Coco Chanel a finales de los sesenta

Mademoiselle C.
31 de Agosto.- Una de las pocas virtudes de la edad es que, con los años, uno desarrolla una especie de sexto sentido para reconocer a las personas con las que se entendería bien llegado el caso.
Todos los domingos, por ejemplo, me cruzo en el gimnasio con un caballero al que, probablemente, me gustará parecerme cuando llegue el momento. No recuerdo cómo le conocí, pero nos saludamos siempre y sostenemos breves diálogos en los que, como hacen las personas bien educadas, decimos más con lo que ocultamos que con las cuatro palabras que cruzamos.
Poco sé de él, por cierto. Que hace gimnasia siempre con una camiseta blanca impoluta y un pantalón muy relavado que, en su día, sirvió de bañador. Que, a pesar de esta modestia indumentaria, desempeñó un cargo diplomático de cierta importancia para una monarquía que lleva en el apellido el nombre de una marca de telefonía móvil e, incluso, se dice que el caballero, cuya distinción salta a la vista, toma el té con cierta regularidad con la cabeza de esa monarquía a la que, estoy convencido, beneficia con sus sensatos consejos.
Nuestras conversaciones han sido bastante triviales hasta que ayer me preguntó a dónde iba a irme de vacaciones (por cierto, la semana que viene). Al decírselo, meneó la cabeza a un lado y a otro y, con ánimo jocoserio, me informó de que dos semanas en aquel lugar me iban a resultar un exceso.
Una intuición me llevó a contestarle como lo hubiera hecho con un viejo amigo:
-Me llevo buenos libros entonces, ¿No?
Afirmó con la cabeza y estuve seguro entonces de que, en su día, él había soportado aquel exilio vacacional con un par de jugosos volúmenes.
Algo parecido me sucedió una vez, hace mucho tiempo, con una persona de la que estuve lejana e imposiblemente enamorado. Una de nuestras pocas conversaciones tuvo como tema un libro. Dado el interés que compartíamos por los trapos que se pone la gente, hice por tender puentes hablando de lo que acababa de leer y que me había apasionado: El Aire de Chanel, de Paul Morand. El objeto de mis fantasías de adolescente me miró con cierta suficiencia y, con la sonrisa de quienes saben perfectamente que tienen la sartén por el mango, me contestó:
-Lo leí hace muchos años.
Volví a recordar aquella sonrisa y aquella conversación porque ayer estuve viendo el flín que los franceses han hecho para recordar el nacimiento de uno de los mitos que han marcado nuestra historia reciente: Gabrielle Chanel, más conocida en el siglo como Coco ídem. La película es entretenida –sobre todo si, como yo, se ha leido antes el libro de Paul Morand u otro equivalente- y está hecha con solvencia, pero pare usted de contar.
Es la versión cinematográfica de aquellas lujosas (pero inanes) ediciones de Círculo de Lectores –geltex en tapa dura, ilustración de sobrecubierta con maromo musculoso abrazando a heroína vestida de época con fondo de barco pirata-; todo muy bonito pero bastante superficial y demasiado enfocado a un público objetivo de amas de casa preclimatéricas.
Entre un elenco de actores más bien planos, eso sí, destaca por derecho propio Audrey Tatou; una chica muy inteligente (casi tanto como la propia Coco) que ha cogido el personaje por los cuernos y que mira a cámara como yo hacía mucho que no veía mirar a nadie. También se beneficia la película de que Tatou es una mujer que sabe cómo se lleva un vestido Por lo demás, en el flín se habla del periodo menos espinoso de la vida de Mademoiselle: oscuros comienzos, escalada de posiciones sociales previo paso por diferentes camas, etcétera. No se menciona que Chanel tuvo que vivir unos años exiliada en Suiza debido a que le dio bastante igual que los alemanes ocuparan París (momento este del exilio que Paul Morand aprovechó para tomar las notas que, años más tarde, servirían de base a su libro) y se esboza solamente que Coco fue una persona de gran éxito profesional pero profundamente infeliz en su vida personal.
A pesar de eso, el libro de Paul Morand sólo tiene un defecto: es demasiado corto. Qué lástima que no me lo voy a poder llevar de vacaciones: lo tengo en España.
Aspecto que presentaba la Sofien Saal en su época de esplendor, en 1900 (foto: Wikipedia)

Sombras nada más
30 de Agosto.- Viena es una ciudad famosa por su inmenso patrimonio histórico-artístico pero es muy poco conocido el hecho de que el Estado Austriaco se las ve y se las desea para mantener muchos de los edificios que forman parte de él. Sin ir más lejos, el palacio de Schönbrunn, por ejemplo, hace tiempo que es gestionado por una fundación privada. También hay lugares a los que los fondos del Estado no llegan y hoy hablaremos de uno de ellos: la Sofien Saal. Un monumento cuyo destino es más que incierto –sobre todo a raíz de los últimos episodios de su historia-.
Según fuentes Wikipédicas, en el emplazamiento que hoy ocupa la Sofien Saal hubo, desde 1838 un baño de vapor ruso. Entre 1845 y 1849, siguiendo los planos de Eduard van der Nüll (el que se suicidó por que su edifico para la Ópera de Viena no le gustó al emperador) y de August Sicard von Sicardsburg (que también proyectó la Ópera vienesa y que palmó poco después de que su compañero se suicidara, de tuberculosis), bueno: pues en estas fechas y siguiendo los planos de estos dos, se levantó el edificio que hoy nos ocupa. Con la curiosidad de que, en invierno, se utilizaba como edificio de baños y en verano como sala de conciertos, baile y local de reuniones.
El edificio sufrió varias modificaciones en los años siguientes, la principal de las cuales fue una reforma de la fachada en el año 1899, para adaptarla al estilo modernista imperante.
Debido a su dilatada historia, en la Sofien Saal ha pasado de todo: por ejemplo, en 1912 Karl May, el famoso escritor alemán de novelas del Oeste (saga Winnetou) dio su última lectura pública; en 1913, se presentó en Viena en la Sofien Saal la primera forma de cine sonoro (patentada por Edison) que fracasó, por cierto. Pero también hubo capítulos menos gloriosos: por ejemplo, en 1926, un tal Richard Suchenwirth fundó en una reunión en la Sofien Saal el partido Nacional Socialista Austriaco; y en 1938 se usaron los grandes locales de baile para reunir a los judíos que se iban a deportar hacia el Este.
Tras la guerra, el edificio se restauró y en los cincuenta, la compañía DECCA instaló en él el estudio de grabación más moderno de Europa que se usó con profusión hasta los años setenta para inmortalizar las piezas que tocaba la Filarmónica de Viena.
Ya en fecha tan temprana como 1986 se presentó un proyecto para derribar la Sofien Saal y construir un hotel en el solar (la localización es golosa, junto al Ring) pero el destino se encargó de rematar la faena: en 2006 un incendio fortuito destruyó la sala principal y la llamada Sala Azul y sólo se salvó el vestíbulo. Desde entonces, se escucha de vez en cuando la noticia de la próxima demolición de las ruinas para transformarlas en apartamentos.
Yo, por si acaso, me he pasado hoy por allí y he hecho algunas fotos. Por lo que pueda pasar.
Aspecto actual de la ruina de la Sofien Saal, cerca de la estación de Landstrasse

Los edificios de enfrente se reflejan en los espejos que anteriormente estaban a cubierto y hoy a la ntemperie.

Un detalle de la fachada modernista, con motivos alegóricos musicales

Una vista lateral, parecida a la de la postal que encabeza este post.

El final del verano

29 de Agosto.- Hacía años que no veía estas imágenes y que no podía escuchar esta canción sin que se me pusiera un nudo en la garganta (maledetto Mercero). Pero es una de las cosas que no se le pueden explicar a los aborígenes y uno de los terrores de la emigración: uno pierde las referencias comunes. Cómo explicarles a los centroeuropeos que, antes de que hubiera botellón, cuando la rebeldía de los jóvenes españoles se reducía a llamar telerriba a barrilete (un policía municipal que no estaba para perseguir atracadores adolescentes en supermercados) triunfó en la tele española en la que un solterón de voz aguradentosa que vivía en un barco varado y una pintora pseudo-hippy traumatizada por la muerte de su marido y de su hija en un accidente de coche, pastoreaban un grupo de siete niños siete que pasaban por las turbulentas etapas de la adolescencia. Cómo hacer que entiendan que España se paralizó cuando se murió Chanquete y que la primera menstruación de Beatriz fue el hecho más comentado de las revistas, o que el chaval moreno que aparece en las imágenes estuvo a punto de partirse la crisma por las cuevas de Nerja para descubrir la Cueva Beatriz. O que, por fin, cuando el verano se terminó, el director de la serie recicló una vieja canción de los sesenta y España entera se despertó con carne de gallina.

Por ciero, para ver el potencial reciclador de Antonio Mercero, compárense estos dos momentos:



(a partir del minuto tres)

Y de Nerja a Austria...

