Lass die Leute reden

30 de Agosto.- Die Ärtzte han colocado en las radios austriacas este tema poppie y saladín que se llama Lass die Leute reden (una cosa como "déja que la gente hable"). Para aquellos de mis lectores que tengan interés en la lengua de Goethe, aquí dejo, asimismo, una transcripción de la letra.

A disfrutar.

[Verse 1]Hast du etwas getan, was sonst keiner tut?
Hast du hohe Schuhe oder gar einen Hut?
Oder hast du etwa ein zu kurzes Kleid getragen,
ohne vorher deinen Nachbarn um Erlaubnis zu fragen?

Jetzt wirst du natürlich mit Verachtung gestraft,
bist eine Schande für die ganze Nachbarschaft.
Du weißt noch nicht einmal genau wie sie heißen,
während sie sich über dich schon ihre Mäuler zerreißen.


[Chorus]Lass die Leute reden und hör ihnen nicht zu.
Die meisten Leute haben ja nichts Besseres zu tun.
Lass die Leute reden bei Tag und auch bei Nacht.
Lass die Leute reden, das haben die immer schon gemacht.


[Verse 2]Du hast doch sicherlich 'ne Bank überfallen.
Wie könntest du sonst deine Miete bezahlen?
Und du darfst nie mehr in die Vereinigten Staaten,
denn du bist die Geliebte von Osama bin Laden.
Rasierst du täglich deinen Damenbart?
Oder hast du im Garten ein Paar Leichen verscharrt?
Die Nachbarn ham' da sowas angedeutet,
also wunder dich nicht, wenn bald die Kripo bei dir läutet.


[Chorus]Lass die Leute reden und hör einfach nicht hin,
die meisten Leute haben ja gar nichts Böses im Sinn.
Es ist ihr eintöniges Leben, was sie quält
und der Tag wird interessanter, wenn man Märchen erzählt.


[Bridge]Und wahrscheinlich ist ihnen das nicht mal peinlich.
Es fehlt ihnen jede Einsicht
und wiedermal zeigt sich sie sind kleinlich, unvermeindlich fremdenfeindlich.


[Verse 3]Hast du gehört und sag mal wusstest du schon,
nämlich: Du verdienst dein Geld mit Prostitution.
Du sollst ja meistens vor dem Busbahnhof stehen,
der Kollege eines Schwagers hat dich neulich gesehen.


[Chorus] Lass die Leute redn und lächle einfach mild,
Die meisten Leute haben ihre Bildung aus der Bild.
Und die besteht nun mal, wer wüsste das nicht,
aus: Angst, Hass, Titten und dem Wetterbericht!
Lass die Leute redn denn wie das immer ist,
solang' die Leute reden, machen sie nichts Schlimmeres.
Und ein wenig Heuchelei kannst du dir durchaus leisten,
Bleib höflich und sag nichts.
Das ärgert sie am meisten.

El simpático Alfons Haider nos sonríe, todo naturalidad, desde la portada de uno de sus últimos discos


Maribel y las lenguas de gato

29 de Agosto.- La campaña electoral arrecia y el verano va muriendo, poco a poco.
Por debajo de la realidad, a veces, se transparenta España.
Son pequeños detalles. Por ejemplo: ayer, en el semanario alemán “Bunte” –el equivalente al Hola español y a sus diferentes retoños internacionales- aparecía un utilísimo artículo destinado a las damas teutonas en el que se explicaban unos rudimentos de protocolo a la hora de tratar con testas coronadas. Estoy seguro de que las amas de casa de Dresde ensayaron, en la intimidad de sus salas de estar, la reverencia que el articulista recomendaba. También debieron de copiar (ahí voy yo) la de la mujer cuya foto ilustraba el artículo: nada más y nada menos que Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, Presidenta de la Comunidad de Madrid que, enfundada en un restallante tailleur verde lima, se inclinaba graciosamente ante una sonriente Doña Sofía.
El artículo venía a cuento de que la novia del príncipe Alberto de Mónaco -ese ser- tuvo ocasión de confraternizar con las Reales Personas (de la Monarquía Española) en cierto palco de los juegos olímpicos de Pekín y, sin duda influida por el ambiente más bien rojales que se respira en la capital china, se había saltado el protocolo –el famoso spanisches Hofzeremoniel que traía de cabeza a la suegra de Sissi- y le había palmeado a nuestra reina las regias espaldas; campechano gesto que nuestra soberana apreció en su justa medida, mostrándose correcta y sonriente con la novia del que nos chafó la oportunidad de celebrar los juegos de 2012.
Unas páginas más adelante, el simpático “Bunte” se hacía eco de una polémica con enorme alcance internacional, un problemón que amenaza con enturbiar nuestras relaciones con la república presidida por la canciller Merkel: bajo un retrato de tita Cervera (el “Bunte”, con un poco de mala leche, aclaraba que la viuda de Heini Thyssen, “se hace llamar “baronesa””) se encontraba un texto que explicaba que, la ex lady España, y ex esposa de Lex Barker (que también tiene que ver con Austria, pero lo contaré otro día) se halla peleada con su consuegra, a cuenta de la nieta que comparten. Y es que, señoras y señores, hasta en las dinastías museísticas cuecen habas.
La revista tomaba partido, cómo no, por su paisana. Porque la consuegra de Tita Cervera, la protectora más enjoyada del arbolado madrileño, es alemana, aunque resida en Barcelona.
Más ecos: resulta que, el otro día, fui a tomarme unos chatitos de vino a un heuriger; tras unos cuantos spritzer, salió la conversación de “La jaula de las locas”, cuya versión austriaca está interpretando con gran éxito Alfons Haider (recuérdese: en lo que se convertirá Jesús Vázquez cuando descubra la cirugía estética). Haider es un actor bastante competente que, con germánica eficacia, parece ser que está haciendo una versión bastante aceptable del clásico francés que Broadway adoptó (La calle of folles, a Sain-Tropez tradition ¡Cage of folles! You loose each inhibition). Esto trajo a la memoria de los circunstantes –algunos con las piernas tapaditas con una manta para caballos debido al fresquito reinante- una obra de teatro que se llama, si yo no lo escribo mal “Katzenzungen” (o sea, lenguas de gato) que se transmitió por la ORF en los sesenta y que (ahora lo sé) se puede adquirir al nada módico precio de 24 eurazos.

-Y, aunque parezca mentira –dijo uno, que se las da de cultureta- el autor de la obra es español.

Amilagréme, sorprendíme, y preguntéle, pero, evidentemente, no me supieron dar las señas de este ignoto dramaturgo celtíbero. Así que pedí que me explicaran el argumento de la obra –lo cual hicieron con un estilo algo deslavazado- pero los detalles fueron suficientes para caer en la cuenta de que, aquí, en Austria, Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura, es un pequeño éxito de la cultura pop.
Quién lo iba a decir.
Steinwandklamm y Myrafälle

28 de Agosto.- Durante miles de años, la naturaleza se esforzó por crear el sistema de gargantas y cataratas de Steinwandklamm, en las estribaciones de los Alpes. Y allí estuve ayer. Para que se le descuelgue a uno la mandíbula.







