
*(Qué pena, Alemania, que todo se ha terminado)
Sus elecciones profesionales, demuestran sin embargo que de tonto no tiene un pelo y que conoce exactamente sus límites. Nadie puede imaginarse a Mister Ford haciendo un Shakespeare –daría risa, como en el caso de Mel Gibson- así que nuestro amigo es un buen fajador que lo mismo te hace de ejecutivo que cambia de vida (“A propósito de Henry”, esa peli que parece escrita por Michael Landon desde el más allá) que de espadachín interestelar con la profundidad de un BigMac.
Por otra parte, Karen Allen, su compañera en este último Indiana Jones –no creo que a nadie le hayan quedado ganas de hacer el quinto- era, en “Raiders of the lost ark” (En busca del arca perdida) el prototipo de chica simpática, pimpante y resultona. Debo decir con dolor que los años han confirmado lo que ya se preveía en su mocedad: sí, queridos lectores del mundo: las décadas no perdonan y a la pobre Allen se le ha puesto culete de pañal.
Ayer vi “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” con un sabor de boca agridulce. Por una parte, me divertí mucho, porque es una película muy entretenida (vamos, las dos horas se me pasaron en un suspiro). Pero, para que sea así, no hay que ir buscando una gran obra maestra del cine, y mucho menos comparar con las antiguas. Son ligas distintas.
Por otra parte me dio pena, francamente, ver a Harrison Ford y a Karen Allen intentando ser divertidos, juveniles y elásticos como Antonio Banderas en estas chorradas que hace para pagarle la silicona labial a Melanie Griffith.
En las primeras escenas, particularmente, Harrison Ford parece un indigente: la barba de tres días, la cara abotargada y mate, y un vestuario que hace que te retuerzas de dolor. Pero sobre todo, un detalle que eleva exponencialmente la congoja: a muchos ancianos se les va descolgando poco a poco la quijada, y no pueden mantener la boca cerrada del todo. A Harrison Ford se le cae la quijada como al sexagenario que es y, el notarlo en los primeros planos, te hace reflexionar sobre cuán fugaces son las glorias mundanas y cuánto y cuánto se estropean los cuerpos (aún los más gloriosos).
Eso sí: pasada la impresión de ver a tu héroe poco menos que con principio de Alzheimer, y a la otrora restallante Marion Ravenwood convertida en la compañera de residencia de Sofia Petrilo, la peli funciona fenomenal. Como un cómic de lujo. Aunque el aspecto visual no esté tan cuidado como en otras películas de Spielberg (hay un racord de luz en las primeras secuencias que tumba, por ejemplo), se ve una dirección artística competente y hay trozos que dan miedo.El guión no da para muchas alegrías fuera de las derivadas de los mamporros y las persecuciones –Spielberg sigue haciendo las escenas de acción como nadie- y la inclusión en el reparto de un John Hurt prácticamente irreconocible, parece un intento de repetir el toque británico que tanto dio de sí vía Sean Connery (aquí, psché).
Kate Blanchett, melena tipo paje, mono enterizo, es la reina Isabel I de Inglaterra disfrazada de cosaca. O sea, que se confirma que la gama interpretativa de esta chica da para cuatro mohínes y medio, que lo mismo le valen para hacer de regia vencedora de armadas invencibles que de espía bolchevique. Pero como la cosa es un tebeo, ya digo que tampoco pasa nada. Shia le Boeuf está fenomenal y, a su cargo, están los momentos más divertidos de la película (aunque también los más chorra, en la línea del Antonio Banderas infantil de que hablábamos antes).
Los efectos especiales: muy bonitos cuando son artesanales. Con tendencia al colorín cuando son de ordenador. Es un poco como aquella horterada de bicho que puso George Lucas en la primera de las películas nuevas de la guerra de las galaxias para demostrarlos que él tenía la CPU más larga que Rocco Sifredi. Pues en ese plan. Los directores deberían pensar que el ordenador está para que no se note que lo has usado y que los colorinchis ácidos envejecen fatal.
La calavera está llena de autoparodias –muy de agradecer-, citas para iniciados –despepitantes- y, sobre todo, de un aroma a viejo cine de aventuras que te hace darte cuenta de que los años también pasan para ti (Ay, esas arenas movedizas que salen; esas lianas, mein Gott). Cuando la peli se termina y suena la fanfarria de John Williams, uno no puede evitar que le asalte la nostalgia.
