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Escuela de calor

Niños en la playa (Archivo Viena Directo)

25 de Agosto.- Anoche, cuando terminé de dar mi clase de los miércoles no me vi con fuerzas para coger ningún medio de transporte para llegar a casa, y decidí dar un paseo nocturno a ver si había manera de refrescarse un poco (no la hubo, aunque era previsible).

Genes y flashes de limón

Uno de los protagonistas de esta historia (Archivo VD)

6 de Julio.- Querida Ainara: imagina: San Sebastián de los Reyes (Madrid), verano de 1988. Una de la tarde. Un sol de plomo derretido cae sobre la meseta castellana. Tu padre, diez años, se resguarda del calor sentado en las escaleras de un portal en compañía de otros amigos suyos. En medio de la calle, desapercibido, pérfido, reposa un plástico de flash de limón (retener este dato, que es importante).

Spanish revolution (7): Recuerdos del futuro

San Sebastián de los Reyes



(Para S.M., con afecto)
27 de Mayo.- El otro día, mientras disfrutaba de uno de los escasos momentos de tranquilidad que he compartido con mis padres a lo largo de este viaje,  me encontré con un amigo de la adolescencia al que hacía por lo menos quince años que no veía.

Una cierta mirada



17 de Mayo.- Mi abuelo, del que he hablado mucho en este blog, tenía un don. Y muy posiblemente ese don consistiera en un concimiento por encima de la media de la pasta de la que estamos hechos los seres humanos.


Mermelada de Perlas (2): Sombras nada más





1 de Abril.- Confieso que el respeto con el que H. me trató durante toda nuestra entrevista me resultó absolutamente sorprendente. Yo no lo sabía entonces, pero H. había sido actriz y, para ella, con un reflejo que la gente del teatro tiene metido en el ADN yo era El Autor. Poco importaba que ese autor fuese totalmente consciente de la calidad (escasa) de la obra que se iba a representar.


Mermelada de Perlas (1): Corte por donde quiera


31 de Marzo.- Corrían los primeros días de 1996. Yo tenía 21 años. Desde la distancia, veo a aquella persona que fui como a alguien bastante perdido que sólo tenía una certeza: estaba esperando algo. Un hombre (un principio de hombre) que se había mentalizado de que lo que tocaba era armarse de paciencia. Aún no sabía para qué. Lo más evidente, sin embargo, era que se necesitaba mucha para soportar el increiblemente aburrido plantel de profesores que me había tocado en suerte, la absoluta falta de aliento de los estudios en los que había acabado metido, principalmente por el deseo de hacer algo útil con el dinero que mis padres pagaban con tanto esfuerzo.


Put on your sunday clothes

Ilustración: el revival de los musicales que hizo Spielberg al principio de Indiana Jones y el Templo Maldito

Pour Mme. T.


22 de Marzo.- Hace años, cuando se estrenó, vi la única película salvable que ha hecho Brendan Fraser (me refiero a la única en que no hace de un Indiana Jones de todo a cien). Se llamaba, se llama, “Dioses y Monstruos” (Gods and Monsters)  y demuestra que Mr. Fraser es un actor muy desaprovechado. Aunque el auténtico protagonista de la película es Sir Ian Mckellen, Brendan Fraser le da una réplica muy digna y, bajo la dirección de Bill Condon, compone un personaje si no profundo, conmovedor y enormemente humano.


Sueños de oro


(Como asumo que mis lectores estarán, como uno, hasta el mismo colodrillo de miedo nuclear y de crujir de dientes, aquí les dejo unos recuerdos de mi mocedad, para que descansen un rato antes de seguir sufriendo con el siguiente informativo).

Para H. Rodríguez, con muchísimo cariño


15 de Marzo.- Mi memoria es como un mar del que, a veces, pesco fragmentos reconocibles de mi pasado. Soy particularmente bueno rescatando nombres con sus apellidos. Ayer, por ejemplo, vino a mi mente un nombre (llamémosle Joaquín) y caí en la cuenta de que hay un periodo de mi vida, fundamental para entender al “Paco español”, del que apenas he hablado en este blog: la gozosa y dorada época en la que hice teatro.


