Es lebe der Zentralfriedhof
31 de Octubre.- Conste que a mí lo de Halloween no me gusta nada peeero si es verdad que Viena tiene algo es ese regustillo por lo macabro que se manifiesta incluso en su cultura popular. Dejo aquí una canción de un cantante local (Wolfgang Ambros) que ya salió en este blog porque suya es la canción "Die Blume aus den Gemeindebau". 


La canción se llama como este post y fue compuesta por Ambros para celebrar el centenario del cementerio central en 1975. El Zentralfriedhof está en el barrio de Simmering y es el más grande de los casi cincuenta cementerios vieneses. Ocupa una extensión de 2,4 Kilómetros cuadrados y, según las cifras que da la Wikipedia hay enterrados en él 3,3 millones de personas (soldados soviéticos, presidentes austriacos, la mayoría de los grandes compositores -menos Mozart y Haydn- uno porque no se sabe qué ha sido de sus despojos y el otro porque está en Eisenstadt o la amante del hijo de Sissi, Mary Vetsera) y es el segundo más grande de Europa después del de Hamburgo, que cuenta con un populoso camposanto con cuatro millones de enterramientos.


El ZF es una acumulación de cementerios. Pues hay uno ortodoxo, uno católico, uno protestante y dos judíos (uno que destruyeron los nazis durante la noche de los cristales rotos y uno construido en 1917 que aún está en uso), además de uno sólo para urnas cinerarias que tiene un crematorio que parece pensado por Fritz Lang y Thea Von Harbou.


Que viva pues el Zentralfriedhof pero que los que están en él tengan paciencia para esperarnos muchos años.

La raja de tu falda


30 de Octubre.- Uno aterriza en los mejores momentos de la vida casi sin proponérselo. Por ejemplo, ayer por la tarde, quedamos mi primo N. y yo para recoger en su trabajo a M., al objeto deacompañarle a una fiesta algo rara que una conocida celebraba en la cantina de una escuela; de la cual (la cantina) esta conocida es encargada.

Cuando entramos en el local el aspecto de la gente reunida era bastante mortecino, la verdad. Una chica bastante pasada de peso pinchaba canciones en un ordenador conectado a unos altavoces que emitían un sonido ratonero; algunas mujeres maduras de inconfundible aire profesoral llevaban el ritmo de la música con la cabeza, con esa insistencia algo monjil que dan ciertas carreras docentes demasiado prolongadas; el jefe del tinglado, visiblemente empapado en alcohol, se balanceaba sentado en una silla corriendo el grave riesgo de terminar con una tetraplejia de resultas de una mala caída. Completaban el cuadro unas chicas amigas de la oronda pinchadiscos y un tipo con pinta de escritor sin lectores que, algo alejado, sorbía una cerveza detrás de otra siempre al borde de la narcolepsia.

N., M., y yo nos miramos y, dispuestos a sufrir lo menos posible aquel ambiente casi luctuoso, elegimos una mesa apartada en la cual poder hablar de nuestras cosas sin mayores distracciones. Nos estábamos echando unas risas cuando una de las camareras se acercó a nosotros con un papel y un bolígrafo verde y nos preguntó si teníamos alguna petición musical.


Dado que hasta entonces y salvo una rápida incursión en los Rolling de los sesenta (qué miedito) la música le hubiera encantado a Doris Day; N., M., y yo decidimos poner un poco de alegría en aquel cotarro. Unanimemente, decidimos que, si Estopa no levantaba aquello, es que el fin del mundo estaba próximo. Así que, con letra segura y tinta verde, yo escribí “Estopa: La Raja de tu Falda”; y, por si acaso, añadí entre paréntesis “Spanisches Rumba”; esta aclaración venció un poco las reticencias iniciales de la camarera pero no pudo evitar que, aún así, levantara las cejas. M. Pidió Lola de The Kinks (¿Los kinkis?) y, cuando la camarera se alejaba con la lista, se acordó de Borriquito.

-¿Quién cantaba esto?
-Peret.

Garabateó el nombre en la hoja y se la devolvió a la kellnerin.

Fueron transcurriendo las canciones (y las cervezas), el ambiente se fue espesando, el alcohol propició una cierta solidaridad (tanta como para que yo le preguntara a una de las profesoras quién cantaba una tierna balada que resultó ser de Georges Moustaki). Y hete aquí que empezó a sonar Estopa. N. y yo nos miramos y empezamos a cantar La Raja de tu Falda (nos la sabemos). Por un momento, pareció que la realidad en blanco y negro se coloreaba. Esperábamos que la gente se levantara de sus sillas y se pusiera a bailar pero, al mirar, comprobamos que seguían sorbiendo sus bebidas con aire manifiestamente mustio.

Cuando la canción terminó se hizo un silencio cansado como la sangre de nuestros últimos Habsburgo, nos miraron y estuvo claro que habían localizado a dos indivíduos de hemoglobina hirviente con todo lo que eso implica en las mentes austriacas (o sea, que quedamos emparentados en las neuronas nativas con los toreros y las gitanas que llevan la faca escondida en la liga).  Sonó La Vie en Rose y todo pareció volver a la normalidad pre-Estopa. Pero no era así. Tras un par de cervezas, la gordi pinchó, creyendo hacernos uno honor a N. y a mí, la Marcha Real (por cierto creo que la misma versión –arreglo y orquestación- que la que salía en TVE cuando se terminaba la programación). N. y yo, comprendiendo que era una extraña fineza que nos hacían sonreímos y correspondimos pidiendo el himno nacional austriaco (ahora que lo pienso, aquello parecía un partido de Eurocopa, pero bueno). Fue empezar a sonar el Land der Bergen y empezar a sonar pitos aborígenes.




