Speer y el hombre del bigotillo

Albert Speer luciendo tupé Anasagasti  durante el juicio de Nuremberg

30 de Diciembre.- Si uno es mínimamente espabiladillo, una de las primeras cosas que aprende cuando hace teatro es que hay que llevarse bien con los técnicos. Aunque sólo sea porque, cuando estás en el escenario, estás tan en sus manos como en las del resto de tus compañeros que te dan la réplica. Entre las misiones del actor bisoño están la de saber que la hija de la señora que le cose un botón está estudiando empresariales y que tiene atragantado el derecho mercantil, o que el que le pone la música es un apasionado de Bon Jovi al que le chifla darle la tabarra a sus vecinos con interminables solos de guitarra eléctrica. Conviene sacarle a la chica de las luces conversaciones a propósito del uso del color en el escenario y garantizarle que el director es un antiguo que, porque pone un par de velas en el decorado, ya se cree Lucchino Visconti.
 
Albert Speer no hizo nunca teatro –o bueno, lo hizo pero no oficialmente- pero esta enseñanza le salvó el pescuezo de la manera más literal, porque tras la guerra hubo muchos colaboradores suyos que, no solo hablaron en su favor, sino que reunieron documentos que le salvaron de morir colgado.

Cuando estuve en Munich, me compré la miniserie (en realidad una peli de tres horas) que la ARD hizo en su día sobre el arquitecto favorito de Hitler. Una de esas personas que siempre se mantienen a flote, sin importar que pinten bastos.

Speer nació en la bonita ciudad alemana de Mannheim y trabó contacto con el tito Adolfo casi por casualidad. Al imitador de Charlie Chaplin le encantó el concepto operístico que tenía Speer de la arquitectura (de todas formas,como Herr Speer era de la misma opinión que Groucho y pensaba que los principios estaban para cambiarlos, seguramente no dudó en adaptarse a los gustos de su mecenas). El dictador alemán rapidamente le hizo encargos que Speer cumplió con una puntualidad germánica sin reparar en los medios. A mediados de la segunda guerra general, Albert Speer es nombrado ministro de armamento (su predecesor falleció de manera imprevista en un accidente aéreo) y, desde esa posición, se encargó de mantener más o menos activa la máquina de guerra alemana hasta el colapso final.

Según le describen quienes le conocieron, Speer era un tipo tímido “manque” encantador que no encajaba nada en el prototipo de paso de la oca que las películas han hecho famoso. De hecho, tras la guerra se ganó el sobrenombre de “el nazi bueno”. Junto al majara de Rudolph Hess y otros jerarcas del ominoso periodo nacionalsocialista, habitó la prisión berlinesa de Spandau (famosa por su ballet) hasta 1966 –cumplió 20 años de condena-. Después, se forró escribiendo libros de dudoso contenido autobiográfico, en los que adornó para la historia el papel que había desempeñado en la Alemania nazi (retocando todas aquellos oscuros asuntos que le relacionaban con el uso de mano de obra esclava y la exterminación de pobres hebreos y de enemigos del régimen de la cruz gamada).

La serie de la ARD es un poco pichí pichá, para qué vamos a engañarnos. Sebastian Koch (La vida de los Otros, La Familia Mann,etc) está muy correcto en el papel de Speer –no es un gran actor, pero salva la cara a base de corrección-; el que está para matarle es Tobias Moretti (esta vez del lado del poder y no como en Jüd Süss) al que no hay quien se crea como Hitler –también porque uno tiene en la memoria al gran Bruno Ganz-; la serie se vende en un bonito pack con un documental muy pintiparado a propósito de los años de Speer haciendo barra con el ballet de Spandau, pero de este no puedo hablar porque no lo he visto.

En cualquier caso, y como siempre, una bonita producción germánica para acercarse a la historia del siglo XX.


2 comentarios:

lolibel dijo...

El que está detrás de Speer en la foto me recuerda a Richard Gere.Sabes de todo serías un buen periodista.Un abrazo.

Chus dijo...

No solo serías un buen periodista. Creo que serás lo que quieras y lo que te propongas en el tema de las letras, porque manejas el lenguaje y las palabras de maravilla.

Feliz año 2011

Besos