Un hombre intentando refrescarse con una manga de riego esta tarde, junto al Donaukanal

Llevar cuidao

28 de Agosto.- Según la prensa local, hoy será el último día del verano. Adiós, calores. Hola otoño.
Ya están en las estanterías de los supermercados los botellones verdes de Sturm. El Sturm es una modalidad local de desatascador intestinal que se obtiene del mosto a medio fermentar. Está rico, pero si se quiere probar hay que darse prisa, porque el proceso de la fermentación anaerobia es imposible de parar. Exactamente como el calendario.
En Austria, estos últimos días del verano están siendo muy tranquilos aunque, en la sombra, se producen algunos movimientos cuya importancia no se puede desestimar. Aprovechando la relativa calma agosteña, los políticos austriacos se han puesto de acuerdo para aprobar una serie de medidas que aflojarán el secreto bancario. Un conjunto de sigilos que convertían a Austria en lo que se conoce como “paraíso fiscal”. Concepto que ahora, en este tiempo de austeridad postcrisis (¿?) tiene muy mala reputación. Por lo poco que yo tengo oído a este respecto, se levantará el secreto de las cuentas bancarias pero sólo de los ciudadanos extranjeros. O sea, aquellos no residentes en Austria que son los que se supone que guardan aquí sus caudales para que el fisco de sus países no les ponga la mano encima.
Por lo demás, los periódicos tiran de lo que pueden a la espera de que los políticos vuelvan de los lagos Salzburgueses.
La revista Profil exhumó el otro día el cadáver del padre de Haider para descubrirle un pasado de soldado en la Wehrmacht (ejército alemán de la Guorld Guar Tú). Vamos, nada del otro donnerstag si consideramos que, en aquel momento, todos los mozos tenían que combatir por la cruz gamada por obligación legal.
Los periódicos gratuitos se tiran a lo que pueden (en sentido metafórico, claro). Y lo que pueden es el caso Natascha Kampusch (qué cruz, la pobre).
También se comenta la reconstrucción que se hizo días ha de la muerte de Florian P. en el supermercado de Krems que estaba asaltando con la pimpante energía de sus recién estrenados catorce años (ver post alusivo).
Los dos agentes que truncaron la prometedora carrera delictiva de Florian e hirieron a su partner in crime –otro chaval que, afortunadamente, aún tiene una vida de mangancia por delante- sostienen que los dos chicos se les avalanzaron armas en mano –utensilios de jardinería en mano- y que ellos, sin poder evitarlo, tuvieron que abrir fuego con los tristes resultados que todos conocemos. El chorimangui superviviente afirma que, cuando notaron la presencia de los policías, intentaron huir y que los agentes los cazaron como a conejos. Es la palabra de unos contra la palabra de otros, claro. Y la fortuna de los vendedores de periódicos que, en estos tiempos difíciles, también también tienen niños que les piden pan.
En las páginas de sociedad, y con mucha mala uva, se hacen eco los periódicos –Kurier inclusive- de los emolumentos que percibe la nueva churri del millonario Lugner por demostrar amor (!) ante las cámaras. Parece ser que esta mujer, de profesión oficial diseñadora de joyas, recibe de Herr Lugner un sueldo mensual de 6000 Eur a los que se suman 1000 por salir en televisión con él –a mí, me parecen más bien pocos habida cuenta del daño irreparable que habrá sufrido la imagen de ella cuando la historia se acabe: a ver quién sobrevive a una entrevista de trabajo después de contar que Lugner le llamaba Bambi en la intimidad-.
Al turrón: si mi abuela, que era una señora que le llamaba al pan pan y al vino sturm fermentado, hubiera vivido aún, hubiera dicho que la profesión principal de esta señorita no era precisamente el diseño de alhajas (para alhaja ella). Pero ya se sabe que mi abuela era una anciana extremeña y, como yo ayer con el amor por microondas, no entendía de ciertas modernidades.
En fin: desde aquí, quisiera mandar un cariñoso saludo a mis paisanos (y a los de Penélope) que se encuentran en fiestas desde hace días. Los toros y los pises corren por las calles (la mitad del pueblo está borracho y la otra mitad próxima al coma etílico). Como decía Chus Lampreave en Volver: Llevar cuidao, josmíos.

-Pos fíjate, liebling, he oido yo que hay por ahí un chico español que nos va a sacar en su blog...
-Echt? Hay gente pa´to, Schazti.

fuente: http://www.jomaricomomolas.blogspot.com/

El marido de la pequinesa
27 de Agosto.- Interior. Día. Nueve de la mañana. Metro en hora punta. Paco escribe con el cuaderno sobre la bolsa de deporte del gimnasio. En una pausa mira por la ventanilla del vagón. En el andén, una mujer joven, exquisitamente vestida. Un vestido de seda floreado de corte imperio, falda un poco por encima de la rodilla. Tonos verdes y grises. Pelo recogido. Un maletín. Parece una modelo. Con el boli sobre los labios, Paco se dedica a estudiar a la mujer mientras piensa en cómo explicar que, en Austria, el verano muere con Agosto y que, aunque no lo parezca por los calores diurnos, los atardeceres ya se han vuelto melosos y escolares. La llegada de las lluvias y del fresco es cuestión de tiempo.
Una repentina presión sobre su flanco derecho le saca de sus meditaciones. Un hombre de aproximadamente ciento cincuenta kilos de peso ha depositado a su lado su oronda humanidad. El metro vuelve a ponerse en marcha y Paco vuelve, trabajosamente, a intentar componer un post para el día de hoy.
A los tres minutos, Paco nota una agitación en el hombre de al lado. Decide comprimirse un poco más para dejarle sitio.
-¿Por qué escribe usted en una lengua extranjera? –le espeta el otro.
Ante semejante muestra de versallesca amabilidad, Paco evalúa, en décimas de segundo, las posibilidades que tiene de salir por piernas si la cosa se pone fea. Muy reducidas. Así que decide sonreir y contestar:
-Soy español.
El gordo le mira fijamente, inexpresivo. Al cabo de diez segundos dice:
-¿Y le es más fácil escribir en su lengua materna que en alemán?
Paco vuelve a sonreir.
-Mis lectores son españoles –y, dispuesto a cortar la conversación, entierra la mirada en la blancura del cuaderno.
El gordo no se rinde:
-¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
-Va para cuatro años.
-Ah –larga pausa. El tren llega a una estación- mi mujer también es extranjera. China. De Pekín.
Ante lo inevitable, entusiasmo. En vista de que el hombre parece decidido a explicarle su libro de familia, Paco vuelve a sonreir.
-¿Ah, sí? ¿Y cuánto tiempo lleva aquí?
-No está aquí. Está en Pekín.
-Ah ¿Y cómo se conocieron ustedes?
-Por Skype. En 2006.
Paco mira al hombre. Cuarenta años. Pinta de no tenerle mucho amor a las duchas. Perilla de ángel del infierno, patillones. Carnes. El hombre vuelve a abrir la boca muy serio. Melancólico:
-Era el único contacto verdadero de todo el Skype –Paco, que sigue prefiriendo los sistemas tradicionales de ligue y que, en todo caso, ignora el funcionamiento de cualquier modalidad de sexo cibernético, levanta las cejas sin saber bien qué decir. El gordo le ahorra la molestia: hay mucho fake.
-Claro, con internet es lo que pasa a veces.
-Estuve a visitarla en el año 2007.
-¿Y tiene su mujer fecha de llegada?
-Nos vamos a casar el 14 de febrero de 2010 en la alcaldía de Pekín, por lo civil. Y luego, no sé Negritasi ella vendrá inmediatamente o más tarde. Nos casaremos en Viena por la Iglesia.
El metro llega a Spittelau. El gordo reúne fuerzas para levantarse del asiento. Da por terminada la conversación y le vuelve la espalda a Paco, el cual, mentalmente, se encoge de hombros. El tipo va vestido con un pantalón de baloncesto que podría alojar un circo de tres pistas sin demasiados problemas. La camiseta negra, roñosa, está levantada por la espalda, mostrando una generosa riñonada. Al cuello, lleva un carnet de algún organismo público y, en la mano, un maletín pequeño con una pegatina de los ferrocarriles vieneses. Cuando las puertas se abren, se pierde entre la gente sin decir adiós.


