Abre los ojos (bueno, mejor no)
30 de Mayo.- La mayoría de las veces es mejor conformarse con un buen recuerdo que intentar revalidarlo. Esto me pasó a mí ayer con Abre los Ojos, de Alejandro Amenábar.
La ponían en ARTE (Esa cadena que nos alivia del aburrimiento de existir) y como la echaban en versión original (¡Milagro!) me dispuse a verla mientras me dedicaba a la operación Plancha Duradera (que es, indefectiblemente, lo que viene detrás de la Operación Lavadora Infinita).
Después de hacer Tesis, Amenábar, ese chico tan raro, pasó, de ser un mediocre estudiante de Ciencias de la Información, rama imagen, a ser llamado “el niño prodigio del cine español”. Y, como dice el refrán que cría fama y echate en brazos de Morfeo, pues hasta hoy.
Amenábar será como Ramoncín: un saludable sesentón que acuda a los debates de la tele a hablar de los problemas de los jóvenes españoles. Pero, a lo que yo iba, que me pierdo. Tesis fue un bombazo (merecidamente) y Amenábar se enfrentó al reto de hacer su segunda película con un presupuesto enorme para el cine español y para la época. E hizo Abre los Ojos.
Contrató a Eduardo Noriega –que había bordado el malo de Tesis-, contrató a Najwa Nimri –musa del cine raro español y una criatura, en mi opinión, abofeteable sin ninguna provocación previa-, contrató a Penélope Cruz –antes de que Penélope Cruz se convirtiera en Pe, ni conociera a To, ni nada de nada-; y Fele Martínez –ese Algarrobo del sigloXXI- encarnó al amigo inseparable del protagonista declamando sus diálogos como si estuviera leyendo las instrucciones de una lata de tomate frito Estarlux.
Se arropó con lo mejorcito del cine patrio en materia técnica –aunque no pudo evitar la iluminación de quirófano característica de todas las cintas celtíberas-. Y, pertrechado de este aparatoso equipaje, se lanzó a rodar lo que, visto hoy, se ve claramente que es la obra de un aficionado con un cierto talento y una sobredosis de libros de los cinco, de Enyd Bliton.
Si hay algo que se le tiene que reconocer a Amenábar es la ambición. Es una persona que no sóo intenta hacer una peli más grande que la anterior sino que, además, piensa que el modelo a a seguir es el cine americano, con sus prespuestos grandes y sus mamporros, porque es lo que la gente paga por ver (lo otro, si hay suerte, se lo descarga del e-mule). Las sutilezas, los localismos y la sagrada forma de Michelangelo Antonioni están muy bien para los críticos, pero no vende DVDs.
Sin embargo, en Abre los Ojos, el tema no acaba de cuajar. Y aunque, después, la película dio para un remake americano (Vanilla Sky, que no he visto, ni me quedan ganas) se nota que a Amenábar le cuesta hilar las escenas y hay como un algo de torpe, de marcha a trompicones durante todo el discurrir de la película.
Quizá porque todo el peso del filme descansa sobre los hombros de un actor más bien mediocre (Eduardo Noriega) ex-compañero de estudios de Amenábar y que hoy hace sus cositas por Francia. En Abre los ojos no dice una sola frase a derechas –también porque es una película que parece escrita por un traductor, igual que toda la producción literaria de Ray Loriga, ese señor que no sabe reirse- y la única persona que está medio decente, a pesar de tener un papelillo tirando a cursi, es mi paisana, Pene López –como dice mi abuela, la mujer, que no ha escuchado mucho a Serrat-; que, aunque aún lucía una generosa mata de pelo de la dehesa, la verdad es que ya apuntaba maneras –yo sigo diciendo que PC es ya, por derecho propio, una estrella mundial, y que no le hace falta ni saber actuar-.
Y Najwa Nimri...Ays, qué grima da esa mujer. Qué infulas que arrastra. No puedo con ella.
