jueves

foto: www.drnorimaki.blogsome.com
La fuerza de la costumbre

16 de Julio.- Este blog, en principio, no debería ocuparse de la actualidad internacional (de la española especialmente) pero hoy quisiera hacer una observación que la entronca con la actualidad austriaca y que, como dijo el clásico, “sigue bien el conceto de la materia que sigo”.
Desde aquí, una de las consecuencias más perceptibles de la crisis que ha herido el edificio económico español, es que los periódicos se han vuelto mucho más sensacionalistas de lo que eran (y ya lo eran mucho).
Hablo sobre todo de los periódicos en línea, que sigo con asiduidad, aunque los programas informativos televisados, por lo que se me alcanza, están llegando a cotas de abyección y de bajeza que parecían imposibles hace sólo cinco años.
La crisis, que ha podrido el tronco de la economía española, va extendiendo su moho, su descomposición gris y húmeda a la sociedad, a través sobre todo de la prensa escrita. La población española, por esta vía, está enfermando sin apenas darse cuenta, y lleva camino de convertirse en una colectividad cabreada, tensa, neurótica, cerril y sedienta de sangre.
Para que se vea lo que quiero decir pondré dos ejemplos que han ocupado las portadas de los periódicos durante los últimos días (quizá para cuando mis lectores paren su atención en ellos, sean noticias atrasadas, sustituidas por otras más espeluznantes, pero eso no les quita validez ilustrativa).
En Pamplona, durante los Sanfermines anuales, uno de los hombres que corren delante de los toros fue corneado por una fiera y los servicios sanitarios no pudieron hacer nada por salvarlo. Casi instanteaneamente, sin tener ningún tipo de consideración hacia la familia del fallecido, todos los medios publicaron imágenes en movimiento y estáticas de la muerte del hombre, amparándose pretextos de prístina apariencia pero realidad maloliente. Al día siguiente, en el mismo marco, uno de los corredores fue corneado en el cuello de manera espeluznante. El animal, en su furia, le desgarró la ropa dejándole, amén de ensangrentado, con las vergüenzas al aire. La foto de aquel hombre medio desnudo, con el cuello agujereado y la sombra helada del terror en el rostro, estuvo en el aire (en internet) hasta que alguien decidió sustituirla por un primer plano más púdico. El sexo del hombre ya no era visible (el periodista sin duda pensó que era mejor que los niños y los adultos vieran a un hombre despanzurrado y no un hombre despanzurrado con el pene al aire). Así siguió la foto.
Días después, en el hospital madrileño Gregorio Marañón, y debido a un error médico, muere un bebé de padres marroquíes, cuya madre había fallecido antes (desgraciadamente) a causa de la gripe porcina. El espeluznante hecho, reconocido rápidamente por el hospital, fue amplificado hasta la extenuación por los medios de comunicación españoles que abundaron en todo tipo de detalles pornográficos a propósito del suceso, e incluso mostraron fotografías que, por puro tacto hacia el único superviviente de esa familia (un joven de algo más de veinte años) no existía ninguna excusa para mostrar (me estoy refiriendo a una fotografía en la que el hombre, solitario, avanza con el ataud blanco de su hijo en los brazos).
Me niego a citar, por su crudeza, algunas de las opiniones vertidas en tertulias televisadas y radiadas por cientos de expertos de ocasión. Como ser humano me agreden y creo en el deber que todos tenemos de servir de dique a la porquería.
Por contraste, quisiera poner sólo un ejemplo de los medios austriacos.
Durante la última fiesta nacional de los Países Bajos, un indivíduo, sirviéndose de un coche, intentó atentar contra la familia real holandesa y terminó arrollando a varias personas congregadas para ver el desfile, ante la horrorizada mirada de los asistentes a lo que, en principio, estaba destinado a ser una ocasión festiva.
Inmediatamente, la web del periódico austriaco Standard publicó una fotografía en la que se veía el coche impactando contra la multitud. Las indignadas reacciones de los lectores, o sea, de la sociedad civil, no se hicieron esperar, obligando al periódico a retirar la foto.
Mi pregunta es ¿Dónde están los lectores españoles? ¿Por qué yo no he leido ni una sola reacción a propósito de la publicación de las informaciones de las que hablaba más arriba?
La costumbre, la perversa y embrutecedora fuerza de la costumbre...