El árbol de la ciencia
26 de Agosto.- Querida sobrina: anoche –milagros de la telefonía móvil- me llegó mientras cenaba –muy tarde- una foto tuya preciosa. La tengo puesta de fondo de pantalla del móvil. Estás contenta, con tu abuelo. Llevas un vestido rosa muy bonito y te ríes como sólo son capaces de reirse los niños felices. Por un momento, el recibir la foto, el verte, me llevó a España y me aisló de cierta sordidez que reinaba en el restaurante en el que cenaba acompañado de varios amigos. Una sordidez que yo encuentro curiosa porque no tengo que vivir en ella y que, me di cuenta ayer, miro desde un punto de vista que podríamos llamar “turístico”.
En eso pensaba ayer mientras volvía a mi casa, bajo la noche vienesa cuajada de estrellas. Una noche algo más oscura, menos ciudadana que la noche de Madrid, por cierto. Estas cartas, Ainara, quieren ser también un recuento de mis errores y, supongo, albergo el insensato propósito de que escarmientes en cabeza ajena. Algo a todas luces imposible, porque sería privarte también del sagrado derecho a tus propias equivocaciones.
Pensaba yo anoche, tras un par de copas de vino, que la gente que hemos tenido una infancia feliz y a la que no nos han sucedido cosas especialmente desagradables (me refiero a cosas imprevisiblemente desagradables, porque dolores, querida, tenemos y hemos tenido todos); en fin: pensaba que la gente feliz es inconsciente. Somos inconscientes Ainara. Nos es difícil llegar al verdadero interior del dolor ajeno, comprenderlo en toda su dimensión. Y por eso podemos soportarlo. Porque nos apenamos, lloramos con el afligido (vamos: los que lo hacemos) pero luego regresamos a la cálida seguridad de nuestra vida en donde reina la la paz y siempre se sabe cual será la próxima estación.
Basta un examen al propio interior de uno para poner todas las cosas en su sitio y matar cualquier rastro de vanidad que podamos sentir por nuestras buenas acciones (que, por otra parte, si bien se mira, son nuestro deber).
Es como cuando se dice que los Reyes (a los de España me refiero) son personas muy sencillas y muy accesibles. Lo son, Ainara, porque pueden serlo. Porque son queridos –más o menos universalmente- y porque pueden permitirse cosas que las demás personas no podemos. Si algo va mal –que no va mal casi nunca- se enrocan en su posición (bueno: en Su Posición) y aquí paz y después gloria. Pues igual con ciertas cosas de la vida nuestra.
Durante muchos años, Ainara, trabajé con enfermos. Niños, además. Cada mañana iba a mi trabajo y trataba de hacerles la vida más agradable, trataba de hablar con ellos y hacerles reir; creo que era bueno haciéndolo porque (inconscientemente) siempre trataba de crear un espacio estanco en donde su problema, omnipresente, no pudiera entrar (cuando sufras, Ainara, te darás cuenta de que pocas cosas consuelan más que el hablar con alguien que está fuera del problema que te atormenta). Por esto, la gente decía que yo era una buena persona. Malo no soy, creo yo, pero pongamos las cosas en su justa medida y seamos honrados: para mí era fácil. Una vez se acababa la sesión, yo me iba a mi casa, a mi entorno conocido en donde todo el mundo era más o menos feliz (feliz se llamaba entonces a estar sano).
Cuando vi morir a tu bisabuela María, sin embargo algo se rompió que no ha vuelto a ser igual. A partir de aquel momento siempre habría alguien que me iba a faltar, que no iba a estar ahí cuando llegara a casa. Alguien a quien estaría condenado, para siempre, a echar de menos. Comprendí entonces que la enfermedad y la muerte también podían afectarme a mí y a los míos y dejó de ser fácil para mí ver ciertas cosas y escuchar ciertas historias. A partir de entonces, Ainara, lloro con mucha más facilidad porque soy (aún más) consciente de que vivimos en un equilibrio muy quebradizo. En cada persona que sufre os veo a cualquiera de vosotros (a tu abuela, a tu abuelo, a tus padres, a ti) y me cuesta cada vez más aparentar esa calma y esa paz que es imprescindible cuando uno está con alguien a quien el destino ha golpeado.
Supongo que hacerse mayor es lo que tiene. Uno se vuelve más sentimental y más miedoso.
En fin.
Besos de tu tío.
Gmünd

24 de Agosto.- Como lo prometido es deuda, aquí van algunas fotos de las formaciones graníticas de Blockheide, cerca de Gmünd. La zona, como ya dije ayer, es famosa desde la época de los celtas y se dice que las piedras están cargadas de poderes misteriosos que, como el Redbull, revitalizan cuerpo y mente. Dispuesto a probar si era verdad, este que escribe se puso cerca de uno de los pedruscos más gordos. Las ondas electromagnéticas no se hicieron esperar: he aquí la cara de felicidad que se me puso.
Las formaciones rocosas eran realmente grandes: aquí, fotografiado un excursionista junto a un pedrolo, para que se vea la magnitud de los granitos a los que Gmünd y su parque natural deben justa fama.
Ya en el pueblo, esta es la plaza mayor ¿Es una iglesia? Se preguntarán mis lectores. Pues no: es una heladería. Durante algún tiempo, esta región estuvo en la órbita protestante y muchos edificios que antes eran iglesias se desacralizaron y se dedicaron a otras cosas. Por ejemplo, a ayuntamiento o a heladería-bar, como en este caso. Increible, pero cierto.
En esta región también son muy populares las casas con grafitos en las fachadas, la mayoría de ellas tan primorosamente conservadas como este ejemplo que pongo aquí.

Al volver a Viena, nos detuvimos en una iglesia románica adosada a un convento que estaba en mitad del Waldviertel. Se puede ver en la foto el coche que motivó los golosos ojeos de los habitantes de la parte más salvaje de la república Checa.

Plaza mayor de Gmünd (la foto no es mía: las pondré esta semana)

Más triste que un torero (al otro lado del telón de acero)

23 de Agosto.-Austria en domingo es un país raro. Principalmente, porque no hay nadie por la calle. Hoy he hecho unos cientocuenta kilómetros desde Viena al Waldviertel, en la Baja Austria. Pues bien: quitando los primeros treinta, que han sido por autopista; durante los siguientes, a través de carreteras secundarias que atravesaban cada pueblo que había en el mapa no he visto un alma. Si acaso, vieneses despistados que hacían jogging pertrechados con toda la ropa (nueva) que un corredor dominguero necesita. O campesinos coloradotes (esto ya más en la Austria profunda) de ese tipo que es tan común en estos lugares –bueno, y creo que en España también- señores frisando los sesenta, rebosantes de salud, corpulentos y con los dedos como salchichas käsekrainer. En fin: excepciones.
He ido a visitar un parque natural que está en las cercanías de la localidad de Gmünd, a un paso de la República Checa.
El lugar es famoso desde la antigüedad –fue un centro de culto celta- por sus formaciones graníticas que parecen obra de magia. Pensándolo bien, es como la Ciudad Encantada de Cuenca, pero en boscoso. En muy boscoso. Y en muy húmedo. En ningún lugar he visto yo tantas setas juntas. De todas las especies. Blancas, pardas, de seductor –y venenoso- color rojo. Una vez te metías en la masa forestal te empapabas más que del sudor –que también se sudaba lo suyo- de la humedad ambiental. También, por cierto, había unos mosquitos como burros con alas. Yo he matado a uno que me estaba picando y me he llenado de sangre. Y no es exageración. Si el mosquito no tenía medio centímetro no tenía ninguno.
A lo mejor durante la semana pongo fotos. Pero lo que yo quería contar era que, aprovechando que estábamos en la frontera y aprovechando la existencia del tratado de Schengen, que permite la libre circulación de personas y mercancías por la Unión, mi acompañante y yo hemos pasado a la República Checa. Y la verdad es que, ha sido corto, pero ha sido un flash.
Para que se entienda mejor, tengo que explicar que Gmünden es una ciudad de cuento que vive de dos cosas: el granito –pesaos que son con el granito, colega: está por todas partes- y el turismo. Por lo segundo, la ciudad es una tacita de plata. O sea, y al estilo austriaco: que te dan ganas de ponerte en el centro de la plaza mayor a gritar que eres satánico. Todas las ventanas con su geranio rojo (o rosa), las callecitas impolutas, las casas pintadas de colores (azul, rosa o amarillo) como para pasar la inspección del perito más exigente. Pues bien, pasas la frontera y se te ponen los pelos de punta. En primer lugar, porque la antigua aduana, hoy abandonada, es como el ayuntamiento de un pueblo fantasma. Ventanas ciegas, carteles amarillentos pegados con celo reseco a los cristales. Agujeros, grietas por las que se cuela el viento.
Pero es que avanzas y empiezas a encontrarte unas putas tristes, de las que Don Quijote podría haberse encontrado en las ventas más sarnosas de la Mancha (pero en rubio, lógicamente). Unas mujeres pintadas como puertas que se cocían al sol de las cuatro de la tarde embutidas en cazadoras vaqueras y en vestidos que dejaban al descubierto unos muslos regordetes; los ojos cansados y tristes, el rímel churretoso, los tacones gastados de tanto patear bocacalles. Los edificios de la Monarquía –la zona fue parte del Imperio- se mantenían en buena forma pero, a la puerta de las ruinosas edificaciones de la época comunista, ancianos ríspidos en chandal fumaban caliqueños echando miradas golosas al coche –era bueno-; se escuchaba la conversación de indivíduos que se peleaban por los resultados de las partidas de cartas de los patios traseros; los niños jugaban desganadamente a perseguirse montados en bicicletas herrumbrosas. Las tiendas, al contrario que en Austria, no hacían descanso dominical –y uno hubiera querido que se hubieran atenido a él- mercancías macilentas en las calles, maniquíes de mirada perdida que se pudrían al sol en unos escaparates que no habían sentido la mirada de un cliente desde que Michael Jackson volvió a poner de moda a los muertos vivientes.
Pasados unos veinte minutos, mi acompañante me preguntó:
-¿Has tenido bastante?
Yo me encogí de hombros.
Volvimos a pasar la frontera y nos sentamos en un pequeño restaurante familiar que anunciaba las mejores costillas a la parrilla de la comarca.
Yo pensaba en el futuro de los niños que había visto y en el tremendo desperdicio que suponía que su talento se agostase en aquel entorno.
Detrás de mí, había unos cuantos juguetes diseñados para infantes felices, nacidos en el mundo capitalista, educados para ganar desde la guardería.
Un artilugio que allí había, ha empezado a tocar “Over the rainbow”.
Me ha parecido demasiado simbólico.


