Rita y Fred en "You´ll never get rich"
Días de baile

31 de Enero.- Sí: Miss Viena Directo es la emperatriz Elisabeth y, por abrumadora mayoría, el nadador Marcus Rogan se ha impuesto como el más bello de los candidatos a Mister VD. Próximamente deleitaré a mis lectores con material fotográfico de estos aventajados especímenes de la raza humana, pero permítaseme que hoy me extienda en lo que me tiene ocupado.
Porque hoy, queridos Vienadictos, me voy de baile.
En Viena, estamos en plena Ball Saison. Particularmente los fines de semana, aquellos amantes de las tradiciones, de la rozadura de los zapatos de charol y de esa incómoda sensación que dejan los cuellos de las camisas de smoking, se reúnen para bailar al compás de las melodías de orquestas en diferente estado de afinación. Este fin de semana y el próximo, particularmente, son el punto álgido de la temporada. Viena es un puro ir y venir de hombres vestidos de elegante traje con solapas de seda (¿Corbata negra o corbata blanca? Datisdecuéstion) y chicas que hacen lo posible porque los rutilantes trajes largos no se les metan en los charcos.
Con motivo del baile al que voy a ir, he hecho hoy algo que llevaba varias semanas posponiendo, y ha sido esquilarme (tenía el pelo demasiado largo ya para que fuera un simple corte). He ido a mi peluquera de siempre, dueña de un destartalado local que siempre está vacío (a pesar de que la señora es una maga de las tijeras). Y resulta que me he encontrado, con tristeza (pero para alegría de ella) con que era su último día de trabajo y, por las horas, sospecho que yo he sido su último cliente. Se jubilaba la señora y pasaba al gozoso estado de pensionista y a dedicarse a lo que de verdad le apasiona en esta vida, que es pintar unas acuarelas un tanto sosas con paisajes otoñales y parques sin personas.
La mujer ha estado muy amable conmigo, y me ha rapado dándome conversación (que es una cosa que, en principio, yo odio cuando me cortan el pelo). Hemos hablado de los bailes y de los carnavales, y la pintora aficionada me ha dado una conferencia que lástima de no haber llevado encima los arreos de escribir.
En cualquier caso, en cuanto termine de componer este texto, sacaré el smoking, la camisa de cuello rígido, y le sacaré brillo a los zapatos buenos (los mismos, por cierto, que utilizo para las entrevistas de trabajo y que, gracias a Dios, ya no me hacen daño). Deseando estoy de pasar por el ritual acostumbrado: la apertura del baile, con su polonesa; la quadrille, que llega puntual a media noche (altura en donde la mitad del paisanaje está puesto de champagne y prosecco y nadie da mucho pie con bola)y la melancolía de las últimas horas, en las que parece que ha pasado un ejército por la pista.
Mañana mis lectores podrán, si Dios quiere, disfrutar de las imágenes del evento (espero que la cámara no se me olvide) en riguroso di...Diferido, claro. Por una vez.
En lo más crudo del crudo invierno

30 de Enero.- Ya sé que llevo una eternidad sin contestar comentarios, pero es que he tenido una semana muy ajetreada. Para hacerme perdonar, aquí dejo algunas fotos que demuestran, atención, que, como ya sabían los compositores de valses, el Danubio es, efectivamente, azul (y se hiela con relativa facilidad). Las fotos siguientes son del domingo pasado, en el que, no sólo hacía sol, sino temperaturas sobre cero. A pesar de eso, este pollo de cisne paseaba por el hielo con toda naturalidad.


Este pato nadaba por el agua helada sin darse cuenta de que el hielo puede ser peligroso y que podía dejarle aprisionado...
!Cuántas veces, al sol del verano he nadado yo como mi madre me puso en este planeta por este sitio! Y ahora...Brrr. Da frío sólo de pensarlo.
Este es uno de los muchísimos lagos que hay en el Lobau, en las antiguas marismas que, hasta el siglo XIX regaba el Danubio.
La plaza de Karlsplatz bajo la nieve. En la foto, la Universidad.
La iglesia de San Carlos Borromeo con la cúpula escarchada.
Una campeona que lucha contra las nieves poniendo con su paraguas una nota de color.
¿Por qué las llamarán granadas? En fin, un par de las de mano.
En todas partes cuecen habas

29 de Enero.- Mientras los poderosos de este mundo se reunen en Davos, en Viena no deja de nevar. Una cosa, naturalmente, tiene poco que ver con la otra, salvo en que las dos pertenecen al orden natural del Universo: tan natural es que los poderosos se junten para hacer terapia de grupo como que, en enero, se deposite nieve sobre todas las superficies vienesas dispuestas a recibirla.
Parece ser que ayer este pequeño país desminitió un tanto la fama de eficiencia de la que yo me hago lenguas y que hubo cierto caos porque la nieve se depositó más de lo conveniente en algunas carreteras transitadas. Pero, salvo algún camión atravesado, no debió de llegar la hemoglobina al curso fluvial.
También, a dos bloques del mío, la pluma de una grúa se empotró contra una casa causando una serie de desperfectos. Aquí, por cierto, las grúas se empotran con relativa frecuencia contra los edificios. El año pasado, la que ayudaba a restaurar el parque de bomberos de la plaza Am Hoff también se derrumbó debido a unas garrafas de viento dejando parte del tejado del edificio como un sello pero, mucho más grave, cobrándose la vida del operario que manejaba el artefacto , el cual desoyó los consejos de sus compañeros y prefirió morir al pie del cañón a poner pies en polvorosa.
Y como no hay dos sin tres, y shit happens, hace dos días hubo un extraño accidente en cadena en la autopista de circunvalación de Viena. Antes de explicar lo poco que se sabe del enigmático suceso, abro un paréntesis filológico para decir que, en alemán, los accidentes en cadena se llaman muy bellamente Karambolage (pronunciado “Karambolash” a la francesa). Pues bien: parece ser que a un par de reclutas les dio por jugar con sendas granadas de mano y que su coche explotó quedando afectados los vehículos que circulaban cerca. Los mandos responsables de estos inteligentísimos chavales (que en paz descansen) hacen la de Poncio Pilatos y aducen que los angelicos estaban perfectamente al cabo de la calle de que las granadas de mano, llegado el caso, explotan (fuera otro, naturalmente, si las granadas hubieran sido de fabricación española que ya se sabe que las armas que la Patria exporta ni matan ni nada).
Por lo demás, hoy ha sido la rueda de prensa anual en la que se ha explicado lo mucho y buenísimo que sucederá, Dios mediante, en el baile de la ópera dosmil nueve. La responsable de su organización ha querido quitarle al acto algo de su inaccesibilidad aristocrática y ha declarado a los masa media congregados en torno a ella que esto del baile de la Ópera era un evento “ no sólo para las estrellas de Hollywood, o para los políticos, o para el Bundespräsident (y señora) sino que también era un acontecimiento lúdico al que podían acudir las personas normales del vulgo raquídeo que quisieran vivir un momento especial en sus vidas” (vamos: que los activistas antiglobalización ya están haciendo cola en masa para comprar su entrada). En fin: lo que hay que oir.

