martes
lunes
Sobre Valencia, empiezan a levantarse las primeras luces de la aurora. Al fondo de la imagen, tras los edificios pensados para un siglo mejor, se ven unas franjas rosas de nubes que juegan a perseguir el mar.
Hoy saldré para Madrid y dejaré este lugar en el que, durante tres días, he sido feliz. A veces, de manera bastante sorprendente. Por ejemplo, debido al reencuentro inesperadísimo con M., al que no veía desde hacía casi diez años y al que me encontré (mejor dicho, él me encontró) mientras me tomaba la primera horchata en esta ciudad. Una persona de memoria precisa y conversación tan hecha y fructífera como un jardín lógico, con quien anoche estuve comiendo apetitosos y humildes manjares que no había probado desde mi infancia. Sangre encebollada, caracoles en salsa picante…
(…)
¿Qué me llevo? De Valencia me llevo las palabras, pero sobre todo las caras. El inmenso paisaje humano que ha desfilado por delante de mis ojos. Caras inteligentes, caras agudas, caras estúpidas, caras hermosas, caras bestiales, caras ávidas, caras curiosas; las caras de los hombres del campo que ayer, en el casino de C., un pueblo del interior, jugaban al dominó golpeando las fichas contra los veladores de mármol. Unas caras gastadas como piedras lamidas por la intemperie. Algunas de una gran inocencia, a pesar de las décadas de bregar con el sol. Otras, animadas con esa inquina que a veces distingue a los agricultores (que son hombres dotados de una singular perspectiva sobre el hecho de la vida, que les hace ver que, a veces, la destrucción de esta o aquella forma del fluido primordial es indispensable para que puedan sobrevivir los seres vivos que interesan a sus fines). En este sentido, el agricultor es el único Dios de su universo.
(…)
Valencia es una tierra exuberante, una tierra joven en la que se tiene la sensación de que las cosas están un poco a medio hacer, sin terminar, en una perpetua y sensual adolescencia. Un lugar en el que sube de la tierra un vigor que, al mismo tiempo que produce vida sin descanso, también hace que esa vida esté torturada por su propia fuerza.
Las lluvias son salvajes y refrescantes. Puede verse como las nubes húmedas se forman en barras verticales sobre las sierras, en cuestión de pocos minutos, preparando el camino del trueno. Las tormentas se suceden sobre las montañas bajas, que forman la frontera con el mar, y tomar el interior como trombas que modelan un paisaje de colores empastados, como los de los cuadros de Cezanne.
Pinos. El verde metálico de las hojas de los naranjos, la dulzura un poco áspera de los nísperos, que caen, maduros, de los árboles, y revientan en el suelo impregnándolo de dulzor.
(…)
Hoy, saldrá el tren hacia Madrid. Recorreré La Mancha, sembrada de molinos de viento que juegan a rentabilizar el aire caliente. Abandonaré la lluvia, el fuego, y el verdor. Pero Valencia quedará en mí como el sabor dulce y oriental del Barrechat.
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Paco Bernal
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Etiquetas: Notas de viaje
sábado
17 de Mayo.- Arquitectónicamente, Viena es famosa por esto:
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Etiquetas: arquitectura, Imagenes
miércoles
Me voy de vacaciones hacia el sur. Hacia la España de mis amores. Durante los próximos diez días, el ritmo de publicación de VD se ralentizará un poco. Aunque dejo preparadas algunas cosas que irán saliendo durante estos días, además de las que yo contaré desde la Península.
Sin embargo, para que entretengáis las neuronillas, os voy a dejar un par de adivinanzas diabólicas de tema futbolístico (aprovechando lo de la Eurocopa, que no todo son crímenes en Austria).
Quién las acierte, como siempre, se llevará un bonito obsequio de la tierra de los valses, que le enviaré a mi vuelta.
Allá van:
La primera es facilita:
¿Por qué a los austriacos les gusta tanto la ciudad de Córdoba?
Y la segunda, quizá, es un pelín más complicadilla:
¿De quién es hijo el único chaval austriaco que se llama Jesús?(*)
(*)Hay que aclarar que ponerle en Austria Jesús a un niño es como ponerle Dios en España.
Vuelvo a casa el día 25, así que el 26, a más tardar, daré la solución.
