Un granjero de Burgenland debe decidirse por una de las tres beldades en el programa de la ATV "Bauer sucht frau"
Granjeros que buscan esposa (la tele austriaca)
30 de Julio.- Si hay que pensar que la tele que se produce en un país es, de alguna manera, el reflejo de la mentalidad de ese país, la verdad es que los austriacos, si se mira a su tele, salen bastante bien retratados. Como un pueblo serio, trabajador, en principio culto y, como en todas las partes en donde imperan estos valores, un tanto falto de pimienta.
La tele austriaca pública es la ORF, reina y señora de los televisores aborígenes hasta la aparición, hace relativamente poco, de una cadena privada, ATV (conocida como Atefáu, en lengua vernácula) a la que se ha unido ahora PULS 4 (Puls fia) que, según mis noticias, sólo se ve en Viena.
Mientras que la programación de la tele pública es de claro servicio público, con entretenimiento blanco, documentales fantásticos y seguidísimos, y unos servicios de desconexión regional que podrían remediar el insomnio de un rebaño de marmotas, las otras dos cadenas se dedican a halagar los bajos instintos de la población. Aunque, eso sí, esos halagos se encuentran a miles, pero miles, de kilómetros de distancia de los halagos que, a los bajos instintos, se le hacen en mi país de origen.
Por ejemplo, como ya he repetido muchas veces, aquí no hay telebasura. Salvo los tímidos intentos de la ATV de hacer corazón combinado con humor. El programa se llama Hi-Society y lo presenta un indivíduo listo y un tanto cínico que se llama Dominic Heinzl. El otro día, en el gimnasio, le leí una entrevista en el semanario Wiener, y saqué la impresión de que Heinzl es un tipo muy ingeligente. Se le notaba en que, a pesar de llevar una década o más lidiando con los hambrientos de notoriedad, no había perdido en ningún momento la perspectiva sobre el trabajo que hace y su importancia. O sea, que él es consciente de que habla todos los días de cantantujos de disco y medio, de actrices viejunas, de presuntas aristócratas reoperadas y de individuos con los tabiques nasales deteriorados por el polvo blanco.
En Austria no hay tampoco reality shows de los de edredoning (para mis lectores no españoles: edredoning, según feliz invención de una presentadora española, son todas aquellas prácticas sexuales en régimen de reclusión grabada que se hacen con la ayuda de un cobertor como protector del secreto de los amantes).
Se hizo un Gran Hermano, pero los austriacos, parece ser, no podían sufrir ver a tanto vago junto –a veces uno piensa que vive en un país lleno de zumbantes abejitas obreras- por lo cual, el GH se retiró de antena. Llegan, eso sí, las cadenas piefkes por satélite y en ellas sí que hay vociferantes arrabaleras de pelo teñido que se pelean con fulanos con antecedentes penales por ver quién limpia el baño o quita los pelos de la ducha, pero estos programas no cuentan porque el seguimiento que tienen es marginal.
Pero la perla, la joya de la corona de la tele austríaca es el ZIB, siglas de Zeit Im Bild, que es el informativo que ve la gente para saber de qué va la realidad del día. Un programa de realización más bien lenta, con presentadores de dicción purísima a decir de los entendidos –por lo menos más akzent frei que la de sus compañeros alemanes- y que huye del sensacionalismo como de la peste. O sea que en España, duraría dos días antes de caer en las manos de cualquier director de cadena desaprensivo.
En el ZIB hay gráficos que lo explican todo con pelos y señales, para abuelitas de las de tisanas con miel ; imágenes de archivo de cuando en Viena estaban de moda las bermudas tobilleras floreadas -¿O son actuales? Porque en Viena siguen estando de moda, extrañamente, las bermudas floreadas-. Se habla de economía con seso, y se hacen entrevistas a los políticos que son verdaderas entrevistas, y no publirreportajes –aunque hay que reconocer que el nivel de los políticos austriacos, como el de los de todas partes, ha descendido un tanto-; el ZIB tiene los mismos decorados desde los tiempos de los electroduendes y sus presentadores son unas gentes conocidas y admiradas y ellas, como Ingrid Turher, son conocidas como ZIB ladies y se llevan (claro es) los premios anuales con los que la industria televisiva austriaca se lame salva sea la parte.
Sin embargo, quien piense que la tele austriaca está libre de esperpentos carece de razón. Hay un programa en la ATV que se llama Bauer sucht Frau (Granjero busca esposa) que es algo así como los Realities raros de los que hablaba mi amable corresponsal montrealense. La mecánica es fácil: un fulano, en plano fijo, generalmente en una cocina super hortera –de las de sillón esquinero, ya me entendéis- dice que quiere encontrar una mujer que sea igual de alta que él, limpia y, a ser posible un cascabel en el lecho conyugal. Para convencer a las candidatas, se presta a hacer todo tipo de ridículos –grabados, eso sí, como si fueran completamente en serio- como por ejemplo, cantar en un karaoke solitario.
En algunos casos, como en el del video que encabeza estas líneas, la elegida hasta recibe un jugoso cesto de frutas. Bucólico y pastoril, pero inofensivo.
La actriz mexicana Angélica Rivera, protagonista de "Destilando Amor" (fuente:www.lasnoticiasdemexico.com)Como ahora no trabajo más que en las labores propias de mi hogar, tengo que confesar también que he visto uno o dos capítulos del culebrón mexicano con el que la cadena pública española bendice las tardes de los residentes españoles en el extranjero. Se trata de “Destilando Amor” y, a la solvencia normal de los productos Televisa, se le añaden algunas notas curiosas. Como por ejemplo que uno de los directores, ni siquiera el más importante, es el cineasta Arturo Ripstein, que fue famoso hace años entre la tribu gafapasta por su versión de “El coronel no tiene quien le escriba” y por “Profundo Carmesí”. Hoy, después de haber sido asistente de Luis Buñuel, este pobre hombre se gana los frijolitos dirigiendo a unos actores estupendos que se ven obligados a decir cosas como:
Mujer 1 a hombre moreno y bigotudo, mientras sostiene un niño pequeño entre los brazos: Nuestro bebito es rubio, como tú (!)
Yo, he escuchado esta frase y casi me ha dado un sopitipando, más que nada porque el actor tenía unos bigotazos oscuros de malo de cine mudo que daban susto.
“Destilando amor” como su ingenioso título indica, se desarrolla, como todos los culebrones, en un mundo sin historia ni pasado ni futuro ni época fija, pero en el que se produce muchísimo tequila.
Hay muchos licenciados de traje gris cruzado y corbata, y un galán que, siguiendo el canon de los tiempos, guarda bajo la camisa unos hombros elefantiásicos de levantador de pesas, a juego con unos pectorales cuasi esféricos. Dicho portento muscular dice de vez en cuando, mirando a cámara y como si le dolieran los ojos de pollo del pie derecho “Gaviota! Mi gaviotita...” (Hay que aclarar que, la tal Gaviota, es el objeto de sus amores imposibles)
¿Y cómo es la tal Gaviota? Pues una chica que, como decían en el siglo de Oro español, empieza a dejar de ser doncella para empezar a ser soltera. Gaviota es la típica mujer que pregona su bondad a los cuatro vientos y que gasta ondulación tipo sacacorchos y ese tinte de pelo cobrizo que la aproxima a las gringas del otro lado del Río Grande. Por lo demás, ya digo: buena, mustia, y un poco tontucia.
