lunes
sábado
Dispuesto a documentarme, me he ido a la página web de los cuarenta principales, que siempre es cosa que reconforta y alimenta. Y me he encontrado con un fenómeno que me ha aliviado mucho: los Tokio Hotel están en quinto lugar. Oye, por lo menos les conocía.
También ha sido un alivio comprobar que Juanes y Maná ocupaban primero y segundo puesto, respectivamente.
El resto…Puff.
Recuerdo que, cuando era pequeño, había una serie que me encantaba y que mi hermano, conociendo mi espíritu necrofílico, me ha regalado últimamente. Se llamaba Fama. Pues bien, había un simpático profesor de esa serie (viéndola me he dado cuenta hasta qué punto UPA fue un plagio de los de libro) que se llamaba Sorovski. Era el profesor de música. Cuando Dani Amatulo (qué jugosas rimas hicimos en el cole con ese apellido) venía a tocarle alguna cosilla con su sintetizador antediluviano, Sorovski ponía cara de “Qué he hecho yo etc” y, si alguien se metía con ello, acudía a su socorrida frase. Poco más o menos:
-La primera vez que escuché a los Beatles me parecieron el colmo de lo jevi, y ahora, hasta me gustan.
Los protagonistas de la serie Fama. Dani Amatulo es el primero por la izquierda de la fila superior y el profesor Sorovski el gentil barbas que está mirando el escote de Debbie Allen (¿Te pensabas que no te habíamos visto, eh, jodío?)
El presentador de "Al pie de la letra" (foto: Antena 3)
Armin Assinger, espejo de presentadores (foto ORF)Cómo será la cosa que hasta Carmen Sevilla me ha empezado a caer mal…
Entre este servidor y la cultura popular española se ha abierto un abismo y, asustado, he comprobado que empiezo a entender a cierta persona que, cuando ve cómo van vestidas las mujeres del tiempo de Canal Sur (talmente como de gogós del Bar Coyote) mueve la cabeza y dice:
-Si es que van como schlampen (no lo traduzco esto por no herir sensibilidades).
Yo antes defendía a los estilistas del Canal Sur, pero ahora…Ays, por Dios, qué perezón.
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Paco Bernal
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viernes
Llegué ayer, tras un viaje algo accidentado en un vuelo de Iberia en el que el azafato (o aeromozo, como sugiere la Academia) encargado de comentarnos a los pasajeros lo que teníamos que hacer en el caso de que el aparato se escoñara, no tenía ni puñetera idea de lo que tenía que decir (falló la grabación). También Iberia tuvo la gentileza de machacarnos con unos cuantos villancicos de María Ostiz (y no es coña); todo españolísimo. Reliquias, supongo, de aquellos momentos en que Ana Botella era inquilina de la Moncloa y la Ostiz la madrina oficiosa de la revolución cultural.
Tras dos años en la Viena de mis amores, ahora hay cosas españolas que me parecen de un costumbrismo entrañable y que, por lo mismo, me llaman la atención. Por ejemplo, que la gente habla y habla y habla y habla (o sea, y yo les entiendo). Pero no es la comprensión lo que me llama la atención, sino que la gente no para de contarse cosas los unos a los otros, de intercambiar información, o sea. Hoy por ejemplo, he estado en el hospital acompañando a un familiar enfermo. Y en el autobús una señora, y no es exageración ninguna, ha hecho corrillo contándole a quien quisiera oirla las aventuras de sus hijos.
Me hacen mucha gracia esas frases que escucho como de peli de Almodóvar. Ejemplo sacado de la conversación de esta señora:
-Pues me llama una vecina, hija, y me dice: te llamo para decirte una cosa de tu hijo. Y yo, ¿De cual? Del alto con rastas. Y yo, chica: Mi Manolo…
Y así.
Esas cosas, que me hacen ilusión porque yo soy muy marujo y fan total de la Subcultura Maruja, que me parece la última reserva de la españolidad.
También me hace mucha gracia lo que el lenguaje televisivo ha contaminado el habla normal de la gente. Por ejemplo, una de las que estaban escuchando a la de “Mi Manolo” le decía, seria, como comentando un caso de malos tratos a una famosa:
-Es que tú la suerte que has tenido es no tener hijos conflictivos.
Y la madre de las criaturas:
-No, si conflictivos no, claro. Aunque no te creas: todos tenemos nuestras cosas.