Batallitas
28 de enero.- Querida Ainara: de chicos, tu padre y yo fuimos a un colegio semiprivado. La enseñanza era dura y completa, y las instalaciones tan lujosas como un campo de concentración. Tú verás: un semisótano con ventanas a una acera, a través de las cuales, como los presos de la caverna de Platón, sólo veíamos las sombras del mundo que pasaba.
Como veteranos de una guerra que se libra sin saber, tu padre y yo todavía contamos anécdotas de aquel lugar en el que se fabricó la primera versión de lo que somos hoy en día. La otra tarde, sin embargo, un niño austriaco hablaba de su colegio (no había podido ir a clase durante una semana porque había estado enfermo). En el curso de la conversación, su hermano dijo: “Claro, pero es que hasta la Frau Lehrerin ha estado enferma”. El oirle referirse a la maestra como la “señora profesora” despertó en mí un océano de memorias. Recordé que, cuando éramos pequeños, tu padre y yo siempre nos dirigíamos a los maestros como Don Zutanito o Don Citranito (Don Luis, ya fallecido, era el Don por excelencia) y, naturalmente les hablábamos (y algunos nos hablaban) de usted. Los más jóvenes, quizá se sentían algo incómodos al principio, pero luego la cosa se volvía normal. No significaba que, a los que nos caían bien, les quisiéramos menos (particularmente a la señorita Maria José y a la señorita Bene no podíamos quererlas más, porque usaban con nosotros un amor maternal) pero debajo de aquel tratamiento yacía la idea, que todo el mundo aceptaba por entonces y que es tan vieja en nuestra especie como el pulgar abatible, de que el alumno, criatura perfectible, era entregado al profesor para que le quitara el pelo de la dehesa.
En aquellos años, sin embargo, ya se notaba el cambio. Nuestros primos mayores, que iban a institutos públicos, se reían un poco de aquella sumisión nuestra y nos explicaban, con un tanto de superioridad, que ellos trataban a los profesores de tú por tú y por su nombre de pila; cosa que, a mí por lo menos, me sumía en alguna perplejidad. Al Don Luis que te mencionaba más arriba le hubiera liquidado un infarto instantáneamente si alguno de nosotros se hubiera dirigido a él como Luis, a secas.
En cualquier caso, me da la sensación de que aquella cosa del tuteo funcionó bien mientras quedaron en las aulas alumnos que habían conocido (aunque sólo fuera de pasada, como nosotros) las formas de la antigua urbanidad, una de cuyas reglas de oro (qué digo de oro, de platino iridiado) era el respeto sacrosanto a la figura del maestro. Después, me temo que aprender se hizo más difícil.
¿Cómo se puede si se rompe el reparto de papeles del que enseña y del que aprende? Si el que aprende no acepta que necesita aprender, porque sabe menos; y que, por tanto, se encuentra a un paso (o dos, o tres) por detrás del que enseña ¿Cómo se van a impartir conocimientos con eficacia? Si el educando no aprende a respetar a su educador (experiencia piloto de otros respetos venideros) ¿Cómo leches va a funcionar la sociedad? Y por ahí, suma y sigue.
En Austria, al parecer, el problema no es tan grave aún como en España, pero en tu país y en el mío, con unos índices brutales de fracaso escolar, según leo en internet en los blogs de maestros , pasan en las aulas cosas que te hacen preguntarte cómo serán los españoles del futuro y contestarte que seguramente querrás más a tu perro.
Todos deberíamos hacer algo ya, ¿No te parece?
Besos de tu tío.
P.
Claudia Bandon-Ortner, jueza y Ministra austriaca de Justicia
Aquí, nadie tiene una pregunta para usted, Herr Präsident

27 de Enero.- Ayer por la noche pudo quien quiso encontrar motivos para el gozo (o para tirarle un zapato a la tele).
El presidente del Gobierno español, Sr. D. Jose Luis Rodríguez Zapatero, acudió a las instalaciones de la cadena de televisión pública española (TVE) para contestar a las preguntas de cien ciudadanos elegidos dizque al azar. Una muestra que quería ser representativa y, por lo tanto, portadora del sentir del Pueblo. La voz de la calle, vaya.
Anque yo no sufro más que por delegación los errores del presidente, ni disfruto de sus aciertos más que porque mejoran la vida de quienes quiero (que aún viven mayoritariamente en España), me hice una sopa de sobre (no doy pa´más) y me senté delante del televisor.
Dejo para mis lectores la opinión que les suscitó lo que se coció en el debate. Yo sólo diré un par de cosas relacionadas con la temática de este blog.
Para ello quisiera recordar a quienes me leen ese momento de tensión embiental en el que el primer sacerdote más o menos normal que se ve en la tele en mucho tiempo (*) interrogó al Sr. Rodríguez sobre su opinión sobre el aborto (no se rompió la crisma el hombre, tampoco). Disimulando bajo varias toneladas de caridad cristiana que, como se suele decir “le tenía ganas”, el cura le preguntó a Zapatero lo único que él no podía contestar: su opinión personal.
Tanto se empecinó el clérigo que, el presentador de la cosa, tuvo que pararle los pies con la educación que su hermana gasta para pararle los pies a los fulanos que encierra en la casa de Guadalix de la Sierra todos los años.
Esto me recordó una escena no menos tensa que presencié yo hace semanas en el informativo nocturno de la ORF.
Como es tradicional tras los nombramientos, acudió la flamante Frau Justizministerin a darse a conocer a los ciudadanos y a hablar de las cosas mil y una que pensaba hacer para que la vida de los austriacos resultase de una comodidad nunca vista.
Al ser preguntada (educadísima, pero incisivamente) sobre un tema de esos que pueden salpicar a quien no los maneje con tiento, la Frau Justizministerin se negó hasta tres veces a dar una contestación (tres: parecía San Pedro) y, a la cuarta, como la situación corría el riesgo de volverse tan absurda como desagradable, le dijo al presentador:

-Mire usted: yo no estoy aquí como fulanita de tal, sino como la Frau Justizministerin de Austria. Y, como tal, yo no tengo más opinión pública que la insitucional.

Y el presentador, claro, tuvo que envainársela.
Por lo demás, ya digo que en Austria no se somete a los políticos a ningún experimento como el de ayer (tanto mejor, porque hubo ratos en los que nuestro premier corrió el riesgo de quedar como Cagancho en Almagro). Quizá porque un programa de esta clase arrastra casi siempre de forma inevitable un componente emocional que repugna un tanto a los austriacos. Aquí la política puede ser un circo (que lo es), pero en los platós reina mi Ingrid Turnher concediendo turnos de palabra en debates en los que se hacen preguntas en el mismo tono de arrebatada frialdad con que en Apostrophes se comentan libros.
En Austria, nada de curas, ni de chicas con síndrome de Down, ni amas de casa paradas ni funcionarios que le reprochan al Gobierno su tibieza con la Conferencia Episcopal. Aquí, nadie tiene una pregunta para usted, Herr Präsident.
(*) Curas y televisión, tema para un post que haré algún día

Porque Amelche también se merce una alegría la mujer :-)
Vicky, Cristina, Johny Juerga y los que remontan el Pisuerga (o el Llobregat)

26 de Enero.- (pero escrito el 25) Estoy offline. Sí, sí. Parece que no, porque me lees como siempre, en la pantalla de tu ordenador, en la intimidad de tu alcoba o en la libertad vigilada de tu oficina, pero no: mientras escribo esto, mi internet, la de mi casa, está escachifollada. No te puedo contar, casi en tiempo real, que acabo de salir de ver Vicky, Cristina, Barcelona, de Woody Allen (en uno de mis cines favoritos, el Apollo Kino, que antes de cine fue local de Music hall, y cuyo primer propietario se suicidó acosado por las deudas: otra crisis, otros tiempos).
Tardarás un poquito quizá en saber que me pareció un truño o mejor, que me pareció una aproximación muy superficial al tema que pretende tratar. Un bonito paquete sin nada dentro. Un conjunto resultón de fuegos artificiales (nunca he podido entender la fascinación de la gente por algo tan monótono y tan ruidoso como la pólvora).
Por supuesto, también me hizo preguntarme algunas cosas como, por ejemplo, qué c*ño hago yo en Austria si no tendría más que irme a España a hacer una tesis sobre identidad catalana (¡?) para que mi vida se convirtiera en un folleteo constante narrado en off por la voz del anuncio de Villarriba y Villabajo. También me pregunté por qué los actores (o los amantes de Woody Allen) llaman naturalidad a hablar como si te estuvieras recuperando de un infarto cerebral (o sea, entre balbuceos, haciendo como que piensas cada dos palabras, cosa que no hacemos las personas que conservamos intactas nuestras facultades). O, hablando de realismo, por qué la gente piensa que lo más normal que te puede pasar en esta vida es acercarte a una mesa de un restaurante, proponerle a dos tías buenísimas (una morena y una rubia, como Don Hilarión) un fin de semana sexual, que ellas acepten (con algún remilgo, pero es que si no, en vez de Woody aquello lo hubiera dirigido Tinto Brass) y llevártelas –porque tú eres asín- en tu jet privado. Barcelona-Oviedo. No me extraña que Penélope esté nominada al Oscar, si es que, dentro de lo que cabe, es el único personaje que tiene pies y cabeza (por cierto, coincido PLENAMENTE con Luisru: el mejor momento de la peli es cuando llama niñata a Scarlett Johanson). Vicky, Cristina y Johny Juerga también te hace preguntarte por la graduación de las gafas de Woody Allen o por lo que le enseñaron de España a él y a su señora (Soon Yi, a.k.a. su hija adoptiva).
A juzgar por las consecuencias uno tiene que pensar que las giras de Woody Allen y su banda de jazz por la piel de toro han sido una sesión interminable de copazos de Rioja y pimientos de piquillo (los personajes de esta peli son como los pobres de algunas pelis de mi Almodóvar, que comen con agua mineral Solán de Cabras). En fin, que salvo por Penélope (y eso porque yo la veo desde el cariño del paisano, aquello no había por donde cogerlo).
Sin embargo, también he de decir que estuve viendo la película con una persona que está descubriendo la relación que ciertas formas de amor tienen con la geometría y el billar (ya se sabe,las bandas y lados y ni contingo ni sin ti). La criatura está pasando, de resultas de esta etapa euclidiana, por una segunda adolescencia. Pues bien: a esta persona la peli le pareció el rien ne va plus de la finura psicológica y de la penetración sentimental (por favor, no se tome lo de la penetración con otro sentido que el metafórico).
En fin, querido lector: no sé cuánto tiempo tardarás en leer esto aún, pero si puedes, cómprate el DVD cuando esté de oferta a 4,95 en el Media Markt.