Un viaje a Madrid

27 de Agosto.- Querida Ainara: desde que volví de tu cumpleaños/bautizo no paro de cantar que “tengo en mi ranchito un chivito muy bonito”. Gracias a Dios, los aborígenes no saben lo que canto, y tampoco tienen el nivel de español suficiente para saber por qué cuando canto tres versos de “Me gusta mi novio”(¡Por qué! Por lo celoso) me descojono de risa. Pero el caso es que tú eres la responsable de que esas canciones hayan entrado en mi vida –te hacen reir cuando estás con la manta a cuadros- y ya, inevitablemente, esas canciones están unidas a ti.
En mi anterior carta hablé de la experiencia de vivir en una casa de vecinos, y mencioné de pasada –o no tanto- que, tu padre y yo, vivíamos en un pueblo que, entonces, estaba muy alejado de Madrid. Eso, hoy, ha cambiado, y ese pueblo está hoy a punto de ser engullido por una capital que acoge a más de tres millones de almas. El caso es que aquel trozo determinado de mi carta me trajo a la memoria algunos detalles de lo que, entonces, era un viaje a Madrid (por ejemplo, para ver a don Artermio, aquel médico que, como se decía entonces, “nos pasaba por rayos”). La otra noche, soñé con uno de aquellos viajes, de la mano de tu abuela, entonces yo un chaval. Y, en el calor de la noche madrileña, se me representaron todos los detalles de aquellas excursiones con una gran vividez.
Me acordé entonces de que, hace unos años, vi en uno de los museos dedicados a la historia de Madrid –un museo de pintura que está en el cuartel del Conde-Duque- un cuadro que representaba la Plaza de Castilla, extremo más salvaje de aquella ciudad que no ha dejado de serlo. Una plaza polvorienta e informe en la que empezaba un metro que tenía los asientos de madera. Era aquella la meta de un viaje que, para nosotros, empezaba a doce kilómetros más o menos. Un viaje en el que se invertían sus buenos tres cuartos de hora.
Las cocheras de los autobuses que describí en mi carta anterior –probablemente unas camionetas carraspeantes de la marca Pegaso, que hacían la ruta varias veces al día a horarios sumamente intempestivos- estaban cerca de nuestra casa, en la perpendicular a nuestra calle, pero la parada estaba en la calle principal del pueblo. Se esperaba en un localcito pequeño, raquítico, que hoy ocupa una inmobiliaria –si es que no ha cerrado ya-; el localcito estaba pintado de un tono indefinible de blanco, y tenía un banco corrido de madera oscura. En uno de los rincones de la habitación se sentaba un viejecito encorvado que llevaba una gran cesta de mimbre llena de piruletas –las más dulces del mundo, puesto que nunca las probé- algunos juguetes menesterosos, tebeos, y bolsas de pipas y de otros frutos secos-; aún lo recuerdo, en invierno, con su diminuta puerta acristalada, y su estufilla; las viejas con los pañuelos negros, el vaho de las conversaciones.
Cuando el autobús venía de Madrid, se formaba una algarabía delante de la puerta del conductor. Al pie del vehículo se ponía un hombre con una riñonera de cuero, el cobrador. Él era el que despachaba los billetes de un pequeño block rosa o verde manzana, sujeto con una grapa. Se mojaba el dedo índice y contaba tantos billetes como le pidiera tu abuela –no me acuerdo si los niños pagaban entonces-. Cuando subíamos a la destartalada camioneta, tu padre y yo siempre tendíamos a irnos hacia atrás, que era en donde estaba el peligro, según tu abuela. Su voz nos conminaba a sentarnos en las primeras filas. Nosotros íbamos delante, ella, detrás.
El autobús pronto se ponía en movimiento, atravesando aquellas mañanas de mi infancia, sobre las que siempre parecía flotar una luz blanca, un polvo plateado que teñía las cosas de una tonalidad fría y brillante. Tu padre y yo, ibamos mirando los edificios que iban pasando a una velocidad que nos parecía de vértigo, montados en aquel bicho que vibraba como un cohete recién lanzado de Cabo Cañaveral.
Las casitas amontonadas, restos de aquella pobreza de Castilla, las carnicerías con su género amontonado en los escaparates, oloroso a sangre, las ancianas sentadas a las puertas, con su caja de verduras y una romana que reposaba en el suelo.
Al salir del pueblo limítrofe al nuestro, en la parada que, aún hoy, es conocida como “El Bar África” (aunque el bar haga ya años que desapareció) se abría una extensión de nada amarilla y parda que sólo rompían algunos edificios industriales, algunos poblados de chabolas, con su burro pintoresco molestado por los niños, y los Estudios Roma en los que, entonces, se grababa el “Un,dos,tres” –el programa favorito de entonces- y que hoy acogen los locales de una cadena privada de televisión. Tu padre y yo acechábamos al pasar los callejones entre los edificios, buscando restos identificables de los decorados de aquel programa que, para nosotros, era una sucursal de la magia.
Poco después, el autobús llegaba a Madrid, a aquella Plaza de Castilla dominaba por el gran depósito de agua del Canal de Isabel Segunda, principio de la Castellana, fría e imperial.
Cómo ha cambiado todo desde entonces, con qué supersticioso respeto hablábamos, se hablaba, de “ir a Madrid”, de “bajar a Madrid”, como si Madrid fuera el fin del mundo.
A lo mejor para ti, que vives aún más lejos de lo que yo lo hacía entonces, recupere Madrid esa cualidad mágica.
Tendré que esperar algunos años para averiguarlo.
Besos de tu tío.

Looking for the habichuelas
26 de Agosto.- Aprovechando la característica peculiar del Pisuerga, quiero hoy remediar una carencia de este blog que, ante todo, aspira a ser útil: se trata de explicar algunos usos locales austriacos a la hora de buscar trabajo.
En primer lugar, diré que, para cualquiera que los necesite –como yo, en la actualidad- los mejores anuncios de trabajo se encuentran en la prensa. Concretamente, las ofertas más accesibles y variadas se publican cada sábado en el Kurier, aunque bastantes suelen estar disponibles diariamente en http://www.jobmedia.at/ y en otras páginas similares. Otros medios escritos publican también ofertas. Las del Standard, por ejemplo, son para trabajadores cualificados –lo cual quiere decir nativos, o con un nivel de alemán medio-alto-; empiezan en un nivel de directivo de grado medio.
Una vez examinadas las ofertas y entresacado las que nos prometen honorarios opulentos, un clima laboral más tierno que un episodio de Verano Azul o unas labores que se ajusten como un guante a nuestra formación, llega el momento de responder al anuncio.
En España, a mí me solía bastar con enviar un resumen de mi vida y milagros en forma de Currículum, acompañado, si la cosa era por correo electrónico, de una nota del tipo: “Estimado Sr. : adjunto le remito mi Curriculum Vitae al objeto de que tenga la amabilidad de considerarlo para el puesto XY; atentamente, el mismito que viste y calza”. No era cosa de enviar más porque la experiencia dicta que a) nadie lee esas cosas: todo el mundo va a la chicha; y b) tampoco es cosa de darle información supérflua al enemigo.
Aquí en Austria, sin embargo, no hay que tener miedo de dar la chapa. Es más: el tipo al otro lado del USB está esperando que le demos la paliza con una prolija narración de los incidentes más destacados de nuestro paso por este Valle de Lágrimas que, en todo caso, no debería exceder de un folio. La consigna es VÉNDETE, COLEGUITA y, antes que dudar, hay que pensar que a los otros competidores, hienas sedientas de carroña, cautivos fríos del lado oscuro de la Fuerza, no les va a temblar la mano a la hora de adornar su biografía o de encarecer el número de sus virtudes.
Por si a alguien le es útil, diré que yo acompaño mi currículum con una carta en la que, donosamente, expongo la siguiente información:

-Nombre y nacionalidad (conviene, por si las moscas, aclarar que uno es español y, por lo tanto, le asisten las ventajas de la Unión).
-Breve biografía profesional.
-Prendas (idiomas, cursos, estudios; si se quiere, un breve perfil en el que se reivindique la probidad de uno, su exactísimo estilo de trabajo, su espíritu de equipo y toda aquella característica psicológica que se estime que puede inclinar la balanza de nuestro lado).
Por último, un afectuoso saludo.

El Curriculum o Lebenslauf no se diferencia mucho de los modelos españoles más al uso, aunque tienda menos al esquematismo que el usual en Madrid –aunque esta ciencia curricular es difusa, y las autoridades no se ponen de acuerdo en cual debe ser el CV ideal-; eso sí: en el caso de poseer cualesquiera certificados o referencias, es bueno adjuntarlas y, en cualquier caso, portarlas en la entrevista de trabajo –caso que estas diligencias tengan éxito- los austriacos son muy incrédulos con los méritos ajenos y les gusta, como al apóstol, poder meter el dedo en la marca del lanzazo, por si acaso. Que luego hay mucho Roldán suelto.En fin, esto lo dejo todo escrito, de nuevo, por si alguien le es útil, y aprovechando que el Pisuerga baña las riberas vallisoletanas.
Una cultura adolescente

