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Spanish revolution (6): Ruido

Amable tendera



26 de Mayo.- Recuerdo que la primera vez que cogíun tranvía en Viena (Rathausplatz, frente al Burgteather), pasados tres minutos pregunté,sobrecogido, si había pasado algo (malo, se entiende). Mi acompañante levantó las cejas y me preguntó de dónde había sacado semejante conclusión:

Spanish revolution (5): ¿Hay alguien que esté radicalmente en contra?


25 de Mayo.- Madrid. Puerta del Sol. Una de la tarde. El rey de los astros se empeña en intentar derretir el duro suelo de la plaza.

Spanish revolution (3): Volver


23 de Mayo.- En la ciudad donde nací, los colegios electorales están en la misma calle que el cementerio municipal. Como he venido votado de casa, aprovecho la soleada mañana dominical para visitar, como siempre hago, la tumba de mi abuela.

Mascando la tragedia

Jóvenes y jóvenas de mi pueblo celebrando la llegada de las fiestas de la cosecha en Agosto de 2008

23 de Marzo.- Queridos y pacientes lectores: hay momentos en esta vida en que uno se siente no ya viejo (que uno lo va siendo) sino a años luz del que fue en la década de los noventa. Y, es más, le hace una ilusión tremenda.

Di que ayer estaba yo esperando a O. y a H. para tomarnos un algo.

Me encontraba delante de la Ópera. Hacía una noche fresca, pero agradable.  Al principio de las escaleras mecánicas que dan acceso al pasaje subterráneo que comunica la Plaza de la Ópera con Karlsplatz, hacían guardia los mozartillos –señores, por lo general inmigrantes, que le venden a los turistas conciertos de segunda y ballets llenos de bailarinas cojas-; en sordina, llegaban los acordes del Danubio Azul que suenan sin fin (y aparentemente desde que el mundo es mundo) a la entrada de los servicios de pago; los camellos se dedicaban a su menudo comercio y las palomas picoteaban algunos restos de comida esparcidos sobre el cesped. En fin, la vida estaba en orden y fluía idéntica a sí misma como el agua de un arroyo.

Mientras llegaban mis amigos, me llamó la atención un grupo de adolescentes sentados en el poyete que guarda una de las fuentes de la Ópera. Si yo fuera algo menos comprensivo con los errores de la juventud, diría que, conforme se ha puesto de moda, ellos iban vestidos de sicario colombiano y ellas de furcia de polígono; pero como soy un hombre que aprecia, admira y cree en el potencial de los que han de sucedernos, diré que iban vestidos como si fueran a concursar en Gran Hermano o a hablar de la presunta impotencia/frigidez de su pareja en El Diario de Patricia –o como se llame ahora- o en Salvame (de Luxe).

Por el uso de los tiempos, particularmente la profusión de pretéritos indefinidos, y la musiquilla del diálogo, saqué la impresión de que los adolescentes eran de algún lugar a orillas del Cantábrico. Había particularmente cuatro jóvenas que lloraban como las amigas de Julieta cuando se enteraron de que la pobre había dicho ahí te quedas mundo amargo por causa del amor de Romeo.

Los jóvenes que las acompañaban trataban de tranquilizarlas con un estilo que aspiraba a ser varonil, o sea, a medio camino entre el Yoyas y Coto Matamoros –cuán funesta es la influencia de la televisión- . Aprovechando que ellos me tomaban por extranjero y que hablaban con la libertad de quien no se siente espiado, me acerqué y puse la antena. Las magdalenas debatían si tenían que hablar de cierto incidente que había acaecido en un Starbucks cercano. Por lo visto a una ausente (¿Jessica? ¿Aida? ¿Brenda? Pongan mis lectores cualquiera de estos tres nombres) se la había tenido que llevar una ambulancia.