PS: A estas alturas, y gracias a la encomiable eficiencia de UPC Telekabel, puedo volver a publicar mis chorradinas. Loado sea el Señor.
PS2: Me estoy dando cuenta de que, sin queriendo, esto se está transformando en Penélopecruzdirecto. Mañana prometo cambiar de tema, que ya estoy pesao.

Penélope

24 de Enero.- En persona sólo la he visto una vez, muy fugazmente. Era una tarde de primavera, marzo o abril, y yo iba camino de la academia de inglés (con el tiempo justo, como siempre). Debía de ser el año noventa y tres o noventa y cuatro, porque recuerdo que aquel curso me dejé barba. Ella estaba en la parada de autobús que hay enfrente de la zapatería de Los Guerrilleros, al lado de los Cafés Pozo. Llevaba un abrigo verde manzana de corte recto, e iba demasiado maquillada. De hecho, antes de reconocerla, me llamó la atención que el tono de la sombra de ojos era una variación del del color del abrigo. Tenía la piel gastada de los que viven debajo de los focos y el pelo recogido de cualquier manera. Hablaba con una mujer normalísima, del todo gris, algo más baja que ella. Supongo que sería su madre. Al pasar, me fijé en que Penélope escuchaba a la señora con la expresión tenaz y concentrada (algo dolorosa) que debe de gastar en su vida diaria y que a mí me la hace tan simpática. En aquel instante, supe que Penélope tenía la virtud que yo aprecio sobre todas: es una muchacha que se esfuerza mucho por entender.
En aquel momento, era sólo una actriz jovencita, de las de muslo y pechuga. Una de tantas que el cine español alumbra con relativa regularidad. En casa, sin embargo, era simplemente “la hija del Camilo”. Cuentan las Crónicas de La Mancha y Cide Hamete Benengeli que el padre de Penélope había trabajado en la misma fábrica en la que curraba el mío, y que tenía una voz portentosa con la que se complacía en hacer imitaciones del Sesto más famoso.
El barrio de Penélope sigue siendo en casa ayuda de indicaciones para perdidos, de la forma “¿Dónde esta eso? En Las Viñas, por donde vivía la Penélope Cruz” y mi abuela superviviente, después de décadas, sigue pensando que el nombre de la pobre chica es sólo una broma grotesca de unos padres que quisieron sellar para siempre el destino de su hija llamándola “Pene López” (porno, pero a la vez racial).
Pero la tenacidad de esta chica y sus ansias de aprender están dibujando una carrera que, si Dios quiere, la llevará donde pocas han estado antes. Ya era una actriz hecha y derecha en “La niña de tus ojos”, peli en la que, de vez en cuando, se le escapaba el acento extremeño de sus ancestros; o en su brevísimo papel en “Carne Trémula” o en “Volver”, en donde Penélope, mi exvecina y paisana, estaba como quizá no vuelva a estar.
En persona sólo la he visto una vez, pero tengo la sensación de que Penélope es algo mío, como de mi familia, un trozo lejano y flotante de mi infancia.

Wir sind nominiert otra vez (esto está empezando a convertirse en una costumbre)
22 de Enero.- Queridos y queridas: vuelve a repetirse la situación del año pasado. Mi corazón vuelve a estar dividido, gracias a Dios en dos mitades reconciliables. Austria está nominada para los Oscar por Revanche, y España también (ole con ole y olá). Mi paisana Penélope Cruz, que el año pasado nos dio el Oscar por Die Fälscher, está nominada por Vicky, Cristina, Barcelona, como mejor actriz secundaria ¿Me llevaré dos alegrías en Marzo como el año pasado? Ya empiezo a comerme las uñas.
El político español Santiago Carrillo (derecha, con peluca) junto a su amigo Teodulfo Lagunero, quien, en compañía de su esposa, le condujo a Madrid.
Carrillo y yo

22 de Enero.- Santiago Carrillo, hoy un jovial nonagenario, vivió muchos años, como todo el mundo sabe, exiliado en París. A la muerte del general Franco protagonizó uno de los episodios más rocambolescos de la transición a la democracia cuando, disfrazado con pelucón y gafas, cruzó la frontera para establecerse en Madrid, al objeto de coordinar desde el interior las actividades del entonces clandestino PCE (Partido Comunista de España). Cuando contaba esto en la estupenda serie que TVE produjo para explicarnos este periodo de nuestra historia (La Transición, Victoria Prego), Santiago Carrillo explicaba su gozo por volver a su patria con una anécdota que, francamente, yo suscribo en días como hoy.
Como fondo de unas imágenes de archivo de aquel Madrid de mediados de los setenta, la voz de Carrillo explicaba que, en París, lo que más había echado de menos había sido “la calidad del sol”. La luz del astro rey en Madrid es diferente (naturalmente, la latitud es distinta) y, aparte de que el sol madrileño calienta más y digamos que tiene un resplandor digamos más decidido que el de Centroeuropa, resulta en conjunto un bien mucho menos escaso.
Cuando yo era pequeño y vivía en España siempre iba por la sombrita y el hecho de “tomar el sol” me parecía un placer propio de abuelos. En 2006, cuando un aborigen me propuso comer en su terraza a una temperatura de seis grados, al grito (y no exagero un pelo) de que “hacía un sol espléndido” pensé que estaba de coña. Pensaba también que eran unos flojos los aborígenes que, para consolarse, se gastaban una pasta en lámparas de luz de espectro completo (las mismas que se usan en los supermercados porque enseñan los colores naturales de la comida); y creía que estar melancólico por falta de sol era de gente con el ánimo más delicado que el pellejo de las brevas.
Pero es que, entre unas cosas y otras, llevamos más de un mes sin dos días seguidos de solete, y la verdad es que el cuerpo me pide a gritos que brille la luminaria que, según el Génesis, Yahvé colgó de la bóveda celeste para separar el día de la noche. Ayer, viendo un documental sobre Brasil (vistas aéreas de ríos verdes centelleando al sol tropical) sentí en el pecho una hondísima nostalgia del sol, de la suave brisa de la primavera, del verdor.
¿Estaré grave?
Foto: caballerotrueno.wordpress.com
Dudo, luego existo

21 de Enero.- Querida sobrina: cuando tu padre y yo empezábamosa afeitarnos, nos gustaba jugar a lo siguiente: uno de los dos proponía un tema equis y los dos lo discutíamos. Pasado un rato, otro cortaba la cosa y decía:

-Vale, vale, todo esto está muy bien. Pero eso son los argumentos que habrías tenido que dar para convencerme.

