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El secreto para pasar tres horas muy agradables en Viena

El actor Ramesh Nair caracterizado como Der Inder (El indio) (Archivo Viena Directo)

17 de Octubre.- El Kammerspiele es, como su nombre indica, un teatrito de bolsillo. Se inauguró en 1910 y, por su pequeño escenario, han pasado muchos de los grandes mitos de la escena de habla alemana. De Marlene Dietrich a Johannes “Jopie” Heesters, pasando por Elfriede Ott.
Actualmente, se representa en él una versión de “Cantando Bajo la Lluvia” (Singing in the rain) que hace no sólo las delicias del público, sino que ha hecho también las de la crítica, la cual ha acogido el montaje con la satisfacción de quien recupera un territorio conocido pero explorado con una mirada nueva.

Adios, muchachos

Cartel de la película "Los últimos internos"

14 de Diciembre.- Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que las especiales condiciones orográficas del país, la dureza de los tiempos (la posguerra) y el papel omnipresente de la Iglesia Católica, favorecieron en Austria la existencia de unos establecimientos peculiares que hoy, afortunadamente, han caido en el desuso: los internados para chicos.


Placeres gratuitos

La actriz Lilian Gish en una fotografía de principios del siglo pasado

9 de Noviembre.- La dulce B., la mujer de mi primo, tiene una belleza antigua de actriz de cine mudo. Un pelo rubio, largo y sedoso; un cutis blanco de nieve; dientes pequeñitos e iguales y una voz pensada por Dios para apaciguar  niños inquietos. Todavía me acuerdo de una feliz noche invernal en que estuvimos los tres en un pueblo austriaco viendo la cabalgata diabólica del Krampus. Los lugareños nos miraban, se daban codazos y se preguntaban quién era la bella forastera. Y mi primo la llevaba del brazo orgulloso y sonriente. Daba gusto verles.

Mira quién baila


2 de Noviembre.- Ayer, a eso de las nueve de la noche, aterricé de la manera más imprevista en un curso de baile. Yo iba acompañando a un amigo que no se resigna a que, un día, yo aprenda a moverme por un parqué siguiendo las pautas militares del vals inglés, del vals lento o de la polca y, hasta ayer, tengo que decir que lo llevaba muy crudo, el hombre. Esta mañana, sin embargo, puede ser que la situación haya cambiado y se lo debo, como muchas veces pasa, al profesor.

Peligro en la sala de conciertos

Cartelera
Una imagen del Musikverein


22 de Octubre.- Si existe el cielo, se parecerá muy probablemente a la sala grande del Musikverein. Mis lectores conocen el espacio, por lo menos de vista, porque en este augusto emplazamiento se celebra el Concierto de Año Nuevo. Ese acontecimiento al que sólo pueden asistir el puñado de privilegiados que caben en la casa de Karlsplatz.


Una película prohibida


La historia de Ferdinand Marian

5 de Octubre.- Probablemente el nombre de Ferdinand Marian (en realidad, Ferdinand Hasckowetz) no les diga a nada a mis lectores. Tranquilos: a mí, hasta ayer, tampoco. Sin embargo, durante la segunda mitad de la década de los treinta y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Marian gozó en Europa de una fama más que moderada.

El tesoro de los bárbaros

18 de Septiembre.- A finales del siglo III de nuestra era, el imperio romano noe staba para muchas fiestas. Las guerras de conquista, que proporcionaron metales preciosos y capital humano desde finales del siglo I a.C. habían ido cesando poco a poco y el Imperio se había convertido en una gigantesca entidad cuya unidad, poco a poco, empezaba a ser sacudida por tendencias centrífugas.

La sucesión de los emperadores se convirtió en un juego de intrigas y cuartelazos que no tenía nada que envidiar a los de cualquier república bananera y las tribus bárbaras del norte empezaron a hacer una presión cada vez mayor sobre las fronteras del mundo romano. Por ejemplo sobre el Rhin, una de las barreras naturales que protegía la latinidad del avance de las tribus germanas.