Me llaman mala persona

29 de Octubre.- Los estudiantes salieron ayer a la calle por fin, hartos, suponemos, de estar encerrados en las aulas de las universidades . Su gozo en un pozo, en cualquier caso; porque a quien se dirigían ha puesto pies en polvorosa y ha aceptado una secretaría en Bruselas. De todas maneras, quincemil personas en el Ring (son cifras que da el Heute) son muchas personas. Una estudiante con la que hablé el otro día me expresó su escepticismo. No parece probable que los estudiantes austriacos tumben Bolonia (a estas alturas) pero sí que quizá el Gobierno le dé una pensadita a lo que está pasando con las Universidades de este país; otrora su orgullo y hoy la preocupación de muchos de sus habitantes que ven cómo las aulas se masifican y cómo la formación pierde calidad.


Mientras ayer los manifestantes marchaban de la seráfica manera que es costumbre aquí(o sea, sin romper ninguna pieza de mobiliario urbano ni estropear ninguna estatua del ornato público) yo cocinaba un pollo siguiendo una receta de mi señora madre (ver barra lateral). Por cierto (yo fui el primer sorprendido) me salió riquísimo. Mientras cenaba estuve comprobando como la España de mis amores se revolcaba en el lodazal en que se ha convertido su vida pública últimamente.

En la tele se escenificaba la brecha: en Telemadrid (para mis lectores de fuera de España, dependiente de un gobierno autonómico fuertemente conservador –por tanto, furiosamente antigubernamental-) dos señoras de unos setenta años, peinadas de peluquería y equipadas con sus correspondientes conjuntos de traje de chaqueta y perlas, se movían por un lujoso piso de una zona céntrica intentando localizar fantasmas. En Televisión Española (apegada, como es tradición, al Gobierno que toque, de signo socialista en estos últimos tiempos) ponían El Coro de mi Cárcel.


Como estaba solo en casa y los trasgos me dan miedito, me quedé a ver a los cantantes de la trena. Tengo que reconocer que el formato me enganchó pero que hubo cosas en él que no me terminaron de gustar.


Consiste la cosa en que un grupo de reclusos de ambos sexos asisten a clases de canto con un profesor, para formar un coro. Como Sister Act, pero entre rejas. Por el camino, se abren tres líneas narrativas: por un lado, los presos cuentan sus historias (dramáticas); por otro, se cuentan los incidentes grandes y pequeños del coro y hay una calle de enmedio, mixta, que mezcla las dos.


A favor: el tono documental, muy fresco, de las intervenciones de los presos. La dignidad con la que eran tratados durante la mayor parte del tiempo. Aunque canta mucho que las entrevistas están escenificadas, la cosa recuerda mucho a la manera que tenía Pier Paolo Passolini de dirigir actores no profesionales. Incluso, hay ratos en que los protagonistas de la cosa se olvidan de que hay cámara y son ellos mismos. Frescos, graciosos, espontáneos. Esa es una de las cosas que, por cierto, más me gustó: el tópico es que la cárcel es un sitio sórdido pero lo cierto es que los presos de este programa se reían bastante algunas veces.

En contra: un buenrollismo general que rechinaba un poco y que, en muchos momentos, era paternalismo puro y duro. No solo por parte del protéico profesor de canto sino también del representante de La Ley en este tinglado. Un señor que es presentado como Funcionario de Prisiones, el cual contaba las cosas desagradables que pasaban con el mismo tono que, cuando siendo pequeños jugábamos a la oca o al parchís, nos comían una ficha. Ejemplo: plano de profesor de música vestido como para salir por Malasaña, sonriente, sentado a su órgano en una clase impoluta. Paneo de cámara. Se abre la puerta de la clase. Entra Funcionario de Prisiones (con un gran parecido, por cierto, al actor americano Jerry Orbach). FP y PM se saludan y FP dice, poniendo cara de “me han comido una ficha, colega, y estoy fatal”:


-Que vengo a comunicarte que XXX ha pedido salir del curso.
-¡Pero qué me dices! ¡Qué contrariedad! –subtexto: “¿La ficha roja? Esa a la que le tenías tanto cariño? Tío, tío, tío: estoy superdesolado”.-¿Y no se puede hacer nada?
FP mueve la cabeza. PM hace un mohín. FP sale de la habitación por donde ha entrado.

Y uno siente la tentación de decirle al Profesor y al Funcionario que los presos son personas adultas y no víctimas de algún tipo de discapacidad psíquica de naturaleza misteriosa. No sé si me explico.

Lo peor del programa es que uno piensa que el buen rollo general puede romperse en cualquier momento: en cuanto la realidad entre por la puerta.


Corazón contento
28 de Octubre.- Querida sobrina: algunos de los lectores que escuchan esta conversación entre nosotros me dijeron el otro día que, quizá, el retrato del amor que te hice en mi carta anterior era un poco parcial : reflejaba solamente algunos aspectos no tan positivos del sentimiento que, según la mitología, Cupido nos inspira mediante un certero flechazo.



Después de releer la carta, no tengo más remedio que darles la razón y por eso escribo hoy esta que pretende aligerar un poco la dudosa impresión que di sobre algo que ha sido (y es) tan importante para mí.

Creo, Ainara, que conozco pocas cosas que produzcan más euforia que la de vivir haciendo como que existe un ser en este mundo de cualidades imbatibles, belleza insuperable y sentido del humor a prueba de todos los infortunios. También supongo que, como nos ha sucedido a todos, tu manera de estar enamorada irá cambiando a lo largo de los años.

