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Mis lectores verán que no miento si tienen la paciencia suficiente de visionar este vídeo (una muestra del carnaval de Colonia)
Carnavales transalpinos
8 de Febrero.- Lo prometido es deuda: como ya anticipaba ayer, el sábado por la noche estuve en un baile de disfraces. Antes de empezar a detallar cómo se celebran aquí los carnavales, tengo que hacer una puntualización que, probablemente, sólo entiendan mis lectores españoles. Es la siguiente: por muchos años que uno viva en este bonito país, espejo, luz y guía de todas las demás naciones de la Tierra, uno no se puede acostumbrar a que según qué cosas empiecen a la hora de las gallinas. Esto es: salir de fiesta a las seis y media de la tarde no lo hacía uno desde que empezó a celebrar su cumpleaños con una corona de cartón en el Burger King.

Dicho esto: los carnavales transalpinos se diferencian de los mediterráneos en que, como todo en estas tierras, son muchísimo más organizados. O sea, sistemáticos. Aquí no llegamos a los extremos de nuestros vecinos del norte, los marditos piefkes, pero no le andamos muy lejos. Los bailes de disfraces, en realidad, tienen menos de bailes que de veladas. La gente se sienta en largas mesas corridas como las que yo mostraba en la foto de ayer y, generalmente, presencian un show. En las grandes metrópolis del carnaval germano (Colonia, una vez y nunca mais) las personas disfrazadas presencian un espectáculo en el que, generalmente señores disfrazados de maruja, cuentan chistes satíricos sobre la actualidad política –por razones obvias tienen mucho éxito los relacionados con la señora Merkel- . Las bromas se cuentan de una manera que a un espectador latino le destrozaría (le destroza, de hecho) los nervios. Porque, como generalmente los chistes tienen muy poca gracia, tras cada uno hay un trompetazo o un bocinazo similar para que la gente sepa dónde tiene que reirse. Esto, a la larga, tiene efectos perversos en el organismo, y explica, sin duda, el éxito que determinados movimientos políticos totalitarios tienen en las sociedades germanoparlantes (a las dos horas de escuchar trompetazos sientes que el mal anida en ti y te apetecería erradicar a la especie humana del planeta Tierra como si fueras un malo de Marvel).

En Alemania, además, hay pausas en las que la gente se coge del bracete con sus adláteres para mecerse al ritmo de unas músicas pensadas para niños de guardería o bien para adultos con un grado de intoxicación alcohólica considerable –esto se consigue pronto, porque los bailes de disfraces de este lado del espinazo montañoso europeo están diseñados para que los asistentes pierdan el conocimiento lo antes posible-. Cuando el show se acaba, como generalmente el público asistente está muy trompa (al objeto de poder reirse con los chistes y los bocinazos o con los chistes o los bocinazos, claro) uno baila cualquier cosa que le pongan. Generalmente, algo de DJ Ötzi.

Mi baile del sábado no tuvo chistes, pero sí una generosa ración de playbacks cuya gracia (ay) era irregular y que, para mi gusto, duraron un poco demasiado. Pero bueno.
Aún así, se apreció mucho la buena voluntad porque todos los que actuaron, sirvieron, pincharon discos y demás, lo hicieron voluntariamente. Los beneficios de mi baile (por eso fui) van a parar a distintas instituciones que se dedican a ayudar al prójimo. Por ejemplo, a la AIDS Hilfe, que ayuda a los enfermos de SIDA y que colabora, dentro de sus recortadas posibilidades, a investigar el tratamiento de ese mal.

Entre eso, la ración correspondiente de licores, y la posibilidad de ver (algo borrosos cuando no dobles) a algunos amigos la verdad es que nos lo pasamos muy bien.

NOTA: Publico este post, y me pongo a contestar comentarios, que los tengo algo atrasados.

Despega como puedas
para mi madre, que tiene cabeza cuando los demás la perdemos
29 de Noviembre  Diciembre.- Ayer, sentado en el avión, pensaba yo: “Paco, estate quietecito y callado que, si en Detroit han hecho un aterrizaje forzoso porque han visto a un tipo de comportamiento extraño y pinta sospechosa, puede ser que tú hoy no llegues a Viena”.



Retrocedamos.





28.12. 2009.Interior. Tarde. 14:25. Paco lee un libro tirado en su habitación mientras su madre, como es su costumbre, mira el teletexto en el salón.


Madre: Francis.
Hijo: qué mamá.
Madre: tu vuelo, ¿Cuál es?
Hijo: (si quitar la vista del libro): El 35xx de Iberia.
Madre: ¿Y a qué hora sale?

Hijo: A la seis y media, ¿Por...?

Madre: Porque aquí pone que sale a las 15:40

Hijo:(Pálido): ¡Qué me estás contando!

Madre: Lo que oyes.

Hijo: Pues tiene que estar mal, porque yo...(salta de la cama).


Paco llama por teléfono a la central de reservas en donde le confirman que se ha equivocado. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan.



14:27.- Hijo (pálido como un muerto –por el susto y por la convalecencia de la gastrointeritis): ¡Mamá, llama a un taxi!



14:29.- Madre e hijo están en la calle con las maletas, esperando un taxi que tarda en venir. Los minutos se deslizan lentos y pesados como un desfile de tanques.


Madre: Ay, Señor, este taxi que no viene.

Llega un Vecino Simpático.