Otra cosa señalabe de “Destilando etcétera” es que, al ser un serial dirigido mayoritariamente al público femenino, las tramas inanes –de esas de un clímax cada tres minutos- están sembradas de galanes, de campo o urbanos, que se quitan la camiseta a la primera oportunidad para lucir unas cachas torneadas por horas y horas de mancuerna. En esto, como en el antiguo mundo de las vedettes, las cachas más cachas son las del galán protagónico, y van en nivel descendiente hasta las normales de chulopiscinas del Licenciadito de turno que pasaba por allí.
También, y al contrario de lo que sucede en los culebrones americanos, las malas son rubias (rubísimas, rubias furiosas), tienen furor uterino, protesis pectorales de silicona modelo Obregón, uñas pintadas de escarlata, y una inclinación natural a hacer el mal. Las buenas tienen el pelo más oscuro –ya que no moreno, al menos cobrizo-, pecho más plano, y son todo abnegación. Además, las buenas tienen una curiosa habilidad para provocar malentendidos de consecuencias catastróficas que las separan de su galán de pecho taurino y corazón en carne viva.
Los hombres, directamente, son bobos o comparsas.
Hay, además, una anciana pía (de facciones indígenas, curiosamente) y la hermana buena del protagonista que sirve de trotaconventos (trotaoficinas con muebles de XXXLutz, en este caso) y un par de lagartas que ayudan a la mala oficial.
Con este panorama (talmente, un cuadro de comedor) la diversión está asegurada para la hora de la siesta. Por lo menos, mi diversión ¡Qué sería de nuestra vida sin los elencos protagónicos y las actuaciones estelares de los culebrones mexicanos!

La señora Zupak fue, suponemos, una más entre esos millones de amas de casa que, con su esfuerzo anónimo, hacen funcionar este mundo. Después de todo, alguien tiene que cocinar, lavar, planchar y coser, mientras, ahí fuera, otros y otras están ocupados en guerras, políticas y comercios. Alguien tiene que preocuparse de mantener encendida la llama del hogar. Hoy en día, cada vez más, todas esas funciones las realizan profesionales pero, en los tiempos de Frau Paula Zupak, el enorme rango de tareas que se agrupaban bajo el confuso epígrafe “labores domésticas” era responsabilidad exclusiva de las amas de casa.
Sólo vi a la señora Zupak una vez, durante una cena de navidad a la que asistió en compañía de sus biznietos y de su primer tataranieto, pero saqué la impresión de que, aquella mujer que aún se peinaba con dos rodetes al estilo de los de la Princesa Leia, de Star Wars, era una persona alegre como un cascabel pese a las nueve décadas de vida que llevaba a las espaldas. Cuando, demasiado cansada para seguir con la fiesta hasta altas horas, se retiró a dormir, uno de sus familiares me contó una anécdota que ilustra mejor que nada el espíritu de esta mujer y de otras como ella que, cada día, se patean este mundo luchando por un futuro mejor para los suyos.
Cuando las tropas nazis entraron en su pueblo, la señora Zupak, entonces una jovencita, paró su bicicleta delante uno de los soldados vestidos de gris y, con los brazos en jarras, le espetó:
-Ahora nos han invadido ¡Pero no se crean ustedes que esto se va a quedar así!
El soldado, atónito ante aquella insolencia que podía haberle costado cara a la chica, la miró desde la altura de su victoria y sólo le dijo con desprecio:
-Circule, joven.
Y Paula se alejó pedaleando furiosamente.
Hoy, con la excusa de la lámina, he querido hacerle un homenaje a la Frau Zupak. Una mujer que cocinó, cosió, fregó y lavó para una legión de gente. Pero que, sobre todo, y a pesar de todo, se lo pasó muy bien y disfrutó mucho de su vida.
A mí, me caza el primer día porque, al sonar en el mortecino hilo musical “Unchain my heart” de Joe Cocker, sigo el ritmo con las caderas mientras me sirvo una taza de café. El hombre misterioso, que aprovecha cualquier descuido para el abordaje, me pregunta si he dormido bien y luego, antes de que me dé cuenta, me hace la ficha. Cambia de idioma (del inglés al alemán, me corrige el mío) y luego me participa que es turco, otorrino laringólogo, y que la opinión que le merecen sus compatriotras es más bien pobre. Tras esto, me anuncia que unos muniqueses han sido secuestrados por simpatizantes del PKK (Partido Comunista del Kurdistán) y se descuelga con una opinión sorprendente:
-Esa es mi venganza.
Después, hace un resumen para el aire de la posición europea a propósito de la cuestión Kurda y, finalmente, me comenta que los huéspedes del hotel donde nos alojamos son unos maleducados que no le dan los buenos días.
Yo, a todo esto, sonrío con mi taza de café en la mano y, como me siento absolutamente ignorante da propósito de las escaramuzas Kurdo-Turcas, le contesto algo abstracto y trato de huir a toda la velocidad que mi carga me permite. Pero es que, cada vez que voy a reponer existencias (zumo de naranja, mermelada, resecas rajas de ese embutido tacaño que es la carne y la sangre de todos los buffets de hotel) allí está él, sonriendo socarrón desde su posición estratégica, intentando cruzar una mirada para que el cruce sirva de excusa para entablar una conversación.
En una de estas, se escucha al viajreo solitario explicar que ha venido a Croacia porque está convencido de que la guerra estallará el día menos pensado. Qué guerra sea, parece que le trae al fresco. De momento, vaticina una cruenta civil entre las diferentes facciones que forman la hirviente política turca. Después, una mundial debido al petróleo, a la energía y a la molicie europea, que contrasta para mal, según él, con la agresividad de los fundamentalismos islámicos. El viajero parece haber vivido en todos los países europeos, de los que tiene una opinión elaboradísima (y generalmente mala) que se muere por exponer a quien quiera escucharle.
Así las cosas, por el comedor y la terraza se han extendido todo tipo de rumores:
-A lo mejor es un terrorista.
-Quizá es un espía –dicen otros-
-A lo mejor no es más que lo que parece: un otorrino zumbón con una ristra de divorcios a las espaldas. Una de esas personas que no han conseguido echar raíces en ninguna parte, establecer auténticos lazos. Uno de esos seres capaces de ese olvido consciente que consiste en hacer la vista gorda cada vez que, frente a nosotros, un ser querido comete un acto de evidente mezquindad o de maldad infantil.
Con los años, ese tipo de personas se tienen que conformar con abstractas conversaciones mantenidas con desconocidos. Se convierten en pobres de solemnidad que tienen que mendigar hasta la calderilla de un saludo matinal.
Las teorías se han desatado.
Ayer, aquí en Rovinj, oí la historia de un hombre que, después de tenerlo todo, perdió lo que siempre había dado por supuesto. Un día, en una carretera perdida que cruza una zona boscosa, un ciervo se cruzó en el camino de su flamante Ferrari y, el muy austriaco deseo de no hacer daño al animal, hizo que este hombre tuviera un accidente al que estuvo a punto de no sobrevivivr. Meses enteros para volver a aprender a hablar, a andar, a estrechar una mano. Los gestos cotidianos del amor y del sustento borrados de su memoria por un golpe de volante. Hoy, es una persona que acaba de poner el pie en la cincuentena, moreno, agudo, políglota y siempre reidor. Transmite la paz casi tangible de los que han caido en que se está aquí sólo de paso.
