Un momento del programa de ayer por la noche (facción mier...digooo "televisión") captura: www.tencuidado.es
Televisión y mier...Digo "televisión"

30 de Junio.- Cadena pública de televisión austriaca. Informativo. Diez de la noche de ayer . Plano medio de un reportero (tradicional postura de mano derecha en el pinganillo) que espera a que la presentadora le dé la entrada. A su lado, un hombre de unos cuarenta años que mira a cámara con aspecto de haber sufrido una pérdida familiar reciente o un doloroso proceso hemorroidal.
Desde el plató, la presentadora empieza a hacer preguntas al reportero, el cual señala a una balsa de agua que termina un kilómetro más allá, a los pies de la torre de una iglesia. El hombre serio es el alcalde del pueblo (situado en la parte sur de Burgenland). Visiblemente afectado, explica que el río se ha desbordado porque no se han tomado las medidas de protección acordadas con el Gobierno tras la riada de 2002. La crisis, problemas financieros, un fenómeno climatológico agravado por el cambio climático...En fin: un cuadro de comedor.
La presentadora vuelve al estudio. Sentado junto a ella, el ministro de infraestructuras austriaco. Espalda recta, manos cruzadas encima de la mesa. Traje gris, cara gris, aspecto general marengo.
Seria, la presentadora saluda a su invitado y, acto seguido, le invita a explicarse. El ministro, que trae los deberes hechos, relata que ha estado aquí y allá, que las lluvias han sido tan rápidas y copiosas que incluso las medidas de protección no hubiera conseguido paliar sus desastrosos efectos...La presentadora, educada pero firmemente, le pregunta al ministro si el alcalde del pueblecito inundado tiene razón al asegurar que se han incumplido los acuerdos alcanzados en 2002. El ministro, visiblemente incómodo, trata de echar balones fuera:

-Bueno, vera...Vamos a quedarnos con lo importante. En todas partes, he visto a miles de hombres y mujeres que daban un ejemplo...Un ejemplo de solidaridad...Y déjeme decirle algo más: el gótico flamígero, flamboyant que se llama en francés, es un estilo artístico que se desarrolló en la baja edad media en la región de Ile de France y que, permítame que se lo diga...

La presentadora corta por lo sano:

-¿Podría usted ceñirse a la pregunta, por favor? ¿Es verdad que las ayudas pactadas no han llegado?-la literalidad no es tan cortante, pero el sentido general es ese.

El ministro, con cara de querer que se lo trague la tierra, admite que es cierto y se escuda en los problemas financieros del municipio inundado. Unos motivos que, da la sensación, no convencen a nadie.
A la misma hora en Televisión Española (versión internacional). Retransmisión en falso directo de la dizque Gala de Entrega de los Premios de la Academia de las presuntas Ciencias y las presuntas Artes de la Televisión española, desde el Casino de Aranjuez (Madrid).
Iluminación de quirófano, invitados poniéndose ciegos (hasta los presentadores hacen bromas al respecto), guión inexistente (daba la sensación de que cada cual introducía su premio como Dios le daba a entender), sal gorda, atuendos ab-so-lu-ta-men-te inenarrables. Momentos de vergüenza ajena: un presentador que pide un aplauso para la selección española por un premio conseguido hace un año, en Viena, por cierto (silencio en el patio de butacas); un tipo llamado Pitingo cantando –mal- en playback; el presidente de la Academia en cuestión, Sr. Manuel Campo, desgañitándose diciendo que “en España se hace una televisión de calidad” (será desde el punto de vista de los chimpancés); chistes de bajo vientre (Juan Ramón Lucas le entregó un receptor de TDT a Julia Otero al tiempo que hacía bromas sobre el doble sentido del adjetivo “digital” relacionado con las hembras de la especie humana); “ejques” variados (a la vigésima vez perdí la cuenta de las veces que a Concha Velasco la habían llamado “Concha Velajko”). En fin.
El “conceto” está claro¿Verdad?: televisión y mier...Digo, “televisión”. Ejem.

¿Y qué tienen que ver estas dos personas?
Sissi y Michi(*)
(*) Diminutivo alemán de Michael


29 de Junio.- Cuando una noticia barre el mundo como lo ha hecho la súbita muerte de Michael Jackson resulta evidente que la Humanidad funciona como un gran cerebro en el que la mediocridad reina sin ningún tipo de competencia.
De cada fenómeno, cuatro cosas. De cada muerto, cuatro rasgos simples y definitivos. No damos para más. Desconecten sus masas encefálicas, que llegan las vacaciones.
Así, Lady Diana Spencer será para siempre Santa Diana (aunque su santidad empiece ya a diluirse en el recuerdo y ya no queden de ella más que unas fotos sosas de Mario Testino y sus dos hijos: uno con las orejas cada día más grandes y aquejado de alopecia galopante; y el otro, enfermo de una desubicación existencial que le hace muy parecido al único hijo de la Pantoja y de Paquirri).
Y Michael Jackson...¿Qué será Michael Jackson cuando pase la polvareda levantada por su cortejo fúnebre? Me lo preguntaba hoy mientras leía el periódico.
Porque Diana, a pesar de que yo piense que era una trepa, una bruja manipuladora y una sujeta pasiva-agresiva de mucho cuidado, tenía cierta cualidad humana que Michael Jackson había perdido hacía mucho tiempo.
Los resultados de la primera autopsia revelan que la carcasa del antiguo niño prodigio, a los cincuenta y un años, presentaba las mismas características que la de otra difunta ilustre que ha aparecido a veces en este blog: la emperatriz de Austria, Elisabeth, más conocida en el siglo (en su siglo) como Sissi.
Como ella, Michael Jackson estaba severamente desnutrido, y su cuerpo presentaba mútiples señales de maltrato (autoinfligido, probablemente). Jackson no tenía tabique nasal y las horrorosas cicatrices de la cirugía plástica le habían dejado con el aspecto de un leproso de Calcuta. Estaba calvo y probablemente el tacto de su piel tenía esa cualidad fría y húmeda del material que se utiliza para fabricar los flotadores para niños.
Yo tengo la teoría de que Michael Jackson llevaba varios años muerto, vagando de aeropuerto en aeropuerto, como la emperatriz Elisabeth; doliente de sí mismo, sin encontrarle a su vida un objetivo definido.
En su caso, después de haber sido el niño mimado del mundo mundial, el anonimato que en los últimos años protegió la vida de la emperatriz austriaca era mucho más difícil en su caso. También a Sissi, aunque estaba loca perdida, las cosas como son, no le dio por hacer cosas raras con los niños pequeños (aunque yo estoy convencido de que Jackson nunca fue un pedófilo, sino solamente un tipo aquejado de un extraño amor por lo morboso; las fotos de su casa de Neverland dan más dentera que otra cosa). Y, por supuesto, la emperatriz austriaca vivió en la edad de piedra de los paparazzi. Pescarle “un robao” como se dice en la jerga, debía de ser un tanto difícil con aquellos armatostes con flash de magnesio.
En fin: el fallecimiento legal de Michael Jackson no ha sido más que un trámite para alguien que como Sissi, llevaba ya varios años en el mundo viviendo de prestado; alargando su estancia en una fiesta que hacía mucho tiempo que había dejado de tener gracia.
Probablemente, Michael Jackson era una especie de monstruo que se había trabajado su monstruosidad a conciencia. Debió de empezar como Maradona: el clásico caso de un niño de extracción humildísima que se ve catapultado a un olimpo para el que no está preparado. Las primeras experiencias con las drogas, una vida afectiva muy lejana de lo normal. Amor de garrafón, anemia de caricias. Y de ahí, todo seguido en dirección al tabique de platino.
Lo curioso de este caso es que, si uno escucha con desapasionamiento los elogios dedicados al muerto, nota uno que son tan plásticos como lo fue Michael Jackson en vida: él, y su música (salvo al principio, claro). Unos elogios fúnebres dichos sin convicción, como los que se dedican a un mueble que nos gustaba mucho pero con el que, al cabo de los años, no hacemos más que tropezar. En realidad, se tiene la sensación de que todos los apuntes biográficos, todas las palabras de cariño lo que hacen, en realidad, es enmarcar un agujero: un vacío horroroso y negro, una planicie lunar: una vida que se deslizaba por el tiempo sin ningún objetivo. Como un río que corriese sin un mar en el que morir.
Alois Mock y Gyula Horn en 1989 dándole un poco de ritmo a la historia europea
Aniversarios Felices