El Palo y otros cuentos

15 de Julio.- Querida Ainara: uno de los descubrimientos más perturbadores de la vida es el de la propia libertad.
En la infancia, es fácil: le damos con el balón al jarrón de porcelana de la abuela, mamá saca la zapatilla, nos da un par de pescozones en el culo y ya está. El sur se nos queda dolorido, pero la conciencia como una patena. El reo ya ha pagado su culpa.
Pero llegan los años en los que la libertad empieza a saborearse como un aire fresco y entonces un día, por probar, cogemos con dos deditos el jarrón de porcelana y lo dejamos caer. Se hace añicos. Esperamos. Esperamos. Esperamos otro poco más y no pasa nada. Y ahí, las personas se trastornan.
Libres de la tiranía de la zapatilla materna, hay una parte que hace cosas malas pero se siente fatal. Porque, Ainara, una vez que cualquier bicho medianamente inteligente ha aprendido que un estímulo lleva aparejada una respuesta, es difícil que se le olvide. Para apaciguar a estos, la parte más perspicaz del rebaño inventó eficaces sustitutos a los que yo, genéricamente, llamo “El palo”. El palo se ha llamado Inquisición, Milicia o Partido (con los fascismos antiguos y modernos, de derechas y de izquierdas). Los hombres también han usado la religión (y no sólo las de raíz cristiana) para convencer a otros hombres de la existencia de una especie de Policía Ultraterrena que premia a los sufridos buenos y castiga a los que se empecinan en cargarse los jarrones de porcelana ajenos. Yo, Ainara, no puedo hablar por los mahometanos ni por los budistas, pero basta con echarle un vistazo a cómo va el mundo para darse cuenta de que, mi Dios y el de mis padres, como policía es un desastre.
De todo lo anterior, Ainara, se derivan algunas otras consecuencias que saltan a la vista para cualquiera que tenga dos ojos en la cara. La cohesión de un grupo y su suficiencia,y su durabilidad, depende mucho del mecanismo cohercitivo que hayan conseguido instalar sus dirigentes.
Todo “palo” Ainara, conlleva una ortodoxia (no sé si me sigues). Y los líderes de los grupos en los que te toque estar a lo largo de tu vida llevarán mal que les toques la ortodoxia, porque para ellos significará que quieres echarle mano a su liderazgo. Así, a los quince años, si no quieres tener problemas, te declararás rendidamente enamorada del cantante de moda (aunque pienses que es un poco mariquita, o que tiene la nariz grande). A los veinte, asegurarás querer que el color caqui se ponga de moda entre los dirigentes de América Latina (aunque pienses, como yo, que el caqui se presta especialmente al bananeo y al culto a la personalidad); cuando empieces a trabajar, te adherirás a los objetivos de la organización sin condiciones, aunque pienses que “esta dirección es una ruina que nos lleva a la suspensión de pagos”. Y así, sucesivamente. Tu vida será sosa, pero tendrás menos problemas tontos.
El poder, Ainara, es imbécil por definición.(Aunque, como todos los tontos, el poder también es peligroso).
Podrás así dedicarte a ser tú misma sin peligro; a regirte por una ética en la que prime la decencia, el cuidado hacia otras personas, cierta ironía, mucho escepticismo pero, sobre todo, toneladas de sentido del humor.
Besos de tu tío.

martes

Bruce Willis, el hombre que mejor ha llevado las camisetas imperio de la historia del cine (mi primo N. dixit)