Le acompaña un colega de terapia: un chaval paraplégico de 21 años. Inteligente también, muy observador y muy rápido. Empleado de banca. El chico, originario de Süd Tirol, habla conmigo del retorromano, esa lengua que, en Suiza y en su lugar de procedencia, habla una inmensa minoría de 70.000 almas. El chaval me explica que está haciendo terapia en un hospital junto al mar. Luego, la conversación deriva hacia temas menos serios. Mientras da sorbos a una botella de agua mineral, me participa que sus chicas preferidas son las holandesas. Le gustan esas bigardas espectaculares y frías que pasean su aburrimiento, parsimoniosamente, por el puerto de Rovinj. El chaval les alaba, sobre todo, su apertura mental.
Del vuelta al hotel, el chaval me explica con naturalidad aspectos sueltos de su vida, y yo me imagino cómo sería la mía en su situación. La verdad, la cuestión me deja bastante pensativo, aunque, estando él, no lo demuestro. Antes de separarnos, el chico me pregunta, disimulando la importancia que la cosa tiene para él:
-Y ahora, ¿Qué hacéis vosotros?
-Bueno, supongo que domir. Hemos tenido un día muy duro y...-aunque es verdad, me doy cuenta de que a él le ha sonado a excusa. No demuestra, sin embargo, más que una ligera contrariedad.
-Bueno, quizá nos veamos más.
-Sí, sí. Claro. Quizá.
Tras las despedidas, se da la vuelta y se aleja en su coche eléctrico gastándole bromas al rico reciclado mientras, a buen seguro, tiene un ojo puesto en los bronceados cueros de las súbditas de los Orange-Nassau.
Vacaciones en el mar
18 de Julio .- Queridas y queridos vienadictos: este blog permanecerá cerrado por vacaciones desde hoy hasta el próximo jueves. Me voy a Croacia a recargar pilas junto al mar. Espero que, durante mi ausencia, seais buenos ( o todo lo malos que os dejen). No os preocupéis que, como E.T. "estaré ahí mismo". Hasta ahora mismito.
La cadena sueca la conoce todo el mundo –ventajas de ser una multinacional y de que tus muebles salgan en 7 vidas y en Los Serrano- pero las cadenas aborígenes no, así que hablaré de ellas.
En principio tanto Kika como Lutz intentan competir en precio. Yo, después de estar hoy en las tiendas de las dos, confieso que sería incapaz de distinguir un mueble de unos y un mueble de los otros. Se caracterizan, principalmente, porque son muebles como de película porno y, cuanto más intentan subir de gama, más de película porno parecen. Sofás de cuero blanco, dorados a tutiplén –eso en la rama más modernilla, que haría las delicias de Jose Luis Moreno-, maderas plastificadas, colores estándar; en la rama más clásica, tienen dos opciones: a) consulta de médico de pago, lo cual garantiza bargueños, falsas marqueterías, réplicas vulgares de muebles de vago estilo francés o b) Estilo alpino: que se traduce en mobiliario de estilo rústico cuya pieza más representativa es ese sofá esquinero tapizado con tejidos procedentes de restos de los decorados de Las Chicas de Oro, imprescindible en cualquier cocina austriaca que se respete y que también hace muy buen apaño en las fondas o tabernas indígenas.
Yo, francamente, si me tengo que quedar con algo, me quedo con el estilo rústico, porque los sofás de cuero blanco y las mesas bajas rompe-peronés, la verdad es que me recuerdan demasiado a las películas sicalípticas de las que hablaba antes. Es verlos, e imaginarme de manera ipsofacta a la chati en picardías y a Nacho Vidal preparando para la batalla su instrumento de trabajo (no sé si esta metáfora ha quedado muy afortunada, la verdad, pero bueno).
Las dos empresas basan su comunicación en el bombardeo constante a través de cuñas radiofónicas y anuncios de televisión machacones. La de Lutz, sin embargo, tiene su gracia: es una familia de papá, mamá, niño y abuela –la pobre señora, la ves y da hasta cosa, porque es nonagenaria-; las mentes creativas de Lutz los meten en todo tipo de disfraces, algunos típicamente patrióticos, como por ejemplo en la escuela de doma española.
La verdad es que la nostalgia, queridos amigos, es un error. Dallas, vista hoy, hace de Ana y los Siete una obra maestra de la Televisión.
Hay cuatro decorados a cual más cutre: el exterior/terraza del rancho Southfork, con un cielo de nubes pintadas (!) que canta ópera bufa italiana del siglo XVIII., el comedor de dicho rancho Southfork que, al natural, debía ser igual de grande que el de un chalet adosado de Las Matas, y el de un salón que, cambiándole el tiro de cámara y un poco el mobiliario, lo mismo es el dormitorio de Jota Erre y Sue Ellen, que el lugar íntimo pero con caché en donde Pamela le confiesa a Bobby (el trijte) que no sabe qué ponerse para la siguiente fiesta. Pero el decorado que se lleva la palma en modestia es el de las oficinas de la Ewing Oil Company que consta de: antedespacho, con dos mesas, y en cada mesa una secretaria. Despacho, con una mesa y el famoso sillón en el que JR hacía y deshacía sus complots, respaldo recortado contra un forillo que imita una panorámica aérea de la ciudad de Dallas.
Tragarse hoy dos episodios seguidos de Dallas resulta una experiencia heróica. No se sabe si por lo menesteroso del guión, o por lo inane de las tramas o, simplemente por la auténtica cutrez que respira una serie que, teóricamente, es un culebrón de amor y lujo. Un lujo que, por otra parte, no se ve por ningún sitio. Tan sólo en la música, que ha quedado para el recuerdo. El resto, como de película porno.
Para comparar, dejo algunos fragmentos famosos de nuestra zarzuela, como la canción de Paloma, que interpreta con singular brío nuestra Monserrat Caballé.
O la hermosísima mazurca de las sombrillas, de Luisa Fernanda, en esta versión preciosa de escenografía:
La voz de Ana Belén no es lírica, pero nadie concibe un AyBá que no sea el suyo.
También hay espléndidas canciones para hombre, como esta de La Tabernera del Puerto, que canta Plácido Domingo en el Covent Garden:
Para que luego digan de la Operette (qué operette ni qué leche de operette !Ja!)
Por ejemplo, cuando yo era pequeño, las tiendas cerraban en verano a la hora de la siesta. Y así, nos teníamos que fastidiar si se nos antojaba cualquier artículo entre las dos y las cinco de la tarde. Expirado ese periodo, te ibas con todo el solazo a comprar ansiosamente los cromos, los flax –golosina helada que a mi abuela le pirraba- o bien te ibas a cortar el pelo, que era una ocupación típicamente veraniega. Mi hermano y yo íbamos siempre a la peluquería de la Plaza de la Fuente. Aunque luego, cuando nos hicimos mocitos con edad de merecer, cada uno fue buscando peluquerías de más modernidad. Esto de irte a cortar el pelo a las cinco de la tarde –a las cuatro, creo que abrían los peluqueros de la plaza- es un misterio que nunca fui capaz de entender. Pero mi padre, particularmente, era muy insistente. Parecía que se medía la decencia de las personas por lo temprano que estaban delante de la puerta de la peluquería.
