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La simpática cantante María Dolores Pradera (foto: www.google.es)


Redes



19 de Octubre.- Ayer, mientras estaba sentado en el Akakiko que hay enfrente del Austria Forum, me acordé de María Dolores Pradera. No es extraño, estando como estaba en un restaurante chino.


Maria Dolores Pradera me ha gustado desde niño. En secreto, casi. Porque en mi casa se reían de mí (no era normal que me gustara esa música, supongo). Pero a mí me encantaba aquella señora. Me parecía (y aún me parece) que tenía una gran unción cuando cantaba aquellas canciones cuyas letas tenían una extraña música, cautivadora, llena de perfume.


Luego, en los noventa, descubrí que Maria Dolores Pradera es una mujer que, a pesar de su aspecto de sacerdotisa griega, tiene muchísimo sentido del humor. Fernando Schwarz y Javier Pradera Jr. la entrevistaron en Lo Más Plus y yo me reí muchísimo escuchándola contar cosas que, como en el caso de las historias de Chavela Vargas, si fueran mentira merecerían ser verdad. Luego, lo que son las cosas, Maria Dolores y yo compartimos técnico de sonido (aunque La Gran Dama de la Canción no lo supo nunca) así que aproveché para preguntarle un par de cosas a propósito de ella. Me la describió como una abuela afable y algo corta de vista, lo cual no hizo sino aumentar mi simpatía por este mito viviente–tengo muchísimos discos suyos-. Yo también tenía que salir al escenario sin gafas y, si no fuera exagerar, diría que sabía dónde estaba mi luz más por el calor que porque distinguiera los detalles. Porque yo, queridos lectores, sin gafas estoy como un topo.


Desperdicié la única oportunidad que he tenido de escucharla en directo, una tarde en el patio del Conde Duque. Mi amor de entonces y yo teníamos cosas mejores que hacer (puede ser que reconciliarnos de alguna riña reciente). Vaya por Dios.


Fue este amor quien, indirectamente, hizo que, cada vez que entro en un restaurante chino, tararee Amarraditos (qué belleza). Andaba siempre mal de pasta, pero tenía un ojo infalible para encontrar las mejores relaciones calidad-precio.


Fue así como descubrí el mejor restaurante chino de Madrid


Este restaurante, si aún existe, se encuentra en lo que fue un bar para taxistas en el aparcamiento subterráneo de la Plaza de España. El plato más caro creo que vale cuatro euros (o valía, entonces) y, como el local es tan canijo, siempre hay que esperar. Te sientan a la austriaca (o a la china). En cuanto hay un sitio libre. Con lo cual, compartes mesa con muchos desconocidos –chinos, que van por lo rica que está la comida- o españoles –que van por eso y porque los precios son invencibles-.


¿Y cómo se relacionó la señora Pradera con los restaurantes chinos? Pues fue así: hace dos años, mi primo N. y yo, que nos conocimos aquí en Viena, coincidimos –casualidades de esta láif- en Madrid durante una única jornada. Quedamos la Puerta del Sol, me parece recordar. Y, como me sucede con él y a él creo que también le pasa conmigo, fue vernos y empezar a partirnos el pecho de risa. En la FNAC de Callao la cosa ya fue por demás. Los dependientes debieron pensar que nos habíamos tomado alguna sustancia, porque (aún se me saltan las lágrimas al recordarlo) nos paramos los dos delante de un expositor con cds de Raphael y Maria Dolores Pradera (mis dos mitos de cabecera) y, al decir yo en alto que la señora esta era muy simpática, a mi primo, por misteriosas razones, le dio un ataque de risa que me contagió. Total, que llorando a carcajadas, nos tuvimos que apoyar el uno en el otro.


Nos dio hambre, y entonces fue cuando le llevé a aquel restaurante de la Plaza de España del que hablaba más arriba. Compartimos mesa con unas oficinistas que escucharon incrédulas la historia de nuestra amistad. Nos reímos juntos como si las hubieramos conocido desde el jardín de infancia, e incluso compartimos un espectacular plato de ternera con pimientos (fresquísimo todo, procedente del cercano mercado de Los Mostenses).