Ni el olvido ni el delirio (Segunda Parte)

Rosa después de OT

David Bustamante, producto de esa generación también. Hoy en día algo apagado. Retenido en un estado semiadolescente. Porque, aunque sepamos que Busta, el Busta sanote, el sensible, (sí, también el llorón), se ha casado y ya es padre, todos le seguimos viendo como aquel adolescente algo brutote, aquel ruiseñor del andamio al que, a pesar de la energía que él ponía en fingir lo contrario, todos le conocíamos un lado negro, mafioso casi. El eterno candidato a juguete roto que presenta un disco anual y perpetra entrevistas con declaraciones intercambiables por las de cualquier miss de playboy.


Ni el olvido ni el delirio (Primera parte)

Bustamante y Bisbal cuando compartían escenario y subidas de adrenalina en Operación Triunfo



"Jamás quiso llegar el desengaño
Ni el olvido, ni el delirio
Seguiremos siempre igual"

Encadenados, de Carlos Arturo Briz

27 de Agosto.- El otro día, apareció entre mis discos un pequeño tesoro que tiene su historia. Mi amigo B. , al que conocí en Madrid, decidió un día dejar su trabajo de ingeniero para una compañía que fabrica equipos de montaje de vídeo y asociarse con su hermana. Los dos montaron un bar en el norte de España que, según mis noticias, funciona fenomenal. B., que es un hombre muy racional, sabiendo que soy bailón y que tengo buena memoria para los títulos, me pidió una lista de canciones pop de todos los tiempos para cuando el bar se transformase en discoteca. Durante dos días, y de manera muy grata para mí, dejé un poco de lado el trabajo que tenía entonces (y que odiaba con todas mis fuerzas) para estrujarme las meninges buscando mis músicas favoritas.


Wiener Street Parade 2010 (vuelta de las vacaciones)

14 de Agosto.- Después de un corto paréntesis vacacional, vuelvo a ponerme al frente de Viena Directo. Sin embargo, dejaré la intriga de dónde he estado para el domingo.

Hoy, la actualidad manda. En Viena se ha celebrado, igual que en Zurich, un evento techno que ha dejado colapsado el centro durante unas horas sabatinas: la Street parade. Como era de suponer, yo me he ido con la cámara y he hecho fotos, que he dejado colgadas aquí para mis lectores.

!A disfrutar!

(Yo voy a ver si sigo bailando)

Life Ball 2010

Una bella asistente al Life Ball que se celebró ayer en Viena

18 de Julio.- Se veía venir: al ser el leit motiv del sarao la madre tierra, los demás elementos no quisieron colaborar y ayer por la tarde cayó sobre Viena una tormenta de las de echarle hilo a la cometa.

Se celebraba, como ya se suponen mis lectores, el ya tradicional Life Ball o Baile por la Vida, preludio de la decimoctava conferencia sobre el SIDA que ha empezado hoy en la capital del Danubio y a la que, nos tememos mucho, han acudido resacosos y con la ojera puesta muchos de los doctos asistentes.

Montur & Pulverdampf

Hoy me he ido con la cámara al Arsenal, o Museo del Ejército de Viena. Se celebraba la exposición Montur & Pulverdampf, en la que se mostraban algunas formas de combate del pasado.

Me lo he pasado muy bien haciendo fotos; algunas, ya están en mi cuenta de flick. A disfrutar

De película




9 de Julio.- A las horas en que escribo esto Viena, como en los tiempos de la Guerra Fría, se ha convertido en el puente entre dos mundos.

Según las agencias de noticias internacionales los espías rusos detenidos en Estados Unidos –y que, por las trazas, eran más inútiles que Mortadelo- han aterrizado en el aeropuerto vienés de Schwechat para emprender su viaje hacia la Unión Soviét...Digo, hacia la Federación Rusa.

Los pecados de una chica casi decente


24 de Junio.- Mis alumnos son personas instruidas, lo cual no quita para que, delante de unos vinos, nos echemos unas risas a cuenta de temas más frívolos.

Hace semanas, paró nuestra conversación en la industria del jadeo y del apretón, y en la pudibundez general de las películas austriacas –seguimos siendo, en el fondo, un país católico-. Como ya íbamos por la segunda botella de tinto de Burgenland, se rememoró lo mejor de la producción austriaca dedicada al lado más deportivo de las artes amatorias, y recaló la conversación en unas películas deliciosamente anticuadas que, incluso, la ORF ha debido de emitir alguna vez.

Se trata de las que narran las ficticias aventuras de Josefine Mutzenbacher.