-Vete ahora –nos decían- que seguro que no hay nadie y así no esperas.
¿Quién c*ño iba a haber, con aquel solazo?
Así que, cuando empezabas a tener el pelo largo, y llegaba el día fatal, hacías de tripas corazón y te plantabas delante de la puerta del peluquero a las cuatro de la tarde.
A las cuatro cero cinco solían llegar los artistas de la tijera –dos hermanos, uno rubio y uno moreno, del Athletic,por cierto-. Venían de sus casas, de comerse el sopicaldo que les habían puesto sus esposas. Era raro verles en traje de calle, acostumbrado como estabas a verlos en su pequeño reino lleno de pelambres, con batas blancas. Te daban las buenas tardes (contestabas tú, algo cohibido, porque entonces los niños teníamos miedo de las personas mayores) y abrían la puerta del local. Tú estabas ya sudando como un pollo y agradecías enormemente penetrar en la penumbra fresca. Parece que lo estoy viendo: la puerta tenía un par de escalones, porque el local estaba un poco por debajo del nivel de la acera. A la derecha, estaban los sillones, frente a dos espejos grandes con fotografías de modelos de peluquería –los más sosos que existen-. A la izquierda, un chisme con clavitos, y en los clavitos fichas redondas de plástico con números –para los indecentes que llegaban a las cinco, con el local a rebosar y necesitaban esperar turno-; unos sillones de cuero –incomodísimos- una mesa llena de revistas –como era una peluquería sólo de hombres no había publicaciones interesantes, sólo números atrasados del 6 Toros 6 y los Marcas de los últimos siglos-.
Los hermanos peluqueros, mientras tú te quedabas plantado en medio del local sin saber bien qué hacer, se acercaban al perchero a coger sus batas blancas, encendían el calentador a gas, y entraban en un pequeño cuartito para menesteres ignorados;luego, uno de ellos, te indicaba uno de los sillones y tú te sentabas. Yo, llegado ese momento, me quitaba las gafas y las dejaba sobre el aparador lleno de lociones misteriosas–la realidad se emborronaba- y sentía la caricia fresca del paño grande con que me envolvían sobre las piernas y los brazos desnudos. Entonces, el peluquero que te tocara en suerte te pedía indicaciones. Y tú, tímidamente:
-Corto. Pero no mucho que luego mi madre se enfada.
Y entonces él, pimpán pimpán, empezaba a cortar haciendo un ruido con las tijeras muy característico, como si mantener el instrumento en movimiento, ayudara a afilarlo. Si te tocaba el peluquero rubio, ahí habías muerto, porque aquel hombre INSISTÍA en darte conversación ¿Y de qué habla un niño de doce años con un señor de cuarenta al que ve cada dos meses? Es más,¿De qué habla un niño de doce años con un señor de cuarenta al que, misteriosamente, le apasiona el fútbol, si ese niño de doce años no sabe darle ni una patada a un bote? Yo rezaba siempre porque me tocase el peluquero moreno, que te dejaba a tu bola . Desde entonces odio a los taxistas y a los peluqueros que hablan contigo sin que tú te hayas dirigido primero a ellos.
Cuando empezabas a adquirir ese aspecto higiénico, soldadesco, con el que siempre te dejaban estos dos señores, llegaba la indefectible pregunta. Te cogían la oreja derecha y, con un tic diez mil veces repetido, te preguntaban:
-¿Te la corto?
Y tú:
-No, está bien donde está.
Esta pregunta está bien hacérsela a un niño de cinco años, pero de más mayor, te daban ganas de contestar:
-Gentil caballero Atlético, ¿Sabe usted cuánto tiempo hace que me afeito?
Luego, rasrás, la cuchilla, un brochón para quitarte los pelos –igual te tenías que duchar al llegar a casa- y el momento fatídico de pagar. Te buscabas el billete en el bolsillo y se lo dabas, arrugado, al peluquero. Sonaba en tu cabeza la voz de tu madre:
-Déjale algo suelto de propina.
Te daban las gracias. Y tú, aliviado por haber cumplido decentemente aquel primer ritual de la masculinidad, emprendías el camino del hogar.
Eso sí: bajo un sol de justicia. La piel irritada del cogote te escocía por el sudor.

Explico esto del vello porque la frase ha quedado rara. Resulta que a mí, lectoras y lectores del mundo mundial, me gusta trabajar cómodo. Y como no es plan ese de hacer fotos a la japonesa chorreando de sudor, pues yo, fue llegar a la cabalgata o desfile, y me puse confortéibol. Quedéme en pantalones cortos, desnudito, obviamente, de cintura para arriba. Y, como en el país de los lampiños, el peludilllo es el rey, a muchos asistentes al desfile le pusieron bastante mis pelos pectorales (que hacen del resto de mis compatriotas los primeros europeos en gasto de artilugios depilatorios, y no es coña). Cada diez metros se me acercaba alguien y me metía un gutschein o folleto en la cinturilla de los vaqueros o me tiraban cosas regalitos desde las carrozas ( y yo, nada, impertérrito: clasclasclás con la cámara) o, inclusive, me enfocaban el objetivo (FOTOGRÁFICO) hacia la zona pechonal –que, por otra parte, no es nada espectacular- deleitándose, me da que golosamente, en la señal más visible de que nací en el Mediterráneo, como Serrat.
Sorprendentemente, tanta exhibición de mis carnes morenas no tuvo consecuencias. O sea, que, a pesar de la solana, no me achicharré vivo. Eso sí, no me libré de la conversación que me persigue:
PACO: Hola, que servus. Que qué calor hace, chiquillo.
AMIGO (Aborígen): ¿Calor? Pero si hace una temperatura perfecta. Cuarenta graditos de nada.
PACO: Pues yo estoy torrao, colega.
AMIGO (Aborígen): pero si tú eres español, deberías estar acostumbrado, ¿No?
Huelga decir que, evidentemente, no estoy acostumbrado. La diferencia, como ya hemos dicho, entre los que sabemos (experiencia ancestral) que el sol es mejor evitarlo en cantidades industriales y los guiris estos, es que a nosotros el sol nos da respeto; en cambio, ellos viven en el filo de la navaja del cáncer de piel como si nada.
En fin: que tras este chute de vanidad el domingo me lo pasé más calmadamente.
Como es habitual, e incluso diría que imprescindible para el equilibrio del alma, emprendí un paseo por el Lobau.
Allí, entre la floresta salvaje, fui pasto de mosquitos, escuché el amoroso croar de los batracios –que huían cuando yo ponía el pie cerca de donde estaban tomando el bochornote- e, incluso, tuve un especial estremecimiento cuando me subió la adrenalina al pensar, señoras y señores que, entre aquel pasto, tenía que haber unas garrapatas como camellos de la península arábiga.
En una de esas decisiones de las que uno tiene tiempo de arrepentirse, al pasar por el Lobau Museum (Museo del Lobau) le dije a mis acompañantes:
-Mira qué bonito . Chicos ¡Un museo! Podríamos entrar, que es gratis –el argumento crematístico siempre funciona con los aborígenes.