V.S.: ¿Qué tal? ¿Vas o vienes de Vie...?

Madre: Pues mira, que nos acabamos de dar cuenta de que...(le explica el problema).


Paco empieza a ponerse de un tono sospechosamente verde. El estómago le empieza a dar punzadas. Sudoración. Respiración dificultosa. Ligero mareo.




14:41.- Viene el taxi. Se le explica la cuestión. Gracias a Dios toca un taxista animoso.


Taxista: Tú tranquilo, que a menos cinco estás tú en la T-4 y coges el avión.


Paco, moribundo, se deposita en el asiento de atrás del taxi. Su madre está, si cabe, más atacada que él.



14:45.- El taxista pisa el acelerador pero tiene que detenerse al llegar a una salida especialmente atascada debido al frenesí consumista navideño.


Taxista: Me cago en tó...Pero tú tranquilo, que ahora cogemos el peaje y recuperamos, ¿Eh?


Paco empieza a sentirse como una parturienta a punto de echar al mundo una criatura. Por el zipizape que tiene en la zona abdominal bien podría ser. Repasa sus últimas andanzas sexuales. Respira tranquilo. No. Lo ha hecho siempre con protección.


El momentaneo atasco se disuelve. El taxista encara una carretera de peaje. Los adefesios que ha propiciado la burbuja inmobiliaria desfilan a toda velocidad por las ventanillas.



14:50.-Taxista (en el mismo tono que un entrenador de fútbol americano de película explicando un placaje): ¡Tú ahora, a los mostradores de Iberia! ¿Eh? No pierdas el tiempo que, media hora antes de que salga el vuelo, cierran los mostradores.


Paco sólo es capaz de emitir un ligero sonido parecido a un ayyyy. El estómago le hace burrrp burrrp.



14:55.- Terminal 4 de Barajas. Paco recupera fuerzas para reptar fuera del taxi, abrir el maletero, sacar el equipaje y lanzarse hacia el mostrador de Iberia. Largas colas (aún más largas le parecen por el apuro). Dos agradables miembros del personal de tierra de la aerolínea le orientan a las máquinas de autochek-in. La madre de Paco ya se sube por las paredes. Paco, si tuviera fuerzas, también lo haría.



14:57.- Con la tarjeta de embarque y el pasaporte entre los dientes, Paco y su Madre acuden a los dos Agradables Miembros del Personal de Tierra que, sin cambiar de expresión, le dicen que espere una cola eterna. Paco se hunde en la más negra desesperación. Por suerte una Agradable Miembra del Personal de Tierra (distinta de las anteriores) le indica la zona de Business. Paco asalta el emporio de los Ricos y Famosos y, sintiéndose Darek (el ex de Ana Obregón, con quien comparte hechuras, blanca dentadura, rubia cabellera y musculaturas varias) le da un empellón a un ejecutivo especialmente imbécil y pone sus maletas en la báscula.


La Agradable Muchacha del Mostrador : pues ha tenido usted suerte de que el vuelo vaya con retraso, que si no, se hubiera quedado en tierra.


Paco piensa seriamente en saltar el mostrador y darle un beso de tornillo. Por suerte, se contiene. A estas alturas, suda a chorros, la adrenalina le sale por las orejas. Debe de estar pálido como el papel. Pero la maleta (loado sea Dios) ya va camino de Viena.


Paco: Corre mamá, que no llegamos al control.


Ante los puestos policiales, despedida emotiva (pero exprés) de Paco y de su Madre.


Haciendo el striptís acelerado que exigen los modernos controles aeroportuarios, Paco se lanza al detector de metales que, por suerte, no detecta nada que implique un retraso.



15:07.- Pájara. Paco, de pronto, no puede con la vida. Embarca en la puerta H2 (una de las del fondo fondísimo de la T-4) va por la serie J de puertas cuando las fuerzas le fallan ¿Llegará? ¿No llegará? ¿Romperá aguas antes de llegar al paritorio?



15:10.- Paco llega a la puerta de embarque más muerto que vivo, con la boca como un zapato, la ropa desordenada, sudando a chorros como si se hubiera duchado con la ropa puesta. Delante de él una pareja austriaca se hace carantoñas (concretamente un beso cada dos pasos).



Lo último que piensa antes de ocupar su asiento (el 23D, pasillo como a él le gusta) es en una escena de un libro de Primo Levi en el que explicaba cómo había tenido que sufrir para aguantar en Auswitz 14 horas de trabajo con disentería.

De pronto, entiende a Primo Levi perfectamente.