Nos hemos enterado, por supuesto, de que la señora, para obrar como Elsa Anka todos los días, desayuna por orden médica sus dos piezas de fruta y sus cereales (o galletas de cereal, ha puntualizado cargada de razón) y, asimismo, nos hemos enterado de sus hábitos de ingestión de bebidas alcohólicas durante estas fiestas.
Se me ha olvidado decir que, al fondo del autocar, un señor ha llamado a otro para explicarle que a) se encontraba en el autobús y b) que había comprado no sé qué artículo. Después se ha extendido en otras consideraciones domésticas que, los demás, nos hemos tenido que tragar sin poder hacer nada.
Entiende uno que el sistema austríaco y su obsesión por la intimidad, es un poquito un exceso. Pero de ahí a lo de las galletas de cereal, va un abismo, claro. Un abismo entrañable, pero abismo al fin y al cabo.
Por cierto, en España, una maravillosa temperatura tropical. Fantásticos cinco grados. Yo, voy casi en mangas de camisa.
Qué primor.
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miércoles
26 de Diciembre.- Aprovechando que hoy es San Esteban (der Stephani, que diría un castizo por estas tierras) colgaremos unos cuantos tutubos de musiquilla para variar un poco el menú tradicional (tu carta de los miércoles, sobrina, tendrá que esperar hasta que la vida recupere su ritmo normal: no te preocupes, no me he olvidado de ti).
Empezamos pues este recuento de los éxitos de hoy, de ayer, y de siempre, con Cindy y Albert, que cantan "Immer wieder Sonntags" o sea, "Siempre en domingo". A disfrutar:
Seguimos con un éxito de Frank Schöbel que se llama "Wie ein Stern", como una estrella. Esta canción (en una versión más bonita, por más kitsch) suena en "La vida de los otros", está puesta en una gramola en el bar, cuando el personaje de Ulrich Mühe convence a la chica de la película de que no se acueste con el viejo baboso.
El nunca suficientemente ponderado Costa Cordalis canta "Anita" con el desparpajo que Dios le dio:
Y, por último, un jueguecillo: ¿Qué cantante italiana versionó esta canción en la España del destape? La versión alemana la perpetró el ínclito y ubérrimo Tony Holliday. Du bist so heiss wie ein volkan...
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martes
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lunes
24 de Diciembre.- Más repuesto de mi catarro, quisiera felicitar a todos los lectores de Viena Directo (presentes, pasados y futuros) estas navidades. Y, tratándose de un blog austríaco como este, no podía hacerlo de otra forma: con un tutubo de Grace Bumbry cantando un villancico muy Harry Belanfonte con los niños cantores de Viena.
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jueves
Un amanecer de invierno en mi patria chica. La menina, envuelta en niebla, es una presencia surrealista y extraña escapada de un sueño.
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miércoles
La semana que viene, el lunes, será navidad. Tengo que reconocerte que estas fiestas no me han gustado nunca. Porque las navidades siempre me han parecido una ocasión melancólica pero, aún más grave para un libra como yo, me ha parecido una ocasión fea. De mal gusto.
No sé cual de sus dos extremos me resulta más penoso: si el de embadurnar la realidad con esos adornos horteras que simulan una primavera brillante, o el hecho de quitarlos una vez pasados los festejos. Todo queda con ese aire triste y desangelado que tienen los finales de carnaval. Una confusión de confeti sucio y de botellas de champán rotas.
Sin embargo, y siguiendo ese refrán tan útil que recomienda entusiasmo frente a lo inevitable, de unos años a esta parte he conseguido encontrar algunas cosas hermosas en esta época del año.
No sé cómo se celebrarán las navidades cerca del ecuador de este siglo (momento en el que tú gozarás de la máxima conciencia y yo estaré caminando hacia la vejez) pero lo cierto es que, hoy en día, las fiestas de final de año se van, poco a poco, deshaciendo de su contenido religioso. Quizá sea mejor así. El cristianismo, religión en la que crecí, se adueñó de unos ritos más antiguos que él. Enmascaró con un barniz un tanto tosco los antiguos cultos del sol, que datan de los primeros pasos de la conciencia de la Humanidad. Los impregnó de una nueva mitología y forzó el olvido de las antiguas divinidades, cuyos altares se enmohecieron hasta desaparecer.