(Pedante y nauseabundo: lo sé).
Pero lleno de ventajas. Sin darnos cuenta aprendíamos los dos a ponernos en la piel del otro, y descubríamos que las verdades absolutas se restringen al corralito de la ciencia. Ante una opinión, siempre se puede encontrar otra igualmente plausible sin que la lógica sufra demasiado y no hay adversario tan errado de cuyo discurso no se pueda aprovechar algún retal. Como resultado, me temo mucho que tu padre y yo tenemos escachifollada para siempre la capacidad de desarrollar convicciones monolíticas (tan útiles, que hasta las personas de más seso caen en la tentación de tenerlas). Esta manera de ser resulta especialmente inútil en una sociedad como la española la cual, a nada que hay cuarto y mitad de controversia, goza en dividirse en bandos irreconciliables. Ya se sabe: se reunieron los íberos y tuvieron un ligero intercambio de impresiones. Somos el país del mundo, Ainara, que más gueras civiles ha sufrido en los últimos doscientos años.
Creo que no digo ningún disparate al afirmar que tu padre y yo consideramos la capacidad de dudar como una parte muy importante de la decencia (y aún más, de la buena educación). Quizá también por cierto pesimismo congénito que nos lleva a pensar, como ya te he dicho alguna vez, que este mundo es dificilmente mejorable y que el hombre, como especie, es brutal, torpe y fundamentalmente estúpido; somos el único animal que es capaz de una maldad consciente y, lo que es peor, que ni siquiera nos reporta beneficios. Con estos antecedentes, Ainara, ¿Cómo no dudar? ¿De dónde se saca la fuerza para no ser escéptico?
Posiblemente, las vidas de los que tienen convicciones como bloques (y, por lo tanto, muchas veces, espadas como labios) tienen mucho más colorido y más sabor. Indudablemente deben de ser ordenadas construcciones hechas de profecías autoconclusivas. Yo sólo puedo imaginar estas existencias desde fuera porque, siempre que la vida me ha puesto en el brete de elegir entre la fe ciega y la pretensión de cierta ecuanimidad, la elección ha estado clarísima.
La verdad, como decía aquella serie de televisión, está ahí fuera. Lo que pasa es que está muy escondida.
Besos de tu tío Paco.

Política y artisteo

20 de Enero.- A veces se me ocurre que, cualquiera que lea este blog puede pensar dos cosas: a) que me paso la vida planchando o b) que me estoy preparando para protagonizar un remake de „días de vino y rosas”. Pero no todo son alcoholes en la vida del escritor de blogs (es más: lo de menos son los alcoholes). Así que, para quitarme de encima esta imagen de escritor frivolo que me estoy forjando trataré hoy un tema sesudo.
Me pasa siempre que, cuando algo me sorprende de Austria, intento trasponerlo a España y, la verdad, la mayoría de las veces me lo paso chachi pensando, por ejemplo, en cómo sería la cosa si la gente fuera a la tele vestida con el traje típico de su región ¿No es verdad que ganarían los gritones concursos televisados si la gente, en vez de vestir chándales rojo tomate o amarillo pollo fueran ataviados de huertanos o de lagarteranos? (aquí he visto yo con estos ojitos ir a la tele a gente con pantaloncetes de cuero). Pues ayer, Señor, viendo yo fotos de ese concierto preinvestidura de Barack Obama, me imaginaba yo que sucedería si, al ganar un político español unas elecciones (ni digo qué político ni mucho menos me atrevo a vaticinar la fecha de los comicios) se organizara una party similar en un lugar céntrico de Madrid. Qué pasaría si Marta Sánchez (esa Beyoncé española) cantara “Suspiros de España” o, más neutra, entonara una versión R&B de “Soldados del Amor”, ese himno lujurioso-pacifista que sirvió para levantar la moral de nuestras tropas en el Golfo Pérsico.
Puedo imaginarme a ese realizador fundiendo la imagen de Marta (rostro arrasado en lágrimas cantando lo de “Soldados sin Batallá”) con el pedazo de banderón ondeante de la plaza de la Biblioteca Nacional.
¿Y el título del espectáculo? En Estados Unidos se ha llamado “América the Beautiful” (como esa canción por cierto que, a la mínima, cantaban los fornidos bomberos neoyorquinos cuando lo del 11-S) ¿Cómo podría llamarse en España? Sólo de pensarlo, una color se me va y otra se me viene.
Es muy de agradecer que, en Europa la vieja, el artisteo no vibre de emoción con la política más que en sus círculos privados. Lo agradecen, sobre todo, los otorrinos, como es natural. Sin embargo, sí que sucede a veces que los políticos vibran de emoción artísitica y se ven en el impulso irresistible de participarle al pueblo la altura de sus logros. A todos nos viene a la mente el caso de Silvio Berlusconi que, como un Totto Cotugno redivivo, guitarra bajo el sobaco, atorra desde hace años a sus sufridos connacionales. Ahora, que en Austria llevamos también lo nuestro pasao. Júzguese nuestro sufrir por el vídeo que dejó grabado Haider antes de morir de la forma que todos conocemos, y compárese con el de Hansi Hinterseer que encabeza estas líneas ¿No son conmovedoramente idénticos? A ver cuando los políticos españoles se nos animan, que está la vida nacional muy sosa.


Roland Kickinger haciendo gala de sus jechuras apolíneas (foto: forum.moscroatia.com)
Sayonara, Chuache

19 de Enero.- En su decidida voluntad de hacer de este mundo un lugar más lleno (si cabe) de gracia y de glaomur, la pequeña república austriaca no ha parado en los últimos cincuenta años de exportar talento y belleza allende sus fronteras. Con los nombres basta para dar una idea de la relevancia de este fenómeno: los hermanos Schell (Maria y Maximilian), Klaus Maria Brandauer, Romy Schneider y , por antonomasia, Arnold Schwarzenegger, el exconductor de tanques más famoso del mundo.
Como ya recordábamos cuando le propuse para Mister Austria, Schwarzenneger, a pesar de su picasiano apellido (impronunciable en buena parte de las lenguas civilizadas) y a pesar de un repertorio interpretativo más corto que el de ET, logró triunfar en ese edén del talento que es Hollywood, explotando su ventaja competitiva más visible: unos bíceps como mi cabeza y unos pectorales curtidos a golpe de press de banca y, por qué no, de sus sopitas de esteroides. Sin embargo (y como diría Antonio Gala, Ay) los años pasan incluso para los dioses de los platós. En los noventa, las carnes de Arnold no eran ya tan prietas como solían así que, para huir del famoso dicho que mi abuela repetía cada vez que le echaba el ojo encima a Ana Obregón (“a las putas y a los toreros a la vejez los espero”), Chuache dejó huérfanas las pantallas y dolientes a los fans de la carne de ternera engordada con clembuterol. Casó bien, mejoró su nivel de inglés, e inició una prometedora carrera política. De termineitor a goberneitor. Como dirían en Austria, zac zac.
En su país de origen, las opiniones sobre él son ambidiextras. Los hay que admian su férrea naturaleza, de indudable índole germánica, que le ha hecho abrirse camino en esta vida hasta alcanzar el olimpo de los diesel; los hay sin embargo que consideran ofensiva su propensión a estampar su firma al pie de sentencias de muerte. Esto ha hecho que se le retiren los honores en Graz, su ciudad natal, que ha decidido rebautizar su más grande recinto deportivo (Ay, otra vez).
Los magnates del cine (que son hoy en día contumaces ejecutivos japoneses con gafitas) han encontrado un recambio para Chuache en la persona de otro austriaco (Roland Kickinger) no menos dotado que su paisano como puede verse en las pruebas gráficas adjuntas a este post. Será él quien, si Dios quiere, nos disipará próximamente la nostalgia que sentimos por Terminator, se mito trash comparable a figuras de la talla de Hulk Hogan o Pancho, el morenete de Verano Azul.
Kickinger empezó con esto de la mancuerna a los quince años y, para pagarse la mensualidad del gimnasio (aquí en Viena, y lo digo por experiencia, un pico) desempeñó todo tipo de oficios hasta que decidió emigrar a América –USA- . Allí se ganó la vida en las playas californianas posando para los turistas a cambio de unas monedillas que empleaba en sufragarse su dósis diaria de proteínas y nandrolonas. Hasta que alguien se fijó en aquellos los sus brazos, que amenazaban la integridad de todas las camisetas; y en aquellos los sus hombros, que parecían pensados para enderezar obeliscos, y en aquel su aguerrido acento, que recordaba otras resonancias centroeuropeas, y decidió hacer de él una nueva y rutilante estrella en el firmamento del cinema.
Sic transit gloria mundi. Sayonara, Chuache.
Boris Godunov

18 de Enero.- Gracias a los buenos oficios de mi amigo A., que trabaja en ese coliseo, ayer tocó una noche en la Ópera. Boris Godunov, de Mussorgsky. Como es normal, no tengo imágenes de la representación (sólo se le escapó el flash a algún japonés emocionao) pero sí del edificio. No dudé en arriesgarme a que los empingorotados asistentes a la ópera pensasen que soy de pueblo con tal de que mis lectores puedan echar una miradita al interior del Liceo de la Ringstrasse. He aquí algunas afotografías:
Este de arriba es el bar que hay en la logia grande, que está conectada con la sala de Mahler. Sobrevivió al incendio de la Segunda Guerra Mundial en bastante buena forma y yo diría que es original.
El resto de los salones de la ópera, como este que se ve en la foto, son de los años cincuenta. Después de las catástrofes de la contienda, el edificio se reconstruyó en un austero estilo de posguerra, respetando solamente los colores tradicionales del barroco austriaco (blanco y dorado). Las lámparas no sé yo si será ya de Swarovski.