Yo me acordé del primer Indi que vi en el cine: el del templo maldito. Fue en el cine Castilla (hoy, salón de bodas). Fui con mi hermano y con mi padre, que nos compró un paquete de caramelos Chimos (chimos es, es un agujero/rodeado de buen caramelo) que cayó antes de que la película empezase. Todavía mi hermano y yo seguimos repitiendo líneas de diálogo de esa película que los dos hemos visto cienes y cienes de veces –juntos y por separado- y que, junto con “Sonrisas y lágrimas” es uno de nuestros greintes jís.
“¿Es usted Willie Scott, la famosa cantante?”
“Oh, sorbete de sesos de mono ¡Delicioso!”
“Y nos robaron... ¡la Shivalinga! del poblado “(en esta, al decir lo de la Shivalinga, y hacer el gestillo que hacía el indio, todavía nos descojonamos, porque mi hermano y yo somos muy mitómanos y nos gusta hacer el chorra a partes iguales)...
¡O tempora, o mores! La música de John Williams sonó ayer casi casi como entonces.
A por ellos, weise von Hortaleza
Para los que hayan seguido desde aquí la transmisión del partido por la ORF y hayan podido entender el locutor, la cosa ha tenido una gracia añadida: el locutor de nuestra cadena pública, tan seriecito él, ha traducido todos esos motes que el Marca le pone a la gente, al alemán. Así, Luis Aragónes –acentuado así- ha sido llamado por el locutor austriaco, Der Weiseman von Hortaleza (El sabio de Hortaleza) y Torres, el inefable Tores, ha sido conocido como Das Kind. Un primor.
En fin: Oé oé oé (y van cuatro). Ya estoy al pelo de un calvo de llevarme los cuartos de la porra de mi empresa. A ver si es verdad.
A pesar de las aberraciones que la dictadura hitleriana acometía cada día, a pesar de la deportación masiva de seres humanos, a pesar de que la gente veía a la policía llegar de madrugada y arramblar con personas y bienes, a pesar de que se obligase a los judíos a fregar las calles o a llevar emblemas humillantes, ningún ciudadano respetable alzó su voz. Avanzado el proceso de degradación del sistema, no pudieron, claro, porque las libertades daban sus últimas boqueadas. Pero durante el proceso de instalación de aquel gobierno infernal, en las primeras fases , cuando parar la barbarie aún era posible, la gente de la calle no dijo ni mú. Los periódicos salían cada día, los enamorados paseaban por los parques, las madres preparaban la merienda de los niños, los barrenderos limpiaban las calles, la gente se tomaba su cerveza en los bares y allí no pasaba nada.
Tu tío se preguntaba por qué, y acusaba a los alemanes de entonces –y a los miles de austriacos que recibieron a Hitler tan contentos hace setenta años- de flojos o de cobardes. Pues bien: durante esta última semana me lo he explicado todo. Nadie dijo nada, Ainara, por la sencilla razón de que todo el mundo estaba, más o menos, de acuerdo. Se percibía a los judíos y a los marginados de todas las clases como seres ajenos al cuerpo sanísimo y puro de la sociedad. Gentes que perturbaban la vida de los ciudadanos normales.
La cosa estaba clara: si estos elementos perturbadores existían, algo había que hacer. Y, con eficacia germánica, se abordó la tarea: sería desagradable, pero, al fin y al cabo, no duraría siempre.
Salvando TODAS las distancias, un fenómeno parecido se está produciendo en tu país que es el mío.
Es triste pero no creo mentir si digo que España se ha convertido en un país racista de la peor especie: de la que lo niega. Estando yo aún en España, cuando se suponía que las vacas económicas tendrían una gordura de duración indefinida, eran varias las compañeras mías de trabajo que se escandalizaban del sistema de puntos que, en la práctica, daba prioridad a los inmigrantes ( por tener rentas más bajas) en la elección de colegios y comedores escolares–por supuesto, las chicas que les cuidaban los niños eran sudamericanas a las que les pagaban cuatro perras-. No es raro ver anuncios de alquileres y ventas en los que se pide a los inmigrantes que se abstengan de llamar. Incluso, ayer leí que la mayoría de los habitantes de la comunidad autónoma más desarrollada de España estarían de acuerdo en restringir a los inmigrantes el uso de determinados servicios sanitarios. Si el gobierno actual aprobase una norma semejante, puedes estar segura de que no habría manifestaciones en las calles. Quizá, durante los dos o tres primeros días, algunos columnistas chinchosos protestarían, pero, pasada una semana, entraría en vigor sin ningún problema.
