jueves

La actriz estadounidense Ava Gardner
Memorias de un hombre raro
Bella,/no te caben los ojos en la cara,/no te caben los ojos en la tierra.

29 de Noviembre.- Aprovechando que estaba en el Instituto Cervantes para devolver unos libros (es impagable la paciencia que tiene conmigo esa institución, por cierto) me llevé a casa dos de Fernando Fernán-Gómez. El primero, uno de mis favoritos, como ya dije (El viaje a ninguna parte) y el segundo, la segunda mitad de sus memorias “El tiempo amarillo”, que abarcan desde 1943 a 1987. He leido el libro en menos de dos días. Porque, a pesar de ser un tomo escrito con un estilo moderado, es la historia entretenidísima de una persona que se consideraba a sí misma un fracasado. Pero sobre todo, yo creo que FFG era un hombre raro.
Una vez, caminando por el monte, le pregunté a mi amigo O., psicólogo, cómo sabían los de su oficio si una persona estaba en sus cabales. O sea, si existía algún tipo de baremo para medir la salud mental.
Su respuesta fue, al mismo tiempo, descorazonadora, pero de sentido común. Me preguntó: Paco, ¿Tú crees que estás loco? Y yo: pues no. Y él: pues más o menos si tú crees que eres normal (y quien dice tú, cualquier hijo de vecino) es que estás normal.
Existe sin embargo lo que yo llamo “El clásico caso del loco perfectamente integrado en la sociedad”. Son personas que se encuentran en una zona gris que no es locura ni cordura. Personas que realizan las tareas de su vida de una manera supuestamente normal pero cuya percepción de las cosas no encaja en esa campana de Gauss en la que se sitúa la media más anodina de la población.
En ese sentido FFG era más raro que un perro verde. Un hombre que se guardaba los excesos para los escenarios, que tenía miedo de casi todo el mundo. Con aristas imprevistas de ternura y de sensibilidad que salen en sus memorias, por ejemplo, cuando cuenta cómo conoció a Ava Gardner durante una noche de juerga con Frank Sinatra y Lola Flores.
Fueron al piso de esta última y Ava se sentó a emborracharse con contumacia. FFG se le quedó mirando como quien contempla la encarnación de un sueño y entonces Ava, inexpresiva, se dirigió a él en inglés. FFG, conmovido, intentó hacerle entender que de la lengua de Chéspir no tenía ni idea, y entonces Ava reclamó los servicios de un traductor.
Ansioso, FFG aguardó su veredicto. Dijo el traductor:
-Que dice Ava que si tienes ganas de joder ahí tienes a mi señora que siempre está dispuesta.
(Hay que aclarar que Ava Garder tenía la lengua de un descargador de muelle del puerto de Rangún)
Las memorias de FFG no son profesionales stricto sensu, pero tampoco son personales. Parecen más bien una recolección de recuerdos, no todos dulces, más que el testimonio de una persona que conoció a tanta gente importante. Pero siempre con esa percepción extraña, esa manera personal de unir los puntos del dibujo de la realidad para encontrar un diseño distinto. Raro, vaya.

miércoles


Cosas que hacen que la vida valga la pena
Feliz hallazgo y virtud/del arte medicinal,/¡hacer que de injerto mal/brote la misma salud!
Hola Ainara:
Me cuenta tu abuela que, mientras escribo esto, te encuentras en el médico debido a tus cólicos de lactante. Puedo imaginarte en el fondo del cochecito, rodeada por otros vehículos semejantes, en medio del tenderete perfumado y multicolor que siempre acompaña a los bebés. Espero que, al palparte la tripilla, el doctor tenga las manos más calentitas que aquel Don Artermio de mi infancia, o que aquel Don Raúl, cubano, que siempre nos diagnosticaba problemas de crecimiento y nos recetaba jarabe de calcio cuando tu abuela le contaba que nos dolían las articulaciones.
Este Don Raúl tenía una esposa que, como muchas mujeres en edad de ser abuelas, estaba completamente enamorada de tu padre.
Supongo que, a la altura de empezar a visitar a ese doctor tropical y guasón, tu padre entró en esa etapa en que los niños, como expulsados de un paraíso, se descubren a sí mismos y se vuelven tímidos. Tu padre se escondía detrás de las piernas de tu abuela asustado, supongo, de la algarabía cariñosa que formaba aquella señora que, en mi memoria, tiene cierta pinta de catequista.
La señora de Don Raúl le preguntaba a tu padre de qué color tenía la vergüenza (ya que tenía tanta) y tu padre contestaba que amarilla. De ahí que, cada vez que nos viera, aquella mujer, sonriente, nos diera un caramelo de limón y se refiriese al autor de tus días (por aquel entonces un niño pajizo y de ojos enormes) como el de la “güengüensa amarilla” imitando su media lengua.
Te confieso, sobrina que, si espero con ansiedad a que lleguen los miércoles, es para escribirte estas cartas. Aunque hacerlo sea, no te lo niego, una experiencia agridulce. Nunca es del todo agradable sentarse a pensar en cosas de cierta importancia.
Una de las cosas que me preocupa más es que te sean útiles de alguna forma. No convertirlas en un ejercicio de predicador autocomplaciente. Dejarte a ti margen para aprender. Exponerte lo que yo creo saber pero dándote la libertad (que, de todas formas, tendrás) para encontrar tus propias soluciones, mejores, sin duda, que algunas de las torpes que yo he encontrado.
Hoy, si te parece bien, hablaremos del éxito.
Tengo treinta y dos años recién cumplidos. Estoy en esa edad en la que se empieza a comprobar que el guateque no dura para siempre pero en la que aún los golpes en la puerta no son suficientemente fuertes como para resultar preocupantes. A estas alturas, ya he descubierto que, probablemente, no ganaré nunca un Goya; se me ha pasado la edad de llegar a ser un Triunfito descubierto por Alejo Stivel y, modestamente, alivio mis prurito de escribir publicando con frecuencia en este blog que algunas personas tienen la paciencia de leer. Mi vida, probablemente, no es espectacular (todo lo más, graciosilla de contar) y, sin embargo, al mirar hacia atrás, tengo la sensación de que he tenido un éxito pasable.
Con los años te darás cuenta de que la definición de éxito que elaboran las personas es su sello más personal. En los deseos de una persona está su estilo, la marca de su fábrica. Puede sucederte, como es mi caso, que la noción de éxito que inventes para ti misma no sea comprensible para todo el mundo. O que, ni siquiera, sea mayoritaria.
A mí me resulta bastante difícil de explicar que, con los años, mis deseos se han reducido a una ambiciosísima trinidad: afectos, libros y amigos. No quiero más para ser feliz.
Es un triunfo explicarle a los demás que tengo un interés muy moderado en el dinero y que, fuera de la letra impresa encuadernada, los otros bienes materiales me resultan bastante menos atractivos si los tengo en grado suficiente. No quiero ir de franciscano por la vida, sin embargo, ni engañarte con falsas modestias. Me gusta vestir bien y me gustan los lujos del estómago. Lo que pasa es que, sencillamente, aprecio más otras cosas como reirme mucho y con inteligencia.
Supongo, de todas maneras, que estas palabras te llegarán tarde (un sabio dijo que la comunicación, salvo accidentes, siempre fracasa). Para cuando puedas leer estas letras y sacarles algún partido, ya tendrás las retinas chorreantes de esos anuncios imbéciles en los que se enseña a los niños a poseer cosas como un medio ofensivo de situarse por encima de otros niños. Con muy mala suerte (posibilidad que me aterra) te habrás convertido en una tirana más, criada en una sociedad que malcría a los niños y no les enseña lo realmente importante: a encontrar la voz escondida dentro de nosotros que nos va indicando en cada caso el camino exacto de la felicidad. Una brújula interior que a veces muestra claramente cosas que van en contra del miope sentido común pero que, a medio y largo plazo, y si se tiene fe, se revelan como ciertas e incontrovertibles.
El camino, Ainara, está lleno de obstáculos y mil veces temerás haberte extraviado, pero si trabajas, encontrarás esa voz que será la tuya para siempre.
Besos de tu tío.

martes

Los 80 son nuestros

27 de Noviembre.- Para el amigo Luisru (El callejón de los gatos), que habla en su blog de la década prodigiosa (la de los 80 me refiero, no la de Made in Spain), cuelgo este video de Nina Hagen en sus momentos más esplendorosos, interpretando un viejo éxito de Zarah Leander.