25 de Agosto.- Vuelvo a Viena después de haber pasado el fin de semana en España. Cada vez más, mi país está asociado al capítulo “vacaciones” y, por lo mismo, procuro protegerme de ese pensamiento tan peligroso para la estabilidad mental de un emigrante, que tiende a asimilar la poesía del tiempo libre con la realidad del país que visita.
Resulta, sin embargo, muy agradable sentir que te echan de menos, y poder hablar sin tener que hacer el esfuerzo contínuo de traducir. Poder utilizar tu idioma con la precisión que implica hacer chistes; un placer poder compartir con otra gente, en vivo y en directo, las mismas referencias culturales. Tonterías como hablar de Cachuli y de la Pantoja, y no tener que explicar que él es un exalcalde de Marbella con cierta propensión a que los billetes de quinientos se le queden pegados a la punta de los dedos, y ella la autora de una receta para hacer el pollo que goza de reputación nacional. Y reirse. Lo que más echo de menos en Viena es reirme hasta llorar de risa. De hecho, mis horas en España han consistido básicamente en reencontrar con mi familia esa rutina.
Porque los austriacos no se ríen como nosotros.
He estado a punto de escribir que no saben reirse, pero seguramente no es así, y yo escribo llevado por mi pundonor patriótico.
El humor es la función más compleja (y menos exportable) del cerebro humano.
Sin embargo, y a pesar de todas estas cosas que inclinan mi ánimo a idealizar España y a sus habitantes, el deber me impulsa a tener presente que el país que dejo no pasa por su mejor momento y que, aparte de estas cosas que hacen la vida más dulce, España aprieta los dientes para entrar en una crisis cuyas consecuencias seguirá sufriendo mi sobrina cuando sea una adulta. Resulta pavoroso el grado de desertización cultural que arrasa los caletres de mis compatriotas.
El embrutecimiento se ceba sobre todo en los más jóvenes, para quienes la vida es un politono (o sonitono) y una fría noche de viernes llena de ruidos tecnológicos y luces progresivas.
Un sistema educativo hundido en las cloacas y unos medios de comunicación de masas cuyos mensajes, cada vez más, parecen dirigidos a primates, han convertido a los jóvenes españoles de menos de veinticinco años en unidades de gasto; en seres sin futuro que ya no son ni los bárbaros especializados que temió Ortega (otro gallo nos cantara si, por lo menos, estuvieran especializados en algo) sino en simples émulos de Atila.
Por donde pasan sus Seat León rojos no vuelve a crecer la hierba.
España es una sociedad que venera a los adolescentes en la medida de que son los únicos que no parecen haberse enterado de que la fiesta del consumo, que ha sostenido nuestra economía desde que Aznar ganó la Batalla del Euro, se ha terminado. Y si la superficie está pintada aún con los colores chillones de un plató de televisión, ya se ven los primeros indicios de que el sueño pop empieza a resquebrajarse. Embargos, letras renegociadas, “vámonos de vacaciones que en septiembre ya veremos”. Como si septiembre no fuera a llegar nunca.
Pero septiembre siempre llega.
La economía española ha entrado en barrena y se nota por la calle en la ropa de trapillo, en la bollería industrial, en el griterío de los vendedores de móviles, en las agencias inmobiliarias que echan el cierre o se reconvierten.

(Pero aún así, cómo se echa de menos la dulzura de las facciones, la sensualidad y la simpatía de las miradas, la espontaneidad de las dependientas llamando “bonita” y “reina” a las clientas. Esa facilidad de todas las cosas. La engañosa sencillez del terreno conocido: lo que nos impide afrontar las cosas que, en realidad, nos hacen crecer).
Experiencias no aptas para aprensivos

22 de Agosto.- Queridos lectores: escribo esto desde un vuelo de Spanair. En el caso de que lo estéis leyendo significará, gracias a Dios, que no nos hemos dado una piña, y que hemos llegado sanos y salvos a la capital de España. A la paranoia habitual de acechar elementos ocultos de terrorismo islámico entre el pasaje inocente, se ha añadido hoy otra: la de considerar el sitio que la providencia o el autocheck-in le han asignado a uno en el aeroplano. Porque, como me aconsejaba un aborigen hoy, no sin cierto humor (negro):

-Pídete por la cola, que los de la cola sobrevivieron.

Después de mandarle saludos cariñosísimos a la señora madre del agorero, ha resultado que, para el vuelo de hoy, no había más sitios libres que en las alas. O sea, justo encimica de los depósitos de fuel (ole, qué alegría más grande).
“Por lo menos, en caso de siniestro, el asunto quedará rápidamente liquidado, y mis familiares se habrán ahorrado unos gastillos”, he pensado yo, para darme ánimos.
Aunque claro, me he respondido con toda la celeridad, se podrán tomar unos chupitos a mi salud pero, ¿Y la urna coquetona? No me podrán poner en un jarrito encima de la tele, sobre un pañito de ganchillo, para tenerme perpetuamente presente mientras ven Bulevar 21 –hace furor entre las amas de casa hispanas- porque no iban a quedar de mí ni los implantes de titanio que me sujetan el colmillo que tengo de palo

(Bendito sea Dios, qué cosas pienso, toquemos madera, que todavía no hemos ni despegao ni nada).

Es la una y cinco, y las azafatas estrujan pelotillas de goma antiestrés, o le dan incesantemente a los bolígrafos, mientras se pasean arriba y abajo de la aeronave.

(Los tienen cuadraos estas mujeres: hay que ver la calma que aparentan a pesar de todo).

A ver, a ver. Empiezan a dar las instrucciones por la megafonía del avión. Versión bilingüe

(Ay Dios, que esto se mueve ya)

Sigo: eso, las instrucciones, en versión bilingüe: en español y en ese inglés astroso que exhiben mis compatriotas, sólo superado por el de los italianos que es, abiertamente, infame (para qué hablar idiomas, dirán ellos, si Dios nos ha dado el sistema de comunicación por señas más eficiente de la historia).
Cuando la azafata ha dicho lo de “localicen las salidas de emergencia, la más cercana puede estar detrás de usted”, ha habido un par de cabezas que se han vuelto y han mirado como con ansiedad.
Para terminar de enredar la cosa, la sequía de noticias del verano os ha provisto de todo los espeluznantes detalles del accidente aéreo de Barajas, los cuales ahora, mientras iniciamos el despegue, acuden en fila a nuestra memoria.

(Pausa para una ristra de padrenuestros y un par de avemarías. Perdonen la interrupción).

Ay. Hemos despegado. Parece que si novedad.
Creo que voy a comer algo, porque a mí, esto del miedo me da un hambre canina.

Postdata: por cierto, hoy nuestro amigo Haider y nuestro amigo Strache se enfrentan en un duelo a colmillo retorcido moderado por mi Ingrid Turnher. Y yo me lo voy a perder (cachis en los mengues).

Feliz cumpleaños, Ainara

21 de Agosto.- Queridos lectores: media Comunidad Autónoma de Madrid se encuentra revolucionada porque, aprovechando que mi sobrina cumple hoy UN AÑAZO, mi hermano (el contador de caballeros alopécicos) y su mujer, han decidido celebrarlo con un fiestón en el que correrá la fanta a raudales y cantaremos todos la barbacoa (o barbequiú).
Asimismo, esta efemérides, será la excusa para que la niña entre en la asamblea de los hijos de la iglesia (católica) mediante el correspondiente bautizo que el sacerdote de su pueblo ha adelantado media hora sobre el horario previsto, debido a no sé qué deber irrenunciable.
Antes de seguir, me gustaría responder a una reiterada duda que me plantean mis lectores: desde aquí afirmo que, aunque yo me aproveche de su corta edad para explotarla literariamente (siempre, siempre, en su beneficio): Mi sobrina Ainara existe y no es ficticia. O sea que es una criatura hermosísima y superlista. La alegría de su hogar, vaya.
Sigo: a la fiesta del bautizo acudirán casi cincuenta personas (su tío entre ellas, sorteando todos los peligros de la aviación civil si Dios quiere, avemaríapurísima). Dada la tradición taurina de las fiestas de nuestro pueblo –que yo glosaba aquí hace días en un post dedicado a Georgie Dann- y ante la cantidad de vasos de cubata y de platos de plástico que la feliz abuela de la criatura ha comprado en los chinos, se han desatado las especulaciones e, incluso, hay vecinas igual de lanzadas que de cotillas, que le han preguntado a mi señora madre:


-Qué, Isabel, ¿Preparando lo de la peña?


Pensando que dicha madre estaba planteándose fundar una de esas asociaciones lúdicas que, so capa del interés taurino, sirven para que los mozos de mi pueblo y los limítrofes se pongan de vino y desparramen con la excusa de honrar al Cristo de los Remedios.
Yo, por mi parte, ya estoy pensando en los libros de bolsillo que me voy a comprar (no me llega mi sueldo de parado para los de tapa dura) y en los devuedés que me voy a meter en la maleta que, ex profeso, llevo vacía. Porque mis excursiones a España no sólo tienen un matiz familiar y festivo, sino también, por qué no, cultural. Porque yo, como diré en cuanto Babelia me dedique el primer artículo: “antes que escritor, soy un buen lector”. Una frase que en estos contextos cultos, queda que te cagas.
En fin, amigos y amigas, aprovecho para felicitar a mi sobrina por su primer año en este mundo (un año que ha aprovechado muy bien) y para desearle a mis lectores un día genial también, por qué no. Hoy puede ser uno grande. Plantearoslo así.
(La de Kenny Rogers y Dolly Parton se la dedico a mi sobri como antiguamente se dedicaban las canciones en la radio, por el día de su cumple).