La navidad es la celebración del solsticio de invierno, momento en el que el sol, que declina hasta ser vencido aparentemente por las tinieblas, inicia el camino que lo convierte en la luminaria pujante que hace reverdecer los cultivos y ahuyenta el frío del invierno, fuente de los letargos más perniciosos, mensajero del hambre. El cristianismo también se apropió de otros símbolos solares (¿Qué son si no los halos que los santos católicos lucen detrás de la cabeza, sino indicadores de que en su pensamiento brilla el sol?) y, en el furioso trabajo de reciclaje de los principios, la religión naciente se adueñó de mitologías egipcias y asiáticas (el Dios resucitado, la virgen que da a luz un varón, los ángeles) hasta formar un frankenstein con los miembros dispersos de las decadentes religiones de la antigüedad.
Aunque soy católico por tradición, soy firme creyente en que Dios (si lo hay) no lo es. Sin embargo, no tengo más remedio que sentir cariño por la mitología cristiana y, cuando tengo algún problema, rezo. Me gusta creer que dialogo con una entidad superior, del mismo modo que lo han hecho muchos millones de seres como yo desde que el mundo es mundo. Es en la intimidad de mis oraciones cuando me siento más vinculado al resto de las personas que me han precedido y, quién sabe, también a las que vendrán después de mí.
Sin embargo, ha sido por la mitología por donde he conseguido hincarle el diente a la navidad. Me resulta especialmente querida la imagen de la mujer embarazada a la que nadie quiere dar cobijo (prescindamos de su nombre, de las fechas, del lugar). La cara preocupada de ese hombre que vaga con su borrico por una aldea sucia y pobre y no encuentra más que un establo en el que guarecer a su familia. Son los comienzos difíciles de cualquier proyecto vital, independiente de cualquier significación religiosa, y la demostración de que, contra todos los contratiempos, la vida, Ainara, acaba por abrirse camino.
Aunque sólo sea por esa fe que lucha contra todas las evidencias y porque has llegado tú para alegrarnos la vida, este año volverá a ser hermoso reunirse para celebrar la navidad.
Un beso de tu tío.
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martes
El nuevo ayuntamiento de Madrid, con las piedras teñidas por el dulce sol de una tarde de junio. Viendo esta foto se puede saber por qué lo llaman Nuestra Señora de las Telecomunicaciones.
Uno, y la madre de uno (intrépida señora) durante la visita que la madre de uno le hizo. Como ya le ha perdido el miedo a los aeroplanos, uno no duda que esta instantánea tendrá ocasión de repetirse en 2008, si Dios quiere.
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lunes
17 de Diciembre.- Inauguramos una nueva sección: ópera. Y lo hacemos, como no podía ser de otra manera, con Mozart. He encontrado este tutubo con este pequeño monstruo de la lírica. Es rarísimo encontrar una voz blanca con un registro tan completo. El pobre chavalín es una soprano coloratura casi perfecta. Aunque no esté en el tono el 100% del tiempo, el chico tiene una mina en la garganta. Y el ária (la de "La Reina de la noche" de La Flauta Mágica) una de las más difíciles de todos los tiempos.
Tiene una historia curiosa. Mozart la escribió para su cuñada, una soprano de condiciones al parecer excepcionales, pero que, al tiempo del estreno de La Flauta, se encontraba embarazadísima. Incapaz de prescindir de su atractiva voz, Schickaneder, el productor de la función, le pidió a Mozart que compusiese un ária para ella. Muy breve y que pudiera cantarse sentada. Por esta razón la reina de la noche sale tan poco en la obra. Sólo dos brevísimas escenas. Una de ellas, esta joya de la ópera.
A continuación, dejo también la misma pieza cantada por una soprano adulta (tarda un poco en empezar a cantar, pero merece la pena):
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También hubo viajecillo: Florencia. Tren en coche cama para llegar al amanecer a la ciudad ideal para padecer un síndrome de Stendahl. En la imagen, un servidor con el Ponte Vecchio de fondo (que, por cierto, no es tan Vecchio, porque fue reconstruido después de la guerra mundial)
Los pintores del renacimiento no tuvieron que inventar para dotar a sus figuras de apariencia estilizada. Abajo, una viandante florentina que uno capturó con su aparato de fotografiar.
Los jardines del Hoffburg restallando de verdor. Fue la visita de A. y M. Tuvieron suerte y les hizo muy buen tiempo.
Rovijn en Croacia. Costas paradisiacas, jubilados marchosetes haciéndose la balada de la trompeta...Bueno, en fin. Marisco y pescadito a precios populares (por no hablar de la de cosas falsas de marca que me traje, que aquello no era normal).