La sala en el entreacto. También es de la misma época y, hay que decir, que se nota. Las butacas son un pelín incómodas (quizá para evitar ronquidos intempestivos como reacción a los materiales musicales más densos) y en el foso de la orquesta la pintura está saltada, como en las ferias o en los circos.
La fantástica lámpara que ilumina la sala, testigo de tantos fracasos, de tantos éxitos; testigos de Paris Hilton y, este año, de Brigitte Nielsen.
El pueblo ruso (soberbio el coro) saludando después de la representación. A mí las partes que más me gustaron eran las del pueblo. Teatralmente eran las mejor dirigidas y musicalmente eran las que tenían más fuerza.
Como dicen en los culebrones, aquí el elenco protagónico al completo. El tercero por la izquierda, aunque no se vea muy bien, es el director de la orquesta.

Tras las tres horas y media de Rusia zarista, de nuevo la escalinata como puente entre el arte y el frío de la calle.

Un abanico rojo, como el que hace un modesto papel en nuestra historia
En bolas entre pirañas (y 2)

17 de Enero.- La segunda hermana era muy diferente. Era una pobre mujer que disponía del mínimo imprescindible de inteligencia para funcionar por este mundo. Adolecía de una enorme dificultad para asimilar informaciones sencillas. Como ejemplo de esto, diré que durante los más de dos meses que trabajé con ella fue incapaz de aprender a colocar los cubiertos y la servilleta de la manera en que nos habían enseñado el primer día de empezar a servir las mesas. En cambio, no estaba entorpecida por ningún tipo de límite ético. Quizá para compensar.
Para ella (y así lo decía a poco que hubiera hablado contigo más de media hora) había estado claro desde siempre que, lo que Dios le había puesto debajo de la falda era un salvoconducto para una vida mejor. En la república caribeña había trabajado en un resort para extranjeros y había envidiado con todas sus fuerzas el lujo en el que, a su parecer, vivían las europeas y las gringas. Allí había conocido al austriaco, mucho mayor que ella, con el que se había casado y tenido dos niños. En el momento en el que yo la conocí, había puesto los ojos en el jefe nuestro e, idos los clientes, vacío el salón, mudas las mesas, nos explicaba las cosas que haría para seducirlo.
El jefe era un chaval recién casado, con dos críos pequeños y, por supuesto, no tenía ni idea de que estaba en el punto de mira de aquella mujer. Su inocencia le salvaba. Pero las conversaciones que se organizaban mientras la fregona iba y venía por el mármol eran aquelarres en el que los motivos más sórdidos salían a la luz.
Parcitipaba en ellos con singular brío una hondureña a la que, los demás, tapábamos en los muchos días que se presentaba a trabajar con olor a flores maceradas y con el maquillaje hecho un mapa. Cuando estaba sobria (lo que en los últimos tiempos no era demasiado frecuente) la hondureña era una trabajadora notable y daba gusto currar con ella limpiando las mesas, porque era rápida, organizada y eficiente; unas cualidades inapreciables cuando, como era nuestro caso, tienes que atender a doscientas personas entre tres (uno de los cuales, además, tenía que reponer un buffet que tendría seis o siete metros de largo). Además, y sobre todo teniendo en cuenta el percal que teníamos allí, tenía una ventaja sobre todos nosotros: al haber llegado a Austria de bien pequeña, hablaba alemán prácticamente sin acento. No le servía de mucho con el jefe (que, sospecho, chapurreaba sólo cuatro rudimentos) ni con la Hausdame (de la que hablaré más adelante); hablaba alemán la hondureña, ya digo, pero sólo lo utilizaba cuando tenía que hablar con algún cliente, siempre haciendo mohínes y melindres, o con la srilankesa, para que los demás no pudiéramos entenderlas.
La Hausdame (o ama de llaves del hotel) era también sudamericana. Si no recuerdo mal, puertorriqueña. Y la verdad es que era un gusto trabajar con ella: una mujer, como digo, educadísima, producto de una educación esmerada y pulcra de la que, sin embargo, no alardeaba nunca. Hablaba francés con un acento digno del barrio más alto de París, inglés y, por supuesto, un alemán en el que las eses eran más tropicales que las de Goethe, sospecho. Tenía cincuenta años que aparentaban ser diez menos y, cuando las del servicio de desayuno le contaban los chismes más escabrosos, ella sonreía y callaba prudentemente. A solas, la Hausdame (qué pena no recordar ahora su nombre) y yo, hablábamos a veces. Yo, escudándome en los silencios que, entonces, eran imprescindibles (y visto lo visto, una cuestión de supervivencia elemental), y ella entendiendo por mis medias palabras todo lo que yo quería decirle.
Cuando me fui del hotel me di un gusto. El sueño de aquella mujer era tener un abanico para los tórridos días del verano vienés. Así que, cuando supe que iba a dejar el trabajo, pedí que me mandaran de España un abanico bueno, de madera, con las varillas pintadas de escarlata, que era el color favorito de esta señora. Quise así agradecerle todo lo que, sin saberlo, había hecho por mí. Porque, en aquel entorno de “gente descomunal” como hubiera dicho Cervantes, aquella mujer representaba la normalidad, la inteligencia, un cierto sentido de la gracia y de la elegancia.
He contado todo esto no por el placer de la maledicencia, sino para que se vea que, empezar en un país, sin contactos, sin saber el idioma, es muy duro. Mi caso, por supuesto, ni es el único ni es el peor. Todos mis amigos empezaron por cosas parecidas y, en conjunto, yo puedo decir que he tenido suerte. Por otra parte, lavar platos y servir a los demás no es ningún motivo de vergüenza. Mis padres han trabajado con sus manos toda su vida, y su trabajo pagó la educación de mi hermano y la mía que es lo único que no nos podrán quitar nunca, cosa de la que los dos estamos muy orgullosos. Puedes estar haciendo un trabajo que esté por debajo de aquello a lo que podrías aspirar, pero sólo la gente preparada puede agarrar por los pelos a la ocasión cuando se presenta.
En bolas entre pirañas (1)


16 de Enero.- Cada vez que lo digo, mi primo N. me mira espantado pero, entre nosotros, hay veces que echo de menos aquellos primeros tiempos (finales de 2005, albores de 2006) que yo pasé en este país. Todo era duro, es verdad, pero también era todo nuevo, fascinante de puro incomprensible. Además, uno era especial en todas partes (bueno, lo sigue siendo, pero de otra manera) y salvo el inconveniente de la lengua, se puede decir que la vida era bastante emocionante.
Echo de menos a veces la sensación de triunfo que experimenté cuando, a punto ya de tirar la toalla, con un paro español tan clandestino como miserable y casi sin seguridad social, encontré mi primer trabajo austriaco. Fue de camarero en un hotel de la cadena española Hotusa. En él trabajé durante unos meses en compañía de una serie de personas (mujeres todas) a las que no he vuelto a ver. Una circunstancia que, como comprenderá el lector por lo que sigue, tampoco es que me mate de melancolía.
Recién llegado, de pardillo, mandaba en aquella cocina una austriaca gordísima de la cual descubrí demasiado tarde dos cosas: una que era vegetariana y dos, que era maníaco depresiva. O sea, que unos días era un cascabel y otros tenía que hacer ímprobos esfuerzos por no enterrarse en las entrañas un cuchillo de trinchar. Digno era de verse (aunque gracias a Dios los huéspedes no lo veían) como aquella mole de carne era acometida por arcadas cada vez que tenía que freir las salchichas industriales que servían de pitanza a los clientes del hotel.
En la tarea, la ayudaba (y luego la sustituyó por un corto espacio) una chica de Sri Lanka lista como una ardilla y más falsa que un duro sevillano. La Srilankesa demostró su verdadera naturaleza cuando el jefe, un bendito, le dio algo de poder (poco). Aquello despertó a la arpía que habitaba en aquel cuerpo pequeño y regordete. Curiosamente, esta chica, en cuanto tenía la oportunidad, me acorralaba contra una pila de platos sucios y, entrecerrando los porcinos ojillos, me preguntaba si estaba casado y/o tenía hijos. Invariablemente, al recibir una respuesta negativa, se alejaba rezongando a propósito de mi hombría (vamos, rezongaba más a propósito de mi falta de ella).
Un día, la cocinera se quejó al jefe de que las salchichas vulneraban sus principios éticos:


-O las compra usted de soja o me marcho. No estoy dispuesta a colaborar en la matanza indiscriminada de tantos cerdos.