Anillos de goma


29 de Enero.- Uno de mis primeros trabajos en Viena fue en una Academia de Idiomas en una zona popular de la capital. 

Llegué a él a través de una española con la que perdí el contacto poco después. Una de esas chicas simpáticas, cariñosas, guapas, de familia bien que, desgraciadamente, son incapaces de centrarse. Ya conocen mis lectores el tipo: un día quieren ser profesoras de idiomas en Centroeuropa, al mes siguiente piensan que lo que en realidad haría sus sueños realidad sería limpiarles los moquitos a los niños de cualquier leprosería de Calcuta y, una vez que están en Asia, miran en internet las fotos de un verano lleno de cuerpos flexibles y de pieles tensas por la sal del mar, y suspiran mientras piensan que en ningún sitio se está igual de bien que en la cala privada de papá.


Los espíritus que vagan por el ambiente (IX): Aftershave y sentido común

Medium con espíritu (extraida de aquí)

2 de Enero.- Más o menos cuando yo tenía doce años, la fama de mi abuelo se extendió por quién sabe qué cauces, y empezó a venir gente a verle. No sólo de su vecindad sino, como ya dije, de puntos lejanos a donde llegaba su reputación por medios que sólo los hermanos espirituales saben.

Mi María

La calle Llerena de Fuente de Cantos (Badajoz). Foto extraida de Flickr. Usuario: nimgwaith

16 de Noviembre.- Son las siete de una oscura  tarde austriaca. Los faros del coche taladran apenas la espesa niebla. Me bajo delante de la puerta de la casa y, mientras la puerta eléctrica se desliza para dejar pasar el automóvil, miro al jardín. La piscina está tapada con un gran plástico azul y las farolas pequeñas, como de juguete, apenas logran proyectar unos círculos de luz sobre el cesped húmedo.  El viejo pastor alemán, caballo de tantos juegos infantiles, sale a recibirnos renqueando. Si fuera una persona hubiera cumplido un siglo. Aún así, intenta saludarnos (ya apenas ladra) y luego, cansado, se deja caer en un rincón y cierra los ojos.


Moluscos y cucurbitáceas (1/2)

Unos cuantos pepinos en alegre y verde montón (si es que, cuando a uno le da por ponerse simbólico...)

29 de Octubre.- Seguramente por mi mala cabeza he estado muchas veces sin empleo. La suerte que he tenido, por otra parte, es que nunca se me han caido los anillos por hacer ningún trabajo, así que, normalmente, a la que he sabido que había un puesto libre, yo he presentado mi candidatura. Por si las moscas. Lo cual a veces me ha metido en situaciones de esas que uno le cuenta a sus alumnos cuando quiere hacer una pausa entre el pretérito imperfecto y el pretérito indefinido.



Los espíritus que vagan por el ambiente: Historias del Finde(Lostiempos)

[Portrait of Chubby Jackson, Esquire Club, Valley Stream, Long Island, N.Y., ca. Apr. 1947] (LOC)
Foto: flickr, procedente de los fondos de la Biblioteca del Congreso de los EEUU

25 de Octubre.- Durante la última semana, mi abuelo ha estado saliendo el muchas conversaciones. La mayoría de ellas referentes a cosas de las que no puedo hablar aquí. Aunque sin duda esta presencia discontínua suya en los asuntos de nuestra familia me ha hecho pensar que es el momento de retomar esta serie que tengo un poco abandonada.


En el país de las peluqueras chonis

Fotograma de la película "Mentiras y gordas"; imagen tomada de la web www.notasdecine.es



27 de Septiembre.- El sábado por la mañana me acerqué a cortarme el pelo.

Cuando mi peluquera de toda la vida, una señora mayor, se jubiló para poder dedicarse a tiempo completo a pintar unas acuarelas espantosas, me busqué otro establecimiento en la misma calle. Se trata de una peluquería algo impersonal pero no tan barata como la del peluquero turco de la esquina. La barbería turca, por cierto, guarda un parecido con aquella peluquería de mi infancia, a la que sólo iban caballeros de palillo entre los dientes a leer el Seis Toros Seis.