Mi primo y yo pagamos la irisoria cuenta y salimos al frío de la Gran Vía y continuamos pateando aquellas calles durante lo que fue, seguramente, uno de los días más intensamente felices de estos últimos años.
Porque Penélope también habla alemán

Sonrisas y lágrimas: Los Abrazos Rotos (1/2)
10 de Agosto.- El viernes, tras una larga espera, vi por fin Los Abrazos Rotos, de Pedro Almodóvar. Desde el principio lo digo: no es tan redonda como Volver pero, aún así, es una película muy estimable. Por decirlo en pocas palabras: en cinco minutos de LAR hay más cine que en toda la producción americana industrial del año pasado.
Y me quedo corto.
La verdad es que la impaciencia me comía. Desde que se estrenó el día 19 de Marzo, había envidiado a aquellos que la habían visto. Lejos del centro de los acontecimientos, había seguido con muchísimo interés la polémica que estalló entre Carlos Boyero (santón –ahora- de El País) y el propio cineasta.
Fue así: tras asistir al estreno en Cannes, Boyero escribió que LAR le había parecido una película insufrible y que se había marchado antes de que terminase la proyección. Almodóvar saltó por varias razones que se le alcanzan a cualquiera. Primeramente porque El País es su periódico de cabecera (como el de toda la gente guapa de su generación). Incluso en Los Abrazos –primera secuencia- se menciona al diario y, posteriormente, Lluis Homar y Penélope Cruz lo leen en un momento crucial del argumento. Supongo que Almodóvar vio este ataque como un directo bajo la línea del cinturón. No hay que descartar, asimismo, el móvil pecuniario. Almodóvar es, como Lola Flores, como Madonna, como tantas figuras del espectáculo, la marca de la cual come una centena larga de personas (una marca que le da jugosos beneficios a su propietario, por supuesto, y que le ha convertido en un hombre con los riñones –los dos- más que razonablemente cubiertos).
El Almodóvar-empresario se cabreó muchísimo por lo que las críticas de Boyero pudieran perjudicar a la recaudación de la película;ya se sabe que, el que te toquen la caja, no mola.
El País, que tampoco está pasando por sus mejores momentos, vio quizá una oportunidad de reflotar su maltrecho crédito periodístico (y sus ventas, por qué no) y cerró filas en torno a Carlos Boyero. Como epílogo, Almodóvar llevó su rebote a su blog (está enlazado a la derecha, quien quiera puede leerlo).
En fin: después de ver la película, uno puede decir que, en Cannes, el juicio de Boyero se nubló o bien que, como es humano y, por tanto, propenso a la mala baba, aquel día acudió a La Croisette con la crítica ya escrita (en España hay cierta manía por machacar el éxito internacional de un compatriota).
De todas maneras, un hombre (Boyero) a quien sus seguidores someten a la tortura semanal de hacerle opinar (y pontificar) sobre temas tan dispares como la deconstrucción del gazpacho por Ferrán Adriá, la crisis periódica del Real Madrid o el concepto de urbanismo que tiene la municipalidad de Barakaldo, tiene derecho a marrar algún tiro de vez en cuando. Aunque sea un tiro de cierta importancia como este.
Mi parecer es que, en diez años, de la crítica de Carlos Boyero no se acordará ni el camarero que le puso los dos güiskazos que se tuvo que tomar para superar la decepción de Cannes –si la sufrió-. Sin embargo, de la película de Almodóvar nos seguiremos acordando todos. Tormentas en un vaso de agua.
Yendo al turrón: Los Abrazos Rotos tiene muchísimas virtudes y algún defecto que lastra considerablemente el resultado final.
Entre las primeras, los actores. Almodóvar escribe unos guiones difíciles, cada vez más abigarrados, con frases que sólo alguien que haya estado mucho tiempo encima de un escenario, o bien que tenga cierta impudicia natural, puede decir sin caer en el ridículo más espantoso. Lluís Omar está estupendo –y es un actor al que yo le tenía especial manía desde La Mala Educación-, Penélope Cruz está como no hay que explicar y Blanca Portillo –que, si no me equivoco, simultaneó Hamlet (haciendo de Hamlet, por cierto) con el rodaje- está también genial.
Y qué decir de los secundarios, a los que Almodóvar mima porque sabe que soportan (en el sentido más arquitectónico del término) toda la estructura de la película. Angela Molina, en diez minutos escasos que la redimen de relativo olvido en el que ha estado durante los últimos tiempos. Lola Dueñas (el papel de la lectora de labios es, sin duda, uno de los aciertos de la película); Tamar Novas e, incluso, el jovencito de Los Serrano se olvida de su responsabilidad en el aumento de la humedad ambiental y actúa. Que eso sí que es un logro, por cierto.
Las aventuras de la hija de Magda