Música en el parque de atracciones

22 de Agosto.- Hoy, aprovechando que el calor del verano nos ha dado un respiro, me he acercado al Prater y me he estado tomando una cerveza en la Schweitzer Haus (conocido restaurante muy frecuentado por turistas y aborígenes). No sabía que hoy era un día especial y que ha habido bandas de música recorriendo todo el parque de atracciones. Inmediatamente, he sacado la cámara y me he puesto a hacer estas fotos que dejo a mis lectores.
Las bandas han interpretado conocidas melodías austriacas de ayer, de hoy y de siempre y, sobre todas, la marcha Radetzski con la que se cierra el concierto de Año Nuevo.

Había bandas de inspiración folklórica -como las de las dos primeras fotos- y estas de aspecto militar. A los uniformes, eso sí, no les faltaba un detalle: espadas, kepis, medallas y galones. Como para participar en cualquier representación de opereta y no desentonar.

Esta es una de las plazas centrales del Prater, ya de noche. Técnicamente la foto tiene fallos, pero la he dejado porque me ha parecido muy bonita de color. Además, después de la lluvia, el aire era purísimo, y daba gusto pasear entre tanta transparencia.

Mañana, contestaré los comentarios que agradezco de antemano: hoy la cama me está llamando a gritos. Ha sido un día de muchas emociones.
Con esa promesa, me despido. Gute nacht.


Un miércoles que cae en viernes
21 de Agosto.-Querida sobrina: hoy el miércoles cae en viernes por una razón especial: cumples dos años. Estás recién llegada de unas vacaciones en Menorca y, parece ser, has echado mucho de menos las piezas de tus construcciones Lego. Por lo demás, durante estos últimos trescientos sesenta y cinco días te has convertido en una niña intrépida que se sube a los sitios más insospechados (utilizando como escalera lo que tengas más a mano) o se esconde en los lugares más inhóspitos (el lavavajillas, por ejemplo: cualquier día, nos vas a dar un susto). Me cuenta tu abuela que, de un tiempo a esta parte, te dan miedo los coches. Qué quieres que te diga: mejor. Sabiendo cómo eres y lo deprisa que corres, casi es mejor que le tengas miedo a algo, no vaya a ser que tengamos un disgusto.
Hoy, Ainara, también ha sido un día especial para mí y parece preparado que haya sido exactamente el día de tu cumpleaños. Un equipo de una tele española se ha desplazado a Viena para hacer un programa sobre los que vivimos en Austria. Han contactado conmigo a través del blog y me han entrevistado. Tengo que confesarte que, a pesar de no estar nervioso, he estado bastante intranquilo estos últimos días. Como estaba planeado que grabásemos en el hipódromo, estuve el miércoles pasado para tener, por lo menos, controlado el espacio (ya que, de carreras de caballos, hasta hoy, no tenía ni idea). Esto es algo que aprendí en el teatro: cada vez que llegaba a un escenario nuevo, lo primero que hacía era medirlo a mi paso, ponerme en la boca para ver la distancia que había con el público, cantar un poco para ver la acústica de la sala. Era una manera como otra de curarme los nervios haciendo algo práctico.
El equipo estaba compuesto por una chica, T., a la que yo conocía por haberla visto en la tele, y un chico, el cámara, de nombre Q.. Al principio habíamos quedado en la plaza del Albertina pero otro entrevistado anterior les ha hecho variar los planes y hemos terminado encontrándonos en la puerta del hotel Sacher.
En el hipódromo hemos estado viendo carreras de caballos y me han preguntado cosas que, la verdad, no sabía de manera muy segura; aunque creo que me las he apañado. También he aprendido otras que, de otra forma, me hubiera muerto sin saber. Como por ejemplo, la manera de apostar a las carreras de caballos. En general, me he sentido un poco inseguro hasta que he dominado la mecánica de la cosa y me ha dado por pensar que, el hecho de que existan personas dotadas por Dios para salir por televisión, debe de ser una cosa difícil y rara como una extraordinaria conjunción de los planetas. El teatro, lo que yo conocía, es una cosa cercana, hecha de humano a humano (o mejor, de humano a un número de humanos que te dan energía: es como ir montado en una tabla de surf) pero una cámara es una cosa que sólo recibe y no da nada. Hasta que uno se acostumbra resulta un poco extraño.
Tanto T. como Q., me han caido muy bien, Ainara, y espero que me traten bien porque no se me oculta que mi reputación, de alguna forma, está en sus manos. Antiguos compañeros de trabajo, vecinos, parientes, amigos y enemigos, verán el programa y me convertiré, siquiera por unos minutos, en un objeto al que juzgar. Y eso, la verdad, me asusta un poco.
Y luego está internet. Algunos lectores de mi blog (confío en ello) pincharán en el enlace y me verán como yo no me he visto nunca. De pronto, la persona que se imaginan a través de lo que escribo, se enfrentará a la persona grabada ¿Qué pensarán?
Hay una anécdota del humorista español Ibáñez (que creó a Mortadelo y Filemón que, en alemán, se llaman Clever y Smart). Tras el estreno de una de las películas dedicadas a sus personajes un niño se acercó muy serio y le dijo que no le había gustado nada.
-¿Y eso? –preguntó Ibáñez.
-Porque en la película, Mortadelo y Filemón no hablan con la voz de los tebeos.
¿Se parecerá la voz que oyen mis lectores a la persona que verán en internet o en la televisión? ¿Les gustará lo que vean? (Resulta tan difícil ser natural con una cámara delante...). Cuando yo vi a Elvira Lindo por primera vez después de leer sus libros de Manolito Gafotas no podía asociar a aquella mujer de “la voz” que narraba sus libros ¿Les pasará a mis lectores lo mismo?
En fin, Ainara, que Dios nos coja confesados.
Un beso, y que cumplas muchos.

La tormenta perfecta
20 de Agosto.- Como no habíamos tenido bastante “Hasta siempre, rey del pop”, pues toma tres tazas. Nadie sabe qué pito toca Viena en este asunto (salvo el monetario, claro, que los jEur son golosos) pero el caso es que un promotor austriaco va a organizar un macro-concierto homenaje en los jardines de Schönbrunn para honrar-recordar-lo-que-sea al enfermo de vitíligo más famoso de la historia de la cultura (que no tiene cura).
Las entradas se han puesto hoy a la venta pero, salvo Jermaine, hermano del finado, no se sabe (aún) quién va a interpretar en el concierto todos esos greintes jís que, a día de hoy, generan 1,2 millones de machacantes al día en concepto de derechos.
En fin. Yo sigo explorando la lista de los cincomil y pico blogs que se presentan al concurso del periódico 20 Minutos. Durante mis sesiones de escaneo he visto absolutamente de todo (y voy por la letra L). Desde el blog de un sacerdote especializado en exorcismos (que, afortunadamente, no cuenta nada de sus tiras y aflojas con Belcebú) al de una asociación –compuesta por una sola persona, me temo- que preconiza el contacto con los extraterrestres dado el presuntamente próximo final del mundo.
Por el camino, devotos hijos que escanean las poesías de su madre difunta y las publican, o blogs utilizados como regalo de primera comunión (!). También diarios electrónicos dedicados a personas con enfermedades raras (santísimo pretexto para entrar en contacto con otros afectados) o insufribles –pero insufribles, de verdad- bitácoras políticas.
Para lo que sí me ha servido lo que llevo leido (aparte de para encontrar unos cuantos blogs interesantísimos que enlazaré próximamente) es para preguntarme sobre mis métodos de escritura, y para cuestionar cosas que yo daba por supuestas.
Rascándome la coronilla, mirándome al espejo del cuarto de baño, he pensado: Paco ¿A qué se parece escribir un post? Y me he respondido: escribir un post se parece bastante a la labor de esos calígrafos japoneses que se ponen delante del papel con la brocha que utilizan, la mojan en tinta, meditan, meditan otro poco más y luego, pam: trazo. Para descubrir luego que, por algún motivo, se han alejado de la perfección que imaginaron. O como los saltadores de trampolín: lo intentan mil veces y siempre se quedan a unas décimas de la máxima calificación. En mi caso, y aunque no esté seguro de que mi opinión le interese a alguien, cada día intento que mis post tengan estas cosas (y, naturalmente, las busco en los posts de otros que leo):
1.- Un buen tema:
es la columna vertebral de una buena entrada. Hay días en que no es fácil encontrarlo pero generalmente viene solo y lo da la actualidad (ya sea la de mi vida o la de Austria). Intento, y me gusta cuando soy yo el lector que, al terminar, quien haya tenido la paciencia que leerme sepa algo más que al principio de lo que quiero tratar.
2.- Una primera frase que mole (a mí, personalmente, me gusta empezar con un chiste). La primera frase es fundamental: establece el tono del post, engancha al lector, le hace querer leer más, crea una expectativa...En fin.
3.- Extensión: mi entrada ideal para mi lector ideal –alguie que dispone de entre tres y cinco minutos de tiempo- no debería sobrepasar un folio escrito con letra Times a tamaño 12. Desafortunadamente, a veces me emociono mis entradas son un pelín más largas. Pero procuro contenerme porque soy consciente de que un folio es el límite de lo razonable.
4.- Estilo: la entrada ideal debe ser para el lector tan fácil, cómoda y rápida de leer como un viaje por el tobogán del parque es para un niño. Este es el punto más difícil para mí porque, como a Fraga le pasa al hablar, yo pienso más rápido de lo que escribo y las ideas se me atropellan en los dedos. Así pues es muy importante para mí conseguir la sencillez en la expresión sin dejar de decir nada importante. Aquí no hay otra que tachar, tachar y tachar. Y, muchas veces, reformular.
5.- Humor: la risa es el humo que denuncia la existencia del fuego de la inteligencia. Por eso, aunque uno no es todo lo inteligente que querría, trata de disimularlo incluyendo en cada cosas graciosas que obliguen al lector a pensar, a ver las cosas desde otro ángulo.
Hoy, no sé si he conseguido que este post, tan técnico, tenga todo eso. A tí te toca juzgarlo.
La mujer de Mozart, Constanze, vivió hasta poder ser fotografiada. Es la anciana.(foto:BBC News)

