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Reyes sobre hielo



6 de Enero.- En Austria no se estila lo de regalar por reyes. Por suerte, eso sí, el día de la llegada de los monarcas de Oriente es festivo. Hemos aprovechado pues para acercarnos a Burgenland a ver el hielo. Treinta y tantos kilómetros de extensión helada. Una ocasión sin igual para el disfrute de grandes y chicos.

En mi caso, el paseo por esta inaudita extensión gélida se ha reducido a un trotecito de geisha durante varios kilómetros. Eso sí, armado con mi cámara, con la cual he sacado las fotos que mis lectores podrán ver si pinchan aquí. Hoy, me permitirán que se las dedique a mi madre que está afónica, la mujer. A ver si se mejora.

Blanco y verde


21 de Diciembre.- Por fin he tenido tiempo de ponerme con las fotos que hice el domingo. Podrán ver mis lectores que los grandes ríos también se congelan y que los españoles, a pesar de las temperaturas, podemos posar sin que se nos queden pétreas las orejas (para muestra, la foto de este español posando en un lugar que, en verano, frecuenta como su madre le puso en el planeta Tierra.

Por cierto, y hablando de eso: dicen los lugareños que, cuando hay un invierno especialmente frío, como este, el verano se pone insoportable de mosquitos.

!Temblando estoy ya!

(Por cierto, más fotos níveas, aquí)

El reino de hielo

31 de Enero.- Como todos los inviernos, el ayuntamiento vienés ha instalado en la Rathausplatz una pista de hielo para que chicos y grandes se diviertan deslizándose grácilmente (o intentando romperse los meniscos). Se trata de una pista enorme que cruza todos los jardines frente al edificio neogótico y atraviesa los lugares donde, hasta hace nada, como aquel que dice, estaban los puestos del mercado de navidad.
Para que los mas chicos de la casa se adiestren en el tema del patinaje sin peligro de que los mayores les atropellen, hay una pista separada para ellos. Precisamente en ella, he hecho esta foto a estos cachorrillos debutantes en el deporte de las cuchillas.

Las pistas atraviesan los jardines, como ya he dicho más arriba. Para regular el ordenado tráfico de los patinadores, siempre con riesgo de accidentes por la velocidad o la inexperiencia de algunos, hay también un grupo de guardianes con unos petos azules en los que pone, curiosamente, Steward.

Los patines se alquilan, no hace falta traérselos de casa; pero si uno no quiere patinar, puede también castigarse las transaminasas o el colesterol consumiendo las contundentes especialidades invernales que garantiza la cocina local.


Yo estoy pensando volver manana, después de trabajar, porque el sitio es el paraiso de un fotógrafo aficionado. Para quienes quieran disfrutar de más imágenes, pueden pasarse por la cuenta de flickr.

El director de la Ópera de Viena, Herr Ioan Holender en una rueda de prensa reciente. Algo hace pensar en sus últimas declaraciones que no era el dedo índice precisamente el que le apetecía levantar (foto: www.wienweb.at)
Dudas de perro antiguo
25 de Enero.- Todos los años, por estas fechas, empieza la campaña para publicitar el baile de la ópera. Se trata de buscar algún escándalo con morbo que anime un poco la algo raída costumbre de ver bailar el vals a esas filas de niñas que aún quieren ser princesas.



La cosa viene a ser como en los combates de Wrestling: esas peleas en las que tipos en calzoncillos de colores fluorescentes se dan golpes que parecen titánicos y que luego no son para tanto.


El año pasado, como recordarán mis lectores, la cosa fue que Dominic Heinzl fue y se puso que Alfons Haider cobraba un pastón por presentar el evento (aquí se llama a eso “moderar” como si el presentador tuviera que mediar en una discusión entre cocodrilos sedientos de hemoglobina).


Mi Alfons Haider no dijo está mund es mía y, como viene haciendo durante los últimos catorce años, se puso el traje de faena (el chaqué reglamentario), empuñó el micro, entrevistó a la invitada de Lugner -¿Una mujer desesperada?-, al presidente de la República (acompañado de su charmante Gattin), se echó un baile con la encantadora Barbara Rett(qué me gusta a mí cómo modera esa mujer) y luego se fue a su casa en el distrito siete con varias decenas de miles de Euros en el bolsillo.


Pues bien: este año, Dominic Heinzl no puede protestar porque está en la ORF aunque, en un país tan amante de las jerarquías como es este, tendrá que conformarse con ser el lugarteniente de Haider.


Para caldear el ambiente, nos hubiera quedado la organizadora, esa mujer cuyos apellidos soy incapaz de recordar porque son un amasijo informe de consonantes (de rancio abolengo, eso sí). Pero, la verdad, una vez superado el estrés del primer año, la buena señora parece que ha aprendido a nadar y guardar el bañador de Chanel, por lo cual no se puede esperar de ella ninguna declaración más alta que otra.


