Mariano Rajoy junto a su mujer
Un sordomudo ve la tele

31 de Marzo.- Creo que ha quedado demostrado en este blog que soy un gran consumidor de televisión. A fuerza de estar sentado delante de esa caja que no es ni mucho menos tonta (si acaso los tontos somos nosotros, por ver según qué cosas) creo que he desarrollado lo que en alemán se llama gefühl y en español podría ser intuición. Tampoco tiene nada de extraordinario, dado que durante casi dos años he sido sordomudo (por lo menos en alemán) y me he tenido que acostumbrar a seguir el lenguaje no verbal de la gente para averiguar qué querían decir.
Todo este preámbulo para decir que ayer por la noche estuve siguiendo atentamente la charla que el presidente del Partido Popular español (conservador), Sr. D. Mariano Rajoy, mantuvo con un amplio grupo de ciudadanos en el marco del formato Tengo una Pregunta para Usted, del que ya hablé en otra ocasión. Y, mientras lo hacía, tuve la misma intuición que la primera vez que vi a David Bisbal (esa final de OT: otro gran momento televisivo): ayer, desde el punto de vista de la comunicación, España cambió de presidente de Gobierno.
Siempre es agradable observar a una figura emergente (Bisbal transmitía adrenalina pop de la mejor calidad, noches de verano y sexo desenvuelto; Rajoy transmitió ayer un agradable perfume a sensatez presidenciable).
Para llegar a esta conclusión jugué a una cosa que mis lectores pueden probar con cualquier personaje que les sulivelle, la cual es: vi partes del programa con la tele sin sonido.
Y es que hay que ser muy diestro para engañar con el cuerpo, y Rajoy hubiera podido intentarlo porque estaba asesorado (sin ninguna duda) pero la gente que le preguntaba no. Y se notaba que, en cuanto Rajoy “les tocaba” se relajaban. Incluso hubo un momento comprometido, en el que una interlocutora abiertamente hostil intentó acogotarle, que Rajoy deshizo manteniendo la postura corporal.
Pero es que hubo algo más: al terminar el programa, con música, los créditos sobreimpresionándose, el realizador pinchó una steady-cam (una cámara que un reportero lleva al hombro) y siguió los últimos momentos de Rajoy en el plató. Fue notabilisísima la respuesta del público que se acercó a saludar al político (quien pueda que revise la grabación). Incluso de gente que le había hecho preguntas muy comprometidas sobre asuntos de conciencia (aborto, células madre, etcétera.
Otra reflexión: Mariano Rajoy es un político que comunica mal porque no llega (o no le dejan). La gente ve de él lo que se llaman “totales” –extractos de declaraciones- en las noticias, o imágenes suyas comentadas por una voz en off. En otras palabras: siempre está rodeado de “ruido”. Y ese “ruido” se transforma indefectiblemente en silencio informativo. Sospecho, después de lo de anoche, que Rajoy se desenvuelve mucho mejor en el registro conversacional normal que en el tono mitinero y efectista que domina la última política española (la falta de ideas conlleva siempre el intento de producir titulares a toda costa y, como todo el mundo sabe, un titular no es una idea).
Antes de acabar quisiera aclarar que, pese a mi distancia ideológica hacia muchas posturas que defiende el Mariano Rajoy político, tengo que confesar que el Mariano Rajoy persona me cae bien. Porque me gusta toda la gente que, a pesar de no ser los mejores contando chistes, o a pesar de tener un defecto de pronunciación (ha sido salvaje cómo algunos periodistas se han cebado hoy por escrito en ese defecto) o a pesar de saber que el guapo de la clase les quitará la chica, no tiran la toalla y siguen currándoselo.
De esa gente, señoras y señores, es el futuro.
Heike Makatsch en una imagen promocional de "Hilde"
Defensor del Menor

30 de Marzo.- Mientras me recupero del cambio horario (que es un palo) recuerdo con nostalgia el fin de semana. Particularmente el sábado: ese día en el que el milagro de desterrar el abrigo hasta septiembre parecía realizable.
La noche moló: una reprise de Hilde, con Heike Makatsch. Fui al cine con mi primo N., que es gran admirador de fräulein Makatsch desde que la vio en Love Actually. Por él sé que la inteligente Heike fue novia de Daniel Craig. Después de conocerla más a fondo (tras la peli nos quedaron pocos centímetros cuadrados de Heike por inspeccionar, las cosas como son) mi primo y yo convinimos en que, cuando dejó escapar una chica como la Hakatsch, Mr. Craig debía de estar pasando por una fase de ligera enajenación mental.
Pero ya se sabe que los Bond nunca se han distinguido por más fidelidad que la que le deben al M16.
A la salida del cine, nos llegamos al Bermuda Dreieck (zona de marcha de Viena) y ahí constanté que me estoy haciendo viejo. Primero, porque toda la gente que veía me parecía jovencísima (lo era, qué leches) y segundo porque no podía evitar la impresión de que todas las chicas iban vestidas como profesionales del sexo de pago –“obreritas del amor” las llamaba Mayra en el guantutrí, qué tiempos aquellos de candor-.
Desde aquí te lo advierto, Ainara, y el que avisa ya sabes: como se te ocurra un día salir a la calle así vestida, si no te compra tu padre un burka, te lo compro yo.
El Mc Donald´s de Schwedenplatz es el punto de reunión de estos críos que, si por mí fuera, estarían todavía viendo los lunnis y acostándose a las diez (los días de fiesta) ¿Qué pintan unas chicas de quince años a la una de la noche vestidas con minifaldas/bufanda (no se distinguía qué era), medias de rejilla negra y zapatos blancos de tacón? Vamos a ver. Es que a uno le sale el Defensor del Menor que lleva dentro ¿Y ellos? (Porque luego habrá por ahí quien me acuse de machista). Pues ellos me iban de mafiosos. Alguno, incluso con esos trajecitos grises de pantalón de pitillo que gastaban los puertorriqueños en West Side Story.
No es que abogue yo, que quede claro, por una juventud como la de las pelis de Rocío Durcal (la pobre) pero creo que entre la catequesis y el festival de cine porno debe de existir, por fuerza, un punto medio.
Curiosamente, hoy se ha sabido que, según un estudio del ministerio competente, más del cincuenta por ciento de la chavalería que llena de jolgorio las aulas vienesas es hija de inmigrantes. Será por eso que la ORF ha decidido producir una serie que se llama “Tschuschen: power” para promover la integración de estos críos de fondo potencialmente problemático. A leer la noticia, me he sorprendido bastante, porque “Tschusch” es una palabra tabú. Un insulto todo lo fuerte que pueda ser “sudaca” en la Península (ibérica). La pena es que la pasan a las cinco de la tarde, pero tengo que confesar que, con lo poco que he leido sobre ella, me mata la curiosidad.
A las tres, que son las dos

29 de Marzo.- Hoy, como todos los años, será un día raro porque ha vuelto el horario de verano.
Anoche, al poner en hora el reloj mirando uno del Naschmarkt me acordé instantáneamente de mi abuela y supe que, al otro lado de Europa, al sur, mi madre, mi padre y mi hermano, al hacer el gesto de adelantar las manecillas una hora sonrieron también.
Mi abuela era muy diferente a las ancianas austriacas, que están pedaleando por esos mundos hasta que la novena década de vida las retira de los carriles bici. Nunca fue una mujer valiente y, a una edad en la que otros abuelos siguen poniéndose de choped del IMSERSO en Benidorm o Lopagán, mi abuela decidió que no saldría más a la calle.

-Tres nueras y varios nietos tengo para que me hagan los recados –dijo.

Y se sentó a esperar la muerte en su mesa camilla, los pies calentitos por un radiador debajo de la faldilla. Los cálculos, gracias a Dios, le fallaron porque, lo que ella esperaba que fuera una espera relativamente corta, se prolongó todavía casi veinte años.
En invierno, hacía las cuatro cosas de su casa (que incluían un puchero de café) y se sentaba con la radio a ver cómo la lluvia resbalaba por las hojas de las macetas del patio. Escuchaba siempre la COPE porque le parecía que era “la única que decía la verdad” (o sea, porque ponía verde al Gobierno que, como todo el mundo sabe, es el pasatiempo principal de los viejos). De todas formas y, por contradicciones que le permitía su extrema ancianidad, a mi abuela “le gustaba mucho” oir a Julio Anguita. Y es que, señores, para mi abuela lo cortés no quitaba lo cabal.
En verano, y como mi calle tená poco tráfico, se sacaba una silla de anea a la calle para espiar las idas y venidas de los chiquillos y “tomar la fresca”. La silla estaba pintada de color café con leche y tenías las patas serradas para que mi abuela, que era una mujer pequeñita, pudiera poner los pies en el suelo.
Si el calor apretaba (como suele suceder en Madrid) mandaba a mi hermano al comercio de la Pili a por un polo o un flash, siempre de limón, con el que se refrescaba las desnudas encías (mi abuela siempre se horrorizó de que alguien pudiera usar dentaduras postizas, porque no le quedaba clara la procedencia de los piños). Al principio, mi abuela era parte de un corrillo de vecinas y también había muchos chicos que jugaban al fútbol o al rescate. Pero conforme los veranos fueron pasando, las vecinas fueron dejando de sacar sus sillas al fresco y los imitadores de Hugo Sánchez volaron en busca de botellones más propicio.
La vida de mi abuela se fue despoblando, despacio despacio, y su voz, que había sido tan vibrante que podíamos oirla a manzanas de distancia, se fue apagando poco a poco debido a un edema pulmonar.
Lo que no cambió nunca fue que, cuando cambiaban la hora y llegaba la de comer, siempre preguntaba:
-¿Qué hora es?
-Las tres.
-Ya: las tres que son las dos.
Y sonreía satisfecha de haber descubierto la mentira del reloj.
La actriz austriaca Dagmar Koller durante un concierto en la Volksoper de Viena
Yo: el peor de todos