En fin: que mientras planchaba me acordaba yo de aquel lejano año 1997 en que vi la peli (11 años ya, que son una eternidad eterna) y, suspirando, decía con Rubén: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
Cuando yo era niño (más o menos en la década de los ochenta del siglo pasado) se consideraba aún que, para tener éxito en la vida, era primordial tener aguzadas las potencias de la razón.
La lógica, el sentido del orden, la capacidad de retener datos y poder evocarlos a voluntad, eran capacidades que se procuraba alentar en los estudiantes. Los padres presumían si sus hijos contaban con ellas, y el sistema educativo estaba diseñado para seleccionar a aquellos alumnos que destacasen en estos campos y para ir desechando, poco a poco, a aquellos alumnos considerados “no tan brillantes”.
Sin embargo, poco a poco, debido sobre todo a que los datos ya no deben ser evocados –se encuentran en la red de manera bastante sencilla- y debido a que la cultura de la imagen va arrinconando poco a poco al tedioso mundo de las palabras, estas capacidades han quedado al mismo nivel de “modernidad” que el trivium y el cuadrivium medievales, y se ha impuesto otra forma de aproximarse a la realidad más acorde con los tiempos: el hombre ha descubierto la emoción.
Naturalmente, aquellos seres humanos procedentes del antiguo paradigma, no lo han tenido fácil para hacer la transición. Particularmente los hombres (bípedos implumes de sexo masculino) han tenido que aprender esas habilidades que, anteriormente, eran consideradas “femeninas”. Y así, de un paradigma de masculinidad que premiaba sobre todo a aquellos individuos que podían permanecer tan inalterados ante la adversidad como el metro de platino iridiado que se guarda en París, hemos pasado a un modelo de hombre que se ve obligado a ser flexible, a comprender al otro. Y, si la circunstancia le conduce a ello, a llorar.
En estos últimos tiempos, el hombre (y la mujer) han descubierto que, si bien las potencias de la razón ayudan a progresar en el escalafón del aparato productivo (aunque no siempre, debido a la sobreabundancia de personas con un curriculum académico apabullante), las potencias de la emoción ayudan a algo más amplio y deseable: a tener éxito en la vida.
Un éxito que se cifra en ese concepto tan nebuloso que implica “ser feliz”, según el American Way of Life.
La películas americanas –nuestro modelo cultural- están llenas de hombres y mujeres que se dicen, con los ojos en blanco, aquello de “ya no soy feliz contigo” o “me haces muy feliz”. Algo, esto último, que se podría traducir por “me das lo que yo espero” o, utilizando terminología económica “me produces utilidad”. Del mismo modo que un buen frigorífico nos hace felices porque enfría la coca-cola como debe ser, o igual que una cámara de fotos digital hace posible el milagro de que yo lleve a todas partes fotos y videos tuyos en el bolsillo.
Se ha puesto de moda ese concepto tan vago, tan propicio a los timos, que se ha dado en llamar “Inteligencia emocional”.
La sabia administración de tus emociones, sobrina, te ayudará a ser una persona equilibrada y hará tu vida más cómoda, aunque, por sí misma, no creo que constituya ninguna panacea. La llamada “inteligencia emocional” ayuda a vivir, lo mismo que ayuda el saber inglés si uno se encuentra en un país extranjero.
Sí: quizá sea este el símil más justo: todos estamos en un país extranjero, rodeados de desconocidos que hablan una lengua, la de la emoción, no siempre inteligible. Poder poner la oreja e interpretar los mensajes que los otros nos envían, resulta tan útil como poder interpretar un mapa de líneas de metro que nos lleve al sitio que deseamos.