Foto: flickr
Panorama desde la cinta andadora
Garcilaso, que al bien siempre aspiraste/ y siempre con tal fuerza le seguiste,/ que a pocos pasos que tras él corriste, /en todo enteramente le alcanzaste


27 de Noviembre.- He recuperado estos días uno de mis lujos de Madrid: el gimnasio. No lo he podido hacer antes porque me ha costado encontrar uno que se aproximase –de lejos- a las calidades y los precios que me ofrecían en mi país. Desde aquí lo digo: los servicios públicos en España, en ese aspecto, son de descubrirse la cabeza y hacer la reverencia.
Pero bueno: tras una búsqueda que me ha producido más cansancio que resultados, por fin me he apuntado a uno. Es un gimnasio normalito, lleno de gente normalita (de ahí su interés para mí) que me ha permitido comprobar que la fauna en Austria y en España viene a ser igual pero, como siempre, distinta.
Por ejemplo: mi amigo Perequé dice que en el sur tenemos fobia a lo feo, y tiene toda la razón. Esto explica dos cosas: a) que en España haya una uténtica fiebre por la proteína, el aminoácido y la pesa y b) que en los reinos de la proteina, el aminoácido y la pesa la gente procure desnudarse con mucho pudor. No puedo hablar de las chicas (que, sospecho, viven angustiadas por la dictadura del modelo impuesto en la publicidad) pero en los vestuarios masculinos la cosa ha cambiado bastante de unos años a esta parte. Antes, era normal ir en pelota con bastante desenfado, porque la preocupación por el cuerpo y su apariencia era una cosa de mujeres. Pero de unos años a esta parte, o tienes un cuerpo como para salir en Gladiator o en 300, o te da cosa andar por ahí enseñando tus vergüenzas y tus vellos supérfluos.
Para esto, sin encambio, los austriacos son mucho más desenvueltos. Dónde va a parar. Principalmente porque, salvo los vestuarios, hay muchos espacios que son mixtos como los sándwiches de jamón y queso. Por ejemplo, un dos tres, responda otra vez, las saunas y las duchas. Y allí que vas tú, te sientas en tu toalla a pasar calor y, a tu lado, como en el metro, una madre de familia de pechos planetarios y trasero que desafía al sistema métrico decimal. Y tan campante (como debe ser, por otra parte, aunque uno, desde su mentalidad mediterránea y conservativa no lo llegue a ver claro del todo).
O, te estás duchando y, de pronto, observas la siguiente escena: la madre de familia de antes que no llega a frotarse la espalda y que le pide, en plan comuna, al hippy cincuentón barbudo que se ducha a su lado que, si hace el favor le haga un frotamiento (todo esto, tratándole de usted en correctísimo alemán) y el hippy cincuentón, con su cinta, para que no se le vayan las greñas a la cara, que le restriega los lomos a la dama con un champú que huele a fresitas.
Vamos, que esto, se lo cuentas a un mudo y le crecen las piernas.
La fauna que habita los gimnasios, por otra parte, no es muy distinta de la española. Ayer lo observaba yo desde la relajante monotonía de mi cinta andadora (corredora, en este caso, que uno aspira a tener la vida del hamster).
Pasen y vean:
En la zona de las pesas, los simpáticos adeptos al lado más fascist...Digo, salvaje de la vida (mira mi bíceps tatuado). Es curiosa la afición de los eskinheads por ir lo más desastrados posible al gimnasio. Esto, en España es igual. Parece que la pulcritud se les acaba en el cráneo. Al lado de los eskinetes, individuos de aspecto patibulario (en el caso austríaco procedentes de los países del este) levantan unas mancuernas gigantescas mirándose la musculatura caballar. Por delante de ellos, cruza con paso cansino la chica anoréxica, apretando contra su pecho la fotocopia sobada en donde están apuntados sus ejercicios y sus pesos liliputienses.
Un poco más allá está el cuarentón voluntarioso, que no está dispuesto a dejar escapar el último tranvía. Este, entre serie y serie, mira a los espejos, acechando cualquier crecimiento en su musculatura.
El relleno, en el caso de mi gimnasio, lo constituyen una masa de abueletes que aspiran a triunfar en los bailes de verano a orillas del Danubio y que, de reojillo, miran a la escuálida profesora de la última disciplina que combina boxeo y areobic con la danza del vientre.

viernes

Un poquito de Ostalgie

Mírame combatido y prisionero /volver a tu ilusión breve y tronchada /como un temblor en la desierta arena.


Aquí dejo algunos tutubos a propósito de la DDR. Curiosos trozos de un mundo que ya no existe. El himno la verdad es que es bonito.






Que incluso tuvo una versión punkarrilla a cargo de una tal Mia




Publicidad en la Alemania Comunista




El obrero que no mantiene su cara como el culito de un niño burgués, es porque no quiere, vamos.



Y por último el fantástico Trabant. El coche que merecía 15 años de espera


Merci Cherie (y que te den)

¿Es verdad que te gusta verte hundida /en el mar de la música; dejarte/ llevar por esas alas, abismarte/ en esa luz tan honda y escondida?

El bueno de Jurgens cantando en francés la canción que le dio el triunfo en ESC

23 de Noviembre.- A mis queridos paisanos adoptivos, encabezados por el presidente de su corporación televisiva (la impecable y ahorradora ORF) les ha entrado la pataleta y han hecho pública, comunicado mediante, su intención de no participar más nunca en el festival de Eurovisión (ESC para los iniciados, por European Song Contest). Por lo menos hasta que cambien las normas de votación.
Hartos de enviar a sus naves a luchar contra unos elementos que no priman seriamente el talento musical, sino lo estrafalario de la puesta en escena, en la ORF se han planteado aquello de “si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería” y tras los desastrosos resultados de las últimas ediciones, han decidido que no juegan más.
Conmovedor ha resultado el comunicado del señor presidente de la Osterreichische Rundfunkt (que más o menos así se interpretan las siglas ORF) diciendo que Autria no va a enviar (de momento) a ninguno más de “sus talentos” a luchar en una batalla desigual con los países del Este (ex bloque comunista) que se votan entre ellos –jolinetes-.
Para mí que el rebote de la Tele austríaca tiene también un olorcillo un pelín despreciativo. Un aroma a eso que flota en el ambiente en Austria, desde que cayeron los muros y se derritieron las nieves (decíamos ayer) de que esa gente que viene del frío son todos bultos sospechosos que se dejaron estafar por el tocomocho del marxismo y que, sin darle un palo al agua, ni pegar un sello, quieren ahora recuperar de un salto los cincuenta años que se han pasado haciéndose los cigarras viviendo del dinero del plan quinquenal.
Y no hija, no (que decía Ozores).