Stammersdorf

11 de Mayo.- Una de las cosas que más mola de Viena es que, aún siendo una gran ciudad, tiene un alma más de campo que las amapolas. Y es precisamente en estos días de principio de la primavera, cuando, en parte por volver a ver el sol, en parte por la sensación de euforia que da verlo todo verde y florido y en parte, y no me cansaré de repetirlo, por la genuina simpatía de sus gentes, el corazón de uno se inflama de amor por esta tierra que le acoge (también tiene parte de culpa en esta inflamación que uno le da al vinito nuevo del año, que siempre te pone contento).
Ayer, estuvimos en Stammersdorf, que es un suburbio vienés en donde se agrupan parte de los viñedos que producen la variedad de vino local, la grüner Veltliner, que da un vino blanco algo áspero, con cierto sabor a pimienta, y que es ideal para mezclar con el agua con gas, formando una especie de champán low cost que da gusto tomarse cuando el calor -como ayer, aprieta-.
En la foto que encabeza estas líneas, dos chavalitos que, al principio de la larga calle de las heuriger o bodegas tenían puesto su tenderete -ellos no vendían vinorro, claro, sino Almdudler-.
He aquí el aspecto que presentaba una de las heuriger más concurridas (la de Cristinita, como puede verse en el letrero encima de la puerta). En la foto no se ve, pero lo que mola de la zona es que está enclavada en una colina de un verde lujuriante, rodeada de viñedos y de flores.
Como siempre que hay cuarto y mitad de festival, los aborígenes desempolvan orgullosos sus trajes regionales (aviso: es inútil hacer la trasposición al caso español; en España nadie va a trabajar vestido de lagarterana: aquí yo he visto a señoras vestidas como la de la foto, con su ordenador portátil esperando el tranvía). En la imagen, una orgullosa abuela toma el solete con su nieto -suponemos- al que han castigado cascándole unos lederhose/pantalones de cuero. Digo esto no porque los lederhose me parezcan mal, sino porque hacía una temperatura veraniega y el chiquillo tenía que estar cociéndose. Pero es bueno, no digo que no, que vaya aprendiendo las tradiciones.
Y como no sólo de vinote vive el mensch, pues también se podía comprar comida: por ejemplo, estas variedades culinarias de tocinete para el que no le tenga miedo a los triglicéridos (total: luego te tomas un schnaps y se disuelve todo).
Como puede verse en este gráfico, en Stammersdorf, los precios son mucho más gunstig o apañados que en la ciudad (por aquello de que, generalmente, se compra a productores). La gente estaba en la acera, en mesas, tomándose sus cosas. Nosotros subimos a un patio elevado al nivel de los viñedos y hasta vino a visitarnos un coro de hombres que estuvo cantando jocosas canciones vienesas relacionadas con la ingestión de alcoholes.

¿Qué decía yo? Verde que te quiero verde (y qué gusto da). Juro por lo más sagrado que, ante una mata cuajada de flores, yo me tuve que acercar para cerciorarme de que aquello no era de plástico de lo bonito que era. Ahora, mientras venía a casa, también me he dado cuenta, por cierto, de que en las avenidas vienesas han florecido los tilos (los famosos linden del paseo berlinés) y que el aire estaba perfumado. Daba gusto.
Y colorín colorado, este paseo se ha acabado. Salimos a las dos de la tarde y llegamos (primo, si lees esto, pásmate) a la una de la noche a casa. Cansados, no muy bolingas y, en todo caso, felicísimos.

Elogio de la impuntualidad ajena

9 de Mayo.- Ayer por la tarde me daba cuenta de lo mucho que le debo a la impuntualidad de mis amigos. En Madrid, a veces, tenía que esperar a uno en particular durante una hora, sin saber si vendría finalmente (entonces aún no había móviles) ¡Qué bellas páginas de la literatura le debo! ¡Qué sesudos ensayos! Cuando aparecía, naturalmente, me daba mucha alegría verle pero siempre se mezclaba un poco de tristeza, por tener que abandonar la compañía de algún poeta sensible, o de algún observador fino de la realidad.
Ayer quedé a las nueve y media con unos amigos delante del Burgteather (ese templo de la Cultura en lengua Alemana) y mis amigos llegaron tarde exactamente una hora. Tuve suerte, porque, en la acera de enfrente, en la Plaza del Ayuntamiento de Viena se celebraba un concierto en el que grandes figuras de la escena europea se reunieron para cantar música típica de su tierra. Canciones vienesas pero también Dulce Pontes o Juliette Greco. Cuando el presentador anunció a la portuguesa, yo no lo podía creer. La Reina del Fado, la sucesora de Amalia Rodrigues estaba en Viena, en aquel escenario, apenas a doscientos metros de mí.
La Pontes se sentó al piano y sobre el aire se tendió un silencio mágico. Empezó a sonar su voz perfumando la noche de primavera, como el canto de un ave atlántica y extraña. Todo se impregnó de una sensualidad que hizo que todos nos sintiéramos comunicados por un dulce espíritu. Desaparecieron las fronteras de los cuerpos. Los tranvías se quedaron en suspenso, los enamorados se abrazaron con más fuerza, los que pasaban en bicicleta se quedaban parados, suspendidos ante una belleza tan inaudita; las bocas se entreabrían ansiando otras bocas. El prodigio duró tres canciones. Luego regresó el buen humor vienés y después París.
Juliette Greco, que ya no es la musa de los sesentayochistas. Los años han pasado por esta señora que desgranó algunos éxitos de la vieja chanson con una autoridad que nunca alcanzarán los cantantes de hoy, que tienen que pasar por concursos para demostrar que saben hacer gorgoritos como Beyoncé. El escenario tenía casi cien metros, pero la Greco, lo mismo que la Pontes lo había hecho antes, lo llenó con una fuerza que sólo sale del corazón.
Cantó Ne me quite pas y los que aún adoramos el templo de la vieja y elegante lengua francesa, sentimos que, bajo los adoquines de la Rathausplatz, podía haber arena de playa. La Greco lo hizo de una manera algo más crispada que Brel, cuya gran tristeza es como el lamento de un animal herido (cuando canta que quiere ser “la sombra de tu sombra, la sombra de tu mano, la sombra de tu perro” uno entiende lo que es el sufrimiento por amor) pero a los que conocemos la letra de la canción nos dio casi igual, porque era medio siglo el que había sobre ese escenario.
Mis amigos llegaron tarde y me dio alegría verlos. Pero también un poco de melancolía, como la de abandonar la cama en una mañana de abril. La llamada del mundo se siente, nos atrae, pero la dulzura de las sábanas hace que queramos prolongar el placer, acaso insensatamente.
En Fiestas: Stadtfest 2009

