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Despega como puedas
para mi madre, que tiene cabeza cuando los demás la perdemos
29 de Noviembre  Diciembre.- Ayer, sentado en el avión, pensaba yo: “Paco, estate quietecito y callado que, si en Detroit han hecho un aterrizaje forzoso porque han visto a un tipo de comportamiento extraño y pinta sospechosa, puede ser que tú hoy no llegues a Viena”.



Retrocedamos.





28.12. 2009.Interior. Tarde. 14:25. Paco lee un libro tirado en su habitación mientras su madre, como es su costumbre, mira el teletexto en el salón.


Madre: Francis.
Hijo: qué mamá.
Madre: tu vuelo, ¿Cuál es?
Hijo: (si quitar la vista del libro): El 35xx de Iberia.
Madre: ¿Y a qué hora sale?

Hijo: A la seis y media, ¿Por...?

Madre: Porque aquí pone que sale a las 15:40

Hijo:(Pálido): ¡Qué me estás contando!

Madre: Lo que oyes.

Hijo: Pues tiene que estar mal, porque yo...(salta de la cama).


Paco llama por teléfono a la central de reservas en donde le confirman que se ha equivocado. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan.



14:27.- Hijo (pálido como un muerto –por el susto y por la convalecencia de la gastrointeritis): ¡Mamá, llama a un taxi!



14:29.- Madre e hijo están en la calle con las maletas, esperando un taxi que tarda en venir. Los minutos se deslizan lentos y pesados como un desfile de tanques.


Madre: Ay, Señor, este taxi que no viene.

Llega un Vecino Simpático.


V.S.: ¿Qué tal? ¿Vas o vienes de Vie...?

Madre: Pues mira, que nos acabamos de dar cuenta de que...(le explica el problema).


Paco empieza a ponerse de un tono sospechosamente verde. El estómago le empieza a dar punzadas. Sudoración. Respiración dificultosa. Ligero mareo.




14:41.- Viene el taxi. Se le explica la cuestión. Gracias a Dios toca un taxista animoso.


Taxista: Tú tranquilo, que a menos cinco estás tú en la T-4 y coges el avión.


Paco, moribundo, se deposita en el asiento de atrás del taxi. Su madre está, si cabe, más atacada que él.



14:45.- El taxista pisa el acelerador pero tiene que detenerse al llegar a una salida especialmente atascada debido al frenesí consumista navideño.


Taxista: Me cago en tó...Pero tú tranquilo, que ahora cogemos el peaje y recuperamos, ¿Eh?


Paco empieza a sentirse como una parturienta a punto de echar al mundo una criatura. Por el zipizape que tiene en la zona abdominal bien podría ser. Repasa sus últimas andanzas sexuales. Respira tranquilo. No. Lo ha hecho siempre con protección.


El momentaneo atasco se disuelve. El taxista encara una carretera de peaje. Los adefesios que ha propiciado la burbuja inmobiliaria desfilan a toda velocidad por las ventanillas.



14:50.-Taxista (en el mismo tono que un entrenador de fútbol americano de película explicando un placaje): ¡Tú ahora, a los mostradores de Iberia! ¿Eh? No pierdas el tiempo que, media hora antes de que salga el vuelo, cierran los mostradores.


Paco sólo es capaz de emitir un ligero sonido parecido a un ayyyy. El estómago le hace burrrp burrrp.



14:55.- Terminal 4 de Barajas. Paco recupera fuerzas para reptar fuera del taxi, abrir el maletero, sacar el equipaje y lanzarse hacia el mostrador de Iberia. Largas colas (aún más largas le parecen por el apuro). Dos agradables miembros del personal de tierra de la aerolínea le orientan a las máquinas de autochek-in. La madre de Paco ya se sube por las paredes. Paco, si tuviera fuerzas, también lo haría.



14:57.- Con la tarjeta de embarque y el pasaporte entre los dientes, Paco y su Madre acuden a los dos Agradables Miembros del Personal de Tierra que, sin cambiar de expresión, le dicen que espere una cola eterna. Paco se hunde en la más negra desesperación. Por suerte una Agradable Miembra del Personal de Tierra (distinta de las anteriores) le indica la zona de Business. Paco asalta el emporio de los Ricos y Famosos y, sintiéndose Darek (el ex de Ana Obregón, con quien comparte hechuras, blanca dentadura, rubia cabellera y musculaturas varias) le da un empellón a un ejecutivo especialmente imbécil y pone sus maletas en la báscula.


La Agradable Muchacha del Mostrador : pues ha tenido usted suerte de que el vuelo vaya con retraso, que si no, se hubiera quedado en tierra.


Paco piensa seriamente en saltar el mostrador y darle un beso de tornillo. Por suerte, se contiene. A estas alturas, suda a chorros, la adrenalina le sale por las orejas. Debe de estar pálido como el papel. Pero la maleta (loado sea Dios) ya va camino de Viena.


Paco: Corre mamá, que no llegamos al control.


Ante los puestos policiales, despedida emotiva (pero exprés) de Paco y de su Madre.