Udo cantando en los 70 Griechischer Wein (o sea, vino griego, que en España lo cantó José Velez, como puede verse en este gráfico)

Pero la pregunta es: si los austríacos no me ganan por culpa de los resentidos pobretes eslavos ¿Cómo lo hicieron los fulanos de Finlandia, aquellos de las máscaras y los cohetes y el Hard Rock Aleluya, para ganar el concurso más deliciosamente hortera de todos los tiempos? ¿Será que los que pasan frío se solidarizan entre ellos? ¿Serán los tuelf points y el guayominí una cuestión de resistencia al jielo y a la escarcha?
Qui lo sá.
Aquí, le héroe, sigue siendo nuestro amigo Jurgens que se trajo a Viena el único trofeo eurovisivo que Austria ha conseguido. Fue en los sesenta con la canción que da título a este post. A diferencia de nuestra Massiel, Herr Jurgens no se ha pasado los últimos cuarenta años sangrando de mostrador en mostrador ante sendos vasos llenos de güiskazo con coca-cola, sino que ha hecho una fructífera carrera musical (Aber bitte mit sahne, o sea, por favor con nata, se llama uno de sus greintes jís) y ahora incluso se ha hecho un musical con sus cancioncillas que se llama Ich war noch niemals in New York (nunca estuve en Nueva York) que incluye sus pegajosas tonadas que son la delicia de las amas de casa germanas de edad madura, salsa imprescindible de todos los viajes del inserso germanoparlante.
Los austríacos sienten que la democracia del SMS no les favorece, que la plebe es inculta e indocumentada y que, en Eurovisión, que debería ser un templo dedicado al noble arte de la corchea, sólo ganan los mamarrachos que no saben ni hacer la clave de sol con un canuto.
O sea, el espíritu elitista de costumbre. ¡Francisco José, jomío, por qué te has muerto!
(Gensanta, qué país)





jueves

El rey con el presidente del organismo que ha venido a inaugurar
El rey echando el discursete

El rey con su equivalente, el presidente de la República de Austria


Johann Karl von Borbon in Wien


Fuisteis conmigo pródigos, monarcas del Oriente;/vuestros tres dromedarios trajéronme el presente


22 de Noviembre.- El König y la königin se han dejado caer por estas frías capitales para inaugurar no sé qué importante instituto oficial. Las fotos no son muy allá, pero a noticia es la noticia. En Austria tienen, en este momento, una pequeña superpoblación regia; porque, junto con los nuestros, también están los reyes de Suecia, Silvia y Carlos Gustavo. Aprovechando las augustas presencias, publica PROFIL (como Tiempo) en su portada, un montaje de los monarcas reinantes europeos que dice algo cómo: ¿Quién necesita reyes? Hace mucho que perdieron el poder pero siguen siendo imprescindibles para entretener a la gente. Es gracioso.


Arrivederchi, Vladimiro
¿Qué es ese brilo en los ojos?/¿Qué es en el rostro ese incendio?/¿Qué es ese temblar de labios?



22 de Noviembre.- Las mejores cosas de la vida nos suceden por casualidad. Ayer, mientras estaba cenando, pasé por suerte por una de las cadenas del satélite y me encontré con que entendía la peli que estaban echando (que es una razón suficiente para quedarme viendo un canal, con las cosas como están).
El flin en cuestión se llamaba “Goodbye Lenin”. Y el caso es que ya lo había visto nada más llegar a Austria. Pero como mi alemán en aquellos tiempos era inexistente, me había limitado a lo que fueron mis primeros meses de vida aquí: como decía mi abuela, “a ver los santos”. Pero ayer, descubrí con alegría que los santos hablaban un lenguaje muy humano, y mientras cenaba, me fui quedando enganchado por esa peli que, sin pretenderlo, te pellizca suavemente.
Para quienes no la hayan visto, Goodbye Lenin va de un chaval que vive en Berlín justo después de la caida del muro, y hasta ahí puedo leer, que la destripo.
La peli explota dos cosas: por un lado, la nostalgia de los antiguos ciudadanos de la DDR frente al reguladísimo (y por tanto seguro) mundo comunista. Un fenómeno que los alemanes han llamado “Ostalgie”. Por otro, es una película de iniciación, de alguna forma. Porque todo el mundo puede identificarse con ese chico joven que va perdiendo, al mismo tiempo que el argumento avanza, todas sus ilusiones y sus ingenuos ideales.
Me hizo recordar a mi amiga D. N., una mujer de belleza inquietante y sinceridad arrolladora, que estuvo de visita en casa este verano con motivo de la presentación de un documental que había hecho.
A D., treintañera como yo, le pilló la caida del muro al inicio de su adolescencia y aún recuerda con pesar cómo, en el curso de un año, el país de su infancia desapareció. Instituciones, periódicos, libros escolares, moneda...Todo en la DDR se convirtió en carne de mercadillo. Me viene su imagen a la memoria, el cuello largo, la melena oscura recogida, los ojos grandes y algo llorosos, untando pan negro con mantequilla y contándome a media voz, como quien relata un dolor secreto, la pérdida de su país.


Todo coincide, además, con que, por motivos laborales, se me ha encargado una investigación sobre Alemania del Este. Como primera medida, he tenido que aprender muchas cosas de ese país que ya no existe más que en los libros de historia. Por ejemplo, sus ciudades más importantes, y sus fronteras. He leido con sorpresa que hubo incluso una Karl-Marx Stadt (ciudad Karl Marx) que hoy ha recuperado su nombre antiguo. Y que, en la rigurosamente planificada economía socialista, había que esperar 15 años para conseguir un coche. O pagar el triple de su precio en el mercado negro si uno no quería esperar. Un mercado negro que el Estado, incapaz de subvenir las necesidades de los ciudadanos mediante la economía controlada, permitía y alentaba.
D. también me contaba que ella y su hermano L., debido a su situación geográfica, podían ver la tele de la Alemania occidental y que los adultos, al ver la opulencia en la que vivían los habitantes de la parte capitalista del país, renegaban en voz baja diciendo que todas aquellas cosas no eran más que propaganda.
Hay una cadena por satélite (MDR, creo que se llama) que emite ininterrumpidamente programas y series hechos en la DDR (o RDA por sus siglas en español) y resulta curioso ver cómo la retórica policíaca tenía que adaptarse a los dictados del partido único. Por ejemplo, en las pelis de la DDR nadie lleva corbata (prenda que tenía connotaciones burguesas) y los policías persiguen a los ladrones montados en unas cafeteras de aspecto inestable parecidas a los viejos Seat 124. También mola ver las películas rusas en Sovkolor, la alternativa comunista al Technicolor capitalista. Un sistema que retrataba las sonrisas tirantes y las poses hieráticas de los actores soviéticos en unos tonos pastel que, desgraciadamente, se irán difuminando hasta perderse, porque la emulsión comunista no resulta inmune a los estragos de los años.
Como todo en esta vida, supongo.

miércoles

Tetris
Juegas todos los días con la luz del universo./ Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.

21 de Noviembre.-
Querida sobrina:
Durante la segunda mitad de los años ochenta del siglo veinte, el ordenador, ese objeto que a ti te parece tan cotidiano, llegó a la vida de la gente.
Aquellos trastos con memorias irrisoiras (64 kilobytes tuvo el primero que compartimos tu padre y yo) producían unos gráficos hechos de cuadraditos que tardaban siglos en moverse. Los programas estaban almacenados en casettes o en grandes discos cubiertos por una carcasa de plástico negro, y los sonidos que emitían nos transportaban a un mundo casi sobrenatural. Máquinas monstruosas, que ocupaban una habitación, eran capaces de la ímproba tarea de jugar al ajedrez con los más sesudos campeones rusos (y, a veces, ganaban).
Pues bien: en aquella época, un programador soviético de la Academia de Ciencias de Moscú inventó un juego que, hoy en día, llevan de serie hasta los móviles más tontos: el tetris. En la Wikipedia podrás encontrar el azaroso viaje de este juego desde el Moscú comunista hasta los Estados Unidos, que es paralelo al viaje que el bloque soviético hizo de las nieves perpetuas a las alegrías culpables del capitalismo.
En la maquinita del bar “El Jaro” que estaba debajo de la casa de tus abuelos, la cosa consistía en que, al ritmo de una musiquilla rusa, iban apareciendo piezas que uno tenía que ir encajando para formar líneas que, una vez completadas, desaparecían emitiendo un pimpante sonido.
La vida, Ainara, es un poco como ese juego. Por mucho que se mueva, uno está fijo, esperando las piezas que caerán. Nuestra capacidad de modificar el mundo que nos rodea es mínima. Apenas un círculo de tiza alrededor de nuestros pies. Pocas cosas dependen de nosotros. Todo lo más, la habilidad que podamos tener para ir integrando los materiales que la vida nos entrega sin muchos miramientos. En otras palabras: si de nosotros no dependen los acontecimientos (sujetos a fuerzas tan terribles como el azar, o la genética, que carecen de criterio), lo que sí que depende de nosotros es lo que hacemos con esos acontecimientos. Cómo nos afectan, cómo nos modifican. Cómo los integramos en nuestra vida para que no sean inútiles.
Hay dos mantras que me he repetido durante toda mi vida y que resumen un poco esto. O lo clarifican.
Uno es: “La vida es un diez por ciento como es y un noventa por ciento cómo nos la tomamos” (la percepción, siempre la percepción que tenemos de las cosas) y el otro,mucho más pedestre, es: “Si la vida te da flores, pues flores; y si te da estiercol, al menos ya tienes un sitio donde plantar las semillas de las flores”.
Ultimamente, y sobre todo debido a mi residencia en esta tierra, a los dos mantras se ha unido un tercero: “¿Qué puedo aprender de todo esto?” que yo creo que los resume a los dos y los integra, porque lo que aprendemos de las cosas que nos pasan queda para siempre con nosotros y, con suerte, puede ser transmitido.
A lo largo de tu vida tendrás muchos momentos de felicidad. Ocupada en ellos, te distraerás de intentar sacar conclusiones. Pero los momentos tristes serán los que más te enseñarán. Porque cualquier dolor trae perplejidad, y la perplejidad suscita las preguntas. Llegará el dia en que, si eres lista, le darás las gracias a los profesores duros, a ese chico del colegio del que te enamoraste y que no te hizo ni puto caso, le darás las gracias a los amigos desaprensivos, a las largas horas encerrada en tu habitación esperando un milagro que no llega. Agradecerás las ilusiones puestas en un proyecto que al final quedó en agua de borrajas. Todas esas cosas, sobrina, te habrán enseñado más sobre tu propia esencia que los escasos minutos de felicidad inconsciente de sí misma.
Te habrán enseñado los mecanismos por los que el dolor se manifiesta en ti, y habrás aprendido a reconocerlos en otras personas. Te habrán enseñado que, en los momentos más difíciles, a veces basta con que alguien se siente a tu lado y no diga nada. Porque hay situaciones en las que no hay nada que decir. Te habrán enseñado que ayudar a los que nos acompañan en este viaje insensato es una tarea que exige una gran delicadeza, porque la infelicidad nunca dura eternamente, y hay pocas personas a las que les guste que les recuerden que alguna vez fueron vulnerables.
Te habrán enseñado, Ainara, a vivir.
Muchos besos de tu tío.