Es de temer que, ahora que empieza el verano, se repitan las imagenes de todos los años. Seres humanos medio muertos, a bordo de precarias embarcaciones, llegados a las playas llenas de turistas cuya máxima aspiración es conseguir un bronceado uniforme. El domingo mismo, mientras la selección española hacía olvidar a nuestros compatriotas que no podrán llegar a fin de mes, un grupo numeroso de personas intentó escalar la valla que separa Ceuta del resto de Africa.
Ainara, la inmigración es un drama que exige, y ya, que se tomen medidas contundentes. Pero no del tipo estado policial en que la UE amenaza con convertirse. La mejor manera de acabar con la inmigración ilegal es proporcionar un futuro a las personas en sus países de origen. Hay que invertir en desarrollo, en educación. Hay que dejar de mantener las tiranías que sojuzgan a millones de personas y que no son más que intermediarios entre las poderosas economías del norte y las frágiles formas de subsistir del sur. Y no es caridad, Ainara. Será, si es, inteligencia. Nos estamos jugando nuestro futuro.
Si la Unión Europea quiere demostrar que no es una coartada para que las multinacionales puedan seguir adquiriendo mano de obra más barata cada día , es imprescindible regresar a la tradición humanista e ilustrada que es lo mejor de nuestro patrimonio común. Porque quizá, cuando el dinero sea incapaz de parar la invasión de personas sin recursos llamando a las puertas del supuesto paraíso, será tarde. Cuando el agua escasee, cuando las selvas estén esquilmadas, cuando haya –que ya los hay- millones de personas sin nada que perder, quizá sea tarde Ainara.
Todo indica, sin embargo, que ese momento llegará porque estamos gobernados por unos inútiles incapaces de ver más allá de sus narices.
Quizá, Ainara, los de tu generación consigáis hacerlo mejor. Los de la nuestra estamos destrozando el mundo con las dos manos.
Besos, hoy bastante descorazonados, de tu tío.
24 de Junio.- Hoy, mientras iba a trabajar, me ha asaltado un pensamiento que me ha erizado los pelos del colodrillo. Mientras el metro iba recorriendo las estaciones cotidianas, me he dado cuenta de que ayer no hubo fútbol.
¡Bendito sea Gott! Y, ¿De qué escribo?
-Podrías, Paco, -me he dicho- escandalizarte mucho por el hecho de que, con la que está cayendo económicamente en España, los resultados de la selección hayan copado las portadas durante los últimos dos días.
-Podría ,–me he contestado- pero sólo serviría para que la gente hiciera zapping: porque, aparte de que hablar mal del gobierno es una ordinariez (aunque se lo merezca), también es un síntoma alarmante de falta de imaginación.
-Pues es verdad ¿Y si hablas del congreso del PP? ¿Eh? El tema está un poco sobadillo, pero se presta al morbo.
-Quita, quita. No tiene interés. Además, nada de política internacional; Viena Directo, ¿Me has oído? ¡Viena di-rec-to!
-Ya, ya, claro...Pues entonces...No sé. Porque en Viena ahora, salvo el calor y el fútbol, no pasa nada.
-Algo tiene que pasar, Paco, algo tiene que pasar: estrújate el cerebro.
-!Ya lo tengo!
-A ver si es verdad.
-Ayer leíste en el Heute que vendían la Noria del Prater. La de El Tercer Hombre. Es un tema chulo, oder? De Viena, supertradicional, con su punto pintoresco...Si me apuras, hasta culto de fardar. Puedes incluso meter de capón la cita esa de los relojes de cuco y la democracia
-Pero eso, ¿Da para un folio?
-Joé, qué exigencias,¿Y por qué tienes que escribir un folio todos los días.
-Porque un escritor tiene que estar siempre al pie de la pieza de artillería. Pero, sobre todo, porque hay mucha gente que me lee y cada día vienen buscando su articulillo.