No sabía yo que, entre los visillos, nos acechaba un amable octogenario –amable, demasiado amable- que, una vez pusimos el pie en su umbral, saltó de su escondrijo llave en mano (la del museo) dispuestos a enseñarnoslo. El amable octogenario, que soltó una perorata en dialecto vienés nada más le dirigimos la palabra, iba vestido solamente con un bañador de licra bastante dado de sí y una camisa guayabera de las que popularizó Jesús Gil (q.e.p.d.).
Nos abrió la puerta del sancta sanctorum y, lo primero que nos dijo fue:
-Mírense, mírense en este espejo.
Señalando uno bastante cagado de moscas, la verdad.
Nos miramos, obedientes, y pudimos ver que, a la altura de nuestro esternón, un cartel de madera decía, amenazante:
“Tiene usted delante al único depredador de los animales”.
Shit yourself, little parrot.
Con estos principios, emprendimos un camino por el museo más grimoso del mundo, junto con el improvisado que Norman Bates tenía montado en su motel de carretera.
Bichos disecados de todas las especies, cascarones de insectos muertos atravesados con alfileres, grandes hongos resecos pudriéndose en la oscuridad, peces nadando en cubos de cristal de aguas turbias, telarañas en las que hubiera podido quedar atrapado un Boeing 747. Y yo:
-Qué ascazo, macho. Vámonos de aquí.
Pero los aborígenes, escuchando respetuosos al sosias de Norman, que iba detrás de nosotros recordándonos, como el ángel exterminador, que éramos los únicos depredadores de las amables bestias, los responsables del cambio climático y de no sé qué más catástrofes.
Qué mal rollo, coleguita. Como hubiera dicho la Jurado:
-Más nunca vuelvo yo a un museo.
Fleivour tuyú
11 de Julio.- Leo en un periódico celtíbero, que una de las presentadoras más populares de España, famosa por sus meteduras de pata pero, sobre todo, por su originalidad literaria (ejem) ha hecho su último programa (de la temporada). La verdad es que leer la noticia me ha puesto nostálgico, porque para mí, ese nombre, esa cara, ese cardado salvaje, se asocia, fundamentalmente, a una parte de mi vida durante la cual fui muy feliz: mi estancia en el Mundo Perdido, como yo llamo a cierta cadena de televisión en donde esta señora inició su ascenso profesional y puso los cimientos de su enorme fortuna personal.
Recuerdo con nostalgia a muchos de sus colaboradores –hoy, auténticas personalidades del chiquimundo televisivo español- que crecieron con ella en un programa que la ínclita y ubérrima empezó para tapar un hueco transitorio en las tardes de esa cadena, pero que se eternizó gracias a sus índices de audiencia rompedores. Recuerdo aquellos tiempos en que, antes de que el programa empezara, yo me pasaba un ratito por el plató polvoriento, pero impregnado por esa tensión previa de los directos, a charlar con mi amigo X., al que ayudaba a cargar las cajas de botellines de agua para el público que, ruidoso, impaciente, tocado por la magia, esperaba al otro lado de las gruesas puertas insonorizadas.
Me gustaba mucho pasar también por la redacción en la que trabajaba el equipo que capitaneaba esta mujer, por las mañanas,a eso de las once, cuando mis redactores favoritos estaban planeando de qué tema hablarían por la tarde. Disfrutaba viéndoles trabajar, sintiéndose importantes, con sus entrañables “ejqueismos” y su glamour de todo a cien (ahora, todo a un euro).
Recuerdo la insólita experiencia de encontrarme cara a cara con Van Damme –que, al natural, es un señor muy bajito y cabezón- o la vez que abandoné mi puesto de trabajo para ver en persona, de lejos, a Imperio Argentina, poco antes de que muriese.O el cabreo de mi señor padre cuando se enteró de que una chica se había caido redonda al suelo, fulminada, cuando fue tocada por la mano inocente de un vocalista tropical de caderas retozonas.
(Tuvieron que llamar a una ambulancia –para la chica, no para el cantor, que se limpió la mano en los pantalones, no fuera a ser aquello contagioso).
Me gustaba colarme en el plató, cuando el programa terminaba, y aspirar el olor a oscuridad y a serrín que siempre queda en un estudio cuando las luces se apagan. Y me gustaba cotillear entre el atrezzo y tocar aquellos objetos de colores ácidos que eran la parte más tierna de mi fantasía.
A través de aquellos redactores viví por delegación lo que me hubiera gustado que fuera mi carrera y que, hoy, creo que nunca conseguiré: los nervios de la primera vez que se ponían delante de las cámaras, las sucesivas alegrías, los ascensos, las derrotas, las envidias, las puñaladas traperas. Los súbitos arranques de dignidad: como el de aquel excronista parlamentario, hombre de acabadísima conversación y exquisita cultura, al que le encargaron hacer un ranking de miembros (viriles) masculinos tras la publicación de las fotos de un aristócrata en traje de Adán.
O aquel pobre, que me preguntó, subiéndose las gafas de pasta:
-Y este Riqui Martín sobre el que me han encargado hacer una pieza ¿Quién coño es?
O aquella chica –hoy prestigiosa profesional- que, cuando no era nadie, me contaba con toda confianza que:
-Tomando el sol en la terraza del apartamento de mi novio me he quemao las tetas, tío. No puedo con mi vida.
O aquel hombre tímido, hoy uno de los jerifaltes de una de las productoras más agresivas y sangrientas de la telebasura, que se puso colorado cuando me lo crucé en un pasillo y le felicité por una exclusiva periodística, sobre cierta dama adicta a los bailarines de flamenco con dos pies izquierdos.
Durante mi último viaje a España, una de esas sombras del pasado subió al mismo vagón de tren que yo y, durante el trayecto Albacete-Madrid, ocupó un asiento a tres plazas del mío. No le saludé. Probablemente no me hubiera reconocido. Ha pasado ya tanto tiempo...Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
La televisión, aquella televisión, fue y es el amor de mi vida. Cuando yo la conocí era un negocio que estaba dejando de ser artesanal. Hoy, los hombres con corbata han oscurecido los organigramas, y la presión sobre los trabajadores de las empresas de televisión españolas es brutal, contrastando con los enormes beneficios que esas empresas obtienen para sus accionistas. Durante el tiempo que pasé en el Mundo Perdido grabé en mi memoria cada centímetro de aquel paraíso del que, no tenía dudas, sería expulsado alguna vez.
La televisión, aquella televisión, era un mundo que aún entendía –aunque poco- de romanticismo. O a lo mejor es que era yo, entonces, el que aún era un romántico.
Hoy es el Mundo Perdido. Para siempre. Porque aquel Paco, y ahora lo veo, tampoco existe ya (quizá afortunadamente)
En el tutubo está todo, Dios mío. Hacía años que no escuchaba esta canción y buscando una foto para esta entrada, la he encontrado. El motivo está en el texto
Mi niña Vanesa
10 de Julio.- Según la prensa autóctona, los nombres preferidos por los indígenas para bautizar a sus churumbeles son David y Leonie. Parece ser que están definitivamente out los nombres tradicionalmente germánicos. O sea, que es improbable que haya muchas niñas que se llamen Waltraut o Elke –que son unos nombres muy chulos, a la par que sonoros-; en el caso de ellos también están los Kurt de capa caida, igual que los Lothar y los Sigfried.
En esto de los nombres hay modas que permiten datar a las personas cuyos padres, antes de acudir al registro civil, se dieron una vuelta por el Hola o por el El País o, más simplemente, se arrearon al coleto un vaso de aguardiente peleón.