El pelo de Bruce

14 de Julio.- Quisiera hacer una reflexión que, como todo lo que queda de este post, no tiene nada que ver con el tema principal de este blog. Los que somos aficionados a la necrofilia televisiva, tenemos un factor riesgo a la hora de padecer cardiopatías. Me explico: di que estás tú tan ricamente viendo un DVD y dices: “me voy a mirar los extras”. Y di que sale tu ídolo (o tu ídola, más frecuentemente) en la actualidad y tú, que tienes la imagen de esa persona en los ochenta, te llevas un susto que, en determinados casos, tiene un potencial letal.
Claro, que a mí esto no me pasaría si yo pudiese planchar sin tele. Y esta insuficiencia mía, aparte de darme disgustos, a la larga me sale por un pico. Juzgue el amable lector: Los Soprano, primero; luego, los Tudor y, desde hace un tiempo, como mis lectores más fieles saben, Luz de Luna.
Ya voy por la cuarta temporada (para mi desgracia sólo hicieron cinco). Pues bien: en un momento de debilidad, me puse los extras del DVD y salió Cybil Sheperd tal cual está hoy. Y qué susto más grande. No es que esperase que esta señora conservase la belleza greisqueliana de mil novecientos ochenta y siete pero creo que la vida, a esta muchacha, la ha tenido que tratar mal. Si no, no se explica.
Mira Bruce Willis, con todo lo que ha pasao la criatura, y sólo está un poco más calvo (joé: se casó con Demi Moore, que tiene telita; salvó al mundo de varios grupos terroristas e, incluso, se permitió una peli destinada directamente a los onanistas más vergonzantes del videoclub con la protagonista de El Amante).
Hablando de la calvicie de Bruce: se podría hacer un paralelismo entre las diabluras que los peluqueros de Luz de Luna tenían que hacer para que pareciese que tenía pelo y los cambios en las tramas de la serie.
Conforme Willis va perdiendo densidad por la zona norte, L.de L. Pasa de ser la clásica movidita de detectives que respiran tensión sexual a una comedia (¿Romántica?) que culmina en algunas de las escenas sexuales más gélidas de la historia de la televisión.
Es como si VD, blog más o menos dedicado a glosar las aventuras de un servidor en la capital de los valses, se transformase de pronto (y de manera un tanto abrupta) en un blog sobre electrónica recreativa o bricolaje. Y sobreviviese.
Pues así mutó Luz de Luna. A mí, en su momento (mi primera adolescencia) no me gustó nada el cambio (que, supongo, precipitó el final de la serie) pero ahora, entre sesión de planchado y sesión de planchado (y, sobre todo en versión original) reconozco que tiene su gracia.
Lo que queda de Cybill Shepperd (y he cogido una foto buena: hay otras que dan más susto todavía)

¿Y por qué pasó todo esto? Pues porque la estrella femenina de la cosa decidió, en el momento de mayor éxito del serial, quedarse embarazadísima. Yo, que he trabajado en la tele, puedo imaginarme la cara que se les quedó a los ejecutivos de la ABC cuando Shepperd anunció su bombo ¡Dios mío! ¿Qué hacer? Aquí, señores, un brindis por los guionistas. Que no sólo consiguen armar una trama para explicar en la ficción lo que pasaba en la vida real sino que, además, se las van arreglando para que el personaje de Cybil Shepperd vaya desapareciendo poco a poco (a partir del tercer capítulo de la cuarta temporada, además de poco, siempre aparece del pecho para arriba y con unos modelos como de Dorothy, la de las chicas de oro). Hasta que, en el momento previsible del alumbramiento, aliñan un par de capítulos sin ella. Todo lo cual, hecho con una brillantez desarmante (incluso sacando a Eve Marie Saint como la madre de Cybil Shepperd, que es la monda).
Pero aún hay más: esta nueva temporada de Luz de Luna me ha servido para reconciliarme con Bruce Willis (un actor al que, desde aquellos entonces, yo no podía ver). Me he explicado eso que dice mi primo N. de que, a pesar de que a mí no me guste, Willis es el tipo “que mejor ha llevado las camisetas imperio en la historia del cine”.
Incluso se le perdonan esos calcetines blancos con zapatos negros que me saca de vez en cuando. Y los nikis rosas. Y los jerseys de perlé con cuello de pico hasta el ombligo. Y los vaqueros sin cinturón.
Pecados de juventud. Pecados de los ochenta. Cuando todos teníamos un poco más de pelo.
PS: Por cierto, la hija de Cybill Shepperd -que salía en Luz de Luna en la tripita de mamá- triunfa ahora también en la tele, en la serie The L World.

lunes

1969: un año transcendental en mi vida (y eso que no había nacido todavía)
De Viena a la Luna
para mi abuela María, in memoriam

13 de Julio.- Hasta el momento en que dejó de preocuparle, mi abuela nunca creyó que el hombre hubiera llegado a la luna. Le parecía increible que aquellos tres americanos, protegidos de las radiaciones exteriores por trajes blancos, y montados en un rudimentario trasto que provocó un incalculable derroche de energía, hubieran alcanzado esa pelota polvorienta que vemos todas las noches.
A mi hermano, que es un guasón, le gustaba irle con el cuento:

-Abuela, abuela.
-Qué, hijo.
-Mira lo que dicen, que el hombre ha llegao a la luna.

