La banda sonora de este artículo es la canción "E viva España" interpretada por la cantante (!Holandesa!) Inka Marina. Manolo Escobar hizo una versión de ella que, sin duda, el lector conoce.

Terror en Malorca (*)

(*) No es una errata, como se verá más adelante

31 de Julio.- Uno de los géneros que pirran a los aborígenes es la novela de detectives o Krimi.
En ningún lugar de la tierra como en Austria, se emocionan los telespectadores ante la perspectiva de ver un programa sobre una anciana cotilla pero dotada de olfato para el crimen. O sobre policías tirando a obesos con familias disfuncionales –pero saladas- los cuales, tras cuarenta y cinco minutos de preguntas, chistes para párvulos y ceños fruncidos, terminan invariablemente descubriendo que la asesina fue la suripanta de la hija adoptiva de la propietaria de la cuadra caballar.
Un subgénero en sí mismo lo forman las intrigas que se desarrollan en lugares vacacionales. Triunfan Venecia (Donna Leon) y, cómo no, Mallorca (pronúnciese “Malorca” si se habla con algún aborígen poco versado en la lengua de Cervantes).
Las intrigas “Malorquinas” están pobladas de inspectores de grueso mostacho negro que cultivan un futurible cáncer estomacal a base de consumir raciones generosas de patatas a la brava y/o calamares (“calamari”, en léngua vernácula). Servidores de la ley que desahogan su frustración con limpiabotas que se dirigen a sus clientes en un alemán pulquérrimo pero salpicado de vez en cuando de términos celtíberos (“senor”, particularmente, así, sin eñe) todo ello en fiestas en puertos náuticos bañados por la luz de la luna, en las que se come mucha paella (“paela”, exactamente) y se baila algo parecido al flamenco que toca un trío de guitarristas con un sospechoso parecido con Los Panchos.
Mallorca, en el imaginario colectivo de los germanoparlantes, es una versión de España adaptada a sus necesidades, lo mismo que las bañeras de las residencias de ancianos son versiones especialmente adaptadas de las bañeras convencionales. Es un lugar en donde puedes sentirte en medio del Mediterráneo pero comprar las salchichas en Müller o yogures sintéticos en el Lidl (un poner).
Sin embargo, últimamente el sueño “malorquín” está perdiendo brillo a ojos locales. Primero, fueron los millonarios austriacos que organizaban loterías de a cien jEur el boleto. Única manera de poder sufragar la hipoteca salvaje de su casoplón. Más recientemente, las fotos de chatis en bikini con la mascarilla sanitaria puesta, al objeto de combatir la perversa asechanza de la gripe cochina y, por si esto fuera poco, ayer la debacle cuando las autoridades (con muy buen criterio y muy poco éxito hasta el momento) convirtieron la isla en una ratonera para que los criminales que habían matado a dos guardias civiles no pudieran salir de ella.
En los periódicos austriacos de hoy se habla de “Caos” una palabra que las mentalidades germánicas temen más que una vara verde. Incluso el Österreich (no me canso de alabarlo) habla del trío infernal que suponen “la gripe cochina, las medusas y el terrorismo”. Vítor (que hubiera escrito Lázaro Carreter).
Colocar a los criminales etarras en la misma frase que las inocentes medusas no deja de ser una decisión un tanto arriesgada del redactor del suelto pero, en cualquier caso, muy acorde con el espíritu general de ese periódico que nunca deja que la verdad (y, sobre todo, la lógica) le estropee un buen titular.
En el cuerpo de la noticia se desarrolla el tema de las gelatinosas criaturas urticantes y, tres líneas más abajo, se trae a colación el autorizado testimonio de un superviviente de la gripe cochina que, con el aplomo que da el haber sido arrancado de las garras de la parca por manos médicas, asegura:
-Nunca más volvería a viajar a “Malorca”.
A todo esto, por cierto, escasa atención a los pobres muertos por el zarpazo del terror. Unos difuntos de los que, piensan los directores del Österreich, mañana no se acordará nadie (ya se sabe que el muerto al hoyo y el vivo a la playa cuajadita de medusas).
En fin. No somos nadie.

El austriaco rey de los monos

30 de Julio.- Efectivamente: como mis lectores más sagaces habrán adivinado, el hombre (más bien chaval) de la foto es Johny Weissmuller,el más famoso Tarzán de todos los tiempos que, fíjate lo que son las cosas, era austriaco. Bueno, por lo menos, al nacer.
Nuestro amigo Johny nació en 1904 en la localidad de Freidorf, que hoy pertenece a Rumanía (región de Timisoara) y que, en aquellos momentos, pertenecía al Impero Austro-húngaro y, más concretamente, a la región del Banat –mira tú por dónde, Johny Weissmüller era paisano de la tante R.-.
El joven súbdito del emperador Francisco José fue bautizado como János Weissmüller y, muy poco tiempo después, sus padres, los suavos Petrus Weissmüller y Elisabeth Kersch decidieron probar fortuna en el Nuevo Mundo (más concretamente en su mitad norte). La familia llegó a la isla de Ellis, Nueva York, el día 25 de Enero de 1905, festividad de los santos Timoteo y Tito. A la búsqueda de trabajo, los Weissmüller, que se llamaban ya Weissmuller (en la lista de pasajeros del barco el jóven János fue también rebautizado como Peter John) peregrinaron por distintos lugares hasta establecerse en Chicago, lugar en donde el joven Johny y su hermano pequeño Peter crecieron en una colonia de suavos del Banat (los inmigrantes tienden a juntarse). Como curiosidad, baste decir que, durante su adolescencia, Juanito, Johny, János participó en diversos concursos de yodeln, lo cual, andando el tiempo, le sería bastante útil a la hora de inventar el grito del rey de los monos (con la inestimable ayuda de Douglas Shearer, jefe del departamento de sonido de la Metro Goldwin Mayer y uno de los pioneros del cine hablado). El chaval, que luego demostró su habilidad para viajar de liana en liana, no era bueno con los estudios, así que a los doce años dejó la escuela y ejerció los más diversos oficios, como botones de ascensor. Durante esta época, el chico se convirtió en un campo de batalla para las enfermedades y el médico de la familia, al que Dios le conservó la vista muchos años para compensarle la falta de ojo clínico, dictaminó con gesto serio que Juanito no viviría más allá de los treinta. Fue por su consejo que el chaval empezó a nadar y, casi por casualidad, descubrió su potencial deportivo.
Oficialmente, durante su carrera deportiva Weissmuller batió 51 récords, la mayoría durante las olimpiadas de 1924 y 1928; algunos de estos récords fueron tan longevos que no se batieron hasta los años sesenta del siglo pasado.

En el declive de su carrera deportiva, el deportista austro-americano fue tentado por el cine (tentación en la que cayó, claro) y, en 1932 protagonizó la primera película de Tarzán. Un film hecho de descartes de películas documentales africanas que la Metro tenía en stock. Como curiosidad, baste decir que, en esta peli, le acompañaba Maureen O´Sullivan que, andando el tiempo, sería la mamá de Mia Farrow (suegra, por tanto, de Woody Allen) y que el film tuvo algunos problemas con la censura de entonces porque, en un intento tanto de mostrar la inocencia selvática como de alegrarle las pajarillas al público de las matinés, en la peli de Tarzán salía muchísima más carne que en una película al uso (se trataba de mostrar la titánica anatomía del campeón olímpico y la crujiente desnudez de la señora O´Sullivan). Tras sufrir varios cortes y amenazas de boicot, en sucesivas producciones no sólo se dotó a O´Sullivan de un casto modelo minifaldero hecho de pieles, sino que Tarzán fue equipado con un taparrabos que hubiera dejado satisfecho al prior de un monasterio franciscano e, incluso, la pareja tuvo un niño (boy) que, a juzgar por los antecedentes, debió de nacer por partenogénesis, porque si no, no se explica.
Tras el declive de la serie tarzanesca, Weissmuller rodó en Alemania una película y luego protagonizó otra serie de seis filmes con el personaje de Jungle Jim, además de una serie de televisión de 26 episodios.
Weissmuller encaró el atardecer de su vida, que duró hasta su muerte en 1984, causada por varios derrames cerebrales sucesivos.
Tuvo tres hijos, de los cuales le sobrevive una chica, Wendy Anne.
Su última mujer, la berlinesa Maria Weissmuller, murió en 2004 en Acapulco, después de una larga enfermedad.
(Gran parte de estos datos provienen de la erudición infinita de la wikipedia, y la pista para el tema de esta entrada, de la inestimable ayuda de B., la mujer de mi primo N. a quien desde aquí doy las gracias)
¿Quién es este hombre y por qué está aquí?