martes


Mis secretillos


20 de Noviembre.- Hasta ahora era un secretillo (o casi) pero hoy ha nacido una nueva forma de entender los viajes. Se llama Por Descubrir y consiste en que una serie de bloggers, repartidos por todo el mundo, te contamos lo que necesitas saber de ese rincón del planeta que tú quieres visitar. Para Austria, toreamos al alimón el amigo Tonicito y un servidor. Podrás encontrar nuestros interesantísimos textos en la siguiente dirección:




!Que lo disfrutes!

La polvera de Lola

La niña finge un toro de jazmines/ y el toro es un sangriento crepúsculo que brama.

20 de Noviembre.- Ayer leí que Fernando Fernán Gómez está ingresado en La Paz desde hace tres semanas. Y lo primero que me sorprendió fue que, en España, ese país en el que se levanta acta hasta los ciclos menstruales de las famosillas, una noticia como la de la enfermedad de FFG se les haya pasado a los alcachoferos. Un caso de respeto así ya es, desgraciadamente, inaudito en los medios españoles.
Con FFG es como si hubiera enfermado uno de los árboles más frondosos del mermado bosque de las letras españolas. Sin duda, no es un gran escritor, porque FFG no fue nunca por el camino de los inventos. Pero Fernán Gómez es, también sin duda, uno de los jubilados con más oficio del país. Deja para la literatura, por lo menos, dos monumentos impresionantes: “Las bicicletas son para el verano” y “El viaje a ninguna parte” que es uno de los libros más divertidos del pasado siglo XX. Un libro en el que, como en todas las obras de calidad, se ríe en la primera lectura para llorar en la siguiente a causa de lo que se había reido. Y como actor...Qué decir: FFG es el último gran mito de esa generación de actores de después de la guerra civil que siempre hacían de sí mismos pero a los que uno no se cansaba de ver. Quizá Florinda Chico sea la última superviviente de esa casta de grandes. Los mejores papeles de FFG le llegaron con la edad, como a Paco Rabal, y estaba absolutamente inmenso en “La lengua de las Mariposas” y hacía llorar en “Todo sobre mi madre”. Dicen de él que es un profesional que, entre toma y toma, no para de ensayar. Y es autor de esa grandísima frase que define, a mi juicio, mejor que ninguna otra, el oficio de actuar: “A los actores nos pagan por esperar”.También es autor de una recopilación menor de anécdotas teatrales que se llama “Aquí sale hasta el apuntador” que yo tenía por ahí y se me ha perdido en uno de estos viajes (desgraciadamente).

Fernando y Lola

En ella, sale la famosa anécdota, repetida hasta la saciedad y atribuida a diversos personajes (Me viene a la memoria Bernard Shaw, por ejemplo). Creo recordar que, en el libro de Fernán Gómez, son Valle Inclán y una hermosa actriz cuyo nombre permanece en el anonimato:
Se acerca la actriz al insigne dramaturgo:
-¡Maestro, maestro! Vaya éxito que hemos tenido, eh?
-No nos podemos quejar.
-¿Se imagina que tuvieramos un hijo usted y yo? Tan inteligente como usted y tan hermoso como yo.
Valle se queda mirándola y luego dice:
-El problema sería si sale tan feo como yo y tan tonto como usted.
También creo recordar que sale la famosa anécdota de Jacinto Benavente y el General Mola (seguramente falsa). Va Jacinto por la calle y se cruza, en una acera estrecha, con el General. Se produce la duda de quién pasará primero y, como ninguno de los dos parece decidirse, dice Mola en voz muy alta:
-¡Yo no cedo el paso a maricones!
A lo que don Jacinto contesta sonriente:
-Pues yo sí.
Y se baja de la acera.
De mi cosecha añado yo alguna: durante el franquismo, los actores, llamados cómicos, seguían siendo unas personas medio marginales y de moralidad no del todo cristalina. Tanto es así que, en muchos establecimientos, les estaba prohibida la entrada. Uno de estos locales antivicio era el hotel Palace de Madrid. James Stewart –personaje nada sospechoso- acudió a la capital a promocionar una de las películas suyas inmediatamente posteriores a la guerra mundial. Rellenó el formulario ante el estirado recepcionsita y, en la casilla de profesión, escribió “actor”, con lo cual, se le notificó amablemente que tendría que buscarse otro sitio para dormir. Stewart, impertérrito, preguntó entonces si la regla regía también para militares. Pálido, el recepcionista negó con la cabeza, y entonces Stewart pidió un lugar para cambiarse. Llevaba en la maleta (cosas raras de estos americanos) el uniforme de coronel de cuando había servido en la guerra. Se lo puso, y quedó el problema resuelto.
Hay otra muy divertida, y con esta termino, de Lola Flores, el Pescaílla y Cármen Polo. Baila la Faraona en La Granja y, al terminar la representación, entra la señora de Franco al camerino para felicitarla. Sonriente, con toda su grasia y su poderío, Flores agradece los cumplidos. Polo le ofrece a la Faraona un regalo,¿Una polvera, quizás? Lola no sabe lo que es una polvera, y mira a la dama con cara de póker. Luego, se vuelve hacia su marido:
-Antonio, ¿Una polvera?
Y el Pescaílla, sin quitar la vista de lo que está haciendo, dice:
-Un catre, Lola, un catre.

Cuando el cine patrio se repite
20 de Noviembre.- Buscando otra cosa, he encontrado esto...



El original: Imperio Argentina en "Carmen la de Triana" de Florián Rey,1937. Rodada en los estudios UFA de Babelsberg en Berlín. Y...



La copia: Penélope Cruz (doblada) en "La niña de tus ojos" de Fernando Trueba. Rodada en los estudios Barrandov de Praga.

lunes


Violencia cerebral

Se trataba, por fin,/del amor y sus hirientes hojas,/nada nuevo.


