
En aquel momento, era sólo una actriz jovencita, de las de muslo y pechuga. Una de tantas que el cine español alumbra con relativa regularidad. En casa, sin embargo, era simplemente “la hija del Camilo”. Cuentan las Crónicas de La Mancha y Cide Hamete Benengeli que el padre de Penélope había trabajado en la misma fábrica en la que curraba el mío, y que tenía una voz portentosa con la que se complacía en hacer imitaciones del Sesto más famoso.
El barrio de Penélope sigue siendo en casa ayuda de indicaciones para perdidos, de la forma “¿Dónde esta eso? En Las Viñas, por donde vivía la Penélope Cruz” y mi abuela superviviente, después de décadas, sigue pensando que el nombre de la pobre chica es sólo una broma grotesca de unos padres que quisieron sellar para siempre el destino de su hija llamándola “Pene López” (porno, pero a la vez racial).
Pero la tenacidad de esta chica y sus ansias de aprender están dibujando una carrera que, si Dios quiere, la llevará donde pocas han estado antes. Ya era una actriz hecha y derecha en “La niña de tus ojos”, peli en la que, de vez en cuando, se le escapaba el acento extremeño de sus ancestros; o en su brevísimo papel en “Carne Trémula” o en “Volver”, en donde Penélope, mi exvecina y paisana, estaba como quizá no vuelva a estar.
En persona sólo la he visto una vez, pero tengo la sensación de que Penélope es algo mío, como de mi familia, un trozo lejano y flotante de mi infancia.

We may never love like this again, canción de "El Coloso en llamas" de 1974
Salvese quien pueda
9 de Junio.- Sé que tendría que hablar del tema del día en Austria: de ese Gol que nos metieron los croatas traidores, aprovechándose de la suerte. Porque, de hecho, Austria jugó mejor. Pero no hablaré de ello, entre otras cosas porque otros habrá que lo hagan con más conocimiento de causa.
Eso sí: ayer por la tarde, mientras volvía de una escapadita al gimnasio, pude comprobar que, a banderitas, no nos gana nadie y que, incluso, hay rumbosos que han adornado sus balcones con macetas de geranios con los colores de la enseña austriaca que, como todo el mundo sabe desde que este blog existe son dos: blanco y rojo, en tres bandas.
A mí, queridos lectores del anchuroso mundo, no me sobra el dinero para estos juegos florales, así que me conformé con ver cómo unos cuantos croatas beodos, con el preceptivo uniforme rojo y blanco de cuadritos, celebraban la victoria contra la selección aborigen profiriendo toda clase de berridos al tiempo que tocaban (ojo al parche, que va bola) sendos cascabeles.
Y como, a falta de fúmbol, bueno es el cine, ayer le hinqué el diente a una peli de esas que te hacen recordar la obligación dominical de sestear. Me estoy refiriendo a la nunca suficientemente ponderada “La aventura del poseidón”, de la cual existe una versión moderna (infame) que se llama Poseidón (just Poseidón).
Hablemos de desastres.
Para empezar, diremos que las pelis de catástrofes son todas herederas de LA catástrofe.
Y LA catástrofe por excelencia es el naufragio del Titanic en Abril de 1912.
Todas las pelis de ese género tienen, con ciertas modificaciones, los mismos ingredientes del desastre original. A saber:
-Un cacharro (grande, a poder ser) en el que va subida gente –móvil, como en el caso de Poseidón; o estático, como en el caso del Coloso en Llamas-.
-Un malo que representa la arrogancia humana de pensar que la tecnología puede estar por encima de los hados: en el caso de Poseidón, el perverso armador Niarcos, que hace que el barco vaya ligero de peso en un mar picado; en el caso del Titanic, también el dueño de la White Star Line que puso el barco a toda máquina en un mar cuajadito de icebergs (por supuesto este malo siempre palma de una muerte horrorosa).
-Niño ligeramente repelente que se sabe el emplazamiento exacto de la sala de máquinas de la amura de babor. Jovencita postadolescente en busca de un maduro de sienes plateadas que le calme su recién descubierto furor.
-Cancioncita dubidú (“The morning after” en Poseidón, por ejemplo, ganadora del Oscar en su año).
Este tema de los barcos, es que los carga el diablo
Pero, sobre todo, gente que, al principio de la peli, va muy bien vestida y, al final, tras pasar por todo tipo de calamidades, termina hecha unos zorros como en las eliminatorias más estúpidas del Un,dos,tres.
En realidad, en estos personajes que van al principio de smoking o traje de coctail y al final de harapos es donde reside la gracia de estos flines. Desde le punto de vista del guión, el punto está en a) crear un vínculo emocional entre ellos y el público y b) cepillárselos en orden inverso a la importancia de ese vínculo emocional.
En La aventura del Poseidón, esta lista de muertes anunciadas empieza con un camarero al que no te da tiempo a cogerle ley, o sea, que cuando se muere escaldado en una caldera de agua hirviendo, ni fu ni fa; y alcanza su cénit con la muerte del personaje de Shelley Winters, la maternal señora mayor, la gordita campeona de natación.
Una muerte que te hace decirle al guionista:
-Joé, cómo te pasas.
Al principio del género, estas muertes estaban introducidas de una manera más o menos elegante. Pero, conforme se fue ampliando el catálogo de desgracias susceptibles de ser filmadas (terremotos, maremotos, accidentes aéreos, rascacielos hechos una tea, etcétera) se empezaron a retorcer cada vez más las circunstancias de los personajes con la intención de que nos dieran pena y soltaramos una lagrimita conforme el guionista, todo garbo él, se los cepillaba en el minuto treinta y tres.