Con la ventaja de que el lenguaje de la emoción no requiere ser aprendido desde fuera sino que, desde que tenemos una edad, se encuentra inserto dentro de nosotros. Por eso, Ainara, esfuérzate en reconocer tus emociones, única manera que tendrás de poder reconocer las de los demás y de poder darles paso y canalizarlas, como se conducen eficientemente las aguas que riegan un huerto. Aprende a preguntarte siempre por qué haces las cosas y, sobre todo, no les tengas miedo a las respuestas. El desconocimiento de las emociones, con la huida de ellas que supone, nos conduce siempre al pánico, a la oscuridad, al desequilibrio. Aprende a considerar tus emociones como uno de los vectores de tu conducta. Aprende a amarlas como una parte de ti misma que son. A dejarte llevar suavemente por ellas. Trata de almacenarlas a una presión que puedas soportar. Desagua de vez en cuando caudal emocional, para que la presa no se rompa. Aprende a reconocer las señales.
(Como decía Santa Teresa, “este lenguaje del espíritu es tan malo de declarar...”).
Siento, Ainara, que esta carta sólo ha tocado el tema que la ocupa muy superficialmente y sospecho que, en el futuro, tendremos que aproximarnos al tema, tú y yo, de manera más despaciosa. Mientras tanto, cuídate mucho y sé buena (que para ser mala ya te llegará el tiempo).
Besos de tu tío.

Mientras llegan o no llegan estos arrebatos, a mí se me agudizan las ganas de emigrar debido al síndrome futbolístico que está empezando a sacudir la ciudad.
El primer arrechucho lo tuve en cuanto llegué al aeropuerto. Las cintas de recogida de equipaje estaban abarrotadas de personas como yo no había visto nunca antes. Pero es que fue salir a la calle y coger el coche y empecé a ver vehículos con banderitas de plástico en las ventanas delanteras, sujetas mediante un curioso dispositivo que ha debido de regalar el Österreich –periódico- o que se ha puesto de moda por el boca-oreja. Miedo me da que empiece la competición y la afluencia de turistas a este bendito país. Van a ser como unas navidades rojiblancas. Un carnaval lleno de simbolitos rot weiss rot. Un horror.
En fin: esta vez el premio se ha ido otra vez al sur de Alemania, casi en la frontera con Austria, en donde vive la acertante de los dos enigmas diabólicos que constituían el concursete de mayo.
Efectivamente a los austriacos les encanta la ciudad de Córdoba, pero no la española, con su mezquita, sino la argentina. Debido a que, hace treinta años, en mayo de 1978, vencieron a la selección del país tanguero por un tres a dos que ha pasado a la historia como una de las gestas del fútbol austriaco (que no se caracteriza, exactamente, por haber dado muchas gestas). David contra Goliat.
En cuanto al padre de ese Jesús que debe de andar por la adolescencia, efectivamente: como más de uno y más de dos han dicho, se trata del futbolista Austriaco Toni Polster (supongo que los locutores hispánicos no dijeron nunca jamás de los jamases Toni Polsta, como debe pronunciarse, sino que marcaron mucho la erre pensando que así le hacían más alemán).
Este señor se convirtió en objeto de recochineo para sus compatriotas porque, durante su estancia en el sur de la península (Ibérica),no sólo adoptó el peinado já payo que luce en la foto que hacía de pista, sino que concibió un hijo y le puso por nombre Jesús. Concretamente Anton Jesus Polster. Dicha extravagancia onomástica le ha valido el cachondeito de sus paisanos (y, suponemos, algunos sonrojos al niño durante su carrera académica) debido a que, en Austria, llamar Jesús a un infante es como llamarle Dios. Pero suponemos que Polster –reciclado ahora en cantante de schlagger- no pudo resistir la tentación de tener en su familia al único tocayo austriaco de Gil –de los Gil de toda la vida-.
En fin, la sagaz ganadora recibirá en breve en su domicilio un pequeño obsequio de la ciudad de los valses.

5.- Armenia.- Mezcla de ritmos étnicos con tres bailarines de Costa Polvoranca que son los más molones de su taller mecánico. Pino puente. Gomina. Éxito a cala y a prueba en todos los mercadillos de Armenia. Ole.