Después del primer dolor serio, probablemente, tus prioridades cambiarán hasta que un día, casi sin darte cuenta, te encuentres junto a esa persona sin la que no podrás explicarte a ti misma. De pronto, tendrás la necesidad irreprimible (y un poco vergonzante, a veces) de enviarle alguien un sms si no está contigo o de llamarle nada más que para escuchar su voz. Aprenderás que hay mil y una maneras de decir te quiero; algunas tan sencillas como acariciar una mano ligeramente en una situación de tensión. Te acostumbrarás a dormir acompañada y, si te falta la compañía, el colchón estará más vacío y la cama más fría que ninguna cosa que se te pueda ocurrir.

Descubrirás que estás conectada a otra persona por un vínculo que, quizá, sólo se siente con la familia que compartió nuestra niñez. De pronto, te parecerá normal que a alguien se le ocurra al mismo tiempo que a ti levantarse a la cocina a por algo de comer, o ver la misma película; no hará falta hablar para coordinar actuaciones conjuntas (huir de un lugar en el que esté una persona especialmente pelma). Saborearás tener suegra (aunque te caiga mal), e incluso sentirás el impulso irrefrenable de hablar mal de tus cuñados (¡Ay, el cuñao! Qué entrañable personaje).

Contarás los minutos para volver a verle y, echando un vistazo a las décadas que te queden por vivir junto al elegido de tu corazón, te parecerán de pronto pocas, y le pedirás a Dios que las horas se alarguen tan dulcemente como las de un sábado de primavera sin nada especial que hacer.

Te descubrirás a ti misma tarareando músicas que habías odiado siempre,  porque te recuerdan a la persona con la que compartas tu vida. Renegarás con él de sus defectos pero los defenderás ante otros como una leona a la que intentaran tocarle a un cachorro.

 Descubrirás mil y una maneras en que esa persona te hace la vida feliz y llevadera. Una de las cuales será, Ainara, estoy seguro, el sentido del humor. Volverás a reirte de cosas que no te hacían gracia desde la infancia en la que ahora estás y cuando notes que él te pide cosas que nunca antes has hecho por nadie te sentirás en la necesidad de inventar una versión mejorada de ti misma. Te exigirá, pero tú también le exigirás. Quizá también aparezcan los celos, como una avaricia nueva de la que tú nunca te hubieras sentido capaz de otra manera.

Cuando menos te lo esperes, escucharás que esa persona miente por ti en las cosas pequeñas de la vida; y te gustará que ensalce tus cualidades delante de otra gente. Gradualmente, descubrirás que los límites de tu generosidad se ensanchan y que, sin esfuerzo, acometes tareas que nadie te ha pedido sólo por ver la sonrisa de la otra persona.

En fin: releyendo esta carta, me he dado cuenta de por qué no te había escrito sobre amor hasta ahora. Me conozco: me pongo tremendamente cursi.
Besos de tu tío,  

Meryl Streep caracterizada como Julia Child


Meryl la grande, la singermornings y las formas menos evidentes del machismo


27 de Octubre.- Supongo que una de las causas de haber arrastrado toda mi vida una fama (absolutamente merecida) de raro es que, desde que era niño, ciertas convenciones me han tocado mucho los pelenguendengues. Contra la que me rebelé con más constancia era la estupidez que mis condiscípulos cometían al no jugar a determinadas cosas, en mi opinión divertidísimas, porque eran “de niñas”.

El hecho de que hubiera maneras de entretenerse “de niños” y “de niñas” me parece una de las características del machismo que más nos han perjudicado a los chicos. Mis compañeros de clase se hubieran dejado despellejar antes de que les vieran jugar a la goma; pero a mí, queridos lectores (y, sobre todo, queridas lectoras) me chiflaba. Las canciones de los juegos de niñas también me gustaban un rato largo, y aquellos que consistían en dar palmas sincronizadamente cantando que en la calle veinticuatro una vieja había matado a un gato con la punta del zapato, hacían mis delicias.

Este largo preámbulo para decir que, por favor, no se me tome a mal que diga que la película Julie&Julia, que estuve viendo el domingo, es cine para chicas. Se trata de un cine regocijante que, como el juego de la goma, tiene sus virtudes y sus problemas (sobre todo, para los que no somos chicas y no entendemos por qué determinado tipo de personajes femeninos es mostrado insistentemente, especialmente por las directoras, como si fueran meapilas sin posibilidad de redención).

Cuento el argumento: Julie&Julia trata de dos mujeres cuya historia se narra simultáneamente. Julia Child es una americana consciente de no poseer especiales virtudes que, en el París de los últimos años cincuenta, decide escribir un libro de cocina francesa para amas de casa (gringas). Julie (la singermornings) es una chica actual que rescata el libro de cocina de Child y escribe un blog sobre sus recetas. La señora americana en París está interpretada por Meryl Streep en su primer papel de mujer madura. Y yo, señoras y señores, le daría ipsofactamente el Oscar. Está inmensa. Es una actriz en pleno uso de sus facultades que domina todas las escenas, que está payasa, tierna, simpática y muy humana a pesar (o precisamente por) lo desmelenado de la caracterización.

En la época actual le da la réplica una actriz absolutamente olvidable (particularmente, porque junto a la Streep, no veas lo que canta); pero, lo que es más irritante, con unas pretensiones de convertirse en el estereotipo de lo-que-debe-ser-una-mujer del siglo XXI alrededor de los treinta que, la verdad, le hacen a uno preguntarse a dónde narices va esta civilización. La chica de la película cifra todas sus aspiraciones en recibir un collar de perlas (de pel-las) de su novio y es capaz de ponerse a llorar como la singermornings que es porque se le cae al suelo un pollo relleno.

Cuando ella aparece, la película, que con Meryl Streep alcanza cotas de cine de primera, se transforma súbitamente en un capítulo sacarinado de cualquier serie sobre brujas adolescentes.