Ni el olvido ni el delirio (Segunda Parte)

Rosa después de OT

David Bustamante, producto de esa generación también. Hoy en día algo apagado. Retenido en un estado semiadolescente. Porque, aunque sepamos que Busta, el Busta sanote, el sensible, (sí, también el llorón), se ha casado y ya es padre, todos le seguimos viendo como aquel adolescente algo brutote, aquel ruiseñor del andamio al que, a pesar de la energía que él ponía en fingir lo contrario, todos le conocíamos un lado negro, mafioso casi. El eterno candidato a juguete roto que presenta un disco anual y perpetra entrevistas con declaraciones intercambiables por las de cualquier miss de playboy.


Los espíritus que vagan por el ambiente (VII): enigmas

Dos marineros vascos del tiempo de la Guerra Civil

19 de Julio.- Cuando su hermano murió, mi abuelo tenía ocho años y para él debió de ser un golpe brutal. No sólo por la pérdida de alguien cercano, sino también por las circunstancias en que la pérdida se produjo, las cuales, en la dura posguerra civil garantizaban el ostracismo no sólo del muerto, sino de su familia. Delante de mí nunca mencionó el tema pero sé por otras personas que la pérdida de su hermano oscureció notablemente su niñez, su adolescencia y su primera juventud. Alrededor de la vida y de la muerte de mi tío abuelo Manuel se extendió una espesa capa de silencio favorecido también por ese anonimato que, de forma inevitable, va borrando los perfiles de las biografías de los que mueren sin hijos. 

(Corrección: mi tío abuelo sí tenía hijos cuando murió)


Los espíritus que vagan por el ambiente (VI): Manuel López

La única foto que queda de mi tío abuelo Manuel

17 de Julio.- A cualquiera que quiera reconstruir la vida de otra persona, aún la suya propia, no le queda más remedio que trabajar desde fuera. Es entonces cuando uno se da cuenta de cuán desconocidas le son, a cierto nivel, algunas personas a las que de niño juzgaba sencillas, sin recovecos.

Mientras vivió, mi abuelo fue para mí una presencia definidísima. Central. Sin embargo, al ponerme a escribir sobre él, me he dado cuenta de que, en realidad, y fuera de las informaciones imprescindibles y algo instintivas que se aprenden en la infancia, sé poco de los mecanismos profundos de su carácter.

Eso, y el estar lejos de las fuentes documentales que quedan de su vida –me tengo que fiar de mi memoria- ha hecho que pare en las imágenes, en las fotos.

Paso a semifinales


4 de Julio.- Y, de pronto, mi vista se quedó fija en un punto del aire y me escuché decir, hace muchos años (más o menos cuando compraba discos de Luís Cobos y pensaba que eso era la cultura):

-Todo el mundo dice que, cuando se muere un indígena del Amazonas es como si se quemara una biblioteca. Pues cuando la abuela se muera será como si se quemase el registro civil de la provincia de Badajoz.


Los espíritus que vagan por el ambiente (V): un bocata de boquerones

Hombre con bigote (de la cuenta de flickr del Powerhouse Museum)

18 de Junio.- Supongo que el hombre debió de encontrar lógica la petición de mi abuelo porque, una semana más tarde, volvió acompañado del chaval.

Tampoco sé cómo era, pero podemos suponernos que se parecía a su padre y que era delgado. Algo tímido. Imaginemos que llevaba unos vaqueros de marca, unas zapatillas de deporte caras y un polo de un color alegre en cuya pechera campeaba un jinete en el acto de atizarle un contundente mazazo a una pelota de polo.

Supongo que el chaval estaría intrigado, pues ignoraba a lo que iba y que su padre lo estaría aún más aunque lo sabía perfectamente.

El caso es que las cuatro personas se debieron de sentar en la salita que mis lectores ya conocen.