26 de abril.- Queridos lectores de VD: este fin de semana se han celebrado las fiestas de la ciudad de Viena. Muchas actividades para grandes y chicos bajo el tema genérico de Europa. Ayer me estuve dando un garbeo por el distrito 1 con la cámara en la mano, y he aquí lo que saqué.
Las gentes de la siguiente foto se lo estaban pasando fenomenal con los dos mimos que preceden a estas líneas.


No lejos, en uno de los locales con más solera de Viena (en el que yo probé mi primer Spritzer, por cierto) la gente miraba la animación desde las terrazas.

La plaza Am Hoff esta vez estaba dedicada a los chavales. Miles de entretenimientos, como por ejemplo, este taller de esgrima en el que los chiquillos aprendían a usar el florete.
En la Judenplatz, tan recoleta y casi siempre tan silenciosa, un grupo de Jazz llenaba de alegría el ambiente.

También había un grupo de estilizados gigantes, como esta chica que aparecía así de delicada subida a sus zancos.
En la plaza de la Catedral -en restauración perpétua- había un tiovivo, un merendero y una tómbola pagados con el dinero de mi Kirchensteuer -vaya, con el mío, y con el de muchos otros católicos.
La plaza de la catedral como nunca antes la habían visto mis lectores (ni yo) desde el bar Do&Co -sexto piso-; el primero y el segundo lo ocupa Zara.

La Plaza de la Biblioteca Nacional estaba ocupada esta vez por la grastronomía -promoción de los riquísimos productos que esta tierra produce- y por un escenario en el que diferentes grupos europeos daban el cante.

Y hablando de dar el cante: he aquí a nuestra representación: Er tablao Flamenco de Gitanito del Prater.

En el Hoffburg, había un gran mapa de Europa para que los chavales se fueran situando. El pie de la foto es mío, y estoy en la Piel de Toro. Aunque mis lectores podrán darse cuenta de que los munícipes de Viena se han quedado con la nomenclatura antigua (dicen que Madrid está en Castilla la Nueva).

En la plaza estaban todas las cosas para los vieneses más jóvenes. Talleres de dibujo, toboganes gigantes, maquillajes...Vamos, igualito que en las taurinas fiestas de mi pueblo.

Y colorín colorado este paseo por las fiestas de Viena 2009 se ha acabado. Hasta la próxima vez (si Dios quiere).

Lo bueno empieza en el más allá

8 de Febrero.- Las noches de la juventud y de la adolescencia son un contínuo peregrinar. Cuando el ambiente de un bar se desinfla o, simplemente, siguiendo el capricho de un instante, se produce un diálogo de miradas y de gestos, se recogen los abrigos, y se sale del estruendo recalentado del local al frío húmedo de la calle. Expulsados de las luces a la oscuridad de la noche. Transhumantes, otros grupos de figuras hacen el mismo camino o el contrario. Durante unos años, sin que haga falta aprenderla (o casi) esa es la mecánica de las noches de fin de semana. Luego, se va olvidando –sobre todo si se vive en Austria-. Se prefiere un buen libro o una película, o un programa de televisión.
Ayer, por suerte, sin embargo, recordamos esta manera de desgastar suelas. Mi primo N. cumplía una edad que no se corresponde nada con lo mucho que ha vivido y, para celebrarlo, salimos de noche. Primeramente, decidimos visitar el Flex, un local situado en Schottenring, y que es famoso en toda Viena por ser el punto de encuentro de un amplio abanico de personas: desde la marginalidad, a una cierta izquierda pija que, por unas horas, abandona los altares de la crema de la intelectualidad para probar el sabor más agridulce y grotesco de la madrugada. El Flex da al Franz Josephs Kai (justo junto al río) y de camino a su puerta se ven todo tipo de fulanos que te hacen recordar los rincones más sórdidos de la noche madrileña: miradas aceradas que salen del cuello de un plumas, caras de mujer macilentas iluminadas fugazmente por la luz de una farola. El caso es que el Flex tiene un predicamento que nosotros encontramos totalmente injustificado. Cuando estuvimos había demasiadas gente puesta de sustancias para que uno no tuviese la sensación de estar ante una versión del video de Thriller, sólo que sin gusanos.
Tras una cerveza y una mirada algo desconcertada a los movimientos espasmódicos de los muertos vivientes (incluida una chica en la frontera de la pubertada que, empastillada perdida, hacía ejercicios de yoga en mitad de la pista de baile) decidimos ir al Jenseits (*) cual, después de lo de anoche, se ha ganado dos premios: a) a la peor extracción de humos y b) al local más divertido de Viena. Bailamos hasta la madrugada abriéndonos paso a codazos cuando fue preciso. Y también tuvimos ocasión de comprobar la certeza de esa ley inexorable que dice que, en un bar de bote en bote, la gente siente el impulso irrefrenable de irse, a golpe de codo, hasta el fondo del local para luego volver a su sitio original, satisfechos de haber completado la hazaña sin ningún tipo de objetivo.
La música del Jenseits es sofisticada, pero, sobre todo, variadísima: el Julio Iglesias más reivindicable (los años 70, el esplendor), Johny Halliday, los grandes éxitos de los rompecaderas balcánicos, italianos de los sesenta, versiones alemanas de grandes éxitos internacionales (I will survive, ese jitazo al que ningún idioma le es ajeno), ská, pop variado.
En fin, que sudorosos y contentos (aunque fuera bajo la lluvia) regresamos a canas como menos canas y más alegría en las articulaciones.