Bloque de pisos de los años setenta, parecido al que se describe en esta entrada
Vida vecinal (Primera parte)

20 de Agosto.- Querida sobrina: durante estos días de vacaciones tu padre ha tenido un rato para echarle un vistazo a este blog en el que publico las cartas que te escribo. Se rió mucho cuando conté que, de pequeño, contaba calvos (no se acordaba ya) así que, a petición suya, he decidido escribir otros recuerdos de nuestra infancia.
Hasta que yo cumplí un año, tus abuelos vivieron en una casita baja de alquiler –aún conservan gran amistad con la que fue su casera-. Sin embargo, la llegada de tu padre aconsejó buscarse un abrigo algo más ámplio. Hay que agradecerles que no se decidieran por un piso que estuvieron a punto de comprar, situado en una calle tristona. Nuestra vida (probablemente tu vida también) hubiera sido muy diferente. Se inclinaron al final por uno en la bulliciosa casa de vecinos en la que tu padre y yo abrimos los ojos al mundo.
De la casita baja sólo conservo el recuerdo difuso del frescor del zaguán y del escalón de la entrada, porque las habitaciones estaban un poco por debajo del nivel de la calle; y el recuerdo, este más nítido, de la cocina, con su mesa en el centro, que a mí me parecía, en aquellos entonces, gigantesca. Esta casa tu padre no llegó a conocerla.
Cuando éramos niños, Ainara, vivíamos en una película neorrealista aunque, por supuesto, ni tu padre ni yo teníamos la menor idea por entonces. Nuestro nuevo domicilio estaba situado en una calle nueva, trazada a la buena de Dios y casi sin asfaltar, de un pueblo que, por aquella época, estaba alejadísimo de Madrid. De hecho, llegar hasta la capital para cualquier diligencia se convertía en una odisea: un viaje epopéyico que había que efectuar en unos coches de línea carraspeantes con asientos de fórmica y el interior pintado de naranja.
La casa de vecinos de la que te hablo estaba habitada por gente obrera que se dedicaba a ganarse la vida con las manos. A lo sumo, en humildes menesteres municipales. Su habitante más pudiente era un administrativo de la Renault que representaba algo así como la aristocracia de la tribu. Debes saber, sobrina, que en aquel tiempo en el que todo era analógico y el adjetivo “digital” sólo significaba “relativo a los dedos” los trabajadores de cuello blanco eran admirados por sus vecinos, y su hipotética superioridad se reverenciaba en una sociedad que aún salvaguardaba el prestigio ancestral de los ancianos y de los maestros.
Nuestros vecinos eran la avanzadilla tecnológica del bloque y aún me atrevería a decir que del barrio. Sus logros ya hoy parecen humildes –a ti, casi cincuenta años después, te parecerán irrisorios- pero para nosotros representaban el colmo del refinamiento oriental. Juzga por ti misma con tres ejemplos: fueron los primeros que tuvieron calefación en toda la casa (el resto de los mortales nos helábamos cuando abandonábamos la mesa camilla para ir al servicio, o cuando teníamos que meternos entre las sábanas heladas); pudieron afirmar orgullosos que habían comprado el primer vídeo del bloque (en el que yo degusté Chitty, Chitty, Bang,Bang una media docena de veces, y las tres primeras películas de la Guerra de las Galaxias) y, sus hijos, lo vieron estos ojos, nos introdujeron en los asmáticos juegos que podían jugarse con el primer ordenador Amstrad.
El lado caliente y picante lo ponía un grupo de vecinas que, cuando sus maridos estaban fuera de casa trayendo el sueldo a casa, hacían y deshacían a su antojo. Eran especialmente temibles durante las largas tardes del verano. Se sentaban a la puerta de la calle, con el objetivo oficial de tomar el fresco y de vigilar los juegos de los chiquillos pero, en realidad, lo que hacían era un aquelarre en el que era mejor estar presente, porque todas las críticas se hacían in absentia.
Aquella asamblea se fue disolviendo con el paso de los años, porque costumbres más modernas y vecinas no vinculadas al primer grupo que habitó la casa, decidieron que eso de sacarse la silla y el abanico a la vía pública se había quedado antiguo. Al final, sólo quedó tu bisabuela, testigo y, también, juez y parte de las peleas de muchachos. Mujer de un carácter austero, escrupulosa con la licitud de los placeres, tu bisabuela María sólo se concedía un capricho: cuando el calor apretaba, mandaba a tu padre a la tienda de la Pili (toda la gente, en aquel universo humilde, cargaba con su artículo determinado) y le encargaba un helado de limón, que la buena mujer chupaba disimulando el gusto que le daba el hielo en las encías desnudas.
Aquel grupo de mujeres hacía oír su voz en la reunión anual de vecinos a través de sus maridos –estaba mal visto que las mujeres acudiesen a aquella cita en la cumbre vecinal - ; menudeaban las delaciones porque esta o la otra no había limpiado la escalera con la diligencia adecuada (en aquellos momentos, la modestia de la comunidad impedía meter ninguna mujer que fregase por horas y las vecinas se repartían la labor). Un año se decidió implantar un sistema por el cual las vecinas se iban pasando un cartón duro, plastificado, en el que estaba escrito un conminativo TE TOCA LA ESCALERA –creo que se sigue usando-. Aún recuerdo el olor picante del la lejía barata y el terrazo fregado una y otra vez de los descansillos brillando humildemente a la luz de las bombillas legañosas del portal.
En fin, Ainara, recuerdos de nuestra infancia. Cosas que pasaron antes de que tú vinieras al mundo pero que, de maneras imperceptibles (o no tanto) condicionarán tu vida.
Besos de tu tío.
Cartel electoral con el nuevo candidato socialista y la leyenda "Faymann, la nueva elección"
Alles Waltzer! (*)
(*) Exclamación que marca el principio del baile de la ópera

18 de Agosto.- Ya ha empezado el precalentamiento para la campaña electoral que se nos avecina.
Ayer, el diario español El País traía a sus páginas la vuelta a la política nacional (austriaca) de Jörg Haider, al que motejaba de “populista”. La verdad es que las próximas elecciones, por la pinta, y en la opinión de este observador imparcial, van a tener más populismo que otra cosa. De momento, en la cartelería que ya se puede ver por las calles, se perfilan dos grandes temas: uno, el mensaje implícito de que una mayoría fuerte terminaría con la crispación que ha envenenado el ambiente durante los últimos dos años. Dos: la inmigración.
Los socialistas han forrado la ciudad con carteles en los que se ve a su candidato Feymann contra un bonito fondo escarlata –vuelta a las raíces- y la expresiva leyenda “genug gestritten” (ya nos hemos peleado bastante). Frente a esta exhortación casi evangélica por la reconciliación, los conservadores –cartel negro: vuelta también a los orígenes, pues los conservadores son aquí de ese color- dan un puñetazo en la mesa y exclaman “es reicht!”; o sea: “ya basta!” (de peleas y de cambalaches, se entiende).
En cuanto a la inmigración: todos saben que el descontento con los inmigrantes es grande, en una población a la que no le molan los daños colaterales de una globalización que está proveyendo a la economía austriaca de combustible humano barato.
Lso länder limítrofes con el este recién abierto, en particular, echan pestes de las bandas que vienen, roban y vuelven grupas rapidamente en dirección a la tundra misteriosa. Los rumanos parecen haber salido particularmente duchos en este tipo de mangancia organizada y menudean las noticias sobre detenciones de indivíduos a los que se les piden los papeles del camión y salen con que llevan cargado el vehículo de mercancías sustraidas de algún honrado comercio transalpino.
Y luego están los turcos, claro, cuya existencia es, no hay que negarlo, un problema que data ya de los años setenta. El caso es que los turcos no terminan de integrarse. Por el recelo mútuo, ya se sabe. Se concreta, del lado turco, en una resistencia cada vez mayor a adoptar costumbres occidentales y, del lado austriaco, en algunos actos de discriminación disimulada bajo toneladas de la nata montada que aquí le echan a todas las cosas.
Todo esto tiene también su reflejo en la cartelería electoral. HC Strache, que ya se frota las manos por sus previsibles buenos resultados, espeta al electorado con un provocador eslógan: “Seguridad social para nuestra gente”. Dando a entender lo que no hace falta que se explique.
Los señores del Partido Conservador, proclaman a su vez que, “sin curso de alemán no hay permiso de residencia”. Una afirmación que pone los pelos de gallina en blanco sobre el tenebroso fondo negro que es la imágen característica de este partido.
Todos están ansiosos de demostrar que pueden manejar mejor que nadie un problema que, si la crisis económica se agudiza como promete, puede resultar crucial para la estabilidad social y política de este pequeño país.
De momento yo, que ni puedo votar ni querría, ya he empezado a sufrir las consecuencias de estos dimes y diretes: según una curiosa particularidad de las estadísticas austriacas a propósito de desempleo, las personas en formación o que reciban cursos de organismos públicos, no cuentan como parados (con la consiguiente alegría de los políticos en campaña). Así pues, la oficina competente ya me ha organizado un plan: empiezo en septiembre.