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domingo
Enero: Schneeberg blanco por la nieve artificial. El invierno 2006-7 no fue muy benigno con el sector del turismo invernal. Incluso, el cielo se permitió burlarse de los sufridos hosteleros austríacos, que vieron cómo la nieve artificial esparcida un día, se derretía al siguiente por efecto de la lluvia.
Temporada de bailes. No podía faltar en la ciudad de la música, el chaqué y la cortesía. En este de la foto, bailamos la quadrille a medianoche. Tampoco se pudo hacer mucho más, dadas la poca formación en esta rama que se da a los españoles.
Volksteather. Esta foto la he sacado porque estuve viendo en él "Ivonne, princesa de Borgoña"; en la Universidad hice uno de los protagonistas de esa función fea y difícil (y gafe, por cierto). Los entendidos, si embargo, consideran su texto como una de las cumbres de la dramaturgia.
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viernes
Estoy no ya leyendo, sino bebiéndome, el último libro de Teo García, que se llama “Algún día”. Tengo que confesar (y espero que Teo no se enfade) que lo empecé con cierta prevención. Porque si hay dos cosas que me producen reparos son las películas del oeste y los libros que transcurren, en todo o en parte, durante una guerra. Sin embargo, a medida que avanzo (y ya llevo casi 300 páginas), he recuperado ese placer sólido y vivificante que me ha dado mis mejores horas como lector. He ido saltando todas las barreras, y me he tragado con el mayor de los gustos todos los anzuelos que Teo ha dispuesto habilmente por la trama. Tanto es así que hoy, en el metro, mientras devoraba las pocas páginas que me permite un trayecto tan corto, me he sorprendido con los ojos empañados. Porque “Algún día”, señoras y señores, es la obra de un escritor con toda la barba. La fuerza de los personajes, el interés de sus peripecias, la frescura de unas circunstancias históricas contadas con un realismo a veces brutal, pero siempre humanísimo. Unos personajes que son buenos sin ser tontos, unos malos sabrosos y elegantes. Figurones históricos, como el general Primo de Rivera, que saltan de las fotos amarillas para cobrar vida. Unos seres humanos, en suma, atrapados por un destino cruel y a veces paradójico. Mentiras deliciosas y complejas.
“Algún día” es una novela histórica, pero también es un equilibradísimo cuento de aventuras con el que uno ha vuelto a la primera inocencia del lector virgen, a ese milagro del escritor que saca en cada página un conejo diferente de la chistera ante un público que disfruta con los ojos brillantes de entusiasmo.
Siento decir que el libro , sin embargo, tiene un defecto: que como siga así se me va a acabar esta noche.
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miércoles
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Algunas veces, tengo la sensación de que escribo estas cartas al dictado. Sé que te parecerá una ridiculez e, incluso, a mí me da cierta vergüenza confesarlo públicamente. Pero el hecho es que, normalmente, el lunes de cada semana llega la primera frase o el tema en forma de amable sugerencia. Yo diría que con cierta puntualidad. Esta semana, estaba pasando por delante de un Libro –cadena de papelerías austríaca- que hay cerca de mi casa cuando, en la oscuridad, pude ver el perfil de una idea.
Se me representó claramente que, en lo tocante a los afectos, es muy sensato muchas veces perder para ganar.
Todos tendemos a aferrarnos a las personas que queremos. Pero muchas veces, tras este aferrarse a los sentimientos, hay otras cosas. Mucho más oscuras, menos confesables. Sobre todo, miedo.
Todos, Ainara, empezamos a recorrer el camino que nos hace únicos nada más venimos a este mundo. Crecer consiste en conquistar poco a poco parcelas de libertad. Al principio, no sabes comer. Después, tu problema máximo consiste en enfrentarte a la rebelde lazada de los cordones de los zapatos. Luego, vienen las derivadas, las integrales. Manejar el amor. Asumir como propio un estilo de vida y unas decisiones que te llevan por un camino o por otro. Al principio, el final de esta cadena de pasos que te llevan a escenarios cada vez más ricos y complejos, no es percibida por la gente que te quiere. La fascinación que provocan las pequeñas conquistas de un niño es tal, que pocos ojos perspicaces se dan cuenta de que, si ese proceso tiene éxito, culminará con la autonomía y la independencia, el viaje solitario del intrépido pájaro joven. Dejar volar solos a aquellos a los que queremos exige una enorme dosis de generosidad. Exige aprender a reconocer que el otro es una persona que tiene derecho a caer, a equivocarse, a una ayuda que no interfiera en sus propias decisiones, sino que le ayude a aprender.