28 de Junio.- Este fin de semana se han cumplido dos aniversarios que tienen que ver con la lucha, siempre legítima, de la gente normal por un mundo mejor. Ayer se cumplieron cuarenta años de la revuelta cívica (no precisamente pacífica) que protagonizaron los homosexuales neoyorkinos en 1969 tras una redada en el bar Stonewall. Y ayer también se cumplieron veinte años de una foto histórica.
Corría el año 1989 y lo que se llamó el Socialismo Real daba sus últimas boqueadas. Aunque, en aquel momento, no se supiera con certeza lo cierto es que el invierno rojo estaba empezando a deshelarse poco a poco. Ante la imposibilidad de mantener funcionando una economía planificada, algunos países de la antigua órbita socialista, aprovechando que el Pisuerga pasaba por la Perestroika de Gorbachov, habían empezado a aflojar sus vínculos con la Unión Soviética. Para aquel 27 de Junio de 1989 (tan lejos, tan cerca) Polonia se había encaminado con decisión hacia una solución democrática y Hungría se había alejado hacía mucho tiempo de lo que el secretario general de su partido comunista llamaba “el comunismo del gulag”.
Pues bien: aquel día de verano de 1989, el entonces ministro de exteriores austriaco, Herr Alois Mock, y el ministro de asuntos exteriores de la República de Hungría, Señor Gyula Horn, escogieron un punto de la frontera austro-húngara cercano a la localidad de Sankt Margarethen para escenificar la ruptura del telón de acero. Una barrera nacida de la guerra fría que había costado no sólo la separación de las dos Alemanias, sino también las vidas de muchas personas que habían querido abandonar el comunismo para pasar a los espacios europeos democráticos.
Nadie sospechaba entonces que al muro de Berlín (el muro por antonomasia) le quedaban pocos meses de vida y ni el señor Mock ni el señor Horn podían imaginarse que miles de alemanes del este iban a aprovechar la celebración del llamado Picnic Paneuropeo para escapar del comunismo a través de la recién abierta frontera húngara. Aquel verano, la región austriaca de Burgenland se llenó de personas que, ingenuamente, pensaban que los perros capitalistas andaban por la calle sujetos con largas longanizas. Y el mundo creyó, por enésima vez, en que la realidad podía ser un poquito mejor.
Hoy, el señor Mock es un anciano de setenta y cinco años aquejado por una grave enfermedad (salió el otro día en las noticias austricas y está pa´los leones, el pobre) y el señor Horn probablemente rumie su frustración a propósito de lo que el capitalismo ha traido a los antiguos países del este. De Mihail Gorbachov sí que sabemos que hace campañas publicitarias para Louis Vuitton.
Ayer, mientras veía las imágenes de los antiguos coches Trabant –el automóvil proletario que se fabricaba en la DDR y que venía a ser a los coches lo que el Polláfono de Chávez a los teléfonos- no dejaba de acordarme de cuando estuve en el punto exacto que hace de frontera entre Austria y Eslovaquia (la vieja ciudad de Bratislava, gris y brumosa al fondo). Es un canal que atraviesa una zona boscosa y que muere en el Danubio. Tendrá de ancho lo que el salón de mi casa y una profundidad de un par de metros. En el otoño, el agua verdosa se cubre de hojarasca. Resulta el lugar ideal para pasear.
Hoy en día cuesta creer que muchas personas anónimas murieron al intentar atravesarlo, abatidos como piezas de caza. Cuesta creer que aquello sucediese hace tan poquitos años y cuesta creer que estemos empezando a olvidar la lección.
Tan pronto.
El ladrón de imagenes

28 de Junio.- Este fin de semana se celebra el evento al aire libre más grande de Europa. Es en Viena y se llama la fiesta de la Isla del Danubio (Donauinsel Fest). Fuera de los conciertos, he podido practicar mi hobby favorito: fotografiar gente. He aquí, sin palabras, sin comentarios superfluos, una parte de lo que mi cámara ha visto.











Espero que os haya gustado...
El Museo Albertina en una imagen de esta mañana (foto:www.elpais.com)
Maria del Cristo

26 de Junio.- Recomiendo, por entretenido e ilustrativo de lo que ha pasado en Austria durante la última semana, el artículo de hoy de El País en el que se hablaba de la operación de salvamento que ha tenido que llevarse a cabo con las obras de arte del Museo Albertina, amenazadas por las lluvias. El incidente, especialmente la impotencia del sofisticadísimo robot para hacer frente a una situación de lo más pedestre, me ha traido a la memoria un pequeño episodio ocurrido hace años,y que forma parte de la pequeña historia de la televisión en España.
Mi primer trabajo en Mundo Perdido, la cadena de televisión que me acogió durante media década, fue en el archivo. Era un departamento muy entretenido que recuerdo con muchísimo cariño. Los empleados vivían un poco apartados del resto de la plantilla y eran en su mayoría parte del comité de empresa. Desde la admiración lo digo, a veces uno tenía la sensación de estar asistiendo a una reunión de aquel grupo de la resistencia que salía en La vida de Bryan. Aquel de “Yo quiero llamarme Loretta”. Por supuesto, mantenían una guerra tan abierta como infructuosa con el jefe, mientras maldecían el tener que andar sirviendo casquería audiovisual a los encargados de mantener engrasada la maquinaria del Opio del Pueblo.
El mayor orgullo del jefe era una máquina archivera. Un brazo mecánico que funcionaba un poco como un robot imaginado por Julio Verne en una noche de alcohol de garrafón y langostas caducadas.
El brazo en cuestión, siguiendo los dictados de un sofisticadísimo programa informático, localizaba los materiales, los cogía con tres deditos de hierro terminados en unas ventosas y luego los depositaba en una cinta transportadora, dispuestos para ser consumidos por el usuario. El obediente robot igual localizaba las evidencias gráficas de los amoríos de Carmina Ordóñez (que en paz descansa, pero que entonces aún daba guerra) que las pías exhortaciones del papa Juanpa dos palitos.
De vez en cuando, sesudos señores entrecanos con macizas gafas de pasta venían a contemplar el funcionamiento del robot.
Con la mano a modo de visera, neutralizaban los reflejos de la cristalera y se maravillaban de la eficacia del aparatito. Mi jefe, entonces, sacaba pectoralidad y aprovechaba para indicar a los perplejos caballeros que sólo había dos ejemplares más de aquella maravilla, y que los dos eran propiedad de grandes empresas públicas. Todos sonreían, asentían en silencio, y luego se iban a disfrutar de un solomillo en algún asador cercano.
Lo que mi jefe se empeñaba en ocultar por todos los medios a su alcance y los miembros del Comité de Resistencia en divulgar con el mismo ahínco, era que el robot fallaba. Y fallaba mucho. Y fallaba, como no podía ser de otra manera, en los momentos más intempestivos. A fuerza de fallos sucesivos, los sufridos redactores de los programas acuñaron un mote para el robot, al que todos conocíamos (siempre que mi jefe no estaba presente) por el apelativo de Torrente (por aquello de que era El Brazo Tonto de La Ley). Así, cuando alguien venía a pedir imágenes, siempre preguntaba:

-¿Y mis cintas qué están, fuera o dentro de Torrente?