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Etiquetas: Concurso Mensual, Copa de la Vida
Para el oyente que no está atento –o si el compositor es hábil- parece que cada revuelta de la música trae un nuevo paisaje. Pero si uno se fija, en realidad, pasados los primeros minutos de exposición, el resto no deja de ser una repetición, machacar muchas veces sobre el mismo clavo.
Digo esto para disculparme porque, otra vez, voy a insistirte en una de las ideas que más me preocupan: la soledad. Una preocupación que no deja de ser extraña en una persona que, como tu tío, tiende a agregarse, a juntarse con otros, que habla e intercambia opiniones constantemente (por tierra, mar, aire e internet) y cuyo lema podría ser “ven, y dime como vives”.
Con tu padre he hablado muchas veces de este tema: cuando seas mayor, Ainara, llegarás sin duda a la certeza que él y yo hemos ido conquistando: la mayoría de las cosas importantes de tu vida te pasarán a solas. Lo cual no es necesariamente malo, aunque tampoco es que sea como para dar palmas con las orejas. Naciste sola (rodeada de gente, pero eras la única que estaba naciendo). Morirás sola, porque, aunque tengas la suerte de marcharte rodeada de tus seres queridos, nadie podrá acompañarte en el viaje. Probablemente, la primera vez que beses a alguien no será la primera vez de esa persona. O la primera vez que te enfrentes a un exámen difícil, o a una decisión dolorosa o, incluso, la primera vez que te enamores de alguien y seas arrasadoramente feliz.
Todos te escucharemos: la tribu estará a tu lado, te intentará aconsejar. Pero, al final, las decisiones las tendrás que tomar tú y las consecuencias, para bien o para mal, lloverán sobre tu tejado.
Muchas veces, le he dicho a diferentes personas que está en nuestra naturaleza el ser solitarios y que nos inventamos cosas para anestesiarnos de esta realidad tan desazonante, porque nos obliga a enfrentarnos con nuestros límites y nuestras fuerzas. Los más prácticos, se inventan una carrera profesional que les proporciona una sensación artificial de seguridad, o una misión en la vida. Algunos, incluso se inventan la loable tarea de ayudar a los demás y salvar al mundo (o la parte que les toca de él). Pero, a la hora de la verdad, querida mía, todos somos bípedos implumes. Criaturas tan indefensas como cuando, a los seis años, fui a hacerme un análisis de sangre y la enfermera, contundente, le dijo a tu abuela:
-No puede pasar usted. Deje al niño solo.
La puerta del dispensario se cerró detrás de mi, y sólo hubo un grupo de desconocidos amenazadores.
Paradójicamente, sin embargo, esta certeza no nos sirve para intentar tender puentes hacia los otros. Nos es difícil, sobrina. Nos es muy difícil.
Si me permites la metáfora: entre nuestro centro y el centro de las otras islas que nos rodean, parece haber miles de kilómetros, barreras insalvables que nos es tremendamente dificultoso vencer. Y, sin embargo, la única posibilidad de mejorar nuestra situación, de ser un poco más fuertes, de estar algo menos indefensos, es abrir vías de comunicación entre ese espacio de varios centímetros cúbicos que ocupa nuestra conciencia y el exterior. Comunicar, comunicar, y comunicar. Decirle a los otros lo que nos pasa, lo que sentimos, los efectos que lo que nos dicen tiene sobre nuestro ánimo. Y, a la recíproca, mostrarnos lo más abiertos posible a recibir los mensajes de los otros. Porque sobrina: hablar es mucho más fácil que escuchar con atención.
Hablar es sencillo porque es un acto egoísta. A todos nos interesa escuchar cosas a propósito de nuestra propia vida –aunque las digamos nosotros-, pero siempre cuesta más escuchar cosas de la vida de los otros. Cosas que, a veces, ni siquiera se dicen con palabras. En este juego hay que contar siempre con ese claroscuro que forman los silencios y las frases. Las dos cosas forman parte de la imagen tanto como las luces y las sombras que un ramaje proyecta sobre una pared encalada. Enséñate a recibir las palabras de los otros como lo que son: regalos traidos desde distancias enormes, productos exóticos procedentes de las profundidades de ese ser humano que tienes enfrente.