Mi abuela chasqueaba la lengua y, si era verano, se daba golpecitos con el abanico en la falda del vestido negro y movía la cabeza antes de decir:

-Poco modorros que estáis vosotros.

Mi hermano sabía que mi abuela había entrado al trapo y, por oirla, le preguntaba:

-¿Y eso?

Mi abuela, cargada de razón:

-Pues porque a la luna no se puede llegar. Cuanto más te acercas tú, más se aleja ella.

La noche del 20 de Julio de 1969, Televisión Española emitió la película Pillow Talk, que diez años antes habían protagonizado Doris Day (por cierto, de ascendecia vienesa) y Rock Hudson. Un peliculón para la época y el digno prólogo de un acontecimiento histórico. En un momento dado, TVE interrumpió las tontunas intrascendentes del film para conectar con la señal de la NASA. Jesús Hermida, entonces corresponsal de TVE en los Estados Unidos, comentó para la boquiabierta nación aquellas imágenes borrosas de lo que entonces parecía la mayor gesta de la Humanidad desde que un genovés ambicioso había cruzado el Atlántico en tres barcos de cabotaje.
Mi abuela seguramente no vio las imágenes hasta mucho tiempo después. No tenía tele. Hacía cosa de un año que se había quedado viuda. Eran tiempos duros. Mi padre acababa de volver también del servicio militar y se estaba planteando emigrar a Madrid. En el pueblo no había futuro. La industria local se reducía a una fábrica de fideos (hoy un bonito hotel, que visité años más tarde) y, fuera de eso, quedaba el campo; lo cual, para quien no era dueño de las tierras, sólo significaba una vida al límite de la subsistencia para morir viejo, gastado, y con unos ahorros míseros en una cartilla.
Probablemente, mi abuela escuchó la transmisión del acontecimiento en una radio con coraza de bakelita color vainilla y negra (el dial es rojo escarlata) que yo tengo en Madrid. A la luz de una bombilla cubierta por una pantalla de tela, rodeada por el denso silencio de la noche veraniega, sólo roto por el canto de los grillos (unos animalitos que están presentes en la literatura desde Homero).
¿Qué pensó? Con el miedo que tenía a todo lo que se moviese a más de diez kilómetros por hora, debió de estremecerse. Sin el fondo visual que tenemos nosotros, ¿Cómo se imaginó el cohete? ¿Estaría mi padre con ella? Es un periodo de su vida que conozco mal. Sé que, antes de asentarse en Madrid definitivamente (en 1970, lo sé porque estuvo presente en el nacimiento de su sobrina mayor, mi prima Y.) hizo un primer intento, durante el cual trabajó, en condiciones inhumanas, en una fábrica de productos de caucho. Debió de ser por aquella época.
Hoy, rememorando estas cosas, he pensado que, si mi padre no hubiese decidido mudarse a Madrid durante aquel incierto año de 1969, quizá mi vida hubiera sido totalmente distinta. En cualquier caso, hubiera sido mucho menos probable que yo, su hijo, hubiera terminado viviendo en Viena. Así es: somos rehenes y producto de decisiones tomadas en nuestro nombre cuando ni siquiera somos un proyecto (mis padres no se conocieron hasta 1973).
Así visto, quizá mi viaje a Viena comenzó al mismo tiempo que la conquista del espacio.