Si mi jefe (o sus dos subordinados más fieles) estaban cerca, enrojecían de santa y justa ira al tiempo que le recordaban al sufrido redactor –contrato por obra, ochocientos euros mensuales- que aquello era una maravilla de la técnica que para sí la quisieran otros redactores menos afortunados. “Así que un respetito o a tu jefe vas”. Un poco como cuando no nos queríamos comer el filete de pequeños y nuestra madre nos decía “Con la de niños que hay pasando hambre en el mundo”. Pues así.
Y un día sucedió lo inevitable. A las dos de la tarde, cuando todos los redactores estaban preparando sus piezas para las noticias de las tres, el robot se estropeó de forma grave. Un alarmante letrero rojo apareció en la pantalla del ordenador que daba cuenta de los movimientos de Torrente.
Aplicamos el procedimiento acostumbrado (apagar el ordenador y volver a encenderlo, la panacea de todos los departamentos de soporte que en el mundo han sido). Tras una eternidad, volvió a aparecer el letrero rojo indicando un fallo general del sistema. Los redactores, que formaban una cola mosqueada ante el mostrador del archivo, se empezaron a poner nerviosos, a sudar, a acordarse de la madre de la técnica. Nosotros, entretanto, iniciamos nuestra labor pedagógica. Las cintas no se podían sacar porque sólo el robot sabía la combinación de coordenadas que indicaba la balda y la posición en la que estaban.
-¿Y qué podemos hacer?
-Pues esperar. Paciencia. Ya hemos llamado al técnico y...
-¡Pero es que a un tipo le han cortado la cabeza en Ruanda!
Te encogías de hombros:
-Es que no somos nadie.
-¡Voy a llamar a mi jefe!
-Pues llámalo. Pero va a ser de todo punto infructuoso. Nadie puede hacer nada.
-¡Pero esto es un cachondeo! ¡Esto es una...Es una...!
-Que eres periodista y se te supone cierta cultura.
A esto que la última de la cola era María del Cristo que se encargaba de hacer cosas de moda, si no recuerdo mal. Maria del Cristo era canaria, simpática, pacífica y paciente como la más simpática, pacífica y paciente de las devotas de la Virgen de la Candelaria. Con una vocecita quebradiza que apenas le salía del cuerpo, la tinerfeña fue y dijo con un notorio acento insular:
-¡Denme ya mis sinta! –y aprentando los puñitos- ¡Ayyyyy , voy a sé la primera canaria estresada de la historia!
Aún me río cuando me acuerdo. Qué tiempos.

Retorno a los orígenes

25 de Junio.- Hace años –no había crisis ni nada- mi lavadora decidió que, tras una década de abnegados servicios, le había llegado la hora de la jubilación. Así que hubo que empezar a mirar en todas las tiendas del ramo. Precios, consumos, protección contra el ruido...en fin. Pues bien: di que un día estaba yo en el Media Markt cuando un señor de una cierta edad se acercó al vendedor (joven, animoso, con pinta de tenerlo todo bajo control, como suelen ser en Austria estos vendedores). El maduro caballero, tras informarse concienzudamente, señaló con un amplio movimiento de la mano el muestrario de lavadoras expuestas y, en voz clara y expeditiva, preguntó:

-Oiga usted: y la marca austriaca, ¿Cual es?

Pregunta que a mí me dejó estupefacto pero que, como descubrí luego, en Austria resulta bastante frecuente.
La crisis está ayudando a que los austriacos profundicen en esta vena que les lleva a proteger sus productos ejerciendo su derecho a comprarlos.
El caso más llamativo últimamente es el de la leche. Hace algunas semanas, apareció una campaña en la que los ganaderos avisaban del peligro que corrían las vaquitas austriacas si los aborígenes se empecinaban en seguir comprando bricks de marca blanca que, como todo el mundo sabe, contienen leche extranjera (intracomunitaria, pero extranjera al fin y al cabo). En el telediario, todos los clientes de supermercado entrevistados al respecto aseguraban casi con la mano en el corazón que, con al de salvar del hambre a los ganaderos austriacos, ellos estaban dispuestos a pagar unos cuantos céntimos más por la leche. Las cajeras, a solas, hablaban de una realidad bien distinta: las amas de casa, con el monedero en la mano, protestaban de que el dinero les cunde cada vez menos y seguían tirando de la leche barata. Eso sí: al parecer sin dejar de sentirse tan patriotas como las que se sacrifican y compran la leche que dan los rumiantes locales; los cuales, entre tanto, pastan y rumian, rumian y pastan, ajenos a los problemas de la globalización y la macroeconomía.
Ayer, mientras venía del gimnasio, también vi que una conocida marca de productos biológicos acudía a un reclamo parecido, esta vez explotando el argumento ecológico. Lo bueno, viene de cerca, venían a decir. Había yo oido antes de ahora renegar a los aborígenes de la fruta y la verdura almeriense, diciendo que no tenía sabor y, sobre todo, que no era ecológico lo de transportarla a tantos kilómetros de su lugar de origen.
En las huertas vienesas (y de los alrededores) se producen sabrosas verduras y frutas (y, por lo bajini, decían: “y además,le dan trabajo a los nuestros”).
En los supermercados, la bandera austriaca campea en muchos productos y es utilizada a modo de reclamo comercial. En España, según mi experiencia, no sucede así. Los consumidores españoles no consideran que comprar un producto español sea una forma de elevar la actividad económica y de rebajar el paro. De hecho, un ministro que sugirió esto (de manera, tal vez, poco afortunada) fue puesto en la picota acto seguido.
La diferencia de las percepciones austriacas y española me sigue dejando perplejo ¿Comprarían mis lectores españoles productos de su país más caros si supieran que así ayudan a la industria local? ¿El consumir productos españoles es un acto de patriotismo o de patrioterismo?
La respuesta austriaca parece estar bastante clara.
Bruno Ganz en la primera secuencia de El Cielo Sobre Berlín
Sobre los ángeles

24 de Junio.- Cuando éramos pequeños (o no tanto) cantábamos lo de ya llegó el verano, ya llegó la fruta, y, al que no se agachase, le amenazábamos con pensar mal de la profesión de su madre.
Pues bien: a la dulce Austria ha llegado el verano (como al resto del hemisferio norte, por otra parte) pero de calor, nasti de plasti. Más bien al contrario: ayer, el Museo Albertina tuvo que ser desalojado debido a una inundación (lleva sin parar de llover varios días) y en la zona del Wachau, a muchos lugares sólo se puede acceder a nado.
En fin, paciencia.
La otra tarde, tras la excursión al Schallaburg (muy recomendable, de nuevo lo digo, la exposición sobre Napoleón y los paisajes circundantes) disfruté con un regalo de mi primo N. y de su mujer. Se trataba de una peli que no hacía, literalmente, décadas que no veía: El Cielo Sobre Berlín (Der Himmel Über Berlin) de Wim Wenders.
Mi primer pensamiento fue: ¿En qué estaba pensando mi primer profe de alemán cuando nos la puso a palo seco? (eran los tiempos del VHS, no había subtítulos). Mi profe, Daniel Löwinger, era un afable suizo (quiero suponer que nos enseñaba Hoch Deutsch, porque el alemán que hablan los suizos se las trae) y la peli, en muchos tramos, está hablada en impenetrable dialecto berlinés (a mí me costó seguirla). ¿Esperaba el bueno de Dani que aprendiéramos algo? ¿Nos deseaba una dosis de frustración que nos enseñara que para alcanzar la fama hay que aprender a sudar? Es difícil saberlo.
El caso es que yo entonces no conocía a Bruno Ganz y de Peter Falk tenía la lejana idea de haberle visto en Colombo, pero la belleza de la película, tan diferente de cualquier film al uso, me cautivó tanto como el domingo cuando la vi de nuevo (algún condiscípulo mío de entonces, mucho menos vulnerable a la maravillosa fotografía en blanco y negro y a los líricos movimientos de cámara, aprovechó para echarse una siesta).
El segundo pensamiento que tuve fue que Bruno Ganz, a pesar de que en la peli interpreta a un ángel bueno, da mal rollo.
En 1987 faltaban veinte años para que Herr Ganz se cubriese de gloria haciendo de Hitler en El Hundimiento. Pero supongo que, al hacerla, el ilustre actor alemán no contó con que su impresionante creación del tito Adolfo contaminaría sus trabajos pasados y futuros. Y no para bien.
Y así, cuando uno ve a Ganz en El Cielo Sobre Berlín, una parte de su inconsciente no puede dejar de pensar que, en realidad, lo que al ángel le está pasando por la cabeza es dejarse de tonterías e invadir Polonia. Y es que, señores, esa manera de andar, esa voz empastada, ese corpachón, esos dedazos como salchichones y esa dentadura pequeña y algo carnívora que tiene Herr Ganz, serán para mí, y para siempre, más hitlerianas que las del propio Hitler.
Lo más bonito de El cielo, sin embargo, y en mi opinión, es que consigamos creernos que hasta un sitio positivamente feo, como los extrarradios de Berlín, pueden ser una sucursal del cielo. Esto se debe en gran parte al trabajo del cámara, un francés que también filmó La Bella y La Bestia de Cocteau. Los efectos especiales son tan hermosos, tan de cine mudo, que le aportan a la película un encanto adicional.
En resumen: yo no sé como aquel condiscípulo mío terminó roncando. Quizá es que el ángel que tenía más cerca de él, presto a confortar su alma, le relajó demasiado. Si no, no me lo explico.
La ministra de la mujer austriaca, Frau Heinisch-Hosek (foto: www.frauen.spoe.at)
Sancionar o no: datis de cuéstion

