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Diez películas para entender el cine austriaco (2): Hoy, los austriacos no respetan ni a las madres


Mushasha
ESTAS CHICAS NO HABÍAN NACIDO, PERO HUBIERAN PODIDO SER EXTRAS DE MUTTERTAG PERFECTAMENTE (ARCHIVO VD)
Si quieres leer la primera parte de esta serie, pincha aquí.
28 de Noviembre.- Austria es un país que es difícil de entender sin el cabaret. Y, asimimismo, el cabaret en Austria es una cosa bien diferente de esos sitios ahumados, con señoritas enseñando el muslamen, en los que Sara Montielacababa en alguna que otra de sus películas. Continue reading→























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Diez películas para entender el cine austriaco (1): Hoy,Sissi


Fuschlsee
FUSCHLSCHLOSS EN EL FUSCHLSEE, QUE EN LAS PELIS DE SISSI HACÍA DE POSENHOFFEN (ARCHIVO VD)

17 de Noviembre.- La historia de la película que lanzó a Romy Scheider a la fama internacional empieza siete años antes de su nacimiento.
En 1931, el avispado y multitalentoso Hubert Marischka compra una obra de teatro llamada “El viaje de novios de Sissy “(Sissys Brautfahrt)escrita a cuatro manos por un oscuro autor llamadoErnst Decsey y el oficial de marina danés Gustav Frederik Holm (famoso por haber sido el primero en haber cartografiado ciertas áreas de Groenlandia). Continue reading →
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Átame

29 de Octubre.- El pasado es el único país al que no se puede volver.
Ayer, mientras planchaba, me puse Hable con Ella. Esa película a la que Geraldine Chaplin se refirió una vez diciendo que era “la primera obra maestra del siglo veintiuno”. Hacía mucho que no la veía. Si no me falla la memoria, desde el 2006, momento en que alguien me la prestó en una copia pirata.

Alta seguridad

Fotograma de la película Megamind (una delicia, por cierto)



4 de Enero.- Una de las leyes infalibles de la psicología humana es que hay situaciones en las que, inconscientemente, asumimos las conductas que nuestros padres seguían delante de nosotros durante nuestra infancia. Es más, es como si nosotros fuéramos nuestros padres. Como si desempeñáramos su papel. Sin que lo podamos evitar. Para bien y para mal.


Speer y el hombre del bigotillo

Albert Speer luciendo tupé Anasagasti  durante el juicio de Nuremberg

30 de Diciembre.- Si uno es mínimamente espabiladillo, una de las primeras cosas que aprende cuando hace teatro es que hay que llevarse bien con los técnicos. Aunque sólo sea porque, cuando estás en el escenario, estás tan en sus manos como en las del resto de tus compañeros que te dan la réplica. Entre las misiones del actor bisoño están la de saber que la hija de la señora que le cose un botón está estudiando empresariales y que tiene atragantado el derecho mercantil, o que el que le pone la música es un apasionado de Bon Jovi al que le chifla darle la tabarra a sus vecinos con interminables solos de guitarra eléctrica. Conviene sacarle a la chica de las luces conversaciones a propósito del uso del color en el escenario y garantizarle que el director es un antiguo que, porque pone un par de velas en el decorado, ya se cree Lucchino Visconti.

Solo para la familia


20 de Diciembre.- Ayer estuve haciendo tres de las cosas que más me gustan: pasear con la cámara en la mano, hacer deporte (hora y media de bici) y ver películas. Las dos últimas, por cierto, combinadas debido a un reproductor portátil de DVDés muy baratito que he encontrado y que me permite ilustrarme mientras me castigo la musculatura.

Adios, muchachos

Cartel de la película "Los últimos internos"

14 de Diciembre.- Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que las especiales condiciones orográficas del país, la dureza de los tiempos (la posguerra) y el papel omnipresente de la Iglesia Católica, favorecieron en Austria la existencia de unos establecimientos peculiares que hoy, afortunadamente, han caido en el desuso: los internados para chicos.


Haffner SS Paradise

Paul Maria Haffner (izda.) sentado en el salón de su casa junto a un superviviente de Dachau



10 de Diciembre.- Soy un gran consumidor de documentales. Así que, aprovechando que Saturn tiene en oferta varios de la colección Falter, ayer me compré tres. Hoy hablaré de uno de ellos.