28 de Marzo.- Parece ser que el Doktor Zilk, después de todo, no espió a nadie y que se pagó el hotel céntrico de Praga con sus propios schillings. Sin embargo esta historia me ha demostrado que yo, como Sor Juana Inés de la Cruz, podría firmar estos posts con el “yo: el peor de todos” que encabeza estas líneas. Porque, queridas lectrices y queridos lectores que me honráis con vuestros clicks, el haber vivido tantos años en la reserva espiritual de la telebasura (España) me ha dejado los nervios resecos, la compasión revenida y el sarcasmo a flor de piel.
El otro día comentaba yo como cosa graciosa los operísticos extremos que ha alcanzado el dolor de la viuda de Zilk (frau Dagmar Koller); extremos que han incluido el dejarse fotografiar cual dolorosa al pie de un crucifijo o una desmelenada interviú en News (la avanzadilla aborigen del periodismo apestoso). En estas andaba yo, cuando mi alumno S., muchísimo mejor persona que yo, tuvo la bondad de recordarme que, a pesar de su jacarandoso aspecto, Dagmar Koller es una señora de setenta y tantos años que ha perdido a su marido aún no hace seis meses (de refilón me recordaba también que, en Austria, estos ataques Ad Hominem no son normales y que las personas aquí –aún- no son despedazadas impunemente por la industria de la comunicación como sucede en España).
Ayer tuve ocasión de volver a arrepentirme de mis pecados (la vía más segura, como todo el mundo sabe, para alcanzar la redención).
En el talkshow que anima las noches de los ciudadanos de Colonia, estaban sentados Frau Koller y Daniel Brühl, el chico de Goodbye Lenin, del que hablaré también más tarde.
La señora Koller iba vestida de negro riguroso y sólo llevaba al cuello una crucecita de oro y, en las orejas, dos diminutos pendientes. Estaba visiblemente golpeada por los últimos acontecimientos de su vida y, a duras penas, participaba en la conversación más que para contar anécdotas de su vida con su difunto esposo. Me dió mucha lástima. La viudez, cuando quieres a la persona con la que estás, debe de ser durísima (y más a esa edad).
Dagmar Koller para mí es Austria. La primera canción austriaca que escuché la cantaba ella y eso hace que me una a ella el mismo cariño que me unió, en su momento, a Lola Flores. Si Lola es España, Austria es sin duda Dagmar Koller.
El actor hispano-alemán Daniel Brühl

Como digo, en la tertulia estaba Daniel Brühl, una persona que, fuera de su papel en Goodbye Lenin, la verdad es que me cae regular. Sin embargo, ayer me enteré de dos cosas interesantes: a) es de Colonia (lo sé: un punto en contra: una persona que es capaz de soportar esos carnavales no merece confianza) y b) es de madre española y habla perfectamente español (mamá era de Barcelona).
Mi Dagmar Koller se declaró absoluamente begeistert por la belleza de Daniel Brühl (que le recordaba, dijo, a la de Alain Delon: Dagmar, hija, gradúate las gafas otra vez) y le ofreció interpretar a dúo “Parole, Parole”. La indocumentada presentadora declaró desconocer dicha canción:

-Volare, volare, ya me suena más –soltó la muy lerda.

Dagmar Koller no dijo ni mú pero recordó sin embargo sus estancias en Corfú en compañía de Zilk. Mientras ella y su santo bajaban a cenar hechos un pincel, Delon se presentaba en los restaurantes de trapillo y con las pantuflas del hotel.
La presentadora volvió a cag...Digo, a intervenir:

-¡Ay estos vieneses! –dijo con sarcasmo, como afeándole a la vieja dama su insistencia en permanecer fiel a ciertos ritos civiles.

Quizá la presentadora sí que debería terminar sus programas despidiéndose como “La Peor de Todas”.

Resplandores
27 de Marzo.- La primavera se ha resistido hasta hoy. Durante los últimos días ha caido una lluvia gélida, ha nevado, ha habido vientos huracanados y ha salido el sol (a veces, todo a la vez). Las weather mäddels de la ORF dicen que, para el finde, alcanzaremos unos utópicos veinte grados (los televidentes nos partimos el pecho, claro) aunque no perdemos la esperanza: si en este país algo funciona bien es el pronóstico del tiempo. Si una encarni de la ORF sale y dice:

-Meine Damen und Herren, mañana, a las cuatro, está previsto que llueva.

Ya puede estar luciendo un sol de justicia que, a las 15:59, puntualmente, el cielo se oscurecerá y caerá un churrasco tormentoso.
Por lo demás, no puedo resistir el impulso de hacer el pequeño recuento de las cosas que me llaman la atención. Por ejemplo: en Viena hay un museo dedicado a los niños (Zoom, se llama) cuyos responsables han tenido la genial idea (subversiva contra Disney que te cagas) de montar una muestra que se llama: “Ven y cuéntame algo sobre la muerte”. Subtítulo: una exposición apta para personas entre 6 y 99 años (los centenarios podrían encontrar una exposición así de mal gusto).
Ora imagen: esta mañana, al salir a trabajar, el perro de un vecino especialmente amable (el vecino es amable, no el perro) estaba atado a la barandilla del último tramo de escaleras. Era tembrano, no había señales del dueño. El perro, negro, feísimo, me ha mirado al pasar con los ojos húmedos, anhelantes. Precisamente por ser tan horroroso me ha dado mucha más lástima, como un niño abandonado. Al abrir la puerta de la calle, el animalito se ha querido venir conmigo. La correa larga, negra, le ha detenido con una precisión cruel. Tenía ya medio cuerpecillo espantoso sobre el cemento de la acera. Me ha impresionado tanto la evidencia de que todos, como el can, tenemos el radio de acción que nos deja la correa de nuestras circunstancias, que no he podido quitármelo de la cabeza en todo el día.
Otra: hay un funcionario de correos que viene todos los días a mi empresa a recoger los paquetes que se mandan a los clientes. Es un hombre alto, de mirada torva y andares patibularios. Indudablemente, está mal de la cabeza. Su desequilibrio se manifiesta en que, como dice mi padre, lo mismo carnerea que borreguea. Días tiene de amabilidad (todo lo amable que Jack Nicholson podía ser en “El resplandor”) y días tiene francamente agresivos, en los que se comunica con el mundo a base de gruñidos.
Pues bien: este hombre, que lleva años ejerciendo un trabajo embrutecedor, tiene instantes de una coquetería infantil (dentro del matiz monstruoso que le es peculiar para todas las cosas). Siempre se vuelve consciente de sí mismo cuando aparece mi compañera, que es una chica finita, blanca y de muy buen ver. Es asomar ella y la bestia se vuelve tímida, enrojece, se frota las manazas, es incapaz de levantar la vista del suelo.
Si los psicópatas pueden provocar ternura y compasión este hombre, definitivamente, puede.
Mama, Chicho me toca

26 de Marzo.- Di que la otra noche, después de ver “Der Knochenmann”, nos fuimos a un bar con Karaoke. No por nada, sino porque dicho bar era el que pillaba más cerca del cine, y nosotros somos como Garci: una peli sin cervecita y sin comentario posterior es como un árbol sin blumen. Aunque sea a horas inhóspitas, como aquel día.
Éramos tres: M., mi primo N., y este servidor de todos sus lectores. Mientras hacíamos sesudas observaciones sobre la materia prima del Gulasch, pudimos comprobar la veracidad de ese axioma que dice que donde hay un karaoke hay un friki. En nuestro caso, dos. Que se turnaban para destripar los éxitos de ayer, de hoy y de siempre del pop aborígen (y cuando digo pop digo también Herbert Gronemayer, que es al pop lo que las marchas fúnebres son a la música disco).
Pues bien: resulta que, entre interpretación e interpretación de nuestros frikis, el sufrido barman (uno de los tipos más feos, por cierto, que yo haya visto nunca) pinchó Honesty, de Billy Joel. Y yo, claro, me aclaré la garganta, me crují los nudillos e interpreté sin karaoke ni nada dicho jitazo de este divo (de ascendencia viení, por cierto).
El camarata, con lágrimas en los ojos, acudió a nuestra mesa y me pidió (¡Qué digo me pidió! Me imploró) que les arrebatase el micrófono a los frikis.
Yo, sintiéndolo mucho, le contesté como Raimunda/Penélope en Volver:

-No puedo, lo siento. Me es remotamente imposible.