Ten en cuenta siempre que la puerta quese ha abierto para ti, puede cerrarse súbitamente, si juzgas demasiado duramente lo que te dicen, si no eres capaz de ser comprensiva y práctica, si no tienes forma posible de ponerte en el lugar de los otros y pensar que, quien te está hablando, quizá está tan o más perdido que tú.
La mayoría de las relaciones humanas que fracasan, Ainara, fracasan por falta de comunicación. Por falta de esa costumbre de dialogar, de escuchar lo que los otros tienen que decir, de abrir camino hacia los otros desde nuestro interior.
La mayoría de las relaciones que fracasan, Ainara, fracasan porque los dientes fríos de la soledad muerden siempre en la parte más delicada de la carne. Y no hay nada más triste que vivir solo rodeado de gente. Padres que no hablan con sus hijos, hijos que no hablan con sus padres. Amantes que no se comunican. Jefes que no hablan con sus empleados. Todos esperando a que el otro les lea el pensamiento. Y no, Ainara: la comunicación, para nuestra suerte, es una costumbre que se cultiva. Una planta frágil pero posible, para la que hay que crear condiciones adecuadas.
Te veo en unos días, corazón.
Hasta entonces, cuidate mucho.
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Paco Bernal
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Etiquetas: Cada miércoles, escríbeme una carta
martes
Los austriacos, en cambio, se han echado a la calle sin tenerle mayor miedo a esta fecha.
Y es que los aborígenes no son nada supersticiosos y se ríen de ti si insistes en que te dejen la sal encima de la mesa –es un pecado mortal pasarla de mano en mano con el consiguiente peligro de que se caiga- y no entienden el número que montamos los latinos en ocasiones tan trascendentales para el futuro propio y ajeno como el cambio de año (aunque ellos le pregunten a los hados echando plomo derretido en una redoma, o se regalen cochinitos o deshollinadores de juguete).
En cualquier caso, una de las historias que, entre otras, me veo obligado a repetir frecuentemente, es la de los gafes, cuya existencia se desconoce en Austria. Hasta tal punto, que no existe ninguna palabra alemana para nombrar este curioso fenómeno del cenizo (por lo menos que yo sepa). Y eso que los hay reputados (gafes)allí, y seguramente, por estas calles vienesas. Una serie de personas con las que es mejor no relacionarse para no tentar a la suerte. Como cierto presidente de la República Argentina, que hacía que perdiese su selección siempre que se sentaba en el palco del estadio, o cierto cantante español, al que sólo se puede nombrar por sus iniciales –jota pé- y que es fama que, en cuanto te pone el ojo encima, te expone a un atropello mortal por un tren de mercancías o al desahucio de tu casa por no poder pagar las letras al banco.
(Esta superstición del gafe viene seguramente de nuestro pasado musulmán, de esa creencia en una energía común a los seres vivos llamada baraka, que las tribus bereberes que invadieron la península nos dejaron tras su paso. De ella derivan también otras curiosas expresiones españolas. Como por ejemplo “tener ángel” o “tener mal ángel” (o serlo), como se dice de la gente dotada de una energía particular en uno u otro sentido. En el caso de los cantaores de flamenco, a esta capacidad de influir en el ánimo ajeno, de comunicar, se la llama “tener pellizco”).
-Pero ¿Y el gafe sabe que es gafe?-preguntan asombrados los ciudadanos indígenas.
-No, hombre. Bastante desgracia tiene el pobre, joé. Eso es muy grave y no se dice. Lo sabe la gente a su alrededor y se va corriendo la voz.
-O sea, que no es oficial –dicen ellos, como queriendo significar que lo que no es oficial y, por lo tanto, no homologable, no existe.
-No imprimen camisetas, no.Tampoco es una cosa para ir presumiendo.
-¿Y qué puede hacer para dejar de ser gafe?
-Pues hombre, no sé. Para el mal de ojo se compra una cruz de Caravaca, pero para el cenizo...No sé, la verdad. Creo que no tiene remedio.
