Ays, que no puedo con mi vida

31 de Mayo.- Últimamente sólo leo cosas a propósito de decadencias y la verdad, me están entrando ganas de darme a esos schnaps peleones con los que los austriacos se machacan sin descanso el hígado.
Los españoles somos expertos (en decadencias, no en perniciosos digestivos). Nuestra época de esplendor político fue también una especie de “Imperio-Burbuja” que se pinchó tan pronto como había crecido, llevándonos a tres siglos en los que siempre parecía que no se podía estar peor, pero en los que siempre encontrábamos la manera de estarlo.
Primero, leí la biografía de Carlos II y ahora estoy leyendo Extramuros. Un gran libro, pero tampoco exactamente la alegría de la huerta. Vaya por Dios.
Trata de la historia de dos monjas de un convento perdido en la España de los últimos días del reinado de Felipe II. Las monjas, pobres, hambrientas, desfallecidas, mantienen una relación amorosa que es el único consuelo para sus desgraciada vida. Entonces, a una de ellas se le ocurre fingir un milagro (el clásico de las llagas en las manos y los pies) para atraer las limosnas y, con ellas, salvar al convento de la ruina.
Con el ánimo pues lleno de fantasmas me enfrento a las noticias que me llegan de España y, a pesar de que este blog no se ocupa de política internacional (la Española ya lo es para mí) no puedo dejar de comentar que, desde fuera, se observan varias tendencias que recuerdan muchísimo a las de la España del Siglo de Oro (que fue dorado en todo menos en la economía).
Empezaremos por lo peor:
Los apocalípticos: como un economista que, en una entrevista concedida al periódico La Vanguardia, predice todo tipo de desastres concatenados con la Crisis Económica. Renuncio a listar todas las desgracias que, según este señor, son ya impepinables, pero pongo por ejemplo un treinta por ciento de desempleo o restricciones en el consumo de carburantes.
Enfrente tenemos al Gobierno encabezado por su presidente, Sr. D. Jose Luis Rodríguez Zapatero cuya teoría se resume en estos melodiosos acordes: algún día, en todo caso próximo, nadie sabe cómo, la economía mejorará y volveremos todos a ser muy felices. La teoría del Presidente parte de una mayor que, a mi juicio, es absolutamente errónea y es la de pensar que la debacle económica española se debe fundamentalmente a la(s) crisis mundial(es) y que el resto son cosillas que se arreglan con unos ajustes salerosos por aquí y por allá. Según la teoría del Presidente, en cuanto el contexto internacional se recuperase, España volvería a gozar del maná de la inversión extranjera (Americanos, os recibimos con alegría) y sus administrados, confortados por ella, volverían llenar el carrito en el Carrefour como en los tiempos de vacas gordas.
Hay un tercer grupo de personas (en este caso, una gran parte de la oposición) que sostiene que la economía española podría recuperarse en el caso de hacer una serie de duros ajustes, principalmente en el mercado laboral. Una reforma que nadie quiere ni ha querido abordar porque tiene una prensa malísima y que sin embargo sería un “bien” en el sentido en el que algunos lo definen como “un mal necesario”. Este tercer grupo de personas también comete un ligero error de cálculo y es el de pensar que es posible volver “al mundo de antes”. Un mundo de huevos de oro, cuatros por cuatro, una mucama sudamericana en cada casa y Dios en la de todos.
Porque si hay algo en lo que se puede confiar es en que el mundo de pasado mañana se va a parecer poco al mundo de ayer. Y eso no lo van a poder arreglar las reformas del mercado laboral. Lo que ninguno de los tres grupos de personas ha entendido es que la Historia, la Vida, se parecen a montar en bicicleta: no se debe mirar atrás y, si te paras, te das de morros.

Watching for believing
30 de Mayo.- Algunas cosas que se me han escapado últimamente:

-Austria arrasa en Cannes. A pesar de las informaciones erróneas que publicaban diversos medios españoles (entre ellos El País), Michael Haneke no es alemán, sino Austriaco. A pesar de haber nacido en Munich, Herr Haneke creció en la localidad austriaca de Wiener Neustadt (vamos, como quien dice, aquí al ladito). Otro que también se ha llevado un premio es el actor Christoph Walz, interpretando a un nazi en la última de Tarantino, Inglorious Basterds (lo de Basterds, y no Bastards, parece ser por la manera de pronunciar que tienen en Boston).

-Otro austriaco que también se ha llevado premio, esta vez el Büchner, el más importante en lengua alemana, es Walter Kappacher. El escritor Salzburgués, que vive en Obertrum, es también miembro del PEN club.

Ni que decir tiene que las dos distinciones han llenado al pueblo austriaco del moderado orgullo que les caracteriza.

-A vueltas con el idioma. Una historia personal. Como todos los lectores de este blog saben yo voy al gimnasio, sobre todo, para culturizarme. Di que estaba el otro día entre serie y serie de pesas leyendo la edición dominical de Die Presse cuando llegué a un suelto la mar de curioso. En su afán de acercar a la muchedumbre de sus lectores las realidades más variopintas, un redactor de la plantilla del diario se sintió en la obligación de explicar a sus lectores la idea del mandatario venezolano Hugo Chávez de lanzar un teléfono móvil para el pueblo con tecnología china. El presidente de la República Bolivariana ha tenido la brillante idea de bautizar el chismecillo como “Vergatario” nombre a su parecer muy músico y significativo (Cervantes dixit) y no dudó en probarlo en la penútilma edición del programa de televisión que conduce, Aló, Presidente –un título que hace competiciones en dadaísmo con Sin Tetas no Hay Paraíso-; pues bien: el redactor de Die Presse, consciente de que no muchos de sus lectores hablan español, buscó una manera de aclararles el versallesco significado del vocablo elegido por el líder venezolano y no hayó mejor sustituto en la lengua de Goethe que “Schwanzofon” (o sea, y con perdón, Polláfono). Cuando lo leí, me tuve que sentar. Las carcajadas no me dejaban estar de pie.
Otra cosa: el mismo mandatario que, no contento con bautizar teléfonos al bolivariano modo, ha revolucionado también el mundo de las telecomunicaciones (Fidel Castro dixit), va a celebrar (de hecho, lo está haciendo ya) el décimo aniversario de su emisión televisada semanal con un megamaratón de cuatro horas. Por lo que se lee en la prensa (capitalista, intoxicada y eso) el Aló, Presidente de cuatro horas (*) estará salpimentado no sólo con los educativos discursos del mandatario, sino también con actuaciones musicales. Lo cual le dará una bonita similitud con los programas de Jose Luis Moreno en España. Me corroen las dudas:¿Habrá descubierto ya Chávez las matrimoniadas?

-Puede ser que para ver el programa de Chávez no baste con contar con un sólido espíritu revolucionario y hagan falta algunos apoyos orgánicos. En cualquier caso, es muy probable que se acuda a una marca austriaca: Red Bull. Si se hace, cuidado. En Alemania primero y en Austria ahora, se han encontrazo trazas de cocaína en la variedad Red Bull cola. Los valores son bajísmos (0,4 microgramos el litro) pero sin duda explican el éxito del producto y el éxtasis que provoca en sus consumidores –casi tanto como el de respirar el aire de Madrid y Barcelona, en donde también se han encontrado niveles de estupefacientes parecidos a los de otros contaminantes en suspensión.

En fin, watching for believing.
(*) Días, naturalmente, quería decir días.

Extranjerito que vienes a Austria

 

29 de Mayo.- Ültimamente me pasa mucho que, estando entre aborígenes instruidos, de cualquier clase social, incluso con ideología presuntamente progresista, empiece una conversación en la que se critica por lo bajinis o en tono normal, que cada vez haya más extranjeros en Austria. Yo callo, claro. Hasta que alguien dice:

-Cuidado, porque Paco, cuando tenemos estas conversaciones, se siente atacado (angegriffen).

Como primera medida yo sonrío (como diría George, What else?) y luego explico que, si me siento inquieto –nunca atacado- es porque soy extranjero.
Aquí, los pechos aborígenes se hinchan, las miradas se hacen condescendientes, las sonrisas adquieren un matiz inconfundible de paternalismo. Como diciendo “tú no tienes nada que temer”. Alguien se convierte en portavoz del grupo:

-Pero es que tú no eres...Vamos, que no te puedes comparar.
-¿Con quién no me puedo comparar?
-Pues...Con los otros.

