inician hoy el curso, sin embargo, tienen poco que temer del mundo laboral, si uno hace caso de las estadísticas oficiales y de la voz del pueblo. Ayer vi en el Zeit im Bild (telediario) que de agosto del año precedente al agosto que acaba de morir, ha bajado el paro en 14.000 personas humanas.
También hablé con un amigo de que en su empresa hacen falta tres técnicos especializados y que están esperando a que la universidad de Viena se los produzca para lanzarse sobre ellos antes de que los pille la competencia.
Dije que los niños austriacos tenían poco que temer del futuro, pero me parece que debería corregir: los niños APLICADOS no tienen nada que temer del futuro. Los otros...En fin.
Paseando un día por uno de esos distritos de Viena que te recuerdan los opresivos tiempos del estalinismo (allá por las tinieblas exteriores del tenebroso distrito 22), charlaba yo con un español a propósito de esto. Cuando las fronteras del este se abran definitivamente, el mercado de trabajo europeo se va a ver inundado por una riada de personas que rebañarán los puestos de trabajo a los que puedan acceder: esto es: los que hasta ahora desempeñaban los austriacos de curriculm académico más magro.
¿Qué pasará entonces con los partidos de Strache y sus boys (Westenthaler, que se retira una vez al año, como Pinito del Oro)?
Para terminar, una anécdota personal:
Recuerdo perfectamente que, días antes de empezar yo con la escuela, en la estación de metro de Plaza de Castilla, allá en septiembre de 1980, le pregunté a mi padre que por qué había que ir al colegio. Mi padre, que es un hombre desengañado del género humano, me dijo:
-¿Ves esos letreros? –se refería a los indicadores, asentí- pues imagínate que un día no estás conmigo y que no sabes cómo se va a una estación ¿Qué harías?
-Preguntar.
-¿Y cómo sabrías que no te están engañando?
Yo me quedé serio, y callado ante este enigma sin respuesta. Mi padre, entonces, remachó:
-Por eso tienes que aprender a leer. Para que no te engañen.
Pocas recetas mejores me han dado en esta vida.