20 de Septiembre.- El próximo martes, Romy Schneider hubiera cumplido 70 años. Con este motivo menudean los reportajes en las revistas en los que se muestran fotos de los profundos ojos azules de la belleza centroeuropea más personal de los años 60. Hija de la también actriz Magda Schneider, Rosemarie Magdalena Albach, nombre auténtico de Schneider, nació en 1938 en lo que entonces era Alemania, pero más tarde volvería a ser Austria. En 1955 hizo su debut en el cine, y dos años más tarde, bajo la dirección de Herbert Von Karajan, hizo de narradora en la versión que el director grabó de Pedro y el Lobo, de Prokofiev.
La fama internacional le llegó, como todo el mundo sabe, con las almibaradas películas de Sissi, en las que dio vida a la emperatriz austriaca más famosa. Las cintas se cuidaban, eso sí, de maquillar la verdadera personalidad de la Kaiserin, que venía de una familia de enfermos mentales (su primo Luis II de Baviera, al que le dio por los castillos, por poner un ejemplo). No se aludía, por supuesto, a su anorexia, ni a su afición excesiva por el deporte, y se pasaba muy por encima por la conflictiva relación de pareja que tuvo con el Kaiser Francisco José (interpretado por Karl Heinz Böhm, que aún vive y se dedica a atender su propia ONG africana).
Entre 1958 y 1964, Romy Schneider mantuvo una relación sentimental borrascosa con el actor francés Alain Delon. Bajo su influencia, Schneider hizo un buen número de buenas películas en el país transpirenaico. Tras separarse de él, Schneider tuvo su primer intento de suicidio. En 1966 se casó y, en diciembre de ese año, dio a luz a su primer hijo, David Christopher. En 1975 se separó de este y se casó con su joven secretario. En 1977 tuvo a su segunda hija, Sarah Magdalena.
En 1981, se separó de su marido y falleció tragicamente su hijo, a los 14 años. Poco despues del estreno de su última película, La paseante de Sans Souci, su compañero de entonces la encontró muerta en su apartamento de París.
Se había muerto la mujer, pero sobre todo se había muerto Sissi. Ella era para siempre la cara de Austria, la dulzura del imperio. La personificación para japoneses de un pasado que no existió nunca.

Mejuto el pérfido
Mejuto y Martos

17 de Junio.- El hombre más odiado de Austria se llama hoy González (Mejuto, aquí su link wikipédico,gracias hermano), que fue el árbitro del encuentro que no mandó a la selección austriaca a casa –porque ya estaba en ella- pero que la sacó del campeonato de Europa a pescozones (jolinetes).
Como no podía ser de otra manera, dada la calaña que se junta en estos eventos, hubo reacciones patanescas ante esta derrota. Parece ser que en el distrito 1, Judenplatz y por ahí, así como en Praterstern, grupos de iracundos aficionados aborígenes olvidaron los buenos modales más elementales y, acogiéndose a la ley de Linch y encomendándose al espíritu de Fritzl, decidieron darle una buena soba a cuanto Piefke se encontraron a su paso. Vuelo de sillas, vuelo de mesas, vuelo de botellas. Vuelo de todo tipo de artefactos en principio no voladores. Veinte detenidos. Una lástima.
Esta noticia tan importante para el futuro del país ha desplazado de las portadas a otras de mucho más calado. Como por ejemplo, que los médicos austriacos hicieron huelga ayer para protestar por la reforma sanitaria que pretende impulsar el gobierno bicolor capitaneado por Gusembauer; o que, debido a la explosión de los precios del petróleo y las materias primas agrícolas (cereales, principalmente) la inflación ha sido la más alta en Austria desde el lejano 1993. Asimismo, los periódicos conservadores, siempre atentos a las presuntas sevicias del canciller socialista y sus ministros psicópatas, preparados siempre a mostrarle a la ciudadanía inocente que Gusembauer es un lobo estalinista con piel de cordero socialdemócrata, resaltan que ayer hubo un cambio de poderes en el SPö, que modificó su jefatura.
Yo, la verdad, me encuentro ajeno a estas cosas: las aventuras de Gusembauer, dado que no le puedo votar, ocupan un lugar relativo de mi atención, y tampoco vi el partido (la falta de interés por el fúmbol es uno de mis principios más arraigados, y no es cosa de abandonar los principios a mi edad).
De preocuparme, me preocupa la inflación, pero poco puedo hacer para evitar sus consecuencias. Así que, tras hacer diligentemente las tareas de mantenimiento de mi vivienda, me senté con un puñado de kikos suministrados por mi amable T. y, dando vueltas por las cadenas españolas, me encontré con que, en Canal Sur, ponían o echaban un programa especial en el que Rafael Martos, más conocido como Raphael, explicaba su vida.