Yo sé por dónde van los tiros, pero sigo apretando la tuerca:

-¿Con qué otros?
-Pues con los turcos, los rumanos, los yugoslavos...En fin: tú ya me entiendes.

La cosa se queda aquí, porque yo no quiero recordarles que sus antepasados empezaron con los judíos y terminaron cepillándose a personas de toda índole hasta llegar a las consecuencias que todos conocemos. Cuando la barbarie se extiende nadie te pregunta si eres de la Alcarria o de Estambul. Hablas raro y punto. No encajas en el patrón.
O como diría mi madre, que es una señora que las caza al vuelo:

-Tú no eres extranjero porque eres blanquito. Pero si fuera tu hermano ya íbamos a ver –tengo que aclarar que el padre de Ainara es más bien morenito. Podría pasar por turco como muchísimos españoles.
Es el tópico de siempre: mira como a Messi nadie le llama sudaca.
Querer a alguien, y yo quiero a Austria apasionadamente, también implica (o, sobre todo, implica) quererle por sus defectos. A mí me sorprende que los aborígenes no detecten lo que está debajo de las soflamas de los partidos extremistas. Ese ramalazo negro camuflado bajo un maquillaje impecable de civismo y buena educación; bastante parecido, si bien se mira, al lado cafre y cainita que los españoles guardamos bajo nuestra proverbial alegría de vivir.El caso es que, como muchos españoles que juran, si son del PSOE que los del PP son unos fachas, ratas de sacristía, homófobos y racistas; o, si son de la bancada contraria, juran que los del PSOE son maoístas quemaconventos, no hay muchos aborígenes que descubran la contradicción que subyace en una conversación en la que se pone a escurrir a los extranjeros cuando hay uno delante.
Y a veces es muy desasosegante: como ser un negro al que una banda de skin heads hubiera aceptado en sus filas.

En el amor y en la guerra: Norte y Sur (Primera parte)

28 de Mayo.- Cuentan que Louis B. Mayer, jefe de producción de la Metro Goldwin ídem, cometió uno de sus pocos errores al rechazar comprar los derechos de “Lo que el viento se llevó”diciendo:


-¿Pero quién pagaría por ver una película sobre la Guerra Civil?


Hasta hace bien poco, la película que cuenta las aventuras de Scarlett O´Hara y las vicisitudes de su singular furor uterino (por no hablar de su apego a los bienes raíces) ha sido la película más taquillera de la historia. Lo sería todavía si el dinero recaudado pudiera verse en su valor real de 2009. Naturalmente, no es lo mismo lo que pagaba un espectador de 1939 por entrar en el cine que lo que paga un espectador setenta años después.
Lous B. Mayer rechazó comprar los derechos del libro de Margaret Mitchel porque temía la reacción de algunos colectivos –especialmente el de las personas de color (negro)- y es que, bajo su apariencia de señora romántica, la Mitchel había utilizado en su novela un lenguaje que les hubiera provocado un alipori a los amantes de lo políticamente correcto.
Lo que el Viento se Llevó, sin embargo, fue una de las últimas películas que, explotando la guerra civil americana, ganó dinero. En los años cincuenta, la MGM intentó repetir la jugada con El Arbol de La Vida, protagonizada por Liz Taylor y Monty Clift, pero la verdad es que ni el material base le llegaba a la suela del zapato al Viento, ni Liz Taylor era Vivien Leigh.
Pero en los ochenta, con Reagan y Bush padre en la Casa Blanca, todo parecía propicio para que la tele se convirtiera en ese difusor de valores patrióticos que el cine americano ha sido siempre. Y así nació Norte y Sur.
Basada en los librotes de John JakesNorth and South y Love and War- era una gran superproducción que dejaba en mantillas cualquier cosa hecha hasta la fecha sobre el tema. Un mamotreto lleno de estrellas del viejo Hollywood –era fácil, aún vivían y algunas estaban semiretiradas- y con una historia capaz de enganchar hasta a los corazones más pétreos.
Dos familias: los Hazard y los Maine, dos concepciones de la vida y del derecho laboral (esclavos contra trabajadores en nómina), un amor imposible y varios cientos de toneladas de tópicos. Desde el zorrón sureño que se tira a todo lo que se mueve a la sombra de los magnolios, a los amos malísimos de la muerte que le dan de latigazos a la pobre criada esclava porque se le ha caido al suelo una cucharilla de plata. Cabalgatas a la luz de la luna, escenas de sexo blanco en capillas abandonadas (sí: el sexo blanco es posible en América del Norte), plantaciones algodoneras que se levantan de los desastres de la guerra al grito de que nunca jamás volverán a pasar hambre, y fábricas metalúrgicas norteñas que enseñan a vivir con alegría el lado más calvinista de la vida.
Norte y Sur merecería la pena sólo por esto. Pero es que además la merece por los personajes de la trama. Todo el que fue algo en la tele de la década siguiente, estaba en Norte y Sur. Empezando por Kirstie Alley que hacía de Virgilia Hazard, antiesclavista fanática (tirando a rojilla y a putorcio) que pronto dejó las crinolinas para convertirse en camarera de ese bar en donde todo el mundo sabía tu nombre y el de Ted Danson. Actualmente, después de haber hecho cine con John Travolta la verdad es que su carrera ha caido en picado en proporción inversa a lo que han subido sus kilos (la mujer está hecha el camión de la carne).
Otro que nos impresionó siendo malvadísimo fue Phillip Casnoff, que encarnaba a Elkanah Bent. Ese hombre con un oscuro secreto que se dedicaba a hacérselas pasar canutas a Orry Main y a Will Hazard en la academia militar de West Point.
Por cierto, el padre de Bent en la ficción lo hacía Gene Kelly, con esa sonrisa un poquito tontona que se le pone a todos los actores de musical cuando no tienen que cantar o bailar (la misma que le ha puesto a Paul McCartney, por cierto). Elkanah Bent era un malo al que se le coge simpatía. Porque, joé, él se lo curraba para llegar a ser algo en la vida (mayormente en la vida de West Point), pero en una serie de fondo tan ultrancoservador como Norte y Sur, los pobres no prosperan. Y si son hijos ilegítimos, menos todavía.
Cuando echan al pobre de Elkanah de West Point todos sabemos ya que su venganza será terrible y, aunque nos da miedito por los héroes, nos da lastimilla. Porque, con toda la suerte que tienen Orry Main y Will Hazard, ¿Qué les cuesta a los guionistas de la serie hacer que Bent sea un poco más feliz?


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27 de Mayo.- Querida sobrina: durante estos últimos meses se ha gestado una revolución cuyas consecuencias cambiarán, es muy probable, la manera de pensar del mundo occidental. Es una revolución de base tecnológica, parecida a la que convirtió al cine en una especie de teatro hablado y lo alejó para siempre de las formas poéticas de la pantomima sin palabras.
Los periódicos, a través de los cuales la Humanidad se ha estado informando durante doscientos años, desaparecen como viejas secuoyas. Un día cae uno, al día siguiente tres, luego hay que apuntalar otro. Pero es inútil: un huracán de varios millones de terabytes de potencia está arrasando con todo: la red. Esta internet que permite que casi un centenar de lectores diarios compartan nuestras cartas.
Naturalmente, como en el caso del cine, los dueños de las empresas periodísticas están muy nerviosos. Nadie sabe exáctamente cómo quedará el panorama cuando la tormenta termine ni cómo detener la sangría de resultados.


Resulta un poco divertido leer las opiniones que vierten estos dinosaurios del viejo mundo de papel, los cuales, a todas luces, no están preparados para el nuevo universo tecnológico. Por ejemplo, el otro día, un periodista español se echaba las manos a la cabeza ¡Hay que salvar los periódicos! Si ellos desaparecen ¿Quién hará la labor de seleccionar y contextualizar la información? A este pobre hombre, acostumbrado a creerse el ombligo del mundo, la realidad le está dando la respuesta a su pregunta: el lector. A partir de ahora cada uno va a decidir dónde y cómo quiere informarse, a propósito de qué y, sobre todo, por medio de quién. Porque ya no será necesario el esfuerzo de capital que implica montar un periódico ¿No lo llevamos haciendo décadas con la radio? Con unos cuantos cientos de euros se puede montar un podcast.