6.- Bosnia Herzegovina: canta en Bosnio y serbocroata. Vemos que continúa la enorme carencia de estilistas provocada por la fratricida contienda balcánica. Pero descubrimos también muy pronto que también afectó a los músicos.
(¿Por qué las presentadoras de esta zona del mundo tendrán todas pinta de actrices porno entre edición y edición de Supervivientes?)
Seguimos:
7.- Israel.- Boaz. Cantante sacado de un casting con el objetivo de explotar el morbo que sentían los anticuarios madrileños (facción Antonio Gala) por los moritos del Magreb. Vestuario escueto. Parte de un chaqué para una boda en Valparaíso de abajo (juro que este pueblo existe, está, junto a Valparaíso de arriba, de camino a Cuenca).
8.- Finlandia.- Numerito heavy-siniestro sin camisa. Mucho cuero. Pantalones de talle bajo porque lo rockduro no quita lo orgulloso.
12.- Turquía.- Roqueros pasados de corrector de ojeras. Tez estucada. Cantante con peinado milimétrico ¡Fuera los vellos superfluos! Depilación tenaz del entrecejo.
13.- Portugal: ¿Es Falete? ¡No! Es Rosa de Portugal. Bisutería extragrande para dismular la indigestión de fados. Mucho dramatismo. Las gordas también tenemos derecho a luchar contra la tempestad. Coro tirando a horterilla.
14.- Letonia.- ¡El trono de Espartaco Santoni está vacante! ¡Reivindiquemos el pañuelo pirata contra la calvicie! De pronto, uno de los letones saca una espadilla de plastico que está hecha de papel albal y que relumbra a la luz de los focos (Dónde vamos a llegar, omaigod).
15.- Suecia: la Marta Sanchez sueca (una tipa con cara de ofidia adicta a la cirugía estética) perpetra una canción disco que nace con el claro objetivo de convertirse en el himno de los Chuecas del mundo entero. Suerte, amor.
16.- Dinamarca: Look “de ratones y hombres” (esos pantalones con tirantes que Brad Pitt se pone cuando va arreglao pero informal). Pop sencillito y sin muchas pretensiones. Buenri sin pastis.
18.- Ucrania.- Eva Longoria y un cuarteto de bailarines importados de la gira de Malú. Con posibilidades.
19.- Francia.- Ricardito Bofill en su faceta de asesor de imagen. Barbas y eso. Tienen su punto. Diferente.
20.- Acerbayán ¿No querías pluma? ¡ Pues toma gallinero! La lucha del bien contra el mal. Falsete salvaje. Vampiresas enseñando cacha. Nada, hijos. Ya os llamaremos.
21.- Grecia.- Como son normales no hacen gracia. La griega canta un tema disco normalito. De la fucsia a la pedrería y tiro por que me toca. No se nota feeling del público.
22.- España.- el inefable chiki-chiki que oigo por primera vez entero. Acto de rebeldía estética. En mi casa nos meamos de risa. Mola. A ver si gana.
23.- Serbia: Hijo de la luna cantado con un acento raro.
24.- Rusia.- Intentos desesperados de subir la humedad ambiental. Cantante con ínfulas de superpop. Tinte azabache salvaje. Sentimiento eslavo. Ná. Que contra la guitarrilla de plástico, nada que hacer.
25.- Noruega.- El anuncio de Dove. La belleza natural. Una chica tirando a jamonceta que canta algo previsible.
¿Quién ganará? Después de la publi lo sabremos.
Sobre Valencia, empiezan a levantarse las primeras luces de la aurora. Al fondo de la imagen, tras los edificios pensados para un siglo mejor, se ven unas franjas rosas de nubes que juegan a perseguir el mar.