(La solución, próximamente)

Düsseldorf
28 de Julio.- Hasta hoy, mis ferias habían sido de maquinaria industrial. Confieso que no estaba preparado para el despliegue de color que supone una feria de moda. Düsseldorf, por otro lado, no es Stuttgart. Eso se ve a la legua. Nada de aprendices de tornero en traje típico, nada de demostraciones de soldadura autógena.
Por lo pronto, atravesamos rápidamente el hall de los complementos. De vez en cuando, algunas chicas de alzada espectacular y hechuras restallantes lucen modelos de lencería fina. Mi compañera y mi jefe me informan de que, si uno quiere (y acredita ser dueño de un negocio afín, claro) puede acercarse y pedirle a las muchachas que luzcan el conjunto que uno desee al objeto de ver cómo sienta el género en un cuerpo humano. Levanto las cejas: unglaublich aber wahr. En fin: un escenario apocalíptico para cualquier feminista.
A pesar de que este año no hay moda de hombre en nuestra feria y, supongo, en bien de la paridad, también hay modelos masculinos (dos). Uno de ellos posa con sonrisa algo ausente en el espacio de una conocida marca. Pinta de azafato de programa de sobremesa, camiseta de tirantes negros, boxers a juego, chanclas. El chaval no trabaja demasiado porque su compañera (conjunto igualmente negro, sexy a la par que deportivo, ombligo perfecto, pechos heróicos de maggiorata italiana) está mucho más solicitada.
En un momento dado, aparece un tipo cincuentón con pinta de anticuario y grita para que le oiga toda la cuenca del Rhin:
-¡Soooonia!
La tal Sonia (imitación de una alta ejecutiva de, pongamos, Sex and the City) aparece y se cuelga del cuello del anticuario, que echa hacia atrás la cabeza al tiempo que emite una carcajada algo sobreactuada. Los modelos se esfuman discretamente.
(...)
NOTA AL MARGEN: El uniforme de todo estilista gay que se precie consiste en a) pantalones vaqueros –caros- lavados a la piedra (Diesel a ser posible, o equivalentes) b) camisa blanco nuclear de corte impecable y cuello alto a lo Carl Largerfeld c)zapatos italianizantes de los que revelan la misma inseguridad sexual que los poseedores de coches rojos o motos ruidosas padecen al otro lado de la acera.
(Es curioso como el movimiento gay, que ha hecho de la diferencia su bandera, ha establecido también unos estándares internos que pueden llegar a ser el colmo de la vulgaridad (a saber: el estilista, el estripper, el comentarista de corazón y entrepierna...)). FIN.
(...)
Nuestro segundo modelo masculino aguarda órdenes en el stand de una marca que se dirige, fundamentalmente, a aquellos hombres que reivindican la estética gay como un terreno a conquistar (Cristiano Ronaldo y sus hotpants de florecitas, for exampol).
El chico es simpático, fibroso y, lo que son las cosas, el vivo retrato de mi amigo X. (me hace tanta gracia el hecho que me apresuro a comunicárselo por SMS). Como nuestra compañía se dirige a un público general, mi jefe, mi compañera y yo, nos centramos en los modelos más discretos –lo cual resulta bastante difícil a veces porque esta compañía ofrece cosas que hay que tener MUY BUEN cuerpo o, en su defecto, mucho valor cívico, para ponerse-.
Mi jefe expresa sus dudas a propósito de un modelo enterizo de los que usan los practicantes de lucha grecorromana. Nuestro amigo el estilista (ver prototipo glosado más arriba) llama al modelo con un gesto. El chico entra al vestuario y, sonriente, reaparece portando la prenda.
A lo lejos, empieza a sonar una música pimpante procedente del desfile que se desarrolla en la pasarela del fondo del salón de exposiciones. Mientras nosotros discutimos con el estilista, nuestro modelo se queda mirando la pasarela con melancolía. Él nunca podrá desfilar. Es demasiado bajito –vamos, de mi estatura-. El chaval suspira.
Está claro que a todos nos falta algo para ser felices.
La modelo argentina afincada en España Daniela Cardone
Sal, camisa sin mangas

27 de Julio.- Paseando por el Lainzer Tiergarten pienso que tengo que hablar de una realidad abracadabrante que he venido observando desde que vivo aquí.
En Viena, y sobre todo en verano, hay muchas mujeres que renuncian al sujetador, sostén o, como se dice aquí BH (por Busenhalter y no por Beistegui Hermanos, mi primera bicicleta). En fin. Mi experiencia me dice que las mujeres españolas son mucho más reacias a dejar que sus lolas –Daniela Cardone dixit- vivan en un régimen liberal, y más partidarias de someterlas a la ley marcial. Incluso, tengo yo una amiga en España que es especialmente maniática de esta cuestión corsetera y que tiene sujetadores reservados para cada ocasión (para estar por casa, para salir, etcétera).
Así que, como este blog se debe al objetivo de tener informados a sus lectores con precisión y audacia, bajo la sombra de la masa boscosa, seguido atentamente por los ojillos de los jabalíes que pacen a lo lejos, decido hacer una rápida estadística visual entre las paseantes (así dicho, parece como de Porky´s, pero créanme mis lectores, y sobre todo mis lectoras, que la investigación se hace de manera tan disimulada como galante). He aquí las cuentas: de treinta sujetos estudiados, cinco iban con las lolas liberadas y las otras veinticinco las sometían a la dictadura de los aros y las copas. Las partidarias de la revolución lolera eran, sobre todo, las señoras más maduras –mayores de cuarenta y cinco-. Yo, lo cuento por si alguien se anima a abrir el debate.
Otro apunte estilístico.
Cuando éramos chicos y decíamos algo inconveniente o increible (que el hombre había llegado a la luna, por ejemplo) mi abuela siempre chasqueaba la lengua y decía:
-¡Sal, camisa sin mangas!
Pues bien las camis(et)as sin mangas son parte indispensable del uniforme sport del proletariado vienés. Eso sí: forman un todo junto con los vaqueros de todo a diez euros, las sandalias (llevadas con calcetines si el interesado quiere añadirles una nota elegante) y cierto corte de pelo que McGyver/Richard Dean Anderson puso de moda cuando Annibal Smith y los suyos se dedicaban a consolar viudas y a desfacer entuertos. O sea: pelo de punta por arriba y melenita por detrás. Hoy parece que, este corte de pelo, que tiene su acomodo lo mismo en la boda suburbial, que en el andamio, que en la comisión federal del partido independentista –ver look abertzale-, vuelve en su versión cresta mohicana. Pero las generaciones más maduras siguen manteniendo ondeandes las banderas de los ochenta.
Ole por ellos.
Armin Assinger y su mujer Bettina (foto:www.andreastischler.com)
Children of the light

26 de Julio.- Se terminan las vacaciones hasta septiembre. Llegadas esas fechas, quince días en la playa. Mientras tanto, volvemos a la rutina.
Coincide el final de esta primera entrega de descanso con el final de la ola de calor. Amanece un domingo como de septiembre, las calles aún un poco húmedas por los chaparrones de ayer por la tarde. Camino del gimnasio, me cruzo con una pareja de africanos endomingados que van camino de la iglesia. Él es pequeño, compacto, y tiene la piel color chocolate. Lleva puesto un terno gris de confección, camisa blanca replanchada con el cuello algo holgado, una corbata roja con un estampado clásico y discreto. Va empujando un carrito con una niña que no tiene todavía un año. Unos pasos por detrás, su mujer. Rumbosas caderas de diosa neolítica, turbante y vestido hasta los pies cuyo estampado trae hasta Viena el colorido y la pasión por la geometría del África ecuatorial. Empuja también un carrito en el que reposan dos mellizos recién nacidos.
En mi parada de metro, las cosas siguen como las dejé. Si acaso, el indigente que pasa sus días a la vera de la máquina expendedora de billetes está un poco más aseado. También él se ha vestido de domingo. La ropa algo menos astrosa, unas zapatillas de deporte límpias. Las espinillas llenas de heridas. Tendrá unos cuarenta y cinco (es difícil acertar con la edad exacta de la gente que vive en la calle), barba rebelde. Seguramente es uno de esos enfermos mentales que se pasa el día errando por las calles entre abril y octubre. El hombre es fundamentalmente inofensivo y conserva un reflejo de buena educación. Como si dijéramos, un impulso primario servicial.
De vez en cuando, le he visto ayudar a los turistas del hotel cercano a sacar billetes. Mientras paso a su lado, él permanece en su puesto (de pie, la mirada perdida en las profundidades del color gris del suelo, las manos cruzadas delante del cuerpo con un gesto vagamente clerical). Uno no puede dejar de hacerse preguntas ¿Quién es este hombre? ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Qué cadena de males, causados por él mismo o por el destino, le ha conducido hasta las proximidades del expendedor automático de billetes?
(...)
El gimnasio está casi desierto. Sólo entrena una chica al borde de la consunción que corre hacia el infinito con la mirada puesta en una meta desconocida. Ella y un tipo al que yo llamo “El lanzador de pesos”. Una especie de titán barbudo con un tatuaje tribal en el hombro izquierdo. Al entrar yo, resopla bajo un peso de más de cien kilos, la camiseta empapada de sudor.
Antes de ponerme a correr, cojo una revista (“News”, la versión amarillenta de la más seria “Profil”). En la portada, orgullosa, posa la mujer de Armin Assinger, Bettina. Parece ser que Frau Assinger vuelve a poder ponerse gorras y sombreros después de haber sido coronada por su santo esposo el año pasado (los cuernos que Assinger le puso a su Bettina fueron destapados por el Österreich, a traición, un domingo en el que en Oriente Medio nadie había matado a nadie y en el que la política local era una balsa de aceite). Bettina asegura haber hecho lo correcto no actuando como Lorena Bobbit cuando conoció la noticia de la canita al aire de su esposo y, con el orgullo del perro que orina marcando su territorio –valga la metáfora- asegura comprender “a las mujeres –lagartas, vaya- que piensan que su marido es un gran hombre”.
Nuestro amigo Petzner también aparece en el News comentando su intención de presentarse a la alcaldía de Viena. Debido a sus deslices, nos enteramos de más cosas: primero, que no se presenta sino que “le presentan”. Su partido no sabe qué hacer con él y, seguramente, alguien tiene la esperanza de hundirle para siempre con el papelón que supondría un fracaso estrepitoso en las elecciones municipales. Y segundo, que su gusto para la ropa es, digamos, valiente. Posa para el reportaje fotográfico que acompaña la entrevista con unos pantalones blancos de pitillo, camiseta blanca y unos botines negros tipo “chúpame la punta” (va sin segundas). Herr Petzner defiende su desmelenado duelo tras la muerte de Haider (Claudia, la viuda, estaba mucho más entera) haciendo una sentida loa a la autenticidad y a los sentimientos. Dice saber que el electorado desea la aparición “de otro tipo de políticos” y rememora sus tiempos de servicio social (sustituto del militar) en una residencia de ancianos. Recuerda como una anciana, al aparecer él, siempre decía:
-Aquí está Stephan, ya ha llegado la luz.
Amén.
Vacaciones en primer plano