Se trata de Haffner SS Paradise y, si bien es un film escalofriante, para mí tiene una connotación especialmente terrorífica porque se desarrolla en gran parte contra un telón de fondo que conozco muy bien.

Operación Walkiria

Los actores de la película Operación Walkiria en una imagen promocional

28 de Noviembre.- Una de las cosas que los aborígenes no entienden es la fascinación que, sobre quienes hemos crecido de los Alpes para abajo, ejercen los nazis. Puede que sea porque, desde nuestra posición de país muerto de hambre pero neutral (salvo la excepción de la División Azul) no tuvimos que sufrir las calamidades que pasaron los países ocupados durante la Segunda Guerra general.

Una película prohibida


La historia de Ferdinand Marian

5 de Octubre.- Probablemente el nombre de Ferdinand Marian (en realidad, Ferdinand Hasckowetz) no les diga a nada a mis lectores. Tranquilos: a mí, hasta ayer, tampoco. Sin embargo, durante la segunda mitad de la década de los treinta y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Marian gozó en Europa de una fama más que moderada.

Retrato de hombre con escándalos al fondo

Helmut Berger en los setenta

17 de Septiembre.- En los años sesenta y setenta, durante la época dorada de la jet set que precedió a la crisis del petróleo, decir glamour, era decir Helmut Berger.

Helmut Steinberger, que así se llama de verdad, nació en 1944 en la ciudad austriaca de Bad Ischl, en el seno de una familia dedicada a la hostelería. Aunque ejerció durante un tiempo de camarero, para él estuvo claro desde el principio que lo suyo no era servir Schnitzels y Kaiserschmarrens a los parrroquianos medio dormidos del negocio familiar y, a los dieciocho años, se trasladó a Londres para estudiar arte dramático.


Bei uns: Import/Export

Fotograma de la película Import/Export

26 de Julio.- Una de las políticas más consistentes del consejo de redacción de ESB (o sea, de Este Su Blog) es no escribir dos posts seguidos con el mismo tema. Mayormente, por no cansar.

Sin embargo, queridos lectores y queridas lectrices, las reglas están para romperlas de vez en cuando así que, me crujo los dedos (cras cras) y me marco, con permiso de mi respetable y respetado público, un segundo post de cine.

La ocasión lo merece. Llevo desde ayer en el mismo estado que Mortadelo cada vez que recibía un mazazo en la cabeza debido a la que (creo) es la última película hasta la fecha de Ulrich Seidl. Un director austriaco famoso por avanzar por el lado más salvaje de la vida.

Jim Carrey y Lina Morgan: vaya par de gemelas

25 de Julio.- Adolfo Marsillach cuenta en sus memorias, „Tan Lejos Tan Cerca“ que cuando dirigió el Centro Dramático Nacional le ofreció a Lina Morgan el papel protagonista en Madre Coraje, de Bertold Brecht y que, incluso, se empezaron unos ensayos o lecturas preliminares pero que la diva de la revista abandonó la tarea porque “no se veía” en el papel. Quizá, pesó mucho en su recuerdo su anterior intento de abordar papeles dramáticos (una película rarísima en la que hacía de la mujer barbuda de un circo, "Una pareja distinta") pero quizá también el aceptar un papel serio hubiera dado un nuevo giro a su carrera que la hubiera salvado de la extinción.


Los pecados de una chica casi decente


24 de Junio.- Mis alumnos son personas instruidas, lo cual no quita para que, delante de unos vinos, nos echemos unas risas a cuenta de temas más frívolos.

Hace semanas, paró nuestra conversación en la industria del jadeo y del apretón, y en la pudibundez general de las películas austriacas –seguimos siendo, en el fondo, un país católico-. Como ya íbamos por la segunda botella de tinto de Burgenland, se rememoró lo mejor de la producción austriaca dedicada al lado más deportivo de las artes amatorias, y recaló la conversación en unas películas deliciosamente anticuadas que, incluso, la ORF ha debido de emitir alguna vez.

Se trata de las que narran las ficticias aventuras de Josefine Mutzenbacher.

-Apunta ese nombre, me dijeron de coña, y escribes algo en el blog.