Lo que a nuestro periodista le daba miedo, sin duda,no es que desaparezca un soporte sucio, antiecológico y, a todas luces, ineficiente. Le daba miedo que, en el mundo de antes, si alguien quería influir sobre la opinión de un gran número de personas, sólo tenía que comprarse un periódico (o una tele). Si ahora yo elijo entre una variedad mucho mayor de fuentes ¿Qué va a hacer usted: comprar a todos los blogs en los que me informo? Es más: si yo noto que las opiniones de mi informador obedecen a fines bastardos ¿No me pasaré inmediatamente al de enfrente?
Las marcas se dieron cuenta de esto antes que nuestro pobre periodista. Cuando aparecieron los blogs algunas intentaron hacer publicidad de las virtudes de sus productos a través de ellos creando personajes, voces impostadas, que cantaban las excelencias de cremas y cereales. Pero no funcionaba porque los lectores, en cuanto se daban cuenta del engaño, se piraban a otro sitio que les mereciera más confianza.
Internet quiere verdad. El consumidor de noticias en la red busca, compara y solo compra aquello que es sincero o que, por lo menos, se lo parece. El periodsta decía: “Ninguna gran noticia ha surgido de los blogs”. Mentía: la noticia son los blogs.
Yo escribo cada día para mis lectores. Intento conocerlos y, sobre todo, serles útil (haciéndoles reir, por ejemplo). Mi compromiso con ellos es la calidad de mis textos, que procuro mantener y elevar por todos los medios a mi alcance. Cada vez que en el espacio de los seguidores aparece un nuevo cuadradito, me llevo una alegría. Una persona más me da su confianza: dedica un par de minutos al día a comprobar el tema que propongo y, si hay suerte y le gusta, vuelve. Y eso para mí es importantísimo, casi sagrado. Y me llena, indiscutiblemente, de agradecimiento. Por eso, para pagar eso, procuro no decir nada que no piense y dar las noticias con toda la honradez y la exactitud posibles. Procuro ser uno más de mis lectores. Siempre les tengo presentes.
El periodista escandalizado ha perdido, en mi opinión, esa cercanía. La boca se le llena de grandes palabras pero no sabe ya para quién escribe. Quizá porque, cuando escribe, siempre escribe para él.
Da que pensar, la verdad.
Besos de tu tío.


La famosa secuencia del Limbo Rock que ejemplifica muchas de las cosas que digo más abajo

More charming and (si cabe) Brighter

26 de Mayo.- Me encanta planchar con Cybill Shepperd y Bruce Willis. Aparte de que aligeran la tarea, “Luz de luna” sigue conservando una cualidad refrescante que deja amojamadas a sus contemporáneas. El otro día, por ejemplo, llegué a un episodio que se llama “Portrait of Maddie”. Pues bien: conforme avanzaba la trama me di cuenta de que el cañamazo era, si no idéntico, sí muy parecido a un episodio de la primera temporada de Remington Steele. Suspenso el ánimo, plancha en alto, empecé a darme cuenta de las diferencias de tratamiento que las dos series daban a la misma frase narrativa. Ambas me habían entusiasmado de pqueño, pero mientras el tiempo había puesto al descubierto todos los defectos de una, sólo ha hecho algunos arañazos en la carrocería de la otra.
Me pregunté entonces ¿Por qué “Luz de luna” sigue funcionando como hace casi veinticinco años? Y he aquí lo que me respondí:


-LdL es voluntariame, rendidamente cinematográfica. Está llena de homenajes que empiezan por los títulos de los peisodios y siguen en los diálogos y las situaciones. No son tributos de amor ciego, sin embargo. La mayoría de las citas están hechas por medio de la parodia. Así visto, cada episodio de LdL se transforma en un lujoso vintage de momentos que ya hemos disfrutado antes. Sensación que se refuerza por la presencia de estrellas invitadas como Orson Welles. En Remington Steele (en adelante RE) el cine siempre aparece en el último tercio de cada episodio. El personaje de Pierce Brosnan recuerda un título, una fecha, un reparto, y Laura Holt/Stephanie Zimbalist es la que ata los cabos con el espectador, que se siente así partícipe de la solución del enigma. Un truco resultón, gracioso las primeras cinco veces, pero que a la sexta pone al espectador a la altura de un inocente televidente de Barrio Sésamo.


-Más: LdL es vocacionalmente gamberra. Tan gamberra como después han sido Los Simpson. Cuando Addison/Willis hace el gamberro lo hace de verdad, con el punto justo de elegancia para alejarle de Porky´s pero con la autenticidad suficiente como para que las bromas sexuales sigan siendo graciosas veinte años más tarde. Poco más que añadir en este apartado: el potencial subversivo de Brosnan se reduce a echarle miradas libidinosas a tipas vestidas de Nancy Reagan y sobradas de laca Nelly. In silver: Addison está salido y lo disfruta, Remington Steele carraspea y se toca los puños como el príncipe Carlos de Inglaterra.


-Complicidad del espectador, ruptura de la convención de la “ficción que se cree a sí misma”: Maddie Hayes y David Addison son personajes que saben que lo son. Y a nosotros no sólo nos da igual, sino que nos mola. Los diálogos están llenos de referencias a esta situación. Pongo un ejemplo corto. La policía está interrogando a Hayes. De pronto, entra Addison dando un portazo:
Poli: Eh! No se puede hacer una entrada así.
Addison (haciendo una breve e intencionada pausa): Dígaselo a los guionistas
.


-Personajes: aquí sí que la goleada está clara: comparados con Maddie Hayes y David Addison, Laura Holt y Remington Steele son dibujos del teletexto. Sin fisuras, sin matices, sin tridimensionalidad. Más aún: Laura Holt y Remington Steele no tienen pasado. Son dos fotos fijas .En principio, RE es un presente que podría prolongarse indefinidamente, como el de uno de aquellos videojuegos de artes marciales a los que jugábamos en la maquinita del bar –algún día hablaré de ese bar-. Maddie Hayes y Addison tienen pasado, infancia. Les gusta una música o la otra, están inscritos en un tiempo real. Hay cosas que no sabemos de ellos, pero intuímos que los guionistas sí, y que las usan para rellenar el muñequito que estamos viendo. En RE se juega mucho con un recurso típico de la novela rosa (la otra vida del hombre misterioso y seductor) pero a fuerza de no enseñárnosla, terminamos por saber con seguridad que no es más que un truco.


En fin: cuando yo hacía teatro, apendí que hay que dejar en la representación pequeños detalles que dicen cosas al espectador aunque este no pueda percibirlos conscientemente. Sólo un producto elaborado a diferentes niveles aguanta el chorro de ácido del tiempo. Lo demás queda superado y muere. Como Remington Steele.

Heinz Christian Strache enarbolando una cruz durante la manifestación anti centro islámico de Dammstrasse.
El signo de la cruz

25 de Mayo.- El stablishment austriaco está haciendo todo lo posible por evitar que surja un nuevo Haider. En los grandes partidos (Socialistas, Populares y Verdes) han saltado las alarmas ante la creciente popularidad de Heinz Christian Strache y parece ser común la opinión de que, con actuaciones como la marcha contra el centro islámico de Dammstrasse hace dos semanas, Strache ha traspasado el límite de lo razonable en un país como este, tan preocupado por las formas (por no hablar de que, en las últimas elecciones a la Cámara de los Trabajadores –AK- el partido que lidera nuestro político favorito ha obtenido una notable subida en su representación).
Seguimos: al día siguiente de la marcha anti-centro islámico, el canciller Faymann llamó a Strache en el Parlamento “Predicador de Odios” e incluso el presidente Fischer, un señor bonachón que sólo abre la boca para decir verdades tan inofensivas e indiscutibles como las que diría nuestro rey en un mensaje navideño tipo, ha llamado la atención al partido de Heinz Christian a cuenta de los eslóganes elegidos para las próximas elecciones europeas. Unos lemas que, a su juicio, rozan la barrera de lo permisible en un estado moderno y civilizado pero, sobre todo, cada vez más multiétnico como es el austriaco.
La actuación de Strache ha levantado densas polvaredas durante las últimas semanas y las sinhuesos opinantes transalpinas se han puesto a dirimir hasta qué punto un político que, como Strache, coquetea con posiciones tan extremas, es peligroso para la estabilidad del Sistema.

-A corto plazo, por supuesto, no –dicen- la democracia austriaca es todo lo sólida que se le puede pedir a uno de los países más ricos del planeta. Pero –razonan los politólogos- lo peligroso de Strache radica en que, por lo menos una vez a la semana, rompe un tabú o salta una valla que hasta entonces parecía insaltable ¿Y qué sucede? Nada. Rien de rien. Nasti de plasti. El tabú queda roto y la barrera saltada ¿Y a qué precio? Todo lo más algunas palabras de condena.