25 de Julio.- Yo reconozco que soy más de secano que otra cosa, pero en estos días de calor, nada mejor que refrescarse (eso sí, con las debidas precauciones: el mismo día en que fueron hechas estas fotos, un zutano pasó a mejor vida debido a un quítame allá esa diferencia de temperatura entre las aguas heladas y su cuerpo caliente por el sol).

He aquí el tipo de embarcaciones que surcan el lago Neusiedl: veleros pequeños pero marineros con capacidad para media docena de personas. Lo que se ve en primer plano es la vela del barco en el que navegaba yo. El lago Neusiedl me llega a mí, que mido uno setenta y cinco, a la altura del cuello allí donde es más profundo. Y eso porque este año, debido a las lluvias, hay mucha agua.


La "cerveza blanca" es cerveza de trigo y, aparte de refrescante, es muy suave y entra muy bien. Ha sido mi descubrimiento de estas vacaciones para combatir la calorina.

Una flor del palacio barroco de Halbturn, en donde fui a ver una exposición que se llama "Más allá del Himalaya" sobre los pueblos chinos que menos contacto tienen con la civilización.

Y nada: dejo a mis lectores con este consejo: nada mejor contra el calor.

La tempestad



24 de Julio.- La zona del lago Neusiedl que colinda con la ciudad de Neusiedl am See es un destino vacacional bastante elegante.

A este lugar de Centroeuropa, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, llegan turistas de todos los rincones del ámbito de lengua alemana (nuestros vecinos los Piefkes sobre todo, pero también suizos), así como familias procedentes de los paises del antiguo telón de acero. Durante las casi cuatro décadas que duró la hegemonía soviética sobre los países de la órbita de la URSS, el lago Neusiedl se convirtió en la frontera entre dos mundos. Hoy, lo surcan barquitos de vela y de motor eléctrico (los motores de gasoil están prohibidos), las apacibles abuelas se remojan las piernas varicosas en sus aguas, los chiquillos contribuyen a que su riqueza hídrica no se agoste y los adolescents, montados en armatostes que juegan con el viento, hacen de estas costas centrales un remedo de Malibú o de Haway.

Ayer, después de todo un día navegando por el lago en el barco de unos amigos, fui a tomar algo al Mole West, sin duda el establecimiento más chic de la zona. Me puse el pantaloncito estrecho y la camiseta de los conciertos (en mi caso el pantalón era más bien ancho porque la noche anterior me habían comido los mosquitos que viven en estas idílicas marismas) y me puse a codearme con los profesionales liberales que tienen su barquito atracado en el club náutico, y los hijos de (Buena) familia que se pasean con barba de tres días, boardshort y gafas de sol por las escuelas de surf.

Di que estaba yo disfrutando de mi Aperol Spritzer (la bebida que se puso de moda la temporada pasada) cuando de pronto, se empezó a ver en el cielo (sobre Viena, más concretamente) una cadena de resplandores blancos. Durante veinte minutos estuvieron cayendo rayos ininterrumpidamente. Se anunciaba una apocalíptica.

En cuestión de minutos, conforme el gran vórtice de la tormenta se movía hacia nosotros, las aguas limosas del lago empezaron a encresparse; volaron las servilletas de cóctel de las mesas y las palmeras empezaron a bailar una danza desmelenada prisioneras en sus tiestos. Los camareros quitaron del camino del huracán las sillas de mimbre, los cojines, los vasos que los descuidados veraneantes habían dejado abandonados; los mástiles de los veleros atracados en el puertecillo frente al local empezaron a tintinear. Los críos empezaron a jugar con el viento. Los minutos siguientes fueron un estruendo de fin del mundo.

-!Hay un barco en medio del lago! –se oyó.

Los curiosos corrieron al borde exterior del muelle. A poca distancia, efectivamente, se debatía un velerito con el que el viento jugaba. Los optimistas, ponían sus cámaras digitales a trabajar. Pensaban que iban a poder sacar una foto del barquito luchando contra las olas con la luz fría que emitían los proyectores que ilumian el bar.

Sin embargo, la oscuridad , solo rota por los relámpagos secos, era impenetrable.

-!Tiene un ancla, no se va a hundir! –fue lo ultimo que oí.

Lo más sensato parecía volver a casa. Y así lo hicimos. De camino al aparcamiento, volaban por el aire todo tipo de objetos; los saltamontes se estrellaban contra las farolas, las patas desmadejadas como las varillas de un paraguas; en la distancia empezaban a oirse las sirenas de los coches de bomberos.

Al llegar a casa, la alarma del estanco de enfrente había empezado a sonar. Los árboles que escoltaban la pizzeria de la calle principal yacían por el suelo Delante de mis ojos, el viento derribó un árbol de la edad de un adulto maduro con la misma facilidad con que se parte un puerro. Un crujido seco y se fueron a la porra las ramas exteriores. Dos minutos después, la copa se estrellaba contra un coche aparcado en las cercanías.

Hasta las tres de la madrugada han estado saliendo los bomberos. Algunos accesos a Viena han quedado inundados.

Qué fantástica esta siesta

23 de Julio.- El agua de la piscina cabrillea al potente sol de julio. De vez en cuando, una paloma cruza el cielo. Fuera de eso, sólo se escucha el apagado ruido de una fuentecilla distante.
Con los ojos entrecerrados, juego a imaginar, como cuando era chaval. A mi lado, reposa en decúbito supino el libro que me he traido a este retiro (Una Historia de la Guerra Civil que no va a Gustar a Nadie, de Juan Eslava Galán).
De pronto, me asalta el pensamiento de que las criaturas que no habían nacido cuando llegué, ya hablan (y con una naturalidad y un acento que yo no alcanzaré por más que viva) y los que no sabían leer, deletrean ya con desparpajo los menús de los heuriger y hacen sudokus a mi lado.
Si hay algo que indica nuestra extrema fugacidad son los críos. Hasta el punto que cuesta creer que uno haya sido así. Con los ojos entrecerrados, con las sombras de esas impurezas que se forman en el humor líquido del ojo viajando a un lado y a otro de mi campo visual, busco en el Paco de hoy algo de la vitalidad invencible del crío que fui. Y nada. La fragilidad de los ninos sólo es parcial. Se aferran a la vida de manera inagotable, como aprendí cuando trabajé con ninos que estaban gravemente enfermos. Aunque quizá el secreto consiste en que los críos, mucho más que los adultos, no tienen problemas para integrarlo todo (hasta lo más terrible) en su normalidad.
En la piscina, flota una pelota roja y amarilla del Baumax...

(los teclados austriacos no tienen n, con lo cual no se pueden escribir palabrotas, como cono, pero tampoco Espana, ni, por supuesto, ninos; aunque a buenos entendedores...:-)

Güerve la caló

22 de Julio.- Queridas lectrices y queridos lectores: a partir de hoy y hasta el sábado aproximadamente, este blog estará en servicios mínimos. Habrá texto diario (porque, allá donde voy, hay conexión a internet, gracias a Dios) pero probablemente no tenga tiempo de contestar los comentarios -aunque se intentará-.