domingo


Il ballo del Mattone

12 de Julio.- Ayer, entre pitos y flautas, la verdad es que no tuve tiempo de escribir. Los pitos y las flautas se redujeron, básicamente, a tres kilos de tomate (mitad cherry mitad de los normales) que el que esto escribe despellejó y desventró metódicamente al objeto de convertirlos en mermelada. Los botes están ahora en la cocina, enfriándose. Cuando la pruebe, ya veremos cómo ha salido.
También estuve haciendo otras cosas: por ejemplo, ir al gimnasio. Me gusta ir porque, lo mismo que escribir este blog, es un rato que tengo para mí; en el que puedo poner la mente a volar en cosas que sólo a mi menda le interesan. Corriendo en la cinta, como un hamster, me dedico a poner en orden mi vida, a hablar conmigo mismo de esto y de lo otro, de estos y de aquellos, de estas y de aquellas. Vaya, que recorro toda la escalera de los pronombres. También hay veces en que, a falta de cosas en mi vida que componer o que analizar, me dedico a mirar al paisanaje.
Es un poco raro de explicar, pero esto puedo hacerlo porque, cada vez que voy al gimnasio, siento que me vuelvo invisible y puedo observar impunemente. Es más: creo que todos los que vamos al gimnasio (menos dos hermanos argentinos y gemelos que cruzan ahora la frontera de la adolescencia) tenemos la misma sensación. No es de extrañar: vamos allí, levantamos las pesas, nos miramos en los espejos y sólo nos dirigimos la palabra temerosamente, como los participantes de un culto secreto, si alguien se ha dejado la toalla en alguna máquina o si algún parroquiano tarda demasiado tiempo en cumplir su rutina de levantar doce o catorce veces el número de decenas de kilos que estime necesario para moldear sus bíceps.
Ocurre también que, a fuerza de ir casi todos los días, todos los abonados a esta religión oculta terminamos por conocernos más o menos de vista. Y, si uno se emplea un poco a fondo, hasta pueden sacarse consecuencias de no poca sustancia a propósito del carácter de los compañeros.
Ya hablé otra vez del pulcro japonés jubilado que va todas las mañanas vestido con sus mocasines y sus pantalones cortos. Pero también hay otra mujer a la que, por razones obvias, sin su permiso, yo llamo Rita Pavone, que excita mi curiosidad. Rita es una señora de setenta años (tirando por lo bajo) que va vestida como una chica de veinte (ropa deportiva de marca de colores ácidos, zapatillas último modelo). Rita no es que utilice el gimnasio para mantener en forma su escaso metro y medio de estatura, es que, si uno la observa, llega a la conclusión de que vive en el gimnasio. A la hora que vayas, ella está allí, sufriendo (porque sufre, no hay más que verle la cara) en la clase de step, en el entrenamiento quema grasas (ella, que está como un alambre), en el spinning –ese sufrimiento debe de ser particularmente insoportable, porque la monitora es una tía nazi que te habla a gritos con una voz que parece que estuvieras preso en Buchenwald-; suda, salta, corre y pedalea como si de ello dependiera su supervivencia. Las comisuras de la boca curvadas hacia abajo en un mohín de muda obstinación, los ojos algo globosos y decaídos clavados en los gestos de la monitora –la guardiana de Buchenwald- ¿Qué la lleva a hacerlo? ¿Por qué esa desesperación? ¿Cómo es su vida de señora anciana que no encaja para nada en el prototipo de señoras ancianas? ¿Tiene hijos? ¿Es soltera, o casada? Por mucho que uno lo intenta, le es imposible imaginársela bailando las cosas que los viejos bailan aquí en las tardes de domingo; en esos bailes a la orilla del Danubio en donde suena Udo Jurdgens a todo trapo.
También hay un chaval minusválido que va en silla de ruedas. Es turco, me parece. Los primeros días iba acompañado de otro chico de su misma edad (debe de tener dieciocho años) pero hace mucho tiempo que lo veo solo. Va de máquina en máquina desplazándose trabajosamente de la silla de ruedas al asiento graduado (esos asientos de máquina de gimnasio, primos hermanos de los sillines de bicicleta). Como en el caso de Rita, yo creo que el deporte, para él, tiene una función reivindicativa. Reivindicativa sobre todo de sí mismo. Ante sí mismo.
¿No son así, en mayor o menor medida, todas las cosas que hacemos?