“!Sapristi!” pensé yo para mis adentros, y me imaginé instantaneamente un turbio episodio de drogadicción adolescente, de primeros coqueteos con la farlopa, el porno light y la trata de blancas. Agucé el oído y lo hice para respirar tranquilo, porque lo que le había pasado a Brenda había sido una simple lipotimia. Las amigas de la enferma debatían si preguntarle por el número que había montado en el local (que, a juzgar por lo que contaban, debía de haber sido digno de un circo de tres pistas). Unas lo aconsejaban, pero los chicos, más peritos, decían que a las lipotímicas, como a los epilépticos, era mejor dejarlos tranquilos con su vergüenza. También desempeñaba un papel prominente en el pleito una pérfida adulta que no entendía, como yo, por qué, a causa de una lipotimia, las muchachas habían llamado a una ambulancia como si la chica estuviese en parada cardiorrespiratoria. Las alarmistas se defendían, debatían como tertuliano panza arriba. Iban, venían...

Qué dramón, Señor. Qué fugas, qué llamadas, qué de “¿Qué te crees que yo lloro por placer? ¡Es que a mi mejor amiga se la ha tenido que llevar una ambulancia!” (sic).

En resumen, quéeeeee perezón.

After Hours en Alcampo
28 de Diciembre.- Cuando llegué a Viena na de las cosas que más me sorprendían –y cabreaban- eran los horarios comerciales. Era, seguramente, porque los españoles estamos acostumbrados a ir de tiendas cuando no tenemos otra cosa mejor que hacer. Los sábados por la tarde, el momento más tonto de la semana, recorremos los pasillos del Carrefour, miramos los expositores y nos extasiamos ante lo absurdo de algunas ofertas sin decidirnos a comprar mucho, las cosas como son.

O nos metemos en un VIP´s o en una de esas cafeterías americanas que dicen que venden café pero que, en realidad, sirven un agua sucia que, por no poner, no pone ni nervioso.


En España el principio es: “mantengamos abierta la trampa lo máximo posible, que alguno caerá”. En Viena, todo está chapado a las 18:30 –máximo las siete-. Un día a la semana, los jueves, cierran los comercios a las ocho. Para rematar, los sábados, a las seis, cae la bomba de neutrones y, hasta el lunes, la ciudad está fibrilando, como decían en Urgencias. Ni un alma.

Cuando al principio, yo, presa del síndrome de abstinencia, me quejaba de esto, los aborígenes me miraban un sí es no es escandalizados y me decían:

-Es que las personas que trabajan en los comercios también tienen derecho a estar con sus familias.

Por no hablar de que, privados del atontolinamiento comercial, las gentes se ven forzadas a inventarse otros entretenimientos. Como salir al campo a ver árboles (yo, ya me he acostumbrado pero, de vez en cuando, el diablillo celtíbero que vive en mí sale, y me dice al oido que, donde esté una buena tienda, que se quite un bosque; y yo no tengo más remedio que darle la razón). Mi ideal sería pues dejar frita y humeante a la paloma de la VISA –si la tuviera o tuviese- pero entiendo que el sistema austriaco es mucho más educativo y más justo para todos. Y quizá, qui lo sá, la clave del éxito de este país en los informes PISA.

Han pasado los años, como en aquel bolero y a mí, ahora, los horarios españoles me parecen, no ya insensatos, sino abiertamente perversos.

El día de Nochebuena, sin ir más lejos, el Media Markt más cercano a mi casa cerró ¡A las ocho de la tarde!. Carrefour tiene abierto, según mis noticias, hasta las once, lo mismo que IKEA. Es que, pensándolo friamente, sólo se me ocurre una pregunta: ¿Quién es el desequilibrado que, a las diez y media de la noche de un martes, puede decir

-Arréglate Mari Cruz, que me acabo de dar cuenta que ahí, en el rincón, nos quedaría de miedo una mesita Svekongon?

 
Ayer estuve comprando en un Alcampo a las ocho y media con mi hermano y mi cuñada y la verdad es que tuve una sensación rara. Porque tampoco es que hubiera una gran algarabía, pero para mí, con otra costumbre, era como estar de madrugada en un sitio prohibido, invadiendo. Me fijaba en las caras grisaceas de las cajeras, en el aburrido semblante de los seguratas, y me daba como cosa andar rebuscando en la sección de bebestibles porque, poseido del síndrome de Estocolmo vienés, me imaginaba a los pobres hijos de esa gente esperando a sus padres. Criaturas de mirada perdida, como ternerillos sin cencerro, sentados frente a la tele viendo la repetición número n del rapado capilar de Aramís Fuster o de la dama que abría refrescos con el pechamen.