(*) Más allá
Una pareja baila el tango el sábado pasado
Carné de baile (Segunda Parte)

2 de Enero.- Decíamos ayer: C.- Ellos: como el lector podrá imaginarse, los había para todos los gustos: como decía mi primo X. cuando vino a visitarme y paseábamos por la Mariahilferstrasse:

-En España, la mitad de estos, serían modelos.

Tómese cualquier campaña de El Corte Inglés y se verá lo que digo: los había que se curraban el momento DJ muerto de hambre que se saca sus pelillas pinchando en locales de dudosa reputación. A saber: flequillo tapándoles un ojo (esto es un estándar, parece ser) gorra de pata de gallo graciosamente inclinada sobre el ojo ciego, camisa abotonada hasta el cuello, pantalón pitillo y tirantes. Los había que buscaban el look boyband. Eran combinaciones de cinco elementos tomados de cinco en cinco. Casi siempre en grupos, podían haber protagonizado varios meses de portadas del Superpop sin haber repetido ninguna vez. Estos sí, de esmóking riguroso, pelito rubio y mirada lánguida.
Conforme íbamos subiendo por la escala de edad: la cuarentena plateada, la dorada cincuentena, te asaltaba la idea siguiente: también en los rayos UVA hay clases. Porque hay rayos UVA que te dejan la piel como si hubieras sido objeto de cualquier experimento secreto con radiaciones (rayos UVA industriales de gimnasio de barrio) y hay rayos UVA que te proporcionan ese moreno del que tiene su velero aparcado en cualquier cala del Mediterráneo. Pues bien: había un grupo (escogido pero relativamente numeroso) de hombres que presuntamente dedicaban sus ratos libres a los deportes náuticos. Estos eran anuncios andantes de las líneas de cosmética para hombre de Nivea. Barba blanca de un par de días sin afeitar, pieles lustrosas como el cuero de los zapatos buenos, mirada de aftershave caro (esa cosa entre jocosa y sexi de George Clooney cuando anuncia cafés para multinacionales monopolísticas) y las imprescindibles dos arruguitas en forma de paréntesis a los lados de la boca (fíjese el lector la próxima vez) que lucen todos los modelos de anuncios que intentan difundir el uso de a)cosmética para hombre, b) losrelojes caros (de Patek Philippe para arriba) o c) coches aptos para cuando tu nivel de testosterona en sangre empieza a decaer. Estas dos arruguillas a los lados de la boca son, hoy en día, las únicas que un cuarentón bien conservado o un cincuentón de los que tuvieron y ahora retienen, pueden exhibir sin que se los tase de homos antecessores atapuerquenses. Cómo será la cosa que, hasta el nuevo presidente de los Estados Unidos, las luce en los retratos oficiales.
En fin: que para dos arruguillas ya hemos hablado bastante.
Descendiendo a un terreno aún más frívolo (si cabe) también pudieron verse excesos que, salvo casos de grave intoxicación alcohólica, no deben acometerse.
A saber: trajes blancos (con corbata blanca) y camisa negra –aquí el coro grita ¡Nunca mais!-. Nunca mais, claro, a no ser que quieras acudir a tu gran boda turca, lugar en donde los ajedrezados contrastes y los tejidos que a la mínima se cargan de electricidad estática tienen su paraíso. Tampoco hay que ceder a la tentación de desempolvar aquel traje de Versace en el que te gastaste un dineral a principios de los noventa. Primero, porque, acéptalo: ya no tienes edad. Y segundo, porque las americanas azul marino a cuadros verde manzana, las dobles botonaduras, las hombreras Locomía y el rosario de tu madre (al cuello) son ya reliquias tan añejas como el Inmaculate Collection de Madonna o las playeras con cierre de velcro.Como referencia cultural, pase. Como atuendo para bailar valses, pos´no, la verdad.
Otra cosa que debería estar castigada con sanción económica o de privación de libertad es acudir a un baile con un chaqué claro. Antes un traje oscuro normal que pisar un baile vestido como un presidente de club de fútbol de segunda B al que le han invitadoa la copa de navidad de Saneamientos Domínguez. La modestia no es ninguna vergüenza, y los trajes oscuros son un dignísimo sustituto a falta de un smoking (aunque en H&M los hay muy apañados de precio y va uno más bonito que un Saint Louis).
Bueno, basta ya, que me estoy poniendo más pesado que un colaborador de Ana Rous Quintana.
Quisiera, eso sí, que mis lectores no se tomasen demasiado en serio mis comentarios, ni pensasen que me he vuelto un pedante insufrible (que también podría ser). Cuando yo llegué aquí, el mundo de la etiqueta era para mí tan ajeno como la biología molecular pero, como allá donde fueres haz aquello que percibieres por medio de la vista, ,pues uno no ha tenido más remedio que ponerse las pilas. Supongo que, si el destino me hubiera llevado a Sevilla, hoy sería miembro de alguna hermandad y estaría hablando en mi blog –sevilladirecto- de cofradías y olé. El típico caso, vaya, de adaptación al medio.
El Parkhotel Schönbrunn ayer por la noche
Carné de baile (Primera parte)