Soy un gran fan de Raphael, y ayer, viendo las viejas grabaciones, volví a reconfirmarme en mi culto. Si Raphael hubiera sido americano, no hubiera tenido rival. Quizá Sinatra. Porque Raphael es un estilo. Y hoy en día ya no surgen cantantes como él, porque todo está sujeto a la dictadura de la corrección y de la grisura. En un panorama trufado de grupos de melodías más bien tontainas, voz femenina/masculina ligeramente nasal y nombre gramaticalmente uniforme (artículo, sustantivo, complemento: “La oreja de Van Gohg”, “El sueño de Morfeo”, “La quinta estación”, “El canto del loco”...) no hay sitio para monstruos escénicos como el diestro de Jaén.

El famoso video del Chiquipam

A la figura artística de Raphael le han hecho daño dos cosas: una, los imitadores; que han tomado solo la parte más superficial de su estilo (esa manía de aflojar bombillas) y dos, que Raphael, para su desgracia, fue prisionero inevitable de una época de España. Cuando Franco muere, Raphael fue uno de los miembros más brillantes de esa diáspora que llevó a las estrellas del desarrollismo a hacer las Américas porque aquí no se comían un colín, asociados como estaban al antiguo régimen (los ejemplos de este éxodo son multitud: Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Lola Flores...).

En el show de Ed Sullivan, por si alguien no se lo creía

Pero antes, ya había cantado, en los años sesenta, en el Madison Square Garden de Nueva York ante un entregado público de 48.000 personas, había actuado en el Show de Ed Sullivan, con una audiencia de varias decenas de millones de telespectadores, llenado estadios de fútbol, plazas de toros, hecho películas. Y había sido el primer cantante español que había obligado a su público a sentarse a escucharle. Un acontecimiento histórico. Una serie de conciertos de dos horas y media en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Las cifras de Raphael son abrumadoras: ha vendido cincuenta millones de discos en todo el mundo y hay canciones de él que son parte de nuestra memoria. Raphael es un tótem. Y yo, uno más de sus rendidos admiradores.

