2 de Diciembre.- Querida sobrina: el ser humano es una especie en la que, por suerte o por desgracia, se puede confiar.
A lo largo de nuestra historia hemos sido fieles a una serie de tendencias consistentes. Dos de ellas han quedado patentes este fin de semana. La primera es que, siempre que es posible, el ser humano aplica la ley del embudo (la manga ancha para mí, lo estricto para los demás) y la segunda es que una de las armas más efectivas para tratar de imponer una opinión o un estado de cosas es el miedo histérico.
El domingo, a iniciativa de un partido de ultraderecha, se celebró en la Confederación Helvética un referendum para consultar a sus habitantes si estaban a favor de prohibir la construcción de mezquitas con minaretes.
Los promotores del referendum, a falta de otros argumentos, utilizaron la imagen de una mujer velada y unos alminares con forma de misil sobre la bandera suiza.
El resultado del referendum, desgraciadamente, fue a favor de la prohibición. Lo cual, en mi opinión, va en contra de la libertad religiosa, que creo que es uno de los logros fundamentales de la cultura europea a lo largo de los siglos. Gracias a que, hace algunos, dejamos de pelearnos a causa de dónde se reza, frente a qué o con destino a quién, los europeos empezamos a levantar un cierto vuelo intelectual para convertirnos en el ejemplo de civilización que, en algún momento, llegamos a ser.
(Y si alguien me discute que alguna vez hayamos sido ejemplo de nada, le responderé que, por lo menos, evitamos las guerras de religión que tanto horror y atraso han causado en la historia del continente).
Los defensores de la prohibición (aquí en Austria, también) después de mencionar en la misma frase las combinaciones alfabéticas “burka”, “terrorismo” e “integrismo” (lo cual es como si sostuviesen que todos los católicos somos Legionarios de Cristo o Irlandeses pirados de los de metralleta), argumentan que en los países islámicos no se pueden construir iglesias y que los católicos están marginados. El viejo argumento de la reciprocidad.
Apelando también al miedo histérico que, en otras épocas, llevó a Hitler al poder y a seis millones de judíos a las cámaras de gas, aducen que, primero, serán los minaretes y más tarde, las celebraciones a tiros con Kalaschnikovs en medio de las plazas.
Debido a los desvaríos de muchos que se dicen practicantes, el islam, Ainara, no goza de buena reputación. Sin embargo, a menudo se nos olvida que cientos de millones de personas lo practican a diario (la gran mayoría, perfectamente integrados en nuestra sociedad o en otras análogas a la nuestra) y que son personas que van a trabajar todos los días y que velan por el bienestar de sus familias exactamente lo mismo que nosotros.
Los minaretes tienen una gran fuerza simbólica que aumenta, indudablemente, si se prohíben. Prohibir algo que, de por sí, es absolutamente inofensivo (¿A quién ataca la torre de una iglesia?) es convertirlo, de manera gratuita, en argumento para los que están deseando encontrarlos.
Esperemos que no cunda el ejemplo y que, si la cosa se puede enmendar, se enmiende.
Besos.