19 de Noviembre.- Ya he hablado aquí de mi afición por las tiendas de segunda mano. Bueno: por mi tienda de segunda mano. El lunes pasado encontré, rebuscando entre los DVDs, uno de importación. Se trataba de una edición BBC world de la serie “The long firm” de cuya existencia yo no tenía ni idea. Los trabajadores de la tienda habían decidido darle a los dos discos el bonito precio de tres euros (dos noventa y nueve, para ser exactos) en la confianza de que aquello no lo iban a picar ni los pájaros. No contaban con mi existencia. Me lo compré y es una maravilla, la verdad. Una miniserie de cuatro episodios hecha en 2004 (al mismo tiempo que la televisión pública española hacía Ana y los 7, esa peazo serie que habría que revisar algún día junto con La Casa de los líos).
The Long Firm cuenta las aventuras de Harry Stark, un personaje del hampa londinense de los sesenta, duro, violento, homosexual, fan absoluto de Judy Garland y dueño del club Stardust, que sirve de excusa para reunir a los personajes de las tramas.
Harry Stark -Mark Strong-está rodeado de unos más que solventes actores ingleses, de una calidad de producción más cercana al cine que a la tele, y descansa sobre unos guiones que, en algunos momentos, pierden algo de fuelle, pero que están escritos con competencia y un oficio notable. El resultado es una serie solventísima que no da ninguna vergüenza ver y que huye de todos los tópicos posibles. Narrativamente, también es novedosa (aunque se comprende que, después de ver el último engendro parido por Pedro Ruiz, a uno todo le parezca novedoso).
La serie cuenta la historia de Harry Stark, pero no de una forma lineal, sino utilizando el recurso de cambiar el punto de vista. En cada episodio, vemos a Harry a través de los ojos de un personaje diferente. En el primero, a través de Teddy,un diputado conservador al que Stark soborna con jovencitos para que sirva de hombre de paja en una sociedad fraudulenta. Teddy (interpretado por el inmenso actor shakespiriano Derek Jacobi) es un personaje bondadoso y débil que termina envuelto en una extravagante aventura en Africa.
En el segundo, vemos al personaje a través de una actriz fracasada de las de pelo rubio y cejas negras, a la que Harry Stark acoge y que termina convertida, gracias a él, en la integrante más eficiente y voluntariosa de una red de difusión de porno en la frontera de la legalidad.
En el tercer episodio, un Stark quijotesco investiga la muerte de un joven chapero con la ayuda de un fracasado camello de pastillas borrachín y perdido. En este episodio, Stark se enfrenta con la oscuridad de sus propios fantasmas y ejerce de una especie de ángel de la muerte en el que la violencia más bestia está extrañamente unida a la bondad.
En el episodio que cierra la serie, Harry entabla relación con un sociólogo más rojales por la época y el contexto que porque lo sienta de verdad. No cuento el final para quienes tengan la improbable intención de ver la serie.Por cierto´, detalle de poderío BBC. Una parte del último episodio pasa en Fuengirola. Pues bien: el taxi que lleva a Harry Stark tiene una visible matrícula de Málaga y cuando HS llega a su casa y coge una cerveza es: San Miguel.Uno a cero.Pero, eso sí: sale un chico moreno haciendo de español (un moreno como muy de los Chunguitos) y, aparte de no hablar en un español correcto, lo hace con un acento que hace dudar de con quién habrá tenido relaciones sexuales para conseguir el papel.Empate a uno.

The Long Firm está basada en una novela de un tal Jake Arnott (concretamente en la primera). Me he tomado alguna molestia en investigar sobre este señor y he averiguado que tiene una experiencia laboral que, casi casi, podría compararse con la mía. El pobre ha hecho de todo. A mí me falta el tema de la industria funeraria pero, por lo demás, está claro que los escritores, laboralmente hablando, somos seres de lo más sufrido (que se lo digan a Cervantes o a Borges).
En el DVD echa uno de menos que se hayan tirado un poco el rollo con los extras (al fin y al cabo no trae ni un making que echarse a la retina) pero en este mundo en el que las buenas historias escasean, esta de Harry Stark hace hasta ilusión y por tres euretes...Menos da un canto.

viernes

A que mola

16 de Noviembre.- Una de las ventajas de vivir en una de las ciudades más bonitas del mundo es que, cuando nieva, uno sale con la cámara y puede hacer fotos como estas. Cerrando los ojos y disparando (casi) al azar salen cosas así.
(Por cierto, sin que sirva de precedente, la nieve ha provocado un caos tremendo en Austria; nadie la esperaba tan pronto y la autopista del oeste ha estado cerrada desde anoche)


Museums Quartier


Mari Tere cubierta de nieve

La plaza del ayuntamiento

Las estatuas del parlamento

Los carámbanos me hacen mucha gracia, porque hacen que parezca que hace más frío del que hace

La esquina de mi calle; una bicicleta demasiado tiempo al fresco

jueves

Ya llegó el invienno
Noche. Este viento vagabundo lleva/ las alas entumidas


Las fotos son del domingo, pero en estos momentos, nieva que te nieva en la calle...

Todos los montajes: cortesía del desternillablog

Venezuela es a España lo que España es a Austria

Rey de los hidalgos, señor de los tristes, /que de fuerza alientas y de ensueños vistes

15 de Noviembre.- Los españoles (y se está viendo que los venezolanos también) somos únicos sacando las cosas de quicio. El rey Juan Carlos ha hecho lo que muchas personas, políticos y civiles, habían estado deseando y nadie se había atrevido: mandar callar a Hugo Chávez Frías: el hombre que aspira a conquistar el cetro de político más plasta del planeta que, hasta ahora, ostenta Fidel Castro por derecho propio.
Pero (aparte del pronto y del calentón) el rey no ha mandado callar, como finge creer el jefe de estado tropical, debido a ninguna animosidad histórica, sino para certificar, con luz y taquígrafos como se suele decir, que Hugo Chávez es un brasas irredento que no es capaz de callarse cuando otra persona está hablando (circunstancia indispensable para que se produzca un diálogo mínimamente fructífero).
A pesar de la opinión que me merece el mandatario venezolano (que no hace falta que repita) y de la que me merecen los reyes en general (algo más entrañable, pero no mucho más fervorosa) creo que el rey Juan Carlos debería haberse ahorrado el calentón que le ha puesto un poco a la altura del Tomate, y que le ha dado gas al otro para que se despache con los brochazos de humor gordo a los que nos tiene acostumbrados. Porque HC es una máquina de inventar chistes para consumo tabernario y en lo que llevamos después del incidente ya ha soltado tres o cuatro de esas que hacen subir el pan.



La indulgencia de la que HC goza entre determinados grupos de personas en principio cultas, me sigue dejando estupefacto, y sólo la puedo entender desde la crisis de líderes por la que pasa el planeta. Pero, aún así, me resulta curioso que lo que es moneda de uso común en las perversas democracias burguesas (o sea, ese mínimo imprescindible de espíritu crítico) sea imposible, e incluso pecaminoso, para los que contemplan la realidad latinoamericana desde la cómoda barrera de sus sueldos europeos y de sus vidas llenas de pequeños lujos impensables en los paraísos socialistas que dicen preconizar.
Personas que han dejado atrás la primera juventud (muchos austríacos me vienen a la cabeza) que se dicen de izquierdas y a las que les brillan los ojos al hablar de Fidel Castro o de Evo Morales o del propio Hugo Chávez, pero que no vivirían jamás en países sometidos, por ejemplo, a la rigurosa dieta intelectual y de opinión que sufren los ciudadanos de Cuba o de Venezuela (las dietas alimentarias no son todas responsabilidad de la incuria de los gobiernos de esos países, así que las dejo aparte).