-Anda ya !Pero si luego no te dejan comentarios!
- Algunos, los más valientes, sí que lo hacen, lissssto. Pero los otros no porque son gente modesta, a la que no le gusta figurar; lectores finos, inteligentes, versados en todo tipo de materias...El tipo ideal para un escritor cosmopolita y agudo, como yo.
-Tú hazme caso. Lo de la Noria. Escribe sobre la Noria. Ya verás como les mola.
-Y dale otra vez la mula al carro. Bueno, venga, va: vamos a ensayar: “Madrugaba el conde Olinos, mañanita de San Juan...”
-¿Y eso? Qué tendrá que ver la poesía esa con la noria del Prater.
-Qué día es hoy.
-Veinticuatro.
-Y ¿Qué día fue ayer?
-Veintitrés.
-Ecco. San Giovanni. Las hogueras, la noche mágica. Hay que empezar con una cosa que, al principio, no tenga nada que ver. Para romper el hielo.
-Vale, aceptamos barco. Pero al grano.
-Pues un consorcio inglés, el mismo que es propietario del museo de cera de Madame Tussaud, quiere comprar la gran noria del Prater, que tiene ya más de un siglo de antigüedad y que, sorprendentemente, no es de propiedad pública, sino de un ciudadano común y silvestre. Los ingleses quieren revitalizar el negocio de la noria, un poco mortecino, por cierto, colocando figuras de cera de personas conocidas como Ronaldo, Nuria Bermúdez o Dagmar Koller.
-¿Nuriaber?
-Era para ver si estabas atento.
-La vena esa maruja que tienes habrias de mirártela.
- Pues ya se acabó el folio.
-A ver si ahora dejan comentarios.
- Eso, eso, a ver ¡Ay, qué dura es la vida del escritor!
-Más larga y más dura es la del elefante.
-Eso también es verdad.
-Mañana más.
-Si Dios quiere.
Por suerte, la colonia española en Viena no es tan numerosa como la turca y pudimos dormir tranquilos. El viernes, tras el partido, se celebró en Viena el día del orgullo sarraceno (que, en algunos lugares, acabó a sopapos debido a que los croatas también tienen su pundonor). Música atronadora a las tantas de la madrugada, cláxones. Los hinchas de la patria de Ataturk no se dieron ocasión para el descanso. Eso después del partido. Antes, una muchedumbre vestida de rojo y blanco ya había tomado los transportes públicos.
Hoy, por cierto, se han visto las primeras banderitas españolas en los coches –porque el triunfo inmediatamente genera adhesiones- e, incluso, ayer a las once y media de la noche, mi amigo H.,aborigen él, poseido por la furia Roja, me llamó para cantarme Qué viva España desde la fanzone (ya que la sofisticadísima coplilla “A por ellos, oé/A por ellos, oé” aún no se la sabe, el angelico).
Naturlich, somos los namber guán de la prensa gratuita, que nos llama toreros y cosas peores. Los rotativos locales también se hacen eco de la desgraciada circunstancia de que en la fanzone la cerveza está al prohibitivo precio de 5,50 euros (incluso, para mayor escándalo, hacen la traducción a Schillings, aunque, gracias a Dios, no dicen eso de “los antiguos Schillings” que, en el periodismo español, es un auténtico cáncer). También hay que decir que las criaturas de la fanzone han tenido que pagar el alquiler de los puestos de birras a unos precios que ponen la piel de pollo, y que la carestía del sector inmobiliario está protegiendo indirectamente el hígado del paisanaje.
Esto del fúmbol tiene además sus consecuencias imprevistas y es que, gracias a Iker Casillas y sus compañeros de equipo, yo he sido una persona un poquito más popular durante el fin de semana. El viernes, desenterré una camiseta de los colores de la bandera nacional, con un ESPAÑA orgulloso en la pechera . Me la había comprado con ocasión del último mundial, en unas rebajas de New Yorker, y me costó como tres jEur o algo así. Ahí ya la gente me miraba raro, porque, como llevo perilla, pensaban que era turco y la cosa no les acababa de encajar (incluso, algún aborigen valiente, me preguntó para saber a qué atenerse). Pero el sábado también me la llevé al Lobau cuando fui a correr y aquello ya fue un no parar de aborígenes saludándome al grito de “Que viva España” , “Olé,olé, olé” u “Hola, hola”. Igual los corredores con los que me cruzaba que los que iban a paso normal. A los camareros de los bares se les ponía una sonrisa de sandía y el público asistente –la mayoría en bolas, porque el Lobau es zona FKK- también prorrumpía de vez en cuando en vítores de lo más racial.