Tras este desahogo tengo que decir que Julie&Julia se disfruta mucho y que uno se ríe (particularmente con Meryl Streep) lo que no está en los escritos. La secuencia en que Julia Child aprende a cortar cebolla es uno de los momentos cocina más divertidos de los últimos años (casi tanto como cuando Penélope le llama niñata a Scarlett Johanson en la cosa esta de Woody Allen que me resisto a llamar película).

Técnicamente, Julie&Julia  también está resuelta con mucha eficacia. Sólo un ejemplo:

Pido a mis lectores que la vean (o que la revisen) que se den cuenta de lo bien que está hecho todo para que parezca que Meryl Streep (que mide 1,67 según cifras oficiales) tiene la estatura de una jugadora de baloncesto. Todos los trucos que existen desde que el cine es cine le ayudan a conseguirlo: desde encontrar a actores que sean más bajos que ella (y que no sufran de acondroplasia) a decorados en perspectiva, pasando por calzarle unos taconazos de aúpa (en aquellos planos largos en donde es inevitable que se le vean los pies).

También el París de mediados del siglo pasado está muy conseguido (vale, venga, va: un poco Ohlalá a ratos) y, mientras que el novio de la blandorra es un mindundi, atención al señor que hace de marido de Meryl Streep. Se llama Stanley Tucci –ya salía en lo del diablo y Prada- porque, seguro, dará que hablar.

Día de la Austrianidad 2009


26 de Octubre.- Todos los años en esta fecha se conmemora la Fiesta Nacional Austriaca. Tal día como hoy se declaró la neutralidad del Estado Austriaco. Con este motivo se celebra una parada militar en el Ring y, durante este fin de semana largo, ha tenido lugar asimismo una feria/exposición en la Heldenplatz del Hofburg.


Hoy he estado celebrando en otro lugar el National Feiertag, pero ayer estuve en la exposición militar haciendo las fotos que dejo aquí a mis lectores. La que encabeza estas líneas es un detalle de los libros que están en la Heldentor en los que se da correlación de los caidos en las dos guerras mundiales. Este lugar, igualmente, hace las funciones de monumento al soldado desconocido.


Naturalmente, en la Heldenplatz están reflejadas las misiones que el ejército austriaco tiene en el extranjero. Fundamentalmente, como parte de los cascos azules de Naciones Unidas. Aquí, representados por un bonito osito.

Principalmente, la cosa está diseñada para que los chavales se lo pasen bien. Aquí, un grupo de infantes subido a un vehículo acorazado bajo la mirada vigilante de un militar.

Die Garde, o sea, el cuerpo de élite del Ejército austriaco, también ha tenido su representación. Aquí, su estandarte.


Los componentes de Die Garde también tienen sus uniformes específicos que han expuesto en estos maniquíes. Nótese el glamuroso atuendo de las soldados pertenecientes a este cuerpo. Tengo también fotos del uniforme de gala, pero es todavía más audaz que este.



Lo que más ha triunfado en este stand ha sido las diferentes armas que la gente podía ver al natural. Como en esta foto.

Los niños (la niña, en este caso) también han tenido oportunidad de montar a caballo. En la imagen, un equino de la raza Haflinger típica de los Alpes Austriacos. Son pequeños, tranquilos y muy aptos para caminar por la montaña.



Otra atracción muy popular ha sido una pared de escalada artificial que han probado chicos y grandes.



Era curioso ver los instrumentos marciales frente a las augustas paredes del antiguo palacio real. En fin: hasta el año que viene.

La antigua Südbanhoff hacia 1875 (foto: Wikipedia)
Ahora la ves, ahora no la ves

25 de Octubre.- Debido a su papel como puerta de la Europa del Este, la ciudad de Viena se encuentra sometida en la actualidad a una fuerte renovación de sus infraestructuras ferroviarias. Cuando termine, la Westbahnhof se va a convertir en la estación central de Viena y la actual Südbanhof o estación del sur, será el centro de un nuevo barrio residencial que se va a prolongar hacia el Arsenal o Museo del Ejército.
En el marco de estas obras, el día 8 de Noviembre la antigua estación del sur sucumbirá bajo la piqueta. Por eso, aprovechando que hoy hacía un día fenomenal, he querido documentar lo que hoy es una realidad y mañana será un fantasma del pasado.
Los antecedentes más antiguos de la Estación del Sur datan de 1846, momento en el que una empresa privada construyó la Gloggnitzer Bahnhof en estilo clásico. Esta estación fue reconstruida siguiendo un proyecto del arquitecto Wilhem von Flattich en 1874 (por cierto, demasiado tarde para la exposición universal). Esta estación permaneció relativamente inalterada hasta 1945 y de ella partían las líneas que iban a Liubliana, Trieste, Maribor, Carintia, Tirol y Bolzano-Bozen. Hasta 1914, el expreso que unía San Petersburgo con Cannes paraba aquí –por cierto, si la memoria no me falla este tren lo menciona Vladimir Nabokov en su libro autobiográfico Habla, Memoria-.




La estación no quedó muy dañada durante la Segunda Guerra Mundial. La estructura de acero quedó prácticamente intacta, por lo cual el servicio ferroviario se reanudó relativamente pronto. Sin embargo, pronto quedó claro que una renovación era necesaria.

El edificio actual se construyó entre 1955 y 191 bajo un proyecto de Heinrich Hrdlicka y conserva el estilo de la arquitectura de posguerra. Aunque ciertamente, durante los últimos cuarenta años la estación ha sufrido muchos cambios para adaptarse a sus nuevas funciones. Hasta hace como un año, un león de estilo veneciano, resto de la estación del siglo XIX adornaba el vestíbulo. Cuando se anunciaron los planes de demolición se retiró. Del edificio actual sobrevivirán las placas de mármol rojo que recubren las nervaduras de hormigón del vestíbulo, el reloj, y algunas esculturas que pasarán a los almacenes municipales. Algunos elementos singulares como los relojes, han sido adquiridos por empresas privadas.