Está aún muy lejano el día en que tú pidas esa clase de independencia, pero llegará. Lucharás, como todos hemos hecho, por conquistar esas parcelas de libertad. Perderás en protección. Con suerte, ganarás en sabiduría.
Puede sucederte, sin embargo, que intentes abdicar de esa responsabilidad de buscar tu propio camino. Te ampararás probablemente en los pretextos que la sociedad ha inventado para maniatar a los niños buenos. Estudiarás lo que no te guste por agradar a tus padres. Te entregarás a titánicas tareas que te servirán para rellenar un tiempo que deberías estar dedicando a otras cosas. Desoirás la canción que te diga que debes salir a la pista, a bailar. Huye de esas tentaciones como se huye de la lengua venenosa de un amigo falso. Porque, más tarde o más temprano, la vida vendrá a pedirte cuentas por lo que no hiciste en su momento, aunque no lo hayas hecho escudada en la más santa de las excusas. Si algún día estas palabras tienen un sentido para ti habrá significado que habrás dejado de hacer algo que debías, y habrás amparado tu miedo y tu pereza detrás de pretextos que, aparentemente, te habrán dejado la conciencia tranquila y habrán hecho sonreir a los demás como a gatos satisfechos.
El mensaje es: no tengas miedo de desagradar, Ainara. Lucha por lo que crees. Si es justo, si es hermoso y si es decente, merecerá la pena enfrentarse a los juicios de los que te quieren. Sus objeciones te ayudarán a perfeccionar tus planes. En ningún caso deben frenarte del todo. Sólo plantearte tus acciones de manera más realista.
Releyendo esta carta, Ainara, no sé si he cumplido bien el mandato de esa voz semanal que te contaba. Me queda el consuelo de que, cuando te surjan dudas, me escribirás. Y, como la vida es así, quizá sea a mí al que le toque poner objeciones a tus planes. Si es así, recuerdame amablemente que, para conservar lo que uno tiene, a veces, es necesario aflojar los lazos con una sonrisa elegante.
Muchos besos de tu tío.
PS: Termino esta carta el día del trigésimo cumpleaños de tu padre. Felicidades otra vez, hermano.
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martes
(*) Gracias, N. por haberme hablado de este tutubo; es de esas cosas que, si uno no las ve, no las cree.
Residuos Tóxicos
Éste es nuestro mensaje,/ Los resplandores de la poesía /Deben llegar a todos por igual/ La poesía alcanza para todos.
11 de Diciembre.- Ayer me pasé toda la tarde haciendo galletas, que es un pasatiempo la mar de austríaco. Vivo en el país de las maravillas para un goloso.
Las de ayer eran Anisblätchen, o sea, hojitas de anís. Y consisten en una masa que, una vez se mete en el horno, se vuelve porosa y delicada como un suspiro. Hay que tener mucho cuidado al arrancarlas de la bandeja, porque es fácil cargárselas. Lamentablemente, no puedo dar la receta, porque yo no era el capitán de esa guerra, pero puedo asegurar que las galletas estaban riquísimas.
Con respecto a un comentario de mi querida amiga m. a propósito de la telebasura, debo hacer una aclaración: Natascha no va a presentar un programa en la ORF, sino que ha firmado para hacer una serie de doce entrevistas de 20 minutos en una cadena, con base en Viena (que, por cierto, yo no veo y nadie que yo conozca ve) que se llama Puls 4. Tampoco creo yo que, de cualquier manera, el programa de Fraulein K, reviente los audienciómetros. Lo que sí que es cierto es que NK va a tener que enfrentarse a un ancho y macizo muro de escepticismo por parte de su público potencial. Porque una cosa es hacer de niña perseguida por el ogro Prokopil y la otra es salir por la tele vestida de corto toreando según qué toros. No deja de ser, de cara a la gestión de la propia imágen, un paso arriesgado.
En cuanto a la telebasura: no seamos ingenuos: es una industria. Lo que en principio era una parte marginal del negocio de la comunicación, hoy en día mueve MUCHÍSIMOS millones. Y además, prácticamente en la impunidad. Hemos llegado a un Far West en el que se puede decir casi todo de casi todo el mundo, sin que exista ningún temor a las consecuencias legales. Se puede mentir a propósito de una persona, o llegar a destruirla físicamente (caso Carmina Ordóñez, caso Pantoja en donde se ha hecho mucha sangre gratuita, caso la obscenidad con que se trató la enfermedad de Rocío Jurado en los medios de comunicación). Se puede hacer, digo, sin ningún tipo de problema porque las indemnizaciones, que se consiguen tras un tortuoso proceso legal, son ridículas.