1 de Febrero.- Me gusta ir al Regenbogenball o Baile del Arcoiris por una serie de razones. La primera, porque apoyo sus reivindicaciones (lo organiza desde hace doce años la comunidad gay para explicarle al gobierno austriaco que debería aplicar la recomendación de la Unión Europea sobre la igualdad de derechos entre los ciudadanos homosexuales y los heterosexuales). Después, porque sé que parte del dinero de la entrada –precio moderado, si se compara con otros bailes- irá a parar a fines sociales (por ejemplo, lucha contra el SIDA) y, tercero y no menos importante, porque me lo paso muy bien. Y esto por varias razones, pero principalmente porque el Regenbogenball, influenciado por el sano espíritu de sus organizadores, es un poquito más “Locker” (o sea, menos estricto) que sus hermanos los bailes de abogados, de médicos o los mil y uno que florecen aquí ya allá por las cuatro esquinas de Viena.
En el Regenbogenball conviven los fracs más irreprochables (como de libro de Saber Estar prologado por la Reina Doña Sofía) con los primeros pingos que sus dueñ@s han encontrado en el armario. Eso sí: en el rigor en el baile no hay relajación: ayer, vi yo bailar unos tangos, unos valses y unas sambas de concurso, al compás de una orquesta que se tomaba el tema con buen humor.
Antes de explicar más, quisiera añadir algunos apuntes de estilo de esos que tanto le gustan a Marona:

A.- Que nadie se me ofenda, por favor, que yo lo digo sin acritud ninguna: pero hay muy pocas mujeres que, vestidas de hombre, estén bien. Y no lo digo ya desde mi educación presuntamente machista-judeocristiana-prejuiciosa. Es que no, oyes. Ayer las había desde las que parecía que habían encontrado el traje entre los restos de una catástrofe nuclear (ternos sin forma llevados con rastas y playeras) hasta las que iban vestidas de la guardia pretoriana de Edward G. Robinson en cualquier peli de gángsteres (puro incluido). Aunque:

B.- Algunos hombres que se visten de mujer también deberían haberse tirado por la sombrita. Me viene a la cabeza un maromo, encaramado a unas plataformas, que saludó a una amiga mía. Vestido de tirantes de licra color rosa langosta (minifalda), peluca rubia, tatuajes a lo yakuza por todo el cuerpo (particularmente uno, que le recorría la pierna derecha desde el tobillo a la pantorrilla -se transparentaba a través de las medias cristal- con el bonito nombre de ADONAI, una de las advocaciones de Satán). En fin: que hay físicos de conductor de La Sepulvedana que, simplemente, no se prestan.
Ahora bien: tengo que decir que por el título de la más elegante del baile competían una mujer y un hombre, muy igualadas. La mujer-mujer (como le gustaban a Aznar) era una chica rubia, con un traje de noche espectacular: top negro, falda larga de guipur antracita, espalda al aire –unos homóplatos preciosos, una cintura grácil pero dinámica- apenas maquillaje (el justo para corregir lo que no debe verse) y una mirada de aburrimiento que hubiera podido derretir una tonelada de hierro. El hombre, llevaba un tailleur negro con un renard blanco a la moda de los cincuenta, y también miraba al mundo desde la altura de su impasibilidad. Tenía un perfil de águila de blasón y unos ojos tocados por un mundano desencanto. Comentando el hecho con una amiga, me indicó que este hombre atendía a un nombre italiano que hablaba de espetos de sardinas en la playa y de tarantellas napolitanas. En fin: watching for believing.

Un grupo de simpáticos asistentes al baile, estos sí, vestidos ortodoxamente

De la otra candidata a la más bella del baile no me atreví a hacer fotos (sobrecogido estaba yo) pero de él, llamémosle Marcello, sí: hela.
Rita y Fred en "You´ll never get rich"
Días de baile