Sobre Austria se cierne una ola de calor sahariano que nos va a enseñar lo que va a ser el mundo cuando las temperaturas medias suban un par de grados. Así que lo más sensato parece buscar el frescor.

Mientras llega la actualización de hoy, aquí dejo a Pia Zadora y a un Jackson, demostrando que los 80 siguen siendo nuestros.

Bis bald!


Uno de los carteles en cuestión
Blanco y en botella
20 de Julio.- „Con bastante probabilidad, Dios no existe. Los valores son humanos”. Estas son las palabras que pueden leerse en varios carteles colocados por toda Viena (como antes en Madrid y Londres) por un grupo de ateos que deben pensarse que el mundo sigue todavía bajo la tiranía de la inquisición.
No conozco a los ateos austriacos pero, con ocasión de la campaña española, llevaron a la tele al jefe de los madrileños y, la verdad, no era nada fuera de lo esperable. Un fanático más. Eso sí: tenía muchísimas ganas de que le hicieran caso, de sentirse especial y como de dar mucho miedo. Además, reivindicaba con todas sus fuerzas su hecho diferencial. Lo mal que la vida le había tratado por ser ateo y sentirse así. Con todo el mundo mirándole raro por la calle, con sus vecinos en la escalera susurrando aviesamente "mira: ahí va el muy ateo de él". En fin. Después de diez minutos de escucharle uno no podía dejar de pensar que se declaraba furiosamente ateo más por epatar que por otra cosa.
Según el Heute (gran periódico) tras la colocación de los avisos en las esquinas vienesas –aprovecho para decir que yo no he visto ninguno-, las reacciones aireadas no se han hecho esperar. Si hay que creer a este papel, los católicos militantes, las monjitas rebotadas, los monaguillos furiosos, los iracundos curas, han salido a la calle dispuestos a empalar (metafóricamente, claro, que las cosas han cambiado) a los autores de la blasfemia. Pero lo cierto es que, fuera del Heute, la campaña en cuestión no ha tenido más eco que el que merecen ciertas noticias frikis.
Lo que sí es interesante es que, cuando la campaña de Madrid, la opinión que los periódicos consideraban mayoritaria (y, por tanto, patrocinable para quedar bien con los lectores) era que la campaña molaba y que ya estaba bien de que la Iglesia fuera esa organización privilegiada, etcétera. Y, en cambio, aquí, resulta todo lo contrario. El periódico asumía implícitamente que los católicos tenían todo el derecho, pero que todo el derecho, a sentirse heridos.
En mi opinión esto llega con (por lo menos) doscientos años de retraso. Hoy en día, por suerte, ser religioso no es obligatorio. Si uno cree, no le van a convencer de lo contrario con un cartel; y, si no cree ¿Para qué quiere un cartel?
Por otra parte, es perfectamente compatible ser creyente con el opinar, como es mi caso, que todos los pasos que la Iglesia da hacia posiciones ultras y rancias, no sólo la acercan a su desaparición, sino que son contrarios al espíritu (y, a veces, hasta a la letra) de los evangelios. Además, hay que estar bastante fanatizado para achacar los males que afligen al mundo a la acción de una Iglesia que, en los últimos veinte años, ha visto mermadísima su influencia en la opinión de la sociedad (vamos: en España sin ir más lejos, la gente se pasa las opiniones de ese Consejo de Ancianos en que se ha convertido la Conferencia Episcopal por el mismo delta del Ebro).
En mi opinión, la Iglesia no necesita quien la desprestigie: ya se encargan el papa actual y sus palmeros de ignorar cómo vive la gente de la calle; y esta trágica ignorancia ya ha causado que la Iglesia se haya convertido en un fantasma traslúcido, anémico y coñazo cuyas amenazas de fuego eterno ya suenan tan trasnochadas como las de estos ateazos que parecen salidos de una novela del diecinueve.
Aunque quizá lo que sucede tenga algo bueno.
El otro día se lo leía yo a un sacerdote anciano, un poco zumbón, cuya opinión fue pulsada con motivo de una estadística que dice que la gente ya no se confiesa (no nos confesamos). Decía el Páter:
-Nos ven como a personas normales y no como a intermediarios de Dios. Y a una persona normal, claro, da cosa contarle los problemas de uno.
Blanco y en botella, vaya.
FE DE ERRATAS (Gordas): Naturalmente, donde pone "reacciones aireadas" debería decir "reacciones airadas", como mis lectores habrán podido adivinar...
Aviones, pasta y rayos UVA

19 de Julio.- A los pobres habitantes de una casa en Alemania les llegó ayer su hora. Debido a las últimas (y torrenciales) lluvias se quedaron, literalmente, sin tierra bajo los pies. Donde se desarrollaba su vida hay ahora un agujero que, supongo, tiene ese aspecto de boca del abismo con que en la antigüedad ciertas simas se reputaban como entradas del infierno. De los habitantes de la vivienda tampoco se sabe nada: los bomberos se afanan en intentar encontrar sus restos.
Los vecinos de al lado han perdido también parte del techo que les cobijaba hasta ayer, pero han salvado la vida porque estaban de vacaciones.
En Austria empezó a llover ayer por la noche (ya ha parado) tal como predijeron los hombres del tiempo, continuó todo el día de ayer, y la noche nos saludó con un bonito cielo estrellado. Las lluvias provocaron un brusco (y agradabilísimo) descenso de las temperaturas. En menos de doce horas perdimos quince grados.
Ya sé que es una vulgaridad hablar del tiempo (y, lo que es peor: puede ser un signo de una carencia de ideas alarmante). Pero la verdad es que, después de la calina de los últimos días, se echaba de menos un poco de frescor.
Por lo demás: durante esta semana hemos sabido que nuestro amigo Stephan Petzner quiere presentarse a alcalde de Viena (el lector le recordará por ser el hiperbronceado lebensmensch de Haider, y podrá saber más de su biografía en el post “Princesas vs. Personas”). Los candidatos con más posibilidades de ganar (socialistas y populares) no han dicho esta mund es mía. Pero Strache, que también se presenta, ha hecho todo tipo de alusiones pérfidas (de las de segunda, tercera y hasta cuarta intención) a la afición de Herr Petzner a acudir a esos locales en donde, por un Euro, te ponen la piel en quince minutos como si hubieras estado expuesto al sol mediterráneo. En fin.
También se ha hablado esta semana de los tiras y aflojas que está acarreando la toma de control (venta) de la Austrian Airlines por parte de su prima piefke, la Lufthansa.
El Estado austriaco, algo apurado financieramente por la crisis, la subida del desempleo y lo que le cuelga, ve ahora cómo la venta de la AUA puede suponer, no sólo la desaparición de la marca (con esa imagen corporativa tan límpia) sino, además, el pago de un pastizal.
También ha causado gran escándalo en las mentes pensantes de este país, el hecho de que se haya sabido últimamente que el Estado Austriaco ha perdido una fortuna debido a inversiones que no han dado el fruto esperado y que fueron hechas con un criterio marcadamente especulativo. Las pérdidas son el chocolate del loro comparadas con los treintamil millones de euros que al Gobierno Español va a gastarse durante el próximo año en rescatar esos bancos que eran el orgullo del mundo capitalista, en conseguir que empresarios y sindicatos se pongan de acuerdo y en asegurarse de que las diferentes regiones del país piensen unas de otras que las demás son unas peseteras (¿Eureras?) y unas aprovechadas; aún así, que el gobierno –austriaco- haya jugado al bacarrá financiero con dinero procedente de los impuestos le ha puesto los pelos de gallina a más de uno y a más de dos.
Sin embargo, no hay de qué sorprenderse. Una de las primeras cosas que uno aprende en la carrera (yo estudié empresariales) es que los caudales (pobres en mi caso) que tenemos en el banco no están metidos en una cajita que lleva nuestro nombre. Eso era cuando los Fúcar le prestaban dinero a nuestros reyes para que anduviesen metidos en guerras a las que nadie les había llamado.
El dinero se mueve y cada inversión es una apuesta. Sólo las que terminan perdiéndose se terminan calificando de especulación.
Todos somos sabios a toro pasado.


¿Suena a Sabina o no suena a Sabina? Wolfgang Ambros canta, para aliviarnos del rigor de estos veranos centroeuropeos, Blume aus dem Gemeindebau. Lass dich flücken, du Rose aus Stadtlau ;-)

Efectos del calor sobre las criaturas

17 de Julio.- Cuando anuncias tu decisión de venirte a vivir a Austria, lo primero que te dicen tus conocidos (españoles) es:


-¡Ay, Austria! ¡Qué bonito! Pero ahí hace mucho frío, ¿Verdad?