De mi año, 1975, hay Juan Carlos a cascoporro (por el llanote del suegro de Letizia Ortiz, of course), lo mismo que el posguerracivilismo abundó en JoseAntonios (por el Ausente); los primeros ochenta vieron un gran auge de las Vanesas, mujeres condenadas a ser conocidas durante toda su vida como “La Vane”. La primera que hubo en España fue la hija de Manolo Escobar -hoy reportera de televisión-.
Incluso, papá Escobar (el de “no me gusta que a los toros/te pongas la minifalda”, esa canción que, la escuchas, y te dan ganas de darte golpes de pecho como un orangután) tuvo un gran jitazo con su inmortal copla “Mi niña Vanesa” . Es más: abundó en el tema familiar con una tonadilla que mi abuela tenía en un casette que la volvía loca de contenta, y cuyo tracatrá rumbero le ayudaba a hacer con más brío las labores de su vivienda. Parece que estoy escuchando el ingenioso estribillo y a mi abuela (q.e.p.d.) tarareándolo mientras cocinaba:
Tres amores tengo,
(Uno,dos y tres)
Todos diferentes
Todos de mujer
Y si uno me llama
Los otros también
Uno es el de mi madre
Otro es el de mi mujer
Otro es el de mi hija
Qué suerte tener los tres
Más tarde, los noventa asistieron a una ola de bautismos bajo el pernicioso influjo de las drogas de diseño. En dicha ola, abundaron los Jonathan, los Kevin, las Aidas, las Jeniffer,las Penélopes y otras catástrofes del gusto; hasta que los padres con posibles (pijos) decidieron que ya estaba bien de extravagancias y aparecieron los nombres arcaizantes. De esta época –fines de los noventa, aznarato- datan los Yagos –que ya es mala leche ponerle a un niño como a un malo de Shakespeare-, las Jimenas y los Rodrigos, además de algún que otro Nuño. Todos nombres como de Glosa Emilianense (o Silense). Unos nombres que, los escuchas, y te viene a la mente un fúnebre ciprés o el melancólico desfile de los álamos a la vera del Duero.
La (pen)última gran revolución onomástica vino cuando Europe was living a celebration y las madres (y los padres) de España descubrieron que, para que su hija fuera original en el parquecito o en la guardería, no tenían más que llamarla Chenoa. Y ahí se formó la mundial, porque todas las madres lo descubrieron a la vez y de esa época (Primera Operación Triunfo) hay Chenoas para pagar un tren de mercancías lanzado cuesta abajo a toda velocidad.
Pero, a Dios gracias, los españoles no estamos solos en esto de bautizar infantes como quien hace churros. Por ejemplo: el famoso director de cine americano Francis Ford Coppola, se llama Ford, no porque sus padres se vieran acometidos por un singular ímpetu eufónico, sino porque nació en un hospital de NY que se llama así. Sólo de pensar que a mí me hubieran puesto como el hospital en que vine a este mundo, me da un volunto, oiga.
Quiero terminar aquí con un apunte climatológico dedicado (cariñosamente) a mi lectora Inma: ¿Qué te dije yo hace días? Que no pusieses lejos la ropa de abrigo. Llevamos días como haciendo un ensayo general del otoño. Por las montañas ya ha habido hasta inundaciones.
Jolinetes, a ver cuándo vuelve el verano.
A veces, las palabras de otro ser humano llegan a él y el escritor se convierte en una tierra en la que germina una semilla. Esto es ahora muchísimo más fácil, porque los escritores (y aquellos que no se consideran tales, pero que lo son) viven insertos en un tejido neuronal a escala planetaria: internet. Como dice muy certeramente un filósofo español, vivimos en la sociedad de la conversación. Un intercambio activo, digital, que enriquece a la humanidad con la fuerza de miles de millones de cerebros orientados a la tarea de repensar la realidad y de comentar lo que otros piensan. El otro día, una de esas personas que escriben (y que, a veces, me hacen el favor de leerme) habló en su espacio de los amigos. Ella vive en Montreal, no nos hemos visto nunca. Sin embargo compartimos un concepto de la amistad (creo) que me gustaría desarrollar aquí para ti, Ainara, que me leerás en el futuro.
Durante toda mi infancia y adolescencia , escuché muchas veces a una pariente tuya hablar de “esos amigos nuestros” o decir “tengo mucha amistad con X” y, sólo con hacerlo, ya sabía que esta persona se refería a una de esas relaciones extremosas, peculiares en ella, que son como una bengala: arden, brillantes, pero tienen una fecha de caducidad. Las palabras “amigo” y “amistad” en este contexto, se devaluaban muy deprisa y los amigos de hoy eran sustituidos mañana por otros fugaces y fungibles. Con el tiempo, cuando tuve capacidad de elegir, se impuso en mí el lado más austero de nuestra familia y, hoy, creo no pecar de inmodesto cuando digo que he conseguido convertirme en un razonable amigo de mis amigos.
Para mí, Ainara, la amistad es una fuente constante. El sentimiento más noble que existe. Porque es incondicional. Te enamorarás unas cuantas veces en tu vida, pero siempre buscarás de tus amores algo: que te correspondan como mínimo. No necesitarás en cambio nada de tus amigos, nada más que su presencia. Sé buena amiga de tus amigos, cuídalos, Ainara. Trata de rodearte de personas que puedan enseñarte cosas que tú no sabes. Los amigos, querida, son los hermanos y las hermanas del alma. Una familia mucho más próxima, muchas veces, que tu familia carnal. Vigílate y no sigas la vena tormentosa que, como en toda nuestra familia, también arde en ti seguramente. Guárdate de las relaciones extremadas, que se consumen rápidamente. Trata de convertirte en una corredora de fondo de la amistad. Escucha mucho. No cedas al impulso de un día. No dejes nunca que una relación amistosa se vacíe con conversaciones que no llegan a ningún sitio. Esfuérzate en dar lo mejor de tí misma en cada momento. Trata a tus amigos como te gustaría que te trataran a ti: hazles reir en medio de la tragedia, equilíbrales cuando la fortuna les favorezca. Que todo el mundo sepa que estás ahí para un caso de necesidad y que ese ánimo servicial no sea solo un conjunto de palabras educadas. Porque las palabras se las lleva el viento y el amigo que las necesite agradecerá sobre todo las dos manos que tú le puedas echar.
Sobre todo, sé selectiva y cuidadosa cuando uses la palabra “amigo”. La cantidad excesiva de moneda en circulación devalúa las divisas. Antes de ofrecer tu amistad a alguien, mírale bien, sé prudente. Ahora bien: cuando encuentres a personas así (que aparecerán detrás de los recodos más sorprendentes de tu camino) no les sueltes, Ainara. Porque los amigos son el tesoro de nuestra vida. Un bien precioso y escaso que hay que cuidar.
Llegará un momento en que te des cuenta de que, a tu alrededor, ha crecido una pequeña comunidad de personas confiables, a las que les podrás contar todas las cosas, que te querrán y no te volverán la espalda.
Entonces, Ainara, sé agradecida y recuerda siempre una de las pocas cosas con las que quisiera que te quedases: todo lo bueno que otra persona nos hace, toda la generosidad de que somos objeto, es un regalo QUE PODRÍA NO ESTAR AHÍ. Y como tal hay que apreciarlo. Y dar Gracias. Siempre gracias.