Creo que me estoy volviendo demasiado europeo. Me lo voy a tener que mirar.


El político alemán Guido Westerwelle (foto: www.germany.info)
No sólo fúmbol

26 de Noviembre.- Mi jefe y yo nos sentamos frente a frente. Como tenemos la radio puesta todo el día, es inevitable que, cuando dan las noticias reaccionemos las dos ante las cosas que dicen los locutores.

Cuando hay una noticia referente a España, además, la cosa se pone divertida: el locutor la suelta, mi jefe enarca las cejas sin levantar la vista de los papeles y yo empiezo a hacer coñas como si me sintiera enormemente tocado en mi orgullo cañí.

Esta semana hemos tenido oportunidad de representar la comedia un par de veces. La primera, el lunes cuando la noticia del día fue que, durante un traspaso de datos entre España y Alemania, habían sido robados cientos de números de tarjetas de crédito pertenecientes a ciudadanos alemanes pero también a algunos austriacos (por cierto, ningún medio español contó nada del choriceo cibernético).

Y ayer también hubo espacio para España en las noticias. Con motivo del día internacional contra la violencia machista, los medios austriacos se hicieron eco de la singular diligencia que demuestran ciertos compatriotas de sexo masculino a la hora de cargarse a sus santas.

Pero sin duda, la palma se la llevó ayer la Deutsche Welle. Un canal informativo 24 horas que tiene a los germanoparlantes al cabo de la calle de todas las cosas que pasan en el mundo.

Di que ayer, a eso de las diez, me dije:

-Paco, a ver si hay algún informativo decente a estas horas.

Total: que me planté en la ORF y allí estaba nuestro amigo Guido Westerwelle, el vicepresidente alemán y ministro de exteriores, espejo, orgullo, luz y guía de los gays europeos; contestando afablemente a las preguntas de la locutora del Zeit Im Bild. Cogí la entrevista al final, por lo que no pude saber de qué hablaban, pero lo que más me llamó la atención fue que, en la despedida, Westerwelle deseó muy buenas noches a los espectadores austríacos. Ninguna novedad. Lo que era novedad era que parecía completamente sincero. Merced que, viniendo de gente tan tiesa como suelen ser los alemanes, merece todo el aprecio.

La presentadora del ZIB empezó a hablar de cosas sin importancia, así que, a lo que iba, yo me fui a la DW. Y allí había un locutor con cara de objetividad (la expresión estándar de los presentadores de telediarios). Tardé un poco en darme cuenta de que estaban hablando de España. Un reportaje de esos con imágenes de gente andando por la calle, mujeres con bolsas de la compra, cadenas de montajes de coches (“tate, me dije, aquí hablan de economía”). Y vaya si hablaban. Para ponernos a los pies de los caballos.

A despecho de las halagüeñas serpientes de verano elaboradas por el Gobierno para consumo interno, en la Deutsche Welle no se andaban con chiquitas: de “luz al final del túnel”, nasti. De “brotes verdes”, ni hablar del peluquín. Sobreimpresionadas sobre los consabidos planos de “ciudadanos medios” haciendo “transacciones normales” las cifras de déficit público del Estado Español: un diez por ciento. Voz en off del locutor: las condiciones establecidas por la Unión son de un máximo de un tres por ciento. Sigue la voz en off del locutor: “el Gobierno español ha acudido a una subida de impuestos para intentar reflotar el estado de las arcas públicas; pero según todos los expertos, esto puede agravar aún más los problemas de la economía española”. De aquí, nuestro amigo el presentador pasó a un corresponsal situado en algún lugar de la piel de toro (no se veía cual, que estaba oscuro). Y entre los dos, con esa falsa naturalidad de los telediarios, se pusieron a departir a propósito de lo negro que se presenta el panorama si no nos ponemos a la tarea y nos dejamos de tonterías.

La banda sonora de este artículo es la canción "E viva España" interpretada por la cantante (!Holandesa!) Inka Marina. Manolo Escobar hizo una versión de ella que, sin duda, el lector conoce.