Cierto: en Austria puede hacer mucho frío, pero, queridas lectrices y queridos lectores, también puede hacer MUCHÍSIMO CALOR. En el momento de escribir estas líneas cae del cielo un chorro de plomo derretido que convierte el poco aire que corre en un espeso río a la temperatura de la cera ardiente.
Además, en Viena, se suda.
Se suda muchísimo más que en Madrid. Por el verdor, que llena de humedad el ambiente, por el río (el río, los canales, los lagos, las fuentecillas de chorritos juguetones) que se evaporan y aumentan el bochorno. Por las tormentas vespertinas, que convierten la noche en un hervidero de mosquitos trompeteros (cuyos aguijones acaban siempre clavándose en mi piel canela, a pesar del Autan y otros mejunjes). En fin, que no es de extrañar que, cuando a los césares se les metía algún romano entre ceja y ceja lo desterraran aquí para que sufriese, unidos a los rigores de la lejanía, los rigores de los cielos.
Los aborígenes conocen a estos días que, parece ser, nos darán tregua mañana, como Hundstage, o días perros.
Precisamente del efecto del calor sobre las criaturas trata una de las primeras películas austriacas que yo vi y que se llama, exactamente, así: Hundstage.
Si yo hubiera sido un poco sensato, nada más verla, hubiera hecho las maletas; pero no: me quedé. Con la boca abierta (cuando se terminó el DVD yo alucinaba). Pero me quedé.
Hundstage es una película de episodios entrelazados con dos nexos comunes: todas las historias ocurren durante estos días y, además, están protagonizadas por gente absolutamente desquiciada.
En Hundstage, por cierto, escuché yo por primera vez el himno nacional austriaco. El cuarteto famoso de Mozart, el de la tierra de las montañas. Ese. Este.
Y también me acuerdo de una pobre desquiciada que hacía listas durante toda la película. Por cierto que la vi en alemán con subtítulos en inglés (no dominaba yo suficientemente la lengua vernácula, por aquellos entonces). Quizá sea el momento de volver a verla.
Hundstage fue dirigida por uno de los cineastas austriacos que más me molan: Ulrich Seidl. Según la Wikipedia, Herr Seidl nació en la Baja Austria, en la localidad de Horn. Aparte de Hundstage, yo he visto de él Good News; que es un pedazo de documental a propósito de uno de los rasgos más reconocibles de las calles vienesas: los vendedores indios de periódicos.
En fin.
Para intentar olvidarme del calor, he empezado a revisar la ingente cantidad de blogs que compiten en el premio 20 Blogs, en el que este también participa. Espero que, cuando renueve la lista de blogs recomendados con mis hallazgos, mis lectores sepan apreciar el sacrificio que he hecho por ellos.
Aunque, por vosotros, lo que sea.
Voy a ver si me doy una ducha fría.

foto: www.drnorimaki.blogsome.com
La fuerza de la costumbre

16 de Julio.- Este blog, en principio, no debería ocuparse de la actualidad internacional (de la española especialmente) pero hoy quisiera hacer una observación que la entronca con la actualidad austriaca y que, como dijo el clásico, “sigue bien el conceto de la materia que sigo”.
Desde aquí, una de las consecuencias más perceptibles de la crisis que ha herido el edificio económico español, es que los periódicos se han vuelto mucho más sensacionalistas de lo que eran (y ya lo eran mucho).
Hablo sobre todo de los periódicos en línea, que sigo con asiduidad, aunque los programas informativos televisados, por lo que se me alcanza, están llegando a cotas de abyección y de bajeza que parecían imposibles hace sólo cinco años.
La crisis, que ha podrido el tronco de la economía española, va extendiendo su moho, su descomposición gris y húmeda a la sociedad, a través sobre todo de la prensa escrita. La población española, por esta vía, está enfermando sin apenas darse cuenta, y lleva camino de convertirse en una colectividad cabreada, tensa, neurótica, cerril y sedienta de sangre.
Para que se vea lo que quiero decir pondré dos ejemplos que han ocupado las portadas de los periódicos durante los últimos días (quizá para cuando mis lectores paren su atención en ellos, sean noticias atrasadas, sustituidas por otras más espeluznantes, pero eso no les quita validez ilustrativa).
En Pamplona, durante los Sanfermines anuales, uno de los hombres que corren delante de los toros fue corneado por una fiera y los servicios sanitarios no pudieron hacer nada por salvarlo. Casi instanteaneamente, sin tener ningún tipo de consideración hacia la familia del fallecido, todos los medios publicaron imágenes en movimiento y estáticas de la muerte del hombre, amparándose pretextos de prístina apariencia pero realidad maloliente. Al día siguiente, en el mismo marco, uno de los corredores fue corneado en el cuello de manera espeluznante. El animal, en su furia, le desgarró la ropa dejándole, amén de ensangrentado, con las vergüenzas al aire. La foto de aquel hombre medio desnudo, con el cuello agujereado y la sombra helada del terror en el rostro, estuvo en el aire (en internet) hasta que alguien decidió sustituirla por un primer plano más púdico. El sexo del hombre ya no era visible (el periodista sin duda pensó que era mejor que los niños y los adultos vieran a un hombre despanzurrado y no un hombre despanzurrado con el pene al aire). Así siguió la foto.
Días después, en el hospital madrileño Gregorio Marañón, y debido a un error médico, muere un bebé de padres marroquíes, cuya madre había fallecido antes (desgraciadamente) a causa de la gripe porcina. El espeluznante hecho, reconocido rápidamente por el hospital, fue amplificado hasta la extenuación por los medios de comunicación españoles que abundaron en todo tipo de detalles pornográficos a propósito del suceso, e incluso mostraron fotografías que, por puro tacto hacia el único superviviente de esa familia (un joven de algo más de veinte años) no existía ninguna excusa para mostrar (me estoy refiriendo a una fotografía en la que el hombre, solitario, avanza con el ataud blanco de su hijo en los brazos).
Me niego a citar, por su crudeza, algunas de las opiniones vertidas en tertulias televisadas y radiadas por cientos de expertos de ocasión. Como ser humano me agreden y creo en el deber que todos tenemos de servir de dique a la porquería.
Por contraste, quisiera poner sólo un ejemplo de los medios austriacos.
Durante la última fiesta nacional de los Países Bajos, un indivíduo, sirviéndose de un coche, intentó atentar contra la familia real holandesa y terminó arrollando a varias personas congregadas para ver el desfile, ante la horrorizada mirada de los asistentes a lo que, en principio, estaba destinado a ser una ocasión festiva.
Inmediatamente, la web del periódico austriaco Standard publicó una fotografía en la que se veía el coche impactando contra la multitud. Las indignadas reacciones de los lectores, o sea, de la sociedad civil, no se hicieron esperar, obligando al periódico a retirar la foto.
Mi pregunta es ¿Dónde están los lectores españoles? ¿Por qué yo no he leido ni una sola reacción a propósito de la publicación de las informaciones de las que hablaba más arriba?
La costumbre, la perversa y embrutecedora fuerza de la costumbre...
El Palo y otros cuentos

15 de Julio.- Querida Ainara: uno de los descubrimientos más perturbadores de la vida es el de la propia libertad.
En la infancia, es fácil: le damos con el balón al jarrón de porcelana de la abuela, mamá saca la zapatilla, nos da un par de pescozones en el culo y ya está. El sur se nos queda dolorido, pero la conciencia como una patena. El reo ya ha pagado su culpa.
Pero llegan los años en los que la libertad empieza a saborearse como un aire fresco y entonces un día, por probar, cogemos con dos deditos el jarrón de porcelana y lo dejamos caer. Se hace añicos. Esperamos. Esperamos. Esperamos otro poco más y no pasa nada. Y ahí, las personas se trastornan.
Libres de la tiranía de la zapatilla materna, hay una parte que hace cosas malas pero se siente fatal. Porque, Ainara, una vez que cualquier bicho medianamente inteligente ha aprendido que un estímulo lleva aparejada una respuesta, es difícil que se le olvide. Para apaciguar a estos, la parte más perspicaz del rebaño inventó eficaces sustitutos a los que yo, genéricamente, llamo “El palo”. El palo se ha llamado Inquisición, Milicia o Partido (con los fascismos antiguos y modernos, de derechas y de izquierdas). Los hombres también han usado la religión (y no sólo las de raíz cristiana) para convencer a otros hombres de la existencia de una especie de Policía Ultraterrena que premia a los sufridos buenos y castiga a los que se empecinan en cargarse los jarrones de porcelana ajenos. Yo, Ainara, no puedo hablar por los mahometanos ni por los budistas, pero basta con echarle un vistazo a cómo va el mundo para darse cuenta de que, mi Dios y el de mis padres, como policía es un desastre.
De todo lo anterior, Ainara, se derivan algunas otras consecuencias que saltan a la vista para cualquiera que tenga dos ojos en la cara. La cohesión de un grupo y su suficiencia,y su durabilidad, depende mucho del mecanismo cohercitivo que hayan conseguido instalar sus dirigentes.
Todo “palo” Ainara, conlleva una ortodoxia (no sé si me sigues). Y los líderes de los grupos en los que te toque estar a lo largo de tu vida llevarán mal que les toques la ortodoxia, porque para ellos significará que quieres echarle mano a su liderazgo. Así, a los quince años, si no quieres tener problemas, te declararás rendidamente enamorada del cantante de moda (aunque pienses que es un poco mariquita, o que tiene la nariz grande). A los veinte, asegurarás querer que el color caqui se ponga de moda entre los dirigentes de América Latina (aunque pienses, como yo, que el caqui se presta especialmente al bananeo y al culto a la personalidad); cuando empieces a trabajar, te adherirás a los objetivos de la organización sin condiciones, aunque pienses que “esta dirección es una ruina que nos lleva a la suspensión de pagos”. Y así, sucesivamente. Tu vida será sosa, pero tendrás menos problemas tontos.
El poder, Ainara, es imbécil por definición.(Aunque, como todos los tontos, el poder también es peligroso).
Podrás así dedicarte a ser tú misma sin peligro; a regirte por una ética en la que prime la decencia, el cuidado hacia otras personas, cierta ironía, mucho escepticismo pero, sobre todo, toneladas de sentido del humor.
Besos de tu tío.
Bruce Willis, el hombre que mejor ha llevado las camisetas imperio de la historia del cine (mi primo N. dixit)