Hoy saldré para Madrid y dejaré este lugar en el que, durante tres días, he sido feliz. A veces, de manera bastante sorprendente. Por ejemplo, debido al reencuentro inesperadísimo con M., al que no veía desde hacía casi diez años y al que me encontré (mejor dicho, él me encontró) mientras me tomaba la primera horchata en esta ciudad. Una persona de memoria precisa y conversación tan hecha y fructífera como un jardín lógico, con quien anoche estuve comiendo apetitosos y humildes manjares que no había probado desde mi infancia. Sangre encebollada, caracoles en salsa picante…
(…)
¿Qué me llevo? De Valencia me llevo las palabras, pero sobre todo las caras. El inmenso paisaje humano que ha desfilado por delante de mis ojos. Caras inteligentes, caras agudas, caras estúpidas, caras hermosas, caras bestiales, caras ávidas, caras curiosas; las caras de los hombres del campo que ayer, en el casino de C., un pueblo del interior, jugaban al dominó golpeando las fichas contra los veladores de mármol. Unas caras gastadas como piedras lamidas por la intemperie. Algunas de una gran inocencia, a pesar de las décadas de bregar con el sol. Otras, animadas con esa inquina que a veces distingue a los agricultores (que son hombres dotados de una singular perspectiva sobre el hecho de la vida, que les hace ver que, a veces, la destrucción de esta o aquella forma del fluido primordial es indispensable para que puedan sobrevivir los seres vivos que interesan a sus fines). En este sentido, el agricultor es el único Dios de su universo.
(…)
Valencia es una tierra exuberante, una tierra joven en la que se tiene la sensación de que las cosas están un poco a medio hacer, sin terminar, en una perpetua y sensual adolescencia. Un lugar en el que sube de la tierra un vigor que, al mismo tiempo que produce vida sin descanso, también hace que esa vida esté torturada por su propia fuerza.
Las lluvias son salvajes y refrescantes. Puede verse como las nubes húmedas se forman en barras verticales sobre las sierras, en cuestión de pocos minutos, preparando el camino del trueno. Las tormentas se suceden sobre las montañas bajas, que forman la frontera con el mar, y tomar el interior como trombas que modelan un paisaje de colores empastados, como los de los cuadros de Cezanne.
Pinos. El verde metálico de las hojas de los naranjos, la dulzura un poco áspera de los nísperos, que caen, maduros, de los árboles, y revientan en el suelo impregnándolo de dulzor.
(…)
Hoy, saldrá el tren hacia Madrid. Recorreré La Mancha, sembrada de molinos de viento que juegan a rentabilizar el aire caliente. Abandonaré la lluvia, el fuego, y el verdor. Pero Valencia quedará en mí como el sabor dulce y oriental del Barrechat.
17 de Mayo.- Arquitectónicamente, Viena es famosa por esto:
Me voy de vacaciones hacia el sur. Hacia la España de mis amores. Durante los próximos diez días, el ritmo de publicación de VD se ralentizará un poco. Aunque dejo preparadas algunas cosas que irán saliendo durante estos días, además de las que yo contaré desde la Península.
Sin embargo, para que entretengáis las neuronillas, os voy a dejar un par de adivinanzas diabólicas de tema futbolístico (aprovechando lo de la Eurocopa, que no todo son crímenes en Austria).
Quién las acierte, como siempre, se llevará un bonito obsequio de la tierra de los valses, que le enviaré a mi vuelta.
Allá van:
La primera es facilita:
¿Por qué a los austriacos les gusta tanto la ciudad de Córdoba?
Y la segunda, quizá, es un pelín más complicadilla:
¿De quién es hijo el único chaval austriaco que se llama Jesús?(*)
(*)Hay que aclarar que ponerle en Austria Jesús a un niño es como ponerle Dios en España.
Vuelvo a casa el día 25, así que el 26, a más tardar, daré la solución.
Para el oyente que no está atento –o si el compositor es hábil- parece que cada revuelta de la música trae un nuevo paisaje. Pero si uno se fija, en realidad, pasados los primeros minutos de exposición, el resto no deja de ser una repetición, machacar muchas veces sobre el mismo clavo.