Así pues, los caldeadores de ambiente de guardia de esta edición del Baile de la Ópera han sido Alfons Haider y Ioan Holender, el director del augusto coliseo del Ring que, a su edad provecta, setenta y cuatro castañas, puede decir casi lo que sea sin que llegue la sangre al río (los que estén de acuerdo con él, le vitorearán como al toreador de Bizet y los que no, pensarán que está chocheando como viejo de una ópera italiana).


Así pues, pónganse a cubierto mis lectores que empieza el tiroteo:


Alfons Haider en Wilkommen Österreich, sobre poco más o menos: “Qué alegría que por fin se retira el viejo profesor rumano de tenis” (por Holender que emigró de Rumanía en los años cincuenta: unos años antes que Valerio Lazarov ¡Qué grandes nombres ha dado la intelectualidad rumana al entretretenimiento internacional!).


Holender en el semanario de aparición dominical Profil: “No puedo con Haider; a mí me gustaría que el baile de la Ópera lo retransmitiese alguien de la calidad de Armin Wolf” (una especie de Iñaki Gabilondo local) y ya metidos en harina “La ORF hace una transmisión aburrida del baile”, “No cambian los emplazamientos de cámara desde hace quince años”.


Lo malo de todo esto es que, salvo la evidencia de que los que lo organizan están más vivos de lo que podrían hacer pensar las poses estereotipadas que exhiben ante los fotógrafos, a la gente normal el baile de la ópera le importa bastante poco una vez se desvela quién será la starlet que traerá Lugner. Bueno, salvo a la pandilla de activistas algo trasnochados que hoy como ayer y como siempre, intentarán atascar la Ringstrasse y reventar el acto haciéndose polvo las cuerdas vocales a base de gritar que otro mundo es posible.


Uno, que ya es perro viejo (bueno, maduro) tiene sus dudas.

Contra el mal de la cabaña
24 de Enero.- Cuentan que, para la famosa escena de la bota de La Quimera del Oro, Charles Chaplin se inspiró en un suceso real. Lo que los pioneros del salvaje oeste llamaban el mal de la cabaña. Debido a los largos meses de reclusión invernal, los mineros enloquecían y les daba por matarse los unos a los otros. Como, a pesar de lo bajo de las temperaturas, uno no desea estar expuesto a que eso le pase, se ha calzado los calzoncillos largos (que no invitan al amor fogoso, pero que abrigan un rato largo) y se ha lanzado a las colinas que rodean la ciudad a recorrer aquellos lugares en que fue felicísimo en verano: los viñedos en donde se cultiva la variedad local de uva que produce el famoso Grüner Veltliner.

Hacía mucho frío, pero durante la marcha no se notaba. En la imagen sobre estas lineas, las parras, desnudas después de la vendimia de final del verano, esperan la resurrección de la primavera (que a ver si llega pronto, leche, que está uno de nieve hasta las narices).

Qué, que el Paco es un exagerao y no es para tanto el frío, no? Pues aquí un carámbano como un puño de gordo. Precioso en foto, pero peligroso si te cae de un sexto piso (yo me salvé el otro día de puro milagro de perecer o quedar malherido de un carambanazo en la cabeza).

La nieve se deposita también en las ramitas de los árboles. Aquí unos de las cercanías de la antena de Bisamberg la cual, después de muchas décadas en activo (desde antes de la guerra mundial) y después de haber desempeñado un papel fundamental durante las últimas guerras yugoslavas, va a ser demolida la próxima semana. Por cierto, es la edificación más alta de Viena. Más que la Donauturm.

Cuando los colores están reducidos al blanco y a las variedades infinitas que puede ofrecer el pardo, mola cuando se ven más colores. Aunque sea en un anuncio. Este publicita las ricas verduras locales.

Nieve hasta donde la vista alcanza. Árboles congelados. Silencio. Frío. Cuervos que graznan de felicidad. Eso es el invierno en Viena.

Las bayas tampoco se salvan de la nieve, ofreciendo un bonito contraste de color. Estas bayas, por cierto, son un alimento insustituible para los pájaros que pasan el invierno en la capital y tienen muchísima vitamina C.

Estas puertecitas, como de una aldea de hobbits son las bodegas en las que ahora mismo, el mosto se está transformando lentamente en el vino que beberemos en la próxima primavera. Las colinas de alrededor de Viena son lo que queda del fondo de un antiguo mar prehistórico. La piedra es muy fácil de horadar y por eso resultan el lugar ideal para guardar las barricas de vino.

Nieve de nuevo
6 de Enero.- Los Reyes han traído las alforjas de los camellos llenas de nieve. Hasta cuarenta centímetros se esperan y ochenta en algunas partes de los bosques de Viena. Yo he hecho algunas fotografías que son el preámbulo de la que se avecina. Estas fotos son del distrito tres. Concretamente de las cercanías de la Kunsthaus de Viena, adonde he estado haciendo una cosa que contaré mañana...



Tras esto, y cumpliendo con un grato deber, he estado en Bruck an der Leither, en Burgenland en donde he caminado (y casi me he roto una pierna) por la zona de maniobras militares que hay en esa localidad burgenlandesa.