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Ilustración: el revival de los musicales que hizo Spielberg al principio de Indiana Jones y el Templo Maldito

Pour Mme. T.


22 de Marzo.- Hace años, cuando se estrenó, vi la única película salvable que ha hecho Brendan Fraser (me refiero a la única en que no hace de un Indiana Jones de todo a cien). Se llamaba, se llama, “Dioses y Monstruos” (Gods and Monsters)  y demuestra que Mr. Fraser es un actor muy desaprovechado. Aunque el auténtico protagonista de la película es Sir Ian Mckellen, Brendan Fraser le da una réplica muy digna y, bajo la dirección de Bill Condon, compone un personaje si no profundo, conmovedor y enormemente humano.


En esa película, el personaje de Sir Ian Mckellen, muy lejos de los excesos y de la ridícula solemnidad del Gandalf de El Señor de los Anillos, habla del niño que fue y dice que había sido “Una jirafa enganchada a un arado”. Creo que la frase describe también con bastante exactitud al niño que yo fui. Mi hermano, el padre de Ainara, cuando hablamos del tema, se pregunta muchas veces a quién leches me parecía yo. Fui un crío raro, diferente, que miraba mucho y hablaba poco. Un niño secreto que se resignó pronto a ser como el okapi: uno de los pocos miembros de su especie. Faltaban muchos años para que encontrase a gente como yo. Aproximadamente veinte. Y el niño que fui se consolaba de la soledad, sin saberlo, con la misma medicina que las multitudes ahogadas por la crisis del veintinueve y la guerra mundial: con una dosis masiva de musicales.

La televisión española de entonces (década de los ochenta) no era la productora de mierda que conocemos hoy. Probablemente emitía programas aburridísimos que hoy no aguantarían ni cinco minutos en antena; pero la falta de competencia con que operaba el Ente Público que dirigieron Pilar Miró o Balbín, permitía que se hiciese una programación en la que se podía emitir casi de todo sin temor a que el espectador cambiase de canal. Era una tele que ponía lentejas, vaya. Un edén algo dictatorial en el que los telefilmes se reducían al Estrenos TV y en el que uno podía disfrutar por ciclos temáticos -¡Por ciclos!- de películas americanas viejas que hoy son pasto de los canales neofascistas que han florecido gracias a la TDT. Durante aquellas tardes de sábado, después de D´Artacán y los Tres Mosqueperros, después de David el Gnomo, me entregué al disfrute y degustación de la época dorada de los musicales de Arthur Freed en la MGM (Un americano en París, Siete Novias para siete hermanos, Gigi, Cantando bajo la lluvia, las películas-fórmula de Judy Garland y Mickey Rooney) a las películas supertontainas que Fred Astaire y Ginger Rogers hicieron para la RKO en los años treinta (unas películas de las que hoy sólo destacan, como ruinas de un pasado majestuoso, los números musicales con canciones compuestas por gente de la talla de Cole Porter o los hermanos Gershwin, George e Ira).

Desde mi infancia, vivo enamorado apasionadamente de los musicales porque ofrecen un mundo poético sin complicaciones en donde todo se puede resolver con una letra inspirada y una coreografía en la que cincuenta pares de pies (no hay nada como una buena Chorus Line) bailen una dinámica melodía. A veces, sueño despierto con su belleza pop, con sus colores ácidos y supersaturados, producidos por los rudimentarios procesos del tecnicolor de los años cuarenta. Mi pasatiempo más secreto en las largas horas de espera en los transportes públicos, en los trabajos aburridos que he tenido que hacer (y que aún me quedan) es imaginar números musicales en los que a, a veces, soy el espectador y otras el secreto protagonista.

Este post se debe a que anoche, se produjo en mi Facebook un intercambio transatlántico de links entre una persona a la que, a pesar de no conocer personalmente, tengo la sensación de haber tratado mucho. A ella, con el agradecimiento de alguien que cree haber encontrado un igual (por lo menos en esto), va dedicado este post. Madame, there´s no business like show business. And we know it :-)