Y así, en “El Coloso en llamas” había una ciega majísima que, sin embargo, terminaba despachurrada después de caer al vacío desde un ascensor ultramoderno (Jean Simmons, si no recuerdo mal); una secretaria pilingui pero de buen corazón que purgaba su adulterio muriendo asfixiada en brazos de su amante bandido; el bendito de Fred Astaire que sobrevivía a todas las desgracias con su peluquín empapado y su sonrisa art decó; y hasta un niño que se asfixiaba por tener puesto el walkman –recién inventado entonces por los ingenieros de la SONY- y no darse cuenta de que, al otro lado de la puerta de su dormitorio, a alguien se le habían chamuscado las tostadas.
A mí, personalmente, me encantan las pelis de catástrofes sobre todo por el vestuario. Es que me chiflan esos esmókines de americana de terciopelo verde botella, de solapa king size y pantalón de pata de elefante; me moriría por ponerme una de esas pajaritas de tamaño familiar que sólo se pueden llevar si la sala de baile va a quedar churruscada o anegada en la media hora siguiente. Me encantan esos trajes de noche de corte imperio de ásperas fibras sintéticas, colores ácidos, floripondios, y vagas resonancias hippys, indicados para Faye Dunaway. Esos interiores de un lujo anterior a la crisis del petróleo, que acaban siempre como tras el paso de Atila y sus boys; ese hilo musical con melodías de Burt Bacharach que se escucha, indefectiblemente, en el vestíbulo del escenario de la catástrofe; ese desfile inagotable de estrellas expertas en salidas de emergencia e inmunes al estrés postraumático.
Y, mientras como kikos, digo como decía mi abuela, q.e.p.d.:
-Películas así, hijo mío, ya no se hacen.
El GBK es un cine que, como reza en su vestíbulo, fue construido en 1960. En el diccionario, al lado de la palabra “gafapasta” sale este lugar maravilloso, que es como una burbuja temporal en donde Marisol y el chic de la guerra fría se abrazan calurosamente.
El público, como no podía ser de otra manera, tiene, en su mayoría, problemas de astigmatismo y miopía. Gafas de pasta por doquier, chicas vestidas de “soy asexual como las amebas”, chicos vestidos de evangelistas de Greenpeace, incluso, señoras orondas con el pelo teñido de un color imposible y esos chándales que se pusieron de moda a principios de los ochenta como propuesta de moda unisex.
Entrando en materia: la película.
Yo no había visto antes nada de los hermanos Cohen, así que “su personal estilo” me era algo desconocido. Tampoco tenía más referencia de la peli que el Oscar de Bardem.
¿Y cómo está él? Se pregunta en este momento mi sufrido lector.
Antes de decirlo, le haré sufrir un poco más, contándole la circunstancia personal de que Javier Bardem se parece a una persona a la que conocí un día y con quien comparte, sospecho, muchos rasgos de carácter.
Por eso, me resulta difícil a) desprender a Javier Bardem de una cierta simpatía que me provoca y b) desprenderle de la memoria de esta persona que conocí.
Dicho lo cual: Bardem se ha llevado el Oscar porque la peli funciona bien como obra orgánica y hace que su papel resalte. Pero ni está especialmente bien (de hecho, su expresividad consiste en ser inexpresivo) y el mérito que su interpretación tiene es que es correctísima, en el sentido de que encaja en la película como la pieza del puzle ideal para hacer resaltar las otras. O sea, que el chico se lo curra y, siguiendo las instrucciones de los directores (peinado incluido) hace de personaje de Los Simpson. Con un cierto humor macabro que hace que la película resulte mucho más agradable de ver de lo normal.
La película en sí: la primera mitad es perfecta. Ni le sobra ni le falta nada, se sigue con muchísimo interés y transmite esa enloquecida realidad que, en los momentos buenos, transmite Almodóvar. Pero (siempre lo hay) los hermanos Cohen abren una serie de historias que luego tienen que cerrar en la segunda parte (también muy buena, pero no tan brillante) con lo cual, el ritmo de la cosa queda un poquitín lastrado.
Los actores están todos estupendos y se nota que disfrutan haciendo unos papeles que no son usuales en el cine americano de hoy. Tommy Lee Jones transmite gran humanidad y Josh Brolin también resulta muy creible (si uno piensa que su padre era el director del Hotel Saint Gregory en la serie aquella con Connie Selleca el milagro se vuelve parecido al que une a Eloy Azorín con Eloy Arenas). El personaje femenino que cierra la trama de alguna forma también es muy interesante.
En fin: una película muy buena. Unos euros que uno se ha alegrado de gastar.
Por cierto: y aunque sé que no está de actualidad ni nada. El viernes por la tarde me compré “Supermán” (la primera, la de Christopher Reeve) y, dejando aparte la voz de borracha de Margot Kidder (alcoholismo que parece confirmarse en las entrevistas que salen en los extras) volví a mi infancia con placer.
También disfruté de “Los Increibles” y me reí como un niño más.
Como lo que nunca deberíamos dejar de ser.
Y vosotros, ¿Habéis visto la película? Si es así ¿Qué os pareció? ¿Coincidimos?
NOTA: Queridos lectores: VD descansará durante cuatro días. No habrá post de lunes a jueves de esta semana, porque tengo que salir de Viena y no sé si dispondré de conexión a Internet (en todo caso, no dispondré de tiempo). A la vuelta, contaré mi viaje y enseñaré algunas fotos. A pasarlo bien durante esta semana.

Bardem con su Oscar (Foto: EL MUNDO/EFE)