Terror en Malorca (*)

(*) No es una errata, como se verá más adelante

31 de Julio.- Uno de los géneros que pirran a los aborígenes es la novela de detectives o Krimi.
En ningún lugar de la tierra como en Austria, se emocionan los telespectadores ante la perspectiva de ver un programa sobre una anciana cotilla pero dotada de olfato para el crimen. O sobre policías tirando a obesos con familias disfuncionales –pero saladas- los cuales, tras cuarenta y cinco minutos de preguntas, chistes para párvulos y ceños fruncidos, terminan invariablemente descubriendo que la asesina fue la suripanta de la hija adoptiva de la propietaria de la cuadra caballar.
Un subgénero en sí mismo lo forman las intrigas que se desarrollan en lugares vacacionales. Triunfan Venecia (Donna Leon) y, cómo no, Mallorca (pronúnciese “Malorca” si se habla con algún aborígen poco versado en la lengua de Cervantes).
Las intrigas “Malorquinas” están pobladas de inspectores de grueso mostacho negro que cultivan un futurible cáncer estomacal a base de consumir raciones generosas de patatas a la brava y/o calamares (“calamari”, en léngua vernácula). Servidores de la ley que desahogan su frustración con limpiabotas que se dirigen a sus clientes en un alemán pulquérrimo pero salpicado de vez en cuando de términos celtíberos (“senor”, particularmente, así, sin eñe) todo ello en fiestas en puertos náuticos bañados por la luz de la luna, en las que se come mucha paella (“paela”, exactamente) y se baila algo parecido al flamenco que toca un trío de guitarristas con un sospechoso parecido con Los Panchos.
Mallorca, en el imaginario colectivo de los germanoparlantes, es una versión de España adaptada a sus necesidades, lo mismo que las bañeras de las residencias de ancianos son versiones especialmente adaptadas de las bañeras convencionales. Es un lugar en donde puedes sentirte en medio del Mediterráneo pero comprar las salchichas en Müller o yogures sintéticos en el Lidl (un poner).
Sin embargo, últimamente el sueño “malorquín” está perdiendo brillo a ojos locales. Primero, fueron los millonarios austriacos que organizaban loterías de a cien jEur el boleto. Única manera de poder sufragar la hipoteca salvaje de su casoplón. Más recientemente, las fotos de chatis en bikini con la mascarilla sanitaria puesta, al objeto de combatir la perversa asechanza de la gripe cochina y, por si esto fuera poco, ayer la debacle cuando las autoridades (con muy buen criterio y muy poco éxito hasta el momento) convirtieron la isla en una ratonera para que los criminales que habían matado a dos guardias civiles no pudieran salir de ella.
En los periódicos austriacos de hoy se habla de “Caos” una palabra que las mentalidades germánicas temen más que una vara verde. Incluso el Österreich (no me canso de alabarlo) habla del trío infernal que suponen “la gripe cochina, las medusas y el terrorismo”. Vítor (que hubiera escrito Lázaro Carreter).
Colocar a los criminales etarras en la misma frase que las inocentes medusas no deja de ser una decisión un tanto arriesgada del redactor del suelto pero, en cualquier caso, muy acorde con el espíritu general de ese periódico que nunca deja que la verdad (y, sobre todo, la lógica) le estropee un buen titular.
En el cuerpo de la noticia se desarrolla el tema de las gelatinosas criaturas urticantes y, tres líneas más abajo, se trae a colación el autorizado testimonio de un superviviente de la gripe cochina que, con el aplomo que da el haber sido arrancado de las garras de la parca por manos médicas, asegura:
-Nunca más volvería a viajar a “Malorca”.
A todo esto, por cierto, escasa atención a los pobres muertos por el zarpazo del terror. Unos difuntos de los que, piensan los directores del Österreich, mañana no se acordará nadie (ya se sabe que el muerto al hoyo y el vivo a la playa cuajadita de medusas).
En fin. No somos nadie.