Aquí huele a muerto
19 de Agosto.- Sin duda, uno de los austriacos más famosos es, ha sido, y será, Wolfgang Amadeus Mozart. El Salzburgués, que vivió en diferentes lugares de Viena según su tren de vida se lo fue permitiendo fue, sin duda, un individuo dotadísimo para la música y uno de los primeros artistas en el sentido moderno del término –o sea: dejó de ser un empleado, como su contemporáneo Haydn para convertirse en un profesional autónomo que vivía de los encargos y que, incluso, componía para sí mismo-.
Desde que falleció en 1791, las causas de su muerte han sido objeto de las teorías más diversas. Nadie podía creer que uno de los grandes genios de la humanidad hubiera muerto a la edad de treinta y cinco años, justo cuando estaba componiendo la que sería una de sus obras más famosas, el Requiem, que terminó su alumno Süssmayr por encargo de su esposa. Incluso, para redondear, el dramaturgo inglés Peter Shaffer escribió una obra de teatro (Amadeus) de la que luego Milos Forman hizo una película muy entretenida –aunque rigurosamente antihistórica- en la que se decía que la causa de la muerte de Mozart había sido la venganza de un contemporáneo menos dotado: el compositor italiano Antonio Salieri. Los musicólogos salieron inmediatamente en defensa del Don Antonio, argumentando que, si bien no había alcanzado la fama de Wolfgang Amadeus, Salieri había sido un compositor muy estimable cuyas obras han seguido representándose hasta el día de hoy. El único defecto de Salieri fue que la revolución romántica se lo llevó por delante, como barrió todo el mundo del antiguo régimen.
Las dificultades aumentan porque, si bien Mozart era un compositor respetado por la crítica y el público (aunque, en vida, no tan famoso como otros de sus coetáneos, como Haydn) su estilo de vida no le garantizaba un flujo regular de fondos. La muerte le sorprendió algo corto de dinero en efectivo –aunque ni pobre ni hambriento, como dice la leyenda- y tuvo que ser enterrado en una fosa común porque su mujer, Constanza, que sobrevivió hasta bien entrado el siglo XIX, no pudo allegar a tiempo el dinero para pagar un entierro. En el cementerio de St. Marx –un bonito lugar de paseo, por cierto- se levanta un monumento en donde los turistas se fotografían. Señala el lugar en donde estuvo la fosa común en donde los restos de Mozart fueron depositados alguna vez. Basándose en retratos, se extrajo de esta fosa una calavera que pudo ser la del compositor Salzburgués pero no hay otros restos que permitan certificar si Mozart murió de esto o de aquello. Así que los científicos que se quieren sacar unas perrillas escribiendo artículos que explican definitivamente la causa de la muerte del genio (todo un género literario) tienen que basarse en aquellos testimonios de la época que quedan –muy poco fiables-; los últimos que han querido sacarse unos jEuros a base de este tipo de especulaciones han sido unos científicos de la Universidad de Amsterdam, capitaneados por un tal Doctor Zegers.
El Sr. Zegers, después de cavilar y de leer muchos legajos polvorientos, ha llegado a la conclusión de que Mozart murió debido a una faringitis estreptoccocica, que le causó complicaciones renales (glomerulonefritis) que le enviaron a componer cantatas para los coros angélicos (qué metáfora más cursi, por Dios).
¿La explicación de que de esta epidemia no haya quedado un rastro más reconocible? El Dr. Zegers indica que se debe a que se trató de una “epidemia menor” que pudo haber empezado en el hospital militar de la ciudad (¿Sería el Altes AKH, en donde en la actualidad tienen lugar los bonitos mercados navideños?). En fin: sea como fuere, el resultado es que la Humanidad se quedó sin Mozart como un iceberg hundió el Titanic en su viaje inaugural: qué hubiera sucedido si Mozart no hubiera pillado la faringitis es una fuente de teorías fascinantes. Otra más.
Juan Torres, el querellante, ante la sede de la empresa que, supuestamente, le despidió por ser homosexual (foto:www.elpais.com)

Pleitos tengas y los ganes
18 de Agosto.- Ayer leí en el periódico una de esas noticias que, de no estar en estas fechas de canícula y soponcio, nunca hubiera tenido ocasión de conocer. Por lo visto, según varios diarios de Madrid, se ha admitido a trámite la primera querella en España por injurias homófobas.
A tenor de la información aparecida en los periódicos (aireada hábilmente por la parte acusadora, sospecho) los hechos fueron así: en la sede barcelonesa de una multinacional austriaca (Gartner KG) el jefe –austriaco- envió un correo a la central al objeto de que se despidiese a dos empleados por su condición de homosexuales. Antes, presuntamente, los había sometido a meses de acoso. El jefe, no sólo escribió en su informe que “había tenido el placer de leer (sic) todos los correos electrónicos privados intercambiados por la pareja y que su contenido era increibilemente guarro” ( otro sic) sino que, además, tachó a sus dos subordinados de enfermos (según El País utilizó la palabra alemana Kranken) e instó a la dirección a que se los pusiera de patitas en la calle. Pues bien: presuntamente, después de cubrirse de gloria de esta forma , imprimió el correo (¿Para...?) y lo dejó en una fotocopiadora de modo que uno de los aludidos pudo leerlo y presentar la correspondiente denuncia. Cosa que, naturalmente, hizo.
(Por cierto que, entre la presentación de la denuncia y los hechos que narramos medió una etapa que ningún medio explica bien, pero que terminó con el despido de los dos empleados. Dado que los dos, según la querella, tuvieron que recibir la baja por depresión y que a nadie se le puede despedir estando de baja, suponemos que fueron apartados de su puesto de trabajo cuando se reincorporaron a él).
El ejecutivo austriaco, como Maria José Campanario o Pipi Estrada, dice estar tranquilo y confiar en la justicia. Aduce en su defensa que nunca podría tachársele de homófobo con dos argumentos que dan un poco de penilla, la verdad: a) que él tiene muchos amigos homosexuales –que se presenten en el jucio a la voz de ya- y b) que si hubiera sido homófobo no hubiera aguantado (sic) diez años en Barcelona (!)”. Como si Barcelona fuera Kabul o Bagdad o como si en Barcelona no hubiera legionarios de Cristo o numerarios del Opus Dei o, simplemente, personas que consideran a los homosexuales errores de la naturaleza producto de desafortunadas combinaciones genéticas.
El caso, que amenaza con enturbiar las tersas relaciones hispano-austriacas, plantea algunos interrogantes que me gustaría que mis lectores considerasen:
-El ejecutivo: sabía (?)que estaba haciendo algo, como poco, turbio –a no ser, claro, que para él todo esto fuera negocio de todos los días, y ya estuviera acostumbrado-; en fin: supongamos que este hombre, llevado por sus vaticanos ideales, decide acometer este acto de denuncia deplorable. Y no se le ocurre otra cosa que a) hacerlo por escrito;b) imprimir (!) el correo y c) dejárselo en la fotocopiadora. La verdad es que, como infractor, en la guardería no aprendió los mínimos rudimentos.
-Los afectados: que han sido durante bastante, supuestamente, subordinados de semejante individuo y han tenido tiempo para saber de qué pie cojea a) se intercambian correos personales en horas de trabajo –todo el mundo sabe que, en España, las cuentas laborales se rastrean y se leen y además hay jurisprudencia que así lo autoriza- y b) se cuentan sus findes de jolgorio utilizando las direcciones de correo electrónico de la empresa y en horas en que deberían estar dedicados a otros menesteres -en vez de trabajar, vaya-.
El afectado español, en declaraciones a El País, afirma sin tapujos que quiere que echen a su ex-jefe por haber cometido un delito de discriminación, revelación de secretos y acoso laboral.
Ahora bien: sin entrar en quien pueda tener la razón –aunque es de justicia que, si el directivo de Gartner atentó contra la dignidad de sus subordinados sufra las oportunas consecuencias legales- a mí me parece bastante sintomático que El País no recoja las declaraciones del austriaco como hacen otros diarios.
Todos los lectores de mi blog saben la simpatía que siento por la causa homosexual, pero me parece que el periodista de El País ha redactado la noticia de una manera intencionadamente tendenciosa que vulnera claramente la presunción de inocencia. Si una de las partes (aunque sea culpable) no puede defenderse ¿Dónde queda el derecho del lector a estar informado de manera imparcial? Es más: uno que es, como se sabe, escrupuloso, tiene la tentación de pensar que, cuando se silencia a una de las partes es porque quizá tiene algo que decir en contra de la prístina versión fabricada por la acusación. Quizá no sea la cosa tan límpia como esto: hay un lobo homófobo y dos corderitos homosexuales sometidos a su posición de abuso de poder y a su derecho de pernada laboral. No sé. Aunque estos ojos han visto de todo (y casi nada bueno) y aunque uno está al cabo de la calle de que las oficinas están llenas de tipos indeseables, empieza uno a estar harto de estas historias en las que los buenos se permiten frases como: “Quiero que lo echen”.
Las formas, en mi opinión modesta, son importantes.
Nada más leer la frasecita en cuestión, me he acordado de la última escena de Las Bicicletas son Para el Verano.
-Papá, se ha acabado la guerra, ha llegado la paz.
-La paz no, hijo: ha llegado la victoria.
Pues eso.
Los actores de la serie Soko Donau preparados para cazar malhechores y otros pájaros de cuenta