El pelo de Bruce

14 de Julio.- Quisiera hacer una reflexión que, como todo lo que queda de este post, no tiene nada que ver con el tema principal de este blog. Los que somos aficionados a la necrofilia televisiva, tenemos un factor riesgo a la hora de padecer cardiopatías. Me explico: di que estás tú tan ricamente viendo un DVD y dices: “me voy a mirar los extras”. Y di que sale tu ídolo (o tu ídola, más frecuentemente) en la actualidad y tú, que tienes la imagen de esa persona en los ochenta, te llevas un susto que, en determinados casos, tiene un potencial letal.
Claro, que a mí esto no me pasaría si yo pudiese planchar sin tele. Y esta insuficiencia mía, aparte de darme disgustos, a la larga me sale por un pico. Juzgue el amable lector: Los Soprano, primero; luego, los Tudor y, desde hace un tiempo, como mis lectores más fieles saben, Luz de Luna.
Ya voy por la cuarta temporada (para mi desgracia sólo hicieron cinco). Pues bien: en un momento de debilidad, me puse los extras del DVD y salió Cybil Sheperd tal cual está hoy. Y qué susto más grande. No es que esperase que esta señora conservase la belleza greisqueliana de mil novecientos ochenta y siete pero creo que la vida, a esta muchacha, la ha tenido que tratar mal. Si no, no se explica.
Mira Bruce Willis, con todo lo que ha pasao la criatura, y sólo está un poco más calvo (joé: se casó con Demi Moore, que tiene telita; salvó al mundo de varios grupos terroristas e, incluso, se permitió una peli destinada directamente a los onanistas más vergonzantes del videoclub con la protagonista de El Amante).
Hablando de la calvicie de Bruce: se podría hacer un paralelismo entre las diabluras que los peluqueros de Luz de Luna tenían que hacer para que pareciese que tenía pelo y los cambios en las tramas de la serie.
Conforme Willis va perdiendo densidad por la zona norte, L.de L. Pasa de ser la clásica movidita de detectives que respiran tensión sexual a una comedia (¿Romántica?) que culmina en algunas de las escenas sexuales más gélidas de la historia de la televisión.
Es como si VD, blog más o menos dedicado a glosar las aventuras de un servidor en la capital de los valses, se transformase de pronto (y de manera un tanto abrupta) en un blog sobre electrónica recreativa o bricolaje. Y sobreviviese.
Pues así mutó Luz de Luna. A mí, en su momento (mi primera adolescencia) no me gustó nada el cambio (que, supongo, precipitó el final de la serie) pero ahora, entre sesión de planchado y sesión de planchado (y, sobre todo en versión original) reconozco que tiene su gracia.
Lo que queda de Cybill Shepperd (y he cogido una foto buena: hay otras que dan más susto todavía)

¿Y por qué pasó todo esto? Pues porque la estrella femenina de la cosa decidió, en el momento de mayor éxito del serial, quedarse embarazadísima. Yo, que he trabajado en la tele, puedo imaginarme la cara que se les quedó a los ejecutivos de la ABC cuando Shepperd anunció su bombo ¡Dios mío! ¿Qué hacer? Aquí, señores, un brindis por los guionistas. Que no sólo consiguen armar una trama para explicar en la ficción lo que pasaba en la vida real sino que, además, se las van arreglando para que el personaje de Cybil Shepperd vaya desapareciendo poco a poco (a partir del tercer capítulo de la cuarta temporada, además de poco, siempre aparece del pecho para arriba y con unos modelos como de Dorothy, la de las chicas de oro). Hasta que, en el momento previsible del alumbramiento, aliñan un par de capítulos sin ella. Todo lo cual, hecho con una brillantez desarmante (incluso sacando a Eve Marie Saint como la madre de Cybil Shepperd, que es la monda).
Pero aún hay más: esta nueva temporada de Luz de Luna me ha servido para reconciliarme con Bruce Willis (un actor al que, desde aquellos entonces, yo no podía ver). Me he explicado eso que dice mi primo N. de que, a pesar de que a mí no me guste, Willis es el tipo “que mejor ha llevado las camisetas imperio en la historia del cine”.
Incluso se le perdonan esos calcetines blancos con zapatos negros que me saca de vez en cuando. Y los nikis rosas. Y los jerseys de perlé con cuello de pico hasta el ombligo. Y los vaqueros sin cinturón.
Pecados de juventud. Pecados de los ochenta. Cuando todos teníamos un poco más de pelo.
PS: Por cierto, la hija de Cybill Shepperd -que salía en Luz de Luna en la tripita de mamá- triunfa ahora también en la tele, en la serie The L World.
1969: un año transcendental en mi vida (y eso que no había nacido todavía)
De Viena a la Luna
para mi abuela María, in memoriam

13 de Julio.- Hasta el momento en que dejó de preocuparle, mi abuela nunca creyó que el hombre hubiera llegado a la luna. Le parecía increible que aquellos tres americanos, protegidos de las radiaciones exteriores por trajes blancos, y montados en un rudimentario trasto que provocó un incalculable derroche de energía, hubieran alcanzado esa pelota polvorienta que vemos todas las noches.
A mi hermano, que es un guasón, le gustaba irle con el cuento:

-Abuela, abuela.
-Qué, hijo.
-Mira lo que dicen, que el hombre ha llegao a la luna.

Mi abuela chasqueaba la lengua y, si era verano, se daba golpecitos con el abanico en la falda del vestido negro y movía la cabeza antes de decir:

-Poco modorros que estáis vosotros.

Mi hermano sabía que mi abuela había entrado al trapo y, por oirla, le preguntaba:

-¿Y eso?

Mi abuela, cargada de razón:

-Pues porque a la luna no se puede llegar. Cuanto más te acercas tú, más se aleja ella.

La noche del 20 de Julio de 1969, Televisión Española emitió la película Pillow Talk, que diez años antes habían protagonizado Doris Day (por cierto, de ascendecia vienesa) y Rock Hudson. Un peliculón para la época y el digno prólogo de un acontecimiento histórico. En un momento dado, TVE interrumpió las tontunas intrascendentes del film para conectar con la señal de la NASA. Jesús Hermida, entonces corresponsal de TVE en los Estados Unidos, comentó para la boquiabierta nación aquellas imágenes borrosas de lo que entonces parecía la mayor gesta de la Humanidad desde que un genovés ambicioso había cruzado el Atlántico en tres barcos de cabotaje.
Mi abuela seguramente no vio las imágenes hasta mucho tiempo después. No tenía tele. Hacía cosa de un año que se había quedado viuda. Eran tiempos duros. Mi padre acababa de volver también del servicio militar y se estaba planteando emigrar a Madrid. En el pueblo no había futuro. La industria local se reducía a una fábrica de fideos (hoy un bonito hotel, que visité años más tarde) y, fuera de eso, quedaba el campo; lo cual, para quien no era dueño de las tierras, sólo significaba una vida al límite de la subsistencia para morir viejo, gastado, y con unos ahorros míseros en una cartilla.
Probablemente, mi abuela escuchó la transmisión del acontecimiento en una radio con coraza de bakelita color vainilla y negra (el dial es rojo escarlata) que yo tengo en Madrid. A la luz de una bombilla cubierta por una pantalla de tela, rodeada por el denso silencio de la noche veraniega, sólo roto por el canto de los grillos (unos animalitos que están presentes en la literatura desde Homero).
¿Qué pensó? Con el miedo que tenía a todo lo que se moviese a más de diez kilómetros por hora, debió de estremecerse. Sin el fondo visual que tenemos nosotros, ¿Cómo se imaginó el cohete? ¿Estaría mi padre con ella? Es un periodo de su vida que conozco mal. Sé que, antes de asentarse en Madrid definitivamente (en 1970, lo sé porque estuvo presente en el nacimiento de su sobrina mayor, mi prima Y.) hizo un primer intento, durante el cual trabajó, en condiciones inhumanas, en una fábrica de productos de caucho. Debió de ser por aquella época.
Hoy, rememorando estas cosas, he pensado que, si mi padre no hubiese decidido mudarse a Madrid durante aquel incierto año de 1969, quizá mi vida hubiera sido totalmente distinta. En cualquier caso, hubiera sido mucho menos probable que yo, su hijo, hubiera terminado viviendo en Viena. Así es: somos rehenes y producto de decisiones tomadas en nuestro nombre cuando ni siquiera somos un proyecto (mis padres no se conocieron hasta 1973).
Así visto, quizá mi viaje a Viena comenzó al mismo tiempo que la conquista del espacio.