Espejito, espejito, quién es el más bonito? El candidato Strache posa, con el estilo natural a que nos tiene acostumbrados, al lado de su eslógan de batalla: "seguridad social para nuestra gente".
Blumen para llevar

17 de Agosto.- Una de mis historias favoritas de Austria es el día en que yo vi por primera vez un cartel parecido a este: Un agricultor había tenido la genial idea de inventar el autoservicio de flores. Él plantaba los gladiolos, la gente se servía y pagaba. En aquel momento, exclamé lo que Dorothy cuando se dió de morros con el Technicolor del país de Oz: "Totó, me parece que no estamos en Kansas".
Pues sí: el mecanismo es exactamente ese: uno elige las flores (como estas personas de aquí abajo) y paga echando las monedillas (o los billetes) en una lata como la de ahí arriba. Tengo que decir que la primera vez que yo vi esto el cuchillo era mucho más lujoso que estos que se ven, y que no había ningún papel pidiendo honradez en los pagos. Será que la crisis también ha deteriorado la acrisolada honradez austriaca?

El caso es que uno puede hacerse con un bonito ramo de gladiolos de colores a muy buen precio.


El tiempo pasa despacico pa´laspantaja los melones
16 de Agosto.- Hoy Madonna cumple cincuenta años, y es que el tiempo, en palabras de los Chanantes, pasa despacico. Aquí dejo, aparte de un testimonio de la propia Madonna a propósito de su vida, algunos momentos de una carrera que forma parte de nuestra memoria sentimental.
























Georgie Dann en una actuación de "Entre Amigos", de Jose Luis Moreno. A falta de Barbacoa...

Ferragosto

14 de Agosto.- Ayer, al final de Gente -ese programa que TVE Internacional emite por si a algún inmigrante despistado le da por pensar en instalarse en España- pusieron La Barbacoa. Conocía la canción, pero, al no haberla oido en años, la verdad es que tuve un schock del que casi no me recupero: Georgie Dann peinado, teñido y maquillado como Chucki, el muñeco diabólico. Siempre he pensado en Georgie Dann con lástima, la verdad: y no es para menos: un tipo que, cada temporada, se veía obligado a explotar una canción imbécil si quería seguir comiendo durante el resto del año. Creaciones hechas para sonar en melancólicas ferias, llenas de tómbolas de esas que sortean la clásica yogurtera: ese trasto que siempre termina arrumbado, criando polvo.
Las creaciones de GD siempre me han parecido el fondo ideal para un asesinato perpetrado en el rincón más oscuro de un parque de atracciones, esa frontera tenebrosa en donde se apagan los últimos destellos de las luces de los coches de choque. Por no hablar de las preguntas que plantean: ¿Tendrá familia el monstruo? ¿Mujer? ¿Hijos? De haberlos ¡Quién sabe a qué vejaciones habrán tenido que soportar esas criaturas a lo largo de su vida! (¿Qué hace tu padre? Um...Ejem...Mi padre es el de Mami qué será lo que quiere el negro).
Qué papelón, macho.
(...)
Las canciones son como aquellos espírtus que Dickens inventó para su cuento de navidad: la música nos ayuda a fijar el tiempo. Para mí, Georgie Dann representa el largo vacío que sucedía al final de las clases. Esa herida luminosa que llenábamos yendo a la piscina a comer fresquillas medio pochas y tortilla de patatas revenida.
Sobre las praderas, de un verde rígido y oscuro, un poco artificial, se desparramaba una tribu ruidosa, doméstica y entrañable. Una colección de mondongos que habían renunciado a luchar contra la ley de la gravedad, criaturas de corta edad desnudas; de vez en cuando, algún cuerpo en flor. Después de un relámpago de belleza, largas temporadas escuchando a Georgie Dann.
El verano siempre se dulcificaba en Agosto (“En Agosto, frío el rostro”, decía siempre mi abuela) y, coincidiendo con la Vírgen, la Dirección General de Tráfico ultimaba los detalles de la última operación salida. Una cuadrilla de soñolientos obreros municipales empezaba a poner las llamadas tablas, que el lenguaje taurino bautizó como talanqueras. Esos parapetos de madera que servían (y sirven) para defender al gentío durante los encierros de toros. Las calles cortadas, los humildísimos aparejos de bombillas de colores con los que mi cuerpo adquiría (y adquiere) el aspecto de una verbena rancia, brutal y triste (aunque declarada de interés turístico nacional) a mí me deprimían. El olor de los chorizos a la brasa y la panceta, chorreando grasa, entre pan y pan, me revolvían el estómago; el madrugón protocolario, apestoso a churros y a meada nocturna de borracho, me producían el vértigo de quien teme ser despertado del sueño blanco estival. Las fiestas de agosto marcaban el principio del fin: la luz melosa del final del verano era la señal de vuelta al alboroto colegial.
El remate lo ponían, cada año, los coleccionables, que florecían (y me temo que florecen) cada año durante la última semana de agosto. “Dedales del mundo”, “Construye tu casa de muñecas”, “Grandes obras de la Música Clásica”. “Pilares de la filosofía griega”. Ya a la venta los fascículos uno y dos.
Por suerte, aún estamos a catorce.

Autorretrato de Rembrandt, 1634

Un nueve, un seis y un cuatro: la cara de mi retrato

13 de Agosto.- Querida sobrina: tengo un amigo que ha leido a San Agustín. Me cuenta que el obispo de Hipona sostenía que, cuando llegue la Resurrección Final, recuperaremos la forma carnal de nuestros 33 años; el santo, muerto durante las invasiones bárbaras que certificaron el final del imperio romano, argumentaba que esa es nuestra plenitud física y mental (no conocía a Madonna) y por eso animaba a los fieles a alegrarse por las delicias que, llegado el Final de los Tiempos, les depararía su cuerpo glorioso.
Pronto, sobrina, cumplirás un año y dentro de poco, también, y si Dios quiere, yo haré los treinta y tres. Por eso creo lllegada la hora de trazar para ti un autorretrato para que sepas, si alguna vez las lees, como es este hombre que te escribe cartas desde la orilla del tiempo.
Tu tío, Ainara, mide, más o menos, uno setenta y cuatro, aunque conoce a varios igual de altos que él que afirman sin sonrojo medir uno ochenta. Allá cada uno con su conciencia. Pesa, desde que empezó la universidad, setenta y dos kilos de media, aunque algunas épocas de relajación y buena mesa han llegado a elevar esa cifra a los setenta y cuatro. Las cejas las tiene espesas y expresivas, los párpados algo orientales de su rama paterna. Los ojos, tirando a verdes, empiezan a hundirse un poco debido a las largas décadas de gafas y al abuso de la lectura en condiciones de escasez de luz (una adicción como otra). La boca es carnosa y bien dibujada, la nariz, extremeña. Con los años, le ha aparecido una sombra de papada que hace que se parezca a un jocundo personaje, tío de tu bisabuela, cuyo retrato apareció una vez en el fondo de una caja de lata de carne de membrillo, de esas con la Virgen del Cármen dibujada en la tapa, de las que se usaban para guardar fotos y papeles.
Desde que un amor (el primero auténtico) me dijo que me quedaba bien, llevo perilla de diferentes formas; también por el convencimiento íntimo de que, sin barba, tengo lo que los alemanes llaman Milch Gesicht –cara de leche- utilizando una de esas metáforas oscuras que tanto les gustan.
Soy blanco, de piel delicada (nunca me pongo al sol sin protección). Robusto, pero no fuerte. Siempre quise tener cuerpo de stripper, aunque sea una horterada. Pero en mi infancia, Dios, desgraciadamente, no me llamó por el camino del deporte y, para cuando descubrí los placeres del sudor, el daño ya estaba hecho. Seré pues, espero, un cuarentón bien conservado y me conformaré si engordo menos de lo que ya lo están haciendo mis compañeros de instituto que, aunque están todos enrolados en equipos de fútbol dominguero, se están dejando (perdóname la presunción) de manera lamentable.
Si me preguntasen de qué parte de mi cuerpo me siento más orgulloso, diría que de mis manos. Sus críticos sostienen que son de ginecólogo, pero sus adictos dicen que son artísticas y aún esotéricas. La forma de los dedos la he heredado de uno de tus bisabuelos, muy diestro para los trabajos manuales; y la forma de las uñas de tu bisabuela María. Son unas manos que lo mismo agarran que acarician, pero que han perdido (me temo que para siempre) el hábito de la violencia, que no ejercen desde la infancia.
Tu tío Paco tiene una tendencia espontánea a dar la razón a los otros en las discusiones y pocas veces levanta la voz. También tiende a considerar el bienestar de los otros antes que el suyo, lo cual le ha llevado en el pasado (y le llevará en el futuro) a aguantar los latazos de gente incivil y, en muchos casos, maleducada.
Siente simpatía por los niños raros, los animales sueltos y, en general, los seres defectuosos que no terminan de encajar en ningún sitio, por sentirse él uno de ellos. Sospecha tu tío que, en la vida, hay pocas historias que tengan final feliz, aunque, como rebelde que es en el fondo, lucha todos los días por no perder las últimas gotas de ilusión. Llora facilmente y tiene cada día más miedo de que, a los que quiere, les pasen cosas (malas). No entiende para qué se vive y, por lo mismo, la muerte no le entra en la cabeza. De todas maneras, en las noches oscuras del alma, procura no pensar mucho.
Le gusta todo lo hace que esta vida merezca la pena vivirse: buenos libros, buenos amigos, la inutilidad general de todo lo bello, escribir. Cosas todas que le garantizan un lugar entre esa galaxia de indivíduos, sin dotes prácticas, al final de cuya biografía se escribe: “murió en X, en el año tal, en la más absoluta pobreza”. A pesar de esto, ha tenido una carrera profesional no del todo desdeñable. Está particularmente orgulloso del tramo austriaco de ella porque, a pesar de todas las dificultades y como decía el único marxista al que respeta (Groucho): “ Desde la más absoluta pobreza ha alcanzado las más altas cotas de miseria”.
A pesar de cierta tendencia pesimista, y hasta amarga, tu tío es un ser risueño que se muere por hacer llorar de risa a quienes tiene alrededor. Esta debilidad, junto con una negativa tozuda a tomar partido (manía de ver todos los lados de cualquier problema) le ha traido algunos inconvenientes con gente de ideas fijas y convicciones desagradablemente rígidas –tu tío opina, y no se corta en decirlo, que toda rigidez de opiniones es altamente sospechosa-; no cree tu tío, desde que empezó a afeitarse, en la política. En el mejor de los casos, considera a los individuos tocados por esta pasión como a seres ingénuos que cometen el mismo error que Jesucristo: pensar que el hombre es redimible y el mundo un lugar mejorable. A pesar de esto, como buen español, critica al presidente de los Estados Unidos que toque, chafardea a menudo de los dimes y diretes de la Carrera de San Jerónimo, y se hace cruces ante el deterioro que la política española ha sufrido en los últimos tiempos.
Tu tío, Ainara, sólo sabe que lo ignora todo y, como carece de cualquier capacidad de fingimiento, lo dice llanamente, actitud que provoca cierta sorpresa en los otros, tan convencidos de su propia importancia. Tiene la sensación de que nadie podrá contestar a unas cuantas preguntas que le quedan por hacer. Mientras busca las respuestas, cada vez con menos esperanzas, se entretiene, como decía Melvyn Douglas en Ninotchka, en mantenerse “sano de cuerpo y limpio de imaginación” y en intentar, en lo posible, hacer el bien a quien se deje (no son muchos).
Esta es la verdad, Ainara, pero seguramente no toda. Tú también descubrirás algún día que nadie es buen juez de sí mismo.
Besos de tu tío.