Para muchas personas, los países socialistas de América Latina vienen a ser lo que, para los austríacos, es España desde tiempo inmemorial. Ese lugar en donde siempre es verano y reinan la siesta y la fraternidad universal. Uno comprende que cuando uno mira a su alrededor y hace frío, y todo es gris, y ve que este sistema en el que vivimos nos explota, nos cosifica y nos deshumaniza, la realidad diaria se vuelve más soportable si se piensa que en algún lugar, más allá del mar, brilla la concordia, suena la bachata todo el rato y se han borrado las clases (nunca se borran, se sustituyen por otras). Pero ese recurso no deja de ser una muleta para no enfrentarse a lo que todo el mundo sabe: que en todas partes cuecen habas.
Realidades tan planas y estampas tan idílicas sólo son aptas para cerebros perroflauta o para pintores de murales de palacio de partido único.
El rey quizá sea un señor mayor, representante de una institución rancia sin ninguna oportunidad de perdurar en este mundo; pero si la alternativa es Hugo Chávez y su verborrea incansable...Qué pereza, Dios bendito. Qué pereza.

miércoles


Alison. Foto: flickr


Historias de aparecidos

Madre: cuéntame un cuento de ésos que se relatan /de un curioso enanito o de una audaz sirena; /tantos que de los genios maravillosos tratan. /Esas lindas historias que conoces. ¡Sé buena!
Mi querida niña:
A veces, generalmente cuando uno pasa por malos momentos, se tiene cierta tendencia a pensar que se está solo.
Uno se siente una pieza abandonada que no encaja en ningún sitio y pierde de vista que las personas somos nodos de la malla que nos une a todos en una experiencia común. A pesar de nuestras rarezas y de nuestras particularidades somos miembros de una gens, de un clan. Y es muy difícil separar el transcurrir individual de ese corpus de acontecer humano que se va formando por el aluvión de los años.
La historia que voy a contarte sucedió en un invierno de hace una eternidad, quizá en 1920 o 1921, en una parte de España que, todavía hoy en día, es una de las más deprimidas del país.
El niño Manuel, tío bisabuelo tuyo, era el hermano pequeño de tu bisabuela paterna. No he visto nunca el lugar en el que descansa –en mis pocas visitas a su lugar de nacimiento siempre lo olvidé- pero debió de venir al mundo, más o menos, en 1914 o 1915. Tu bisabuela lo recordaba como un chaval muy guapo (aunque todos los difuntos son hermosos)y decía que tu padre se le parecía mucho. Es de suponer que Manuel tuviera los ojos oscuros de la rama paterna, y la mirada aguda e inteligente que distingue a tu padre y que resalta inmediatamente en las fotos de tu abuelo. El relato de tu bisabuela empezaba, como todos los mitos, en la arcadia feliz de un día de matanza de principios del siglo XX.
Tú eres una niña que probablemente sólo verá vivos a los animales que te comas durante alguna excursión del colegio, pero debes saber que, en aquella época y en aquel lugar, se vivía en íntimo contacto con las bestias a las que luego se quitaba la vida para convertirlas en piezas de carne y embutidos que duraban hasta la primavera. Se alimentaba a cerdos y gallinas con la vista puesta en una borboteante cazuela futura, siguiendo un ciclo anual que no había cambiado demasiado desde el neolítico.
No sé por qué, yo me imagino la escena en colores blancos y azules. Quizá porque las paredes del pueblo de donde llegaron parte de tus genes son blancas y porque los días del invierno suelen virar a ese color.
Abre los ojos Ainara, y mira: allí están todos estos fantasmas de gente que murió hace años. Los hombres afilan los cuchillos; las mujeres, con delantales, esperan la sangre, la carne del animal. La dueña de la casa, tu tatarabuela Francisca, ama piadosa de buen pasar, recuenta el pimentón necesario para hacer los chorizos, ajena a la tragedia que le partiría la vida para siempre. Los hombres jóvenes, que aún están aprendiendo los ritos de la masculinidad, se juntan alrededor de los fuegos, y lían cigarros de tabaco traido de América. Los niños más pequeños corretean entre los adultos. Los más mayorcitos –como tu bisabuela, que debería de tener diez años más o menos- buscan el amparo de los mayores porque, en aquella época, la infancia era un estadio un poco vergonzoso del que convenía salir cuanto antes.



foto: flickr


Manuel vigila los gestos de los adolescentes a los que les apunta el bozo y que fuman cigarros calentándose las manos callosas en las hogueras encendidas. Las brasas ejercen sobre él la fascinación peligrosa que es la perdición de muchos animales jóvenes. El niño se va acercando más y más a uno de los fuegos hasta que una chispa prende en su ropa. El resto son carreras y llantos. El niño tarda tres días en morir. Los cuidados del médico del pueblo no pueden nada en contra, no ya de las quemaduras, sino de la infección posterior. Es probable que el niño muriera de una septicemia. No se sabe cómo encaró el hecho tu tatarabuelo Francisco, superviviente de la guerra de Cuba, honrado comerciante de una burguesía media, católico practicante temeroso de un Dios lejano y vagamente amenazador, y lector asíduo del ABC de los Luca de Tena. Lo que sí se sabe es cómo reaccionó tu tatarabuela Francisca, que se hundió en la negritud del luto y en un llanto inconsolable del que tu bisabuela fue testigo casi único y que la marcó para siempre. Esa mujer (cuyo único retrato existente muestra con la expresión endurecida de quienes piensan que todo placer es delictivo) se encerró a llorar la pérdida del último de sus hijos y quizá, por qué no, la pérdida de su juventud. El principio de una vejez que, en aquella época era, sobre todo para las mujeres, un trago lento y amargo.
En aquella sociedad en el que los papeles de los sexos estaban separados por compartimentos estancos, la niña (futura bisabuela tuya) se quedó junto a su madre. Durante muchos años, fueron inseparables. Tu bisabuela, de luto prematuro, asistió seguramente a los funerales de su hermano y a la larga noche posterior con una sensación de angustia que ya no la dejaría en toda su vida.
Ver sufrir a los que uno quiere es lo más duro de la vida. Intentar protegerlos es un impulso natural. Pero tu bisabuela nos cuidó siempre como si el peligro fuera inminente, imaginando siempre detrás de cada esquina un desenlace fatal. Nos dio todo el amor que un corazón humano puede dar. A su manera, intentando lo imposible: vivir, ella y los suyos, en un mundo controlado en el que lo imprevisto (y por tanto, lo peligroso) no tuviera lugar. La muerte de su hermano pero más aún, el dolor de su madre, el calvario que vivió junto a ella en un proceso de identificación que la hubiera facturado (en nuestros días) de cabeza a un psicólogo infantil, la marcaron para siempre y dejaron una huella en nuestra familia, porque uno imita (aunque sea inconscientemente) lo que ha visto hacer en casa.
La historia de Manuel no terminó, sin embargo, con su doloroso abandono de este mundo. Tu bisabuela contaba, con la misma unción que las ancianas griegas debían de emplear para contar las historias de Odiseo que, tras la muerte del hijo, la tatarabuela se sumió en la fatalidad y el dolor. Dejó de comer y vivía para un llanto contínuo que le consumía los días y las noches. Hasta que, una madrugada, o quizá al amanecer, que es la hora en la que los espíritus cruzan el umbral y vuelven a la tierra, la tatarabuela Francisca, creyente convencida en los misterios de este mundo y en los del otro, escuchó nítidamente la voz de su hijo que le pedía que dejase de llorar porque los niños cuyas madres no encuentran consuelo no van al cielo. Y aquella mujer hizo el único sacrificio que le quedaba por su hijo. Llorar hacia dentro todo lo que le quedó de vida, que fueron veintitantos años más (murió a principios del año 1948, si no me falla la memoria).
No está bien contarle a los niños historias de difuntos, ni llenar su cabecera de miedos. Pero quizá algún día leas esto y te ayude a entender a las personas que más te quieren y que luchan porque no te pase nada malo.
Hasta el próximo miércoles, sobrina.
Crece bien.
Un beso de tu tío.

lunes

Un martini invita...A comer ganso
De los claros bosques de la Andalucía,/ ¿quién os trajo a esta castellana tierra /que barren los vientos de la adusta sierra,/ hijos de los campos de la tierra mía?
12 de Noviembre.- Ayer comimos ganso, como está mandao, debido a la fiesta de San Martín. Porque en Austria, queridos lessern und lesserinen, cuando llega San Martin es el ganso el que causa baja y no el cochinete, como sucede en España.
El ganso nuestro era un descendiente directo de los pterodáctilos que poblaron Austria durante las épocas anteriores (muy anteriores) a la aparición del ser humano sobre la tierra planetaria. O sea: un bicho de cinco kilos que no cabía en el horno. Fue sazonado con sus hierbas, y su manzanita y su cebolla metida en la cabidad en la que algún momento estuvieron las entrañas que, en vida, hacían funcionar al ganso por este mundo de Dios (o por esa granja húngara desde la cual inició su camino hacia el Merkur o supermercado).
El ganso, como puede verse en las ilustraciones, fue degustado acompañado de la Roter kraut correspondiente (¿Lombarda?) que por estas tierras se come con sus castañitas caramelizadas y por sus knodel, que son un sustituto del pan que se da mucho por estas tierras. Los que comimos ayer estaban hechos siguiendo la receta de la Tante R. Que es una señora encantadora que nos la cedió porque, aparte de maja, es una cocinera de las que ya no quedan.
La Tante R., es una abuela de cuento, que ya sobrepasa la ochentena. Una mujer de ojos de un azul intenso y una piel blanca y delicada que hoy en día sufre mucho de los pies de resultas de su estancia en un campo de concentración.