-Apunta ese nombre, me dijeron de coña, y escribes algo en el blog.

Yo nunca desperdicio una idea, así que me quedé con la copla y, un día que andaba corto de temas para posts –también me pasa, aunque no mucho, gracias a Dios- buceé en Wikipedia y bien verán mis lectores lo que me encontré.

Porque resultó que Josefine Mutzenbacher. Die Geschichte einer Wienerischen Dirne. Von ihr selbst erzählt (Josephine Mutzenbacher, la historia de una prostituta vienesa contada por ella misma) fue una novela que apareció en 1906 en una pequeña edición que se vendía sólo a suscriptores, para burlar la draconiana censura de la época imperial.

El libro, de autor anónimo, se considera actualmente como la única cumbre de la literatura erótica en lengua alemana y, aunque en la portada del libro no figura el nombre del escritor que lo dio a las prensas, se sabe con cierta seguridad que fue (agárrense que vienen curvas) ni más ni menos que Felix Salten. Nombre que probablemente les dirá más a  si les explico que este Felix Salten creó el personaje de Bambi.

La novela cuenta la vida de Josefine desde los cinco años hasta su juventud como prostituta en Viena, y está llena de escenas de sexo, sudor y simpatía que si bien tienen, según el anónimo autor, la legítima y aún loable intención de destapar la inmoralidad de su época, por el camino también debieron proporcionarle a las muñecas de los lectores algún que otro motivo para abandonar la posición de descansen.

El éxito de la novela, de la que, en poco tiempo, se hicieron varias ediciones, y la risueña circunstancia de que no constara el nombre del autor, animó a otros avispados escritores a producir  continuaciones apócrifas que no alcanzaron, de ninguna forma, la calidad del original (más que nada porque, obviamente, perdieron en intención moralizante lo que ganaron en provocadora del juego de muñeca).

El paso del tiempo hizo que las aventuras de Josefine cayesen en un relativo olvido hasta que, en 1971 y con la actriz Christine Schuberth en el papel principal, apareció la primera película (en dos partes) que adaptaba la novela.

Debió de ser esta -picantona, pero nada más- la que mis alumnos conocen porque, años después, en 1976, Josefine volvió a cabalgar (con perdón de la gráfica metáfora) en una película alemana con la actriz (ejem) Patricia Rohmberg y es este film, mucho más explícito, el que, hasta hoy, recomiendan nueve de cada diez viciosillos alemanes consultados.


Trenes rigurosamente vigilados

De madrugada (foto:www.standard.at a través de MAK)
20 de Mayo.- (siempre soñé con escribir un post con este título). En fin: allá vamos: creo que fue Billy Wilder quien dijo que la música militar era a la música lo mismo que la justicia militar a la justicia. Parafraseándole, podría decirse que con el arte dictatorial pasa algo parecido.
 
El arte producido bajo las dictaduras y patrocinado por el Estado suele ser malísimo porque renuncia a la expresión libre en favor de la propaganda. Y la propaganda, aceptémoslo, suele ser un coñazo insufrible.
 
No hay más que ver los graníticos  retratos en los que Hitler sale con una cara inequívoca de no haber tenido su momento All Bran, los poemas aduladores al más famoso de los Fideles, o las almibaradas representaciones de Stalin o de los líderes chinos guiando a multitudes que tienen cara de estarse preguntando a qué huelen las nubes, para darse cuenta de que los dictadores no patrocinan formas artísticas, sino publirreportajes.
 
Por otra parte, calificar estas formas de publicidad de arte puede ser un poco problemático pero también es cierto que la noción del objeto artístico se ha ensanchado tanto en el último siglo que el veredicto ha terminado por depositado en el observador. ¿A usted le parece que este blog es arte? Entonces lo es. Este vendría a ser el paradigma.
 
El director del Museo Vienés de las Artes Aplicadas (MAK) ha debido de tener todos estos conceptos en la cabeza cuando ha decidido organizar una exposición sobre el "arte" Norcoreano.
 
(Breve apunte contextualizador: Corea del Norte es la hermana pobre –y comunista- de la capitalista Corea del Sur; es una dictadura ferreamente controlada por un King Jong II. Corea entró a formar parte del imaginario occidental cuando George Bush Jr., en su paranoia, la hizo formar parte del llamado Eje del Mal. A partir de ahí, Corea del Norte y su dictador no han hecho nada por librarse del sambenito, experimentos nucleares incluidos).
 