Yo nunca desperdicio una idea, así que me quedé con la copla y, un día que andaba corto de temas para posts –también me pasa, aunque no mucho, gracias a Dios- buceé en Wikipedia y bien verán mis lectores lo que me encontré.

Porque resultó que Josefine Mutzenbacher. Die Geschichte einer Wienerischen Dirne. Von ihr selbst erzählt (Josephine Mutzenbacher, la historia de una prostituta vienesa contada por ella misma) fue una novela que apareció en 1906 en una pequeña edición que se vendía sólo a suscriptores, para burlar la draconiana censura de la época imperial.

El libro, de autor anónimo, se considera actualmente como la única cumbre de la literatura erótica en lengua alemana y, aunque en la portada del libro no figura el nombre del escritor que lo dio a las prensas, se sabe con cierta seguridad que fue (agárrense que vienen curvas) ni más ni menos que Felix Salten. Nombre que probablemente les dirá más a  si les explico que este Felix Salten creó el personaje de Bambi.

La novela cuenta la vida de Josefine desde los cinco años hasta su juventud como prostituta en Viena, y está llena de escenas de sexo, sudor y simpatía que si bien tienen, según el anónimo autor, la legítima y aún loable intención de destapar la inmoralidad de su época, por el camino también debieron proporcionarle a las muñecas de los lectores algún que otro motivo para abandonar la posición de descansen.

El éxito de la novela, de la que, en poco tiempo, se hicieron varias ediciones, y la risueña circunstancia de que no constara el nombre del autor, animó a otros avispados escritores a producir  continuaciones apócrifas que no alcanzaron, de ninguna forma, la calidad del original (más que nada porque, obviamente, perdieron en intención moralizante lo que ganaron en provocadora del juego de muñeca).

El paso del tiempo hizo que las aventuras de Josefine cayesen en un relativo olvido hasta que, en 1971 y con la actriz Christine Schuberth en el papel principal, apareció la primera película (en dos partes) que adaptaba la novela.

Debió de ser esta -picantona, pero nada más- la que mis alumnos conocen porque, años después, en 1976, Josefine volvió a cabalgar (con perdón de la gráfica metáfora) en una película alemana con la actriz (ejem) Patricia Rohmberg y es este film, mucho más explícito, el que, hasta hoy, recomiendan nueve de cada diez viciosillos alemanes consultados.


Frost vs Nixon


9 de Abril.- Desde que los hermanos Lumiére le enseñaron al público de un café de Paris que there´s no business like show business, las relaciones entre cine y teatro han sido intensas y, a ratos, bastante tempestuosas. Siempre que el cine ha querido ofrecer un espectáculo con pretensiones culturales (o culturetas) ha acudido regularmente a chorimangarle argumentos, situaciones y aspecto visual al arte de Talía.

De este chorimanguismo han salido sin embargo buenísimas películas, como Doce Hombres Sin Piedad, El León en Invierno o, más modernamente, la peli que hoy nos ocupa.

Frost Vs. Nixon está basada en la obra de teatro que cuenta la historia real del presentador británico David Frost (divo transcontinental de aquella tele de antes de la crisis del petróleo).

Mr. Frost estaba especializado en la entrevista a un tipo de artisteo que limitaba al norte con Olivia Newton John, al sur con los Bee Gees y al este con el telón de acero (del límite oeste no se sabía).

En 1977, el señor Frost era un personaje respetado en este negocio suyo de la intimidad al menudeo, hasta que tuvo la luminosa idea de entrevistar al expresidente norteamericano Richard Nixon.

La penúltima bestia parda de la política norteamericana se aburría semirretirado en su chalet de Casa Pacífica, lamiéndose las heridas después de haber tenido que dimitir de la forma más deshonrosa a causa del caso Watergate.

Frost se puso en contacto con el agente del expresidente y esperó. La respuesta llegó después de algún tiempo, en forma de una propuesta de acuerdo que incluía un sueldo astronómico y unas condiciones draconianas. Como, por ejemplo, dedicarle al Watergate (en realidad, la chicha de la entrevista) sólo un veinticinco por ciento del tiempo de grabación.