El otro día, sin embargo, Strache saltó una cerca que, en un país como este, quizá haya tenido una importancia simbólica que no hubiera tenido en otro sitio (en España, por ejemplo). De resultas de este atlético movimiento se metió en un jardín del que tiene difícil salir con la sonrisa intacta.
Durante el acto anti todo que mencionaba más arriba, y citando su lema electoral que aboga por una Europa católica, el político dizque liberal enarboló una cruz latina.
La respuesta de la Iglesia Católica, y de su cabeza visible el cardenal Schönnborn, no se ha hecho esperar. En su homilía del jueves pasado (una semana después de los hechos) y en el Stephansdom, que es tanto como decir en el centro espiritual de Austria, el purpurado le leyó al político el Levítico. Esto es, la cartilla. Y, sin nombrarle, le indicó que la cruz debía de ser “símbolo de hermanamiento” y nunca –o sea, como hasta antes de ayer por la tarde- un arma contra otras religiones.
Debió de pensar el cardenal que bastante tiene encima la Iglesia (ver post “Batahola de sotanas”) para que, además, le cuelguen el sambenito de otorgar callando lo que dice un tipo de opiniones tan sandungueras como las de Strache.
La falta de adhesión a sus tesis ha dolido mucho a Heinz, que aún respira por la herida. El que destacados personajes del catolicismo austriaco (y tras él, durante los últimos días, un cerrado y ecuménico coro de cabreadas y paternales voces) hayan dudado de su ortodoxia le hizo exclamar en un primer momento que él no iba contra la Iglesia (a la que en el renglón anterior había llamado cobarde, por cierto) pero que en la austriaca hay infiltrada una “mafia moral”. Actitud, casualmente, de la que se ha retractado ayer mismo, mediante el expediente de pedirle al cardenal Schönnborn una entrevista personal para discutir lo que Strache considera de puertas para afuera un quítame allá esas pajas.
El electorado conservador, caladero natural en que pesca Strache, es morigerado pero, en cualquier caso, católico (en un país en que la Iglesia tiene aún el estátus de referente moral para muchas cosas). Con lo cual, ponerse a malas con la clerecía no parece una actitud muy práctica.
¿Terminará diciendo Strache lo de Don Quijote?
!Extra, extra! El pueblo toma la Ópera Estatal de Viena

24 de Mayo.- (esta entrada, con permiso de mis otros lectores, está especialmente dedicada a mi madre, que hubiera disfrutado mucho de haber podido venir). En fin: a lo que vamos: la Ópera de Viena, como puede verse en la foto que encabeza este post, cumple 140 años y, para celebrarlo, ha organizado una jornada de puertas abiertas en la que hemos podido conocer los entresijos de sus representaciones.
La primera parada ha sido en una sala de ensayo que se llama "La sala del órgano", porque hay uno en ella. En el momento de la visita había tres señoras ensayando su papel de criaturas mitológicas para una obra de Wagner. Las ondinas, la verdad, se movían con bastante poca gracia pero cantaban fenomenal.
Cerca, estaba la sala en donde ensaya el ballet de la Ópera. Gráciles bailarinas y no menos jacarandosos bailarines hacían barra para el público al ritmo de románticas melodías como "Rosamunde"























Este caballero cantaba canciones vienesas en una de las salas de ensayo.
En la sala de ensayo del Coro lo que yo en principio había tomado por una masa de inquietos visitantes se ha puesto a cantar un pasaje de Fausto con voz melodiosa. Desde las ventanas, se podía ver también una panorámica bastante poco corriente de uno de los hoteles más famosos de Viena, el Sacher.

Pero a mí, el momento que más ilusión me ha hecho (qué recuerdos) ha sido el de pisar con mis propios pies el escenario de la Ópera, que tiene el mismo fondo y es mucho más alto que la sala.
También he estado en los camerinos en donde las estrellas del Bel Canto se acicalan para inundar el mundo de música. Heme:
Esta es la panorámica (escueta) que se ve desde la concha del apuntador.
Estos señores no salían en ninguna ópera. Pero ya se sabe la afición aborigen por el raje regional.
!Mamá, mamá! Mira donde está tu niño: sentado en la misma silla que utiliza el Bundespresident, o sea, el jefe del Estado austriaco, para ver óperas. En su palco.



Mundo, demonio y carne
23 de Mayo.- La cultura austriaca es cíclica. Está en el alma aborígen el encontrar la paz en la repetición de ciertos ritos anuales. En Austria cobra todo su sentido ese verso en el que Shakespeare compara el año con el hilo en que están ensartadas las efemérides, como las perlas de un collar. Las fiestas temáticas (Navidad, el carnaval, la pascua), los pomposos bailes y también, por qué no, las manifestaciones.
Todos los años, por mayo, cuando hace la calor, los trigos encañan y están los prados en flor, se manifiestan los defensores de los derechos de los animales. Son una tropa de unas doscientas personas, soldados de una causa perdida en este mundo que devora sin pudor jugosos filetes o sabrosos huevos fritos con patatas. sin reparar en que existen sucedáneos para casi todo a base de soja. Unos sucedáneos cuyo consumo resulta más ético, qué duda cabe, pero que traen al alma esa ñoñería que caracteriza algunas buenas acciones y al pop que se hace en el País Vasco.
Los doscientos manifestantes, nunca los mismos, recorren todos los años parte de la Mariahilferstrasse con cara de pocos amigos, gritando sus consigas contra el holocausto animal. La policía avanza con ellos. Los agentes rodean a los pobres punkies, a los apergaminados veganos que tienen la fuerza justa para levantar una hoja de lechuga, como si fueran peligrosos delincuentes cuya sola visión bastase para subvertir el Orden Establecido.
Los transeúntes contemplan la movida con bastante sopresa y, por lo que uno ve, sin sentirse ni remotamente culpables de haberse comido una salchicha o de tener en sus armarios lujosas prendas de cuero.
Al ver las caras de molesta sorpresa de los viandantes uno se da cuenta también de que, aparte de cíclica, la cultura austriaca está encantada con lo predecible. Las caras de la gente son un puro signo de interrogación: ¿Quiénes son estos? Por Dios ¿Por qué no se callan?¿Es que no se pueden reivindicar las cosas pidiéndolas por favor? ¡Y qué pintas!
Los punkarrillas, los perroflautas, la famélica legión, en suma, se sienten rebeldes, apoyan todas las causas, abominan de todos los capitalismos. Aunque luego, eso sí, compran las botas de punta de acero de una marca X y, si la cosa se pone fea, no desdeñan la ayuda de mamá (entiéndase mamá por su progenitora o por los servicios sociales del odiado Estado burgués).
Las doscientas personas que claman contra la incesante matanza de reses son muy jóvenes. Ninguna (creo) en edad laboral.Mi cabeza también bulle de preguntas ¿En qué momento uno es capaz de sobreponerse al shock de comprender que todo es mentira? ¿A qué edad se mira uno al espejo, se ve las rastas y los pelos de colores, y se siente uno disfrazado de algo que no es? ¿Qué es lo que desencadena el desencanto? Uno busca en su memoria y, como nunca fue así (nació curado de todos los espantos) no encuenra nada. Ningún clic. Ninguna semejanza. Las utopías se emborronan, se confunden. Pasados los años, saben amargas en la boca.
Cuando los activistas doblan la esquina de la Neubaugasse, vuelve a adueñarse del espacio un denso silencio comercial. Las gentes vuelven a sus tranquilas conversaciones sabatinas. Dentro de la manifestación quizá alguno, más inteligente que el resto, empiece a verse desde fuera. De pronto, quizá, a pesar del adoctrinamiento, le entren unas ganas invencibles de zamparse un Big Mac.
La piscina en donde pasé tantas horas de mi vida (foto: Tom´s Photo Page)
Este hombre y la tierra (2/2)