El jefe, claro, tuvo la reacción esperable.
A los pocos días, llegaron dos hermanas dominicanas. Una, para sustituir a la cocinera. La otra, para ayudar con las mesas. La que cocinaba era una mujer entrañable que ponía a todo meter los discos de boleros de Luis Miguel y a caldo al resto de sus compañeras. Presumía de ser, como decía La Lupe, “sumirde pero limpia” y todos los días, según ella misma contaba, se lavaba bien lavada hasta el último recoveco y se echaba detrás de las orejas unas gotas de Yadorí, como ella decía (J´adore, de Dior).
En el tono de quien comenta una buena inversión, decía:


-Me sale caro, miho, pero yo no soy de esas que van oliendo a cochina por ahí.


Aparte de su firme creencia en la superioridad de las virtudes de la hembra dominicana sobre las de todas sus hermanas mundiales (austriacas incluidas), superioridad que se basaba en que según ella, no se había podido detectar en toda la República Dominicana un solo caso de lesbianismo, las opiniones de la amante del Yadorí eran equilibradas y, ella misma, estaba dotada de una rara bondad (rara por poco frecuente, quiero decir).
Para no hacerlo más largo, hoy lo dejo aquí, pero mañana seguiré hablando de la otra hermana dominicana y de la muchacha de Honduras cuyas aventuras también forman parte de la historia de mi paso por el sector hostelero.

Ave María (Cuándo serás mía)

15 de Enero.- Mírenle, queridos lectores, queridas lectrices. Miren a ese hombre que, en sus escasos ratos libres, se entretiene escribiendo sus chorradillas en un blog.
Son las once de la noche, hay una cuarta de nieve en las aceras, las temperaturas son polares y él, sin embargo, tan feliz.
¿Se habrá puesto ciego de licores espirituosos? ¿Le habrá tocado el Euromillón? ¡De ninguna manera! Viene de darle clase a sus alumnos, C. y S..
Para combatir la rasca, debajo del gorro siberiano lleva los auriculares del discman (él es antigüillo pa sus cosas). El aparato en cuestión reproduce, en estos momentos, ese jitazo en el que David Bisbal le preguntaba a su amada, entre pías exclamaciones, cuándo sería suya.
Ese hombre (Paco, no Bisbal, obviamente) llegado un momento mira a un lado, mira a otro, mira a su espalda , porque aún le queda algo de sentido del ridículo y, al comprobar que está solo, se echa unos bailes en medio de la gélida calle vienesa.
Lo mejor para el frío.
Dejo este botón de muestra de Paco bailando en la soledad de las calles para empezar a decir que, desde antiguo, sé que nunca me haré rico ¿Por falta de dotes? No por cierto que, aunque esté mal que yo lo diga, me echó al mundo mi madre bastante bien dotado. Será porque a mí el dinero, si lo tengo en cantidades razonables, me chupa totalmente un pie. Digo esto porque ayer me planteé muy seriamente dejar de cobrarle a mis alumnos el precio (de por sí muy apañao) que me pagan por las clases que les doy. Y es que me lo paso fenomenal enseñándoles español. Cada día más fenomenal. Espero con ansiedad el día de nuestra clase porque, queridos y queridas, nos reimos mogollón. Por no hablar de que me dan de cenar y de conversar.
Juzgue el lector paciente si yo debería cobrar por los siguientes deleites. 19 horas: llego a casa de C. y S. con un pedacico de chorizo en la cartera; 19:05: con una receta de Ferrán Adriá delante, nos ponemos a pelar patatas para prepararlas a la riojana (C. nos pone sendos martinis). 19:35: mientras las patatas se cuecen en lo que Adriá llama “ un fuego alegre” (¡? No puedo con esta poesía cocinera) C., S. y yo hablamos del subjuntivo y sus aplicaciones (entre sorbito y sorbito a un segundo martini). 20:00: nos embaulamos las exquisitas patatas; 21:30: terminamos nuestra clase de español –hoy algo más corta debido a la cocina- y practicamos conversación otro rato.
Si el mundo fuera justo, habría que cobrar sólo por lo que hacemos con trabajo y pesar y no por lo que nos alegra la existencia. Porque C. y S. no sólo me pagan con cariño y risas, sino que me revelan también aspectos de mi idioma en los que yo no había reparado. Lo cual no tiene precio. Cuando me despedí de los dos ayer no les quise coger el dinero que me daban, pero insistieron tanto que no tuve más remedio.
Así que nada, camino de casa yo me eché unas risas intentado traducir al alemán, para mi capote, el jitazo de Bisbal y, de paso, me regalé unos bailes solitarios.
Porque yo lo valgo.



Cosas que hacen que la vida valga la pena

14 de Enero.- Querida Ainara: el viernes pasado llamé a tu abuela, como hago todos los días, para echarnos unas risas a cuenta de la nieve que había caido en Madrid. Cuando me cogió el teléfono, estaba llorando. Me contó que C. (una de esas personas de mi infancia con derecho a artículo determinado) había muerto el día anterior de una manera tan rápida como inesperada. Después de jugar un partido de fútbol había sufrido un infarto y los servicios de emergencia no habían podido hacer nada por salvar su vida.
Me temblaron las piernas. En un segundo me pasaron por delante de los ojos todos los momentos que C. y yo habíamos compartido. En el primer vídeo del bloque, que fue de sus padres, vimos juntos por primera vez El Imperio Contraataca y Chitty Chitty Bang Bang. Con C. jugué atónito mis primeras partidas a los ortopédicos juegos de aquel Amstrad que a ti, si lo vieras, te parecería seguramente cosa del cretácico superior. Cuando empezamos a salir de la infancia también se separaron nuestros caminos y no se volvieron a encontrar hasta que, habiendo C. repetido el primer curso del bachillerato, nos pusieron en la misma clase. Él se sentaba al final, y yo en las primeras filas, de manera que tampoco nos tratábamos mucho. Le recuerdo eso sí como una persona cariñosa, siempre sonriente, dotada del peculiar sentido del humor absurdo que es peculiar en en su familia. Cuando yo empecé la Universidad, C. se fue alejando del centro de mi vida, para pasar a ser una figura del fondo del paisaje, conocida, familiar, tranquilizadora, pero cada vez más transparente.
Mientras hablaba con tu abuela trataba de hacer memoria de la última vez que C. y yo habíamos hablado y me dolió mucho no poder recordar más que borrosamente en qué había consistido nuestra conversación. Seguramente fueron cuatro palabras, la última vez que fui a España. Le conté por encima que vivo en Austria y nos despedimos, cariñosamente quiero pensar, como los dos hombres que somos. Nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos.
Desde el viernes, la vida de C. tan parecida a la mía, con tantos puntos de intersección con mi propia existencia, no se me va de la cabeza.
C. ha muerto con treinta y cuatro años. Me preguntaba, sobrina, qué pasaría si (Dios no lo quiera, toquemos madera) yo me muriese cualquier día de estos. Qué sería yo para ti. Apenas una colección de imágenes en las que la moda se habría detenido. Un par de películas de vídeo doméstico. Mis dichos, repetidos por tu padre que es mi hermano.
Quedarían estas cartas, me dije, pero las cartas ni besan ni abrazan, y dudo que ningún texto sea tan bueno como para sustituir a una persona. Me temo que mi recuerdo adquiriría para ti esa cualidad doméstica, entrañable, pero al mismo tiempo mitológica, que tiene para mí el de tu bisabuelo. Un hombre del que apenas quedan tres fotos (dos de ellas de la mili), los rastros de un carácter en unas anécdotas repetidas mil veces, y unas gafas de pasta a las que les falta una de las patillas.
Ainara, cariño, nunca sabemos cuándo haremos las cosas por última vez, por eso no hay que dejar nunca, pero nunca nunca, de decirle a las personas lo mucho que las queremos, lo enormemente que nos hacen falta. Nunca hay que dejar de dar lo mejor de nosotros porque ante el descomunal abismo de la muerte todo lo demás pierde su importancia.
Hasta el próximo miércoles, si Dios quiere.
Besos de tu tío.