23 de Junio.- El domingo por la tarde, durante un acto político, la señora Ministra de la Mujer austriaca, Frau Gabriele Heinisch-Hosek anunció la intención del Gobierno de no tolerar más nunca, bajo ningún concepto, que las mujeres cobren menos que los hombres si hacen el mismo trabajo.
Dispuesta a que su declaración no se quedase en un mero fervorín electoralista, la señora Ministerin anunció que se implementarían mecanismos para detectar a las empresas discriminadoras, a las que se castigaría con multas de hasta diezmil eurazos. Acostumbrado a este tipo de globos sonda por la política española, en la que demasiadas veces se tira la declaración y luego se esconde la mano (véanse si no los dimes y diretes de la penúltima ley del aborto) la verdad es que no presté demasiada atención a las palabras de la ministra. Me pareció, eso sí, que estaba un pelín pasada de vueltas y que las cuatro vulgaridades que utilizó para defender su postura eran más una forma para contentar a una galería convencida que un esfuerzo serio por hacer valer su opinión.
Ayer, sin embargo, la buena mujer acudió al noticiero de la noche para responder a la polvareda que su anuncio ha levantado entre los empresarios y la oposición. Argumentan los unos y la otra que no están los tiempos para andar castigando a las empresas (bastante tienen ya con la que está cayendo) y que a ver cómo se las va a arreglar la ministra para hacer compatibles su encomiable labor inspeccionadora con el anonimato que protege las nóminas de los empleados.
La Frau Ministerin explicó que se aplicaría el modelo sueco y que se repartirían encuestras entre los empleados al objeto de que denunciasen cualquier irregularidad. La locutora intentó poner entonces algo de equilibrio en el flamígero discurso de la ministra, explicándole que este tipo de sospechas son un arma peligrosa; la Frau Ministerin no se apeó de su jumento y argumentó que lo loable del fin justificaba los medios. La locutora intentó entonces buscar una salida conciliadora:
-Se publicarán los nombres de las empresas infractoras pero ¿Se hará lo mismo con las que hagan los deberes?
El rostro de la señora Heinisch-Hosek se iluminó. Sonriente, se dejó decir que el Gobierno había pensado ya en ello.
La legislación laboral austriaca es enormemente protectora para con los trabajadores; y todo a pesar de que, por ejemplo, el despido es aquí muchísimo más barato que en España. Sin embaro, parece ser que la realidad es tozuda y que, en algunos sectores, las mujeres cobran hasta un 25% menos de lo que cobran sus compañeros varones. Sin embargo, a mí me parece que sancionar no es el camino, por mucho que la Frau Ministerin piense que así se solucionan todos los problemas.
Creo que, a medio y largo plazo, es mucho más efectiva una política educativa que trate igual y a todo el mundo, así como unos medios de comunicación comprometidos en dejar de enseñar a las mujeres como floreros (en Austria, aún, se ven campañas de publicidad que en España sacarían a las feministas a la calle armadas con horcas y teas encendidas). Por otra parte, nunca en España he tenido yo que rellenar, como aquí, encuestas en las que se me preguntaba si, por ejemplo, el profesor de un curso había discriminado a las alumnas.
La sensación es que los esfuerzos en pro de la igualdad son un tanto dispersos y que no están coordinados.
Hasta que el ser hombre o mujer no deje de ser visto como un factor determinante para calibrar la valía de un trabajador, me parece a mí que el problema de los sueldos no empezará a mejorar.
Ahora bien: el quid de la cuestión es ¿Cómo llegar a eso?


Ya lo dicen las Banarama, el verano puede ser de lo más cruel

Schallaburg

22 de Junio.- Para olvidar los churrascos tormentosos que se abaten sobre la pequeña república transalpina, para apartar de mi mente la bajada de las temperaturas, las nieves que están congelando los prados (no es broma: por encima de los 1500 metros de altura está nevando en Austria), voy a hablar hoy de la excursión que hice ayer al castillo de Schallaburg, que está a cinco kilómetros de la abadía de Melk, en Niederösterreich.

Mi objetivo era ver la exposición sobre Napoleón que hay en el castillo. Pero con lo que yo no contaba es que también había muchas cosas que hacer fuera del castillo. Por ejemplo, había un mercado de los tiempos de la invasión napoleónica, y una demostración práctica (vaya, de fogueo) de lo que era la guerra en tiempos del bajito cabreado más famoso de la Historia.

Este es el castillo de Schallaburg, cuyos primeros vestigios datan de la alta edad media.

En un promontorio, justo desde el cual está hecho la foto, se desarrollaban los juegos bélicos que este señor, vestido de soldado austriaco de principios del siglo XIX contemplaba con las orejas convenientemente protegidas por dos tapones de Oropax ¿Y purcuá? se preguntarán mis avispados lectores.

Premio: pues porque los austriacos, dispuestos a recrear hasta la extenuación las guerras napoleónicas, disparaban cañones (eso sí, sin bala). Mi compañía se descojonaba de risa cada vez que, debido a los estampidos, yo pegaba un salto y me daba a todos los demonios. Ya se sabe: los carga el diablo.


Detrás de los cañones, había montado un bonito campamento en el que no faltaba nada. Incluso, yo creo que las nuevas generaciones podían tener una idea un poquito equivocada de lo que era la guerra, porque viendo a estas dos criaturas, más que guerreando contra el pérfido gabacho, se podría decir que estaban de picnic.
Pasando a terrenos más pacíficos, en Schallaburg se celebraba ayer una feria de jardinería en la que se podían comprar diferentes flores y tiestos para poner tu jardín o tu balcón hecho un florido pensil.
Vamos, no hay más que ver lo lozanas que se crían todas las variedades vejetales en la Austria de mis amores.
Una de las cosas que molan de todas estas cosas en Austria es que siempre hay espacios pensados para que los más pequeños se diviertan. En el mercadillo había de todo: podían recortar en cartulina un bicornio como el de Napoleón, jugar al ajedrez gigante que se ve en la foto, o ponerse vestidos de época. Los más revoltosos podían jugar en caballos de madera y cargar cañones que disparaban latillas a un metro de distancia.
Este es el patio del castillo de Schallaburg, de estilo renacentista. Lo que en principio podrían parecer artesonados de madera son en realidad bonitas figuras de terracota.
Como esta que se ve en la foto, por cierto.
Esta es una vista del patio desde la arcada. Un típico castillo austriaco. Me queda la duda si no sería en Hallaburg en donde se grabó una serie a la que mi hermano le tenía mucha manía pero que a mí me gustaba. Se llamaba "La tía de Frankenstein" ¿Alguien se acuerda?
En fin: no hice, por razones obvias, fotos de la exposición. Pero merecía mucho la pena, no sólo por las muchas cosas que se aprendían, sino por el valor de los documentos expuestos. Entre ellos, varios grabados de la serie "Los desastres de la guerra", de Goya, que están normalmente en el Museo Albertina de Viena.