Digo esto para disculparme porque, otra vez, voy a insistirte en una de las ideas que más me preocupan: la soledad. Una preocupación que no deja de ser extraña en una persona que, como tu tío, tiende a agregarse, a juntarse con otros, que habla e intercambia opiniones constantemente (por tierra, mar, aire e internet) y cuyo lema podría ser “ven, y dime como vives”.
Con tu padre he hablado muchas veces de este tema: cuando seas mayor, Ainara, llegarás sin duda a la certeza que él y yo hemos ido conquistando: la mayoría de las cosas importantes de tu vida te pasarán a solas. Lo cual no es necesariamente malo, aunque tampoco es que sea como para dar palmas con las orejas. Naciste sola (rodeada de gente, pero eras la única que estaba naciendo). Morirás sola, porque, aunque tengas la suerte de marcharte rodeada de tus seres queridos, nadie podrá acompañarte en el viaje. Probablemente, la primera vez que beses a alguien no será la primera vez de esa persona. O la primera vez que te enfrentes a un exámen difícil, o a una decisión dolorosa o, incluso, la primera vez que te enamores de alguien y seas arrasadoramente feliz.
Todos te escucharemos: la tribu estará a tu lado, te intentará aconsejar. Pero, al final, las decisiones las tendrás que tomar tú y las consecuencias, para bien o para mal, lloverán sobre tu tejado.
Muchas veces, le he dicho a diferentes personas que está en nuestra naturaleza el ser solitarios y que nos inventamos cosas para anestesiarnos de esta realidad tan desazonante, porque nos obliga a enfrentarnos con nuestros límites y nuestras fuerzas. Los más prácticos, se inventan una carrera profesional que les proporciona una sensación artificial de seguridad, o una misión en la vida. Algunos, incluso se inventan la loable tarea de ayudar a los demás y salvar al mundo (o la parte que les toca de él). Pero, a la hora de la verdad, querida mía, todos somos bípedos implumes. Criaturas tan indefensas como cuando, a los seis años, fui a hacerme un análisis de sangre y la enfermera, contundente, le dijo a tu abuela:
-No puede pasar usted. Deje al niño solo.
La puerta del dispensario se cerró detrás de mi, y sólo hubo un grupo de desconocidos amenazadores.
Paradójicamente, sin embargo, esta certeza no nos sirve para intentar tender puentes hacia los otros. Nos es difícil, sobrina. Nos es muy difícil.
Si me permites la metáfora: entre nuestro centro y el centro de las otras islas que nos rodean, parece haber miles de kilómetros, barreras insalvables que nos es tremendamente dificultoso vencer. Y, sin embargo, la única posibilidad de mejorar nuestra situación, de ser un poco más fuertes, de estar algo menos indefensos, es abrir vías de comunicación entre ese espacio de varios centímetros cúbicos que ocupa nuestra conciencia y el exterior. Comunicar, comunicar, y comunicar. Decirle a los otros lo que nos pasa, lo que sentimos, los efectos que lo que nos dicen tiene sobre nuestro ánimo. Y, a la recíproca, mostrarnos lo más abiertos posible a recibir los mensajes de los otros. Porque sobrina: hablar es mucho más fácil que escuchar con atención.
Hablar es sencillo porque es un acto egoísta. A todos nos interesa escuchar cosas a propósito de nuestra propia vida –aunque las digamos nosotros-, pero siempre cuesta más escuchar cosas de la vida de los otros. Cosas que, a veces, ni siquiera se dicen con palabras. En este juego hay que contar siempre con ese claroscuro que forman los silencios y las frases. Las dos cosas forman parte de la imagen tanto como las luces y las sombras que un ramaje proyecta sobre una pared encalada. Enséñate a recibir las palabras de los otros como lo que son: regalos traidos desde distancias enormes, productos exóticos procedentes de las profundidades de ese ser humano que tienes enfrente.
Ten en cuenta siempre que la puerta quese ha abierto para ti, puede cerrarse súbitamente, si juzgas demasiado duramente lo que te dicen, si no eres capaz de ser comprensiva y práctica, si no tienes forma posible de ponerte en el lugar de los otros y pensar que, quien te está hablando, quizá está tan o más perdido que tú.