Las sucesivas victorias de los nuestros en esta Copa de la Vida han venido aumentar el peso de lo que yo llamo “el factor país” porque, si ya en principio, los españoles somos para los austriacos esas personas Feurig (fogosas) que yo digo siempre, y la tierra del toro de Osbore, un paraíso de sol, siesta, sangría y olé, esto del fútbol ya hace que seamos para ellos la repanocha. O sea, que parecen decir:
-No sólo es que sean simpáticos, que lo son más que unas castañuelas es que, además, los jodíos, hasta juegan bien al fúmbol.
Y es que ya lo decían las folklóricas, con inspiradísima letra de Toni Leblanc, por cierto:
Si comparas un alegre pasodoble
Con canciones de cualquier otra nación
Verás que en el mundo entero,
Lo que vale es lo español.
(Diga usted que sí).
Milivoj Asner (foto y ficha aquí: Interpol)Sin embargo, no voy a hablar de eso hoy.
Pese a algunas voces críticas que sostienen que sólo canto las excelencias de este país (que las tiene, y a porrillo) hoy voy a contar algunos trapos sucios.
Resulta que un periódico británico (lo llamaremos periódico, aunque se trate de The Sun) ha descubierto, pateando impunemente las calles de Klagenfurt –Carintia- a un señor llamado Milivoj Asner.
En principio un anciano de 94 años, igual a otros simpáticos vejetes que uno puede encontrarse por las calles Klagenfurtenses y de Austria entera. Lo que hace especial a Herr Asner es que es el cuarto criminal de guerra más buscado (de la Segunda Guerra mundial) como sospechoso que es de haber enviado a la muerte en los años 40 a varias decenas de miles de personas (judíos, gitanos, etc) .
Milivoj Asner, que también se hace llamar Herr Doktor Asner, es probable que no pueda ser procesado debido a su avanzada edad; pero es que, aunque pudiera serlo, hoy se ha sabido que goza de la especial protección de Herr Haider, gobernador de Carintia, que considera que el señor Asner es una joyita visigoda (Carintia, su dignísimo estuche);Haider aprecia también a la familia del presunto genocida, a quienes ve como un grupo de personas adorable; y el hecho de que el nonagenario cargue en su conciencia con varias decenas de miles de muertes es, para el gobernador de Carintia, un problemilla menor. Un quítame allá esas pajas (con perdón).
También piensa el señor Haider que Herr Asner tiene derecho a pasar en calma el resto de vida que Dios le dé en el territorio que él administra. Así que nada: utilizando esta prerrogativa, el anciano delincuente asoma el jeto con desparpajo entre los puestecillos que han florecido como champiñones con ocasión de esta eurocopa.
Pero Carintia, gracias a Dios, no es sólo famosa por el bizarro ideario de quien la gobierna y por acoger a criminales de guerra con presunta incontinencia urinaria. Ayer, informaba El País de que el escritor Josef Winkler, natural de un pequeño pueblo de esta región, ha ganado el premio Büchner –el más importante en lengua alemana, dotado con 40.000 Eur- por describir en su obra “Los horrores del catolicismo”. Cito textualmente el titular del periódico madrileño,elaborado sin duda buscando suscitar en la mente del lector poco avisado imágenes de brujas achicharrándose entre las llamas de la hoguera. Cuando uno leía el cuerpo de la noticia, lo que sucedía es que Herr Winker, a través, especialmente, de su trilogía Carintia Salvaje, había puesto en solfa los valores conservadores y cerrados de esta parte de la Austria profunda donde nació y en la que el catolicismo es mayoritario. Así pues, guarning para El País: a veces hay que dejar que la exactitud te estropee un buen titular.
En la foto que tengo de fondo de pantalla en el teléfono móvil, estás sentada, delicada como una flor oriental, la cabeza ligeramente ladeada, mirando a la cámara. Cuando te vi, caí en la cuenta de que ya hace casi un año que llegaste y que, esta correspondencia que voy echando al buzón del tiempo, también cumplirá pronto un año de recorrido.