El escándalo ha sido mayúsculo y lleva rodando por los medios aborígenes desde que se supo que la idea existía. El Gobierno norcoreano, por otra parte, recelosísimo de prestar sus obras para una exposición en el perverso territorio capitalista (para ellos algo así como si el arte hobbit se expusiera en el Metropolitan Museum de Mordor) ha exigido un seguro astronómico –sobre todo habida cuenta del valor de las pinturas- de seis millones de jEur. El MAK ha tenido serias dificultades para obtener el dinero, y el director de la institución ha tenido que pelear como gato panza arriba para arañar esta cifra mareante de las arcas de un Estado que no está para muchas alegrías.
 
De la prensa más zarrapastrosa y de los partidos que pescan votos en los estratos más ágrafos de la población han llovido las críticas. Se acusa al MAK de hacer propaganda del régimen comunista. El director del Museo se defiende acogiéndose a aquello de que el arte no tiene fronteras (un argumento, si bien se mira, muy Lauren Postigo). Aunque yo creo que mejor haría en invocar la inteligencia de los visitantes de su museo, que obviamente no podrán sacar las obras de contexto y olvidarse de que han sido producidas bajo la férula de un régimen autoritario y cruel.
 
¿Y los cuadros? Pues como cabe esperar, las obras son cursis, facilonas y con cierta tendencia a la grandilocuencia que se manifiesta sobre todo en su gran formato. Recuerdan a la pintura austriaca decimonónica por su insistencia en las muchachas en flor (vestidas a la Mao Ze Dong), los guerreros comunistas y esos niños que el emperador Augusto llamaba “pequeñas criaturas viriles”. Retratos idealizados de, como decía Greta Garbo en Ninotchka, “minúsculos dientes de la rueda de la evolución”.
 
Arte fascista, en suma.

Mayerling


10 de Abril.- Aprovechando que tengo visita, he vuelto a pasar por Heiligenkreuz y por Mayerling. La última vez no conseguí entrar en la iglesia (estaba cerrada a cal y canto) pero hoy sí que lo he conseguido. Después de llamar un par de veces a un timbre eléctrico empotrado en la pared y de esperar bajo una llovizna helada (aquello, si hubiera sido de noche, se hubiera parecido a una peli de Drácula) una mujer de edad nos ha abierto la puerta y nos ha conducido al oscuro (y frío) interior.

Mayerling, en la actualidad, es un monasterio carmelita pero, a finales del sigloXIX era un pabellón de caza privado en donde el príncipe heredero del imperio austrohúngaro, Rudolf, se pegó un tiro junto a su amante, la joven Mary Vetsera.

Eso dice la versión oficial, pero la versión oficiosa apunta a que desacuerdos políticos con su padre, una sífilis galopante, un matrimonio fracasado, fueron los auténticos desencadenantes de la tragedia.

Cuando encontraron el cadáver de Rudolf (arriba, con su mujer, la archiduquesa Sofía), la conmoción en Austria y en el resto del mundo fue brutal. El emperador donó Mayerling a la orden de las carmelitas descalzas y la emperatriz hizo derribar parte del edificio y ordenó la construcción de la iglesia que existe en la actualidad. El altar mayor lo ocupa el lugar de la alcoba en donde fue encontrado el cadáver del joven príncipe.

Algún día tengo que contar las vicisitudes por las que pasó el cadáver de la pobre Mary Vetsera que incluyeron la profanación de la tumba por los soldados soviéticos que tomaron el Zentralfriedhof durante la segunda guerra mundial, y que abrieron el lujoso ataud (en la foto) en busca de joyas u objetos de valor; sin tener ni idea de quién era la muerta.

Más tarde, un colgao robó los huesos que quedaron para intentar arrojar un poco de luz sobre las causas de la muerte del príncipe heredero. Hoy, recuperados los pocos despojos que quedan de la pobre joven, están enterrados en una tumba del Cementerio Central vienés.
El interior de la iglesia es neogótico y de bastante peor gusto (creo yo) que el castillo de Artstetten que mis lectores pudieron ver algunas entradas atrás. Junto al altar mayor hay dos fotos de un metro por un metro que muestran a Teresa de Lisieux. Por cierto, que, ahora que lo pienso, se parece a la capilla del Palacio de Linares, en la Plaza de la Cibeles, de Madrid.