(No es que me haya dado por los dibujos animados: es que la búsqueda "peligro nuclear" daba unas imágenes que ponían los pelos como escarpias)
Vuelta la Cursivamula al carro

(Martes y) 13 de Enero.- Queridas lectrices y queridos lectores: di que estábamos tan contentos porque los rusos nos habían vuelto a dar el gas cuando ahora van los eslovacos (presidentes de turno de la Unión, übrigens) y se ponen que, para no verse en otra como esta, van a volver a poner en marcha una central nuclear de cuando Lenin jugaba al Escalextric, al objeto de no depender de los gases de Gazprom. Ante esto, el ministro austriaco del temita energético ha tenido que saltar (no es para menos) y ha dicho que nein, que eso no se vale, porque en el contrato que Eslovaquia firmó para entrar en la Unión ponía expresamente que ese reactor, peligrosamente potencial y potencialmente peligroso, no se volvería a poner en marcha. De momento los eslovacos se han hecho los rusos (o sea, los que oyen llover). Veremos en qué para la protesta del ejecutivo vienés.
Esto de la energía nuclear es un tema que Austria, en su momento (primeros ochenta, si no recuerdo mal) y mediante referendum, dejó bien claro. Nucleares nein, danke.
Sin embargo, y generalmente con ocasión de un aniversario redondo del guateque de Chernobil, las revistas nos ponen el cuerpo malo recordándonos la cantidad de Chernobiles potenciales que nos rodean. Todos situados en esos países en que, si los tranvías son de hojalata, es mejor no imaginarse con qué materiales de chichiná hacían los reactores nucleares. Pavorosos gráficos en los que se explica que, de ocurrir una catástrofe, las radiaciones dejarían la torre Eiffel hecha una bengala fosforescente.
Ya tuvimos el año pasado un susto con una central eslovena que tuvo una fuga. Y sí: nos dijeron que no había pasado nada, que incidentes como aquel ocurren hasta en las mejores familias (de reactores) pero los de Milka, por si acaso, ya están mirando lo de la publicidad, por si en los Alpes salen terneritos con cinco patas (colega, da miedo hasta hacer coñas con el tema).

Non scholae sed vitae dicimus
12 de Enero.- Compro el Kurier con gusto y lo leo con algo menos de dificultad que el resto de los periódicos austriacos (el Österreich no cuenta, porque casi todo son fotos). Tomé costumbre de comprar el periódico el sábado por las ofertas de empleo y la verdad, no se me ha quitado. Otra ventaja es el coste: con revistilla y todo, el Kurier sale por 1,20 (que aprendan los periódicos españoles).
De vez en cuando, también, se encuentran unos articulillos muy interesantes. Por ejemplo, uno que me llamó la atención el otro día, y que se llama como este post.
En él se hacía una recopilación, graciosilla, curiosa, de dichos en latín que, antaño, eran el equipaje imprescindible de una cabeza que quisiera pasar por escolarizada y que hoy, me temo, en la era del sonitono y del politono son sólo reliquias polvorientas. A mí el latín me gustaba. Me parecía que ayudaba a aprender a pensar y su jubilación de los plantes de estudio bajo el pretexto de su baja utilidad en el mundo laboral, me pareció de una miopía lamentable. No sólo para la escuela aprendemos, también para la vida (eso significa el título de este post). Rememorando un poco aquellos tiempos en los que la gente salpicaba su parla de las sabrosas sentencias clásicas, he aquí una selección:
-De nihilo, nihil: de la nada, tampoco sale nada. Sabio dicho: para todo en esta vida hay que invertir una cierta cantidad de esfuerzo.
-Consuetudo est altera natura: la costumbre es una segunda naturaleza (o sea, que ya es hora de enseñarse).
-Tempus fugit! : o sea, que el tiempo vuela.
-Quod erat demonstrandum: de lo que se demuestra...
-Ab alio expectis, alteri quod feceris! Lo que hagas a otro, espéralo también de él.
-Mens sana in corpore sano: mente sana en cuerpo sano. Cuentan de un ministro de Franco que inauguró un colegio al agreste grito de “Mens sana in corpore insepulto” pero como no se ha podido averiguar quien fue el bestia, dudo mucho de la veracidad de la anécdota. Seguimos:
-A capite bona valetudo: la buena salud empieza en la cabeza (no comment).
-Cogito ergo sum (Pienso, luego existo). Según esta frase, el mundo estaría lleno de seres inexistentes.
-Age quod agis: lo que hagas, hazlo bien.
-Semper et ubique: siempre y en todas partes.
-Istud, quod tu summum putas, gradus est o sea, lo que tú tomas por una cumbre, no es más que un escalón.
Y con este llamamiento a la humildad nos despedimos hoy desde esta fría Viena, no sin antes recordar que Absque labore gravi non possunt magna parari o sea, que sin grandes trabajos no se pueden conseguir grandes cosas. Nada es fácil.
Pasatiempos para un domingo de invierno
11 de Enero.- El árbol de navidad ha ido a parar hoy al lugar que el organismo competente ha dispuesto en la esquina de mi calle, las bolas y los frágiles adornos de cristal duermen ya en sus cajas esperando el año que viene y en la calle, hace un frío de esos que el refrán dice que hace cuando el grajo vuela bajo. Así que hay que buscarse otros entretenimientos. Por ejemplo, el que encabeza en las líneas.
Una de las ventajas de haber sido un niño raro es que nada de lo que cuentes puede ya sorprender. Pues bien: cuando yo era chico me encantaba jugar a las restauraciones de cuadros. Mi hermano y yo teníamos un trozo de tabla grande (de esa madera que, la gente con paciencia, convierte en las cosas más inverosímiles haciendo formas con la segueta). En ella habíamos pintado lo que quería ser un cuadro antiguo, y nos dedicábamos a maltratarlo para luego volver a repintarlo.
Ya de mayor, me aficioné (o sea, "me enseñé") a restaurar fotografías antiguas con el Photoshop y con el Corel y, la verdad, me lo tomo como un entretenimiento bastante serio. Investigo los colores, evalúo los daños y procuro dejar la foto lo más cercana posible a lo que fue el original (nunca se puede del todo). La imagen que encabeza estas líneas es una comparativa entre la foto original, que mi padre ha llegado en la cartera durante muchos años y así está la pobre, y uno de los estadios intermedios, casi al final, en el que quedan por añadir los detalles "finos" que harán que, si hay suerte, el observador final no se dé cuenta de que he tenido que eliminar algunas cosas y sustituir otras porque no había forma de salvarlas de la foto original.
Con tonterías como esta, puedo pasarme las horas muertas y no me importa que afuera nieve o caigan chuzos de punta.
Mientras lo hago, escucho un CD de Max Raabe, por ejemplo, un cabaretista alemán muy simpático y con mucho sentido del humor del que, quizá, hable algún domingo de estos...