22 de Mayo.- Las mañanas de piscina se desarrollaban en el cesped si hacía algo de fresco, o siguiendo la absurda rutina que he mencionado más arriba (bueno, más abajo) si el calor era el normal en Madrid en pleno verano. Esto es, sofocante.
Yo, vencía la repulsión que me da el agua congelada, nadaba un poco (con cuidado de no meter mucho la cabeza debajo del agua no fuera que, con el cloro, se me pusiera el pelo rubio platino) y luego, tiritando y con los labios morados, volvía a salir –o sea: para mirar el reloj y ver cuánto tiempo quedaba aún de aquella forma tan idiota de perder el tiempo-.
Mis amigos, en cambio, parecían estar en su elemento y no hacían más que inventar formas sofisticadas de tirarse al agua, o de tirar al agua a otros.
Es curioso, pero yo debí de perder la afición a las piscinas heladas en algún momento del principio de mi adolescencia. Recuerdo que, cuando no sabía nadar, no había quien me sacara del agua.
A las dos o las tres llegaba la hora de comer. Era el momento de coger las viandas que llevábamos en la mochila y saltar el murete bajo que hacía de frontera del cesped (algo así como abandonar el país de Oz para darse de morros con el desierto de Kansas). Avanzabas entonces por el secarral ardiente hasta unos sombrajos cubiertos de cañizo que recibían el pomposo nombre de merendero. Allí se sentaba uno a comerse el bocata y a pelear con las avispas, después de pagar una fortuna por una lata de coca-cola fría. Digo una fortuna porque, dados nuestros ingresos, pagar ciento veinticinco pelas por una lata era como si ahora nos cobraran sesenta euros.
Aquel era el mejor momento del día, porque conllevaba la realización de algunas actividades presumibles en indivíduos de la especie Homo Sapiens Sapiens. O sea, que no sólo utilizábamos el pulgar abatible que constituye uno de nuestros mayores éxitos evolutivos para empuñar los bocatas de tortilla, sino que también ejercitábamos la capacidad lingüística, aunque fuera para cometidos algo primitivos como el de juzgar la faceta más carnal (¿Debería decir cárnica?) de los objetos de deseo en edad de merecer que teníamos a la vista. Teníamos dieciseis, no dábamos pa´más.
Recuerdo que teníamos un amigo (mi hermano lo ha mencionado en el comentario de la anterior entrada) al que llamábamos el National Geographic porque comía con la boca abierta (“Así lo ves tú; así te lo enseña National Geographic”); le pirraban los plátanos maduros (casi negros) que, a los demás, la verdad, nos daban un poco de cosa. Él se los comía (con la boca abierta) al tiempo que los estrujaba con las manazas hasta convertirlos en una masa pringosa (qué tiempos, qué alegre promiscuidad en la que todo, hasta esto, nos daba igual).
Luego, venía la digestion (más evaluación de objetos sexuales, partidas de cartas, choteitos varios, fútbol, quinielas y otros pasatiempos de jubilado) y por último, una repetición de la rutina matinal, con el punto a favor de que, debido al abrasador calor matritense y a los regalos líquidos de algunos infantes de vejiga incontinente, el agua estaba a una temperatura un poco más civilizada.
Mis amigos apuraban hasta el último minuto antes de emprender, mohínos, el para mí gozoso camino de los vestuarios (ese reino que, según las madres, sólo había que pisar calzado porque era el paraíso de los hongos contagiosos). A veces, sin embargo, sucedía que a las cinco de la tarde estallaba una benéfica tormenta que obligaba a las marujas a reproducir escenas del diluvio universal. Orondas walkirias en bañador enterizo floreado corrían entonces hacia los techados con un crío bajo un sobaco y la nevera, la sombrilla y las toallas sujetas como podían con otras partes de su cuerpo. Mis amigos abominaban de los negrores del firmamento y yo me sentía un traidor porque, en el fondo de mi alma, me alegraba de que los ventarrones amenazaran con llevarse los cañizos del merendero y los rayos con herir las copas de los santos chopos.
Es curioso, pero aquella sensación refrescante de la tormenta es lo que mejor recuerdo de aquellos días. Eso, y cierta extraña fijación con Marta Sánchez (*). Misterios de la memoria.
(*) Cuando he escrito esto, estaba pensando exactamente en esta canción, pero no había vuelto a ver el vídeo desde entonces. No tiene desperdicio. Qué tinte. Qué cejas negras. Qué tipos tocando los instrumentos. Qué cándida es la adolescencia.

Este hombre y la tierra (1/2)

21 de Mayo.- Volvemos a coger el ritmo.
Mi padre dice siempre que, si nos tuvieramos que casar desnudos, el mundo estaría lleno de solteros. A las pruebas me remito: mientras estoy tumbado al sol a la orilla de una de las lagunas (charcas) del Lobau, en el mismo sitio en el que, según reza un monolito conmemorativo Napoleón tuvo su cuartel general, toman el sol en bolas junto a un servidor varias matronas cargadas de años y de arrobas, un oficinista que lee a la sombra de un arbolito raquítico el último best-seller de vampiros (o de lo que se lleve ahora) y una pareja madura que parece estar para recordarnos que los viejos roqueros nunca mueren.
No se mueve una brizna de aire. A lo lejos, se escuchan de vez en cuando los cantos melodiosos de los pájaros. Un cuco llama a su cuca de rama en rama. En fin: un planazo.


Primer minuto de planazo (¡Ay, qué me gusta el campo!: suspiro de satisfacción).


Segundo minuto (¿Soy yo el único que al ver a esta gente piensa en un grupo de chimpancés en la sabana?)


Tercer minuto (¿Pero es que por aquí no va a pasar ni un alma?)


Cuarto minuto (¡Quiero salir de aquíiiiii!)


No puedo: hay muchas cosas de Austria que he conseguido que me gusten. Pero esta afición a la intemperie no es una de ellas. Para mí, tumbarme al solo mirando a los mosquitos es una de las maneras más seguras de fallecer por aburrimiento. En el campo, no sé qué hacer. Lo más que se me ocurre es buscar cajeros automáticos.
Puede que sea cosa de mi infancia. Gracias que mi señor padre es (muy) alérgico al polen, en primavera nos veíamos dispensados de la tortilla dominical y de los bocatas de cinta de lomo. El loable empeño de no quedarnos huérfanos (mi padre ve algo verde y se pone a morir, el hombre) también nos libró de la caldereta con que en mi pueblo se recuerda anualmente el pasado ganadero de la localidad. Pero una vez fuimos mayorcitos nada nos libró de la piscina.
En mitad del secarral mesetario, anexa a un polideportivo, se encuentran los baños municipales que Penélope Cruz, antes de ser famosa, también frecuentaba. Para llegar a ellos había que atravesar dos kilómetros de extensión desértica –hoy felizmente edificados hasta el último centímetro cuadrado-. Mis amigos y yo llegábamos a la piscina a eso de las once, cuando las verdes praderas de cesped, mantenidas a golpe de aspersor, ofrecían un aspecto verde y lujuriante. Cogíamos sitio (casi siempre al fondo entre los merenderos y la piscina olímpica) y luego mis amigos se disponían a nadar y yo a aburrirme como una ostra.
Me explico: a mí, el agua fría no me gusta (es más: la odio) y sólo me sometía a dar unas brazadas en el gélido líquido porque uno era un adolescente y ya se sabe que los adolescentes tienen vocación gregaria.
Por otra parte, la lógica perversa que lleva a la gente a ponerse al sol abrasador para luego tirarse al agua helada para después volverse a poner al sol, la verdad es que se me escapa. Dejando aparte la extrema sensibilidad al frío de mi zona ecuatorial, se da también la circunstancia de que soy muy blanco de piel, con lo cual en diez minutos me pongo como un cangrejo (de río). Y no: después de exponerme a tener un melanoma como un champiñón, no tengo el consuelo de ponerme moreno. Me quedo más o menos como cuando estaba al principio...

Unos pescadores a la orilla del Danubio
Ven a pasear conmigo
21 de Mayo- Hoy es fiesta en Austria, por eso publico por la mañana. Mi sobrina me perdonará si la carta de ayer se la mando la semana que viene. Puede también tomarse estas fotos como postales, que su tío le manda muy afectuosamente desde una de las ciudades más bonitas del mundo.
Ayer por la tarde, fui a pasear, cámara en mano, por la orilla del Danubio. Es una zona llana, pensada para bañistas, corredores y gente que disfruta tomando el sol como su madre la puso en esta tierra (alguna de esta gente es bastante bizarra, por cierto).
Como yo soy un chaval respetuoso de la vida privada de la gente, sólo fotografié a gente vestida (ya pueden estar tranquilos mis lectores más pudorosos). Y también la lujuriante naturaleza. NegritaBaste decir que, cuando el sol va cayendo, suben a la superficie del Danubio peces de más de un metro de largo, confiados en el anochecer, pasean también los castores y las nutrias. Un espectáculo, por cierto, digno de mejor cámara que la mía. En fin, ahí van las fotos
Naturalmente, donde hay bañistas hay chiringuitos. La zona está llena de estos bares que tienen en la época de baño su temporada alta. Las sombrillas son de Frigo, por cierto, que en Austria se llama Eskimo.