Algunas placas de mármol rojo ya han empezado a ser retiradas

Algunos elementos de los cincuenta aún sobreviven, como las puertas de acero inoxidable


El vestíbulo de la estación

(Fuentes: todas las fotos modernas son mías; las informaciones históricas y la foto antigua, provienen de Wikipedia).



Tírate el rollo
24 de Octubre.- Un poco al hilo de lo que decía ayer, pongo aquí esta canción de Die Prinzen que se llama “Be cool Spricht Deutsch mit mir” (algo así como “Tírate el rollo, habla alemán conmigo”) en la que satirizan la costumbre que tienen los jóvenes germanoparlantes de soltar a lo tonto palabras inglesas –a ser posible con acento americano- cuando hay palabras autóctonas que quieren decir lo mismo. A mí es un vicio que, personalmente, me pone de los nervios; será porque yo me estoy volviendo más austriaco que ellos mismos y aprecio lo que su idioma tiene de hermoso tanto como los murcianos que, afincados en Cataluña, se calzaban la barretina y votaban siempre al partido que ofreciese un nacionalismo de pata más negra. Es la manera (inconsciente, en muchos casos) que tenemos los inmigrantes de sentirnos integrados.




Investiganndo en la Wikipedia, he descubierto que Die Prinzen empezaron a tocar en 1987 en la RDA (o, como la llamaban sus habitantes, DDR) con lo cual tienen el honor de ser, con el Trabant, una de las cosas positivas que sobrevivieron a la caida del muro.
En aquella época (o sea, cuando Honecker) Die Prinzen se hacían llamar Die Herzbuben pero, una vez llegada la gozosa reunificación, adoptaron su nombre actual.



Para aquellos que se encuentren por la zona y a los que les apetezca echarse unos bailes, dice la página web oficial del grupo que su próximo concierto será el día 1 de Diciembre en la bonita localidad alemana de Cottbus. 

El Audimax de la Universidad de Viena ocupado por los estudiantes (foto: www.kurier.at)


Las banderas del descontento



23 de Octubre.- Primero de todo, quisiera hoy darle las gracias al amigo Pyro por la gentileza que ha tenido conmigo.

Ayer me trajo un cd con el programa Callejeros Viajeros, gracias al cual pude verme y ver a otras personas que comparten conmigo esta ciudad. Me he descargado el programa en mi nuevo chismecito (fuente de inagotables placeres audiovisuales) y lo he venido viendo en el metro. Y tengo unas cuantas cosas que decir: a) Que me parece que, a pesar de que hay cosas en las que no estoy de acuerdo, creo que Tábata y Quique –los periodistas- sacaron un retrato bastante objetivo de Viena b) Después de ver el programa, me sorprende mucho que los aeropuertos españoles no se hayan visto tomados por ejércitos de gente que quieran venirse a vivir aquí; Callejeros Viajeros es el efecto llamada hecho programa y c) Con todos mis respetos: para mi gusto, salgo poco.Yo entiendo que sacar mucho rato a un tío tan guapo como yo iba a cantar. Pero hombre, haberme dado un minutito más. Qué os costaba. Que tengo madre, chicos, que tengo madre. En fin: será la próxima vez.

Hoy en Viena la noticia es que, a despecho de lo que pudiera parecer, siguen ondeando las banderas del descontento. Ole con ole. Los estudiantes han ocupado el Audimax, el Aula Magna de la Universidad de Viena, para reivindicar que se mejoren las condiciones de sus estudios. Salvo una cierta gilipuertez a la hora de verbalizar sus propósitos (frases alemanas trufadas de anglicismos, como por ejemplo que piensan estar acantonados en el Audimax indefinidamente –“Open End”, dicen ellos-) la verdad es que uno está feliz de que los estudiantes austriacos se tomen tan en serio su trabajo. Una sociedad está viva cuando sus centros educativos están vivos. Si no, la existencia se convierte en un politono (o sonitono).

Aprendan los españoles.

Más cosas: cuando los periódicos se ponen a informar sobre determinados asuntos, tienden a buscar (yo lo hago) lo más impactante a la hora de elaborar el titular. Por ejemplo: hoy en el Kurier se decía que Los Verdes austriacos aseguran que el Schnitzel (especialidad local que, en el resto del mundo, se llama escalope milanesa o, más simplemente, filete empanado) es enemigo de la buena conservación del clima.

El lector austriaco, preocupado por la posible desaparición de un plato que llevó al emperador Francisco José a la ancianidad y que es el responsable de que las arterias aborígenes estén bregadas en las más cruentas batallas contra los triglicéridos, pincha en el artículo y, al hacerlo, averigua que lo que ha sucedido de verdad es que el Partido Verde ha publicado treinta tesis que no constituyen un programa político, pero que pretenden ser piedras lanzadas al estanque de la sociedad para que se suscite el debate.

Entre estas propuestas están la estatalización de la banca para que sirva a los intereses generales o la fijación de criterios transparentes a la hora de tratar a los inmigrantes. Por ejemplo que se evalúen sus conocimientos idiomáticos, su experiencia laboral o la residencia en suelo austriaco de familiares. También que se trabaje por la integración y que se utilicen energías cien por cien renovables para mover el país.

También hablan, y es con lo que se toparán con más resistencia, de concienciar a la población sobre lo malísima que es “la cultura de la carne”. Y no se refieren a la proliferación de sex-shops y puticlubs en las principales arterias vienesas. Tampoco a la cultura del destape y el descoco que han convertido las televisiones en escaparates de lo más granado del muslámen transalpino. Los verdes hablan del placer que los aborígenes sienten al devorar suculentas carnes de todos los bichos posibles (y eso que, en este país, el vegetarianismo es mucho más corriente que en España y hay menú sin carne en casi todos los restaurantes).