Il ballo del Mattone

12 de Julio.- Ayer, entre pitos y flautas, la verdad es que no tuve tiempo de escribir. Los pitos y las flautas se redujeron, básicamente, a tres kilos de tomate (mitad cherry mitad de los normales) que el que esto escribe despellejó y desventró metódicamente al objeto de convertirlos en mermelada. Los botes están ahora en la cocina, enfriándose. Cuando la pruebe, ya veremos cómo ha salido.
También estuve haciendo otras cosas: por ejemplo, ir al gimnasio. Me gusta ir porque, lo mismo que escribir este blog, es un rato que tengo para mí; en el que puedo poner la mente a volar en cosas que sólo a mi menda le interesan. Corriendo en la cinta, como un hamster, me dedico a poner en orden mi vida, a hablar conmigo mismo de esto y de lo otro, de estos y de aquellos, de estas y de aquellas. Vaya, que recorro toda la escalera de los pronombres. También hay veces en que, a falta de cosas en mi vida que componer o que analizar, me dedico a mirar al paisanaje.
Es un poco raro de explicar, pero esto puedo hacerlo porque, cada vez que voy al gimnasio, siento que me vuelvo invisible y puedo observar impunemente. Es más: creo que todos los que vamos al gimnasio (menos dos hermanos argentinos y gemelos que cruzan ahora la frontera de la adolescencia) tenemos la misma sensación. No es de extrañar: vamos allí, levantamos las pesas, nos miramos en los espejos y sólo nos dirigimos la palabra temerosamente, como los participantes de un culto secreto, si alguien se ha dejado la toalla en alguna máquina o si algún parroquiano tarda demasiado tiempo en cumplir su rutina de levantar doce o catorce veces el número de decenas de kilos que estime necesario para moldear sus bíceps.
Ocurre también que, a fuerza de ir casi todos los días, todos los abonados a esta religión oculta terminamos por conocernos más o menos de vista. Y, si uno se emplea un poco a fondo, hasta pueden sacarse consecuencias de no poca sustancia a propósito del carácter de los compañeros.
Ya hablé otra vez del pulcro japonés jubilado que va todas las mañanas vestido con sus mocasines y sus pantalones cortos. Pero también hay otra mujer a la que, por razones obvias, sin su permiso, yo llamo Rita Pavone, que excita mi curiosidad. Rita es una señora de setenta años (tirando por lo bajo) que va vestida como una chica de veinte (ropa deportiva de marca de colores ácidos, zapatillas último modelo). Rita no es que utilice el gimnasio para mantener en forma su escaso metro y medio de estatura, es que, si uno la observa, llega a la conclusión de que vive en el gimnasio. A la hora que vayas, ella está allí, sufriendo (porque sufre, no hay más que verle la cara) en la clase de step, en el entrenamiento quema grasas (ella, que está como un alambre), en el spinning –ese sufrimiento debe de ser particularmente insoportable, porque la monitora es una tía nazi que te habla a gritos con una voz que parece que estuvieras preso en Buchenwald-; suda, salta, corre y pedalea como si de ello dependiera su supervivencia. Las comisuras de la boca curvadas hacia abajo en un mohín de muda obstinación, los ojos algo globosos y decaídos clavados en los gestos de la monitora –la guardiana de Buchenwald- ¿Qué la lleva a hacerlo? ¿Por qué esa desesperación? ¿Cómo es su vida de señora anciana que no encaja para nada en el prototipo de señoras ancianas? ¿Tiene hijos? ¿Es soltera, o casada? Por mucho que uno lo intenta, le es imposible imaginársela bailando las cosas que los viejos bailan aquí en las tardes de domingo; en esos bailes a la orilla del Danubio en donde suena Udo Jurdgens a todo trapo.
También hay un chaval minusválido que va en silla de ruedas. Es turco, me parece. Los primeros días iba acompañado de otro chico de su misma edad (debe de tener dieciocho años) pero hace mucho tiempo que lo veo solo. Va de máquina en máquina desplazándose trabajosamente de la silla de ruedas al asiento graduado (esos asientos de máquina de gimnasio, primos hermanos de los sillines de bicicleta). Como en el caso de Rita, yo creo que el deporte, para él, tiene una función reivindicativa. Reivindicativa sobre todo de sí mismo. Ante sí mismo.
¿No son así, en mayor o menor medida, todas las cosas que hacemos?

Abierto 24 horas

10 de Julio.- Michael Jackson va a ser enterrado con sus guantes blancos (¿Va a ser enterrado? ¿Ha sido ya enterrado? ¿Con o sin cerebro? En fin). A lo que vamos: que, para su último descanso, Michael Jackson llevará sus guantes blancos puestos cuajaditos, eso sí, de cristales Swarovski. Madre mía, qué alegría más grande. Austria también va a estar presente en este acontecimiento planetario de todo a cien (ahora, todo a un euro).
Mientras leía esta noticia que ha amenazado con parar el movimiento de la Tierra, pensaba yo que nuestra apariencia es una de las cosas sin las que no se puede entender el mundo en que vivimos.
Algunos ejemplos extraidos de los periódicos de los últimos días:

-Parece ser que hay una clínica (secreta) en la Rusia misteriosa en la que los bajitos pueden ganar hasta 8 cm de estatura a base de soportar durante seis meses (¡seis!) un dolororísimo tratamiento consistente en romper los huesos de las piernas y estirarlos mediante gatos ad-hoc. Afrontan, eso sí, el riesgo de padecer en el futuro dolores crónicos y artrosis pero a ellos, parece ser, les chupa un pie. Una de las personas que se han sometido (voluntariamente) a semejante tortura, comentaba que ahora está dolorida, pero que la gente la toma en serio; cosa que antes no le sucedía. Desde que ha dejado de verse a sí misma como una pigmea desesperada, vive feliz.

-La presidenta de Filipinas, ha aprovechado que por su país también ha pasado el circo de la gripe cochina para enmascarar una operación mamaria. Parece ser que, al tiempo que animaba a sus gobernados a quedarse en casa para no extender la epidemia letal, ella se metía en un quirófano para intentar parecerse más a la mujer que sueña ser. Al descubrirse el pastel, los cimientos del Estado filipino han temblado de púdico escándalo. Cuando leí la noticia, me pregunté: ¿Pero es tan horroroso que una señora se ponga o se quite pecho para tener que aprovechar una pandemia para taparlo? ¿Es que en un país que es una de las mecas del turismo sexual no hay cosas más escandalosas? ¿La pobreza? ¿El subdesarrollo, por ejemplo? ¿O es que estas cosas se consideran tan irremediables, tan naturales como los tifones, que los filipinos sólo se preocupan de si su presidenta tiene más o menos peras?
-En el área local: el metro vienés, coincidiendo con los hábitos morigerados de los habitantes de esta ciudad, cierra a las doce y media o la una –no estoy seguro-; de cara a las nuevas elecciones municipales y al objeto de que el electorado sepa que se preocupan por él otras personas además de los gobernantes socialistas, el grupo municipal popular ha lanzado una campaña (cuya foto encabeza estas líneas) pidiendo que el metro vienés funcione, de viernes a domingo, durante las veinticuatro horas del día. No se les ha ocurrido otra cosa que poner a una chica en top-less y a un chavalito con pinta de surfero; ambos sujetando un cartel en el que puede leerse “Tráfico durante 24 horas los fines de semana” que en español traduciríamos por “abierto 24 horas los fines de semana”. Que el chico exhiba este lema no les ha parecido mal a los guardianes de la corrección política pero que una chica en top-less y expresión retadora sostenga un cartel que ponga “abierto 24 horas” les ha remitido a) al sexismo y con razón, y b) al negocio más antiguo del mundo. En el OVP han contestado, aduciendo que ellos no ven ningún tipo de sexismo en la campaña. Es más: su argumento ha sido, en mi opinión, peor que la enfermedad: han dicho que el chico no va desnudo de cintura para arriba porque no quedaba bonito pero que en el caso de una mujer de esa edad y esa morfosintáxis, un top-less siempre queda bien (poco más o menos: la literalidad no era esta, pero el espíritu, sin duda, sí).