Un beso de tu tío,
P.
El canciller austriaco Alfred Gusembauer en una de esas fotos que alguien le debió aconsejar que evitaraLos conservadores querían forzar unas elecciones anticipadas, y se han dedicado a conjugar con contumacia el verbo “to no” que es el que se utiliza cuando uno quiere paralizar la labor de un rival que está atado de pies y manos. La cosa ya empezó mal, cuando el canciller Gussembauer, para desesperación de sus votantes, entregó a los conservadores el control de los dineros a través del Ministerio de Economía. A partir de ahí, empezó la marejada en Centroeuropa.
Pronto se vio que conservadores y socialistas formaban un compuesto político sumamente inestable. Fuera del parlamento, los medios afines al SPÖ destaparon sucesivos escándalos, relacionados con la compra al por mayor de cazas de dudosa utilidad para un país oficialmente neutral (caso Eurofighter) mientras que los medios conservadores contraatacaron con el caso Bawag y la presunta incompetencia de las ministras. A soplamocos limpio, vaya.
El desgaste de la figura del canciller Gusembauer ha sido brutal (cuando ayer, en el ZIB, se quejaba de los “insultos personales” de que ha sido objeto, no le faltaba razón); aunque los conservadores tampoco han salido demasiado bien parados (decir a todo que nones tampoco es que dé demasiado buena imagen).
Los socialistas decidieron hace unas semanas cambiar de candidato ante la perspectiva de unas elecciones anticipadas que se inutían cercanas ante lo insostenible de la situación. Optaron por una cara nueva, Faymann, un señor que viene de la política vienesa y que fue aupado al gobierno nacional por el propio Gussembauer, que le nombró Ministro de Infraestructuras. Los conservadores seguirán confiando en el vicecanciller –un presunto hombre de paja del antiguo líder conservador Schussel- para afrontar una campaña electoral que todo el mundo presume que será como la del elefante que decíamos ayer: larga y dura.
¿Y quién gana? Ante el desgaste de las opciones mayoritarias, las minorías se preparan para hipotéticas coaliciones de gobierno. Cada una a su estilo: los verdes, soporífero, y los chicos de Strache, con el estilo chulángano a que nos tienen acostumbrados. La semana pasada HC (Strache) el amigo de los niños, concedió una entrevista a un prestigioso semanario en la que decía verse a sí mismo con unas posibilidades quetecagas para ser el perejil de todas las salsas (a las personas sensatas se les pusieron los pelos de gallina). Lo bonito era el reportaje fotográfico, francamente. Como del Hola. Strache es un hombre que se tiene por guapo, y ejerce de tal ante cualquier aparato capaz de captar imágenes. Tanta sonrisa profident, tanto gesto de “qué interesante soy, por Diossss, no me beso porque no llego”, la verdad es que daban un poco de dentera.
Por otra parte, lo bueno que tienen estas cosas en Austria es que, al estar toda la vida política concentrada en tan poco espacio (geográfico otrosí que demográfico) la ORF te organiza en un pispás unos programas especiales que da gloria verlos.
Ayer noche, mi Ingrid Turnher se montó una Runder Tisch con los cuatro columnistas influyentes del país (tres hombres y una dama, que se “usteaban” con versallesca frecuencia).
Fue la cosa en un plató como de tele local española, con mucho cableado por el suelo. Una cosa como, in illo tempore, era “La Clave” de Balbín. Solo que sin humarazo espeso de cigarros y sin vasos de Chivas. Todo como muy recogidito, muy de andar por casa. Más que “Runder Tisch” (o sea, mesa redonda) el programa se hubiera debido llamar “mesa camilla”; porque eso y no otra cosa fue aquel presunto duelo de plumas: una tertuilia de las de café con leche y pastas Reglero (aquí, Manner Schnitten) a cuenta de los dimes y diretes de la política transalpina.
Las elecciones serán en Septiembre, si Dios quiere, a la vuelta de este que no será asueto veraniego. Dios dirá qué pasa para entonces. Pidámosle a la deidad competente, entretanto, una mayoría capaz. Sea de quien sea (o casi). Para que no tengamos que volver a pasar por otras quinientas jornadas de viacrucis.
He hecho dos paréntesis en esta (ingente) labor archivera. El primero fue el sábado por la tarde, para dar un paseo por el Leinzer Tiergarten. El LT es una gigantesca reserva natural que engloba parte del Wienerwald y los terrenos de la Hermesvilla. Fue muy agradable subir por el bosque, vigilado de lejos por los pacíficos jabalíes, hasta uno de los lugares en donde se domina una de las mejores panorámicas de Viena. También me enteré el otro día de que, desde ese mismo lugar en el que está parte de mi corazón, el emperador Aki-Hito y su señora, la emperatriz Michiko, habían disfrutado también de la relajante visión del valle en el que la ciudad se asienta (año 2002, si no me falla la memoria). En el lugar, hay un monolito conmemorativo.
Me gusta esa colina en particular porque, primero, puedo jugar a descubrir edificios singulares (la Votiv Kirche, el Otto Wagner Spital, la ONU...) y, también, porque guarda para mí muy buenos recuerdos personales, una parte de los cuales no compartiré con mis lectores (espero que me perdonen). Sin embargo diré que, en esa parte del Wienerwald, entendí que la gente pudiera perderse en los bosques, circunstancia que quebraba muy seriamente la credibilidad de los cuentos de mi infancia. Hoy, que mi experiencia forestal es considerablemente más amplia, tengo que decir que el Winerwald es un bosque urbano –quizá parecido al Central Park de NY- que tiene poco que ver con las lujuriantes frondas que tapizan la parte más montañosa del país.
Como ayer había brisa, otros barcos acudieron a unirse a nuestra pequeña fiesta en la Isla de los Juncos (conocida por los indígenas como Die Insel, a secas: ocupa el centro del lago). Conocida la facilidad aborigen para el levantamiento de codo, los patrones de cada embarcación aportaron lo que tenían en las bodegas: este una botella de Riesling helado, aquel una botella de Ouzo –ese anís griego que, cuando se mezcla con agua, se vuelve blanco, y cuyo sabor se parece tanto al del (viejuno)Marie Brizard-; aquel otro, el rubio champán que queda dicho. El alcohol hizo que a todo el mundo le saliera el niño que llevaba dentro, y la trama de la comedia rusa se enriqueció con un buen número de refrescantes escaramuzas acuáticas, en las que rientes ninfas en biquini trataban de escapar de socarrones galanes en pantalón surfero; y hasta con interludios románticos durante los cuales, los enamorados, jóvenes y no tanto, “sirvieron al amor”.
Llegado el atardecer, llegó también el último ponche del año con las últimas guindas de los cerezos del jardín: más alcohol, más lánguida felicidad. Y los inevitables mosquitos trompeteros (#*!@), que devoraron a este seguro servidor de sus lectores. Hasta el punto de que, acosado, no tuve más remedio que volver a meterme en el agua. Esta vez de una piscina porque, aunque los mosquitos lacustres son porfiados y resistentes, con el agua, de momento, no pueden. Aún así, tengo picaduras en lugares inverosímiles, como la pantorrilla –ahí se ceban siempre, los c*brones- o la espalda.