La mayoría de las relaciones humanas que fracasan, Ainara, fracasan por falta de comunicación. Por falta de esa costumbre de dialogar, de escuchar lo que los otros tienen que decir, de abrir camino hacia los otros desde nuestro interior.
La mayoría de las relaciones que fracasan, Ainara, fracasan porque los dientes fríos de la soledad muerden siempre en la parte más delicada de la carne. Y no hay nada más triste que vivir solo rodeado de gente. Padres que no hablan con sus hijos, hijos que no hablan con sus padres. Amantes que no se comunican. Jefes que no hablan con sus empleados. Todos esperando a que el otro les lea el pensamiento. Y no, Ainara: la comunicación, para nuestra suerte, es una costumbre que se cultiva. Una planta frágil pero posible, para la que hay que crear condiciones adecuadas.
Te veo en unos días, corazón.
Hasta entonces, cuidate mucho.
Los austriacos, en cambio, se han echado a la calle sin tenerle mayor miedo a esta fecha.
Y es que los aborígenes no son nada supersticiosos y se ríen de ti si insistes en que te dejen la sal encima de la mesa –es un pecado mortal pasarla de mano en mano con el consiguiente peligro de que se caiga- y no entienden el número que montamos los latinos en ocasiones tan trascendentales para el futuro propio y ajeno como el cambio de año (aunque ellos le pregunten a los hados echando plomo derretido en una redoma, o se regalen cochinitos o deshollinadores de juguete).
En cualquier caso, una de las historias que, entre otras, me veo obligado a repetir frecuentemente, es la de los gafes, cuya existencia se desconoce en Austria. Hasta tal punto, que no existe ninguna palabra alemana para nombrar este curioso fenómeno del cenizo (por lo menos que yo sepa). Y eso que los hay reputados (gafes)allí, y seguramente, por estas calles vienesas. Una serie de personas con las que es mejor no relacionarse para no tentar a la suerte. Como cierto presidente de la República Argentina, que hacía que perdiese su selección siempre que se sentaba en el palco del estadio, o cierto cantante español, al que sólo se puede nombrar por sus iniciales –jota pé- y que es fama que, en cuanto te pone el ojo encima, te expone a un atropello mortal por un tren de mercancías o al desahucio de tu casa por no poder pagar las letras al banco.
(Esta superstición del gafe viene seguramente de nuestro pasado musulmán, de esa creencia en una energía común a los seres vivos llamada baraka, que las tribus bereberes que invadieron la península nos dejaron tras su paso. De ella derivan también otras curiosas expresiones españolas. Como por ejemplo “tener ángel” o “tener mal ángel” (o serlo), como se dice de la gente dotada de una energía particular en uno u otro sentido. En el caso de los cantaores de flamenco, a esta capacidad de influir en el ánimo ajeno, de comunicar, se la llama “tener pellizco”).
-Pero ¿Y el gafe sabe que es gafe?-preguntan asombrados los ciudadanos indígenas.
-No, hombre. Bastante desgracia tiene el pobre, joé. Eso es muy grave y no se dice. Lo sabe la gente a su alrededor y se va corriendo la voz.
-O sea, que no es oficial –dicen ellos, como queriendo significar que lo que no es oficial y, por lo tanto, no homologable, no existe.
-No imprimen camisetas, no.Tampoco es una cosa para ir presumiendo.
-¿Y qué puede hacer para dejar de ser gafe?
-Pues hombre, no sé. Para el mal de ojo se compra una cruz de Caravaca, pero para el cenizo...No sé, la verdad. Creo que no tiene remedio.