Confiando en su buena estrella a prueba de choteos ajenos y de cenizos, Frost aceptó los términos del contrato y, tras algunos traspiés que se narran en la película y que no adelantaré a mis lectores para que la disfruten más, hizo historia de la televisión, quedando catapultado de manera ipsofacta al olimpo de los diesel (la reina Elisabeth terminó nombrándole Sir).

Lo que mola de Frost vs. Nixon es que está construida sobre un guión muy sólido. Material de primera calidad en el que sólo hay un elemento que chirría un poco y que no se sabe bien por qué está. Frost, a pesar de ser feo como sólo puede serlo un inglés feo, tuvo en su época su familla de palyboy (tipo chatina, o sea, Arturo Fernández: un playboy de los de blazer de capitán de yate con botones dorados y raya al lado). Pues bien: en la película hay una chica monísima con pinta de frágil actriz francesa de alguna de las secuelas de Emmanuelle que, de vez en cuando, pasa por allí para colgarse del brazo de Mr. Frost (vamos, del actor que lo interpreta). Fuera de ser mona, la muchacha no tiene mayor participación en el argumento, más que la de poner el toque femenino en una película eminentemente masculina (vamos, la chica es lo que viene siendo un pegote dictado por la corrección poítica).

Por lo demás, Frost vs. Nixon entra dentro de ese género de flines, que tanto gustan en gringolandia, en los que el protagonista, venciendo todas las dificultades (una pata de palo, un desafortunado estrabismo, una aerofagia incontenible, una reputación adversa) consigue hacerse, tras dos horas de tribulación, con el éxito.

Las interpretaciones son exquisitas (los dos actores protagonistas que hicieron la obra sobre el escenario repiten papel en la adaptación cinematográfica) y, aún diría más, Frost vs. Nixon es una de esas pelis que, POR NADA DEL MUNDO, hay que ver doblada (aunque, por cierto, el doblaje alemán le dé sopas con onda al español, que es una castaña).

En fin: para hacerse un bol de palomitas, darle al play y creer que la vida, aún, puede ser un espectáculo inteligente.

Terence Holmes y el Doctor Hill (foto: http://www.xrayvision-today.com/)
Y si no, nos enfadamos
(Sherlock Holmes reloaded)
15 de Febrero.- Uno de los problemas que tienen los Santos Padres Fundadores de la literatura popular es que, por lo general, sus personajes tienen la profundidad psicológica del ratón Mickey. Por lo cual, el resultado de las adaptaciones cinematográficas que sufren (a veces en sentido literal) depende mucho de la inteligencia de sus artífices.



Pensaba yo esto viendo el Sherlock Holmes del que, para siempre, será ya el señor Madonna (Guy Ritchie).



Una película larga (dos horas y cuarto: con un par) entretenida la mayor parte del tiempo pero con muchos tics que traicionan la querencia del diestro británico por los terrenos del vídeo musical. Viéndola, se conoce que, en el aspecto visual, Guy Ritchie ha bebido de fuentes de tanto calado como Bola de Dragón y que, a ratos, su concepto de las escenas de acción se acerca bastante a la escuela Budespencerista de “Dos superpolicías en Miami” o, ese gran clásico de las matinées de Telecinco, “Y si no, nos enfadamos”, que ocupará por derecho propio junto con “Bellezas al agua” y “Ay, qué calor” un lugar de honor en el parnaso televisivo.



El problema fundamental de esta película es el guión. Ya dice el viejo refrán que un buen guión no hay director que lo estropee y un mal guión no hay genio que lo salve. Y, en general, esta peli tiene un guión tirando a flojete. Particularmente, por los intentos de darles a los personajes principales (Holmes y Watson) una vida sexual de la que carecían los originales victorianos. Para los ingleses decimonónicos era perfectamente asumible (sin perplejidad, me refiero) la convivencia casta de dos señores solteros. Sin embargo, para proceder a la puesta al día del mito, había que buscarle una novia a Frankenstein –y otra al bueno del doctor Watson- y el experimento funciona sólo a medias. La novia de Watson es tirando a sosainas y el amor imposible de Sherlock es un cruce entre la clásica señorita en desgracia y cualquier mujer liberada dentro de un orden de las comedias de Howard Hawks. O sea, que pichí pichá.