Y es que la Tante R., aparte de ser una excelente repostera de las que ya no quedan, es un testigo viviente de la historia de esta Europa que nos ha tocado vivir.
Porque se ha hablado mucho del drama de los judíos en los campos de concentración nazis, pero poca gente sabe que hubo un gran número de germanoparlantes que también estuvieron presos en los campos de concentración que los soviéticos dispusieron en el este de Europa durante la guerra mundial. Tante R, y su familia provienen de una región de Europa (hoy dividida entre Rumanía, Hungría y Serbia) que se llamó Banat. Como dato curioso, decir que entre el 1 de Noviembre y el 15 de 1918, recién terminadita la primera gran guerra, existió una república de Banat que duró lo que una cerilla de cara a un ventarrón. Desde el siglo XVIII, en esta región del planeta se asentaron varias minorías (alemanes, austríacos e, incluso, españoles en pequeño número) que llegaban atraidos por la bonanza del clima y la prosperidad de la agricultura. Cuando estalló la guerra mundial (la segunda), la región fue tomada por los ejércitos soviéticos que deportaron a los hombres a la URSS a currar y a las mujeres y a los niños los metieron en campos de concentración.


La Tante R, cuenta cómo su niño –hoy un señor grandote y cincuentón- se salvó de la malaria que se llevó a muchas criaturas del campo, y la decisión de ella y de su familia (su madre estaba presa con ella) de desplazarse hacia Austria cuando la guerra terminó y fueron liberadas del campo de concentración. Su hermano se escapó del campo y pasó a Austria también tras una larga huida en la que caminaban de noche y dormían (escondidos) de día. Este hermano se estableció en Burgenland y hoy también es un anciano silencioso y megaeducado que trabaja en su jardín todos los días a pesar de su avanzada edad.
Y he aquí cómo el ganso nos ha llevado a los campos de concentración.
(Por cierto, estaba riquísimo, el ganso)





viernes



LMG

Del fondo de mi alma oscura/ van hasta ti mis dolores/ como una sarta de flores/ en empobrecida blancura.

9 de Noviembre.- Ayer , mientras N., y yo nos tomábamos una cervecita, estuvimos hablando de esto y de lo otro y llegado un momento, salió el tema de Rocío Jurado (entre otros, tengo ese post de cine español pendiente). Los españoles tratamos mal a nuestros monstruos sagrados. Y a mí no me cabe duda de que Rocío Jurado era uno de esos talentos que se dan una vez cada siglo. Hay muy pocas personas que, con el tiempo, se ganen el derecho a usar el artículo determinado delante de su nombre. Pocas. La Jurado era una de ellas. Estaban todas y, además, la Jurado. Jugaba en una liga distinta.
Uno no puede dejar de preguntarse qué hubiera sucedido si Rocío Mohedano hubiera sido americana. Probablemente hoy sus hijos serían unas personas riquísimas (o un poco más de lo que son ahora) y sus grammys se subastarían en Sotheby´s.
Con Rocío Jurado se alcanzó, por un lado, la perfección de un género (la copla) y, por otra parte, ella es el puente que llevó la canción melódica española hacia otros terrenos que otras cantantes más ortodoxas, o más endeudadas con el género, no hubieran nunca explorado. Rocío Jurado limitaba al norte con la balada romántica y al sur con un magma flamenco, caliente y aromático, que teñía cada una de sus interpretaciones de un desgarro personal. Si a esto le añadimos una cuidadosísima puesta en escena de cada una de sus canciones (historias perfectamente redondas y reconocibles de dos minutos y medio) y una enorme habilidad para explotar sus limitaciones y convertirlas en virtudes, tenemos todos los ingredientes del genio.
Como Lola Flores, otro fenómeno de la naturaleza, la Jurado trabajaba mejor sola. Los dúos sólo conseguían que el otro cantante (generalmente más convencional) palideciera ante semejante torrente de verdad.
Porque en esto del arte, como N, y yo hablábamos a yer, esa es la única receta mágica. Todo lo falso envejece y muere; todo lo bonito, más tarde o más temprano, se convierte en cursi. Sólo la verdad consigue pasar las aduanas del tiempo, porque sólo la verdad conecta con lo inmutable que todos llevamos dentro.





Y Rocío Jurado era verdad. Era sexo de verdad (o su manera de entender el sexo), era amor de verdad (o su forma particular de entender el amor) era tristeza y desgarro de verdad. Y eso es impagable.
Antes de irme de España, cuando la Jurado estaba ya muy enferma, su casa de discos de siempre (CBS) sacó una recopilación fascinante que, a pesar de serlo, estaba destinada a ser carne de taxista y radiolé. Se llamaba “Señora” y pretendía ofrecer un panorama (escasito) de lo que había sido la carrera discográfica de la señora Mohedano y, por qué no, prolongar un poco la rentabilidad del producto Jurado antes de que el cancer terminara con él.
Ahí estaba, para quien quisiera oirla, la canción del fuego fatuo, de Manuel de Falla, cantada con un amor por el detalle, fraseada con tanta delicadeza, que la convertía en una pieza única. También están en esos dos discos las canciones de toda la vida, las que cantan los travestis, las que tararean los albañiles subidos a los andamios, las que se gritan en las borracheras de las despedidas de soltero, las que han alcanzado el honor de convertirse en la voz del pueblo. Interpretaciones mil veces imitadas pero que la Jurado recreaba siempre, en cada escenario, apoyada en el piano, con un clavel en la mano. Un rojo, rojo clavel.
Los últimos años de la Jurado fueron tristes. Tras los últimos noventa, no volvió a ser la misma. Quizá la enfermedad, o el paso del tiempo. La casa discográfica de siempre decidió que sus discos no eran rentables. Su última grabación, con la sinfónica de Bratislava (un disco curioso en el que la diva y la orquesta no llegaron a encontrarse) fue financiada por un productor mejicano. La más grande hubiera iniciado con él el camino de su retiro por que su voz, a los sesenta años, no era la de siempre.
La Jurado se convirtió en pasto de lenguas más o menos venenosas y se utilizó su cara más superficial para maltratarla durante su camino hacia el cementerio de los elefantes.
Pero la Jurado ha sobrevivido porque es inmortal. Vive en cada una de las personas que han sentido un crujido frío y seco una mañana gris, cuando se han abrazado a alguien; y se han dado cuenta de que se les había roto el amor. De tanto usarlo.



jueves


Rompetechos
¡Ojos que a la luz se abrieron /un día para, después, ciegos tornar a la tierra, /hartos de mirar sin ver!