Y todos somos cómplices de ese estado de cosas. Porque ya, desgraciadamente, no le repugna a nadie.
La única manera de que esto se calmara sería que, en el caso de que un medio fuera pillado en una falta, se le obligara a devolver toda la pasta conseguida en publicidad diciendo según qué cosas. Y ahí sería cuando Troya ardería y los medios se acogerían a la libertad de expresión, traducida como la libertad para expeler detritus.
La telebasura juega con la ventaja de que a todos nos parece inócua. Pero no lo es. Es radiación informativa. Porque difunde una concepción de los seres humanos, de su intimidad, de lo que es respetable y lo que no. Hace volar en pedazos todas las barreras. Destruye cualquier tipo de humanidad y nos convierte a todos en objeto de comercio. La telebasura es dañina porque hoy son los famosillos de tres al cuarto, pero mañana cualquiera puede ser la víctima porque su círculo cercano decida hacer tómbola con él y convertirle en carne picada.
Quiero terminar con un ejemplo de cómo la mierda se extiende como una mancha de petróleo al asalto de una costa: cuando Tómbola apareció, su modelo de tertulianos gritones y analfabetos nos pareció el colmo de la chabacanería.
Pero, ¿En qué se diferencia hoy de todos los programas de debate político que hay en las televisiones? ¿No se han convertido los opinadores en guardianes de las indefendibles trincheras de nuestros políticos?
¿En qué son diferentes los cruces de declaraciones de Zaplana y José Blanco en los telediarios de los de Sonia Monroy o Paco Porras?
Y aún más: ¿Qué hacen los poderes públicos, que pagamos todos para que velen por nuestros intereses, para evitarlo? ¿Qué hacemos nosotros para exigir que haya un poco más de nivel?
La respuesta es desoladora: nada.
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lunes
I am from Austria
Aunque no alcancen gloria,/pensé escribiendo lbro tan pequeño,/son fáciles y breves mis canciones/y acaso alcancen mi anhelado sueño.
10 de Diciembre.- El otro día, estando aquí C., se suscitó la conversación del dialecto y los acentos. Y N. y un servidor, convinimos en que al principio, el dialecto basto vienés nos ponía un poco malos, pero que ahora, hasta le hemos cogido cariño y nos hace mogollón de gracia. Y cuando nos vemos, hasta nos llamamos "Behíiiindete" (que podría traducirse por nuestro castizo mongolo) y nos decimos aquello de na,geh (vamos hombre) o lo de vosislós (qué pasa, por was ist loss). Esto, en parte es para ilustrar esta conversación, aunque, desgraciadamente, hace falta saber cómo se dirían las cosas en hoch Deutsch para apreciar cómo el dialecto austríaco se come las palabras y hace el idioma más gemütlich.
En fin: del insigne bardo aborigen, Reinhard Fendrich, la bonita copla "I am from Austria".
(Tengo que admitir, no sin cierta vergüenza, que a mí la canción me gusta y que me la pongo para correr en la cinta del gimnasio porque la encuentro muy inspiratriz).
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jueves
En Austria, los niños se dedican a estudiar y a aprender.
Para mí está claro que algo está fallando en España.
Resultan interesantísimas las reflexiones vertidas en el blog Comunicación Audiovisual a propósito de la telebasura, también conocida como telemierda. Se dice por ejemplo que programas como los que CONSTANTEMENTE atorran en las televisiones españolas, están presentes en otras partes del planeta. No puedo hablar por otros países europeos, pero puedo hablar con mucha solvencia de las teles que se ven en Austria y cualquier programa de entretenimiento de aquí, emitido en Prime Time, sería facturado ipsofactamente en España a la dos. Incluso los programas de espectáculo más casposos, como Musikanten Stadl, a pesar de la simplicidad de sus planteamientos (más ceranos al Quedate con la Copla de Caparrós que a otra cosa), y de ser para viejos del INSERSO, están realizados con un mínimo de contenido o de sentido común. Aunque ese mínimo consista en promocionar el lago de turno, o las mozalbetas jacarandosas de la zona.