Mi abuelo les preguntaría al padre y al hijo por el viaje desde su residencia marítima hasta la polvareda semidesértica de Madrid. El hombre, aparentando un aplomo que desearía transmitir a su hijo, abundaría en la conocida antipatía de las azafatas de la aerolínea estatal y denostaría los sandwiches secarrones e insípidos. Momento en que mi abuela, en modo mamma mediterránea, le preguntaría al silencioso muchacho si le hacía un bocadillo (por ejemplo, de boquerones en vinagre, que le salen de muerte).

Educado, el chaval contestaría seguramente que no. Y mi abuelo le preguntaría si le apetecía ver las maquetas de barcos que hacía.

(Mi abuelo era un consumado maquetista naval).

El chaval miraría a su padre y el maduro caballero, con esa sonrisa protocolaria que sólo tiene la gente muy pija, le animaría a que acompañase a mi abuelo a la habitación (antiguo dormitorio de mis tías) en la que guardaba sus obras de arte.
 
Una vez solos, mi abuelo y el chico seguramente hablaron de fútbol. Mi abuelo le diría que era del Real Madrid y el chico confesaría, quizá, una tímida afición a algún modesto equipo isleño.

Tras una conversación que se desarrolla en unos términos relajados y cordiales, mi abuelo envía al chaval a la sala de estar, y le pide que le diga a su padre que quiere hablar con él de un asunto.

Inmediatamente, el hombre comparece y mi abuelo le pide que se siente en una silla cercana. Mi abuelo cierra los ojos. El otro hombre es incapaz de relajarse.

Les veo sentados frente a frente, la penumbra de la habitación coloreada por unos visillos color crema. El silencio cargado de presencias que siempre se hacía cuando mi abuelo se concentraba, sólo entrecortado por una leve tos de fumador, fruto de una larga intimidad con el tabaco negro.

Mi abuelo se persigna, respira hondo. Pasado un momento, con voz algo mate, empieza a describir a una persona a la cual el hombre, en principio, no reconoce pero sobre cuya identidad, de pronto, se hace la luz. Mi abuelo le indica al hombre la posición que el Hermano que le visita ocupa en la habitación. Describe su vestimenta, su actitud, las señas que le hace, busca la complicidad del perplejo caballero para interpretarlas.

Mi abuelo le pregunta cosas a la entidad visitante, particularmente qué quiere y por qué le causa al chico la desazón que le conduce a comportarse de manera tan extraña, le pregunta por los fenómenos inexplicables.

El espírtu manifiesta una honda congoja con gestos que no dejan ninguna duda. Se las arregla para indicarle a mi abuelo que está desorientado, que ha perdido el camino, que el bosque se ha hecho oscuro y tenebroso a su alrededor, que no hay luces que seguir.

Ante la perplejidad del caballero sentado frente a él, mi abuelo intenta tranquilizarle. La entidad se debate y, desconfiada, desaparece.

Mi abuelo vuelve a persignarse. Abre los ojos para ver la mirada ansiosa, interrogante, de su interlocutor.

Le explica de una manera sencilla lo que mis lectores saben ya. La presencia que guía a su hijo ha perdido el camino hacia el próximo nivel. Está desorientada. Busca ayuda.

Pregunta cuándo pueden volver para intentar entablar contacto con él. El caballero contesta que la semana siguiente. Luego, los dos hombres vuelven a la salita en donde el chaval, convencido finalmente por mi abuela, devora algo intimidado un bocata de boquerones en vinagre del tamaño del portaaviones Príncie de Asturias


Los espíritus que vagan por el ambiente (V): el caso del caballero acongojado

El padre de Isamo Noguchi. Foto extraida de la cuenta que la Smithsonian Institution tiene en flickr

17 de Junio.- Antes de empezar con el post de hoy me gustaría aclarar que voy a limitarme, en lo posible, a contar la historia de la manera en que mis abuelos la vivieron y la han transmitido sin entrar en más valoraciones que las imprescindibles. Cuando sucedieron los hechos que se cuentan en los párrafos siguientes yo tenía unos catorce años y, por la naturaleza de los mismos y la discreción natural de mi abuelo en lo referente a estas cosas, se mantuvieron más o menos velados durante mucho tiempo, incluso para la familia.