Porque es que yo, a pesar de que, dado el frikinivel podría haber hecho un buen papel sin mucho esfuerzo, con esos chismes soy incapaz de cantar. No me apaño.
Esta mañana, en el tranvía, reflexionaba yo sin encambio en que canto mucho. Lo malo es que no controlo mi karaoke mental y lo mismo me da por la chanson, que por Serrat, que por Juanito Valderrama que por las mamachicho. Gracias a Dios que un pueblo soberano que, como el austriaco, escucha lo de Johanna du Geile Sau (Johanna, cerda cachonda) sin provocar revueltas populares, no hace distingos. Vamos: que lo de las mamachicho les parece un sedoso murmullo de querubines.
Si no, yo creo que peligraría mi integridad física, fíjate lo que te digo.
La flor de los secretos

25 de Marzo.- Querida sobrina: en las últimas fotos que me ha mandado tu abuela estás preciosa. Tanto, que he cambiado la que tenía de fondo de pantalla en el móvil, esa en la que estás sentada en el césped, vestida con el traje de flamenca que te compré en Valencia, una flor de tela en frágil equilibrio sobre los cuatro pelillos que tenías entonces. Estabas tan guapa que me tengo que contener para no ponerme a hacer metáforas cursis ( cuando tu tío se pone, a cursi no hay quien le gane).
Quiero hablarte hoy, Ainara, de algo que, necesariamente, tendrás que aprender a manejar a lo largo de tu vida y cuya administración no siempre es fácil. Por picantes, sabrosos y atractivos, los secretos son la materia de la que están hechos nuestros sueños. Nada fortalece más una amistad que un secreto compartido, y toda relación de pareja necesita que los amantes tengan espacios estancos en los que guarden aquellas cosas que al otro puedan hacerle daño. Unos espacios, por otra parte, con los que también hay que tener un tén con tén, porque si son demasiado grandes convierten a los enamorados en personas que conviven bajo el mismo techo sin tener gran cosa que decirse (aunque del amor y las parejas quizá mejor será que hablemos un poco más adelante).
Cuando descubras los secretos, Ainara, empezarás a dejar de ser una niña. Se secará la flor de tu inocencia porque habrás descubierto la ocultación, el fingimiento; tendrás una intención y dos caras: la radiante superficie de quien no tiene nada que ocultar y el interior, donde estarán aquellas informaciones cuya revelación consideres potencialmente peligrosa para ti o los otros.
Tus amigas, en las tumultuosas tardes de la adolescencia, construirán con la mano islas de silencio en las que te entregarán al oido confidencias sobre el as del balón que les alborote las hormonas. Quizá en tu ingenuidad te des cuenta de que alguno de estos secretos se te entregan con la secreta esperanza de que los reveles. Lo harás, y descubrirás entonces que la que hasta ayer era tu amiga del alma, se convierte de pronto en un ser frío y distante a quien tú tampoco podrás ya explicarle los encantos del chico que te guste. Todo secreto que se entrega, Ainara, implica también poner a prueba la confianza que nos merece el receptor.
Habrá secretos que guardes toda tu vida, y secretos que reveles sin querer, o secretos que alguien te saque a tu pesar (a esto en la familia lo llamamos “meter mentira para sacar verdad”).
Y habrá secretos que alguien te cuente y que, cuando se hagan públicos, por elegancia, no podrás darte el gustazo de admitir que los sabías (ocurre a veces que el primer depositario de la información te deja con las vergüenzas al aire al estropear esta educada ficción). Procura eso sí, Ainara, guardar sólo aquellos sigilos que te imponga proteger a los que quieres; y en cuanto a tus trapos sucios, intenta seguir el consejo que tu abuelo siempre nos dio a tu padre y a mí: “Si no quieres que nadie se entere, no lo hagas”.
Besos (nada secretos, eso sí) de tu tío.
El Herr Doktor Helmut Zilk (fallecido en 2008) y su mujer, nuestra admiradísima Dagmar Koller
¿Nombre clave Holec?

23 de Marzo.- En 1965, Helmut Zilk era un hombre de 38 años alto, corpulento, algo cargado de espaldas, algo hombriestrecho, culialto y piernifino siguiendo los cánones de la raza local; los pómulos prominentes y unos ojillos achinados que hablaban de esa mezcla de sangres que, desde que Atila abandonó las estepas, ha sido el pan nuestro de cada día de la fértil cuenca del Danubio.
En resumen: un tipo atractivo, que tenía éxito con las mujeres y que, profesionalmente, prometía. Un follarín centroeuropeo: el candidato perfecto a emular a 007.
Según la revista Profil fue en este momento cuando los servicios secretos checoslovacos se fijaron en Zilk (!) y contactaron con él proponiéndole que espiara para aquel gobierno que, como se decía entonces, “estaba en la órbita de Moscú”.
Los checoslovacos necesitaban informaciones a propósito de lo que se cocía en la política y la economía austriacas (cuyos cenáculos Zilk empezaba a frecuentar) y le pagaron al futuro alcalde de Viena lo que, al cambio de hoy, equivaldría a 30.000 Euros. Dice Profil que Zilk aceptó la tela sin mayores aspavientos y que, además, se dejó compensar en especie por sus informes. En vino y conservas.
Asimismo, y siempre según el semanario vienés, se dio varios garbeos por la Praga comunista y se alojó (pagaba el Partido) en un hotel céntrico. Allí, para comprobar que era un informador de fiar, fue espiado a su vez.
Estos informes a propósito de los movimientos de Zilk por la capital checoslovaca son, a mi juicio, la parte más entrañable de la historia. Porque, de ser verdad, revelan el factor humano: ese enorme complejo que siempre tuvieron los habitantes del mundo comunista frente a la mitificada riqueza de la vida capitalista. Por ejemplo, el presunto espía que le vigiló cuenta que Zilk se afeitó “con una maquinilla eléctrica” (teniendo en cuenta lo que había que esperar en las economías programadas para conseguir un coche, mejor no hacerse a la idea de lo que una maquinilla eléctrica suponía para aquel pobre obrero del micrófono oculto).
Parece ser que las labores de Zilk como agente de la TIA duraron hasta 1974. Sin embargo, el cuento no termina aquí: porque cuando Zilk, el día 24 de octubre pasado, emprendió el camino del Zentralfriedhoff, el expresidente checoslovaco (el entrañable Vaclav) en vez de dejar estar el tema, decidió removerlo y, al mejor estilo papal, disculparse por las atrocidades cometidas “cuando entonces” entre las que figuraba haber corrompido al ilustre difunto por un quítame allá estas latas de caviar del Caspio.
De todas maneras resulta extraño que ahora, a cuarenta años de aquellos hechos tan añejos, el semanario Profil haya aireado esta historia que, para lo único que sirve, es para echar porquería sobre uno de los políticos austriacos más sobresalientes de las últimas cinco décadas. Un hombre que demostró ser un tío bragado cuando Franz Fuchs le arrancó una mano con una carta bomba y que devolvió Viena (o lo intentó) al circuito de las ciudades internacionales (Por no hablar de que estuvo casado 30 años con Dagmar Koller, lo cual tampoco es moco de pavo).
Alguien hay por ahí que todavía no le ha perdonado que se afeitara con maquinilla eléctrica cuando todo el mundo se rasuraba aún con Filomatic.