¿Y qué pasa con el malo? En la “parte negativa”, como las tacañonas del Un,dos,tres, está un viejo conocido de mis lectores. El espléndido actor shakespeariano Mark Strong –ese hombre al que le encantará odiar- que hace un malo creado ad hoc para esta peli la cual, estoy seguro, tendrá segunda parte. Nuestro amigo Mark, al que mis lectores quizá recuerden por una espléndida serie inglesa que se llama The Long Firm, tiene una mirada fría de psicópata que contrasta muy bien con la humanidad un tanto payasa de Robert Downey Jr. Lástima que el guión no le dé momentos de mayor lucimiento. Porque es un actor como la copa de un pino de Stratford upon Avon –en el caso de que, en Stratford, haya pinos piñoneros-. Por cierto, la madre de Strong, según su ficha en imdb es austriaca y él habla perfectamente alemán.



En el aspecto visual, esta peli es básicamente digital. Los decorados son digitales, los movimientos de cámara son digitales y, si no fuera porque iba a haber quedado un poco raro, se hubieran podido atrever con sustituir a cualquiera de los actores por un intérprete digital (ya lo hizo Lucas con aquella criatura medio gilipuertas que salía en la primera de las nuevas de La Guerra de las Galaxias).



Problema: que, si no tienes dinero para crear un software nuevo, te tienes que conformar con lo que ya haya. Y este Holmes, en este caso, vive de retales. Todos de Harry Potter. Particularmente, el virado al esmeralda y al azul de muchas secuencias –véase la cartelería-  . Además, otro problema que tiene el software es que, como tardes unos meses en estrenar la película, verás tu espectacular efecto repetido en miles de videos musicales. Caso prototípico: los créditos de esta peli son clavaditos a este vídeo.



En resumen: bien, para una tarde de palomitas y guarrerías.

Esos seres azules
9 de Enero.- Hollywood: mil novecientos treinta. Hace apenas un año que se ha estrenado la primera película sonora, El Cantor de Jazz, en la cual, Al Johnson canta una serie de melodías sentimentalonas que hacen que el público se vuelva loco y abandone instantaneamente las películas mudas que, hasta entonces, hacían sus delicias. Los estudios cinematográficos inician rápidamente su reconversión al sonoro. En donde bastaba un cobertizo con buena luz para rodar una película a velocidad de vértigo y a un coste muy reducido, empiezan a hacer falta unas condiciones técnicas imprescindibles. El cine retrocede y se convierte en un teatro filmado, carreras sólidas se van al garete en cuestión de semanas, nombres que eran reverenciados por bandadas de admiradores caen en el olvido.


En este contexto, un ambicioso productor, David Selznick quien, por el camino, ha añadido una O. a su nombre para hacerlo más sonoro, piensa que ha llegado su oportunidad y le propone al estudio que le tiene bajo contrato, la RKO una película que, según presume, va a llenar de nuevo los cines. El taquillazo se llama King-Kong y está protagonizado por el actor ideal: un muñeco de unos centímetros de alto que ni cobra, ni come ni protesta. King-Kong, con su sencilla moraleja protoecologista y su protagonista, Fay Wray, que sólo está en pantalla para gritar, se convierte en el record de recaudación de 1933.

En todas estas cosas pensaba yo mientras veía Avatar, la respuesta del Hollywood más industrial a la encrucijada a la que el cine se enfrenta hoy. Sin duda, la más importante desde la aparición del cine sonoro.

Internet, la piratería pero, sobre todo, un público ávido de novedades son los responsables de que la industria americana haya vuelto a intentar la tridimensionalidad en una historia que, claramente, es el embrión de los videojuegos que ya se venden en los establecimientos al uso, y que tiene tantas cosas en común –particularmente la profusión de bichos- con aquel ingenuo King-Kong de los treinta.

La trama es simple: los humanos procedentes de un planeta agostado por la sobreexplotación aterrizan en un planeta extrasolar llamado Pandora: un vergel en estado de inocencia habitado por una raza noble, hermosa y azul que vive en perfecta armonía con el medio ambiente. Los resabiados humanos mandan a un polizón a parlamentar con los bellos seres azules y ahí empieza una historia de choque de culturas. No desvelo más.