Dicho lo cual: la tele es el cerebro de la sociedad. El modo en el que la sociedad transmite valores.
Por no hablar de los informativos.
Aquí, está por verse el día en que un Zeit Im Bild se abra con un “macabro hallazgo” o con un “aparatoso accidente” . Noticias que no forman, que no informan, que no son necesarias más allá que como morbo del peor, como ruido de fondo, como ácido sulfúrico intelectual lanzado a los frágiles cerebros de la gente.
“Hay telebasura porque la gente la ve”, se dice. Pero hay cosas dignísimas que la gente sigue viendo ¿O es que Ana Duato e Imanol Arias, con todas las carencias de Cuéntame, hacen la caidita del imperio romano en cada episodio? ¿Por qué no se puede hacer una televisión inteligente o, como poco, respetuosa?
Yo, que he conocido la tele por de dentro, puedo decir que se penalizan insistentemente los contenidos que tengan un mínimo de complejidad. Se fabrican y programan espacios para personas con un nivel intelectual bajísimo. Para meapilas. Para débiles mentales.
Y si la tele no modela a los espectadores, ¿Cómo va a ser al revés?
No es cosa de que todos nos pongamos a leer La Crítica de la Razón Pura despues de ver a Anne Igartiburu. Pero sí que el caudal de curiosidad del público sea dirigido hacia cosas de provecho. La calidad no es aburrida, más bien al contrario. Pero la calidad exige a) que los que hacen televisión la asuman como un compromiso y b) que exista un público formado para saber apreciarla.
Lo contrario significa seguir descendiendo en la escala del informe PISA, que los españoles de la generación de mi sobrina sean más lerdos y más bestiales que los de la generación anterior.
Seguir nadando en la mierda, vaya...Digo, en la media.
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miércoles
Una de las certezas que más pronto se alzó en el centro de mi vida es que yo era diferente. En aquel entonces no hubiera podido explicar exactamente lo que me hacía distinto, pero hoy lo veo bastante claro: mi manera de divertirme, mi percepción del mundo que me rodeaba, no tenía nada que ver con la de la gente de mi edad (hoy, siendo realistas, tampoco, aunque, por suerte, he ido encontrando a lo largo del camino a una serie de gente tan rara como yo). Supongo, Ainara, que fui muy mal niño. Lo mismo que se puede ser mal bombero o mal escritor.
Existe una foto mía, que me sacaron en el colegio a los cinco años, que tu padre ha comentado muchas veces. Está colgada en el comedor de tus abuelos. Es la fotografía de un niño muy serio que mira decididamente al fotógrafo. La mirada no es lábil, ni suave, como la de los niños. Es una mirada despierta de adulto.
Cuando me hicieron la foto, no sabía leer, pero aprendí pronto. Y la verdad es que los libros han sido, desde entonces, mi mayor placer y una de las causas de mis problemas. Porque, embebido en aquellas lecturas indiscriminadas, pronto terminé por ignorar complentamente los entrenimientos de mis contemporáneos.
Ante una novela de Agatha Christie, con sus crímenes sanguinolentos y sus lores, palidecían las chapas y las peonzas ¿Cómo podían competir con el profesor Liddenbrok y su fiel ayudante Axel durante su fascinante viaje al centro de la tierra? ¿Qué podían hacer las personas reales con los personajes de El Robinsón Suizo, que fue uno de mis libros favoritos de la infancia? ¿Qué era de los monótonos juegos infantiles ante las abracadabrantes aventuras de Frodo Bolsón? (leí la trilogía del señor de los anillos en tres días, para espanto de la bibliotecaria que me servía aquella droga).
Supongo, Ainara, que me convertí en un niño redicho y repipi que, con siete años, manejaba con destreza palabras como “desaforado”, “increpar” y “autodidacta”.
Se abrió una brecha entre yo y el mundo que me rodea que hoy he asumido pero que, en aquellos años, resultaba dramática. Toda mi infancia fue una larga travesía de incomunicación.
Con el agravante de que los demás niños eran los primeros que lo notaban y parecían complacerse en meter el dedo en la llaga.
Porque Ainara, si algún día tienes la desgracia de ser una niña diferente (porque seas más gordita, más flaca, porque tengas las orejas grandes o uses gafas o aparatos, o te guste leer), pronto descubrirás que la chusma que te rodea no tendrá piedad. No desaprovechará ni un solo minuto para recordarte lo que tú más quieras esconder.