Ella, él y sus millones (La viuda alegre /Die Lustige Witwe)
21 de Junio.- Ayer por la tarde estuve en una representación de La Viuda Alegre, en la VolksOper (¿Ópera popular? bueno, algo así). El Coliseo que da al Gürtel (abajo) tiene una programación muy variada centrada, generalmente, en la Opereta y en el Musical (esta temporada por ejemplo, Guys and Dolls); es un teatro que está situado en una zona popular de Viena y que, por cierto, y según me enteré ayer (cosas de mi primo N. y de su mujer, que son cinéfilos empedernidos) sale en una de las pelis de Timothy Dalton como James Bond. Por supuesto, no dicen que es Viena. En la peli figura ser la Ópera de Bratislava (si es que la hay).

El edificio data de los tiempos de la Monarquía bicéfala, pero sospecho que, a lo largo de los años, ha ido sufriendo variaciones y reformas para adaptarlo a los nuevos tiempos.
Este balcón, particularmente, situado en un barecillo coquetón que hay en el primer piso, es el que sale en la peli Bond.

Yendo a lo nuestro: La Viuda Alegre es una opereta de Franz Lehar que se estrenó en 1905 y que, desde entonces, goza de un enorme éxito (o sea, que se sigue representando: en Austria, uno de los últimos montajes ha sido en el Festival de Mörbisch). La trama es un poquitín arrevistada: en París, se sabe que la viuda (Hanna) va a casarse con un francés arruinado y que retirará sus millones del banco central Pontevedrino (cuya central no está en Galicia, por supuesto, sino en Pontevedro, un reino centroeuropeo imaginario). El embajador de Pontevedro decide evitar la ruina del país acudiendo a los servicios del Conde Danilo, un seductor profesional, para que conquiste a la viuda, se case con ella y así los millones permanezcan donde deben: o sea, en la caja fuerte del banco de Pontevedro.
Así, se suceden un par de números memorables, varios adulterios en los que nunca llega la sangre al río (es un decir) y varios cientos de chistes picantones a la moda del novecientos (o sea: mucha erótica del tobillo y mucho cancán).

Este corte pertenece a la representación de Mörbisch (lo mismo que el que encabeza estas líneas). Y en él se puede ver que, si se quiere, se puede montar La Viuda de una forma espectacular.
La representación de ayer fue entretenida pero la verdad es que un conde Danilo un poco acabao (el segundo por la izquierda) le restaba credibilidad al tema. No debe de ser fácil lo de enamorar a una viuda pontevedrina mientras estás tratando de que no se te note la barriga bajo el frac.
En cualquier caso, los que nos atrevimos, canturreamos y dimos palmas al ritmo del vals y del cancán. Mu bonito, vaya.
Cuirosamente, en esta representación había muchos niños que se lo pasaron fenomenal, por cierto. A ver si mi sobrina crece un poquito más y la aficiono a esto de la opereta...


Pd: Se me ha olvidado decir que, en alemán, lo que nosotros llamaos "estar de Rodríguez" (o sea, estar ausente el marido o la mujer de forma transitoria del domicilio conyugal) se llama "Die Lustige Witwe zu Sein" (ser "una viuda alegre").

Piratas
19 de Junio.- Mientras me afeitaba hoy, he escuchado en la radio que una ciudadana estadounidense tendrá que pagar una multa de 1,2 millones de Euros (lo flipas) por bajarse de internet ilegalmente 24 canciones (y lo vuelves a flipar).
La verdad es que no hubiera prestado atención a la noticia si no hubiera sido porque el locutor ha usado la palabra “songs” para referirse al objeto del choriceo cibernético –estaba demasiado ocupado en que la perilla no me quedara torcida, como siempre-.
(Paréntesis: me pone malo la manía de los periodistas de utilizar palabras inglesas cuando hay palabras alemanas que dicen lo mismo; me parece de una horterada inenarrable que los textos se llenen de “stories”, “songs”, “babies”, etc. Se cierra paréntesis).
La verdad es que la noticia me ha retrotraido a un comentario que me hizo el otro día alguien muy cercano (español) en el sentido de que, en España, ya nadie compraba películas” (vamos, ni discos ni nada). Y que todo el mundo se lo baja todo de internet. Ilegalmente, se comprende.
También he recordado esta reprimenda que nos echó hace poco el Congreso de los Estados Unidos, en la que se nos calificaba de paraíso de la piratería. Una especie de Isla de la Tortuga informática en la que todos los granujas tienen su acomodo.
En Austria la gente no se baja muchas cosas de internet. Entiendo que porque los aborígenes piensan a) que las películas están baratas y que no hace falta conseguirlas de manera ilegal, y no siempre segura, cuando uno se las puede comprar tranquilamente y b) porque, siendo los austriacos tan clasistas como son, consideran que estas piraterías son cosa de gente de poco nivel socio-cultural.
En los mercadillos, eso sí, se venden polos de Lacoste más falsos que un duro sevillano pero, en general, a los aborígenes (y lo digo también por mi propia experiencia comercial) les gustan las cosas originales porque así pueden presumir de ellas (y, por tanto, de la pasta que ganan y que les permite comprárselas); así como por una cuestión de calidad. En general, se tiene la sensación de que consumir un artículo pirateado es una cosa cutre, que desprestigia un poco al que lo hace.
Es la situación contraria a la española. En mi país la tolerancia social hacia aquellos que bajan películas, copian juegos y se llenan los discos duros de archivos ajenos es universal.
La gente en España se justifica argumentando que los bienes culturales están carísimos cuando en realidad, quizá quieren decir: ¿Por qué pagar por algo que puedo conseguir gratis?
Ahora bien: también es cierto que, en España, sigue sin resolverse el problema del reparto de los derechos de autor y también es cierto que hay mucha gente que vive (o sea, parasitariamente) de esos organismos que, teóricamente, garantizar a los artistas una seguridad económica para que pudieran seguir alegrándonos la vida pero que, en realidad son, en demasiadas ocasiones, refugio de mediocridades con alma de covachuelistas.
El organismo que se encarga de gestionar los derechos de autor de los artistas españoles es, hoy en día, y con muchísima diferencia, una de las instituciones con peor imágen del país (en buena parte, por la percepción social de que sus miembros son una especie de casta privilegiada sin clara utilidad pública). Sus socios (algunos de los cuales generan derechos de autor sólo por materiales publicados por esta organización–una especie de actividad cultural autopromovida y comatosa-) gozan de subvenciones, becas y otras prebendas que, teóricamente, salen de los materiales audiovisuales que todos compramos. La lógica está clara: si la gente, vía compra directa, deja de poner euros en el cestillo, se termina el chollo. Y eso, claro, hace pupita.
¿Significa esto que no tengan que existir organismos que gestionen los derechos de autor? En mi opinión, no.
Sólo que los organismos actuales tienen que ser sometidos a una profundísima reforma que los haga transparentes y equitativos y que, por supuesto, no se conviertan en dadores de subvenciones a aquellos artistas que apoyen al Gobierno de turno (cualquiera que sea el Gobierno de turno).
Entonces, la piratería empezará a encontrar una solución.
Cármen (o Carme) Elías, una de las más elegantes actrices españolas, mostrando orgullosa su merecido premio Goya por Camino de Jaime Fesser
Flor de Santidad(*)