Este es uno de los puentes de pontones, móviles que se utiliza para pasar de una orilla a otra si es que uno no es un nadador experto.

Y esta es la panorámica de esta parte del Danubio (que, en realidad, es sólo uno de los brazos, el que abraza a la Donau Insel por uno de sus lados) si uno mira desde el puente.

Estas estructuras flotantes están pensadas para tumbarse en ellas con la toalla y tomar el sol, o para saltar directamente de ellas al agua, sin tener que pasar por el protocolo de ir metiendo primero el pie, luego la rodilla, luego el ombligo...En fin: sólo aptas para Indiana Jones de la natación (no es mi caso, que yo soy de tierra adentro).

Ayer la tarde estaba tranquila y todo estaba como un espejo. El río era simétrico con el cielo. El reflejo era un mundo separado de la realidad por una frontera de agua.
Las orillas están sembradas de flores y el aire huele muy bien. Aquí, un primer plano de una de esas humildes flores silvestres.

Terminamos con una postal un poco cursi del sol poniéndose tras la ciudad. Está tomada desde una de las exclusas que contribuyen a regular el curso del río. Según los ecologistas, un horror. Según los bañistas, una bendición (sobre todo en épocas de calor, como hoy).


¿Llegará pronto en Austria también el día menos pensado?

Una vez al año, ser hippy no hace daño

19 de Mayo.- (siempre he querido escribir un post con ese título). En fin: eso es lo que han debido de pensar los miembros más conservadores del Gobierno austriaco –Frau Justiz Ministerin incluida-.
Como todos los años, llegando el verano, se oyen rumores de que, con las uvas del año que viene, entrará en vigor en Austria la ley que permitirá el matrimonio entre personas del mismo sexo (y no sólo el matrimonio, sino también la alegría tributaria y la herencia). Una norma que muchos esperan como agua de este mes en el que estamos (los gays, sobre todo) pero que otros ven con recelo –la masa conservadora del país, que aquí no es precisamente moco de ganso-.
Los comentaristas políticos más faldicortos ya han desempolvado su cajita de los tópicos y lo mismo animan a la ministrada a romper tabúes poniendo como ejemplo a la “católica España” (esa expresión que, en las mentes austriacas evoca instantáneamente una procesión nocturna de inquisidores con hachones encendidos) que se curan en salud diciendo que ellos están por la igualdad de derechos, pero que lo de darle niños en adopción a esa gente que va a la compra con plataformones de lamé de plata es un sindiós.
El calendario que se baraja sería, como ya digo, aprobar la norma después del verano para que entrara en vigor al próximo toque de la Pummering. Así, se habrían celebrado ya las elecciones locales en los länder que controla el Partido Conservador y el cumplimiento de su deber legislativo (UE dixit) no les afectaría tanto en las urnas.
También, como todos los años (alle Jahre wieder) los comentaristas faldicortos antes mencionados dicen saber de muy buena tinta lo que habrá escrito en el papel que el Gobierno propondrá al Parlamento del Ring.
Aquí, la madre del cordero es la adopción de niños. Parece haber consenso en que se les darán a los gays todos los derechos de los que disfrutan las parejas heterosexuales menos el de adoptar niños en común –en solitario ya pueden teoricamente, siempre que mantengan cuidadosamente oculto el hecho de que viven en pareja-.
Probablemente, los miembros del gobierno Faymann y con él su masa de votantes, teman que los gays, dado su conocido objetivo de socavar las bases de la sociedad y de la familia c.D.m. (como Dios manda) intenten copar las listas de solicitud de adopciones y que, una vez obtenida la paternidad y la maternidad fingiéndose homosexuales inofensivos (¡Ay, esas lobas con piel de cordero!) se dediquen a regalarles a los niños kits de maquillaje de la señorita Pepis y a las niñas camiones y Action Mans, al objeto de convertirles a su perversa religión.
(¿No es eso, después de todo, lo que piensa el decimosexto de los Benedictos?)
Es muy probable sin embargo que, después de todo (como todos los años) el asunto se quede atascado en algún escritorio hasta el año que viene. De momento, sin embargo, ha habido hoy una buena noticia.
Según han informado hoy los noticiarios austriacos, las personas del mismo sexo que se dediquen a hacer picardías debajo del mismo techo y que lo demuestren con documentación (certificado de empadronamiento al que no será necesario adjuntar fotos comprometidas), podrán compartir cartilla del Seguro Médico (lo cual es muy práctico por ejemplo, cuando uno de los presuntos activistas anti familia c.D.m. no trabaja).
La norma no ha sido pensada exactamente para contentar al públigo gay, es cierto, sino para que puedan estar aseguradas las personas que compartan el mismo techo aunque no estén casadas. Lo de los gays se ha añadido como una limosnilla (por amor de Dió).
A ver si Él quiere de una vez y, como decía un amigo mío español, este año, por fin, el Gobierno austriaco se deja de paños calientes y llega por fin “el día menos pensado”.

Un Kindle sorpresa
Círculo de lectores

18 de Mayo.- Ayer conocí al nuevo novio de un amigo.
Estas situaciones son siempre un poco raras. En este caso más, porque, particularmente, conservo una amistad muy buena con el ex (ese tercero que, en estos principios, siempre está presente como la sombra de Rebeca de Winter). En fin.
Al acudir a nuestra cita, encontré a mi amigo con una persona que coincidía completamente con la descripción que yo tenía de él pero que, como descubrí al minuto tres, no parecía encajar en ninguno de los estereotipos al uso (gracias a Dios, que está uno harto de estereotipos).
El nuevo novio de mi amigo es alto, pelirrojo y dejando aparte que yo, en mi próxima vida, quiero tener unos bíceps como los suyos, tiene unas espaldas con las que podría ganarse la vida descargando en Mercamadrid camiones llenos de terneras congeladas abiertas en canal. Una fina nariz algo aquileña y unos ojos azules inteligentes y sumamente comprensivos.
Como suele suceder en estos casos, mi amigo no paró de hacer bromas hasta que nos sentamos en la terraza de un bar próximo. Su novio sonreía, pero no decía nada. La conversación paró entonces en el nuevo chisme de alta tecnología que ofrecen las compañías telefoneras para cazar incautos. Mi amigo, a quien nada de lo avanzado le es ajeno, se hizo lenguas a propósito de las altas prestaciones del aparatejo, que reposaba sobre el velador como una lujosa cucaracha metálica, e incluso nos hizo una demostración de sus muchas habilidades; hablamos también del libro de las caras (esa pesadez que utilizo lo menos que puedo) y de Kindle, el dispostivo que patrocina Amazon para que el papel nuestro de cada día termine siendo una cosa tan antigua como las playeras con velcro.
Nuestro amigo el pelirrojo hizo entonces una serie de observaciones sumamente inteligentes a propósito del libro digital. No se trataba de las opiniones que uno lee últimamente en los medios; sino ideas impregnadas de originalidad y del agradable perfume del sentido común.
Cada uno opinó como Dios le dio a entender, pero todos los circunstantes convinimos en que los periódicos, por lo menos, son ya pasto de arqueólogos ¿Para qué gastarse un euro (y pico) en una cosa que ya es vieja en el momento de comprarla? Aquí en Austria, por ejemplo, Die Presse ha lanzado una potente edición dominical en papel que aspira a ser de calidad y hay cábalas sobre la decisión de sus propietarios de dejar de imprimir entre semana y dedicarse sólo al mundo digital.
Nuestro amigo el pelirrojo dijo entonces que los libros en papel se pondrán carísimos (a lo que su flamante cónyuge respondió que la desaparición del papel implicará un notable ahorro de sitio en las casas). Pasó un ángel.
Los tertulianos, que eramos cuatro, todos lectores irredentos, parecimos contemplar con nostalgia anticipada la desaparición del libro como objeto; como quien ve desaparecer una vieja costumbre, incómoda, pero que se mantiene por lo que tiene de valor sentimental, como el capitalismo o la entrañable propensión de la Humanidad a establecer gobiernos dictatoriales. Suspiramos. Y ahí nos lanzamos a contar anécdotas de nuestra relación con los libros, esa especie que, como el dodo o la máquina de escribir Olivetti, pronto será cosa del pasado. Creo que fui yo el que rompió el fuego diciendo que soy incapaz de tirar un libro. Incluso el peor que haya caido en mis manos. Soy incapaz. Para mí los libros son depósitos de lo que fui.
La tarde estaba jacarandosa. Se escuchaban los cantos unánimes de los pájaros y, tras la torre del Apollo Kino, el cielo se teñía del amable color del buen tiempo. La frondosa arboleda del Sterhazy Park era agitada por una suave brisa.
Hablamos del Julio Verne de nuestra infancia (estoy releyendo Viaje al Centro de la Tierra) de lo agradable que es sentarse a leer en cualquier sitio y abstraerse. Desaparecieron las distancias. Me vino a la cabeza que los lectores somos una comunidad, un ejército de gente unida por la gozosa hermandad de las páginas. Un círculo que se cierra en cuanto dos lectores se revelan mutuamente que lo son. Y mola.
PS: Hoy he probado WolframAlfa y aparte de enterarme de que tengo 12276 días de edad, la verdad es que no me ha parecido nada del otro mundo. Le queda mucho colacao que tomarse hasta cargarse a nuestro viejo Google.