Dame usté trabajo, que lo nesesito
12 de Agosto.- Lo bueno que tiene tener la vida dividida entre dos países es que las alegrías deportivas, de existir, vienen por partida doble. Así, ayer, la natación austriaca y yo estuvimos de enhorabuena: la nadadora Mirna Jukic ganó el bronce en los 100 metros.
En fin: escribo este texto de hoy mientras espero a que empiece una charla del AMS vienés (para entendernos: el servicio de desempleo). Desde que mi trabajo terminó, hace casi un mes, he venido un par de veces a este aseado edificio en donde los parados somos controlados y provistos de la documentación necesaria.
La última innovación en este instituto es una charla informativa, a la que tenemos que asistir nosotros, los así llamados “clientes” de este organismo, so pena de ser castigados sin un subsidio que, debido a la inflación, cada vez es más magro (no lo digo yo: lo dijo el Kurier hace un par de días, y cifró el umbral de la pobreza en los 893 Euros mensuales).
Mientras espero, me entretengo observando a los asistentes: la mayoría son mujeres, entre los veinte y los cincuenta, sin más denominador común. Los hombres somos minoría. Varios austriacos, uno de los cuales tiene bastante pinta de friki, pero el resto son normales.
Siguiendo la creencia austriaca de que el hábito hace al monje (Kleider machen leute, reza uno de los refranes locales con los que me martillean los sesos desde que estoy aquí) me he vestido de domingo. Polo nuevo, pantalones de marca, zapatos de cuero –no los italianos, los otros, de más diario-. Soy una minoría. La gente, como para dejar testimonio claro de la consideración que le merece el rollo que nos van a soltar, va de trapillo. El friki, particularmente, lleva una de las Combinaciones Prohibidas (No Tocar, Peligro de Muerte, etcétera): pantalones cortos con unos calcetines negros hasta media pantorrilla.
En la pantalla de proyecciones, una diapositiva de Power Point en la que se nos da una bienvenida protocolariamente cariñosa y se nos informa que estamos “en camino hacia nuestro nuevo trabajo” (con lo que hay por ahí, protégenos, Señor).
Conforme se acerca la hora de inicio de la charla, la sala se va llenando, el calor aumenta. Aparecen unas cuantas mujeres teñidas a lo canalla, algunos indivíduos claros desechos de tienta del mundo laboral, tribu miseranda. En total, unas setenta personas. Al fondo, se sientan los extranjeros (turcos con aspecto de albañiles). Una chica joven entra, avergonzadísima, llevando de la mano una niña pequeña. El friki, que es el único que sonríe de toda la concurrencia (por eso, digo yo, que tiene como más pinta de friki aún) le cede su asiento. Conforme pasan los minutos, el fastidio ambiental sube por momentos. Algunos, intentan deglutirlo a base de agua. Abundan, cosa curiosa, los obesos, y hay un par de cuarentones que pasan entre la gente rogándole a Dios ser invisibles.
Por las paredes hay mensajes escritos, que tienen cierto aspecto vergonzante o ligeramente deprimente, como deben tenerlo los carteles de un local de alcohólicos anónimos o la sala de reuniones de un curso de catequésis para adultos.
Uno de los que yo tomo por frikis resulta que es el jefe del cotarro, la charla la da una señora gordita, muy amable. Tengo que dejaros, me conviene poner la oreja...
Contando calvos

11 de Agosto.- Creo que puedo hablar por la mayoría de mis lectores españoles (o del sur) cuando digo que, a los españoles, nos encanta pasear. Los austriacos no pasean: van del punto A al punto B, y parece que les entre cargo de conciencia si sus convecinos no les ven con el ánimo ajetreado, demostrando así que tienen muchísimo que hacer, que su tiempo es oro. En los países mediterráneos, el paseo es una institución. Qué hubiera sido de nuestros escritores del diecinueve ( Clarín, por ejemplo) sin ese paseo en el que los protagonistas se encontraban, se miraban, se mandaban reprimidísimos, sutilísimos mensajes de amor. Incluso Gerald Brennan, inglés que huyó de Inglaterra y se estableció felicísimamente en España, documenta esta costumbre celtíbera de andar sin rumbo fijo, despacio, mirando, cotilleando.
He pensado muchas veces en esta costumbre nuestra desde que vivo aquí, e incluso he intentado iniciar a mis amistades transalpinas en el sano hábito del paseo. Pero del paseo ciudadano. Ellos llaman paseo a eso de ir mirando babosas (es la época) o arrancando cardos por el Lobau. Para ellos paseo es la caminata higiénica, el braceo. No se dan cuenta de que el pasear por la ciudad ofrece, para un espíritu inquieto y una lengua con un grado razonable de perfidia, multitud de atractivos.
Los turcos, como buenos mediterráneos, también practican esto. Yo, veo a las familias turcas callejear, y siento enorme nostalgia de mi Madrid natal, de aquella pobreza de recién casados de mis padres, que les llevaba a patearse las calles durante interminables caminatas, vigilando que mi hermano y yo no nos desmandásemos. Durante aquellas largas deambulaciones, mi hermano y yo jugábamos a todo tipo de cosas que nos ayudaban a entretener el aburrimiento. Por ejemplo, a las palabras encadenadas. Teníamos dos especialidades: la primera, consistía en empezar la palabra con la última letra. Esa era relativamente fácil. La otra era la de empezar la siguiente palabra con la última sílaba de la que había dicho el otro. Esta era más complicada y nos gustaba más. La diversión consistía en encontrar la palabra siguiente al ritmo más vertiginoso posible (y sin repetir). Podíamos tirarnos horas así –bueno, quizá no fuera tanto, pero a nosotros nos lo parecía-.
Mi hermano, que siempre ha sido un espíritu inquieto y un punto imaginativo, añadió pronto a esta diversión otra peculiar suya: contar calvos. Parece que le estoy viendo, recién aprendidos los números, caminando por las calles de nuestra ciudad natal, mientras mi madre veía escaparates –diversión habitual del paseo- y, soltando de pronto, beatificamente:

-Doscientos treinta y tres.