Apatrullando Burgenland
17 de Agosto.- Cuando yo llegué a Austria, una de las cosas que más me sorprendió fue que Viena era una ciudad enormemente segura (vaya: sigue siendo). De una manera que, a una persona que creció en plena efervescencia de la era de la heroína (los tiempos del Vaquilla y el Torete) le parecía graciosa e, incluso, ligeramente ridícula.
En Viena, sigues pudiéndote dejar el coche abierto sin que pase nada y, salvo en lugares turísticos, uno no tiene mucho que temer de los carteristas. Por ejemplo, el otro día, volviendo del gimnasio, vi yo un Rolls Royce descapotable abierto, sin dueño a la vista, aparcado delante de un bar.
Esta situación sin embargo empeoró un poco (no mucho, aunque los aborígenes anden algo despavoridos) desde que, en 2007, si no recuerdo mal, se abrieron las fronteras a los países del este recién incorporados a la Unión. En aquellos entonces, los choris que surgían del frío, dispuestos a darle argumentos a la derecha populista (o sea, a la ultraderecha: llamémos a las cosas por su nombre) patentaron un método de trinque que se podría llamar “toma el dinero y corre”. Esto es: venían de países ignaros, cometían la fechoría y luego, aprovechándose de la libre circulación de personas y mercancías, se llamaban andana y venme a buscar con la INTERPOL pero trae la ropa de invierno.
Con la apertura fronteriza también aparecieron en Viena otros fenómenos que, hasta aquel momento, eran poco conocidos. Por ejemplo, la mendicidad.
Hasta entonces los pedigüeños vieneses eran aseados caballeros ligeramente borrachines, vestidos a la moda de los ochenta, que vendían el Augustin (La Farola vienesa) y cuyo éxito empresarial dependía de lo enrollados que fueran (y lo pesados) comiéndole la oreja a losaborígenes y a los turistas. Sin embargo, a partir de la apertura de las fronteras las zonas comerciales se llenaron de personas que, en la mejor tradición de Calcuta, sufrían alguna mutilación espeluznante, y que pedían por amor de Dios un óbolo con el que remediarse; aparecieron madres jóvenes con criaturas soñolientas que decían lo de “Bitte, bitte, alles Gute” con voz monótona; o avispados abuelos que vigilaban a sus nietos desde lejos mientras intentaban venderte un reloj afanado la víspera.
Sin embargo, una vez se estabilizó la cosa, Viena volvió a su estado inicial de seguridad edénica.
Donde las cosas no volvieron a ser como antes fue en las zonas fronterizas de Austria (Burgenland) en donde los delitos, debido sobre todo de la proverbial inocencia de las gentes y a lo apartado y solitario de algunas casas, subieron de manera brutal (hasta un 295% en algunos lugares según el Kurier). Los Burgenlandeses pidieron ayuda al gobierno central y este respondió con la creación de una unidad de policía especial, la SOKO Ost la cual, hasta el momento, no ha servido para disuadir a los manguis de que dejen de entrar en los hogares a llevarse hasta la dentadura postiza de la abuela.
Esta unidad, la SOKO Ost ha servido de polémica porque, como todos los parches (España NO tiene el monopolio de la chapuza, aunque nos esforcemos tanto en que lo parezca) se implementó deprisa y corriendo, con las consecuencias previsibles. La risa fue que, cuando se creó, y ante las críticas que sostenían que la SOKO Ost era un proyecto que nacía muerto por falta de personal, la autoridad competente anunció que las críticas le chupaban un pie, por la siguiente razón: los empleados de Correos (!) que se vieran afectados por los recortes en el organismo postal serían transformados ipsofactamente en policemans y policeguomans al objeto de reforzar el grupo de los que luchan contra los golfos apandadores.

Hoy, el Partido Socialista de Burgenland clama (sospechamos que al objeto de ganarse las simpatías de la mayoría conservadora) por que se recluten 400 policías profesionales (nada de especialistas en procesar cartas certificadas) al objeto de atajar la inseguridad que crece por estas fechas veraniegas.
¿Lo conseguirán?


Marika Rökk: una vienesa de adopción

16 de Agosto.- Hoy que España hierve en fiestas (y además, de calor agostí) vamos a recordar a una húngara que, por azares del destino se convirtió en austriaca de adopción. Se trata de Marika Rökk (nacida Maria Korrer), la gran estrella, junto con Zarah Leander, del firmamento UFA durante la época del nazismo.
Marika nació en 13 de Noviembre de 1913 en El Cairo, mientras su padre, un ingeniero húngaro, trabajaba eventualmente en la capital egipcia. Como la chica tenía dotes, recibió clases desde temprana edad y, en 1924, a los once años, Marika ya formaba parte del elenco del Moulin Rouge, con el que realizó una gira por los Estados Unidos. A su regreso a Europa siguió bailando y cantando hasta que, en 1935, al verla actuando en un espectáculo circense en Hungría, los cazatalentos de la UFA se fijaron en ella y la ficharon para participar en la película “Caballería Fácil”. A partir de ahí, la carrera de Marika –como la de Jopie Hesters, por cierto- experimentó una ascensión meteórica paralela a la del nazismo. Durante esta época conoció al que sería su marido y padre de su hija (también actriz, por cierto), Georg Jakoby. En 1941 protagonizó la que fue la primera película alemana en color (La mujer de mis sueños). Para entonces, el “sello Marika” estaba en su máximo esplendor. Películas de evasión con intrigas amorosas intrascendentes y números musicales en los que la Rökk sacaba partido de su elasticidad y de sus grandes dotes acrobáticas.
Durante la guerra mundial siguió cantando y bailando para el régimen (y para los sufridos ciudadanos alemanes, claro). Su última película de esta etapa data de una fecha tan tardía como 1944.
Después de la guerra y a pesar de haber estado tan estrechamente vinculada a la dictadura hitleriana, Marika siguió bailando y cantando incansablemente, con muchísimo éxito. Sin embargo, los comunistas húngaros hicieron todo lo posible por desprestigiarla. Se dijo, por ejemplo, que había sido amante de Joseph Goebbels, ministro de propaganda del tercer Reich (el famoso Doctor Güevels, de La Niña de Tus Ojos, que fue interpretado, por cierto, por un actor austriaco, Johannes Silberschneider). Marika desminitió siempre este hecho, en primer lugar desde sus memorias, que publicó en el año 1947. En este libro, relata las circunstancias en las que conoció a Adolf Hitler que la llamó “la pequeña húngara capaz de hacer cualquier cosa en una pantalla de cine” y le besó la mano.
Tras una larga carrera, Marika Rökk se retiró del cine en 1988, aunque en 1993, tras la caida del comunismo, a los 80 años, Rökk regresó triunfalmente a su Hungría natal en la que la recibieron en loor de multitudes como, por otra parte, se recibía en aquella época todo lo que oliese a capitalismo.
Marikka Rökk murió en 2004 en Baden, en las afueras de Viena, en donde pasó sus últimos años en una residencia de ancianos que, lo que son las cosas, está cerca de otro lugar muy cinematográfico: un lago subterráneo en donde se rodó la película de Leonardo DiCaprio sobre El Hombre de la Máscara de Hierro y en donde Nicholas Cage acaba de rodar otro film que se estrenará próximamente.