Haciendo el striptís acelerado que exigen los modernos controles aeroportuarios, Paco se lanza al detector de metales que, por suerte, no detecta nada que implique un retraso.



15:07.- Pájara. Paco, de pronto, no puede con la vida. Embarca en la puerta H2 (una de las del fondo fondísimo de la T-4) va por la serie J de puertas cuando las fuerzas le fallan ¿Llegará? ¿No llegará? ¿Romperá aguas antes de llegar al paritorio?



15:10.- Paco llega a la puerta de embarque más muerto que vivo, con la boca como un zapato, la ropa desordenada, sudando a chorros como si se hubiera duchado con la ropa puesta. Delante de él una pareja austriaca se hace carantoñas (concretamente un beso cada dos pasos).



Lo último que piensa antes de ocupar su asiento (el 23D, pasillo como a él le gusta) es en una escena de un libro de Primo Levi en el que explicaba cómo había tenido que sufrir para aguantar en Auswitz 14 horas de trabajo con disentería.

De pronto, entiende a Primo Levi perfectamente.

1969: un año transcendental en mi vida (y eso que no había nacido todavía)
De Viena a la Luna
para mi abuela María, in memoriam

13 de Julio.- Hasta el momento en que dejó de preocuparle, mi abuela nunca creyó que el hombre hubiera llegado a la luna. Le parecía increible que aquellos tres americanos, protegidos de las radiaciones exteriores por trajes blancos, y montados en un rudimentario trasto que provocó un incalculable derroche de energía, hubieran alcanzado esa pelota polvorienta que vemos todas las noches.
A mi hermano, que es un guasón, le gustaba irle con el cuento:

-Abuela, abuela.
-Qué, hijo.
-Mira lo que dicen, que el hombre ha llegao a la luna.

Mi abuela chasqueaba la lengua y, si era verano, se daba golpecitos con el abanico en la falda del vestido negro y movía la cabeza antes de decir:

-Poco modorros que estáis vosotros.

Mi hermano sabía que mi abuela había entrado al trapo y, por oirla, le preguntaba:

-¿Y eso?

Mi abuela, cargada de razón:

-Pues porque a la luna no se puede llegar. Cuanto más te acercas tú, más se aleja ella.

La noche del 20 de Julio de 1969, Televisión Española emitió la película Pillow Talk, que diez años antes habían protagonizado Doris Day (por cierto, de ascendecia vienesa) y Rock Hudson. Un peliculón para la época y el digno prólogo de un acontecimiento histórico. En un momento dado, TVE interrumpió las tontunas intrascendentes del film para conectar con la señal de la NASA. Jesús Hermida, entonces corresponsal de TVE en los Estados Unidos, comentó para la boquiabierta nación aquellas imágenes borrosas de lo que entonces parecía la mayor gesta de la Humanidad desde que un genovés ambicioso había cruzado el Atlántico en tres barcos de cabotaje.
Mi abuela seguramente no vio las imágenes hasta mucho tiempo después. No tenía tele. Hacía cosa de un año que se había quedado viuda. Eran tiempos duros. Mi padre acababa de volver también del servicio militar y se estaba planteando emigrar a Madrid. En el pueblo no había futuro. La industria local se reducía a una fábrica de fideos (hoy un bonito hotel, que visité años más tarde) y, fuera de eso, quedaba el campo; lo cual, para quien no era dueño de las tierras, sólo significaba una vida al límite de la subsistencia para morir viejo, gastado, y con unos ahorros míseros en una cartilla.
Probablemente, mi abuela escuchó la transmisión del acontecimiento en una radio con coraza de bakelita color vainilla y negra (el dial es rojo escarlata) que yo tengo en Madrid. A la luz de una bombilla cubierta por una pantalla de tela, rodeada por el denso silencio de la noche veraniega, sólo roto por el canto de los grillos (unos animalitos que están presentes en la literatura desde Homero).
¿Qué pensó? Con el miedo que tenía a todo lo que se moviese a más de diez kilómetros por hora, debió de estremecerse. Sin el fondo visual que tenemos nosotros, ¿Cómo se imaginó el cohete? ¿Estaría mi padre con ella? Es un periodo de su vida que conozco mal. Sé que, antes de asentarse en Madrid definitivamente (en 1970, lo sé porque estuvo presente en el nacimiento de su sobrina mayor, mi prima Y.) hizo un primer intento, durante el cual trabajó, en condiciones inhumanas, en una fábrica de productos de caucho. Debió de ser por aquella época.
Hoy, rememorando estas cosas, he pensado que, si mi padre no hubiese decidido mudarse a Madrid durante aquel incierto año de 1969, quizá mi vida hubiera sido totalmente distinta. En cualquier caso, hubiera sido mucho menos probable que yo, su hijo, hubiera terminado viviendo en Viena. Así es: somos rehenes y producto de decisiones tomadas en nuestro nombre cuando ni siquiera somos un proyecto (mis padres no se conocieron hasta 1973).
Así visto, quizá mi viaje a Viena comenzó al mismo tiempo que la conquista del espacio.