El interior del monasterio no se puede visitar porque las monjas carmelitas viven en régimen de clausura.
Sobre estas líneas un altar que perteneció también a la emperatriz Isabel y que estuvo en su palacio de la isla de Corfú.

Frost vs Nixon


9 de Abril.- Desde que los hermanos Lumiére le enseñaron al público de un café de Paris que there´s no business like show business, las relaciones entre cine y teatro han sido intensas y, a ratos, bastante tempestuosas. Siempre que el cine ha querido ofrecer un espectáculo con pretensiones culturales (o culturetas) ha acudido regularmente a chorimangarle argumentos, situaciones y aspecto visual al arte de Talía.

De este chorimanguismo han salido sin embargo buenísimas películas, como Doce Hombres Sin Piedad, El León en Invierno o, más modernamente, la peli que hoy nos ocupa.

Frost Vs. Nixon está basada en la obra de teatro que cuenta la historia real del presentador británico David Frost (divo transcontinental de aquella tele de antes de la crisis del petróleo).

Mr. Frost estaba especializado en la entrevista a un tipo de artisteo que limitaba al norte con Olivia Newton John, al sur con los Bee Gees y al este con el telón de acero (del límite oeste no se sabía).

En 1977, el señor Frost era un personaje respetado en este negocio suyo de la intimidad al menudeo, hasta que tuvo la luminosa idea de entrevistar al expresidente norteamericano Richard Nixon.

La penúltima bestia parda de la política norteamericana se aburría semirretirado en su chalet de Casa Pacífica, lamiéndose las heridas después de haber tenido que dimitir de la forma más deshonrosa a causa del caso Watergate.

Frost se puso en contacto con el agente del expresidente y esperó. La respuesta llegó después de algún tiempo, en forma de una propuesta de acuerdo que incluía un sueldo astronómico y unas condiciones draconianas. Como, por ejemplo, dedicarle al Watergate (en realidad, la chicha de la entrevista) sólo un veinticinco por ciento del tiempo de grabación.

Confiando en su buena estrella a prueba de choteos ajenos y de cenizos, Frost aceptó los términos del contrato y, tras algunos traspiés que se narran en la película y que no adelantaré a mis lectores para que la disfruten más, hizo historia de la televisión, quedando catapultado de manera ipsofacta al olimpo de los diesel (la reina Elisabeth terminó nombrándole Sir).

Lo que mola de Frost vs. Nixon es que está construida sobre un guión muy sólido. Material de primera calidad en el que sólo hay un elemento que chirría un poco y que no se sabe bien por qué está. Frost, a pesar de ser feo como sólo puede serlo un inglés feo, tuvo en su época su familla de palyboy (tipo chatina, o sea, Arturo Fernández: un playboy de los de blazer de capitán de yate con botones dorados y raya al lado). Pues bien: en la película hay una chica monísima con pinta de frágil actriz francesa de alguna de las secuelas de Emmanuelle que, de vez en cuando, pasa por allí para colgarse del brazo de Mr. Frost (vamos, del actor que lo interpreta). Fuera de ser mona, la muchacha no tiene mayor participación en el argumento, más que la de poner el toque femenino en una película eminentemente masculina (vamos, la chica es lo que viene siendo un pegote dictado por la corrección poítica).

Por lo demás, Frost vs. Nixon entra dentro de ese género de flines, que tanto gustan en gringolandia, en los que el protagonista, venciendo todas las dificultades (una pata de palo, un desafortunado estrabismo, una aerofagia incontenible, una reputación adversa) consigue hacerse, tras dos horas de tribulación, con el éxito.

Las interpretaciones son exquisitas (los dos actores protagonistas que hicieron la obra sobre el escenario repiten papel en la adaptación cinematográfica) y, aún diría más, Frost vs. Nixon es una de esas pelis que, POR NADA DEL MUNDO, hay que ver doblada (aunque, por cierto, el doblaje alemán le dé sopas con onda al español, que es una castaña).

En fin: para hacerse un bol de palomitas, darle al play y creer que la vida, aún, puede ser un espectáculo inteligente.