Josep Pla en 1917, más o menos cuando empezó a escribir El Cuaderno Gris

Acogiendo a pobres huérfanos

31 de Mayo.- Durante mis últimas vacaciones en España, mi padre, que es un hombre muy práctico, me amenazó con hacer una buena hoguera con los libros (varios cientos) que tengo almacenados en su casa; idea que apoyó mi compañía en ese viaje, que ve con preocupación como mi casa de Viena va llenándose, en un lento goteo, de libros. Esta idea, de echar al fuego los volúmenes, como el Ama de Don Quijote, les viene a ellos porque no se dan cuenta de que, quemando un libro, queman el último vestigio de la memoria del que lo escribió. Un libro es una conversación. No entienden que, para un buen lector, un libro es algo más que un objeto útil; mi compañía se ríe de mí si me da pena ver un libro tirado por la calle, y lo quiero recoger -hoy mismo, al pasar por el Naschmarkt me ha tenido que agarrar del brazo para que no fuera a rebuscar en una caja de volúmenes viejos que alguien se había dejado abandonada-. A mí me duele que alguien abra un libro demasiado -la encuadernación sufre- y, si alguien tirase mi biblioteca -hoy dispersa en dos ciudades del mundo separadas por dosmil kilómetros- estarían matándome más de un poco. Porque cada libro es un momento de mi vida. Pues bien: hasta ayer, creía que yo era raro -una rareza más. Pero resulta que, ayer, me alegré muchísimo, porque, leyendo "El cuaderno gris", de Josep Pla, me topé con este párrafo escrito hace más de noventa años y que suscribo TOTALMENTE:
"Aprovechando un poco de frescura dejada atrás por la última tormenta, he ido al mas. He pasado dos o tres horas mirando papeles y revolviendo cajones. He confirmado lo que ya suponía: el poco afecto de mis antepasados por la letra impresa. He encontrado tres libros viejos: las "Fábulas" de Esopo en una edición con grabados al boj, violentos y burdos; la Gramática catalana de Ballot en la edición de 1814 y unos ejemplares de los Diálogos de Luis Vives.
He encontrado también unos libros de bachillerato y de la carrera de mi padre y de tío Martí, y unos cuarenta kilos de libros de misa que pertenecieron al señor Esteve Casadevall. Nada. Modestia aparte, es un hecho que yo, a mis veinte años, he comprado más libros de lectura que las diez o doce últimas generaciones de mi familia. No sé si este hecho es muy buen síntoma para la buena y sensata marcha de la propia institución familiar. Quizá tiene razón la tía Lluïsa cuando, viéndome llegar con "otro" libro, no puede dejar de decir:
-!Lástima de dinero...!"
Este párrafo me ha hecho particular gracia, porque la frase de la tía Lluïsa la he oído yo, dirigida a mí mismo, miles de veces. Y aún hoy, cuando compro un libro viejo -por ejemplo mi hermosa edición inglesa de "El Robinsón Suizo", un libro que me apasionó en mi niñez, y que debe ser no más nueva de 1910- resuenan en mis oídos las palabras de mi abuela María (q.e.p.d.) que, al verme llegar con libros de segunda mano, movía la cabeza, y decía siempre:
-Con los libros esos, un día, vas a terminar cogiendo el sidra...
Si alguien quiere leer el libro en el idioma que se escribió, puede consultar el link que he colgado en la lista de enlaces. Esto será particularmente placentero para mis lectores catalanoparlantes, que podrán disfrutar del mejor Pla en su versión original.
P.D.: Por cierto, gracias, amigo Pobre, por el link y por el día de hoy, que he pasado muy felizmente.
Inmaculada Galván (foto: EL PAIS)
Inmaculate Connection

10 de Abril.- Hoy hay una segunda entrada en VD, principalmente because I worth it, que va dedicada, especialmente, a mis lectores madrileños (perdón el resto). Y es que he leido en la edición digital de EL PAÍS que (tía,tía,tía) ¡Inmaculada Galván se va de Madrid Directo! Tras quince años en antena, diciendo cosas como :

-Tenemos a Tábata en Las Barranquillas, ese supermercado de la droga.

para pasar sin despeinarse al :

-¿Su hija hace la primera comunión? En Madrid Directo le contamos como ahorrarse unas pesetillas.

Inmaculada se da el piro porque una nueva dirección ha decidido guiar los contenidos del programa hacia una línea más acorde con el Mundo Feliz de Esperanza (Aguirre).
A tomar viento los contenidos denuncia, a la porra los supermercados de la droga ¿Quién quiere hablar de propietarios abusadores? ¿A quién c*ño le interesan las ancianas timadas? ¡Eso no pasa en el Madrid del PP! ¡Viva el espíritu lúdico!
Ay, lo que te voy a echar de menos, Inmaculada, amor de mis amores, dueña mía, qué me hiciste. Las tardes que me has alegrado mientras yo planchaba en la oscuridad del invierno viení y tú le sacabas lustre hasta al reportaje más ratonero sobre la semana gastronómica de La Rioja en Villanueva del Pardillo. Ese rollito amor/odio que tenían contigo esos reporteros echados a las calles matritenses, de los que tú te burlabas sin piedad, pillastra, más que pillastra. Porque, si reporteros había muchos, Inmaculada solo hay una: la Galván.
Dicen que eres un bicho, Inma,amor, cariño mío, pero yo creo que tú, como las grandes, eres una profesional que vives para no perder la calma, porque esa es la esencia del Directo, del buen Madrid Directo: no pestañear así se venga el mundo abajo.
Almodovariana
17 de Febrero.- A veces, en los recovecos de las conversaciones, surgen recuerdos, frases, cosas que uno piensa que había perdido, pero que encuentra de pronto, como ese Euro que aparece de repente en un bolsillo y que te alegra el día. Ayer, durante una conversación, empezaron a salir escenas de Almodóvar de la chistera del recuerdo. Como hoy es domingo y toca vídeos, y coincidiendo con que Almodóvar rueda una película, aquí dejo algunos de tus momentos favoritos de la filmografía del machego más universal (con permiso de Sara Montiel, of course)
El monólogo de la Agrado en todo sobre mi madre:




Chus lampreave en "La Flor de mi secreto"



El modelito de la señora



Volver, a volver:

La actriz estadounidense Ava Gardner
Memorias de un hombre raro
Bella,/no te caben los ojos en la cara,/no te caben los ojos en la tierra.

29 de Noviembre.- Aprovechando que estaba en el Instituto Cervantes para devolver unos libros (es impagable la paciencia que tiene conmigo esa institución, por cierto) me llevé a casa dos de Fernando Fernán-Gómez. El primero, uno de mis favoritos, como ya dije (El viaje a ninguna parte) y el segundo, la segunda mitad de sus memorias “El tiempo amarillo”, que abarcan desde 1943 a 1987. He leido el libro en menos de dos días. Porque, a pesar de ser un tomo escrito con un estilo moderado, es la historia entretenidísima de una persona que se consideraba a sí misma un fracasado. Pero sobre todo, yo creo que FFG era un hombre raro.
Una vez, caminando por el monte, le pregunté a mi amigo O., psicólogo, cómo sabían los de su oficio si una persona estaba en sus cabales. O sea, si existía algún tipo de baremo para medir la salud mental.
Su respuesta fue, al mismo tiempo, descorazonadora, pero de sentido común. Me preguntó: Paco, ¿Tú crees que estás loco? Y yo: pues no. Y él: pues más o menos si tú crees que eres normal (y quien dice tú, cualquier hijo de vecino) es que estás normal.
Existe sin embargo lo que yo llamo “El clásico caso del loco perfectamente integrado en la sociedad”. Son personas que se encuentran en una zona gris que no es locura ni cordura. Personas que realizan las tareas de su vida de una manera supuestamente normal pero cuya percepción de las cosas no encaja en esa campana de Gauss en la que se sitúa la media más anodina de la población.
En ese sentido FFG era más raro que un perro verde. Un hombre que se guardaba los excesos para los escenarios, que tenía miedo de casi todo el mundo. Con aristas imprevistas de ternura y de sensibilidad que salen en sus memorias, por ejemplo, cuando cuenta cómo conoció a Ava Gardner durante una noche de juerga con Frank Sinatra y Lola Flores.
Fueron al piso de esta última y Ava se sentó a emborracharse con contumacia. FFG se le quedó mirando como quien contempla la encarnación de un sueño y entonces Ava, inexpresiva, se dirigió a él en inglés. FFG, conmovido, intentó hacerle entender que de la lengua de Chéspir no tenía ni idea, y entonces Ava reclamó los servicios de un traductor.
Ansioso, FFG aguardó su veredicto. Dijo el traductor:
-Que dice Ava que si tienes ganas de joder ahí tienes a mi señora que siempre está dispuesta.
(Hay que aclarar que Ava Garder tenía la lengua de un descargador de muelle del puerto de Rangún)
Las memorias de FFG no son profesionales stricto sensu, pero tampoco son personales. Parecen más bien una recolección de recuerdos, no todos dulces, más que el testimonio de una persona que conoció a tanta gente importante. Pero siempre con esa percepción extraña, esa manera personal de unir los puntos del dibujo de la realidad para encontrar un diseño distinto. Raro, vaya.
La polvera de Lola

La niña finge un toro de jazmines/ y el toro es un sangriento crepúsculo que brama.