viernes

Abierto 24 horas

10 de Julio.- Michael Jackson va a ser enterrado con sus guantes blancos (¿Va a ser enterrado? ¿Ha sido ya enterrado? ¿Con o sin cerebro? En fin). A lo que vamos: que, para su último descanso, Michael Jackson llevará sus guantes blancos puestos cuajaditos, eso sí, de cristales Swarovski. Madre mía, qué alegría más grande. Austria también va a estar presente en este acontecimiento planetario de todo a cien (ahora, todo a un euro).
Mientras leía esta noticia que ha amenazado con parar el movimiento de la Tierra, pensaba yo que nuestra apariencia es una de las cosas sin las que no se puede entender el mundo en que vivimos.
Algunos ejemplos extraidos de los periódicos de los últimos días:

-Parece ser que hay una clínica (secreta) en la Rusia misteriosa en la que los bajitos pueden ganar hasta 8 cm de estatura a base de soportar durante seis meses (¡seis!) un dolororísimo tratamiento consistente en romper los huesos de las piernas y estirarlos mediante gatos ad-hoc. Afrontan, eso sí, el riesgo de padecer en el futuro dolores crónicos y artrosis pero a ellos, parece ser, les chupa un pie. Una de las personas que se han sometido (voluntariamente) a semejante tortura, comentaba que ahora está dolorida, pero que la gente la toma en serio; cosa que antes no le sucedía. Desde que ha dejado de verse a sí misma como una pigmea desesperada, vive feliz.

-La presidenta de Filipinas, ha aprovechado que por su país también ha pasado el circo de la gripe cochina para enmascarar una operación mamaria. Parece ser que, al tiempo que animaba a sus gobernados a quedarse en casa para no extender la epidemia letal, ella se metía en un quirófano para intentar parecerse más a la mujer que sueña ser. Al descubrirse el pastel, los cimientos del Estado filipino han temblado de púdico escándalo. Cuando leí la noticia, me pregunté: ¿Pero es tan horroroso que una señora se ponga o se quite pecho para tener que aprovechar una pandemia para taparlo? ¿Es que en un país que es una de las mecas del turismo sexual no hay cosas más escandalosas? ¿La pobreza? ¿El subdesarrollo, por ejemplo? ¿O es que estas cosas se consideran tan irremediables, tan naturales como los tifones, que los filipinos sólo se preocupan de si su presidenta tiene más o menos peras?
-En el área local: el metro vienés, coincidiendo con los hábitos morigerados de los habitantes de esta ciudad, cierra a las doce y media o la una –no estoy seguro-; de cara a las nuevas elecciones municipales y al objeto de que el electorado sepa que se preocupan por él otras personas además de los gobernantes socialistas, el grupo municipal popular ha lanzado una campaña (cuya foto encabeza estas líneas) pidiendo que el metro vienés funcione, de viernes a domingo, durante las veinticuatro horas del día. No se les ha ocurrido otra cosa que poner a una chica en top-less y a un chavalito con pinta de surfero; ambos sujetando un cartel en el que puede leerse “Tráfico durante 24 horas los fines de semana” que en español traduciríamos por “abierto 24 horas los fines de semana”. Que el chico exhiba este lema no les ha parecido mal a los guardianes de la corrección política pero que una chica en top-less y expresión retadora sostenga un cartel que ponga “abierto 24 horas” les ha remitido a) al sexismo y con razón, y b) al negocio más antiguo del mundo. En el OVP han contestado, aduciendo que ellos no ven ningún tipo de sexismo en la campaña. Es más: su argumento ha sido, en mi opinión, peor que la enfermedad: han dicho que el chico no va desnudo de cintura para arriba porque no quedaba bonito pero que en el caso de una mujer de esa edad y esa morfosintáxis, un top-less siempre queda bien (poco más o menos: la literalidad no era esta, pero el espíritu, sin duda, sí).