La película está muy bien resuelta, a pesar de que, para garantizar el taquillazo masivo, los personajes tengan la profundidad de un teleñeco. Hay multitud de secuencias pensadas para aprovechar el procedimiento tridimensional. El cual consiste, en la mayoría de los casos, en trabajar con muy poca profundidad de campo, dejando la figura en primer plano muy nítida y el fondo difuso, para resaltar la perspectiva. Aún así, hay momentos en que uno piensa poder tocar lo que hay en la pantalla. De todas maneras, los movimientos de cámara demasiado bruscos resultan fatigosos para la vista, aunque tengo que decir que las gafas se llevan casi sin sentir.

En Viena, la entrada a la peliculita de marras cuesta quince eurazos (Imax y 3D) pero merecen la pena porque se pasa bien y se disfruta lo suyo con las escenas de acción. De todas maneras, yo no me compraré el DVD cuando salga si no me lo venden con gafas. Me temo mucho que, en la pantalla de mi casa, que es particular, y sin tridimensionalidad, la peli pierda mucho.

Volveremos a aquello de el cine, en el cine.

Los crímenes de Oxford: el asesino era el doblaje
2 de Enero.- Alex de la Iglesia es un director que amasó su reputación con El Día de la Bestia y que, luego, con una extraña coherencia, ha insistido en el mismo estilo adolescente –adulescente- que reclama la parte principal de su público: ese tipo de gente en la treintena cuyo lema parece ser “No sin mi wii”.

Sus comedias parecen buscar ser una prolongación del cine español industrial de los sesenta y los setenta –lógicamente, puesta al día en temática y técnica- e, incluso, le gusta darle papeles secundarios o de un protagonismo coral a algunos intérpretes que hicieron su fortuna cuando Franco dirigía el país con su mano temblorosa por el Parkinson.

Pese a fracasos que hubieran borrado del mapa otros menos bragados –Muertos de Risa- de la Iglesia ha continuado disfrutando de grandes presupuestos e, incluso, le han encargado películas como la que nos ocupa, que ha sabido llevar a su terreno.

Los Crímenes de Oxford se ve con interés, aún con gusto, quizá porque, al ser un encargo, la tendencia del director a la broma gorda está beneficiosamente limitada por las exigencias del guión. La peli se trata de un whodunit en toda regla (Quién lo hizo, en inglés). En Oxford se cometen una serie de crímenes que parecen corresponderse con una serie de símbolos matemáticos. Los asesinatos son investigados por un Sherlock Holmes reacio (John Hurt) y por un Watson del que uno espera todo el rato ese plano de pies grandes y peludos que le convirtió en una estrella (Elijah Wood).


El guión, sin embargo, podría estar mucho mejor. Probablemente debido al hecho de que se trata de una adaptación literaria, Los Crímenes de Oxford está trufada de conflictos que se entrecruzan sin que el vaivén aporte demasiado al resultado general. Incluso alguna de esas escenas están resueltas como una secuencia explicativa típica de „Se ha escrito un Crímen“ (ya se sabe: el famoso flashback comentado por la autorizada voz de Jessica Fletcher). Pero incluso la explicación de los asesinatos oxonienses –últimos 20 minutos de película- resulta liosa y no muy convincente debido a la cantidad de cabos sueltos tontos que la historia deja en la hora y media precedente, y que se hubieran podido evitar con una poda razonable del guión.


Yo vi la película en inglés porque John Hurt me gusta desde Yo,Claudio y tenía curiosidad por saber qué tal actor era Elijah Wood cuando no estaba de camino a Mordor. La verdad es que ninguno de los dos me ha defraudado. Leonor Watling también está correcta (a pesar de que su papel esté escrito con los codos y a que sea imposible imaginar una relación tórrida entre ella y John Hurt). Incluso, colmo de las sorpresas, me reencontré con Anna Massey, una pizpireta actriz inglesa (variedad feílla) que era una de las protagonistas del mejor Hitchcock crepuscular (Frenzy).

Pero hete aquí que, como el DVD me lo compré en España, tuve curiosidad por ver cómo era la peli doblada. Como decía el cuplé, “qué no lo hiciera, que aquella tarde, creí morir”. Los Crímenes de Oxford es una película que, doblada, pierde toda su efectividad (quizá porque su  artificiosidad queda puesta en evidencia por la falsedad del doblaje). Si el tipo que dobla a John Hurt es infame, la actuación de Elijah Wood queda destrozada por una voz a la que le falta decir ejque.