31 de Enero.- Sí: Miss Viena Directo es la emperatriz Elisabeth y, por abrumadora mayoría, el nadador Marcus Rogan se ha impuesto como el más bello de los candidatos a Mister VD. Próximamente deleitaré a mis lectores con material fotográfico de estos aventajados especímenes de la raza humana, pero permítaseme que hoy me extienda en lo que me tiene ocupado.
Porque hoy, queridos Vienadictos, me voy de baile.
En Viena, estamos en plena Ball Saison. Particularmente los fines de semana, aquellos amantes de las tradiciones, de la rozadura de los zapatos de charol y de esa incómoda sensación que dejan los cuellos de las camisas de smoking, se reúnen para bailar al compás de las melodías de orquestas en diferente estado de afinación. Este fin de semana y el próximo, particularmente, son el punto álgido de la temporada. Viena es un puro ir y venir de hombres vestidos de elegante traje con solapas de seda (¿Corbata negra o corbata blanca? Datisdecuéstion) y chicas que hacen lo posible porque los rutilantes trajes largos no se les metan en los charcos.
Con motivo del baile al que voy a ir, he hecho hoy algo que llevaba varias semanas posponiendo, y ha sido esquilarme (tenía el pelo demasiado largo ya para que fuera un simple corte). He ido a mi peluquera de siempre, dueña de un destartalado local que siempre está vacío (a pesar de que la señora es una maga de las tijeras). Y resulta que me he encontrado, con tristeza (pero para alegría de ella) con que era su último día de trabajo y, por las horas, sospecho que yo he sido su último cliente. Se jubilaba la señora y pasaba al gozoso estado de pensionista y a dedicarse a lo que de verdad le apasiona en esta vida, que es pintar unas acuarelas un tanto sosas con paisajes otoñales y parques sin personas.
La mujer ha estado muy amable conmigo, y me ha rapado dándome conversación (que es una cosa que, en principio, yo odio cuando me cortan el pelo). Hemos hablado de los bailes y de los carnavales, y la pintora aficionada me ha dado una conferencia que lástima de no haber llevado encima los arreos de escribir.
En cualquier caso, en cuanto termine de componer este texto, sacaré el smoking, la camisa de cuello rígido, y le sacaré brillo a los zapatos buenos (los mismos, por cierto, que utilizo para las entrevistas de trabajo y que, gracias a Dios, ya no me hacen daño). Deseando estoy de pasar por el ritual acostumbrado: la apertura del baile, con su polonesa; la quadrille, que llega puntual a media noche (altura en donde la mitad del paisanaje está puesto de champagne y prosecco y nadie da mucho pie con bola)y la melancolía de las últimas horas, en las que parece que ha pasado un ejército por la pista.
Mañana mis lectores podrán, si Dios quiere, disfrutar de las imágenes del evento (espero que la cámara no se me olvide) en riguroso di...Diferido, claro. Por una vez.
Así estaba la calle ayer, a las dos de la madrugada, cuando llegué a casa rendidito de bailar
Bist du Teppat! (*)
(*) Exclamación aborigen de entusiasmada sorpresa que lo mismo quiere decir Qué fuerte! que Qué pasote!

23 de Noviembre.- Hace cosa de un mes recibí un sobre grande. Lo abrí pensando que era una felicitación precoz de navidad, pero en su lugar encontré un tarjetón de color vainilla que te hacía pensar en la invitación que Cenicienta recibió para el baile del príncipe azul. Era de un amigo al que conozco desde que estoy aquí. Me invitaba, efectivamente, a la celebración de su cumpleaños. Pedía confirmación por teléfono o correo electrónico e incluso especificaba, como está mandado, qué estilo de ropa había que llevar (gracias a Dios, ningún disfraz). “Smart Casual”, ponía. O sea: “arreglao, pero informal”.

-¡Qué granuja! –dije yo para mí en el descansillo- esto es tener glamour y, lo demás, un anuncio en el GQ.

Naturalmente, contesté de manera ipsofacta que aceptaba la invitación –a este amigo le veo yo muy gerne-. Metí el tarjetón debajo del ordenador y me olvidé hasta ayer.
Mientras tanto, me llegaron rumores de que a la fiesta iban, además de mí, otros 170 invitados.
“Bah, no será para tanto. La gente, macho, es que es de un esagerao que tumba”.
Aunque también pensé que quizá mi amigo, que cumplía una cifra redonda, se había dado el gusto de cerrar un restaurante.
Total, que ayer me puse “el pantaloncito estrecho y la camiseta de los conciertos” (además de un abrigo, porque hacía un bris que cortaba el pis) y me dirigí a la dirección que indicaba la tarjeta. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que no sólo se trataba de un domicilio particular sino que, además, se trataba del domicilio particular de mi amigo (un edificio antiguo, céntrico, frente a una de cuyas fachadas he esperado yo el tranvía cienes y cienes de veces). Mis acompañantes y yo cogimos el ascensor y subimos al último piso.

-Y este hombre, ¿Dónde leches vivirá?
-Keine Ahnung, pero nos podemos guiar por el ruido.

Y así, siguiendo el algodonoso murmullo de las conversaciones, llegamos a la puerta de la casa (en la que yo no había estado nunca, por cierto). A la puerta, dos invitados colgaban sus abrigos en una burra –perchero largo- y, por aquí y por allá revoloteaba un pequeño ejército de camareros vestidos de negro riguroso, que sonreían como sólo lo hacen los camareros de los restaurantes caros. Total, que sin reponernos de la sorpresa, pero sin calibrar aún del todo lo que nos aguardaba, entramos en la casa dispuestos a encontrar a mi amigo. Habría, efectivamente, unas doscientas personas. Saludando a conocidos más o menos lejanos atravesamos un salón y luego otro, y otro, hasta llegar a la escalera, que subimos para encontrarnos con otro salón y otro tramo de escaleras. Llegados a este punto, un alma caritativa (un señor barbudo y jocoso) nos hizo una seña indicándonos que el homenajeado estaba aún un piso más arriba. Y allí le encontramos, en un cálido invernadero sobre cuyos cristales, por fuera, se amontonaba la nieve silenciosamente. Tras saludos, felicitaciones y entrega de regalos, el homenajeado nos hizo los honores repartiéndonos una cerveza a cada uno, y luego nos dejó no sin recomendarnos que nos lo pasaramos bien. A mí me dio la risa floja, como siempre que me pasan estas cosas (no es la primera vez) pero tampoco le di más importancia a la cosa. La riqueza ajena hay que verla con naturalidad, porque no es más que un accidente. No hay que dejar nunca que lo material se interponga entre nosotros y las personas.
Bailé, eso sí, hasta las mil; y disfruté de unos quesos franceses que se deshacían en la boca. Todo a la salud de mi amigo que, qué caray, es un tipo cojonudo y se merece tener un casoplón como el que tiene y mucho más.
El escudo español en un posavasos de la embajada
VD te lleva al glamour