-Por último: no sé lo que ha pasado en Honduras exactamente (uno no tiene obligación de estar informado de todo) ni quisiera tener que juzgarlo, pero sí sé que, este país paupérrimo tiene ahora un pequeño exceso de presidentes –dos-; el primer presidente por orden cronológico decidió dar una rueda de prensa para explicar el atropello cometido con él y lo hizo, queridas lectrices y queridos lectores, en pijama. Lo cual le quita, a mi juicio, toda seriedad a la cosa. Parece ser que él quería dar pena diciendo que le habían echado del país sacándole prácticamente de la cama. Pues bien: el muy...El muy presidente de él, no dio la rueda de prensa con un pijama medio normal (¿Será un modelo lujoso en el campo de la moda hogar tegucigalpense?) sino con un modelo que en España conocemos como eskijama.
Ya decía el tito Oscar (Wilde) que sólo los tontos no se dejan guiar por las apariencias. Nada más que por haber aparecido así ante la prensa yo creo que este señor no se merecería que le volvieran a dar la responsabilidad de gobernar un país.
Los eskijamas, en ciertos contextos, deberían ser considerados punibles.
¿O no?

jueves


Dibujo del ilustrador español Rafael de Penagos
El sol juega entre los árboles
(La Herencia de Ezster)
9 de Junio.- Siempre que me acuerdo de F. le veo en el café Drechsler, al lado del Naschmarkt, recién llegado de ver a Ana Netrebko en La Traviata. Un chaval delgado y sonriente con gafas de pasta al que nadie, por su juventud, diría que sus pacientes llaman doctor.
La nuestra es una amistad un tanto atípica porque hasta ahora se ha desarrollado casi toda por correo electrónico –cosas de la lejanía geográfica-. Sin embargo, desde el primer momento se dio entre nosotros esa intimidad de los que están unidos por la letra impresa.
Como F. tiene conciencia de lo que puede ser la soledad idiomática, ha tenido la gentileza de regalarme un par de libros (este post, de hecho, quisiera que sirviera de testimonio de mi agradecimiento). El hecho es que, quizá porque siempre escoge alguno de sus favoritos, ha dado en la diana en las dos ocasiones en que lo ha hecho.
La primera fue con Confesiones de una Máscara, de Yukio Mishima. Y la segunda ha sido con La Herencia de Ezster, del húngaro Sandor Márai, del que nos ocuparemos hoy.
Aparte de ser un libro muy elegante (el estilo es ágil y la trama es absolutamente matemática), La Herencia de Ezster trata un tema que a mí, personalmente, me apasiona: la falsa bondad y los que se aprovechan de ella. Llamo falsa bondad a la pasividad que nos sobrecoge a todos en algún momento de nuestra vida y que nos vuelve incapaces de defendernos de aquellos desaprensivos capaces de detectarla.
Esta pasividad no obedece a ninguna clase de rectitud moral, sino a una sensación (los freudianos dirían que neurótica) de indefensión ante determinadas personas o acontecimientos.
Antes de seguir contaré la trama del libro. Se resume pronto: Ezster es una dama madura de la burguesía rural, que vive en una pobreza decorosa junto con su sirvienta Nunu. Esta pobreza es el producto de la rapacidad de un antiguo prometido (que la abandonó para casarse con su hermana). El tipo es un absoluto sinvergüenza cuya labia tiene la reputación de ser invencible. Tras la marcha del un burlador que no es tal, porque todo el mundo sabe a qué atenerse con respecto a él (aunque le dejen hacer por misteriosas razones), Ezster se las arregló como pudo para seguir viviendo durante veinte años. Hasta que un día llega una carta anunciando el regreso del desaprensivo; un retorno que tanto Ezster como Nunu aceptan como una fatalidad que terminará de sumirlas en la pobreza. La propia Ezster asume con resignación que, durante su visita, el antiguo prometido terminará por despojarla de todo y la condenará a vivir una vida de miseria. Nada puede hacerse. El bicho en cuestión, por supuesto, se presenta. El resto de la novela es un relato sucinto de la visita y de las conversaciones que se desarrollan durante el día que ésta dura. El libro, muy poéticamente, termina en la noche de ese día.
Umberto Eco, a través de su personaje Guillermo de Baskerville, dice que “los libros siempre hablan de otros libros”. Y La Herencia de Ezster contiene muchos ecos de otras novelas, leves rastros, motivos, sugerencias, como el perfume que queda en el ambiente cuando alguien a quien queremos sale de la habitación.
La Herencia tiene algo de Washington Square (esa novela tan sólida que sigue funcionando hoy tan bien como el día en que se publicó) y también se diría que la sombra de la triste Ezster flota también sobre algunas de las novelas autobiográficas de Marguerite Duras. Particularmente en Un Dique Contra el Pacífico pero, sobre todo, El Amante (a través del personaje de la madre de Duras). No sé si Duras leyó el libro de Marai, o si el tipo de mujeres desarmadas que aparece en La Herencia de Ezster era relativamente común entre las burguesas del primer tercio del siglo XX; pero el caso es que algunas posturas, una inocencia un poco anticuada, una fe en “la bondad de los desconocidos”, la idea de uno mismo como dependiente de la caballerosidad ajena, están extraordinariamente presentes en los retratos de personajes femeninos de esa época.
Mujeres educadas para considerar que la utilidad y la indepencia propias eran, cuando menos, sospechosas. Una especie de mancha sobre la propia feminidad.
Lo único que se le puede reprochar a esta novela es que, a veces, sacrifique la profundidad en bien de la estilización. Hasta el punto de que a ratos los personajes hablen destacados contra un fondo que, habilmente, Marai hace que aparente más de lo que es.
Ayer, mientras iba en el metro camino de mi clase, el tren paró en la estación de Währingerstrasse. Es una estación elevada, sobre el Gürtel, construida en el siglo XIX sobre el proyecto de Otto Wagner. El amable sol de la tarde traspasaba unos árboles cercanos y dibujaba unas frescas sombras sobre las paredes encaladas. Aquellas sombras que se movían, con su tranquila belleza, eran una evocación perfecta de La Herencia de Ezster.