Todos en la familia sabíamos que había encontrado un calvo más, y le dejábamos tranquilo. Pero hete aquí que esta diversión tuvo un final abrupto el día en que mi hermano se planteó el siguiente problema (debió de ser, más o menos, al abordar la sexta centena de calvos) ¿Y si he contado alguno repetido? Aquel juego dejó de tener para él su diversión y, como había empezado, aquel censo oficioso de calvos terminó.
Pero sin duda, la ocupación más sabrosa, la que más nos chiflaba, y que seguimos practicando hoy (solos o en familia) era la maledicencia. Es que, en mi familia, nos encantaba criticar. Desarrollamos un sentido agudísimo de la observación –muy útil para otras parcelas de la vida- con el único afán de poner a escurrir al prójimo.
Ibamos andando y, de pronto, decía mi madre por lo bajini:

-Mira Fulanita ¡Qué gorda se ha puesto! –si era conocida- ¡No, si basta ha sido siempre...!
-Más que un bocata´chapa -añadía mi señor padre.

Tengo que decir, culpa nostra, que las pullas más divertidas se las llevaban las pocas gordas que había (entonces) en nuestra ciudad –hoy la obesidad mórbida se ha disparado, pero en mis tiempos la dieta mediterránea mantenía las básculas a raya-; competíamos en encontrar maneras de criticar al prójimo –nunca de forma muy sangrienta- de manera que hiciésemos mearse de risa al resto de la familia. En esto, cada uno tenía su especialidad: mi madre se metía con las tallas XXL, mi padre entraba siempre con un humor pérfido de efecto retardado, mi hermano era rápido y agudo, y yo, contundente. Acudíamos a todos los recursos: a la elipsis, a la reticencia, a la onomatopeya, a la exageración...El caso es que volvíamos a casa sedientos, cansados, con el bolsillo intacto, pero, eso sí, con una pechada de reir en el cuerpo que no nos la quitaba nadie.
Cementerio Judío

10 de Agosto.- Paseo por la parte judía del Zentralfriedhoff. El recinto está dividido en dos partes: la parte nueva y la parte vieja. Casi diría que por error, mi compañía y yo entramos, primero, a la parte nueva. Se accede a ella por una puerta ojival, que resguarda un camino de gravilla que se interna entre las tumbas. Nuestros pasos resuenan, terrosos, en el silencio. Cuando estamos a cosa de diez metros de la puerta, una voz a nuestra espalda, áspera, con un fuerte acento extranjero, nos increpa en alemán:

-Hallo! Eh! Eh! Hallo!

Cuando nos damos cuenta de que es a nosotros a quien se dirige, nos damos la vuelta, un tanto espantados. Se acerca a nosotros un caballero de andar fatigoso y expresión agria que nos indica que estamos en el cementerio judío:

-No tiene ninguna comunicación con el resto.

Sólo podemos acceder al recinto del cementerio con la cabeza cubierta. Se señala la suya, coronada con el gorrito característico de los hebreos.
Mi compañía le pregunta:

-¿Y dónde podemos conseguir uno?

Por toda respuesta, el guardián del cementerio nos vuelve la espalda y, sin darnos ninguna indicación visible, se dirige a su garita. Le seguimos, sin muchas esperanzas de conseguir un resultado positivo, pero cuando estamos a pocos pasos, le vemos salir de su chiscón tendiéndonos dos gorritos de tela negra ribeteados por una cinta azul. Nos los calzamos y, tras darle unas gracias que no se digna responder, nos internamos en el cementerio judío.
Son las dos de la tarde, el sol cae a plomo y cantan las chicharras entre unas tumbas que no están demasiado cuidadas. Sobre algunas lápidas, descansan los guijarros que los judíos dejan en sustitución de las flores cristianas. Por las largas avenidas no se ve un alma. Las hierbas altas casi tapan algunas de las lápidas con nombres de personas que ya han desaparecido. El lugar parece tranquilo, es relajante incluso, pero no resulta nada acogedor. No es que se perciba en el aire ninguna hostilidad, pero todo el recinto tiene cierto aire de abandono, una impersonalidad extraña para un cementerio.
Tras más o menos media hora de paseo, depositamos nuestro gorrito en las manos de su dueño, y nos encaminamos hacia la otra puerta, la que da acceso al antiguo cementerio judío. Aquí el panorama es bien otro. Se diría que la comunidad judía no considera este cementerio como una parte de sus posesiones. La ortodoxia no nos exige cubrirnos la cabeza. Incluso, de paseo por entre las tumbas, nos encontramos a una pareja que juega relajadamente a un juego de raquetas –detalle que a mí, personalmente,me parece bastante irrespetuoso-; las tumbas, en esta parte del cementerio están asimismo descuidadas, pero conservan gran parte de su grandeza imperial. Los muertos más modernos son de los años veinte. La mayoría de los antiguos son difuntos de la época gloriosa de los Habsburgo, y estánsepultados en grandes templetes góticos o historicistas, de bellísimo mármol negro que, a pesar de los siglos, conserva una superficie pulida, cálida, casi como la piel humana. Este cementerio sí que resulta relajante. Frente a las altas lápidas, comidas por la enredadera, frente a los grandes pebeteros de hierro, devorados por la herrumbre, uno no puede más que sentir una sensación agradable de pequeñez. Por una de las avenidas del cementerio desierto una mujer ancianísima y un hombre matusalénico sin camisa, se gritan los nombres que van leyendo en las tumbas:

-¡Fíjate! ¡Tú, ven! –le dije la vieja a su sordísimo acompañante- aquí están enterrados los Pollak.

El viejo se encamina hacia el lugar indicado apoyándose en su bastón. Se queda mirando a una de las lápidas de volcánica piedra negra, haciéndose visera con las manos. Cantan las chicharras.
Uno se para delante de una de las tumbas que el tiempo ha profanado. En el profundo hueco, de casi dos metros de profundidad, no hay nada, sólo el vacío. Todo para aquí, así que, ¿Para qué preocuparse?
El verdor lujuriante de un verano ya tocado por la dulzura del otoño le da la única respuesta posible.
La "Venus de Willendorf" (foto: wikipedia)
Ellos las prefieren prehistóricas

9 de Agosto.- El Wachau, en mi opinión, es una de las zonas más bonitas de Austria, y a la que siempre vuelvo con gusto. Se trata de un zona agrícola que es famosa hoy en día, aparte de por su encanto turístico, por los riquísimos albaricoques (Marillen, en lengua vernácula) con los que se elaboran desde delicias reposteras (sin ir más lejos, la tarta Sacher) hasta unos schnaps que lo desatascan todo.
La región del Wachau ha sido muy fértil desde tiempos prehistóricos y esta característica, además de su posición estratégica (hay un par de alturas medianas que dominan el Danubio y que se han utilizado a lo largo de la historia para ubicar fortalezas) han hecho que, desde que el hombre es hombre, el Wachau haya estado habitado.
Hace exactamente 100 años, en la localidad de Willendorf, el arqueólogo Josef Szombathy descubrió una figurilla de algo más de 11 centímetros de alto, a la que, inmediatamente, se bautizó como Venus de Willendorf. El descubrimiento le trajo una suerte relativa: Szombathy fundó el departamento de prehistoria del Naturhistorisches Museum de Viena, pero, al estallar la guerra mundial, su condición de judío hizo que se le deportase y terminó (pobre) muriendo en un campo de concentración.
La Venus de Willendorf es la estatuilla de una mujer muy obesa cuya cara no es visible, por estar tapada por lo que parece un peinado o podría ser una capucha. Un artista desconocido, de hace entre 22.000 y 24000 años, la esculpió y luego la pintó de ocre. Sus motivos nos son absolutamente ignotos. Los científicos, cuando la descubrieron, supusieron que, debido a lo exagerado de sus atributos, nuestra Venus, esculpida en una clase de piedra caliza que no se da en las proximidades de Willendorf, representaba algún tipo de emblema de la fertilidad. Hoy, los arqueólogos no se atreven a aventurar una hipótesis al respecto. Incluso, hay una escuela rebelde de estudiosos del pasado a la que le molesta singularmente que la estatuilla sea conocida como Venus, y que incluso se la identifique con un modelo de belleza prehistórica. Dicen que este tipo de atribuciones pertenecen más al contaminado contexto cultural en el cual la figura fue descubierta y que mejor haríamos en no dejarnos desorientar por prejuicios que no dudan en calificar de machistas.
El hecho de que la figurilla no tenga pies (porque se hayan perdido o, más probablemente, porque no se hayan representado) ha llevado a los hombres y mujeres que han estudiado esta enigmática pieza a pensar que, quizá, la ciudadana más antigua de Willendorf fuera un amuleto y no estuviera diseñada para ser colocada en ningún sitio (posición más frecuente de los ídolos) asimismo, algunos valientes opinan que podría tratarse de un incómodo adminículo destinado a ser insertado en la vagina durante los rituales de fertilidad.
Con ocasión del centenario de su descubrimiento, la Venus de Willendorf ha sido transladada al lugar en que fue descubierta, para formar parte de una gran exposición. Normalmente, se guarda en el Naturhistorisches Museum de Viena, en la plaza de Maria Theresia. Para el delicado encargo de trasladar la figura se ha elegido a la piloto Eva Berginc, de 24 años. Cuando la exposición se termine, la figura volverá a Viena bien por aire o, si el tiempo no lo permitiese, mediante un convoy escoltado.
Por cierto, últimas noticias olímpicas: el judoka salzburgués Ludwig Paischer le ha dado a Austria su primera medalla –plata- y parece ser que la pierna de Marcus Rogan ha dejado de darle disgustos y le permitirá competir sin mayores contratiempos este domingo.