Ni que decir tiene que, una vez volví a la versión inglesa, me repuse considerablemente y se me quitó la urticaria.

La actriz italiana Cristiana Capotondi, que encarna a la emperatriz Elisabeth en esta nueva versión
Queremos tanto a Romy
18 de Diciembre.- En los años cincuenta del siglo pasado, Austria se recuperaba de las heridas de la guerra mundial, aún dolorosamente reciente.


Deseando olvidar las convulsas décadas que habían sucedido a la caída de los Habsburgo, el inconsciente colectivo hizo un ejercicio de añoranza y así, una jovencísima actriz, practicamente recién salida de un internado para señoritas en la región de Salzburgo e hija de una de las mayores estrellas del cine de entreguerras alemán, recibió el encargo de encarnar a la emperatriz Elisabeth en una película. Para arropar a la joven pero dotadísima intérprete, Martischka la rodeó de los mejores actores de teatro austriacos del momento y, para congraciarse con el público más maduro, incluso fichó a su madre, Magda, para que personificase a la princesa Ludovica, la madre de la bávara que, en la película, conquistó los corazones de todos los que añoraban una representación ingénua y endulzada de la turbulenta monarquía austrohúngara.

Romy Schneider se convirtió en una estrella mundial gracias a su belleza y a la habilidad con que Maritschka presentó a la emperatriz como la perfecta casada y, los tiras y aflojas imperiales, como cosas que pasan hasta en las mejores familias. La emperatriz madre (tía, a su vez de Sissi) se convirtió en una suegra mala de cuento de hadas y el emperador Francisco José en un joven marido enmadrado testigo (impotente) de las peleas entre las dos santas que dominaban su vida (su santa esposa y su santa madre).

Tres películas duró la serie, hasta que Romy, rechazando un sueldo record para la época (un millón de marcos) decidió que ya estaba bien de unificar monarquías bicéfalas y se largó a París.

Vistas hoy, las películas de los cincuenta son encantadoramente cursis. E, incluso, los que no vean el encanto por ningún sitio, no podrán negar que están hechas con astucia y la misma pericia técnica que, al otro lado del Atlántico, desplegaba con muchos más medios Cecil B. Demille.

Sin embargo, parecía claro que los filmes habían envejecido y que el technicolor olía un poco a naftalina. Para rejuvenecer el mito y para quitarle a la emperatriz algo de almíbar, la ORF y la RAI se embarcaron en una nueva versión de la biografía de la emperatriz. Para que no existiera comparación con Romy Schneider, se eligió a una actriz italiana para que interpretase a la emperatriz. El emperador, lo puso Austria.

Durante un año, en escenarios naturales y en otros que querían serlo, se grabó la serie que, ayer y antes de ayer, emitió la segunda cadena de la ORF.

El resultado es solvente (la RAI y la ORF cuentan con cierto Know How en esto del drama de pelucón y bosques a la luz de la luna) pero en ningún modo es tan magnético como las películas originales. Quizá porque la actriz italiana tiene que ser doblada para el mercado alemán (cuando resulta claro que sus compañeros de reparto no). La italiana se defiende, pero la comparación es inevitable.

Por otra parte, la tele del siglo XXI no es el cine de los cincuenta. Los extras cobran, así que el multitudinario pueblo de Sissi a veces no es más que una primera de figurantes que se mueven mucho.

También hay más sexo. Sisi no es ya la jovencita virginal que se casa a los dieciseis sin saber nada de la vida. Los emperadores recién casados incluso echan un coito a la luz de la luna de Schönbrunn y la suegra, memorable en la primera versión, es en esta un personaje mucho menos creíble porque la han despojado de toda la carga de caricatura que un personaje así debe tener.

La serie se ve con interés, pero se echa de menos la belleza de Romy Schneider por todas partes. Quizá no la de la chica de dieciséis años que, asesorada por su madre Magda, aceptó el papel, sino la cínica y algo amarga de la mujer que, años después, volvió a interpretar a la emperatriz para Visconti.