-Por último: no sé lo que ha pasado en Honduras exactamente (uno no tiene obligación de estar informado de todo) ni quisiera tener que juzgarlo, pero sí sé que, este país paupérrimo tiene ahora un pequeño exceso de presidentes –dos-; el primer presidente por orden cronológico decidió dar una rueda de prensa para explicar el atropello cometido con él y lo hizo, queridas lectrices y queridos lectores, en pijama. Lo cual le quita, a mi juicio, toda seriedad a la cosa. Parece ser que él quería dar pena diciendo que le habían echado del país sacándole prácticamente de la cama. Pues bien: el muy...El muy presidente de él, no dio la rueda de prensa con un pijama medio normal (¿Será un modelo lujoso en el campo de la moda hogar tegucigalpense?) sino con un modelo que en España conocemos como eskijama.
Ya decía el tito Oscar (Wilde) que sólo los tontos no se dejan guiar por las apariencias. Nada más que por haber aparecido así ante la prensa yo creo que este señor no se merecería que le volvieran a dar la responsabilidad de gobernar un país.
Los eskijamas, en ciertos contextos, deberían ser considerados punibles.
¿O no?

El sol juega entre los árboles (La Herencia de Eszter)


Dibujo del ilustrador español Rafael de Penagos

9 de Junio.- Siempre que me acuerdo de F. le veo en el café Drechsler, al lado del Naschmarkt, recién llegado de ver a Ana Netrebko en La Traviata. Un chaval delgado y sonriente con gafas de pasta al que nadie, por su juventud, diría que sus pacientes llaman doctor.
La nuestra es una amistad un tanto atípica porque hasta ahora se ha desarrollado casi toda por correo electrónico –cosas de la lejanía geográfica-. Sin embargo, desde el primer momento se dio entre nosotros esa intimidad de los que están unidos por la letra impresa.
Como F. tiene conciencia de lo que puede ser la soledad idiomática, ha tenido la gentileza de regalarme un par de libros (este post, de hecho, quisiera que sirviera de testimonio de mi agradecimiento). El hecho es que, quizá porque siempre escoge alguno de sus favoritos, ha dado en la diana en las dos ocasiones en que lo ha hecho.
La primera fue con Confesiones de una Máscara, de Yukio Mishima. Y la segunda ha sido con La Herencia de Ezster, del húngaro Sandor Márai, del que nos ocuparemos hoy.
Aparte de ser un libro muy elegante (el estilo es ágil y la trama es absolutamente matemática), La Herencia de Ezster trata un tema que a mí, personalmente, me apasiona: la falsa bondad y los que se aprovechan de ella. Llamo falsa bondad a la pasividad que nos sobrecoge a todos en algún momento de nuestra vida y que nos vuelve incapaces de defendernos de aquellos desaprensivos capaces de detectarla.
Esta pasividad no obedece a ninguna clase de rectitud moral, sino a una sensación (los freudianos dirían que neurótica) de indefensión ante determinadas personas o acontecimientos.
Antes de seguir contaré la trama del libro. Se resume pronto: Ezster es una dama madura de la burguesía rural, que vive en una pobreza decorosa junto con su sirvienta Nunu. Esta pobreza es el producto de la rapacidad de un antiguo prometido (que la abandonó para casarse con su hermana). El tipo es un absoluto sinvergüenza cuya labia tiene la reputación de ser invencible. Tras la marcha del un burlador que no es tal, porque todo el mundo sabe a qué atenerse con respecto a él (aunque le dejen hacer por misteriosas razones), Ezster se las arregló como pudo para seguir viviendo durante veinte años. Hasta que un día llega una carta anunciando el regreso del desaprensivo; un retorno que tanto Ezster como Nunu aceptan como una fatalidad que terminará de sumirlas en la pobreza. La propia Ezster asume con resignación que, durante su visita, el antiguo prometido terminará por despojarla de todo y la condenará a vivir una vida de miseria. Nada puede hacerse. El bicho en cuestión, por supuesto, se presenta. El resto de la novela es un relato sucinto de la visita y de las conversaciones que se desarrollan durante el día que ésta dura. El libro, muy poéticamente, termina en la noche de ese día.
Umberto Eco, a través de su personaje Guillermo de Baskerville, dice que “los libros siempre hablan de otros libros”. Y La Herencia de Ezster contiene muchos ecos de otras novelas, leves rastros, motivos, sugerencias, como el perfume que queda en el ambiente cuando alguien a quien queremos sale de la habitación.
La Herencia tiene algo de Washington Square (esa novela tan sólida que sigue funcionando hoy tan bien como el día en que se publicó) y también se diría que la sombra de la triste Ezster flota también sobre algunas de las novelas autobiográficas de Marguerite Duras. Particularmente en Un Dique Contra el Pacífico pero, sobre todo, El Amante (a través del personaje de la madre de Duras). No sé si Duras leyó el libro de Marai, o si el tipo de mujeres desarmadas que aparece en La Herencia de Ezster era relativamente común entre las burguesas del primer tercio del siglo XX; pero el caso es que algunas posturas, una inocencia un poco anticuada, una fe en “la bondad de los desconocidos”, la idea de uno mismo como dependiente de la caballerosidad ajena, están extraordinariamente presentes en los retratos de personajes femeninos de esa época.
Mujeres educadas para considerar que la utilidad y la indepencia propias eran, cuando menos, sospechosas. Una especie de mancha sobre la propia feminidad.
Lo único que se le puede reprochar a esta novela es que, a veces, sacrifique la profundidad en bien de la estilización. Hasta el punto de que a ratos los personajes hablen destacados contra un fondo que, habilmente, Marai hace que aparente más de lo que es.
Ayer, mientras iba en el metro camino de mi clase, el tren paró en la estación de Währingerstrasse. Es una estación elevada, sobre el Gürtel, construida en el siglo XIX sobre el proyecto de Otto Wagner. El amable sol de la tarde traspasaba unos árboles cercanos y dibujaba unas frescas sombras sobre las paredes encaladas. Aquellas sombras que se movían, con su tranquila belleza, eran una evocación perfecta de La Herencia de Ezster.
Gestión de los errores

8 de Junio.- Querida Ainara: si hay algo en que todos nos parecemos es en que todos estamos expuestos a dar un mal paso (es más: hasta los damos con demasiada frecuencia). Una palabra a destiempo, una decisión estúpida...En fin. El ser humano tiene una capacidad prácticamente inagotable de meter la pata hasta el corvejón. Sin embargo, lo que nos diferencia es lo que hacemos una vez que el mal está hecho. Aprender a gestionar los propios errores y, a ser posible, a sacar partido de la experiencia, es un arte que parece fácil pero que no está al alcance de cualquiera.
Ante una metedura de pata conviene, sobre todo, conservar la calma. La vida se parece mucho a los toros y, en ella, el que resiste el miedo y se queda quieto, por lo general termina ganando. Además, relajarse también implica, en la mayoría de los casos, no empeorar una situación ya negra de por sí. Como segunda medida, tampoco está mal intentar ver el caso desde fuera. Ayuda, sobre todo, cuando el objeto de la herida somos nosotros. En estas situaciones, siempre tendemos a actuar siguiendo el impulso del momento, lo cual lleva muy frecuentemente a cometer una injusticia (como ves, las meteduras de pata tienden a encadenarse de manera bastante perversa).
Si has sido tú la que has hecho algo que ha molestado a otros, tampoco conviene aturullarse. Más vale pensar que, igual que nosotros hemos sido cafres, cualquiera persona hubiera podido serlo en nuestra situación; acto seguido, respirar hondo, ponerse en la postura del ofendido y, si es posible, contactar con él para pedirle perdón. No seas nunca como esas personas que, ante sus propios errores, sienten el impulso incontenible de meter la porquería debajo de la alfombra. Craso error. Nunca hay que tener vergüenza de asumir las propias faltas. Además, el ofendido valorará sin duda que tengas la valentía y la elegancia de reconocer tu traspies de una manera madura (y, en cualquier caso, si no valora ni esa elegancia ni esa valentía, tú también sabrás a qué atenerte). En la mayoría de los casos (en el mío, sin ir más lejos) unas cuantas palabras de disculpa me sirven para tirar los pelillos a la mar.
Es más: la mayoría de las veces ni siquiera dejo a la persona que ermine de pedirme perdón.
En resumen, Ainara, sé lenta juzgando, procura no actuar nunca llevada por el fuego del momento (cuenta hasta diez). Quítale un peso de encima a quien acuda a ti cargado con una disculpa; y, para las ofensas ajenas ten la memoria lo más corta que puedas.
Tu estómago y tu sueño te lo agradecerán.
Besos de tu tío.