En mi etapa teatral coleccioné muchas supersticiones. No porque tuviera especial miedo de la mala suerte, sino porque me parecían divertidas. Por ejemplo: en el teatro nunca se debe coser en el escenario o hacer punto, o vestir de amarillo (color gafe porque dicen que lo llevaba Moliére cuando murió en plena representación de “El enfermo Imaginario”, que ya es mal gusto). Aunque esta última superstición es algo sospechosa, porque en Francia el color gafe es el rosa y en Italia el verde, y tanto italianos como galos utilizan la misma excusa para explicarla.
Jamás, eso sí, y en eso están de acuerdo todos los cómicos del mundo, debe desearse buena suerte a un compañero que vaya a salir a escena. En España se dice “Mucha Mierda” (una invocación a la buena fortuna aparentemente escatológica, pero que tiene su explicación histórica); en Italia se dice “Bocca di Lupo “(!) y en Francia “merde” o, más elegantemente ,“les cinq lettres”. Los ingleses dicen “break your leg”.
Lo de la mierda española y la merde francesa, con perdón, vienen porque, antiguamente, los teatros se encontraban, por imposición eclesiástica, extramuros (concretamente a más de una legua, prohibiéndose a los cómicos que se acercaran a menos de esa distancia al poblado, de lo cual viene la expresión “cómicos de la ídem”). El pueblo llano iba al teatro en el coche de San Fernando, y la gente de calidad, a caballo, dejando al semoviente aparcado a la puerta de la sala. Naturalmente, los animalitos hacían sus aguas mayores y menores mientras sus dueños contemplaban el juego de los actores. Con lo cual, al terminar la representación, mucho público equivalía a mucha bosta (mierda, in silver) caballar.
He dicho antes que los austriacos no son supersticiosos, pero hay una excepción: el acto del brindis es sagrado. Y hay ciertas reglas que hay que cumplir, so pena de sufrir siete años de mal sexo. Cuando se brinda, se dice “Brost” y se mira a los ojos de la persona con la que brindas –incluso los más puntillosos marcan el gesto levantando la barbilla-. En una mesa hay que brindar con todos los comensales individualmente y los brindis no se pueden cruzar.
Es un poco trabajoso, sobre todo cuando hay más de cuatro personas comiendo (y,a veces, la cuestión toma el cariz de las caóticas paces que nos dábamos en la iglesia durante la catequésis, ocasión siempre propicia al jolgorio) pero oye, con tal de sortear el peligro de siete años de flojera amatoria...Vaya, que tampoco cuesta nada.

Hoy, en Alemania, Suiza, Francia y Austria –por of course- se ha conmemorado ese momento de la Biblia en que el espíritu santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego (en el cuadro de El Greco que refleja este momento, los doce parecen una tarta de cumpleaños un tanto extraña).
Aquí en Viena, aprovechando la bonanza de las temperaturas, la gente ha tomado los parques, los jardines, los senderos escondidos entre la maleza, los bancos públicos, las playas artificiales, en fin, cualquier superficie disponible para hacer la fotosíntesis. Yo mismo, he recorrido el Lobau a buen paso durante dos horas, haciendo fotos y disfrutando de la luz del astro rey.
En el parque, no se podía tirar al suelo una moneda de un jEuro porque no hubiera caido. El cesped estaba materialmente cubierto de vieneses y vienesas de todas las edades. Todo el mundo y la munda, de todas las nacionalidades y nacionalidades, habían decidido tomar al asalto las superficies verdes a los pies del búnker.
Y ahora, Penélope Cruz, comparada con su original: una foto de Sofía Loren sin datar en un estudio de grabación en donde registró algunas canciones.
Y estas son mis fotos favoritas, Sofía Bailando. Está preciosa. Femenina, elegante, graciosa...En fin. Aparte de que, técnicamente, son unos retratos geniales. Son espontáneos, favorecen al modelo...




Carlo Ponti fue siempre uno de los hombres más envidiados de Italia. El enano que custodiaba una rosa. Parece ser que robó el corazón de Sofía Loren con su gran cultura y su incomparable sentido del estilo. Tuteló su carrera y le dio un hijo, que hoy es director de cine.