20 de Noviembre.- Ayer leí que Fernando Fernán Gómez está ingresado en La Paz desde hace tres semanas. Y lo primero que me sorprendió fue que, en España, ese país en el que se levanta acta hasta los ciclos menstruales de las famosillas, una noticia como la de la enfermedad de FFG se les haya pasado a los alcachoferos. Un caso de respeto así ya es, desgraciadamente, inaudito en los medios españoles.
Con FFG es como si hubiera enfermado uno de los árboles más frondosos del mermado bosque de las letras españolas. Sin duda, no es un gran escritor, porque FFG no fue nunca por el camino de los inventos. Pero Fernán Gómez es, también sin duda, uno de los jubilados con más oficio del país. Deja para la literatura, por lo menos, dos monumentos impresionantes: “Las bicicletas son para el verano” y “El viaje a ninguna parte” que es uno de los libros más divertidos del pasado siglo XX. Un libro en el que, como en todas las obras de calidad, se ríe en la primera lectura para llorar en la siguiente a causa de lo que se había reido. Y como actor...Qué decir: FFG es el último gran mito de esa generación de actores de después de la guerra civil que siempre hacían de sí mismos pero a los que uno no se cansaba de ver. Quizá Florinda Chico sea la última superviviente de esa casta de grandes. Los mejores papeles de FFG le llegaron con la edad, como a Paco Rabal, y estaba absolutamente inmenso en “La lengua de las Mariposas” y hacía llorar en “Todo sobre mi madre”. Dicen de él que es un profesional que, entre toma y toma, no para de ensayar. Y es autor de esa grandísima frase que define, a mi juicio, mejor que ninguna otra, el oficio de actuar: “A los actores nos pagan por esperar”.También es autor de una recopilación menor de anécdotas teatrales que se llama “Aquí sale hasta el apuntador” que yo tenía por ahí y se me ha perdido en uno de estos viajes (desgraciadamente).

Fernando y Lola

En ella, sale la famosa anécdota, repetida hasta la saciedad y atribuida a diversos personajes (Me viene a la memoria Bernard Shaw, por ejemplo). Creo recordar que, en el libro de Fernán Gómez, son Valle Inclán y una hermosa actriz cuyo nombre permanece en el anonimato:
Se acerca la actriz al insigne dramaturgo:
-¡Maestro, maestro! Vaya éxito que hemos tenido, eh?
-No nos podemos quejar.
-¿Se imagina que tuvieramos un hijo usted y yo? Tan inteligente como usted y tan hermoso como yo.
Valle se queda mirándola y luego dice:
-El problema sería si sale tan feo como yo y tan tonto como usted.
También creo recordar que sale la famosa anécdota de Jacinto Benavente y el General Mola (seguramente falsa). Va Jacinto por la calle y se cruza, en una acera estrecha, con el General. Se produce la duda de quién pasará primero y, como ninguno de los dos parece decidirse, dice Mola en voz muy alta:
-¡Yo no cedo el paso a maricones!
A lo que don Jacinto contesta sonriente:
-Pues yo sí.
Y se baja de la acera.
De mi cosecha añado yo alguna: durante el franquismo, los actores, llamados cómicos, seguían siendo unas personas medio marginales y de moralidad no del todo cristalina. Tanto es así que, en muchos establecimientos, les estaba prohibida la entrada. Uno de estos locales antivicio era el hotel Palace de Madrid. James Stewart –personaje nada sospechoso- acudió a la capital a promocionar una de las películas suyas inmediatamente posteriores a la guerra mundial. Rellenó el formulario ante el estirado recepcionsita y, en la casilla de profesión, escribió “actor”, con lo cual, se le notificó amablemente que tendría que buscarse otro sitio para dormir. Stewart, impertérrito, preguntó entonces si la regla regía también para militares. Pálido, el recepcionista negó con la cabeza, y entonces Stewart pidió un lugar para cambiarse. Llevaba en la maleta (cosas raras de estos americanos) el uniforme de coronel de cuando había servido en la guerra. Se lo puso, y quedó el problema resuelto.
Hay otra muy divertida, y con esta termino, de Lola Flores, el Pescaílla y Cármen Polo. Baila la Faraona en La Granja y, al terminar la representación, entra la señora de Franco al camerino para felicitarla. Sonriente, con toda su grasia y su poderío, Flores agradece los cumplidos. Polo le ofrece a la Faraona un regalo,¿Una polvera, quizás? Lola no sabe lo que es una polvera, y mira a la dama con cara de póker. Luego, se vuelve hacia su marido:
-Antonio, ¿Una polvera?
Y el Pescaílla, sin quitar la vista de lo que está haciendo, dice:
-Un catre, Lola, un catre.



LMG

Del fondo de mi alma oscura/ van hasta ti mis dolores/ como una sarta de flores/ en empobrecida blancura.