Mi Dagmar Koller interpreta, con salero nunca suficientemente ponderable, mi canción vienesa favorita.

Mi canción vienesa favorita

17 de Mayo.- Madrid. Primavera de 2005. Un día cualquiera. Ocho de la mañana. El mundo está aún conmocionado por la muerte del papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales se velan en Roma. En la capital de España, un grupo de ciudadanos españoles y austriacos duermen reponiéndose de los excesos de una noche demasiado regada de ginebra Bombay Saphir. Tienen que levantarse, sin embargo: hay programada una inaplazable excursión a La Granja de San Ildefonso, en Segovia.
Entre sueños, Paco escucha unos jocosos acordes de violín que no pegan nada, pero que nada nada, con el dolor de cabeza que tiene.
“Me he muerto”- piensa- “me he tenido que morir. Esto es el infierno y Dios me está castigando”. Una voz de soprano canta en una lengua (aún) ininteligible para él una canción que hace que te den ganas de partirle la caja de los piños. Paco siente un fuerte tirón en una pierna: “!Paco! Arriba, Ausflug” y Paco, olvidada la amabilidad y la paciencia que le hace ser la mascota del heterogéneo grupo de guiris, sólo puede taparse la cabeza con la almohada y gritar: “!Puerta! ¿Me has oido? ¡Puerta! ¡Y quita la música de los güevos esa! (esto es inhumano, macho)” .
En fin: la verdad es que luego esta canción se ha convertido en una de mis preferidas (en parte porque fue mi primera canción vienesa y en parte por aquel día en La Granja) y Dagmar Koller, esa mujer encantadoramente ridícula, se ha convertido para mí en la representante de Austria.
La otra noche (la de la paella) encontré la canción en el tutubo y no puedo resisitrme a compartirla con mis lectores.
He aquí la letra, en versión original y subtitulada bastante libremente

Heut kommen d'Engerln auf Urlaub nach Wean
(Hoy vienen los ángeles de vacaciones a Viena)


Was is denn heut nur los,

was is denn heut nur g'schehn,

heut san so überfüllt,

die achtadreiß`ger Wäg`n,

der Schaffner, den i frag`,

der schwitzt vor lauter Plag`,

und sagt mir gleich den Grund für diesen Feiertag.


Qué sucede hoy
Qué es lo que ha pasado
Que está tan lleno el tranvía 38.
El revisor al que pregunto
Que suda por lo mucho que trabaja
Me dice en seguida la razón de este día de fiesta
Estribillo


Heut kommen d'Engerln

auf Urlaub nach Wean,

denn dort war´n s´z´Haus,

drum hab´n s` d`Weanastadt gern,

hör`n dann die Schrammeln und singen dazua,

d`Leuteln beim Weinderl,

die kriag`n gar net gnua.

Hinter an Bam steht Gott Amor und lacht,

viel wird er anstell`n in Wean heute Nacht,

der Petrus im Himmerl schaut runter auf Wien,

Weanaleut`, Weanafreud`, da liegt was drin !


Hoy vienen los ángeles de vacaciones a Viena
Porque allí se sienten como en casa
Por eso van con gusto a la ciudad (de viena).
Se oye música de heuriger y la gente canta
La gente no beben nunca bastante vino
Detrás de un árbol el Dios amor mira y ríe
Porque mucha gente va a hacer travesuras esta noche
San Pedro desde el cielo mira hacia abajo a Viena
Y dice: la gente de Viena, la alegr¡ia de Viena,
Tiene algo especial!


Der Petrus sagt verschmitzt,

wie er beim Herrgott sitzt,

die Engerln möchten gernauf Urlaub gehn nach Wean,

der Herrgott sieht das ein,

drum sagt er auch nicht nein

und unterschreibt für d`Engerln einen Urlaubsschein.


San Pedro dice, tratando de excusarlo,
Cuando se sienta junto a Dios,
Los ángeles quisieran ir
De vacaciones a Viena,
El Señor lo entiende
Por eso no dice que no
Y les firma un vale de vacaciones.
Estribillo

Charming and bright
(por causas del todo ajenas a la redacción de VD y muy relacionadas con una paella cocinada por Herr H.N. cuya sobremesa se prolongó muy agradablemente hasta altas horas de la madrugada, ayer no se pudo publicar este post; pasamos a subsanar el retraso y conservamos la fecha de la entrada)

15 de Mayo.- En esta vida hay picos de júbilo. Varios de los míos están relacionados con la televisión. Con aquellos tiempos anteriores al VHS cuando todos los episodios eran únicos y la adrenalina subía una vez a la semana al sonar la sintonía de tu serie favorita.
La mía fue, durante mucho tiempo “Luz de Luna” (Moonlightning). Se emitió en 1987 en TVE, primero los domingos por la segunda cadena –supongo que para ofrecer a la vida inteligente que aún quedara en el país algo más que fúmbol- y luego los jueves por la noche, después del telediario.
Cuando la cálida voz de Al Jarreau interpretaba la elegante canción que aún siguen pinchando de vez en cuando en la radio austriaca, el corazón se me subía a la garganta y sentía un hormigueo en la palma de las manos parecido al que años después, perdida la inocencia, asocié a mis amores de adolescente.
Recuerdo el episodio piloto de Luz de Luna como una de las horas y medias más felices de mi vida.
Por eso había vacilado mucho antes de comprarme la serie en DVD. Muchas cosas que nos entusiasmaron durante la era Reagan/Bush senior, hoy nos producen la ternura de los trabajos manuales que hacíamos en las clases de pretecnología. Cosas torpecillas, que sólo tienen el encanto de traernos a la memoria lo que alguna vez fuimos: niños con los dedos llenos de pegamento Imedio.
Pero el miércoles, tras pensármelo tres veces, decidí pagar los 25 euros que costaba el pack. Di mi clase de español, llegué a casa, desempaqueté la cosa, metí el disco en el reproductor y comrpobé con alivio que, salvo algunas cuestiones técnicas menores (luces, una cierta igualdad física de todos los actores secundarios) el episodio piloto de Luz de Luna sigue siendo, en mi opinión, el mejor de la historia de la tele. Es una película de una hora imedia, en realidad. Con un excelente guión y dos actores (Willis y Shepperd) en estado de gracia. Los dos rezuman tensión sexual que se enraiza en las fibras más inteligentes del humor. La realización es elegante y completamente clásica. Los guiones brillantísimos.
Con los años, a mi disfrute se han añadido otros dos factores llamemosles adultos: en primer lugar, el de poder escuchar las voces originales de los actores (en español, Bruce Willis fue doblado por Ramón Langa, que hizo su fortuna con ello; y Cybil Shepperd por Gloria Cámara, que también dobló, por ejemplo, a Connie Selleca en la serie Hotel). Pues bien: mi sorpresa fue que Cybil Shepperd tiene una voz preciosa, superdulce, femenina y muy sexy (la de Gloria Cámara tampoco está mal, pero no es lo mismo; por ejemplo, la artificial perfección del doblaje anula los matices superpijos, tiernamente pijos, que Shepperd da a su interpretación).
También, el hecho de haber construido yo ficciones de mayor, me ha permitido ver que el guión de Luz de Luna tiene todos los trucos de siempre, pero empleados de manera novedosa y rabiosamente elegante. Citando al Salieri de Amadeus: si se toca una frase, el equilibrio sufre sensiblemente. Si se mueve una escena, la estructura se desmorona como un castillo de naipes. En el episodio piloto, por ejemplo, la presentación de los personajes es, sencillamente, modélica. La manera tan sencilla, tan inteligente y tan rápida en que el personaje de Bruce Willis se da a conocer, sin parar en ningún momento el curso de los acontecimientos es, simplemente, abracadabrante.
Soy consciente de que estos detalles sólo le interesarán a quienes, como yo, hayan intentado alguna vez escribir un diálogo entre dos personajes. Sin embargo, lo que le interesará a todo el mundo es esto: al volver a ver Luz de Luna volví a sentir en mí esa alegría que sólo se siente la primera vez.