La madre de Michael Jackson. Una mujer sensible a la par que práctica

Ensalada de verano
15 de Agosto.- Estar muerto y estar en verano se parecen en que es mejor estar fresco que no. Eso han debido de pensar los familiares y deudos de Michael Jackson los cuales, según se ha sabido, tienen el cadáver del King of the Pop en una cámara refrigerada(sin nariz, sin pelucón, sin maquillar, esperamos: porque si no, qué susto más grande al que le toque abrir la cámara para ir a buscar, un poner, un Frigopie). El padre quiere enterrarlo en Las Vegas y su madre, por lo visto, le visita con cierta frecuencia.
¿Qué le contará? Yo me la imagino peinada de peluquería (escandalosa, teñida de caoba o algo así) abanicándose con el folleto de la funeraria. Un vestido de flores –porque las americanas seguro que llevan el luto por dentro- y con mucho oro: pulserón, pendientazos, anillazos como de rapero. Ah, y con sombrero. Bien oiréis lo que dirá:

-My son, Michael; nos has dado un disgusto muriéndote. No fue el primero, que cuando sacaste a los niños por el balcón a mí casi me da una fractura de miocardio. Pero por otro lado, también nos has dado una alegría y que God me perdone. Desde que falleciste, hijo, tus discos se venden como rosquillas. No te digo más que eres el número uno de las listas británicas. Que eso, y perdóname que te lo diga, no lo conseguías tú desde que Eva Nasarre llevaba calentadores. O sea, antes de que la muchacha se metiera en la secta satánica aquella. Se dice, y yo me lo creo que, desde que tuviste la genial idea de palmar, produces más de un millón de euros diarios. O sea, que hemos pasado de la casi ruina a la casi opulencia. Y eso que no le cobramos a los frikis que se visten como tú y hacen el gilipo...digo, los frikis que se visten como tú y honran tu memoria. Ni a los bloggers que han titulado sus posts “Hasta siempre, rey del pop” (lo leo una vez más y vomito, my son). Que como cobrásemos derechos de autor por ese paso que inventaste y que te copiaron todos los horteras de discoteca, incluido Julio Zavala, nos íbamos a haber forrado –aquí, la madre de Michael, se echa unas risillas- ¿Te acuerdas de lo que se cabreó Travolta? ¡Pensaba él que tenía el monopolio con aquello de señalar al piso de abajo y al piso de arriba! Pero no, hijo. Tú se lo quitaste. Porque tú, las cosas como son, y está mal que yo lo diga porque soy tu madre aunque no lo parezca después de todo lo que te has hecho, valías un potosí. Qué pena que te dieras a la drogaína y a las operaciones de cirugía y, al final, pillaras una dobledósis.

En fin: dejamos a la madre de Michael Jackson abanicándose frente a la cámara frigorífica en donde su hijo duerme el más fresco de los últimos sueños (con permiso de la momia de Lenin y de la momia viviente del compañero Fidel) y nos centramos en la actualidad local que se cifra en dos noticias: a) desde ayer, los aviones de Sky Europe no pueden aterrizar (ni despegar) en el aeropuerto de Viena y b) La autoridad competente austriaca quiere desincentivar las horas extras.
Lo del punto a) se explica rápido. Debido a la crisis, a la carestía de los carburantes y al ocaso de la cultura del aquí te pillo aquí te vuelo, la compañía de vuelos de bajo coste Sky Europe no puede hacer frente a sus deudas, entre las que se cuentan los derechos de uso de las instalaciones de los aeropuertos. Así que, si alguno de mis lectores ha reservado con esta firma sus vacaciones centroeuropeas, le acompaño sinceramente en el sentimiento. Hace semanas aparecieron en las noticias los responsables de Sky anunciando pidiendo que no pandiera el cúnico, porque ya tenían un inversor –un caballo blanco, se llamaba en el teatro antiguamente a estos que sólo ponían la chequera-. Y que dicho inversor enjugaría las deudas de la compañía con un maná de millones de Euros y que las cosas volverían a ser como antes. Cosas que se dicen.
En cuanto a las horas extras. El gobierno austriaco quiere desincentivarlas para que la (comparada con España) exigua cantidad de trabajadores que se quedan más tiempo del pactado en sus puestos, desistan de hacerlo en bien de sus compañeros que no tienen la suerte de tener un empleo. Se calcula que, en algún momento de lo que llevamos de año, uno de cada cinco trabajadores austriacos se quedó en su trabajo después de su hora. Esto, para el país alpino, es un escándalo porque aquí no es como en España en donde las horas extraordinarias a)se dan por supuestas y b)a menos que trabajes para el Estado son de gratis. El ministro, como la lechera del cuento, ha calculado y así lo ha anunciado ufano que, si nadie hiciera horas extraordinarias, Austria alcanzaría la utopía del Pleno Empleo.
Amén.


La verdad es que no sabía qué foto poner en este post, así que dejo una cancioncilla

Un post con moraleja

14 de Agosto.- Hace unos días, empecé a sentir unas molestias en la axila y la zona pectoral derecha. Como no remitían, y uno es un hombre responsable (y miedoso, por qué no), fui al médico, el cual, después de someterme a diversos tocamientos dictaminó que no parecía haber nada anormal pero que, por si las fliegen, lo mejor era investigar la zona.


-Herr B.- me dijo- las lolas de los hombres y de las mujeres están hechas de lo mismo. Así que hay veces que los hombres tienen también problemas en esa zona y, por falta de prevención, no se detectan a tiempo. Así que hacemos una ecografía y nos quedamos tranquilos.


-Como usted diga, herr Doktor.


Así que no corto, pero sí bastante perezoso, me he levantado hoy a las seis de la mañana y me he plantado en el ambulatorio para que me hicieran la exploración correspondiente.
Tenía la cita a las siete y media pero yo, siguiendo la costumbre familiar, me he presentado a las siete menos diez.
Y frente al ambulatorio, he contemplado una escena que me ha recordado aquellas mañanas frías de invierno en la que una turba de muchachos revoltosos esperábamos a que Don Luis abriese el colegio para entrar. Ha sido abrir las puertas del ambulatorio a las siete en punto y una avalancha humana (que incluía a un señor con parche) se ha precipitado hacia las consultas, ha tomado por asalto los mostradores, ha inquirido direcciones y preguntado nombres con esa energía silenciosa auténticamente germánica que es una de las cosas que más me molan de este país.
Yo tenía dos citas: una para la exploración lolera y otra, ya que estábamos y aprovechando que el Danubio pasa por Brigittenau, para hacerme un análisis de sangre y ver si los triglicéridos me bailan la macarena (aaaay!) .
Oigo mi nombre.


-Herr Bernal López, bitte.


Y yo, obediente, que entro a la consulta. Una señora de mediana edad sonriente, amabilísima, me pide que me siente y, tras atarme al brazo la gomilla de rigor y pedirme que cierre el puño, me pregunta por qué tengo tantos apellidos (pinchazo, uich)

-Es que soy español.
-Ay, pero qué interesante.(¡Flup! Un tubo) Y su frau de usted, cuando usted se case ¿Tendrá también tantos apellidos? (¡Flup! Otro tubo) ¿Y sus hijos tendrán cuatro apellidos entonces?
-No, dos.
-Ay qué interesante, pero qué lioso (¡Flup! Tercer tubo).


Termino la extracción, corro hacia la consulta del radiólogo. Soy el primero (¡Yupiii, prímer de mi consulta!). La enfermera me llama. El radiólogo es un señor de unos cuarenta y cinco años que, de forma gentilísima, me pregunta qué molestias he tenido. Se las explico. Me palpa otra vez, me mira la zona dolorida concentradamente. Luego me dice que me tumbe y que levante los brazos.


-Le voy a hacer una ecografía de la zona para ver qué tal está usted.


Me echa gel (por cierto, está templado y no congelado, como en España: tomen nota los radiólogos de la piel de toro). Mientras me explora:


- (flup,plup, chas, blurp) ¿Sabe usted que este aparato es nuevo y que usted es el primer paciente que lo estrena?
-¿De verdad?

-Sí, sí (flup, blurp, chas, plop). Pero no se preocupe, que yo en esto estoy muy entrenado.


Me echo a reir.


-Me tranquiliza usted mucho, doctor.
-Pues Herr Bernal, no tiene usted nada. Pero para más seguridad, le vamos a hacer una mamografía (lolagrafía, vaya). Los hombres también pueden hacerse lolagrafías ¿Sabe usted? Es por seguridad. Porque hay cosas que en una ecografía no se detectan.
-Pues muchas dankes, Herr Doktor.
-Vístase y le llamamos enseguida.


Salgo de nuevo a la sala de espera. En una tele, un señor sonriente (pero mudo) enseña a preparar un plato a base de brotes de soja (que son ideales para prevenir tantas enfermedades).
Tras unos momentos, la enfermera, tambíen amabilísima, me llama. Paso a una sala y, aquí es donde llega la moraleja de este post, me pone delante de un aparato blanco en donde me hace un par de fotografías de esta parte de mi cuerpo. Y aquí voy: sobre todo para mis lectores chicos (las mujeres están más concienciadas): una mamografía, en serio, no duele, es rápida y no menoscaba la virilidad de nadie. Y, en todo caso, mejor que te aprisionen un poco las tetillas que no tener que lamentar luego alguna cosa irremediable.
La vergüenza no lleva a ningún sitio. Ante cualquier cosa rara, al médico.