Una chica llamada Hildegarda
23 de Marzo.- Ayer estuve viendo “Hilde”, la peli biográfica dedicada a la autora de mi canción alemana favorita. Hidegard Knef fue la primera y gran estrella alemana de la posguerra mundial y la primera señora en salir desnuda en una película comercial de ese país (el escándalo subsiguiente le costó un exilio durante el cual hizo las américas con bastante éxito).
Hildegard era alta, rubia, de ojos azules, tenía una voz ronca que volvía locos a los alemanes y, en lo personal, una curiosa habilidad para liarse con señores que pudieran aportarle algo a su carrera.
El primero, un jerarca nazi de la UFA que le consiguió un papel en una película que, por suerte, nunca vio la luz (con lo cual Kneff fue desde el principio un rostro nuevo e incontaminado de esvásticas). Tras la desaparición del nazi, nuestra inteligente Hildegard se casó con un soldado americano que se la llevo a Hollywood; cuando el soldado se dio cuenta de que para Kneff sólo contaba su desmedida ambición y decidió hacer las maletas, Hilde se casó con un inglés que, casualmente, hablaba alemán como los ángeles. El marido inglés la estabilizó un poco (duraron diez años juntos) y, con su apoyo, la Knef alcanzó el estrellato como cantante (faceta que ya había cultivado en Broadway bajo el padrinazgo de Cole Porter, nada menos). Por cierto que, refiriéndose a esto, alguien muy agudo llamó a la Knef “la mejor cantante sin voz del mundo”.
Hilde es una película solvente, espectacular cuando hace falta y, curiosamente, continuadora de una tendencia que ya se inició con “El Hundimiento”. O sea: la de presentar a los nazis como personas malas, sí, con la fea costumbre de gasear judíos, también, pero humanos al fin y al cabo (“Señor juez: no es que sean criminales, es que tuvieron una infancia sin afecto, y por eso no saben lo que hacen”; por ese palo, vaya). Y así, claro, uno no puede evitar sentir simpatía por el jerarca de la UFA o por la tribu de desharrapados que defienden Berlín calle a calle de las bárbaras tropas de allende la tundra. Es el signo de los tiempos: se acabaron las gabardinas de cuero negro, el paso de la oca y el arrastrado de erres: al fin y al cabo, los abuelos de los que pagan las entradas combatieron todos del lado de los grises; tampoco es cosa de mentarle a nadie la familia.
Viendo esta peli, me vino a la cabeza otra que tiene algunos puntos en común con ella: “Lola, la película”. Aquel film biográfico que se estrenó hace un par de años sobre Lola Flores –una persona que, de haber hablado suficiente alemán, hubiera hecho muy buenas migas con Hildegard Knef-. A mí, a pesar de sus carencias de producción, me pareció una peli dignísima y que le hacía bastante justicia a La Faraona ( a sus hijas, muy lógicamente, no les pareció lo mismo). En lo que las dospelis se parecen es en el sobresaliente trabajo de sus actrices protagonistas: no hay nada más complicadoque interpretar a alguien a quien todo el mundo ha visto andando (y cantando) por el desdichado planeta Tierra.
De cualquier forma...Me voy a arruinar: otro DVD que me compraré cuando salga.
Qué suerte: hay crisis

22 de Marzo.- El chiste que ha circulado estos días por aquí no tiene nada que ver con el Monstruo de Amstettern (por cierto, las únicas personas que se ríen del monstruo son mis alumnos, que son de Amstetten; el resto de los austriacos, si mencionas la palabra “sótano” se cierran a la defensiva). No: pues no ha sido eso: el chiste que ha circulado por aquí estos días ha sido que todos los locutores de radio y televisión, y esos esclavos invisibles que escriben para internet, se han empeñado en decir que ha llegado la primavera.
El otro día, estábamos mi jefe y yo frente a frente en la oficina, y el locutor de Radio Ö3 va y se pone:
-Hoy, día veinte, va y llega la primavera.
Miramos los dos a la vez (sincronizados, oyes) al cielo plomizo (había hecho intento de nevar poco antes) y, sincronizadamente también, nos descojonamos de risa.
En fin, que hoy han dicho las weather girls de la ORF que hará mejor día, que estará el tema más freundlich, lo cual querrá decir, probablemente, que alcanzaremos los diez grados.
Ole con ole y olá.
Dejo mis cuitas para contar que ayer, di que estaba yo en el gimnasio en medio de una de esas series de press de banca que están modelando mis ya de por sí pétreos pectorales, cuando me dije: “Paco, deberías escribir sobre la crisis pero desde otro punto de vista: nada pasa porque sí: la crisis seguro que deberá tener algo bueno: encuéntralo”.
Así que me puse a reflexionar y he aquí el producto de mis reflexiones:

1.- Primera reflexión, un tanto frívola: los nuevos ricos son unos horteras irredentos. Cundirá la austeridad, que es la madre de la elegancia (por no hablar de que se terminará ese chorro de dinero que había permitido a unos cuantos llevarse la tela en bolsas de basura).
2.- Los que ya éramos pobres antes, seguimos siéndolo. O sea, que estamos igual. El (magro) saldo de mi cuenta corriente en el Bank Austria no ha cambiado significativamente desde octubre pasado (o sea, que sigo siendo más pobre que las ratas).
3.- Al tener menos ingresos, la gente invertirá más en cosas que no cuesten dinero. Seremos como niños a los que los padres no les pueden comprar la play: Conversaremos con amigos, haremos deporte...Placeres baratos y gratificantes.
4.-.Volverán los sentimientos. Está claro que la pasta es enormemente desalmada. Cuando uno ve que su prójimo sufre, tiende a compadecerse de él. All we are saying is give the peace a chance.
5.- Esta es buena: mi abuela siempre dice que “La necesidad tiene un pincho” (cosa que también repite mi señora madre a menudo). Traducido al cristiano: la crisis estimulará la imaginación.
6.- Resurgirá el cine negro. Siempre pasa así en época de crisis. Cuando las cosas pintan chungas, resurge el cine negro y el de evasión pura y dura ¿Quién sabe si hay otro Spielberg aguardando a salir de su cascarón?
7.- Aprenderemos a apreciar lo que tenemos, porque se hará más difícil comprar sustitutos.
8.- Aprenderemos que no todo se puede comprar con dinero y que las cosas importantes de la vida están fuera del mercado (y lo demás, son zarandajas).
9.- La gente se hará más culta (y no hablo a humo de pajas: desde que ha estallado la crisis en España la gente viaja el doble al extranjero para aprender idiomas y han subido como la espuma las matriculaciones en las universidades).
10.- Quizá cunda el ejemplo del alcalde del pueblo de mi hermano que ha dicho: “Los 250.000 euros que cuestan las fiestas patronales son un dispendio: no podemos celebrar encierros de vaquillas habiendo familias que pasan necesidad. Destinaremos ese dinero a ayudar a quien lo necesite”.
Si a alguien se le ocurren más puntos, ya sabe: a los comentarios, que son muy bienvenidos.
La portada de mis DVDs
Sissi

21 de Marzo.- Ayer, gracias a mi tienda de segunda mano favorita, conseguí uno de mis sueños (qué fácil es hacerme feliz): encontré una edición curiosona de las tres pelis de Sissi mas, de propina, la serie de televisión que hizo Luchino Visconti para la RAI sobre la vida de Luis II de Baviera (primo de la emperatriz Elisabeth de Austria y también, pobre, bastante mal de la cabeza).
Anoche, como premio después de mi hora y pico corriendo en el gimnasio, me estuve viendo los extras de las películas de Sissi. Salía Karl Heinz Böhm explicando las anécdotas que recuerda del rodaje (pocas). Los recuerdos de Herr Böhm me llamaron la atención porque no son el tipo de vaguedades elogiosas que las viejas glorias siempre sacan a relucir en estas ocasiones. Diría yo que el intérprete del emperador Franz debe de ser una persona bastante complicada, alejadísima de la prístina imágen de enamorado que daba en las películas. Sus recuerdos sobre aquel lejanísimo pasado estaban teñidos de una enorme melancolía. De hecho, en el transcurso de la entrevista, abandona pronto su carrera de actor (la cual parece ver con bastante modestia) para centrarse en el momento en el que tuvo la iluminación de fundar “Menschen für Menschen” (Personas para las personas) la ONG con la que intenta contribuir a sacar a los ciudadanos de Kenia de la desfavorecida situación en la que viven.
También supe por estos documentales que Romy rechazó hacer una cuarta película sobre la emperatriz Elisabeth a pesar del fantástico sueldo que le ofrecieron (un millón de marcos de la época) y que abandonó las crinolinas para rodar una película con Horst Buchold que se llamó Mompti (1957). Los documentales también abundaban en la conflictiva vida sentimental de Romy Schneider y en las tragedias que la afligieron durante toda su vida. Incluso una compañera de instituto en Salzburgo, monja hoy día, explicaba que, ya de joven, la Schneider había sido una chica más bien melancólica, marcada por la separación de sus padres (y por el nazismo de su madre Magda que, debajo del aspecto de clueca afectuosa, debió de ser un bicho malo de mucho cuidado).
Pero mi sorpresa ha sido cuando he empezado a visionar Ludwig (llevo sólo la mitad). Schneider, convertida ya en una actriz de prestigio gracias a su carrera francesa, accedió a retomar para Visconti el papel de la emperatriz Elisabeth. Y qué diferencia. En primer lugar, la belleza de Romy Schneider estaba en todo su apogeo. Y en segundo lugar la actriz ya no es la muchacha de diecisiete años que interpretó a la emperatriz Elisabeth por primera vez, sino una mujer hecha y derecha, dueña de todos los recursos de su oficio, que mira, que hace pausas, que sabe imprimir al personaje una amargura que te hace pensar que muchas chicas jóvenes hubieran podido cortar flores para Franz Joseph en 1955 pero muy pocas hubieran podido mirar a cámara como lo hizo esta mujer 17 años más tarde.
En fin, un placer.