foto: www.drnorimaki.blogsome.com
La fuerza de la costumbre

16 de Julio.- Este blog, en principio, no debería ocuparse de la actualidad internacional (de la española especialmente) pero hoy quisiera hacer una observación que la entronca con la actualidad austriaca y que, como dijo el clásico, “sigue bien el conceto de la materia que sigo”.
Desde aquí, una de las consecuencias más perceptibles de la crisis que ha herido el edificio económico español, es que los periódicos se han vuelto mucho más sensacionalistas de lo que eran (y ya lo eran mucho).
Hablo sobre todo de los periódicos en línea, que sigo con asiduidad, aunque los programas informativos televisados, por lo que se me alcanza, están llegando a cotas de abyección y de bajeza que parecían imposibles hace sólo cinco años.
La crisis, que ha podrido el tronco de la economía española, va extendiendo su moho, su descomposición gris y húmeda a la sociedad, a través sobre todo de la prensa escrita. La población española, por esta vía, está enfermando sin apenas darse cuenta, y lleva camino de convertirse en una colectividad cabreada, tensa, neurótica, cerril y sedienta de sangre.
Para que se vea lo que quiero decir pondré dos ejemplos que han ocupado las portadas de los periódicos durante los últimos días (quizá para cuando mis lectores paren su atención en ellos, sean noticias atrasadas, sustituidas por otras más espeluznantes, pero eso no les quita validez ilustrativa).
En Pamplona, durante los Sanfermines anuales, uno de los hombres que corren delante de los toros fue corneado por una fiera y los servicios sanitarios no pudieron hacer nada por salvarlo. Casi instanteaneamente, sin tener ningún tipo de consideración hacia la familia del fallecido, todos los medios publicaron imágenes en movimiento y estáticas de la muerte del hombre, amparándose pretextos de prístina apariencia pero realidad maloliente. Al día siguiente, en el mismo marco, uno de los corredores fue corneado en el cuello de manera espeluznante. El animal, en su furia, le desgarró la ropa dejándole, amén de ensangrentado, con las vergüenzas al aire. La foto de aquel hombre medio desnudo, con el cuello agujereado y la sombra helada del terror en el rostro, estuvo en el aire (en internet) hasta que alguien decidió sustituirla por un primer plano más púdico. El sexo del hombre ya no era visible (el periodista sin duda pensó que era mejor que los niños y los adultos vieran a un hombre despanzurrado y no un hombre despanzurrado con el pene al aire). Así siguió la foto.
Días después, en el hospital madrileño Gregorio Marañón, y debido a un error médico, muere un bebé de padres marroquíes, cuya madre había fallecido antes (desgraciadamente) a causa de la gripe porcina. El espeluznante hecho, reconocido rápidamente por el hospital, fue amplificado hasta la extenuación por los medios de comunicación españoles que abundaron en todo tipo de detalles pornográficos a propósito del suceso, e incluso mostraron fotografías que, por puro tacto hacia el único superviviente de esa familia (un joven de algo más de veinte años) no existía ninguna excusa para mostrar (me estoy refiriendo a una fotografía en la que el hombre, solitario, avanza con el ataud blanco de su hijo en los brazos).
Me niego a citar, por su crudeza, algunas de las opiniones vertidas en tertulias televisadas y radiadas por cientos de expertos de ocasión. Como ser humano me agreden y creo en el deber que todos tenemos de servir de dique a la porquería.
Por contraste, quisiera poner sólo un ejemplo de los medios austriacos.
Durante la última fiesta nacional de los Países Bajos, un indivíduo, sirviéndose de un coche, intentó atentar contra la familia real holandesa y terminó arrollando a varias personas congregadas para ver el desfile, ante la horrorizada mirada de los asistentes a lo que, en principio, estaba destinado a ser una ocasión festiva.
Inmediatamente, la web del periódico austriaco Standard publicó una fotografía en la que se veía el coche impactando contra la multitud. Las indignadas reacciones de los lectores, o sea, de la sociedad civil, no se hicieron esperar, obligando al periódico a retirar la foto.
Mi pregunta es ¿Dónde están los lectores españoles? ¿Por qué yo no he leido ni una sola reacción a propósito de la publicación de las informaciones de las que hablaba más arriba?
La costumbre, la perversa y embrutecedora fuerza de la costumbre...