En este punto, yo creo que tienen la batalla perdida: la cocina tradicional austriaca (que el amigo Pyro llama, con mucha razón, Cocina Imperial, es  eminentemente cárnica: los sabrosos goulasch, los schintzels, las mantecas varias...). En fin: para los austriacos la carne es para lo que nosotros es el pan. Un pilar imprescindible de la dieta.

Aunque, quién sabe. Hace veinte años también parecía que fumar era imprescindible para el triunfo.

Miguel Bosé antes de ser Papito





¡Ay, Jesús, cómo nos pruebas!

22 de Octubre.- Hace ya seis meses que empezó el fin del mundo y parece ser que, en contra de lo que predecían los más impacientes, la cosa se alarga.

Me estoy refiriendo, naturalmente, a la gripe cochina, gripe A, nueva gripe o como quiera que le hayan puesto los periódicos para no molestar a nadie (en España se dejó de decir gripe porcina porque los comerciantes que tratan con los primos más listos del hombre adujeron que su negocio podía verse perjudicado).

En Austria ha empezado la vacunación de cara al invierno (ya ha comenzado la temporada lóbrega: ayer vimos el sol durante media hora por primera vez en tres semanas: y así, hasta marzo del año que viene); los rotativos locales se hacen lenguas a propósito de lo mucha y lo buena que es la vacuna antigripal almacenada por el Ministerio de Sanidad austriaco; e incluso propagan el rumor de que los más empingorotados súbditos piefkes, con gesto altivo, rechazan la vacuna alemana y piden que les inyecten la austríaca, que les parece mucho más eficaz.

En el capítulo Tribunales, nada que añadir al respecto de las desventuras de Fendrich y Fischer con la pasma. Sin embargo, la justicia austriaca anda atareada con los manejos del exministro Grasser y parece ser que, como dicen en mi pueblo, le quieren empapelar. Grasser dice que todo es incierto (en las dos acepciones principales que da el diccionario de la Real Academia) y asegura confiar en la justicia. Los que también se sienten cómodos en las manos de los jueces son los presuntos estafados por la compañía AWD a la cual le cabe el dudoso honor de protagonizar el segundo proceso civil más grande de la historia de Austria.

AWD es una empresa que se dedica a la asesoría financiera. O sea, que lo mismo te reagrupan tus deudas que te aconsejan –y por ahí le vienen sus males- sobre qué fondos de inversión utilizar para que tus ahorros te rindan para poder comprarte un yate. Pero, naturalmente, invertir es apostar (desde que yo hice la carrera se ha generalizado la expresión “jugar a la bolsa”); AWD ofrecía una rentabilidad atractiva que, finalmente, no se materializó (más bien al contrario). Así que los inversores, dos millares y medio, más cabreados que sioux, han denunciado a la empresa por estafa (presunta siempre) y han puesto el cazo pidiendo que les devuelvan sus cuartos.


Los señores de AWD se defienden diciendo que ellos no tienen la culpa de que las inversiones fueran ruinosas y que, con la que está cayendo, ya hubieran querido ellos poder garantizar la rentabilidad que ofrecían. 

En otro orden de cosas, una reflexión: con mi nuevo chismecillo para escuchar música he recuperado una serie de canciones que me bajé cuando vivía en España. Desde hace cuatro años, la tartera con los cds ha ido rebotando de oscuridad en oscuridad, de fondo de armario en fondo de armario, hasta que, durante estos días, fui pasando las canciones a la memoria del cacharrito. Lo hice automaticamente por lo cual me alegro muchas veces de que mis compañeros de viaje en el metro no puedan oir las músicas que suenan. Es curioso también que uno, de pronto, escucha las canciones fuera de contexto (desarraigadas de su época y su lugar) y la verdad, se explica muchas cosas. Por ejemplo, Miguel Bosé se quejaba en una entrevista de que, cuando empezó a actuar, en algunos pueblos le tiraban piedras y le dedicaban calificativos que no hubieran superado el mínimo examen de corrección política. En aquellos años, es verdad, en la mayoría de las regiones españolas no se desplegaba mucha comprensión hacia el maquillaje masculino. Pero cuando uno escucha a Miguel Bosé  cantando Don Diablo, uno no solo no se extraña de que en algunos pueblos no sólo intentaran lapidarle, sino de que no intentaran tirarle al pilón, al pobre.

Una carta de dudosa utilidad



21 de Octubre.- Querida Ainara: según mis cuentas te llevo escritas 87 cartas. Un tocho. Habrás echado en falta algunos temas, entre ellos el que voy a tratar hoy. Aún no te he hablado de amores por una serie de razones. La primera, por pudor. La segunda, porque no creo que mi actuación en este campo haya sido precisamente ejemplar (¿Es ejemplar la de alguien?). Pero sobre todo, y más importante, porque, estando absolutamente de acuerdo con un ensayo que estoy leyendo actualmente (escrito por El Hombre Ama de Casa y muy recomendable, por cierto)creo que la experiencia del amor es única e intransferible. O sea, que mis errores o mis aciertos te ayudarán bien poco.


Aún así, algún día conocerás a alguien (o a una serie de alguienes) y puede ser que termines teniendo una relación de cierta duración con esa persona. Los problemas serán diferentes en las diferentes etapas de tu vida y dependerán mucho del bendito –o la bendita- con quien topes. Te tendrás que enfrentar, como yo lo he hecho, como otras personas lo han hecho conmigo, al terreno en donde queda más patente lo que creo que es uno de los temas recurrentes de estas cartas: la incapacidad irremediable del ser humano para comunicar sus sentimientos y, por ende, la incapacidad del ser humano para entender los sentimientos de los demás.