En mi etapa teatral coleccioné muchas supersticiones. No porque tuviera especial miedo de la mala suerte, sino porque me parecían divertidas. Por ejemplo: en el teatro nunca se debe coser en el escenario o hacer punto, o vestir de amarillo (color gafe porque dicen que lo llevaba Moliére cuando murió en plena representación de “El enfermo Imaginario”, que ya es mal gusto). Aunque esta última superstición es algo sospechosa, porque en Francia el color gafe es el rosa y en Italia el verde, y tanto italianos como galos utilizan la misma excusa para explicarla.
Jamás, eso sí, y en eso están de acuerdo todos los cómicos del mundo, debe desearse buena suerte a un compañero que vaya a salir a escena. En España se dice “Mucha Mierda” (una invocación a la buena fortuna aparentemente escatológica, pero que tiene su explicación histórica); en Italia se dice “Bocca di Lupo “(!) y en Francia “merde” o, más elegantemente ,“les cinq lettres”. Los ingleses dicen “break your leg”.
Lo de la mierda española y la merde francesa, con perdón, vienen porque, antiguamente, los teatros se encontraban, por imposición eclesiástica, extramuros (concretamente a más de una legua, prohibiéndose a los cómicos que se acercaran a menos de esa distancia al poblado, de lo cual viene la expresión “cómicos de la ídem”). El pueblo llano iba al teatro en el coche de San Fernando, y la gente de calidad, a caballo, dejando al semoviente aparcado a la puerta de la sala. Naturalmente, los animalitos hacían sus aguas mayores y menores mientras sus dueños contemplaban el juego de los actores. Con lo cual, al terminar la representación, mucho público equivalía a mucha bosta (mierda, in silver) caballar.
He dicho antes que los austriacos no son supersticiosos, pero hay una excepción: el acto del brindis es sagrado. Y hay ciertas reglas que hay que cumplir, so pena de sufrir siete años de mal sexo. Cuando se brinda, se dice “Brost” y se mira a los ojos de la persona con la que brindas –incluso los más puntillosos marcan el gesto levantando la barbilla-. En una mesa hay que brindar con todos los comensales individualmente y los brindis no se pueden cruzar.
Es un poco trabajoso, sobre todo cuando hay más de cuatro personas comiendo (y,a veces, la cuestión toma el cariz de las caóticas paces que nos dábamos en la iglesia durante la catequésis, ocasión siempre propicia al jolgorio) pero oye, con tal de sortear el peligro de siete años de flojera amatoria...Vaya, que tampoco cuesta nada.
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Etiquetas: Aspectos prácticos, Otras hierbas venenosas
lunes

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Etiquetas: Imagenes, Vida viení
Hoy, en Alemania, Suiza, Francia y Austria –por of course- se ha conmemorado ese momento de la Biblia en que el espíritu santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego (en el cuadro de El Greco que refleja este momento, los doce parecen una tarta de cumpleaños un tanto extraña).
Aquí en Viena, aprovechando la bonanza de las temperaturas, la gente ha tomado los parques, los jardines, los senderos escondidos entre la maleza, los bancos públicos, las playas artificiales, en fin, cualquier superficie disponible para hacer la fotosíntesis. Yo mismo, he recorrido el Lobau a buen paso durante dos horas, haciendo fotos y disfrutando de la luz del astro rey.
En el parque, no se podía tirar al suelo una moneda de un jEuro porque no hubiera caido. El cesped estaba materialmente cubierto de vieneses y vienesas de todas las edades. Todo el mundo y la munda, de todas las nacionalidades y nacionalidades, habían decidido tomar al asalto las superficies verdes a los pies del búnker.
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Etiquetas: Imagenes, Vida verde, Vida viení
domingo
Y ahora, Penélope Cruz, comparada con su original: una foto de Sofía Loren sin datar en un estudio de grabación en donde registró algunas canciones.
Y estas son mis fotos favoritas, Sofía Bailando. Está preciosa. Femenina, elegante, graciosa...En fin. Aparte de que, técnicamente, son unos retratos geniales. Son espontáneos, favorecen al modelo...




Carlo Ponti fue siempre uno de los hombres más envidiados de Italia. El enano que custodiaba una rosa. Parece ser que robó el corazón de Sofía Loren con su gran cultura y su incomparable sentido del estilo. Tuteló su carrera y le dio un hijo, que hoy es director de cine.
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Etiquetas: Grandes fotógrafos, Imagenes, Polvo de estrellas