miércoles

Gestión de los errores

8 de Junio.- Querida Ainara: si hay algo en que todos nos parecemos es en que todos estamos expuestos a dar un mal paso (es más: hasta los damos con demasiada frecuencia). Una palabra a destiempo, una decisión estúpida...En fin. El ser humano tiene una capacidad prácticamente inagotable de meter la pata hasta el corvejón. Sin embargo, lo que nos diferencia es lo que hacemos una vez que el mal está hecho. Aprender a gestionar los propios errores y, a ser posible, a sacar partido de la experiencia, es un arte que parece fácil pero que no está al alcance de cualquiera.
Ante una metedura de pata conviene, sobre todo, conservar la calma. La vida se parece mucho a los toros y, en ella, el que resiste el miedo y se queda quieto, por lo general termina ganando. Además, relajarse también implica, en la mayoría de los casos, no empeorar una situación ya negra de por sí. Como segunda medida, tampoco está mal intentar ver el caso desde fuera. Ayuda, sobre todo, cuando el objeto de la herida somos nosotros. En estas situaciones, siempre tendemos a actuar siguiendo el impulso del momento, lo cual lleva muy frecuentemente a cometer una injusticia (como ves, las meteduras de pata tienden a encadenarse de manera bastante perversa).
Si has sido tú la que has hecho algo que ha molestado a otros, tampoco conviene aturullarse. Más vale pensar que, igual que nosotros hemos sido cafres, cualquiera persona hubiera podido serlo en nuestra situación; acto seguido, respirar hondo, ponerse en la postura del ofendido y, si es posible, contactar con él para pedirle perdón. No seas nunca como esas personas que, ante sus propios errores, sienten el impulso incontenible de meter la porquería debajo de la alfombra. Craso error. Nunca hay que tener vergüenza de asumir las propias faltas. Además, el ofendido valorará sin duda que tengas la valentía y la elegancia de reconocer tu traspies de una manera madura (y, en cualquier caso, si no valora ni esa elegancia ni esa valentía, tú también sabrás a qué atenerte). En la mayoría de los casos (en el mío, sin ir más lejos) unas cuantas palabras de disculpa me sirven para tirar los pelillos a la mar.
Es más: la mayoría de las veces ni siquiera dejo a la persona que ermine de pedirme perdón.
En resumen, Ainara, sé lenta juzgando, procura no actuar nunca llevada por el fuego del momento (cuenta hasta diez). Quítale un peso de encima a quien acuda a ti cargado con una disculpa; y, para las ofensas ajenas ten la memoria lo más corta que puedas.
Tu estómago y tu sueño te lo agradecerán.
Besos de tu tío.