18 de Junio.- Cuando yo era pequeño una regla no escrita decía que, para ser buenos, aquellos productos dirigidos al público infantil debían ser más lacrimógenos que un bote de gas lanzado por la policía.
Así, tuve (tuvimos, los de mi generación) que tragarnos un sinnúmero de películas y series en las que el protagonista era un desvalido huérfano, o se le moría su perro de peste porcina o su mejor amigo se quedaba ciego, o su madre palmaba atragantada con un trozo de chuleta.
La cresta de esta ola de maltrato psicológico infantil la constituyó, en mi opinión, una película de Antonio Mercero que se llamó Toby y que quizá alguno de mis lectores recuerde.
Iba la cosa de un niño tirando a pijín (pelito rubio, ojos rubios, dientes rubios, etcétera) al que de pronto le salían en la espalda unas querubínicas alas.
El sólo recuerdo de esta cinta me sigue revolviendo el estómago. Además, para agravar el tema, a las pretensiones de qualité de Antonio Mercero –inventor del engendro- se añadía la especialidad de la casa: secuencias pseudopoéticas en las que no se ahorraba ningún recurso, por rastrero que este fuera, a la hora de hacer llorar al respetable.
Yo no entendí un pimiento de las pretensiones culturetas del Don Antonio (más bien cursis, por otro lado) pero, sin duda, y empujado por el ambiente –no tengo personalidad-, lloré a lágrima viva de pena (y de asco) viendo los dos bultitos que le crecían a Toby sobre las clavículas. Fue un llanto desazonante, repito. Y a mí, en el cine, me gusta el llanto que desahoga.
Pues bien: ayer, mientras, tan a gusto, planchaba y sollozaba, o sollozaba y planchaba viendo Camino, pensé que Guillermo Fesser, su director, podría ocupar el trono nacional del rey de la lágrima que el señor Mercero, desde que hizo aquella peli de los niños con cáncer (qué manía, leche) ha dejado vacante.
Lo cierto es que Camino cumple con su función de hacer llorar hasta a las piedras más insensibles. Utiliza, eso sí, unos recursos un tanto merceriles (el ratoncito, las flores, etc) combinados con un punto gore que, en el universo del ilustre director de Farmacia de Guardia, hubieran sido imposibles.
Pero, igual que con Toby, cuando se llora con Camino uno no se desahoga, sino que queda preso en una atmósfera angustiosa que es sin duda uno de los méritos de una película que, sin ser redonda es, como decía mi hermano, “algo distinto” (y, añado, bastante mejor que la media del cine español que se hace hoy por hoy).
El otro mérito fundamental de esta película es el reparto y, en él, destaca de manera especial Cármen Elías (Carme, en los créditos, por aquello de que el guateque lo paga en parte la Generalitat de Catalunya).
La secuencia en la que, primero, le dicen a esta mujer que su hija fallece sin remedio y, después, a solas con ella, se da cuenta de que la criatura se ha quedado como la Niña de la Puebla, te pone las gónadas de corbata y, en potencial lacrimógeno, podría competir con aquel episodio de Verano Azul en el que Chanquete pasaba a una vida mejor (vamos: yo, concretamente, tuve que dejar la plancha porque ya no veía lo que estaba planchando).
Por supuesto, Camino también es una película que va abiertamente en contra del Opus Dei con una eficacia que está a años luz de El Código Da Vinci, por ejemplo (de hecho, si Camino se llamase The Way y pasase en Wisconsin, es muy probable que Fesser hubiera tenido una ración extra de publicidad gratuita que a sus productores les hubiera hecho la boca agua).
Es más eficaz, digo, porque Camino aspira a ser realista (con los peros que decíamos más arriba). Aunque los paréntesis merceriles, bien pensado, también alivian de una negritud creo que involuntaria que se parece a la grima (también involuntaria) que te entraba viendo Toby.
El pero que se le puede poner a Camino, en mi opinión, es que los malos de la peli (la gente del Opus que sale, excepción hecha de la hermana de Camino) son personajes con mucha menos profundidad que “los buenos” (con los que tampoco el guionista es que se haya matao, por otro lado, pero que son más humanos; véase para muestra la secuencia en la que los chavales hacen teatro). En todas partes cuecen habas, y es probable que en la Obra, como dijo aquel, se cuezan calderadas. Pero determinados extremos de crueldad mental me parece que son salir del realismo para campar a nuestras anchas en el terreno siempre resbaladizo del panfleto.
Aún así, se agradece muchísimo la voluntad de no hacer una película que no trate de la guerra civil o que elija como protagonistas a indivíduos que, dentro de sus circunstancias, sean personas con las que todos nos hubiéramos podido topar en la cola de la pollería.
(Y ahora, Fesser, rey, hazme una comedia, carita de emperador. Que no gano pa´disgustos, hijo).
(*)Esta entrada, con permiso de mis otros amabilísimos lectores, va dedicada con mucho cariño a mi hermano, que me regaló el DVD de Camino en su última visita. Espero que le divierta.
Calcetines en vinagre

17 de Junio.- Querida sobrina: espero que ya estés mejor del resfriado que tenías mientras estuviste en Viena. Por si lees esto en el futuro, te diré que parte de tu bienestar en este viaje se debió a un truco casero austriaco para bajar la fiebre de los niños. Nos lo chivó una amiga doctora (o casi) que estaba cenando en casa.
Por si a alguien le es útil lo dejo aquí. Se llama, si no lo escribo mal, “Essig tascherl” (corríjame cualquier lector caritativo si lo escribo mal) y consiste en lo siguiente: se ponen tres partes de agua por una de vinagre y se mojan los calcetines del niño febril. Luego, se ponen dichos calcetines y se rodean con bolsas de plástico normales (valen las de supermercado) a modo de patucos . Después se depositan criatura y calcetines mojados en la cama y se espera a que baje la fiebre –por ignaras razones, este proceso es bastante rápido-. Gracias a la milagrosa intervención de los calcetines avinagrados, tú pudiste dormir toda la noche sin más problemas. Tus padres recuperaron algo de sueño, y pudimos darnos el lujo de pasar todo el día siguiente en el Wachau.
Por lo demás, corazón, te sigo echando de menos. A ti y a tus padres. Porque la verdad es que me he reido muchísimo mientras habéis estado aquí (vamos, de hecho, me he reido como hacía meses que no me reía, porque tu padre y tu madre ya sabrás tú, a estas alturas, cómo se las gastan). Y, por supuesto, me ha quedado claro que nadie se chotea de ti como tu propia familia (ya se sabe: años de experiencia). La verdad es que teneros aquí ha sido un agradabilísimo paréntesis que espero que se repita pronto (por mí, podría repetirse el próximo fin de semana, pero no me caerá esa breva). Tendré que esperar a navidad.
Pero en fin, mientras tanto, la vida sigue.
A pesar de que me considero una persona tirando a tierna, tengo que confesarte que creo que, con los años, también he encontrado el secreto de cierta fortaleza.
Si es que la tengo se basa en el firme convencimiento de que se puede salir hasta de lo más terrible y que todo, menos la muerte, tiene arreglo. Aunque ese arreglo pase por hacer tábula rasa de la vida de uno para empezar de cero.
Gracias a Dios, nuestra biografía es el resultado de nuestras sucesivas reencarnaciones. Mirando hacia atrás, Ainara, como tú harás algún día seguramente, veo con simpatía las sucesivas versiones que he ido inventando de mí mismo. El niño redicho que no se entendía con sus compañeros de colegio, el adolescente delgaducho que decidió aplicarse a entender a la gente y consiguió así hacerse un sitio en el mundo, el universitario perdido que no supo quién era hasta que hizo teatro y tocó la gloria con los dedos, el hombre que trabajó en la televisión y recibió, primero, su ración de placer para acabar con una ráfaga de amargor que le quitó lo que le quedaba de fe en la inteligencia del ser humano ¿Qué queda de todos ellos? Mirando fotos no me cuesta nada reconocerme. Incluso si, con el tiempo, ya no están cubiertas de pelo zonas que solían estarlo o mis gafas han adquirido, después de desvaríos estéticos pasados, un tamaño razonable.
Creo que soy bueno sobreviviendo (bueno, hasta ahora lo he sido) porque no se me da mal hacer síntesis e identificar la raíz de las cosas que me pasan. Tampoco me tiembla el pulso a la hora de aplicar según qué soluciones drásticas. No es una cualidad que esté muy extendida, como he tenido ocasión de comprobar y, la verdad es que, de entre las pocas que tengo, es una de las que más aprecio.
Cuando uno se enfrenta a una crisis de la naturaleza que sea, Ainara, lo primero es conservar la calma. Al estar acuciado por algún problema uno siente el impulso de moverse a tontas y a locas y, ese impulso, más que arreglar las cosas, puede terminar por fastidiarlas más. Lo siguiente es entender qué le está pasando a uno (para esto también es práctico haber hecho antes los deberes que consisten, querida sobrina, en conocerse bien a uno mismo); lo tercero y en lo cual radica la parte fundamental del procedimiento, en mi opinión, es descomponer el problema grande en otros más pequeños. Y después, Ainara, hay que aprender de lo que nos ha pasado, para que no nos vuelva a ocurrir.
Parece fácil, pero ver la propia vida con cierta perspectiva es una de las cosas más difíciles que existen.
Besos de tu tío