Sissi, 17 años después
Los famosos golfos apandadores (en inglés Beagle Boys)
Buenas noches, señor monstruo

20 de Marzo.- Qué alegría más grande: ya está el monstruo a buen recaudo.
Perdonarán mis lectores que esta semana les haya tenido menos al tanto de lo normal sobre la actualidad alpina, pero es que, como no he ido al gimnasio y, debido a otras ocupaciones, apenas he visto la tele, no me he podido informar como Dios manda. Paso, de todas maneras, a reparar mi error.
Como todo el mundo sabe, Joseph Fritzl recibió el día de su santo la noticia de que pasará el resto de sus días en una trena para psicópatas.¿Y dónde –se preguntarán mis lectores- está dicha trena? Pues hete aquí, coincidencias de la vida, que el talego en cuestión está nada más y nada menos que en mi barrio. Porque este blog, queridos y queridas, está siempre, aunque no quiera, en todo el cogollo del meollo del repollo.
Y es que, en Austria, las cárceles están en medio de las poblaciones. Y no sólo ésta donde será almacenado Fritzl, sino también, por ejemplo, la prisión de alta seguridad de Krems en la que, si no me equivoco, está el choricete del Bawag. Esta penitenciaría, equivalente al penal de Picassens o al de Alcalá-Meco, se encuentra frente al museo del cómic que también está en la bonita ciudad del Wachau. Y así, de camino a sus terapias ocupacionales, los internos no sólo pueden ver los dibujos de Deix que adornan el edificio, sino también unos carteles muy salados con los golfos apandadores (unas figuras de cómic que, en este contexto, a uno le parecen de un sentido del humor un poco dudoso).
La prisión en donde estará Joseph Fritzl es un edificio de principios del siglo pasado, frontero con otras dos casas de vecindad de los años setenta. Desde las ventanas de la cárcel se ven un par de callecitas grises y un parque algo canijo en el cual, cuando el tiempo lo permite, juegan los chavales al baloncesto.
Si no fuera por las rejas, y por cierta severidad arquitectónica, la verdad es que nadie diría que el edificio es una prisión. De hecho, yo tardé como seis meses en enterarme y pasaba por la puerta con cierta asiduidad (una de las paradas del autobús 13 cae cerca). En verano, con las ventanas abiertas, se escuchan las voces de los internos jugando a los naipes, o las músicas de las televisiones. Por cierto que también mi (ex)profesor de alemán dio clases de escritura en este penal y por él sé que la población que vive a la sombra de sus barrontes es mayoritariamente de delincuentes sexuales. Tengo que decir que cuando el Herr Tscheike hablaba de la cuestión, se arrugaba el hombre un tanto, y casi nos pedía que tuviéramos compasión de aquellos pobres que, a la desgraciada circunstancia de estar recluidos, añadían la de estar pirados. Amén.
Sean Penn caracterizado como Harvey Milk
(Hot) Milk

19 de Marzo.- Cuano mi hermano y yo éramos pequeños, al salir de ver una película, sentíamos la irresistible necesidad de “jugar a” la historia que acabábamos de ver. A Indiana Jones, a El Secreto de La Pirámide. A lo que Spielberg hubiera imaginado aquella temporada. Hacía mucho pues (décadas) que no sentía lo mismo, y no fue hasta el lunes después de ver Milk (en España “Mi nombre es Harvey Milk”) que volví a experimentar esa euforia, esa borrachera, ese deseo de heroicidad que me impulsó a llamar a alguno de mis amigos para darles la buena nueva.
Unos sentimientos que, aunque embriagadores, estaremos todos de acuerdo en que no son los mejores para juzgar una peli.
Por eso he esperado tres días (hasta que los deseos de abrazar a la gente por la calle se me han calmado un poco) para escribir sobre el biopic que cuenta la historia de Harvey Milk, líder de los gays californianos y, tras esto, profeta de los homosexuales del mundo entero.
Dejando aparte la apabullante interpretación de Sean Penn, ayudada por uno de los trabajos de diseño de producción y vestuario más sobresalientes que yo haya visto en muchos años (con la dificultad añadida de que los hechos que se narran están cercanos en el tiempo) el cañamazo sobre el que está construida la película es, obviamente, el Evangelio.
Tal como se trata su figura en la peli, Harvey Milk hubiera podido irse de cañas sin ningún problema con Jesucristo por las tascas de Nazareth; porque los dos son vidas –y muertes- paralelas.
Siguiendo esta regla, en la peli hay un Judas, un discípulo amado, una Maria de Magdala, una escena (fortísima, por el convencimiento con el que está contada) de “déjalo todo y sígueme, que conmigo serás un pescador de hombres” (aunque en esta peli, una frase así tendría un punto diferente que en el original, me temo). Incluso hay milagros, como ese poder de convocatoria que, en aquellos días del teléfono de Graham Bell, tenían el bueno de Harvey y sus apóstoles de la igualdad. Unos hombres capaces de convocar marchas multitudinarias en menos que canta un ave de corral.
Incluso, ya para redondear, hay un momento en el que parece que Milk ha muerto en soledad, pero se produce la santificación final (ahí yo, llevado por la catarsis colectiva, lloré a lágrima viva).
Y aquí viene mi pero principal a una peli tan bonita: es fácil enamorarse de un personaje desconocido y más con un film como este, que está llamado a fundar una nueva religión (por lo menos una congregación : la de los que nos compraremos el DVD para adorarlo) pero me preguntaba yo estos días qué pasaría si, dentro de diez años, alguien decidiera hacer una película hagiográfica sobre los venturosos días de la comunidad gay española durante el año I de Rodríguez Zapatero.
Como siempre, jugué a crear el hipotético reparto de este film que tendría su parroquia. Imagínese el lector: un duelo interpretativo entre Javi Bardem caracterizado de Pedro Zerolo y Maribel Verdú (nominada a varios Goya) luciendo el cardado de Ana Botella durante esa escena memorable de las peras y las manzanas.
En otras palabras: algunas cosas, para hacerlas sin caer en el ridi, o se hacen en América, o no se hacen.
Familia

18 de Marzo.- Querida sobrina: tu abuela es mi cordón umbilical con la vida que dejé atrás. Cada día, pasamos revista a ese mundo antiguo mío, que se desmigaja lentamente al mismo tiempo que mis amigos se casan o que las viejas vecinas pasan a disfrutar de una vida mejor. Las historias que me cuenta sobre gente conocida nuestra, y la inmersión en la realidad social austriaca, han hecho que me plantee cosas que yo daba por supuestas y que me parecían tan naturales como el ciclo de las estaciones.
Una de ellas es el papel que los padres desempeñan en la vida de los hijos españoles. O mejor: como la pervivencia de las antiguas relaciones familiares hace que España, a pesar de la que está cayendo, siga funcionando todos los días. Gracias a que los padres españoles son como son y trabajan de gratis, nuestros compatriotas no han asaltado las oficinas bancarias armados con horcas y teas ardientes dispuestos a poner fuego “do más pecado hay”.
Verás, sobrina: aunque es difícil generalizar, es bastante frecuente que cuando los hijos españoles empiezan a hacerse adultos (más o menos a la altura de sus primeras experiencias con el alcohol de garrafón) a los padres españoles les entra el miedo de perderlos. Suelen relajarse entonces las formas de la convivencia. Los padres españoles parecen pensar: “Déjalos que disfruten ahora, pobrecitos: ya les tocará pasarlo mal en el futuro”. Los hijos se convierten así en los príncipes de la casa (particularmente si son chicos) y se crea una dinámica según la cual los padres están obligados a darlo todo y los hijos a chupar del bote todo lo que se pueda, a cuenta de un hipotético sufrimiento futuro al que los príncipes, como todo el mundo sabe, no tienen derecho.
Todos conocemos la continuación de la historia. A los príncipes se les queda pequeña la ropa pero no pueden independizarse por los sueldos míseros y los precios altos. Malviven como reyes en habitaciones pensadas para estudiantes adolescentes. Comen hasta los treinta y tantos las croquetas caseras de mamá (yo he sido así también de alguna forma, esto no es una hipócrita soflama contra el pecado ajeno). Luego, el chico encuentra chica; la chica encuentra marido/compañero o amante bandido; y, en la mayoría de los casos (y aquí viene lo perverso) la situación se prolonga aunque los actores vivan ya en domicilios diferentes. Los padres se hacen cargo de obligaciones que solo corresponden a los hijos y acometen tareas ingratas por las que, en otra situación, cobrarían.
Tu abuela me cuenta situaciones que me indignan, no por la permisividad de los padres (que es que hay padres que son del género tonto) sino por el morro y la desvergüenza que los hijos le echan a la cosa. En España, muchas veces confundimos la solidaridad familiar con el parasitismo y nos sobra cuajo para hacerle y decirle a nuestros padres cosas que ni le haríamos ni le diríamos a nuestros amigos ni hartos de anís del mono.
Aunque quizá, sobrina, lo que más me duela de estas historias para no dormir es que yo aprecio más lo que me es más escaso: a ti, a tus padres, a los míos, sólo los tengo a la distancia fría de la webcam o del teléfono. Lo que daría yo, puedes imaginártelo, por poder renegar de que tengo a mis padres todo el santo día en casa.
En fin...Besos de tu tío.
La emperatriz Zita y el papa Juan Pablo II (foto: Die Presse)
Hace dos décadas

