Ya no estoy cachondo
(un post totalmente apto para menores)
30 de Septiembre.- Querida sobrina: quien ayer me viera pudo pensar que le había dado a alguna sustancia. Iba yo por una de las zonas más concurridas de Viena, pensativo, seguramente algo cariacontecido cuando, de un minuto para otro, estallé en carcajadas. Cuando me di cuenta de que la gente me miraba, me paré delante de un escaparate e hice lo posible por contenerme, pero la verdad es que no fue fácil.
¿En qué estaba pensando? Verás:
Últimamente, y debido a unas molestias sin importancia, he estado de médicos. Me han hecho diferentes pruebas que, gracias a Dios, estaban inmaculadas. Sin embargo, en una de ellas, había un valor que estaba un pelín alto (normal, pero alto). El médico me lo hizo notar: ¿Sabe usted que tiene el valor X un poquito alto para su edad? Y yo: pues no, no lo sabía ¿Y qué consecuencias tiene esto? Pues hombre: ahora ninguna, pero dentro de veinte o treinta años quizá desarrolle usted ... Y yo de nuevo: ¿Y qué puedo hacer, doctor? ¿Como menos de alguna cosa? ¿Hay alguna medicación? Y el médico, encogiéndose de hombros: nada: no puede usted hacer nada. Este valor es así de nacimiento.
Desde hace días no hago más que darle vueltas a esta conversación y ayer, mientras caminaba por esta zona comercial, me di cuenta de por qué. El ingénuo de tu tío, Ainara, tenía la esperanza insensata de no morirse nunca. Verás: hago varias horas de deporte a la semana, no fumo, hago una dieta de asceta hindú (en el caso de que los ascetas hindúes pudieran comerse un Big Mac y un plato de callos de vez en cuando), bebo alcohol en dosis moderadas, el estrés no lo conozco...En fin: que me preocupo por hacer los deberes todos los días. De esta forma, pensaba que podría mantener mi estado actual de salud de manera indefinida. Pero no había contado con que, a pesar de todo lo que yo haga, el tiempo pasa. Mis células se replican peor, la piel pierde colágeno (me acordaba de Lina Morgan, cuando decía que tenía los codos “como un culo´pollo”) y luego está la genética, ese número de lotería que jugamos y que lo mismo nos da un premio gordo de vida centenaria que nos lleva a la tumba en plena juventud -toquemos madera-. Todos estos pensamientos, Ainara, me deprimieron mogollón.
En estas estaba cuando, de pronto, como un flash salvador, me vino la imágen de tu bisabuela a la mente. La vi pequeña, vestida de negro, sentada en la silla baja desde la que oteaba los culebrones de la televisión y devoraba, curiosa, los telediarios (“el parte”, como ella decía). Alguna vecina de visita por mi casa le preguntaba:
-Señá María, ¿Cómo está usté hoy?
Y tu bisabuela, meneaba la cabeza y, como si anunciara una tragedia inevitable, decía:
-Cachonda perdía hija, cachonda perdía.
Y fue aquí donde estallé en carcajadas de risa y de ternura.
El tocho académico define el término “cachondo” en su segunda acepción como “Dicho de una persona: dominada por el apetito venéreo”. Dado que era nonagenaria cuando decía esto y que, en su vida, siempre tuvo una enorme aversión (católica, apostólica y romana hasta el final) al sexo, mi abuela no usó nunca la palabra en esta acepción. Quería decir simplemente que estaba revuelta, enferma, que no había dormido bien o, simplemente, que los años la habían convertido en un campo de batalla de los achaques de la vejez.
Tu padre y yo siempre lo entendimos así y no dudo en afirmar que, para nosotros, el significado extraño es el académico. Sólo nos dimos cuenta de que éramos conductores suicidas de la autopista de la semántica cuando, siendo ya mayorcitos, otros amigos nuestros subieron a casa y tuvieron que contener las carcajadas al oir a tu bisabuela decir que, a sus noventa, estaba “dominada por el apetito venéreo”.
Desde entonces, cuando estamos malos, como broma familiar, nos lo decimos. La última vez que hablé con tu padre, lo primero que me preguntó fue:
-Me han dicho que has estado de médicos ¿Qué pasa, estás cachondo?
Pero no, Ainara: desde que conseguí reirme, ya no estoy cachondo.
Hasta la próxima vez, claro.
Besos de tu tío.