A la vuelta, Radio Burgenland pinchó mi canción favorita de Simon y Garfunkel: Mrs. Robinson. Mi verso favorito está en la tercera estrofa, dice:
Where have you gone, Joe DiMaggio
A nation turns its lonely eyes to you
(Uh uh uh).
Cada vez que la oigo, no puedo remediar imaginarme el equivalente español. Algo así como:
Dónde te has ido, Indurain.
Una nación abandonada vuelve sus ojos hacia ti.
Y la sola idea de escuchar a Simon y Garfunkel, tan serios, cantando las mieles deportivas del as de la cronoescalada me mata de risa.
(Aún sin champán y sin ponche).
Ays...
Aquí, ayer, Celine Dion dio un concierto ante, suponemos, un público entregado. A mí, me cae bien Celine porque me parece que es una chica que, excepción hecha del potosí que tiene en la garganta, no lo ha debido de tener fácil. Con esa cara, que es tan difícil de combinar con cualquier cosa. Pero, sobre todo, Celine Dion a mí me cae bien porque es una chica que, como cantaba La Lupe, “es muy sumirde”. Igualita que Bisbal (salvando las distancias) o sea: una jornalera de las tablas. Recuerdo que, con ocasión del lanzamiento de su último CD,Taking Chances, Dion fue invitada a ese programa-mamotreto-concurso-cosa llamado “Wetten Das...?” (Qué apostamos, en lengua vernácula) y ella, como todos los famosos, tuvo que hacer una apuesta, que perdió. El castigo fue cantar el tema de Titanic haciendo gárgaras. Y oye: la tía lo hizo, y nos reimos todos mucho. Porque Dion transmite que, fuera de las intensidades musicales, ella es muy de andar por casa.
Por diferentes razones, durante una época de mi vida profesional, tuve contacto asiduamente con personas conocidas del cine y la televisión y tengo que decir que, cuanto más famosos eran, y de más tiempo, más normales (aunque hay gente muy imbécil, como cierto famoso actor de teatro que dejó tras de sí un reguero de malas pulgas). La regla general es, como hubiera dicho Santa Teresa,“Cuanto más famosos, más conversables”.
Por ejemplo, los presentadores de televisión que venían de la cadena pública – un poner: el que presenta hoy los telediarios más vistos de Mundo Perdido- eran (y son) el colmo de la buena educación. En cambio, había gente que, en cuanto les reconocían dos veces en un Corte Inglés a temperatura polar, se echaban a perder sin remisión. Recuerdo particularmente la bronca mefistofélica que montó en el aeropuerto de Barajas un julijustris de estos que comentan el trasiego ginecológico de las famosas. Un indivíduo del que no recuerdo el nombre pero que ni siquiera trabajaba –en aquellos entonces, hoy no sé- en una cadena nacional, sino en una emisora que sólo se veía en Madrid. Pretendía el andóba que, por su bello rostro, le pasaran de turista a primera. La sufrida azafata intentaba explicarle que, con los puntos que tenía, aquello no sólo no podía ser, sino que además era imposible. Llegados a un punto de la conversación especialmente encrespado, el muy ofidio dio un golpecito en el mostrador, puso morritos, y soltó el inevitable:
-Pero tú, señorita (sic) ¡No sabes con quién estás hablando! –acto seguido, los circunstantes rezamos un sentido padrenuestro por sus buenos modales difuntos(no lo rezamos por su formación académica porque la intuimos inexistente).
Se contaban también anécdotas chuscas mil a propósito de la estolidez, codicia, y absoluta falta de maneras de cierto telepredicador autonómico que ascendió a las glorias de la cobertura nacional. Durante un tiempo, fue la gran esperanza blanca de los presentadores de magazines de a perra chica el kilo, y hoy, sic transit gloria mundi, ni siquiera anuncia colchones Lo Mónaco, ni anillacos de la Galería del Coleccionista con pedruscos certificados por el Instituto Gemológico Gemacit.
La tele y la vida, queridos y queridas,son así. Hoy estamos aquí, y mañana...al rico colchón de látex natura. Los cementerios están a reventar de gente que se creía insustituible y nosotros, como diría Alaska, vemos la vida pasar.
Después de leer la frase, yo me he dicho: ¿Y? ¿Qué tiene que ver la velocidad con el speck?¿Pretende acaso el periodista sugerir que en Strasshoff algo huele a podrido, que flota en el aire un mefítico miasma que lleva al secuestro, al asesinato y al latrocinio?
Leo asimismo en un periódico indígena uno de esos detalles que hacen que en Austria, incluso la crónica negra, sea encantadoramente diferente. Tras explicar con pelos, cuajarones y balas al rojo “el macabro suceso” los periodistas austriacos indican que el maloso de Herr B. (o sea, el presunto) huyó del lugar de los hechos en tranvía y bicicleta, que son unos transportes admirablemente ecológicos y candorosos para huir de la escena de un macabro crímen.
En fin.
Hablando de mefíticos influjos: ayer, mi compañero (el sueco protestante no, el croata) decidió que el funcionamiento del aire acondicionado era perverso para su zona lumbar y me pidió permiso para desconectarlo. A la media hora, nuestra oficina –que es una pecera en la que el sol da todo el día- se convirtió en un caldero hirviente. Yo empecé a sudar de manera copiosa y encontré, mira tú por donde, un tema para el post de hoy.
Una de las preguntas recurrentes cuando la gente se entera de que vives en Viena es la folgende:
En ese momento, uno tiene que recordarle al curioso que en Viena también puede hacer MUCHO calor. Hay una diferencia, eso sí, con el sur. Mientras que en España el calor, la solanera, el plomo derretido con que nos maldice el firmamento, es una cosa que llega a ser molesta y contra la que se lucha (nuestro racial abanico, últimamente el Pingüino de Longui) aquí el calor se vive como una circunstancia transitoria y, por lo tanto, deseable.
Por poner un ejemplo: el orgullo de esta ciudad son los –escasos- convoyes de metro con aire acondicionado. Funcionan sobre todo en la línea 1 y en la línea 4 porque son las frecuentadas por turistas. En las demás, queridos y queridas, el tiempo se ha detenido en una canícula decimonónica que no te deja respirar.
En España, país en el que me nació la inconsciencia, los comerciantes funcionan bajo la suposición de que, en verano, si su tienda está a temperaturas polares, los clientes se rascarán el bolsillo furiosamente. Así, en pleno Julio, para pasar más de diez minutos en El Corte Inglés hay que ir pertrechado de una rebequita o cardigan –en casos extremos, con un bufandón-; aquí, incluso en las tiendas más empingorotadas, uno ve a los dependientes sudando la gota gorda (eso sí, germánicamente impasibles). Ultimamente, las tiendas más populares, sobre todo las grandes cadenas de distribución, están optando por instalar aire acondicionado, pero da la sensación de que se considera aún un avance que contenta sobre todo a las capas más desfavorecidas de la sociedad. Una especie de cesión a los instintos más proletarios. Y, en un país tan clasista como Austria, mejor pasar por aristócrata sudoroso que por pobre refrigerado.
Hablando de rasgos aristocráticos: un estudiante de español cuyo nivel comienza a ser bastante prometedor, con prístina inocencia, me preguntó el otro día por qué este que escribe dice “Elcortinglés” y no, como diría cualquier académico “El corte Inglés”.
Por toda respuesta, yo me sequé el sudor, para que no dudara de mi pedigrí.