Gemütlich

Las flechas indican el lugar de la bonita plaza muniquesa en las cercanías del Filmuseum en donde se desarrolla este post

22 de Marzo.- Vivir en un país que no es el tuyo, empezar a poder expresarte en su lengua, es como si a tu casa, de pronto, pudieras añadirle habitaciones. Con la ventaja de que tú tienes espacios en el alma que los otros no tienen y estos espacios, cuando los enseñas, dan mucho juego.

Explico un poco lo que quiero decir.

Di que estábamos el sábado por la mañana tomándonos un café en una terracita de Munich; éramos, como ya saben mis lectores, tres españoles mas una nutrida representación de aborígenes austriacos. Los aborígenes, en su mayoría veinteañeros, se sorprendieron mucho cuando les explicamos que hay conceptos alemanes que no tienen una trasposición exacta al español y viceversa. Por ejemplo, gemütlich. Para los que vivimos aquí, la palabra en cuestión, una vez la aprendes, tiene un signficado transparente pero muy poco traducible si no es con rodeos, porque gemütlich remite más a una sensación que a un concepto. Gemütlich es para mí un domingo por la tarde, delante de una peli antigua, tapadito con una manta, con Sofía sobre mi regazo. O una de esas casas en las que, nada más entras, te apetece quedarte porque son agradables, acogedoras. Simplemente, gemütlich.

Los españoles tampoco tenemos heimat. O sea, que tenemos, pero sólo una parte. Lo más parecido en español que yo he visto al concepto alemán de heimat es el amor que un primo mío tiene por el pueblo de su madre. El cariño con el que habla de sus casas, de sus tapias, de las fiestas de la patrona (the virgin of the fountain),de sus charletas con el cura párroco...En el concepto Heimat estaría incluido ese cariño por la tierra, por las gentes. Un cariño, por cierto, que yo estoy empezando a sentir por Viena y que se convierte en añoranza cuando estoy en España; porque la traducción literal de Heimat sería patria pero sin la alharaca épico festiva de los militares arengando a las tropas (para eso está Vaterland).

Ahora que me fijo heimat está emparentada con Heim (hogar) así que debe de ser una cosa parecida.

A cambio, los austriacos no tienen muchos conceptos que se refieren a nuestro pasado musulmán. Como la creencia en el mal de ojo. La muchachada austriaca se reía de que, cuando nosotros éramos niños, llevábamos siempre una medalla de la Virgen del Carmen o, más modernamente, una cruz de Caravaca, que son remedios infalibles contra el perverso influjo de la mirada de las mujeres envidiosas (en esto del mal de ojo, ahora que me fijo, hay un curioso matiz misógino).

Los austriacos, y en eso se benefician, tampoco tienen gafes. Hasta donde yo sé, existe el concepto, pero en estado muy embrionario y no es, en modo alguno, tan de uso común como en España. Tocando siempre madera (un gesto que a los aborígenes les hace siempre mucha gracia) yo mencioné el caso de un cantante al que no se puede ni nombrar (hay que hacerlo siempre con las iniciales) o el caso de cierto presidente argentino, ya fallecido, que tenía prohibido acudir a los partidos de la selección –aquellos tiempos de Maradona y la mano de Dios- porque era aparecer en el palco del estadio y empezar a torcerse la suerte futbolística de la selección blanquiazul.

Tanto el mal de ojo (böseblick creo que se llama en alemán) pero más aún el gafe, remiten a la creencia árabe de esa fuerza vital que se llama baraka (un concepto, por cierto, que puso de moda en España, durante los años veinte, Francisco Franco, durante su carrera de militar africanista). De la Baraka sale, por ejemplo, el angel andaluz. Se dice que una persona tiene mal o buen angel dependiendo de las vibraciones que te transmita.

También son de procedencia musulmana todos los rituales españoles que tienen que ver con el pan y que yo he heredado porque, sobre todo, persisten en el sur, de donde es mi familia materna. Alguno también se practica en la Austria rural como el de hacer una cruz con el cuchillo sobre la hogaza de pan antes de partirlo (esto en mi casa no lo hacíamos porque comíamos pistolas de pan, pero yo lo he visto hacer). Ellos, sin embargo, no recogen el pan del suelo cuando se caen y lo besan. A mi hermano y a mí, niños, siempre nos sorprendía mucho esta costumbre y preguntábamos por qué había que besar el pan. Mi madre decía siempre:

-Porque el pan es de Dios.