Aquellos sí que eran tiempos.

Zarah Leander interpreta "Ich weiss es wird einmal ein Wunder geschehn"
Große Liebe o la arrastrada vida de la novia de un oficial de la Luftwaffe


8 de Enero.- Tras un baño de multitudes en una de las zonas más concurridas de Viena, tarde cultural pero un poco friki. “Grosse Liebe”, una película con Zarah Leander que se rodó en 1941, en plena guerra mundial y que en su momento fue famosísima (la vieron 27 millones de personas en toda Europa).

La actriz sueca Zarah Leander se convirtió en la máxima estrella de los estudios UFA de Berlín, quizá solo igualada por la húngara Marikka Rökk. Con su voz gutural, sus largas miradas lánguidas y su inconfundible parecido con Greta Garbo, la Leander protagonizó una serie de películas de evasión que la hicieron famosa por toda la Europa del eje. Sin embargo, y a pesar de hacerlo, Zarah Leander no fue nunca una nazi convencida (probablemente, era demasiado inteligente). Hay una anécdota que, a mi juicio, la retrata a la perfección.

Como es vox populi, Joseph Goebbels se beneficiaba a varias actrices de la plantilla de la UFA y, en un momento dado, intentó llevarse al huerto a Frau Leander. Como la sueca le daba calabazas constantemente (un poco como nuestra Penélope en “La niña de tus ojos”), Joseph Goebbels decidió jugar la carta de su poder ommnímodo en aquel reino totalitario.

Un día, entre toma y toma, se acercó a la diva del círculo polar y tras saludarla, zalamero, dijo, como quien no quiere la cosa:

-Zarah, Zarah...¿No es ese un nombre judío?


A lo que, sin inmutarse, contestó la Leander:

-Joseph, Joseph...¿No es ese un nombre judío?

Con lo cual el todopoderoso ministro tuvo que envainársela (dicho sea en sentido totalmente figurado).

“Grosse Liebe” fue el primer papel que Leander desempeñó en una película que se desarrollaba en la actualidad de entonces (hasta aquel momento había encarnado a torturadas mujeres en dramones históricos). Leander encarna a una diva de la chanson que, durante una alarma antiaérea, traba relación con un oficial de la Luftwafe (en esta película hay esvásticas a cascoporro). El oficial, sin embargo, se debe a su puesto en la milicia, y la abandona después de un encuentro apasionado –si merece la pena esta película es por la elipsis narrativa que lleva a Zarah del bombardeo al dormitorio-. Se suceden los inconvenientes para la pareja protagonista –incluida tournee de Zarah por los países ocupados por el eje y una escena -superbestia porque está hecha en serio- en la que ocupan un lugar prominente varios oficiales de las SS y algunos mutilados de guerra. Hasta que por fin, en un sanatorio de los Alpes, la Leander y su maridus interrutpus –intentan casarse varias veces a lo largo del metraje- se prometen vivir juntos los días de permiso sin pensar en el futuro.

Dos cosas más: para darle un poco de emoción a la cosa, hay un amago de triángulo con un actor austriaco: Paul Hörbiger (una de cuyas hijas, Christine, es una actriz muy famosa aún). Pues bien: Paul Hörbiger es el portero que muere atropellado en “El tercer hombre” (lo que es la vida).

En “Grosse Liebe” figura también de manera prominente una canción, “Ich weiss es wird ein mal ein wunder geschehn”  que fue el equivalente alemán del “We´ll meet again” de Vera Lynn. A pesar de que esta canción fue utilizada como melodía de propaganda por la Alemania nazi, la verdad es que nunca hubo tal. A su autor, Bruno Balz, se le ocurrió la letra mientras estaba preso en la cárcel de la Gestapo, por homosexual (el pobre).

El conjunto de la peli es un poco frío, y sólo se salva porque Zarah Leander era una actriz que, en contra de lo que pudiera hacer suponer su ascendencia nórdica, resulta muy cálida en pantalla. La propaganda y el amor casan mal, ya se sabe.

Por cierto: la calificación de la película es “para mayores de dieciocho años” y se entiende: la escena de los oficiales nazis cantando en el París ocupado es un poco fuerte si uno no es mayor de edad.