De todas maneras, sobrina, el truco de esta vida consiste en integrar todo lo que nos pasa. Llegado un momento de la mía, traté de ver lo que me había pasado de niño con espíritu crítico y, después de sacar cuentas, convine conmigo mismo en que a)yo tampoco había favorecido que los demás me trataran mejor intentando acercarme a ellos (de hecho, me inspiraban una pereza olímpica) y b) A la postre, todo aquello me fue muy útil porque me enseñó a observar a los demás, a ver lo que ellos no ven, a buscar la lógica interior de sus comportamientos. Todo nació de no entenderles.
Y si la infancia de uno de los Machado son recuerdos de un patio de Sevilla en donde maduraba un limonero, la mía son recuerdos de mi habitación infantil, en verano, con la persiana un poco bajada, un buen libro entre las manos, y un cartucho de galletas María para mordisquearlas durante la lectura.
Hay gente, Ainara, que tiene recuerdos peores.
Y para terminar, sobrina, la llave de oro que abre todas las puertas: la única manera de que no te importe lo que los demás digan de ti, es que no te importe a tí misma. Disfruta de lo que eres, Ainara, porque eres un ser único e irrepetible. Eres hermosa porque no habrá nunca nadie como tú. Lo que te hace diferente te hace bella.
Besos de tu tío.
PS: Estás guapísima en la foto que me ha mandado tu abuela. Al venir a trabajar esta mañana me has dicho hola desde la estantería de mi habitación.
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lunes
En un mercadillo o en un lugar privado, se reúnen en la semioscuridad con unas tazas en la mano en las que humean los brevajes que he mencionado más arriba; y consiste el tema en que, cuando tienes los dedos de los pies como un escalador que se hubiera perdido durante una semana entre las nieves del K2, alguien te dice que lo que te hace falta es que te muevas un poco, que así evitarás la amputación de alguno de tus miembros por congelación. Luego, por supuesto, te miran como con penilla, como diciendo: “Si es que estos españoles no me valéis para nada”. Como si lo de beber o comer al raso y a bajo cero fuera el más refinado de los placeres (vale, vale, soy un quejica: ayer por la tarde había cinco grados pero en la oscuridad y con la humedad subiendo del suelo como una serpiente traidora, la sensación era mucho más gélida).
Tres horas de pie y derecho a la vera de una hoguera raquítica encendida con unos leños húmedos. Me tomé sendas tazas de punsch mientras mi ropa iba cogiendo, poco a poco, olor a campamento de gitanos. Aguanté porque el lieber Gott me ha dado muchísima paciencia, pero llegados al momento de los calambres musculares y del dolor de dedos de los pies, me acogí a Santa Maria Antonia Abad (conocida en el siglo como Sara Montiel), musité “Pero qué invento es esto” y me reintegré a la paz (y sobre todo al calor) de mi hogar.
Para el punsch no hay una receta sola. Pero se puede decir que consiste en una mezcla de zumo de frutas, azúcar y alcohol. Todo lo cual se calienta para darle alas al cuerpo frente a las temperaturas invernales y anestesiar a la mente para que no tome nota de los calambres musculares. Las combinaciones más imaginativas incluyen chile picante o gengibre.
El glühwein consiste en una infusión de hierbas aromáticas (clavo, canela, y otras desconocidas especias de la Madre Celestina) que en vez de con agua, se hace con vino caliente (peleón, añado) lo cual facilita muchísimo el tránsito intestinal y el dolor de cabeza de la mañana siguiente.
Por no hablar de que, como decíamos ayer, ya han empezado a sonar los villancicos en las radios. O sea, que se nos empieza a recordar que ya hay renos que tienen complejo porque tienen la nariz roja, o que el pobre Hatschi Bombatschi (Bumbún Bumbún) no puede hacer no sé qué o no sé cuántos. Aún, eso sí, no he escuchado este año a Mecano (sí: los mismos) en su versión más navideña. Y es que por estas tierras, Hijo de la Luna (Son of the Moon) se escucha en estos momentos del año como invitación al recogimiento y al misterio navideño.
De todas maneras, tengo que decir que lo anterior es sólo un desahogo por el frío pasado. Pero que las navidades en Austria son preciosas y muy recomendables. Y que, si falta calor atmosférico, sobra el calor de corazón que los aborígenes le ponen a estas cosas que, poco a poco, van desapareciendo del resto del planeta. Para mal, por cierto.
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domingo

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sábado
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, /le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,/ y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
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