17 de Marzo.- El 14 de Marzo de 1989 falleció Zita de Borbón y Parma, la última emperatriz de Austria. Y digo bien porque, a pesar de que Austria ya era una república desde el final de la primera guerra mundial, Zita nunca abdicó. A la muerte en 1916 del emperador Franz Joseph, y debido al desgraciado atentado de Sarajevo en el que murió el anterior heredero Franz Ferdinand, Zita y su marido Karl von Habsburg fueron instantáneamente propulsados al trono de un imperio que hacía agua por todos los sitios. Exactamente igual que el mundo en el que Zita había nacido y crecido.
Después de la primera gran guerra, Zita, su esposo y su prole, emprendieron el camino del exilio hacia Suiza (cuenta la leyenda que en ese momento de especial estrechez, la imperial pareja empeñó/malbarató las estrellas de diamantes que la emperatriz Isabel luce en el famoso retrato de Winterhalter). Desde el exilio suizo, el exkáiser, que algunas corrientes algo fundamentalist...Digoooo, tradicionalistas, quieren canonizar, intentó varias veces recuperar el poder perdido (sin éxito, claro).
En 1921, la imperial pareja y sus churumbeles decidieron buscar otros derroteros para su vida, y se exiliaron a la única isla que flota de manera natural (porque es de Madeira, lo siento: el chiste es malo, pero no me he podido resistir) en donde el pobre Karl murió en 1922, en la flor de la vida, de una inoportuna infección pulmonar, dejando a la pobre(Zita) delante de una larga viudez que duró más que la del turrón.
Desde entonces, la emperatriz vistió de negro y se dedicó a promover la causa de beatificación de su marido, para lo cual recorrió Europa de punta a cabo, creando una congregación al efecto en 1949. Sin embargo, la amantísima esposa no viviría para ver realizado su sueño. Hasta 2004 no llegó el milagro necesario para que la causa de beatificación pudiera llevarse a cabo. Lo proporcionó una monja polaca que acreditó haber sido curada de forma sobrenatural por la intercesión del emperador muerto.
Zita tenía prohibido, como es lógico, intentar volver al trono austriaco. Sólo gracias a la mediación del rey Juan Carlos le permitió el gobierno alpino volver a su tierra de visita. A pesar de todo esto, y merced a lo buena persona que Zita fue durante su vida (una viudez casta, ocho hijos sacados adelante con esfuerzo), cuando la emperatriz falleció muchos austriacos lo sintieron profundamente y acudieron en masa a acompañar al cortejo fúnebre hasta la cripta de los capuchinos. Un cortejo que, por cierto, fue retransmitido por la ORF.
Con la muerte de la emperatriz, se extinguían mil años de imperio. Se terminaba una época.
-Buenas, ¿Es el enemigo? Soy Rudolf Mayer, el abogado de Joseph Fritzl.
Ricos y fermosos (y otros que no tanto)

16 de Marzo.- Hoy, Joseph Fritzl, el llamado Monstruo de Amstetten, ha empezado a declarar ante la justicia. El proceso, para no aumentar el sufrimiento de sus víctimas (la mayoría, como se sabe, menores de edad) se va a celebrar a puerta cerrada a cal y canto. Las declaraciones de la hija de Fritzl y de sus hijos han sido grabadas y se proyectarán ante el tribunal y los miembros del jurado. Fritzl se enfrenta a varios cargos de malos tratos, negación de auxilio, homicidio (si se demuestra que mató al bebé de su hija y luego se deshizo del cadáver) y, casi como un exotismo legal, a una acusación de esclavitud. Un delito que, en la Austria moderna, se asocia con las atrocidades que cometieron los nazis durante su funesto reinado de terror.
Pero el poder legislativo austriaco ha estado de moda en Europa últimamente por otra razón. Y no ha sido precisamente la sentida plegaria entonada por los empresarios españoles para que el gobierno adopte las normas de despido que rigen aquí. La razón de que hayamos estado en los papeles ha sido porque, desde la semana pasada, Austria ha dejado de ser un paraiso fiscal. O por lo menos, un poquito menos. El gobierno austriaco ha regulado las normas que rigen para el secreto sobre las cuentas corrientes abiertas por ciudadanos extranjeros en bancos austriacos. Y así yo, que había elegido este país como residencia a fin de no declarar los bienes muebles e inmuebles que constituyen mi emporio (mis castillos en Escocia, mis pozos de petróleo, mi capital en oro y divisas que alcanza un importe obsceno) pues ahora corro el riesgo de terminar como Guillermito Puertas, el inventor del sistema operativo Ventanas o del procesador de textos Palabra, en el que escribo, y ser menos rico debido a la presión tributaria. No somos nadie.
Aunque viendo alguno de los destinos que se dan a los euros que tanto sudor de nuestra frente nos cuesta ganar, dan ganitas de hacerse un defraudador contumaz, aunque sólo fuera como acto de protesta.
Últimamente se ha filtrado a la prensa que nuestra amiga la ministra Schmied (vieja conocida de mis lectores por ser el azote de los maestros austriacos) se ha gastado casi 1500 euros en maquillaje y peluquería –aunque viendo los resultados quizá le hubiera ido mejor hacerse un viajecito rápido a Lourdes o a Fátima-. Su compañera de gabinete, aunque no de partido, la Justiz Ministerin, ha comentado al respecto que a ella lo del maquillaje y la peluquería le dura “cinco minutos cada mañana, y sin ayuda”.
Ejem. Al margen de puñales voladores y maldades de salón, hay que decir que Austria es un país que, de antiguo, ha tenido un romance apasionado con los ricos y famosos. En la lista de Forbes aparecen cuatro ciudadanos de este país, no digo más (con un cuarto de población que en España). Muchos extranjeros con el riñón bien cubierto también eligen Austria para pasar sus días. Y no es precisamente (o no sólo) por la calidad del agua o la conocida pureza y transparencia del aire alpino sino porque aquí, ser rico, sale bastante más barato que en otros sitios. Gentileza, en la actualidad, del señor Pröll, ministro de finanzas.

Ding,dong, the witch is burnt (*)
(*) Como todo el mundo sabe "dead" en el original; pero es que si no, no me pegaba el título
15 de Marzo.- Si hay algún lugar en Europa en el que los ritos precristianos estén vivos, ese lugar es Austria. Ayer, en una de las colinas que dominan el barrio más tradicional de Viena (ese en el que se cultiva la variedad de vino local) asistimos a la quema de la bruja: una alta pila de palets coronada or una muñeca de ojos rojos y un pino, que los bomberos de Viena (modernos intermediarios entre los vivos y el mundo de las llamas) incendiaron para disfrute de la muchedumbre congregada. Una multitud que, por cierto, quedó extasiada ante la hermosura de las llamas, lo mismo que debieron hacerlo nuestros primos trogloditas en la oscuridad de sus cuevas.
El fuego, más que cualquier otro objeto producido por el hombre, tiene una cualidad hipnótica y reconfortante. Nadie se cansa de mirar una buena fogata, alimentada con maderos o con crujientes ramas de tomillo seco, como aquella que encendió mi primo X. en la chimenea de su casa de campo valenciana el año pasado.
En Kahlemberg hacäia frío. La humedad de la tierra se te metía en los huesos como un sudor helado y te recordaba que, pese a la ritual quema del invierno, personificado en la bruja, todavía no ha llegado el cuarenta de mayo.
Para combatir la rasca, había una gran carpa en la que se vendía vinorrio caliente dopado con schnaps y salchichas a la plancha para mitigar los estragos producidos por un alcohol de procedencia tan poco aristocrática. A los dos vasos de mejunje ya veías la vida de manera más alegre (y sobre todo más cálida).
Cuando la torre de palets no era más que un montón de ascuas, se disolvió el grupo y sólo quedamos cinco. Decidimos bajar la colina hasta llegarnos a uno de los heuriger tradicionales que hay allí. Por el camino, el quinto miembro de la partida nos estuvo haciendo la ruta de las mansiones de esta zona que es la que los ricos y famosos que pueden permitírselo eligen para vivir. En el aire de la noche algo enturbiado por la humedad, las gigantescas arañas iluminadas, las ricas escalinatas cubiertas de alfombras suaves, las historiadas verjas de hierro acaracolado, brillaban rutilantes, un poco irreales, como si pertenecieran a gigantescas casas de muñecas.
Ya sentados, nuestro Cicerone, representante, por cierto, de una de las grandes damas de la cinematografía y la televisión centroeuropeas, nos estuvo explicando en el tono algo melancólico que le es peculiar, que estaba negociando con la cinemateca vienesa para que le dedicase una retrospectiva a su tía, una actriy austriaca que tuvo su momento de gloria en los sesenta.

-Pero tenemos un problema. Mi tía que, leider, falleció hace algún tiempo, nació el mismo día y en el mismo año que Romy Schneider. Habíamos pensado que una ocasión ideal para recordar sus películas sería con motivo de su setenta cumpleaños pero claro, con el aniversario de Romy, la retrospectiva de mi tía hubiera quedado deslucida y hemos decidido aplazarla.

Naturalmente, tuvimos que darle la razón.