Que era una manera de decir que el pan es una cosa viva y con alma.
Terence Holmes y el Doctor Hill (foto: http://www.xrayvision-today.com/)
Y si no, nos enfadamos
(Sherlock Holmes reloaded)
15 de Febrero.- Uno de los problemas que tienen los Santos Padres Fundadores de la literatura popular es que, por lo general, sus personajes tienen la profundidad psicológica del ratón Mickey. Por lo cual, el resultado de las adaptaciones cinematográficas que sufren (a veces en sentido literal) depende mucho de la inteligencia de sus artífices.



Pensaba yo esto viendo el Sherlock Holmes del que, para siempre, será ya el señor Madonna (Guy Ritchie).



Una película larga (dos horas y cuarto: con un par) entretenida la mayor parte del tiempo pero con muchos tics que traicionan la querencia del diestro británico por los terrenos del vídeo musical. Viéndola, se conoce que, en el aspecto visual, Guy Ritchie ha bebido de fuentes de tanto calado como Bola de Dragón y que, a ratos, su concepto de las escenas de acción se acerca bastante a la escuela Budespencerista de “Dos superpolicías en Miami” o, ese gran clásico de las matinées de Telecinco, “Y si no, nos enfadamos”, que ocupará por derecho propio junto con “Bellezas al agua” y “Ay, qué calor” un lugar de honor en el parnaso televisivo.



El problema fundamental de esta película es el guión. Ya dice el viejo refrán que un buen guión no hay director que lo estropee y un mal guión no hay genio que lo salve. Y, en general, esta peli tiene un guión tirando a flojete. Particularmente, por los intentos de darles a los personajes principales (Holmes y Watson) una vida sexual de la que carecían los originales victorianos. Para los ingleses decimonónicos era perfectamente asumible (sin perplejidad, me refiero) la convivencia casta de dos señores solteros. Sin embargo, para proceder a la puesta al día del mito, había que buscarle una novia a Frankenstein –y otra al bueno del doctor Watson- y el experimento funciona sólo a medias. La novia de Watson es tirando a sosainas y el amor imposible de Sherlock es un cruce entre la clásica señorita en desgracia y cualquier mujer liberada dentro de un orden de las comedias de Howard Hawks. O sea, que pichí pichá.



¿Y qué pasa con el malo? En la “parte negativa”, como las tacañonas del Un,dos,tres, está un viejo conocido de mis lectores. El espléndido actor shakespeariano Mark Strong –ese hombre al que le encantará odiar- que hace un malo creado ad hoc para esta peli la cual, estoy seguro, tendrá segunda parte. Nuestro amigo Mark, al que mis lectores quizá recuerden por una espléndida serie inglesa que se llama The Long Firm, tiene una mirada fría de psicópata que contrasta muy bien con la humanidad un tanto payasa de Robert Downey Jr. Lástima que el guión no le dé momentos de mayor lucimiento. Porque es un actor como la copa de un pino de Stratford upon Avon –en el caso de que, en Stratford, haya pinos piñoneros-. Por cierto, la madre de Strong, según su ficha en imdb es austriaca y él habla perfectamente alemán.



En el aspecto visual, esta peli es básicamente digital. Los decorados son digitales, los movimientos de cámara son digitales y, si no fuera porque iba a haber quedado un poco raro, se hubieran podido atrever con sustituir a cualquiera de los actores por un intérprete digital (ya lo hizo Lucas con aquella criatura medio gilipuertas que salía en la primera de las nuevas de La Guerra de las Galaxias).



Problema: que, si no tienes dinero para crear un software nuevo, te tienes que conformar con lo que ya haya. Y este Holmes, en este caso, vive de retales. Todos de Harry Potter. Particularmente, el virado al esmeralda y al azul de muchas secuencias –véase la cartelería-  . Además, otro problema que tiene el software es que, como tardes unos meses en estrenar la película, verás tu espectacular efecto repetido en miles de videos musicales. Caso prototípico: los créditos de esta peli son clavaditos a este vídeo.