8 de Noviembre.- Desde ayer por la tarde, sigo asombrándome de lo complejo que es el mundo. Visualmente hablando, claro.
Recogí unas gafas nuevas que retrasarán un poco, Dios mediante, el momento fatal en que tenga que aprender a leer por el sistema Braille y desplazarme guiado por un perro amaestrado.
Los anteojos antiguos, que me han dado tan buen servicio, se habían vuelto inútiles desde hace demasiado tiempo. No me servían ya para leer las letras chiquitillas de los subtítulos de los DVDs –con lo cual, aprendía idiomas, pero eso es otra cosa- y me producían al final del día un cansancio que estaba terminando con mi estómago (porque el cansacnio me producía dolores de cabeza y de ahí, pues a la pastilla destructora de la mucosa estomacal).
De todo lo cual se desprende que con mis nuevas gafas todo serán ventajas.
De todas formas, me está llevando un poco de tiempo acostumbrarme a la nueva graduación y hoy, mismamente, en el metro, casi me parto los piños porque he calculado mal las dimensiones de un escalón. Pero bueno: seguimos intentándolo.
Hoy también he iniciado la dieta musical para combatir el frío invernal (atroz anoche, por cierto) que se concreta en esa música chachi que te hace bailar aunque no quieras y te levanta el ánimo. Me estoy refiriendo a grandes jís de toda la vida como el famoso “Paco,Paco,Paco” (y yo añado, “que mi Paco”) de la mítica Encarnita Polo; al “Aire” (no de Mecano, que es una tontolinada, sino al de Pedro Marín, que ya que se puso a cantar una canción imbécil, no le puso niguna coartada psedointelectual); al “Divina de la Muerte” de las Azúcar Moreno (ideal cuando ves a la gente por la calle con esa cara de estreñida) y a tantos otros grandes éxitos venidos del sur cada invierno en una especie de migración inversa.
¿Y no tienes grandes jís anglosajones? Puede preguntarse algún lector curioso.
Pues sí, también. En mi mp3 no pueden faltar para estas fechas “Don´t go breaking my heart” de Elton John y la simpar Kiki Dee (¿Alguien sabe, de verdad, quién era esta mujer?) o “A little less conversation” de Elvis Presley –escuchándola uno se tiene que contener para no ponerse a bailar, yo lo hice ayer en la calle al volver de correr, no sin antes asegurarme que estaba solo y que no iban a encerrarme en el manicomio más próximo- ; también se han incorporado a la familia de archivos de mi mp3 algunas músicas que mi amigo X., traía en su usb (por Dios, qué llena de siglas está nuestra vida). Y si las primeras mencionadas eran músicas para trotar por las calles de Viena sin dejarse atormentar por el frío, las de X., son músicas para la calma y el descanso.
En fin: que me dopo con Mandarinas valencianas (las únicas que compro, al objeto de levantar la maltrecha economía nacional) que me proporcionan vitamina C que lo previene todo, y sodio y otros minerales que me ponen muy nervioso (por fin, he descubierto por qué cada otoño yo estaba así de tenso).
Veo que a España ha llegado la polémica sobre las subidas del precio de los alimentos. Uno no descarta que se trate de los efectos perniciosos de la política económica del actual gobierno (sería, en ese caso, un fenómeno que se circunscribiría a España, pero es que en Austria todo está también más caro) pero creo que va a ser cosa de a) el cambio climático (sí, no reirse, y contárselo al líder de la Oposición); las malas cosechas y los huracanes están haciendo subir por las nubes los precios de los cereales básicos, por no hablar de que los agricultores han descubierto que plantar cosas con las que se hace biodiesel es muchísimo más rentable; y b) esa guerrita sin importancia que nuestro ex Presi y el Presi de los Estados Unidos decidieron llevar a cabo en el paso estratégico de todos los oleoductos. Los camiones que transportan las cosas, hasta la fecha, no funcionan con coca-cola. Y claro, así pasa lo que pasa.

ACTUALIZACIÓN: Por cierto, amigo N., la peli de la que no nos acordabamos se llama “Más que amor, frenesí)
-Esto será para un post que quizá haga algún día a propósito de cine español; N. y yo hemos estado recopilando material zampándonos unos bentos en el Toko-ri-

miércoles

El cielo sobre Maria Zell (foto del autor)
Algo más antiguo que nosotros
¡Oh, quién así —pensaba—/ dejar pudiera deslizarse el tiempo! /¡Oh, si las flores duermen, / qué dulcísimo sueño!
7 de Noviembre.-
Querida sobrina:
Sí: esos globos que ves alrededor de tu cuna, esos entes cuyas formas estás empezando a reconocer, cuyos sonidos incomprensibles aprendes a apreciar en estos momentos, son tu familia.
Felicidades: por sorteo te ha correspondido una buena (aunque mi opinión no sea muy objetiva, claro está).
En esto de las familias, como en las loterías, cada uno cuenta la película como le va. Por estas críticas cinematográficas que he ido oyendo sé que no todos tienen la suerte de crecer en casas en las que la gente se partiera el pecho de risa, como nos ha sucedido a tus padres y a mí. Con lo cual, alegrate y disponte a aprender, porque lo que veas te será muy útil durante el resto de tu vida.
El hecho, sobrina, es que tu familia te marca y que esos globos que hacen el tonto nada más abres los ojos, tendrán una influencia en tu vida de la que, ni aún con todas tus fuerzas, podrás librarte totalmente. En el caso de tu padre y mío, quiero creer que esa influencia fue para bien: desde niños aprendimos a ser generosos, menos maleducados que algunos de nuestros contemporáneos, y aprendimos también el valor del esfuerzo (único camino para conseguir cosas que merecen la pena) y que, en realidad, casi nada en esta via merece que nos llevemos un sofocón.
También aprendimos que convivir con alguien es difícil, y que sin la costumbre de comunicarse, la vida merece menos la pena.
Y de esas rentas vivimos todavía.
Aunque, aquí entre nosotros, tampoco sé decire si venir al mndo en una familia así mola tanto como parece a primera vista. Porque, si bien tiene unas ventajas evidentes, también es cierto que, a base de leches, aprendes que el monte no está (ni mucho menos) lleno de hierbas aromáticas. O sea, que hay mucho cardo borriquero suelto.
Frente a ellos, uno echa de menos la capacidad de morder y de imaginarse la crueldad ajena que los demás parecen tener por arrobas. El descubrimiento de que yo era un minusválido en esos terrenos (lo cual viene a significar que no había perfeccionado la cuota parte de mala leche que traigo de serie) me ha costado no pocos sinsabores, por no hablar de esa incómoda sensación de indefensión que aqueja a los endomingados a destiempo.
Tu padre, habiendo crecido en la misma matriz que yo, y habiendo crecido en el mismo ambiente, sin embargo, parece haber tenido menos problemas en ese aspecto. Desde niños la gente ha hablado de mi falta de picardía (y de la prudente dosis que él posee) mirándome a mí con cierta conmiseración. Alguien ha llegado a asegurar que, de afirmarse estando yo presente que los burros vuelan, me lo creería.
No sé, sobrina. Supongo que esto es lo mismo que los cursos de pintura de Planeta de Agostini: hay gente que se gasta pastas inmensas en comprarse pinturas, materiales, exquisitos lienzos, y no pasa de hacer monigotes. Y hay gente que, en la esquina de un mantel, pinta obras maestras.
Pero me estoy desviando.
Tienes la suerte, sobrina, de pertenecer a un clan. Cuando tuve que venirme aquí, fueron muchos los miembros de mi familia (que ahora es tuya) que me escucharon entonar el canto del me voy o no me voy. Cada uno, me aconsejó según sus miras y sus creencias, y todos los consejos me fueron útiles. En muchas otras situaciones complicadas de mi vida, no sé qué hubiera sido de mí si hubiera tenido que enfrentarme solo a esa bestia aullante que pueden llegar a ser los inconvenientes de la vida. Juntos, sobrina, somos más y mejor.
Y, aún estando lejos, puedes creerme que nunca me he sentido solo. Siempre he sabido que, para lo que sea, esa presencia cariñosa y vigilante, estará ahí.
Así tú tendrás siempre la mía.
Un beso de tu tío.

martes

Mandarinas congeladas
Amigo, /despierta, que los montes todavía no respiran/ y las hierbas de mí corazón están en otro sitio.

6 de noviembre.- Resulta curioso echarle mano a unas mandarinas congeladas. Es como agarrar un meteorito naranja, venido de un espacio interestelar desconocido. Esta mañana, al ir a coger de la ventana las frutas para mi merienda de media mañana (en Viena, con el tiempo que hace, no hay mejor fresquera) me he encontrado con esta evidencia del invierno. Dicen los que saben, o intentan saber a fuerza de escudriñar el cielo, que este invierno será para Austria una lluvia de millones en forma de nieves blancas y mullidas y