Música y detectores de mentiras

14 de Marzo.- He encontrado por casa un viejo libro que se llama “Crónica de Austria”. Termina en el año 1977, hace 32 años. Me está sirviendo para aprender alemán y algo de historia del país en el que vivo. Me he propuesto escribir cada día una pequeña píldora y he empezado con una que, a partir de lunes, estará de actualidad. Empieza el proceso del llamado “Monstruo de Amstetten”. La ciudad de St. Polten, lugar en el que se celebrará el juicio, ya está completamente copada por medios procedentes de todo el mundo que van a intentar escudriñar detrás del riguroso secreo en el que se celebrará el proceso (secreto necesario para que las víctimas no sufran más de lo que ya lo han hecho).
Fritzl no volverá a salir nunca en libertad, entre otras cosas porque los peritos que le han entrevistado indican que cualquier terapia sería inútil en su caso; por otra parte; el albañil más industrioso de Amstetten está pensando en vender sus memorias como método para sacarse unos eurillos (aunque en la cárcel lo tenga todo pagado) mientras que la municipalidad, en un gesto que le honra, ha rechazado convertir la casa de los horrores en un museo (es muy comprensible que Amstetten no quiera convertirse en punto de reunión de sádicos del mundo entero).
En fin, como el sábado es día de limpieza, aquí dejo unos cuantos vídeos que me han ayudado hoy a hacer con más brío las labores de mi vivienda. A disfrutar.

Desgracias personales

13 de Marzo.- Visiblemente airada, la locutora del programa de investigación de la WDR comentaba anoche la cadena de dejadeces que había dejado el archivo de Colonia convertido en una montaña de escombros y cachitos de incunable:

-Ya lo han visto ustedes ¡Típico de Colonia! – se conoce que la mujer tenía de Colonia la misma opinión que yo- ni el alcalde, ni los empleados del metro, ni los empleados de seguridad ¡Nadie tiene la culpa! ¡Pero el agujero en el suelo tuvo que venir de algún sitio! ¿Verdad?

La pobre señora no ganaba para disgustos, porque el siguiente reportaje, que también anunció como si estuviera mala de los nervios, trataba sobre la veintena corta de asesinatos perpetrada por un adolescente majara en la localidad alemana de Wannenden. Que si lo anunció, que si no, que si qué hacían tantas armas en casa de un particular, que si adónde vamos a llegar...En fin: un cuadro de comedor.
Menos mal que antes de enfrentarnos a la santa ira de la presentadora nos relajamos con uno de los últimos trabajos de Ruth Drexel (por cierto unoa copia descarada de las pelis de Miss Marple que Margaret Rutherford protagonizó en los sesenta). Drexel murió hace días como consecuencia de un cáncer y era (ya lo dije en uno de los primeros posts de este blog) la abuela de Austria. Pelo blanco, limpio ojos azules, unas manos pensadas por Dios para hornear Kuchen.
La sorpresa es que Drexel fue durante su vida una revolucionaria de las tablas que lo mismo representaba clásicos que a Bertold Brecht, antes de que la tele la descubriera para convertirla en esa ancianita dulce que, sospecho, tenía que ver poco con la señora real. De sus declaraciones últimas se desprende que estaba la pobre hasta el dindrl de fanes y fanas, de achuchones y achuchonas, de autógrafos y autógrafas; vamos, que si hubiera tenido a mano la pistola del de Wennenden igual hubiéramos tenido que lamentar desgracias personales.
El que sí las ha tenido que lamentar ha sido el pobre Peter Alexander, rey del espectáculo alpino, voluntariamente retirado hace años. Su hija, una rubicunda pintora de cincuenta años, falleció la semana pasada en Tailandia. Alexander, un hombre que durante su vida profesional estuvo contumazmente consagrado a la alegría, parece perseguido por el mal fario. Hace tres años perdió a su esposa (su representante y cerebro comercial) y ahora a su hija. Y es que, querido lector, cantemos, bailemos o, como yo, nos dediquemos al comercio, no somos nadie.
Mala baba

12 de Marzo.- Soy usuario de los canales españoles vía satélite (públicos). Es un vicio de lo más inconfesable porque la mayoría de los programas, amén de estar groseramente politizados (spanish style) deberían estar condenados por el tribunal internacional de La Haya. Pero en fin, a falta de otras delicias, buenas son tortas.
Ayer, tras una dura jornada laboral, me tiré delante del televisor y quiso el mando plantarme delante de un programa que me indignó y por eso lo cuento. Se llamaba la cosa “Vidas inquietas” y era parte de una serie que se propone difundir entre los madrileños el prurito de emprender nuevas actividades económicas por el procedimiento de mostrarles lo interesante que es la vida de los empresarios españoles. En principio, en un país tan poco dado a la faena como es el mío, cualquier estímulo que mueva a la población a ponerse al tajo debería ser bienvenido, pero lo de ayer revolvía las tripas. Juzgue el lector.
Primer reportaje: señora operadísima y notoriamente pija desayuna con un señor anciano en un lujoso interior (aquello de “Honorato, moja las magdalenas en el café como si no nos estuvieran grabando”).La voz en off del locutor repasa la exitosa trayectoria de la clienta de Pitanguy. Fundadora de una boyante empresa de decoración, esto y lo otro. Siguiente cuadro: la misma, bajándose de un cuatro por cuatro y entrando en un almacén industrial. En el interior, la esperan otras dos señoras pijas (un peldaño por debajo de pijez, sin embargo) que la miran absolutamente acojonadas. También está un operario de la edad de mi padre (sesenta) al que la muy exitosa echa una rociada monumental en el tono que se usa para hablar con aquellas personas de cuya capacidad intelectual tenemos serias dudas. Cabizbajo, noblote, el hombre aguanta el tirón. La bruja evoluciona por el almacén dando órdenes a las otras dos atemorizadas señoras (ambas con la misma expresión de un conejito blanco que se estuviera enfrentando a las mandíbulas abiertas de una boa constrictor). Me froté los ojos ¿Era aquello un programa de denuncia? No por cierto, porque aquella señora, notoriamente malvada y fundamentalmente maleducada (esa grosería de los ricos) ponía a escurrir a sus empleados con una falta de miedo más que evidente.
Siguiente reportaje: Valencia. Un individuo, a todas luces también muy emprendedor, le echaba un broncote tremebundo a un pobre ochocientoseurista cabizbajo, por haber pegado un aviso en un sitio que no era de su gusto (del gusto del empresario, claro). De nada servían los intentos de los compañeros por defender al abroncado (bueno, sí: servían para que el jefe se enardeciese aún más). La cosa, sólo de escucharla, daba dolor de corazón.
Y mienras venían a mi mente recuerdos de otros tiempos (de otras “vidas inquietas” con las que la mía se ha cruzado) pensaba yo que la crisis, dentro de lo catastrófico, va a tener algo bueno: a pesar de que habrá muchos padres de familia que pierdan sus curros, es de esperar (y de desear) que un par de tiparracos como los del reportaje también caigan de nuevo al nivel de los mortales. Cada vez que veo noticias de embarcaciones deportivas en venta y de Audis a precio de ganga por no poder atender, tengo que reconocer que me invade una alegría malsana. El deseo de que un par de los que yo he tenido la desgracia de echarme a la cara estén en este momento (Dios lo haga) mordiendo el polvo y acosados por el cobrador del frac.

El factor suerte
11 de Marzo.- Querida sobrina: es una lástima pero conforme se hace viejo uno se vuelve más correoso. La adolescencia es propicia a los sentimientos románticos, la compasión te enternece, la desgracia ajena te parece siempre el resultado de una aviesa conjura de los astros. La mala suerte que todo lo tuerce y todo lo demás. Pero según las nocheviejas van pasando el velo se descorre y empiezas a sospechar que, salvo en las cuatro cosas que no están en nuestras manos (la vida, la muerte, la enfermedad, que no son moco de pavo) salvo en eso, digo, somos bastante responsables de lo bien o lo mal que nos salgan las cosas.
No es menos cierto sin embargo que este punto de vista es de todo menos popular. Entre otras cosas porque todos en algún momento de nuestra vida pasamos por estrecheces y tampoco es cosa de, encima, fustigarnos con la idea de que, en la mayoría de los casos, hemos sido nosotros los que nos hemos metido solitos en el agujero.
Lo cierto, sobrina es que si la suerte juega un determinado papel, al ponernos delante de esas ocasiones que están esperando perder los pelos, tmbién es verdad que la felicidad, como decía aquel, es para quien se la trabaja.
Para quien está siempre con los ojos abiertos, para quien no pierde la curiosidad, para el que no gasta más de lo que tiene, para el que es realista y desconfía del “Quiero que sea” y pone los pies sobre el resistente cemento del “es”. Para el que acepta que, como dice la canción “esto es lo que tengo/esto es lo que hay” y trata de, con los mimbres que la vida le da, hacer lo que mejor puede.
No todo el mundo tiene, por supuesto, la disciplina para conformarse con este lado mate de la existencia, el cartón que está detrás de la purpurina de todas las estrellas. A todos en algún momento (gracias a Dios) nos fallan los frenos, o calculamos mal nuestro margen de maniobra o, simplemente, hacemos tonterías dignas de un otro yo más bobo que nosotros. Sin embargo, huye de aquellas personas cuyo estado perpétuo es la cuita. Llámame lo que quieras, pero he aprendido a guardarme de ellas. Los quejicas, sobrina, son los seres más egoistas que existen. Tratarán de convencerte de que tus problemas, al lado de los suyos, no tienen ninguna importancia. Intentarán por todos los medios que abandones tus asuntos para atender a los suyos (de los que, por supuesto, ellos mismos no se ocupan y así les va). No escucharán los consejos que les des y, si en algún momento hablas de tu tranquilidad, lucharán porque termines pensando que es injusto que tú vivas tan a gusto mientras ellos se debaten en un infortunio que no hacen casi nada por enmendar.
A pesar de todo, cuando este proceso de endurecimiento te acometa, si ves a alguien cerca de ti que tenga necesidad, no dejes de ayudarle, sin prestar atención al rosario de idioteces que le ha llevado a la situación en que se encuentra. Allí en donde un ser humano llora, estás llorando tú también. No olvides que nadie está libre de hacer tonterías y que mañana, en el lugar del que te pide pan, podrías estar tú.
Un beso de tu tío.
La dueña de una Wirtshaus típica, posa para la página www.ziel2wien.at
Universo Wirtshaus