La fuente de Cibeles ayer
El peligro blanco

10 de Enero.- Ayer me estuve echando unas risas con los informativos de las cadenas españolas que veo vía satélite. Particularmente el de Telemadrid fue divertidísimo. Esas conexiones tipo “Armaggedon” en la que se veía a la presidenta regional, Esperanza Aguirre (sobrina, por cierto, del poeta Gil de Biedma) presidiendo un consejo de emergencia como si un grupo de marcianos cabreados hubieran decidido liquidar el planeta Tierra. O esas imágenes del ejército barriendo la nieve de las pistas del aeropuerto de Barajas. O esos locutores embufandados hasta las cejas diciendo, como quien anuncia que al mundo le quedan unas horas que, en algunos puntos, había hasta ¡20 centímetros de nieve! Qué emoción, coleguita, qué canguis. Esos planos de termómetros marcando las polares temperaturas de dos grados bajo cero y la combinación alfabética “ola de frío siberiano” repetida un número n de veces . Una de dos, o el cambio climático ha sido tan drástico en los últimos años que se nos había olvidado lo es que la nieve (que yo no digo que sea poca, pero comparada con la de centroeuropa es un chubasco) o bien la nevada ha pillado a todo el mundo en las ropas interiores más vergonzosas.
En fin: aquí en Austria, hace demasiado frío para que nieve ( en este momento, mientras escribo, hay cuatro grados bajo cero).En cualquier caso, esta nevada que ha caido en la zona centro de la Península Ibérica me ha dado la idea para un post sobre lo que podríamos llamar el folklore invernal.
En términos generales, podría decirse que la gran verdad es: “No hay frío severo, sólo gente mal abrigada”.
Y lo que vale para los seres humanos vale también para los coches. En Austria, llegando octubre, todos los dueños de automóviles cogen sus coches, los llevan al taller y les ponen los neumáticos de invierno. Más que nada porque si te das una piña, se demuestra que ha sido a causa de la nieve, y llevabas las ruedas de verano, el seguro dice que sorry que te sory y no te paga un euro de lo que te corresponde (y añaden: por irresponsable).
También en Austria, cuando nieva, florecen por toda la ciudad los letreros de “Cuidado! Dachlawine”. O sea: cuidado con la nieve que cae de los tejados. Porque si, desde treinta metros de altura te cae una mole de tres o cuatro kilos de nieve (sí, de esa nieve tan inocente, y tan blandita) te pueden hacer un cristo en la cabeza o, en casos severos, inclusive enviarte a jugar a las cartas con el Petrus (nombre familiar con el que los vieneses de toda la vida conocen a San Pedro).
Tampoco se echa sal por las calles cuando nieva, porque es corrosiva, sino ceniza (no me pregunten mis lectores de qué) y en muchas esquinas, particularmente del centro, hay durante todo el año unos depósitos de metal en los que se guardan (precisamente para estas ocasiones) unos cuantos kilos de gravilla que, al mezclarse con la nieve, también la derrite.
Las aceras tampoco son de mármol o de piedra pulida, como en Madrid (el servicio de urgencias recogió a mucha gente que se había roto algo por resbalones) sino que son de cemento. No son tan bonitas, pero en invierno son muchísimo más seguras.
Yo pongo este post con ánimo desinteresado, por si acaso alguien se quiere tomar nota para evitar otra “Operación Armaggedon”.

PS: Quiero dar la bienvenida a las últimas incorporaciones de la lista de seguidores que sigue creciendo para mi contento. Loles, desde Valencia; Javier Sáenz, un riojano que tiene un blog muy interesante (residente en Alemania) y sorprendente vecina, de quien sólo sé que tiene un gato muy bonito.
La reina Isabel II según Lucien Freud
Corazón de Oro

9 de Enero.- Los locales son como las personas: todos tienen su carácter. Hay restaurantes afectuosos, los hay aburridos, los hay planos y mediocres y los hay que tienen una superficie simple y un fondo complicado. También los hay que son como las pilinguis de las novelas negras: una reputación malísima de cara a sus vecinos bienpensantes, pero un corazón de oro que ya quisieran para sí muchas beatas de misa diaria.
El restaurante en el que cené anoche con unos amigos es uno de estos: dando a la calle, entre las tinieblas azules y heladas, una puertecita enrejada, un letrero alumbrado a duras penas por un legañoso neón. Dentro, dos zonas separadas: la digamos decente, con sus mesas, sus cómodos bancos esquineros de suave tapizado, y sus burbujeantes tertulias (las Stammtische son una institución en Viena); y la zona que podríamos llamar dudosa en la que la carne de alquiler espera el fogonazo de unos ojos o una de esas frases toscas que rompen el hielo entre desconocidos para dar excusa a una discreta desaparición. Dos realidades tan distintas conviviendo en un local respetablemente grande en buena armonía. Todo ligeramente decadente, muy miradito, todo muy limpio, todo, en resumen, muy vienés.
El restaurante en cuestión es la meca de todos los que peregrinamos en busca de la buena cocina tradicional vienesa y es que, quizá para reponer a sus participantes de los excesos que propicia el amor de pago, no hay en la ciudad (para mi gusto) lugar en donde hagan mejor Schnitzel ni, sobre todo, ese híbrido entre el lomo a la plancha y la tortilla a la francesa que es el Pariser.
Al servicio, eso sí, mejor no ir mucho o, si no queda más remedio, visitarlo con una actitud desprejuiciada. Mientras estás depositando tus líquidos supérfluos, es posible que a tu lado vibren dos pupilas y una voz baja y ronca te recomiende que dejes tu oficio y que te dediques a pasear por el lado salvaje de la vida por un puñado de euros. Normalmente, basta con hacer que uno no ha oido y seguir con lo que uno estaba haciendo(si es que no se te corta el chorrete del susto) para que el merodeador capte el mensaje y vuelva a disolverse en el esponjoso murmullo de la “zona de búsqueda”. El regusto a peligro que se te queda después de una situación así quizá sea también uno de los extraños encantos del local.
De vuelta a tu sitio (y por lo tanto a la luz), mientras de fondo se oye el constante martilleo de los tradicionales mazos de madera con los que las cocineras rompen las fibras de la carne para que esté más tierna, se vislumbra entre el humo de los cigarrillos el retrato al óleo de un barman difunto, enmarcado en color oro viejo y pintado con churretones vívidos de pintura en un estilo que recuerda (en peor) a las orgías pictórico-carnales de Lucien Freud. Cuando uno se vuelve a sentar a su mesa, delante del inocente zumo de manzana con soda, el trayecto que queda a su espalda parece algo escapado de un sueño. Como si las pupilas que le han buscado por el camino pertenecieran a espíritus presos en una realidad paralela, esperando el impreciso día de la liberación.
Foto: EFE
Titanic

8 de Enero.- El ser humano tiene una gran capacidad de acostumbrarse a todo. Convertir lo extraordinario en rutina parece ser una de nuestras habilidades más evidentes como especie.
En este momento pasa algo y, al minuto siguiente, ya nos estamos aburriendo. Así que aquí estamos, una semana después de que el frente polar tocase el país alpino, y ya el frío parece haberse hecho parte inseparable de nosotros. Inconscientemente, nos abrigamos más al salir de casa, no se nos olvida el gorro en el perchero, contamos con que, si no nos ponemos guantes, los dedos nos quemarán hasta dolernos.
Quizá sea esta la característica humana la raíz del dicho que asegura que no hay mal que dure un siglo (ningún mal dura cien años porque en el minuto tres ya estamos acostumbrados a la desgracia) y es un milagro que las religiones hayan aguzado su ingenio a lo largo de la historia para encontrar tormentos con los que asustarnos haciéndonos creer que, frente a ellos, la capacidad humana de hacerse a todo sería inoperante. El infierno, para serlo realmente, deberá de ser como el chorrito de aquella fuente de la que bebíamos de niños: siempre diferente pero siempre idéntico a sí mismo.
Lo que vale para el frío vale también para la crisis económica y para la cíclica guerra entre palestinos e israelíes. En Austria, ambas cosas tienen repercusión, y ambas, por efecto de la rutina, van perdiéndola al mismo tiempo. En la radio, compiten con la economía por la preeminencia en los titulares.
Por cierto: resulta muy curioso cómo en este país, una de cuyas señas culturales más sobresalientes es el respeto por el trabajo ajeno, la radio informa todos los días del inquietante goteo de las quiebras que van tocando a las empresas austriacas, paralizándolas primero, para luego reducirlas a esos montoncitos de ceniza financiera en que terminan convertidas las compañías muertas.
Todos los días, al escuchar:

-Hoy, la empresa Fulaniten GmbH ha anunciado que sus ciento cinco trabajadores han sido dados de alta en el servicio de desempleo.

Siente uno la misma sensación de dentera que cuando se está frente a un corcho lleno de mariposas resecas atravesadas con alfileres de cabeza vidriada.
Resulta llamativo el contraste, sin embargo, con las noticias que se han dado estos días sobre la llamada guerra del gas de la que hablábamos ayer. Se tenía la sensación de estar escuchando al presentador que iba anunciando los ragtimes que interpretaba la orquesta del Titanic. Un barco cuyos pasajeros, a buen seguro, no tardaron más de media hora en acostumbrarse a la sensación del agua gélida del Atlántico Norte empapándoles los bajos de los pantalones.

Canción de aniversario
de Jaime Gil de Biedma

Porque son ya cuatro años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad —no demasiado hermosa—
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
—mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común—, estoy seguro
que no puede hacer daño.