9 de Noviembre.- Ayer , mientras N., y yo nos tomábamos una cervecita, estuvimos hablando de esto y de lo otro y llegado un momento, salió el tema de Rocío Jurado (entre otros, tengo ese post de cine español pendiente). Los españoles tratamos mal a nuestros monstruos sagrados. Y a mí no me cabe duda de que Rocío Jurado era uno de esos talentos que se dan una vez cada siglo. Hay muy pocas personas que, con el tiempo, se ganen el derecho a usar el artículo determinado delante de su nombre. Pocas. La Jurado era una de ellas. Estaban todas y, además, la Jurado. Jugaba en una liga distinta.
Uno no puede dejar de preguntarse qué hubiera sucedido si Rocío Mohedano hubiera sido americana. Probablemente hoy sus hijos serían unas personas riquísimas (o un poco más de lo que son ahora) y sus grammys se subastarían en Sotheby´s.
Con Rocío Jurado se alcanzó, por un lado, la perfección de un género (la copla) y, por otra parte, ella es el puente que llevó la canción melódica española hacia otros terrenos que otras cantantes más ortodoxas, o más endeudadas con el género, no hubieran nunca explorado. Rocío Jurado limitaba al norte con la balada romántica y al sur con un magma flamenco, caliente y aromático, que teñía cada una de sus interpretaciones de un desgarro personal. Si a esto le añadimos una cuidadosísima puesta en escena de cada una de sus canciones (historias perfectamente redondas y reconocibles de dos minutos y medio) y una enorme habilidad para explotar sus limitaciones y convertirlas en virtudes, tenemos todos los ingredientes del genio.
Como Lola Flores, otro fenómeno de la naturaleza, la Jurado trabajaba mejor sola. Los dúos sólo conseguían que el otro cantante (generalmente más convencional) palideciera ante semejante torrente de verdad.
Porque en esto del arte, como N, y yo hablábamos a yer, esa es la única receta mágica. Todo lo falso envejece y muere; todo lo bonito, más tarde o más temprano, se convierte en cursi. Sólo la verdad consigue pasar las aduanas del tiempo, porque sólo la verdad conecta con lo inmutable que todos llevamos dentro.





Y Rocío Jurado era verdad. Era sexo de verdad (o su manera de entender el sexo), era amor de verdad (o su forma particular de entender el amor) era tristeza y desgarro de verdad. Y eso es impagable.
Antes de irme de España, cuando la Jurado estaba ya muy enferma, su casa de discos de siempre (CBS) sacó una recopilación fascinante que, a pesar de serlo, estaba destinada a ser carne de taxista y radiolé. Se llamaba “Señora” y pretendía ofrecer un panorama (escasito) de lo que había sido la carrera discográfica de la señora Mohedano y, por qué no, prolongar un poco la rentabilidad del producto Jurado antes de que el cancer terminara con él.
Ahí estaba, para quien quisiera oirla, la canción del fuego fatuo, de Manuel de Falla, cantada con un amor por el detalle, fraseada con tanta delicadeza, que la convertía en una pieza única. También están en esos dos discos las canciones de toda la vida, las que cantan los travestis, las que tararean los albañiles subidos a los andamios, las que se gritan en las borracheras de las despedidas de soltero, las que han alcanzado el honor de convertirse en la voz del pueblo. Interpretaciones mil veces imitadas pero que la Jurado recreaba siempre, en cada escenario, apoyada en el piano, con un clavel en la mano. Un rojo, rojo clavel.
Los últimos años de la Jurado fueron tristes. Tras los últimos noventa, no volvió a ser la misma. Quizá la enfermedad, o el paso del tiempo. La casa discográfica de siempre decidió que sus discos no eran rentables. Su última grabación, con la sinfónica de Bratislava (un disco curioso en el que la diva y la orquesta no llegaron a encontrarse) fue financiada por un productor mejicano. La más grande hubiera iniciado con él el camino de su retiro por que su voz, a los sesenta años, no era la de siempre.
La Jurado se convirtió en pasto de lenguas más o menos venenosas y se utilizó su cara más superficial para maltratarla durante su camino hacia el cementerio de los elefantes.
Pero la Jurado ha sobrevivido porque es inmortal. Vive en cada una de las personas que han sentido un crujido frío y seco una mañana gris, cuando se han abrazado a alguien; y se han dado cuenta de que se les había roto el amor. De tanto usarlo.