El judoka salzburgués Ludwig Paischer (foto: www.kurier.at)


Miscelánea agostí


8 de Agosto.- Tras la poesía vacacional, volvemos a la dura prosa de la vida cotidiana: las últimas noticias indican que ya hay por lo menos tres libros escritos –o encargados- sobre la tragedia del llamado Monstruo de Amstetten. Ya se sabe: a río revuelto, ganancia de buitres. Mientras tanto, la política nacional anda también encrespada, debido, sobre todo, a los movimientos que se dan en los partidos más conservadores del espectro. Se huele la vuelta a la política nacional de Haider, después de que nuestro amigo Westenthaler haya sido inhabilitado a causa de problemas legales.
Haider es una especie de versión sui generis de Manuel Fraga (muy sui generis). Este político, que fue catapultado a la fama por ser el jefe de un partido de ultraderecha que ayudó a gobernar a los conservadores en la época del anterior canciller, y que tiene cada vez más parecido con Mr. Spock, vive un cómodo retiro como presidente de la región de Carintia. Lugar en donde, a pesar de algunos incidentes chuscos, parece gozar de muy buena reputación. Hoy, en el Österreich demostraban que nuestro HC Strache, el amigo de los niños, había fusilado un eslogan de Haider de 1994 para presentarse a las elecciones que nos aguardan y que ya calientan motores. Se trata de “Sie sind gegen ihm, weil er für euch ist”, lo cual traducido viene a ser “Ellos están contra él porque él está por ti”. La copia puede verse en este gráfico.


Austria se prepara para unas elecciones con morbo: el nuevo jefe del partido socialista, Feymann, fue elegido ayer con un 98 por ciento de los votos de los miembros de su partido. El respaldo que necesita para abordar una campaña electoral que será muy dura y a degüello y para imponerse a sus críticos. Los medios conservadores tachan a Feymann de figura fabricada, de político sin bagaje. Este respaldo unánime parece quitarles la razón.
Mientras tanto, en Pekín, comienzan los juegos olímpicos –en estos momentos-, y medio país anda en un ay porque Marcus Rogan, el surcador de las aguas cloradas, el as de la natación, tiene una rodilla lesionada ¿Dejará el pabellón rojiblanco –austriaco, no del atlético- en buen lugar?
Durante estos últimos días también se ha sabido que nuestros vecinos del norte, los pérfidos piefkes, han suspendido –vía decisión de su tribunal supremo- la ley que aplicaba la correspondiente directiva comunitaria en la que se prohibía fumar en lugares públicos (edificios, restaurantes, centros de trabajo...) como atentatoria contra la libertad individual. Los fumadores han dado palmas con las orejas, y los no fumadores, la verdad, nos hemos entristecido. Sobre todo los que, como el que esto escribe, han comprobado las mejoras que la aplicación estricta de la ley ha introducido en la calidad de vida común el hecho de que no se permita fumar en determinados espacios. Tarde me llega a mí, que tuve que soportar durante casi tres años a un trío de compañeras fumadoras que no se mentalizaban de que yo respetaba completamente su libertad de aumentar sus posibilidades de padecer cánceres varios, pero que ellas, fumando, no me dejaban a mí decidir si quería permanecer sano o echar boletos en la quiniela oncológica.
Pero sobre todo, queridos lectores, durante estos últimos días, y a pesar del calor, se ha producido el cambio. Se va terminando el verano, como ya dije en la última entrada, las rebajas anuncian el último aldabonazo de la mejor estación. Los amigos hacen las maletas y se despiden, dejando los cuartos de invitados solos y en ese orden que presagia la vuelta al trabajo. Aunque antes, el mes de agosto tiene que dar muchísima guerra aún. Y aquí estará Viena Directo: para contarla.
Los placeres y los días

6 de Agosto.- Tengo que confesar que no me gusta este mes. De un día para otro, la luz cambia, y empieza a adquirir la tonalidad melosa y un poco melancólica que anuncia el otoño. De momento, no es más que un rastro en el aire, un ligero frescor en el aire que antes no estaba. Pero en los escaparates ya hay ropa de manga larga y la vida empieza a pensar en volver a las tareas del resto del año. Para remediar esta repentina toma de conciencia de que lo bueno se acaba, aquí dejo algunas fotos de estos días pasados.
La primera, es de la Hermes Villa, en el Leinzer Tiergarten, lugar de retiro de la emperatriz Elisabeth y hoy reserva natural -no pudimos visitarla, sin embargo, porque estaba cerrada temporalmente-. La foto que dejo es de las estancias que, en su día, ocupaba la emperatriz.

El exterior de la Villa que se antoja modesto para el boato que se gastaban los Habsburgo.
Un barco transita por las tranquilas aguas del lago Neusiedl, momentos antes de que estallase una refrescante tormenta de verano.

La calle principal de Neusiedl Am See, población cuyas fiestas fueron este fin de semana pasado. Había atracciones y los tradicionales puestos de Langos, esas frituras austriacas, con sabor a ajo, que hacen las delicias de los niños y de los mayores.
El atardecer sobre la fertil tierra de Burgenland.
Al día siguiente, el domingo, estuvimos en la casa-museo de Freud. La foto pertenece a un detalle de la puerta de cristal biselado que da acceso al patio del edificio -por otra parte, una modesta casa burguesa-.
El verano siempre es propicio para el baño, y la verdad es que bañarse abre mucho el apetito. La imagen es de un restaurante a la orilla del Danubio. El Ufer Restaurant, creo que se llamaba.
Cerca, el bosque se preparaba para dormir. Esta foto es de una laguna del Lobau. Es la superficie que quedó después de la canalización del Danubio en el siglo XIX.

El lunes fuimos a Bratislava en Ferri, como ya dije. El barco sale de la Schwedenplatz y, mientras se abandona la ciudad, se pueden ver las barcazas ancladas en el Donaukanal. Como esta, que es una piscina para amantes del baño urbano.
En el Ferry, que va a velocidad de vértigo, se estaba fresquito y se podía tomar el sol casi sin darte cuenta de que te quemabas. En la imagen, un grupo de aborígenes -turistas había entremezclados también- que, ignorando el peligro de los melanomas, gozan de la caricia del astro rey.
La estela que iba dejando el barco era refrescante y espectacular.

Ya en Bratislava, y para escapar del bochornazo reinante, se impuso una parada técnica en la plaza mayor, en donde nos tomamos, entre pitos y flautas, casi un litro de líquido por cabeza.
Y como los eslovacos son una gente que empieza a gozar de las ventajas de la UE, se anuncian viajes a sitios exóticos y remotos, como esta Andalucía con Z de Zorro.
Por suerte, tras el calor, llovió e incluso las inertes estatuas parecieron alegrarse, como este soldado napoleónico (?) que se inclina inmóvil sobre este banco.


O este gracioso caballero de bronce, que guarda la entrada de un local que no fotografié porque era un poquito astroso.
Según un diagrama que había en el suelo, debajo de la torre que se ve en la foto, Madrid está a 1825 Km de Bratislava.
En la foto, una linda turista que se deja dibujar por un ceñudo (y barbudo) pintor bratislavense.

Y con esto y un bizcocho...Hasta la siguiente entrega. Aysss...