Asimismo, también quiero añadir que, en mi opinión, existe una probabilidad suficiente de que la ciencia –la psiquiatría, en particular- tenga algo que decir a propósito de lo que se relata a continuación; sin embargo, también me gustaría dejar claro que, según mis noticias, el afectado, después de la intervención de mi abuelo, continuó su vida más o menos normalmente sin sufrir mayores percances por lo cual creo que hoy, sin duda, será un cuarentón con un par de niños.

Allá vamos.

Mis abuelos convivieron más de cincuenta años. Una intimidad tan prolongada hace que los esposos se conviertan en una especie de criatura separada en dos cuerpos. La noche antes de que esta historia empezase mi abuela se despertó de madrugada debido a una pesadilla llena de figuras desasosegantes. La pezuña de un toro pisando a una persona a la que no conocía, un paisaje desolado, nubes de tormenta.

Desayunando, se lo contó a mi abuelo. Sin duda el sueño era un presagio.

A eso de las doce de la mañana, sonó el teléfono. Una voz masculina con un marcado acento insular, nublada por quién sabe qué pesadumbre, confirmó la dirección y pidió ver a mi abuelo. Aquella misma tarde si era posible, antes de que saliera el último avión. Si no, en cualquier otro momento. Si era necesario volvería a desplazarse a Madrid.

Inmediatamente, mi abuela comprendió que el hombre estaba atenazado por un problema grave, y le preguntó si a eso de las cuatro le vendría bien (mis abuelos comían desde tiempos inmemoriales las tres). El hombre, quizá, dudó un momento y luego dijo que sí. Pidió las mínimas indicaciones para llegar en un coche y luego colgó.

Puntual, se presentó a la hora convenida. Era un caballero de mediana edad del que, desgraciadamente, no tengo ninguna descripción de primera mano. Imagínele el lector trajeado, evidentes muestras de práctica deportiva frecuente, saludable exposición al yodo del aire marino, higiene dental cuidada desde la infancia.

Mi abuela condujo al desconocido a la salita que ya conocen mis lectores. El hombre debió sentarse entre la tele y la máquina de coser (el mismo sitio que yo ocupaba cuando visitaba a mis abuelos). Se le ofreció café –mi abuela se retiró estratégicamente- y mi abuelo encontró, seguramente, alguna manera de romper el hielo. El hombre tardó un poco en decidirse a hablar. Una posición socioeconómica como la suya garantiza un sano escepticismo a propósito de la vida ultraterrena. Sin embargo, pronto se rehizo y le contó a mi abuelo el peso que le agobiaba.

Su hijo, de unos veinte años, que siempre había sido un estudiante impecable, un chico normal, cariñoso (supongo que le dijo esto, porque todos los padres ven a sus hijos más o menos así). Pues bien: su hijo, había empezado a desarrollar de unos meses a aquella parte un comportamiento extraño. Se escapaba de noche de la casa familiar,sita en una lujosa urbanización; se había vuelto agresivo...El hombre vaciló antes de admitir también que habían sucedido además otras cosas a las que no conseguía encontrar una explicación racional.

Después de confirmar no sin cierto orgullo lo que saltaba a la vista, o sea, que disfrutaba de unas finanzas saneadas, el caballero explicó que no había reparado en gastos y que había acudido a todos los especialistas que le habían recomendado. Los diagnósticos habían sido tan variados como apocalípticos, y la solución siempre la misma: noquear al enfermo a base de pastillas. Pastillas que, por supuesto, ni habían arreglado los síntomas ni parecían haber atacado a la causa del extraño mal que aquejaba a su primogénito.

El caballero, que admitió estar absolutamente desesperado, era sabedor de la reputación de mi abuelo y, ya sin ambages, le preguntó qué le cobraría por curar a su hijo. Estaba dispuesto a pagar lo que fuera más aún porque el “enfermo”, estaba claro, sufría a causa de su mal.

Puedo imaginar que mi abuelo suspiró y, supongo que para sorpresa del empresario, después de un minuto de silencio le indicó que su intervención no le iba a costar un céntimo.

Mi abuela llegó con el café y el azucarero y, entonces, mi abuelo le preguntó al caballero acongojado si, la próxima vez, podría traer a su hijo con él.