La brújula

(escrito ayer, pero no publicado debido a ciertos problemas técnicos)
12 de Agosto.-Querida Ainara:
Hay veces, como ayer por la tarde, en que, de manera transitoria, gracias a Dios, tengo crisis de agobio.
Verás: estaba invitado en casa de una conocida que es actriz. Una muchacha de pelo largo y sedoso que vive en un bloque de dos plantas que podría estar en la periferia de cualquier ciudad británica. Una edificación del siglo XIX con un patio trasero con un cesped algo salvaje, un castaño y una valla metálica atacada por una pacífica nostalgia.
Después de comerme las chuletillas que había traido para la barbacoa, me ausenté un momento para ir al baño (la cerveza, ya sabes, que es traidora). Al volver, en mi sitio había sentado un chaval de mi edad que, a todas luces, luchaba por encontrar un lugar en aquella reunión de personas tan heterogéneas (mi conocida, la actriz, se codea con todo tipo de gente y eso, ahora que lo pienso, es una virtud que me gustaría que tú también cultivases algún día).
El chico era guapo como un actor de cine. Porte elegante, ojos claros, tez morena, nariz clásica, dos filas de dientes iguales y resplandecientes, perfectos para servir de reclamo para cualquier artilugio limpiador a pilas. Llevaba puesta una camisa de cuadros de Vichy de un suave color naranja en cuya pechera resaltaba, discreto, el logotipo de Tommy Hilfiger. Al ver que yo me quedaba con la duda de quedarme de pie o echar a otro comensal de la mesa, se avergonzó bastante y se ofreció a levantarse. El sitio de al lado, sin embargo, se había quedado vacío entretanto, así que lo ocupé.
Ante la horrible perspectiva de tener que salvar el silencio hablando del tiempo, me presenté y nos dimos un apretón de manos. Por la fuerza, la sonrisa y la postura, me di cuenta instantaneamente de que a)hacía aquello a menudo y b) sin duda lo hacía con fines comerciales.
No tardé en confirmar mi intuición. Sin prisa, pero sin ninguna pausa, mi nuevo amigo empezó a contarme cosas de su trabajo. Muy interesantes todas, por cierto. En este tipo de conversaciones, mi cargado (y amplio a mi pesar) currículum ayuda bastante. Tengo experiencia en muchas ramas de la industria (relacionadas con la logística, fundamentalmente). Si me ponen a hablar de expediciones, camiones, barcos y aviones de carga, puedo resultar bastante eficaz –nadie ha dicho que entretenido, que eso es otro cantar-; pronto supe que nuestro desconocido trabajaba vendiendo un producto relacionado con la construcción; que empezaba a levantar la economía austriaca casi al rayar el alba y que terminaba a unas horas que, en Viena, van en contra de la convención de Ginebra. Sólo tras media hora de conversación, el chaval que, sin alardes pero tampoco sin modestia, me había presentado un panorama de sus logros profesionales, me explicó que el dueño de la empresa era él y que los empleados estaban a su cargo; y se quejó de que, en Austria, trabajar por cuenta propia es gratificante pero casi tan difícil como en España, en donde el Gobierno hace todo lo posible porque los emprendedores se den de morros contra el cemento armado de la ruina.
El paisaje de aquella vida, contada con tanta mesura y simpatía resultaba interesante, Ainara, y bastante envidiable. Mi nuevo amigo, me pareció un hombre feliz y seguro de sus logros; tocado por esa paz que da levantarse por la mañana sin otro pensamiento que el de darle alegría a los balances de tu empresa con contumacia y, al mismo tiempo, con una bondad que sólo puede calificarse de empresarial. Mientras le escuchaba, respondiendo a sus curiosidades sobre la vida económica española, me entró el agobio. ¿Qué estás haciendo con tu vida, Paco? ¿Por qué tú no tienes una empresa con una decena de empleados? ¿Qué será de ti en diez años, cuando este chico vaya por su tercer Mercedes y tú, sin embargo, empieces a tener jefes más jóvenes que tú?
Las preguntas, sin embargo, me duraron poco. Me imaginé teniendo la vida de aquel hombre y me di cuenta de que no me hubiera hecho feliz. Dios no me ha llamado por ese camino. Supongo que hace falta una concentración de energía que yo no me puedo permitir (me exigiría olvidarme de muchas cosas que me emocionan más) y un olvido voluntario del mundo que solo da ejercer la pasión de uno. No es que me falte ambición, no me entiendas mal. Sino que mi ambición va por otros derroteros.
Tan importante como saber lo que uno quiere, Ainara, es saber lo que a uno no le haría feliz. Como un traje que, puesto en otro, es espectacular pero que a nosotros no nos termina de sentar bien.
Cuando el desconocido y yo nos despedimos con un cordial apretón de manos gemelo del primero y, tras cinco minutos, volvimos a ser tan anónimos el uno para otro como algunas horas antes, yo no pude evitar, bajo el cielo estrellado del extrarradio, sentir la tranquilidad de darme cuenta de que estaba haciendo con mi vida exactamente lo que quería. El mundo estaba en orden.
Besos de tu tío.


Para escuchar a Miguel Poveda (y flipar) ir al minuto 1:57

Desperfectos subsanables : Los Abrazos Rotos (2/2)

11 de Agosto.- Más virtudes: la fuerza de las imágenes. Almodóvar tiene instinto para lo grande, para lo intenso, para lo visual. En esta película, la novedad es que hay algunos planos generales cuidadosamente compuestos que son pictóricos en el mejor sentido del término. Especialmente, las secuencias de la playa de Fámara con Lluís Homar y el niño.
La música, de Alberto Iglesias, colocada siempre con muchísimo gusto. De manera muy estilizada. Iglesias y Almodóvar forman un dúo cinematográfico eficaz y simple como el mecanismo de una tijera. Hay una secuencia, particularmente, en que este acoplamiento de voluntades resalta con particular brillantez: Lluís Homar va a ver a Tamar Novas a la Clínica Quirón (por cierto, de publirreportajes está este film lleno: de El País, a la Quirón, de Solán de Cabras al bar Chicote). El ciego tarda como un minuto en bajarse del taxi. Es el mejor minuto musical de toda la película. Una acción que, en principio, es igual de interesante que un plano fijo de una alcachofa, se carga de una gran fuerza sugestiva gracias a la música de Iglesias. Por otra parte, y quizá porque la historia no lo pide, hay en esta película mucha menos música “no cinematográfica” que en en las otras de Almodóvar. Volver comenzaba con Las Espigadoras y Estrella Morente doblaba a Penélope Cruz. Aquí sólo hay una estupenda versión de una antigua copla de Rafael de León (A Ciegas) que está en los títulos de crédito finales.
Y, sobre todo, el humor. Hay una escena genial entre Tamar Novas y Lluís Homar en la que cuentan el argumento de la película Dona Sangre. Es un momento de sonrisa que se transforma en carcajada. O el papel de Lola Dueñas como lectora de labios.
En fin:
Dolores: el principal es la media hora final. Llevado por la lógica del relato y por el ritmo narrativo (estimable: no hay más que ver la cantidad de información que se cuenta en el tiempo en que se cuenta), Almodóvar se ve en la obligación de cerrar todas las tramas que ha abierto. Algunas las cierra bien y otras...En fin.
Ejemplos de secuencias que Almodóvar escribió con los pies, como esos pintores minusválidos que nos atorran cada año con sus tarjetas de navidad, son la de Chicote –en la que Blanca Portillo se marca un monólogo al que, a pesar de todo, consigue dar una cierta credibilidad- y la siguiente con Portillo y Tamar Novas. Son unas secuencias en las que los personajes que, hasta hacía cinco minutos eran criaturas de carne y hueso, a las que habíamos aprendido a querer, se transforman en figuras de cartulina con la misma entidad que los títeres de cachiporra.
Por otra parte, tras ver LAR uno se da cuén de por qué Pe(nélope) y Tom(Cruise) ya no están juntos y se sorprende (mucho) de que duraran tanto tiempo emparejados.En cuanto Cruz abre la boca para hablar en inglés piensa uno que debieron de hablar más bien poquito durante su vida en común. O bien que debieron de utilizar los servicios de un traductor –o de una lectora de labios-. Mi Penélope tiene un acento que, en Madrid, llamamos vallecano; pero que en Barcelona podría adjudicarse a los naturales de Vilanova i la Geltrú u Hospitalet de Llobregat. El de Blanca Portillo, por cierto, también provoca temblores medibles en la escala de Richter. Pero a ella se le perdona. Al fin y al cabo, no lleva años viviendo “a caballo” como dicen las comentaristas semianalfabetas del ramo ginecológico.
Este es un asunto, el de la dicción de Penélope que, a mi modo de ver, le añade encanto a la muchacha, pero que técnicamente, y ya poniéndonos pijoteros, le resta valor como actriz. Sobre todo comparando su acento suburbial (al español me refiero) con la pronunciación castellana fuera de este mundo que ha desarrollado Jose Luís Gómez a base de décadas de escenario (un actor que, por otra parte, es más frío que un iceberg desprendido de los casquetes polares); o la suave cadencia mediterránea de Lluís Homar. Si Cruz quiere ser verdaderamente elegante debería cuidar esas eses finales de las primeras personas del plural, que se le pierden en muchas frases del diálogo; o determinadas cadencias y tonos que traicionan lo que su belleza se encarga de ocultar.
Tanto de lo mismo para Tamar Novas –sin duda, uno de los encantos de esta película-; al que, aún haciendo de hijo de Blanca Portillo, se le escapa el acento gallego en algunos momentos.
En fin.
A la peli le queda mucho rodaje y quizá algún premio más. En Viena sigue en el cine. Yo, igual la veo otra vez.