Durante este tiempo has hecho progresos espectaculares (aunque lo mejor esté aún por llegar, Ainara, cuando empieces a intentar domar al potro salvaje del lenguaje). Has aprendido muchas cosas y, de una manera ruidmentaria, has empezado a desarrollar una personalidad y a expresar filias y fobias. Ya sabemos todos que lo que más te gusta en el mundo es un muñeco, al que tu padre ha bautizado como “Capitán Patito”, que es el remedio mágico para que te eches unas risas. Pero, sobre todo, sobrina, ahora empiezas a desplegar tu enorme curiosidad (que creo que es un patrimonio familiar). Estás empezando a preguntarle al mundo, asombrada, supongo, por la variedad de estímulos que te llegan de él.
Desgraciadamente, esa curiosidad que ahora mismo está empezando a hacer su aparición, en la mayoría de los casos, se va perdiendo con la edad. El cerebro se vuelve perezoso (organicamente, conforme pasan los años, es cada vez menos plástico y más resistente al aprendizaje). Hac epoco, leí en el periódico que toda nuestra vida se desarrolla en diez kilómetros cuadrados, como media. Eso no es nada. Bien pensado, tampoco hemos progresado tanto desde la edad media. Seguimos relacionándonos, primordialmente, con los habitantes de nuestra aldea. Recorremos los mismos caminos cada día, afrontamos las rutinas sin atrevernos a soñar, y eso, sobrina, poco a poco, va matando nuestra capacidad de innovación y, a la larga, se cepilla nuestra inteligencia y la deja para hacer sudokus.
Recuerdo todo el primer año de vivir en Austria como una gran ola refrescante. Todo era nuevo. Me sentía un pionero conquistando una tierra salvaje, luchando contra el dragón de un idioma que, hoy por hoy, no es que se haya vuelto dócil, pero se deja querer. Me descubrí toda una serie de capacidades que nunca hubiera sospechado que tenia. Entre ellas, sobrina, una gran resistencia a la soledad (yo, que siempre me sentí contento siendo un nudo de una red). Descubrí que podía sobrevivir diariamente con cantidades de dinero que antes me hubieran parecido ridículas y que la sonrisa, bien usada, es la más poderosa de las armas cuando la palabra fracasa (en mi caso, al principio, fracasaba casi siempre). Descubrí que, ante la adversidad, soy una nuez. Que tengo la capacidad de replegarme al centro de mí mismo, como las bacterias y los virus en estado de hibernación, como las semillas que pueden aguantar décadas en el desierto esperando la lluvia que no llega. Descubrí que hay un atractivo salvaje en lo desconocido, en ver paisajes que uno no ha visto nunca, en intentar entender costumbres que a uno le parecen demenciales, o ridículas, o graciosas o, simplemente, inescrutables. Poco a poco, sin embargo, las dosis de novedad que mi nueva vida me ofrecía fueron haciéndose menores. Las situaciones límite (como intentar descifrar horarios de trenes o indicadores de metro) se fueron espaciando. Poco a poco, mi radio de acción se fue reduciendo a los diez kilómetros cuadrados de la media. Y desde entonces, sobrina, tengo un hueco en el alma. Echo de menos la sensación de hormigueo, de adrenalina rampante, que me asaltó cuando pisé el aeropuerto de Schwechat el día 11 de octubre de 2005.
Sin embargo, sobrina, la inquietud que tengo ahora no es física. No te asustes. No quisiera viajar a otro país (aunque los grandes desiertos polares me fascinen, quizá porque tengo la intuición de que van a desaparecer pronto). Mi inquietud es espiritual, Ainara.
Desde hace tiempo, siento que hay determinadas cuestiones que me ofrecen sólo una superficie pulida y reflectante, aparentemente perfecta, pero que no he llegado al fondo de las cosas. Un libro que suelo regalar dice que “lo esencial es invisible a los ojos”. Siento, sobrina, que me estoy perdiendo algo esencial. Y esa situación me produce la misma inquetud que tú tienes ahora, de tocarlo todo, de interrogarlo todo, de preguntarte (aún sin palabras) cómo funcionan las cosas.