En el tutubo está todo, Dios mío. Hacía años que no escuchaba esta canción y buscando una foto para esta entrada, la he encontrado. El motivo está en el texto

Mi niña Vanesa

10 de Julio.- Según la prensa autóctona, los nombres preferidos por los indígenas para bautizar a sus churumbeles son David y Leonie. Parece ser que están definitivamente out los nombres tradicionalmente germánicos. O sea, que es improbable que haya muchas niñas que se llamen Waltraut o Elke –que son unos nombres muy chulos, a la par que sonoros-; en el caso de ellos también están los Kurt de capa caida, igual que los Lothar y los Sigfried.
En esto de los nombres hay modas que permiten datar a las personas cuyos padres, antes de acudir al registro civil, se dieron una vuelta por el Hola o por el El País o, más simplemente, se arrearon al coleto un vaso de aguardiente peleón.
De mi año, 1975, hay Juan Carlos a cascoporro (por el llanote del suegro de Letizia Ortiz, of course), lo mismo que el posguerracivilismo abundó en JoseAntonios (por el Ausente); los primeros ochenta vieron un gran auge de las Vanesas, mujeres condenadas a ser conocidas durante toda su vida como “La Vane”. La primera que hubo en España fue la hija de Manolo Escobar -hoy reportera de televisión-.
Incluso, papá Escobar (el de “no me gusta que a los toros/te pongas la minifalda”, esa canción que, la escuchas, y te dan ganas de darte golpes de pecho como un orangután) tuvo un gran jitazo con su inmortal copla “Mi niña Vanesa” . Es más: abundó en el tema familiar con una tonadilla que mi abuela tenía en un casette que la volvía loca de contenta, y cuyo tracatrá rumbero le ayudaba a hacer con más brío las labores de su vivienda. Parece que estoy escuchando el ingenioso estribillo y a mi abuela (q.e.p.d.) tarareándolo mientras cocinaba:


Tres amores tengo,
(Uno,dos y tres)
Todos diferentes
Todos de mujer
Y si uno me llama
Los otros también
Uno es el de mi madre
Otro es el de mi mujer
Otro es el de mi hija
Qué suerte tener los tres


Más tarde, los noventa asistieron a una ola de bautismos bajo el pernicioso influjo de las drogas de diseño. En dicha ola, abundaron los Jonathan, los Kevin, las Aidas, las Jeniffer,las Penélopes y otras catástrofes del gusto; hasta que los padres con posibles (pijos) decidieron que ya estaba bien de extravagancias y aparecieron los nombres arcaizantes. De esta época –fines de los noventa, aznarato- datan los Yagos –que ya es mala leche ponerle a un niño como a un malo de Shakespeare-, las Jimenas y los Rodrigos, además de algún que otro Nuño. Todos nombres como de Glosa Emilianense (o Silense). Unos nombres que, los escuchas, y te viene a la mente un fúnebre ciprés o el melancólico desfile de los álamos a la vera del Duero.
La (pen)última gran revolución onomástica vino cuando Europe was living a celebration y las madres (y los padres) de España descubrieron que, para que su hija fuera original en el parquecito o en la guardería, no tenían más que llamarla Chenoa. Y ahí se formó la mundial, porque todas las madres lo descubrieron a la vez y de esa época (Primera Operación Triunfo) hay Chenoas para pagar un tren de mercancías lanzado cuesta abajo a toda velocidad.
Pero, a Dios gracias, los españoles no estamos solos en esto de bautizar infantes como quien hace churros. Por ejemplo: el famoso director de cine americano Francis Ford Coppola, se llama Ford, no porque sus padres se vieran acometidos por un singular ímpetu eufónico, sino porque nació en un hospital de NY que se llama así. Sólo de pensar que a mí me hubieran puesto como el hospital en que vine a este mundo, me da un volunto, oiga.
Quiero terminar aquí con un apunte climatológico dedicado (cariñosamente) a mi lectora Inma: ¿Qué te dije yo hace días? Que no pusieses lejos la ropa de abrigo. Llevamos días como haciendo un ensayo general del otoño. Por las montañas ya ha habido hasta inundaciones.
Jolinetes, a ver cuándo vuelve el verano.