Para que comprendas lo que quiero decir te diré que la relación que tendrás alguna vez con la geografía del alma de tu pareja será la misma que tendrías si, para llegar a un punto de alguna gran ciudad desconocida, utilizases un mapa garabateado a toda prisa en el margen de una servilleta de papel. Puntos aproximados, medidas inexactas, cosas que están pero que nadie se ha tomado la molestia de dibujar...Por si fuera poco, además te tendrás que enfrentar a esa desconocida que serás tú misma reflejada en los ojos del otro. A tus inseguridades más íntimas, a tus fantasmas.

Si la cosa va bien en la relación, vaya. Pero si la cosa empieza a ir mal (pasa mucho) saltarán las alarmas. Se encenderán todas las luces rojas, perderás el contacto con la realidad de una manera que nadie podrá entender salvo tú y es muy probable que hagas tonterías que, a toro pasado, te harán sonreir con esa indulgencia que se reserva para los chavales que rompen cristales con un balón.

Tras este preámbulo, te diré que, con los años, he llegado al convencimiento de que los topetazos son imposibles de evitar pero que hay maneras de hacer que el chichón no sea tan gordo. La más efectiva que yo he encontrado ha sido conocerme y tratar de quererme lo más posible (y lo mejor posible). Sólo queriéndose a uno mismo, con sus defectos y sus virtudes, se puede querer a alguien bien.


¿Y en qué consiste querer a alguien bien? Mi humildísima respuesta es la siguiente, Ainara: querer a alguien bien, consiste en quererle tal y como es. Sin intentar cambiarle. Investigar cada día con cariño en el alma de esa persona para, con la paciencia de un topógrafo solitario, hacerte una idea de cómo es. Para que se parezca cada vez menos al personaje que inventaste cuando le conociste y empiece a ser para ti la persona estupenda que es.


Mi error principal ha sido casi siempre ese, Ainara: enamorarme del personaje fabricado y no de la persona que, de verdad, estaba frente a mí. Por culpa de esa confusión de mostradores he esperado muchas colas innecesarias delante de ventanillas en las que pedía cosas que no podían darme. Funcionar con expectativas razonables le quita algo de espectacularidad a tu vida, pero ayuda a ahorrarse muchos disgustos. He querido mucho y muy apasionadamente (valga la inmodestia) pero en la mayoría de los casos de manera completamente errónea. Ya lo decía aquel anuncio: la potencia sin control no sirve de nada. Podría ser uno de los lemas de mi vida.

Muchos besos de tu tío. 

Ps: la próxima carta será sobre amores será mucho más optimista. El amor también da momentos de gran felicidad.

El actor austríaco Ottfried Fischer (foto:www.komoediedresden.de)



La calle de la amargura

20 de Octubre.- Dentro de la información referente a los personajes populares, el subgénero “soy-famoso-y-tengo-problemas-con-la-ley” es un clásico.

No hay nada más atractivo para un lector morboso (todos lo somos en algún grado) que ver cómo los ídolos se enfrentan a la vara de medir de la justicia. En estas apreturas es cuando los personajes dan la talla. Me viene a la memoria, por ejemplo, el sonado proceso de Lola Flores por evasión fiscal. Si Lola era ya una estrella desde que su madre la puso en este mundo, fue en aquel banquillo donde pasó (con muchísimo éxito) la reválida y en donde empezó a ganarse las colas de admiradores que le rindieron homenaje a su muerte en el teatro de las fuentes de Colón.

Nunca se me olvidará la imagen de Lola con aquellos tacones de aguja, aquellas medias negras, aquella falda de cuero por encima de la rodilla y, sobre todo, aquel chaquetón como de estanquera rica. Era el outfit perfecto para enfrentarse a un Juicio Final que podía haber hundido su carrera.

(Me van a perdonar mis lectores pero es que siempre he querido escribir un post que contuviera la palabra outfit ¡Ana Rosa, tiembla, que voy! En fin).

En Austria, durante estos días, dos famosos están pasando por problemas con los de la toga. Y lo están haciendo, a mi juicio, con una actitud a años luz del desparpajo con el que Lola pidió a cada español un óbolo con el que saldar sus deudas con el fisco.

El primero es Reinhard Fendrich, conocido de mis lectores por ser el autor de, entre otras, I am From Austria. Nuestro amigo Reinhard, aparte de ser un compositor de pop muy competente, ha tenido una trayectoria vital  en la que ha cabido “ esa gente sin alma/que pierde la calma/con la cocaína” (Sabina dixit) pero también un retiro a la  recoleta paz del claustro de un convento para componerle un disco al papa Benedicto XVI  (!). Actualmente, Herr Feindrich trabaja en Mallorca –pronúnciese “Malorca”- alegrándole las pajarillas a los turistas teutones que están comprándose a plazos la isla.

Precisamente pasa Herr Feindrich por los juzgados a causa de esta presunta afición a imitar a Michael Jackson en sun búsqueda incansable del tabique nasal de platino. Y no es nuevo este paso. Este segundo juicio amenaza, según informa la prensa local, con convertirle en integrante de “El coro de mi cárcel”. Por reincidente.

Otro que está pasando estrecheces es el actor Ottfried Fischer, conocido protagonista de “Der Bulle von Tölz” (El poli de Tölz) uno de los grandes éxitos de la tele germanoparlante entre el sector más maduro de la población. Morigerados pensionistas que, últimamente, no ganan para sustos. La serie se terminó  cuando falleció su otra protagonista: la actriz Ruth Drexel (ver post “Desgracias personales”); el mismo Fischer también anda pachucho y hace poco se ha sabido que sufre Parkinson. Por si estas desgracias fueran pocas, también ha trascendido que, presuntamente, el Fischer real tiene poco que ver con el hijo un poco edípico y algo asexuado que interpretaba en la ficción de detectives.