Tengo sed, Ainara. Aún no sé de qué. Aún es una sensación muy vaga. Pero tengo sed. Quizá de entender el sentido de las cosas, la lógica de la canción del universo. Los misterios infinitos que pueden ocultar diez kilómetros cuadrados.
Besos de tu tío
Como no podía ser de otra manera, dada la calaña que se junta en estos eventos, hubo reacciones patanescas ante esta derrota. Parece ser que en el distrito 1, Judenplatz y por ahí, así como en Praterstern, grupos de iracundos aficionados aborígenes olvidaron los buenos modales más elementales y, acogiéndose a la ley de Linch y encomendándose al espíritu de Fritzl, decidieron darle una buena soba a cuanto Piefke se encontraron a su paso. Vuelo de sillas, vuelo de mesas, vuelo de botellas. Vuelo de todo tipo de artefactos en principio no voladores. Veinte detenidos. Una lástima.
Esta noticia tan importante para el futuro del país ha desplazado de las portadas a otras de mucho más calado. Como por ejemplo, que los médicos austriacos hicieron huelga ayer para protestar por la reforma sanitaria que pretende impulsar el gobierno bicolor capitaneado por Gusembauer; o que, debido a la explosión de los precios del petróleo y las materias primas agrícolas (cereales, principalmente) la inflación ha sido la más alta en Austria desde el lejano 1993. Asimismo, los periódicos conservadores, siempre atentos a las presuntas sevicias del canciller socialista y sus ministros psicópatas, preparados siempre a mostrarle a la ciudadanía inocente que Gusembauer es un lobo estalinista con piel de cordero socialdemócrata, resaltan que ayer hubo un cambio de poderes en el SPö, que modificó su jefatura.
Yo, la verdad, me encuentro ajeno a estas cosas: las aventuras de Gusembauer, dado que no le puedo votar, ocupan un lugar relativo de mi atención, y tampoco vi el partido (la falta de interés por el fúmbol es uno de mis principios más arraigados, y no es cosa de abandonar los principios a mi edad).
De preocuparme, me preocupa la inflación, pero poco puedo hacer para evitar sus consecuencias. Así que, tras hacer diligentemente las tareas de mantenimiento de mi vivienda, me senté con un puñado de kikos suministrados por mi amable T. y, dando vueltas por las cadenas españolas, me encontré con que, en Canal Sur, ponían o echaban un programa especial en el que Rafael Martos, más conocido como Raphael, explicaba su vida.
El famoso video del Chiquipam
A la figura artística de Raphael le han hecho daño dos cosas: una, los imitadores; que han tomado solo la parte más superficial de su estilo (esa manía de aflojar bombillas) y dos, que Raphael, para su desgracia, fue prisionero inevitable de una época de España. Cuando Franco muere, Raphael fue uno de los miembros más brillantes de esa diáspora que llevó a las estrellas del desarrollismo a hacer las Américas porque aquí no se comían un colín, asociados como estaban al antiguo régimen (los ejemplos de este éxodo son multitud: Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Lola Flores...).
En el show de Ed Sullivan, por si alguien no se lo creía
Pero antes, ya había cantado, en los años sesenta, en el Madison Square Garden de Nueva York ante un entregado público de 48.000 personas, había actuado en el Show de Ed Sullivan, con una audiencia de varias decenas de millones de telespectadores, llenado estadios de fútbol, plazas de toros, hecho películas. Y había sido el primer cantante español que había obligado a su público a sentarse a escucharle. Un acontecimiento histórico. Una serie de conciertos de dos horas y media en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Las cifras de Raphael son abrumadoras: ha vendido cincuenta millones de discos en todo el mundo y hay canciones de él que son parte de nuestra memoria. Raphael es un tótem. Y yo, uno más de sus rendidos admiradores.
El ayuntamiento viení ha cerrado una parte del Ring y ha creado una zona para fans con el objetivo, presumible, de tener contenidos a los hooligans meones en el caso de que les dé por hacer picardías.
Antes de llegar a la zona propiamente dicha, hay otra zona entre los dos museos, a los pies de la estatua de Maritere, que tiene este aspecto tan extraño cortejada por las rojas sombrillas de la Coca-cola.
Un aspecto de la multitud frente al ayuntamiento de Viena.