Dos momentos de la representación de ayer (fuente: www.ateliers.at)
En alas de la danza
16 de Junio.- Ayer por la tarde estuve en el ballet. Ana Karenina, con música del viejo Piotr Illich. Era mi segunda vez (en el ballet, no con Ana). La primera fue recién llegado a Austria. Vi Coppelia. Me gustó, pero, impresionado como estaba con la belleza de la Ópera, no tuve tiempo de reparar en otras cosas en las que ayer sí me fijé.
¿La función? Espectacular, cuidada y, sobre todo, muy amena.
A primera vista no parece fácil trasladar al ballet, y por lo tanto a la mudez, una obra tan torrencialmente verbal como es la novela de Tolstoi. Y sin embargo estaba todo hecho con notable gracia y precisión. El baile cortesano en el que se concen Ana Karenina y Vronsky, la escena del hipódromo, Venecia y el espectacular efecto final. Todo ligerito, sin regodearse. Por ahí, me gustó.
Los bailarines. Ana Karenina (Ketevan Papava, aquí, en el concierto de Año Nuevo), lo hizo fenomenal y Karenin, el bailarín Eno Peci, aqui en Manon Lescault) bordó su papel. Tuve mis reservas, eso sí, con Vronsky. No se entendía que Ana Karenina dejase a su marido por aquel tipo que, en algunas ocasiones, no sabía bien qué hacer con los brazos. Pero en general, el conjunto funcionó frenomenal y los intérpretes se ganaron su buen cuarto de hora de aplausos y vítores.
El público del ballet es diferente del de la ópera. Empezando porque, como media, es un pelín más joven y siguiendo porque su interés es, a veces, profesional. Ayer, el patio de butacas estaba salpicado aquí y allá de chicas con pinta de princesa rusa perseguida por una jauría de feroces bolcheviques. O sea: cutis de porcelana, límpidos ojos azules, labios carnosos, nariz un tanto respingona, como el trasero del pato Donald; pelo rubio miel recogido en un moño y extremidades largas y aristocráticas.
Aquí y allá también había chicos de sonrisa tirante con el pelo cortado a lo Zac Effron (ese estilo a medio camino enre el tazón y el flequillazo cegador). Llevaban los compactos cuerpos cubiertos con cosas que un hombre normal no se pondría. A saber: sofisticadas casacas de cuello Mao de corte impecable, pantalones con ligera campana a partir de la rodilla, etcétera. Y claro, tampoco podía faltar la ración correspondiente de damas maduras con moño bajo, gafas tamaño pecera y delicadas túnicas de seda estampada. En resumen: Un Paso Adelante, pero en fino.
También podía comprobarse que, a la gente que baila o ha bailado, se le nota en la postura. Tienen como dos agujas finas y doradas saliéndoles de los homóplatos. Una forma especial de pisar, como si quisieran acariciar el mundo con los pies, una tensión peculiar en las cervicales y en las caderas que les condiciona la forma de sentarse.
Al estar cerca del escenario me sorprendió también que el ballet tiene un algo militar. Quizá porque el sonido de cuarenta cuerpos tomando impulso, brincando y cayendo al mismo tiempo sobre el escenario remite más a lo castrense que a cualquier cosa delicada. Sin embargo, impresiona tanta fuerza junta y tanta vitalidad. No hay nada tan hermoso como el cuerpo humano en movimiento. Mientras miraba aquellos hermosos ejemplares de homo sapiens sapiens también pensaba que aquellos prodigios de educación, esfuerzo y sentido del ritmo tienen una carrera muy corta. Llegan bailando a los cuarenta como mucho ¿Qué harán después?, me pegunte. Enseñar o estudiar otra cosa, supongo. Y me imaginé a gráciles enfermeras, a delicadas guardias de tráfico, a etéreas abogadas arreglando picajosos pleitos; por no hablar de los elásticos funcionarios, los enhiestos profesores de física y química o los elegantes chefs de alta cocina.Quizá, de las formas que el hombre ha inventado de repartir belleza por este mundo, el ballet sea una de las más eficaces y gustosas.




Otra versión de la cancioncita de marras


Un día en Viena (por ejemplo): qué ver


15 de Junio.- Unas amables lectoras me piden sitios de Viena que visitar. He aquí los lugares a los que yo iría si tuviera un día:

1.- Empezaría como a las nueve de la mañana: Línea de metro U4 hasta Schönbrunn. Antiguo palacio de verano de los emperadores austriacos, sólo por los jardines ya merece la pena una visita. Desayunaría en la Gloriette, que es un pabellón desde el que se domina todo el conjunto y luego, si el tiempo no me apremiase, haría un tour por las dependencias palaciegas. Existen dos o tres modalidades en las que se pueden ver desde lo mínimo imprescindible, hasta todo lo que hay expuesto. Hay audioguías en español.

2.- Son más o menos las doce de la mañana. Otro cuarto de hora de metro para llegar a Karlsplatz/Oper. Si sales del metro por Karlsplatz puedes ver la iglesia de San Carlos Borromeo (Karlskirche) que da nombre a la plaza. Bueno, en realidad no es una plaza, sino un gran espacio que está urbanizado como Dios le dio a entender a los vieneses del siglo XIX. Dos pasos y está uno en el local de la filarmónica de Viena (lugar desde donde se retransmite el concierto con el que el mundo saluda el año nuevo). Cinco minutos más hacia la izquierda está la Ópera estatal (Wiener Staatsoper) y, por lo tanto el principio de

3.- Kartnerstrasse: frente a la ópera está el Hotel Sacher (no te olvides de comprar una tarta para tus conocidos aunque, si no quieres tener que vender un riñón a alguna red ilegal de transplantes de órganos, siempre puedes hacerte con una copia muy apañada de la famosa tarta en cualquier supermercado). Aquí puedes elegir tu propia aventura: o bien tomar la Kartnerstrasse hasta la catedral y luego el Graben, o bien, atravesar los jardines del Hoffburg por el Albertina, llegar hasta Heldenplatz en el Hoffburg, ver la puerta de San Miguel para llegar al final del Graben y luego, a la catedral. Son las doce o la una, ya va habiendo hambre, así que buscamos un lugar para comer. Cerca del Albertina está el Reinthaler, en donde podrás comer sabrosa cocina vienesa a muy buen precio.

4.- La tarde, que empezaría idealmente con un café en el Tirolerhoff, que está en la plaza del Albertina, se puede dedicar también a ver la Cripta de los Capuchinos, en donde están todas las tumbas de los emperadores austriacos o bien, a hacer una visita al Naturhistorisches Museum o al Kunsthistorisches Museum, dependiendo de si, de pequeño, fuiste más de ciencias que de letras (los de ciencias, rama bio-sanitaria). Son las seis ¿Dónde podremos merendar? En estas fechas, toca un heladito. Si tienes un plano a mano, llegarás a la catedral y, todo recto hacia Schwedenplatz encontrarás una gran heladería (Zanoni & Zanoni) que está muy bien. Aunque la heladería vienesa con más solera es Tichy, que está en el distrito 10, concretamente en el número 13 de Reumanplatz. Si te sientas en su terraza comiéndote una ración de los famosos eis marillen knödeln, podrás ver una piscina art decó, el Amalien Bad.