La marcha del movimiento ciudadano "Moschee-Ade" (foto: www.kurier.at)
Singers in the morning

14 de Mayo.- Dice el viejo refrán que la inteligencia humana tiene sus límites pero que la tontería, desafortunadamente, no los conoce.
Mientras escribo, se desarrrolla bajo la lluvia la concentración organizada por los palmeros de Strache contra la construcción del centro cultural de Brigittenau en la Dammstrasse.
Según informa el Österreich (ese gran periódico) lo que sus detractores llaman mezquita es en realidad una ampliación de los ya preexistentes locales de la asociación Atib, que en alemán se llama Türkisch-Islamische Union für Kulturelle und Sozialle Zusammenarbeit.
Se prevé (y se teme) la asistencia a la marcha de cientos de militantes neonazis que forman la guardia de corps de Haienz Christian Strache, ese político al que votan las masas indocumentadas porque les ofrece pan, amor y fantasias arias de ayer y hoy.
Curiosamente, por ley, la exhibición de símbolos nacionalsocialistas o la predicación de su sangriento evangelio están prohibidos en Austria desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la ideología de los eslóganes del FPÖ es claramente xenófoba, y nadie hace nada (desde el Estado, se entiende) para poner coto a esta vergüenza.
Dichos eslóganes, que empapelan las calles de toda Austria son primitivos ( a juego con el escaso mobiliario del caletre de los adeptos) y están basados en dicotomías de fácil digestión como por ejemplo “Christenland vs Abendland” (algo así como “Europa Cristiana en vez de Europa Occidental”) en donde la segunda parte siempre es el enemigo a batir.
El modelo de Strache es la agit-prop hitleriana despojada de toda la parafernalia militar. Una mezcla de diseño pop, presunta preocupación por los trabajadores y agresiva simpatía profident.
Contenido ideológico profundo: cero.
La utopía de estos ultras posmodernos es, obviamente, irrealizable en un mundo globalizado y está condenada, como todos los sistemas totalitarios, al fracaso . Pero siempre hay masas cerriles dispuestas a creer en la promesa de los duros a cuatro pesetas y en los móviles cuyos algoritmos pueden burlar a los pérfidos satélites americanos. La ideología de Strache, lo mismo que la de sus parientes iberoamericanos que dicen colocarse en sus antípodas, ofrece un mundo seguro y regulado, una panoplia de enemigos reconocibles y, lo que es más importante para su público, en su mayoría gente expulsada precipitadamente del sistema educativo, una comunidad a la que pertenecer. Zusammen ist man weniger allein, que decía aquel (Junto se está menos solo).
El pasado fin de semana, un grupo de estos jóvenes cuya única ideología es el bate en alto, lanzaron ataques verbales a unos pobres supervivientes del campo de exterminio de Auschwitz. Intentaban atacar la memoria viva del intento hitleriano de construir un mundo artificial, enloquecido y, bajo su aparente rigidez, anárquico y violento.
La serpiente pone sus huevos una vez cada generación, pero somos todos los que ayudamos a que nazcan las crías; dando la democracia por supuesta, alentando la existencia de políticos perezosos, bobos o inútiles, dejando languidecer el sistema educativo impidiendo que nuestros jóvenes desarrollen el espíritu crítico suficiente como para discernir la estafa en los cuentos de cualquier cantamañanas.
De izda. a dcha. Alfonso Guerra y Felipe González saludando a la multitud desde un balcón del hotel Palace de Madrid. 1982. Noche electoral.
Corazón tan blanco

13 de Mayo.- Querida Ainara: nuestra existencia es producto del azar hasta tal punto que resulta un poco ridícula nuestra vanidad al tomarla tan en serio.
Yo mismo, cuando era un bebé, estuve a punto de morir atragantado. Me salvó la suerte, supongo, ayudada por los vigorosos brazos de tu abuelo, que me mantearon hasta que el trozo de comida que me había cerrado la glotis salió disparado al aire como un corcho de champán.
Tú también estuviste a punto de no venir al mundo muchísimo tiempo antes de que fueras ni siquiera un proyecto. Fue una noche de 1982 que ha pasado a la historia por otros motivos. Mientras Felipe González y Alfonso Guerra saludaban a la multitud jubilosa de sus seguidores congregada en la Carrera de San Jerónimo, tus abuelos corrían, con tu padre en brazos, camino del hospital más próximo. El niño, estremecido por las fiebres que le provocó una neumonía vírica, se debatió durante los días siguientes entre la vida y la muerte.
Tu tío, entonces un niño también, esperó el desenlace de los acontecimientos (que fue feliz, gracias a Dios) muy lejos de “el centro de la noticia”, en casa de unos parientes. Para mí fue terrible. Me sentí aislado en territorio enemigo (no lo era, pero yo lo percibía así). No tenía ni idea de si la situación se prolongaría mucho o, incluso, si sería definitiva. Todas las historias de huérfanos de los cuentos me pasaron por la cabeza. Mi natural propensión a la truculencia y al drama no hizo más que agudizar mis sufrimientos.
No volví a ver a tus abuelos hasta que hubo transcurrido una semana de esta angustiosa situación. Fue tu abuelo el que, ojeroso, derrotado, vino a verme durante apenas un cuarto de hora, sacando tiempo de la angustiosa espera entre dos visitas médicas. Conociendo a mis padres como les conozco y con la perspectiva que me da tener la edad que ellos tenían entonces, debo suponer que aquella semana había sido infernal para ellos. Eran una pareja joven con un niño pequeño que se debatía, por causas desconocidas, entre la vida y la muerte.
Recuerdo aquellas navidades como las más tristes de mi vida y, probablemente, como el firme cimiento del odio que profeso, desde entonces, a esas entrañables fiestas.
Tras la primera crisis, tu padre se convirtió en un campo de batalla de enfermedades que los médicos no sabían diagnosticar. Las estancias en hospitales se prolongaban sin que nadie supiera bien cual era la causa misteriosa de que mi hermano pasara por crisis que le dejaban exhausto. Las reclusiones incluyeron alguna con aislamiento total e una unidad para enfermos infecciosos. De nuestra casa desaparecieron las alfombras y las cortinas. El aire se empapó de una honda melancolía.
Me consta que, para tu padre, un niño sensible y cariñoso, aquel ir y venir por manos extrañas; aquel pedirle tranquilidad para luego introducirle sondas y tubos fue muy traumático. He visto casos parecidos durante el tiempo que trabajé en un hospital. Niños que sentían pavor a que los tocasen.
En el fragor de la batalla, supongo sin embargo que nadie se dio cuenta de que en aquella familia había otro niño muerto de miedo: yo. Desde entonces siendo un hondo respeto por los terrores que pueden vivir en el frágil corazón de un niño. No consiento que, delante de mí, ningún adulto se ría de ningún miedo infantil. Procuro calmarlos explicándole al niño, en un lenguaje que él pueda entender, qué pasa, por qué pasa y qué puede hacer. He tenido que sufrir a muchos adultos que se han reido de mí cuando era pequeño. Creo que es por la única cosa que puedo guardarle rencor a alguien: los niños, Ainara, no tienen la defensa de saber que son cañas lo que ellos toman por lanzas.
En cualquier caso, esta enfermedad de tu padre tuvo algo bueno: en una estantería, envuelto aún en el plástico de la tienda, cubierto de polvo, descubrí Corazón de Edmundo de Amicis. Un libro bellísimo que me ha acompañado fielmente desde entonces.
Besos de tu tío.