10 de Octubre.- Con motivo de la conmemoración anual del encuentro fortuito que Colón tuvo con las Antillas, el señor embajador de España en Austria ha ofrecido una recepción a la que, los residentes españoles en Viena, estábamos invitados.
Escribo esto después de haberme quitado el traje y la corbata, y después de haber dejado en sus hormas los zapatos buenos, los que uso para las entrevistas. Esos que, si no me pongo tiritas, me desuellan los tobillos. Tras vivir unos años aquí –en concreto, mañana hará tres: otro aniversario- he adquirido la opinión austriaca de que, a según qué sitios, hay que ir vestido de según qué manera. Porque forma parte de la cosa. Y si no, no vayas. Con esto quiero decir que yo soy de la anticuada opinión de que a las recepciones de embajada hay que ir, como mínimo, un poquito arreglado. En hombres con traje o equivalente. Quedan excluidos de este amplísimo “o equivalente” todos aquellos accesorios que permiten hacer deporte con comodidad. No por ningún tipo de prurito clasista –que, a estas alturas, está completamente de más- sino por una simple cuestión de cortesía. Por esa cosa de arreglarse porque los otros también se han tomado el trabajo de ponerse traje y corbata, que es un poco coñazo, aceptémoslo.
Paso a la recepción: se ha desarrollado en los salones de respeto de la embajada española, situada en la Theresianumgasse número 21, bajo la soñolienta mirada de algunas copias –no malas, pero no espectaculares- de retratos de reyes españoles de los últimos siglos. La jocosa majestad de Isabel II, un Alfonso XII retratado en el salón del trono del Palacio de Oriente con mirada joven y romántica, una Maria Cristina enlutada, con la expresión desabrida de las mujeres que tienen todas las puertas del corazón cerradas al placer. Todos han contemplado el ir y venir (más el venir) de unos cuantos cientos de personas que, aunque compartían la misma ansia por el canapé gratis de una tropa de jubilados del IMSERSO, apenas compartían nada más.
A estas fiestas hay que llegar cortesmente impuntual. Porque llegar a la hora que pone la invitación es, queridos y queridas, indicio fehaciente de que estás ansioso por echarte al coleto los vinos del embajador. Y eso, siempre está feo. Yo he llegado cuarenta minutos tarde. A la entrada de la recepción estaba nuestro representante con su señora, estrechando las manos de los asistentes. Tras un saludo cortés, me he dado una vuelta por los salones. Eran cuatro. En el más escondido, había una larga mesa con bandejas llenas de canapés. Estaba invadido por una pequeño ejército de golosos que comían a dos carrillos.
Detalle de la mesa llena de viandas

En el siguiente salón, un camarero aborigen, con cierta displicencia, servía copas de vino español –tinto y blanco: ambos de calidad mediana- y zumo de naranja Happy Day con el tetrabrick encima de la mesa. La cosa iba de rancho, pues. Había un salón con un piano que era el segundo más frecuentado –a pesar de que no había nada de comer- y por último un salón amarillo con una chimenea, una librería llena de libros viejos –ni siquiera de mérito, estaban ahí por la encuadernación-, un tapiz, y una reproducción infame de una anunciación. Lo mejor, la alfombra.
En los salones, de bote en bote, pululaba una masa heterogénea de personas. Primer criterio de separación: la edad. Los más mayores éramos los residentes permanentes. La loca juventud eran los Erasmus (respeto la terminología, aunque ya las becas de la Unión no se llamen así). Dentro de los Erasmus también había divisiones. Estaban los normales: chicas particularmente. Se les notaba la normalidad en que no llevaban el complemento indispensable de las pijas: ese cinturón con dijes, abalorios o “falsas moneas” que centellean tanto cuando una mueve las caderas. También se distinguían en que se les veían los ojos: las pijas se ponen unos flequillos –rubios malamente teñidos- que les tapan la vista y las condenan con más seguridad que un burka a tener problemas futuros de visión. En ellos, la cosa también estaba clara: los pijos iban con jersey –marca Fred Perry, en muchos casos-, la camisa por fuera –del jersey y del pantalón, pero a qué aclarar lo que todo el mundo sabe- y también lucían flequillos. Los Erasmus pijos más golfos hacían piña en la ventana del salón amarillo para violar la normativa que prohibe fumar en los lugares públicos. Sacaban la cabeza por la ventana y ya estaba. Cuando la reunión ya llevaba dos horas de funcionamiento, y nivel de alcoholemia había subido, se ha corrido la voz del fumadero y se han formado unas colas dignas de una operación salida de Semana Santa.
La cosa, dentro de que ha sido más bien sosa, ha tenido algo bueno: no hemos hablado (casi) de la crisis. Hoy, la bolsa vienesa ha suspendido su actividad a las doce de la mañana por el batacazo. Bendito sea Dios. Dónde estarán nuestros ahorros.
Un grupo de Erasmus españoles haciéndose fotos con la bandera rojigualda, igualito que si acabaran de coronar el Anapurna.