10 de Marzo.- Dije ayer que hoy hablaría de las “Wirtshaus” austriacas, esa institución que, es nombrarla, y se le ponen a uno los pelos de gallina. Son el equivalente transalpino de los bares de pueblo españoles. Quítese el calendario de Samantha Fox (o sea, fuera el ganado vacuno) , elimínese la foto del equipo de alevines de segunda regional (B) patrocinado por la casa; bórrense de un plumazo los azulejos, los perfiles de aluminio y ese gotelé que yo llamo “Cantores de Híspalis” por ser contemporáneo de los bardos del Guadalquivir, y ahí estará nuestro escenario preparado para convertirse en la Wirtshaus austriaca más fetén.
Antes de entrar en más detalles, diré que, aún en una hipotética Wirtshaus que hubiera abierto ayer por la tarde, la decoración tendería indefectiblemente a un universo Forlady ochentero y decididamente reganiano (aquellos de mis lectores que hayan sido fanes y fanas de Las Chicas de Oro sabrán a lo que me refiero). Así, en muchas Wirtshaus (Wirtshäuser se diría escrito con propiedad) figuran en lugar preeminente unas lámparas Tiffany –de plástico, naturalmente- que hubieran podido colgar sin complejos en la cocina/office/campo de batalla de Blanche, Rose, Dorothy y Sofía. También la paleta de colores tiende al marrón (del caoba al color scheisse, con perdón) menos las paredes, que siempre son blancas. Hay mesas rodeadas por bancos corridos, sillas oscuras con el respaldo taladrado en forma de corazón. Y en cada mesa un bucarito con florecitas naturales, y en cada ventanita dos cortinitas de color sufridito que acaban atacando los nerviecitos. Las Wirtshaus pretenden ser lo más hogareñas posible pero, de puro correctas, no se libran de cierta impresonalidad.
Pasando al capítulo de usos: cuando el camarero llega a tu mesa, suele preguntarte primero lo que quieres de beber. Es muy probable que lleve en la mano el menú encuadernado en una carpeta cuyas tapas son de ese plástico mate del que se hacen esas fundillas baratas para el bonometro o el pasaporte. Suelen ser (las fundas) verde picoleto o de ese color vino que inmediatamente remite a lo sintético.
A la vuelta, con la bebida, y si es que vas a comprobar la calidad de la cocina, el Kellner trae el cubierto muy reliado en una servilleta de papel. Si tiene derecho a Inkasso (esto es, si el dueño le deja cobrar) llevará al cinto una bolsa de cuero en la que irá metido un gran monedero. A la hora de pagar, preguntará si cobra todo junto o por separado (en Austria la modalidad “a escote” no se estila). Si junto, esperará displicente el cobro (¡Ay, esa ausencia de vida sexual de los camareros vieneses!) si separado, “getrennt” en la lengua del país, sacará su lapicerillo y una libreta canija, idealmente de la cerveza Stiegel, e irá sumando de cabeza a velocidad vertiginosa (aquí, ser camarero es lo ideal contra el Alzheimer).
De los empanados y de la infaltable ensalada con tiras de pavo a la plancha ya hablaremos en otra ocasión.
(¿Quizá para el próximo Brenner? Hoy me he enterado de que ya lo están preparando. Se llamará “Wie die Tiere”).
Joseph Hader como Brenner en una de las escenas de la película
Austria Picada

9 de Marzo.- Un día, rebuscando en Müllers, encontré un DVD barato (10 Euros) de la colección de cine austriaco del Standard. La portada llevaba la foto de un hombre arrastrando una cruz. La imagen, que prometía un film coñazo en la línea de Igmar Bergman (paseos cariacontecidos por el amor y la muerte) y el título, Silentium, despertaron el lado más gafapasta de mi ser. La perspectiva de aburrirme como un búfalo ante una supuesta obra maestra, me hizo sacar un billete y entregarselo a la cajera con la unción que se usa cuando se cumple un deber ingrato pero que nos hace mejores.
Llegué a mi casa, metí el disco, respiré hondo y esperé: a la media hora había recibido un curso intensivo de humor austriaco.
Silentium era (es) una película policiaca –lo que aquí se llama Krimi- protagonizada por Joseph Hader. Estupefacto, ingrávido de la emoción, acudí a la sabiduría de mis alumnos: ¿Quién era este hombre? ¿Había hecho más películas? ¿Basadas en libros? ¿Se podían comprar? Las respuestas llegaron en fila: Joseph Hader, cabaretista (actor ocasional). Sí, Komm süsser Tod; basada en un libro de Wolf Haas. Estaba a la venta.
Desde entonces soy fan de Hader y de Haas y, por supuesto, del personaje que ya es tanto del uno como del otro: Brenner: un tipo marginal que, por lo mismo, goza de una perspectiva privilegiada sobre la sociedad austriaca.
Der Knochenmann es la tercera de las películas dedicadas a Brenner, que fue policía y luego detective privado siempre al margen de los luminosos senderos del éxito. En esta, el fatalista Brenner se gana la vida como mamporrero de una compañía de leasing de coches. La búsqueda de un vehículo perdido le lleva a una solitaria Wirtshaus de carretera (una institución infaltable en el paisaje austriaco, especie de taberna de la que hablare mañana). En esta, contra su voluntad, Brenner se verá arrastrado a un círculo de humor (negro), amor y muerte.
¿Por qué son buenas las películas de Brenner?
En general, porque son entretenimiento de muchos octanos pero además:
a) Porque son ejemplos del humor austriaco más puro. Ese que, cargado de una eficaz metralla de ironía, en el minuto uno te desencuaderna de risa, en el dos te pone un nudo en la garganta y al tercero te lleva a las arcadas (no necesariamente en ese orden).
b) Porque en manos de Wolf Haas los tópicos más sobados parecen frescos.
c) Porque las películas están hechas de personajes reconocibles (algo extremos) que compatibilizan un realismo feroz con una clase curiosa de estilización que los hace enormemente atractivos. Nadie es bueno ni malo, sino todo lo contrario.
d) Porque funcionan a muchos niveles. Quien quiere pasar un buen rato, pues va y lo pasa, y quien quiere algo más, casi que debe (por ejemplo buscar el lado de parábola moral que tienen las historias).
Un último apunte: cuando se habla de la necesidad de la existencia de un cine europeo se suele pensar en salas medio vacías, en subvenciones a fondo perdido y en cintas que describen a cámara lenta la caida de una gota de agua durante tres horas (en Austria pelis sobre el nazismo y los campos de exterminio, en España pelis sobre la Guerra Civil llenas de republicanos animosos y curas fascistoides y rijosos que se comen a los niños crudos). Pero ayer la sala más grande del Apollo Kino (¿Cuatrocientas, quinentas butacas?) estaba llena de gente que iba a pasarselo bien con una peli, por supuesto, de gran calidad y a nadie le importaba que fuera europea, china o neozelandesa, porque era buenísima. Y nos lo pasamos bomba. Doy fe.

NOTA AL MÁRGEN: Mi primo N. y yo salimos del cine la mar de orgullosos. Tras tres años largos aquí y sin cursos (bueno, casi) habíamos conseguido entender una peli chunga que te cagas (¿Un Airbag austriaco?) y nos habíamos reido en alemán. Era el fresco aroma de la victoria.
Lo más sorprendente, o quizá no tanto, es que en la vida real, Joseph Hader es un hombre enormemente culto y refinado (además de modesto)

Hoy hablaré de esto

9 de Marzo.- Ayer estuve viendo Der Knochenmann (el hombre de los huesos)