En resumen: bien, para una tarde de palomitas y guarrerías.
Una imagen de una representación de El Caballero de la Rosa de Richard Strauss
El caballero de la Rosa
9 de Febrero.- El Teatro de la Ópera de Viena es uno de los pocos teatros líricos del mundo que puede permitirse ofrecer un espectáculo diferente todos los días (de cada espectáculo se dan cinco o seis representaciones mensuales). Por otra parte, esta variedad en la oferta, no sólo es la única manera de que una institución que está enfocada a un público tan minoritario tenga cierta viabilidad económica, sino que, además, resulta un privilegio para los aficionados o para los que, como yo, aspiramos a serlo algún día.

Gracias a la variedad de su programación, los amantes de ese arte en extinción que es la ópera, podemos acercarnos en directo a estilos diferentes, probar, buscar, comparar, y terminar formando un gusto propio.

El domingo estuve viendo en la Statsoper El Caballero de la Rosa, de Richard Strauss. Creo que es la ópera más moderna que he visto hasta ahora (se estrenó en 1911) y, aunque tengo que decir que no me gustó demasiado (particularmente durante el primer acto tuve serios problemas para mantenerme despierto) tengo que reconocer que mi aburrimiento se debió menos a la música que a la anticuadísima dirección escénica del montaje que yo vi. Los actores estaban como palos (tampoco es que los cantantes de ópera accedan normalmente a moverse mucho, pero de ahí a pillar una posición y congelar la postura va un abismo) y, sospecho que eran muy buenos cantantes pero que, fuera de su instrumento vocal, no tenían muchos recursos.

Con esta ópera, sin embargo, me ha sucedido una cosa curiosa y es que, cuando la recuerdo, descubro poco a poco que cada vez me gusta más. La música me parece mucho más exhuberante en el recuerdo de lo que me pareció en directo. Y, de pronto, lo que en principio me pareció una carencia (la falta casi absoluta de árias y melodías delimitadas) ahora me gusta, porque percibo la ópera desde lejos como un único paisaje sonoro elegante y complejo.

El Caballero de la Rosa surgió por el deseo de Strauss de tratar un tema algo más ligero que en sus obras anteriores (Salomé y Electra, tampoco es que el hombre fuera la alegría de la huerta). Y por eso le encargó a su colaborador Hugo von Hofmannsthal un libreto ambientado en la Viena del siglo XVIII –primeros años del reinado de Maria Teresa- con evidentes resonancias mozartianas. De hecho, sólo por el argumento, la obra hubiera podido ser una ópera de la etapa luminosa de Wolfgang Amadeus, con sus punto bodevilesco, sus personajes que se disfrazan y son cortejados, el amor vigoroso y juvenil. Una especie de aventuras apócrifas del Cherubino de Las Bodas de Fígaro. Pero El Caballero de la Rosa está atravesada por un enorme ramalazo de tristeza que impide que la comedia, que estaría destinada en principio a aligerar algunos momentos, termine de despegar. Incluso el final feliz artificial se da a costa de que el héroe (El Caballero de la Rosa, que interpreta una mezzo) traicione el amor eterno que ha jurado en el primer acto a una mujer mayor que él, para cambiarla por una mujer joven (una soprano, por cierto, más pava que otra cosa en la versión que yo vi).

El tercer acto es un tour de force vocal. Más de tres cuartos de hora de tres personajes en el escenario que suben que bajan, que se explican que se superponen, que dudan, y que abarcan todo el espectro de un amor que entra en el ocaso y de otro que nace.

A pesar de que, como digo, la obra va en crescendo y el segundo y el tercer acto son mucho mejores que el primero, a mí me dio dolor de corazón un matrimonio de japoneses jubilados que estaban sentados a mi lado y que, se veía incluso detrás de la impasibilidad nipona, estaban sobrepasados por cuatro horas de espectáculo (más largo se les hizo aquello que un viaje Madrid-Soria en autobús).

Me los imaginaba a los pobres trabajando toda su vida en la Toyota ahorrando para disfrutar de la divina experiencia de una ópera en vivo y en directo y pensando, para sus adentros en lo bien que estarían ellos tomándose un refresquete en la tienda de sushi del Opernpassage.

La vida, como en El Caballero de la Rosa, es así: a veces, cuando te dan lo que pedías y creías que desesabas tanto, piensas que por qué no habrás nacido in vitro.