Hace unos meses cuatro prostitutas le denunciaron por no haber querido abonarles los honorarios que se habían ganado sacrificadamente (Herr Fischer no es precisamente un adonis). Era la segunda vez que sucedía. La primera, las hetairas se fueron a su casa enrabietadas pero impotentes. La segunda ocasión, sin embargo, no las pilló desprevenidas y grabaron un bonito flín con todos los buenos momentos compartidos con Herr Fischer. Uno es un ignorante en estos menesteres, pero parece claro que los gustos de Herr Fischer en el cuadrilátero amoroso no deben de ser muy estándar. Dejó a deber a las profesionales una cifra que, si la memoria no me engaña, asciende a varios miles de euros.

Antes de seguir, quizá convenga aclarar que en Austria, siguiendo la línea de local de echarle entusiasmo a lo inevitable , la prostitución es una actividad perfectamente regulada. Las obreras de la horizontalidad pagan su seguridad social y están obligadas por ley a someterse a reconocimientos médicos periódicos para tranquilidad de ellas mismas y de su clientela. Por eso, a los ojos de la ley, el caso Fischer es igual que si este se hubiera marcado un “simpa” en un restaurante caro. Un marrón, en cualquier caso.


La simpática cantante María Dolores Pradera (foto: www.google.es)


Redes



19 de Octubre.- Ayer, mientras estaba sentado en el Akakiko que hay enfrente del Austria Forum, me acordé de María Dolores Pradera. No es extraño, estando como estaba en un restaurante chino.


Maria Dolores Pradera me ha gustado desde niño. En secreto, casi. Porque en mi casa se reían de mí (no era normal que me gustara esa música, supongo). Pero a mí me encantaba aquella señora. Me parecía (y aún me parece) que tenía una gran unción cuando cantaba aquellas canciones cuyas letas tenían una extraña música, cautivadora, llena de perfume.


Luego, en los noventa, descubrí que Maria Dolores Pradera es una mujer que, a pesar de su aspecto de sacerdotisa griega, tiene muchísimo sentido del humor. Fernando Schwarz y Javier Pradera Jr. la entrevistaron en Lo Más Plus y yo me reí muchísimo escuchándola contar cosas que, como en el caso de las historias de Chavela Vargas, si fueran mentira merecerían ser verdad. Luego, lo que son las cosas, Maria Dolores y yo compartimos técnico de sonido (aunque La Gran Dama de la Canción no lo supo nunca) así que aproveché para preguntarle un par de cosas a propósito de ella. Me la describió como una abuela afable y algo corta de vista, lo cual no hizo sino aumentar mi simpatía por este mito viviente–tengo muchísimos discos suyos-. Yo también tenía que salir al escenario sin gafas y, si no fuera exagerar, diría que sabía dónde estaba mi luz más por el calor que porque distinguiera los detalles. Porque yo, queridos lectores, sin gafas estoy como un topo.


Desperdicié la única oportunidad que he tenido de escucharla en directo, una tarde en el patio del Conde Duque. Mi amor de entonces y yo teníamos cosas mejores que hacer (puede ser que reconciliarnos de alguna riña reciente). Vaya por Dios.


Fue este amor quien, indirectamente, hizo que, cada vez que entro en un restaurante chino, tararee Amarraditos (qué belleza). Andaba siempre mal de pasta, pero tenía un ojo infalible para encontrar las mejores relaciones calidad-precio.


Fue así como descubrí el mejor restaurante chino de Madrid


Este restaurante, si aún existe, se encuentra en lo que fue un bar para taxistas en el aparcamiento subterráneo de la Plaza de España. El plato más caro creo que vale cuatro euros (o valía, entonces) y, como el local es tan canijo, siempre hay que esperar. Te sientan a la austriaca (o a la china). En cuanto hay un sitio libre. Con lo cual, compartes mesa con muchos desconocidos –chinos, que van por lo rica que está la comida- o españoles –que van por eso y porque los precios son invencibles-.


¿Y cómo se relacionó la señora Pradera con los restaurantes chinos? Pues fue así: hace dos años, mi primo N. y yo, que nos conocimos aquí en Viena, coincidimos –casualidades de esta láif- en Madrid durante una única jornada. Quedamos la Puerta del Sol, me parece recordar. Y, como me sucede con él y a él creo que también le pasa conmigo, fue vernos y empezar a partirnos el pecho de risa. En la FNAC de Callao la cosa ya fue por demás. Los dependientes debieron pensar que nos habíamos tomado alguna sustancia, porque (aún se me saltan las lágrimas al recordarlo) nos paramos los dos delante de un expositor con cds de Raphael y Maria Dolores Pradera (mis dos mitos de cabecera) y, al decir yo en alto que la señora esta era muy simpática, a mi primo, por misteriosas razones, le dio un ataque de risa que me contagió. Total, que llorando a carcajadas, nos tuvimos que apoyar el uno en el otro.


Nos dio hambre, y entonces fue cuando le llevé a aquel restaurante de la Plaza de España del que hablaba más arriba. Compartimos mesa con unas oficinistas que escucharon incrédulas la historia de nuestra amistad. Nos reímos juntos como si las hubieramos conocido desde el jardín de infancia, e incluso compartimos un espectacular plato de ternera con pimientos (fresquísimo todo, procedente del cercano mercado de Los Mostenses).


Mi primo y yo pagamos la irisoria cuenta y salimos al frío de la Gran Vía y continuamos pateando aquellas calles durante lo que fue, seguramente, uno de los días más intensamente felices de estos últimos años.