5.- Ya hemos alimentado el cuerpo y el espíritu. Si te apetece mover un poco el esqueleto, puedes coger la línea 1 hasta Kagran y terminar en Copakagrana. A la sombra de los rascacielos vieneses más modernos y de los edificios de la ONU está este complejo en el que podrás encontrar bares de salsa, restaurantes de todas las nacionalidades, helado y diversión. Podrás admirar, además, otro de los atractivos de Viena, que la ha hecho famosa a lo largo y ancho de la Tierra planetaria: el Danubio.

Si tu estancia en Viena sólo dura un día, lo habrás aprovechado bien. Si dura más, habrás hecho un reconocimiento general de la ciudad que te servirá para posteriores visitas, más exhaustivas.

Wien, nur du allein versionada por los tres tenores en 1990

Diez razones para amarte

13 de Junio.- Vatertag. O sea, día del padre en todos los territorios de habla alemana ¿Y por qué? Pues keine Ahnung. O sea, que ni la más mínima. Si alguno de mis lectores sabe la respuesta, por favor que la deje en los comentarios. Felicito, en cualquier caso, a todos los padres austriacos o alemanes que me estén leyendo, así como a los padres del mundo latino a los que no les importe celebrar su día dos veces. En este día veraniego de sol, abejorros zumbantes entre las flores y cielos Simpson, han aparecido los periódicos vieneses con sus portadas dedicadas a la festividad. El Kronen Zeitung con una de esas cubiertas que suele gastarse y que tienen la misma personalidad que un maniquí de El Corte Inglés; Die Presse, edición dominical, haciéndose eco del ocaso del concepto “Superpapá” y, por ende, del clásico de la masculinidad; Kurier, glosando los tristes casos de aquellos padres que, debido a siglos de machismo y, ahora, debido a algunas décadas de feminismo, pierden la custodia de sus hijos en caso de separación. El único que ha roto con esta racha de paternidades ha sido, como de costumbre Österreich, que ha llevado a su portada la boda de Boris Becker con una tal Lilly. Como si no hubiera otras cosas en el mundo más interesantes de las que hablar.
Como por ejemplo que, albricias, tras varios años ocupando la segunda, la tercera e, incluso, la cuarta plaza, Viena se ha convertido oficialmente este año en la mejor ciudad del mundo para vivir ¿Y quién lo dice? Una prestigiosa agencia americana que ha evaluado todos los parámetros posibles y ha concluido que Viena es el espejo en el que deberían mirarse todas las ciudades de la Tierra planetaria.
Sin aspirar a enmendarles la plana a los señores de la agenda, he aquí mis diez razones para vivir en Viena:
1.- El agua: cuando abres el grifo sale agua pura y cristalina, inodora, incolora e insípida, que proviene del deshielo de las nieves de Los Alpes, que están aquí al lado. Antaño, el agua de Madrid también era muy buena, hasta que llegaron las sequías y hubo que empezar, en los años malos, a comprarla de garrafa.
2.- La tranquilidad: Viena es, en general, una ciudad muy tranquila y, en cualquier caso, tremendamente silenciosa.
3.- Los medios de transporte públicos. Qué decir. Los autobuses llegan a su hora, los metros funcionan siempre (o casi) y las líneas tienen unas proporciones humanas. Esto es en buena medida por
4.- Viena es una ciudad que tiene el tamaño ideal. Las ventajas de una capital de nación con las de una ciudad pequeña. Las ciudades deberían de parar de crecer en los dos millones de habitantes. Más, es una cosa demencial.
5.- La oferta cultural. En Viena hay de todo y a muy buen precio (muchas veces, hasta gratis). Por haber, incluso hay librerías españolas.
6.- Viena es una ciudad incuestionablemente bonita. Y no sólo las partes que, obviamente, son monumentales. También los parques y jardines e, incluso, los pisos de protección oficial, que son art decó (los más modernos no son tan bonitos, pero los antiguos son para flipar).
7.- Mi ciudad es una ciudad segura y sus habitantes, por lo general, muy atentos con los objetos perdidos (aunque esto, desgraciadamente, está cambiando paulatinamente). En Viena aún se puede entrar a un bar, dejar el abrigo colgado en un perchero y acercarse a la barra a pedir sin que, al volver, hayan desaparecido abrigo y pertenencias. En Madrid esto es impensable.
8.- La naturaleza está a dos pasos de Viena. Los famosos bosques de Viena y los lagos que rodean la ciudad, las montañas que están a media hora en coche. Los austriacos son unas personas que se preocupan mucho del medio ambiente y se nota.
9.- Es muy fácil hacer deporte y sale, además, barato. Entre otros, se puede patinar en invierno, escalar siempre que el tiempo lo permite y, todo el año, ir en bici por una red de carriles bici que conecta todas las áreas de la ciudad.
10.- Comparada con otras capitales europeas, Viena es bastante barata. O sea que, con un sueldo normal, uno puede permitirse ciertos lujos, como comer fuera de casa de vez en cuando o comprarse algún caprichito. La vivienda, por supuesto, está a años luz de los precios españoles.
Estas son mis diez razones, pero seguro que, si hay lectores de Viena, se les ocurren algunas más. No os cortéis, ¿Eh? No os cortéis.

Foto del parque de Schönbrunn que hice el otro día cuando paseaba con mi sobrina
Alone again

12 de Junio.- El silencio se ha vuelto a apoderar de la casa después de casi cinco días. Mi sobrina ya no está y se ha hecho un melancólico vacío en el transcurrir del tiempo, al que cuestra acostumbrarse. Los gatos caminan de nuevo con la antigua prudencia, buscando por los rincones a la niña cuyo olor detectan, pero cuya juguetona presencia ha desaparecido misteriosamente. Los juguetes que tengo para el caso de que venga algún niño a casa vuelven a reposar en orden en el cajoncillo verde. Mientras escribo, miro de vez en cuando el anillo de plástico que llevo puesto en el dedo meñique de la mano derecha: es naranja, con una flor amarilla, y mi sobrina se lo ha dejado olvidado en la mesita de noche. Pienso.
No hay nada tan evidente y, a la vez, tan misterioso como un niño. Para ellos eres un Dios, sin perder tu frágil humanidad. Te miran, señalan, balbucean como los peregrinos sus plegarias delante de la imagen y tú haces, supongo que como el Dios de las alturas, lo que buenamente puedes. Y, como el Dios allá arriba, te quedas siempre con la duda de haber ajustado solo a medias lo deseado a lo conveniente.
Las necesidades de los niños nos llegan siempre como a través de aquel juego del teléfono que jugábamos de chiquillos, como a través de un medio extrañamente distorsionador o a través de una distancia sideral en la que la casualidad, a veces, juega un papel imprevisto. Aunque supongo que Dios también juega con las casualidades.
Yo no tengo hijos, pero supongo que una de las dificultades que tiene que tener el ser padre debe de ser la de ir perdiendo poco a poco ese halo dorado que nos nimba cuando alguien piensa de nosotros que somos invencibles, omniscientes, que curamos los dolores con un beso o que nuestro es el poder para subvertir la normalidad del Universo.
Pero, al mismo tiempo, es tan hermoso ver crecer a otro ser humano. Como una planta. Presenciar cómo supera la ternura de los primeros meses, ver cómo sus reacciones ganan en belleza, en complejidad. Cómo empieza a distinguir cosas y personas; cómo pasa de las formas a los números, del balbuceo al habla.
En el milagro del crecimiento de un niño está el milagro de la existencia de todos los seres humanos que nos acompañan en el viaje. En el corazón de Ainara late el de todos los niños que han sido y serán; en cada gesto que hacemos devolvemos todo el amor que nos han dado.
La casa está de nuevo silenciosa, yo un poco melancólico. Estos pensamientos, mi consuelo.